La absolución de los productores en el histórico juicio por fumigaciones en Pergamino deja al descubierto una verdad incómoda: el problema ya no es sólo legal, sino sistémico. Nos enseñaron a depender de los agroquímicos bajo la amenaza del desastre productivo, pero el verdadero desastre —silencioso, ambiental y a mediano plazo— ocurre bajo nuestros pies. En este escenario, las universidades y la academia emergen como responsables clave para liderar el cambio cultural.
Buenos Aires, (Pergamino) sábado 27 de junio (PR/26) .- El Tribunal Oral Federal N°2 de Rosario dio por cerrado uno de los capítulos judiciales más emblemáticos del agro argentino: el juicio por contaminación e intoxicación con agroquímicos en Pergamino, que investigaba hechos ocurridos entre 2011 y 2019.
El veredicto fue tajante en su división de responsabilidades. Por un lado, dictó la absolución de los cinco productores procesados (Fernando Cortese, Victor Tiribó, Mario Roces, y los hermanos Carlos y Hugo Sabatini), del ingeniero agrónomo José Luis Grattone y del aplicador Cristian Taboada, amparándose en el beneficio de la duda.
Por el otro, condenó a dos años de prisión condicional a los exfuncionarios municipales Guillermo Naranjo y Mario Tocalini por omitir los controles estatales.
Más allá de las lecturas jurídicas, el caso de Pergamino es el síntoma de una crisis mucho más profunda. Desnudó el agotamiento de un paquete tecnológico que confunde productividad con violencia hacia el ecosistema.
El mito de la dependencia y la responsabilidad académica
Durante décadas, el relato hegemónico del sector agropecuario instaló un dogma: sin agroquímicos no hay rinde, y sin veneno las malezas y las plagas destruirán las cosechas. Se construyó una pedagogía del miedo que obligó al productor a convertirse en un cliente cautivo de insumos cada vez más costosos y agresivos.
En la base de este dogma hay una responsabilidad institucional insoslayable: las facultades de agronomía y las universidades. Históricamente, las casas de altos estudios han sido el epicentro donde se legitimó y enseñó este modelo.
Durante generaciones, los profesionales del agro fueron formados bajo una currícula fuertemente influenciada por los laboratorios de las multinacionales químicas. Se enseñó a «recetar» soluciones empaquetadas en un bidón en lugar de comprender la complejidad biológica de los ecosistemas locales. Hoy, la academia debe asumir su rol histórico y ser la primera en deconstruir el mito que ayudó a crear.
El suelo diezmado: cuando la esponja deja de funcionar
El verdadero peligro que augura un desastre ambiental a mediano plazo no es la falta de rendimiento inmediato, sino la degradación invisible de la estructura física del suelo. La carga constante de biocidas ha diezmado la materia orgánica y la microbiología de la tierra, destruyendo su capacidad de esponja.
Un suelo sano, rico en carbono y vida bacteriana, tiene la propiedad de retener, filtrar y degradar los componentes químicos. Hoy, al tener suelos compactados y biológicamente muertos, esa capacidad de retención desapareció. ¿El resultado?
Los residuos de los agroquímicos ya no son absorbidos por la capa superficial; se filtran directamente por lixiviación (lavado) y terminan contaminando las napas de agua subterránea, las mismas de las que se abastecen las comunidades periurbanas de Pergamino.
El nuevo rol universitario: de la receta química a la ciencia soberana
El fallo de Pergamino, al condenar a los funcionarios por la «ausencia de controles eficaces», ratifica que el Estado falló. La resolución del tribunal de pedir que se investigue penalmente al intendente y a otros jerarcas municipales subraya que la desidia institucional fue la norma.
Pero la solución de fondo no llegará solo con inspectores o distancias de exclusión. El verdadero cambio es cultural y agronómico. Es urgente aprender a producir reduciendo drásticamente la carga de agroquímicos.
Para que esto ocurra, las universidades públicas y los centros de investigación no pueden seguir siendo espectadores ni cómplices pasivos. Tienen la obligación de financiar y validar científicamente la transición hacia alternativas sustentables —como la agroecología extensiva, los cultivos de cobertura y el manejo integrado de plagas—. Es necesario reescribir los planes de estudio para formar profesionales capaces de regenerar la tierra en lugar de explotarla hasta el colapso.
Pergamino es un espejo incómodo.
Nos muestra que el actual modelo de producción es un pagaré que la naturaleza nos va a cobrar muy pronto. Seguir sosteniendo que la única forma de producir alimentos es envenenando la «esponja» que nos da la vida es, además de una falacia científica, un suicidio colectivo que la ciencia y la academia tienen el deber urgente de frenar.













