Lectura del santo evangelio según san Juan 19, 25-27
En aquel tiempo, junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María la de Cleofás, y María Magdalena.
Jesús, al ver a su madre, y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su madre:
– «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego dijo al discípulo:
– «Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
Fray Juan José de León Lastra O.P. reflexiona sobre la festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, invitando a contemplar el amor supremo de Dios manifestado en Jesús crucificado.
Primera lectura
Lectura del libro de los Números 21, 4b-9
En aquellos días, el pueblo ese cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náusea ese pan sin sustancia».
El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel.
Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:
«Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes».
Moisés rezó al Señor por el pueblo, y el Señor le respondió:
«Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla».
Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida.
Salmo de hoy
Salmo 77, 1-2. 34-35. 36-37. 38 R/. No olvidéis las acciones del Señor
Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
inclina el oído a las palabras de mi boca:
que voy a abrir mi boca a las sentencias,
para que broten los enigmas del pasado. R/.
Cuando los hacía morir, lo buscaban,
y madrugaban para volverse hacia Dios;
se acordaban de que Dios era su roca,
el Dios altísimo su redentor. R/.
Lo adulaban con sus bocas,
pero sus lenguas mentían:
su corazón no era sincero con él,
ni eran fieles a su alianza. R/.
Él, en cambio, sentía lástima,
perdonaba la culpa y no los destruía:
una y otra vez reprimió su cólera,
y no despertaba todo su furor. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 13-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en El no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios».
Reflexión del Evangelio de hoy
“La exaltación de la Santa Cruz”
Antes de iniciar el comentario a las lecturas de la misa de hoy, una reflexión sobre “La exaltación de la Santa Cruz”, como nombramos a la fiesta que hoy celebra la Iglesia; o sobre “la adoración a la cruz, que se realiza litúrgicamente el Viernes santo
Pensemos en alguien ajeno a nuestra fe e incluso a nuestra cultura occidental, ¿cómo le sonará, exaltar un instrumento horrible de ejecución de seres humanos como la cruz; y que sea la cruz el emblema de los cristianos? ¿Nos imaginamos a alguien que exalte la silla eléctrica o la horca o el garrote vil…?
Es imprescindible señalar que se ha producido una metonimia: se ha tomado el continente, la cruz, por el contenido, el crucificado; o una sinécdoque, una parte, la cruz por el todo, el crucificado.
San Pablo presumió de estar unido a Cristo, precisando “crucificado”, pero sin exaltar la cruz
Se ha impuesto la leyenda que señala a Constantino antes de la batalla del Puente Milvio ver en el cielo una cruz y oír “In hoc signo vinces”, “con este signo vencerás”. Esta fiesta recuerda la invención por su esposa Elena de la que se creyó cruz en la que Jesús fue crucificado.
Por supuesto que los cristianos no adoramos ni exaltamos una cruz vacía, sino al crucificado. Pero hay que explicarlo, ya que hemos rodeado de cruces, desde nuestro cuello hasta puntos significados de nuestra geografía, nuestras tumbas, pues, como decía el catecismo de Astete, la cruz es el símbolo de los cristianos. No exaltamos la cruz en la fiesta de hoy, sino al crucificado. Tampoco la doramos el viernes santo…
“Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte”
Como leemos en texto evangélico de esta fiesta, fue el mismo Jesús quien acude a este episodio para anunciar su muerte en la cruz.
Mirar a la serpiente es curarse de la mordedura de las serpientes reales que habían invadido el campamente judío en su éxodo de Egipto, camino a la “tierra prometida”.
Jesús quiere que le miremos en la cruz, simbolizado por esa serpiente de bronce, para que se realice en nosotros su acción salvífica. Mirarle es tenerle como referencia en nuestro vivir, para librarnos de quien puede envenenarnos, es decir: de los que acaban con la razón de nuestro vivir, de tener una vida real, humana, evangélica, con sentido de trascendencia. ¿Dedicamos tiempo a mirar al crucificado?
“Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble”
Es uno de los textos más explícitos de la honda fe de San Pablo. Es un himno al Cristo real, al crucificado, a pesar de “su condición divina”: un himno a Cristo que se rebaja a ser esclavo y, lo que es más significativo para nosotros, a “pasar por uno de tantos”. Asumir el anonimato, viviendo como un hombre cualquiera, y “rebajarse hasta someterse a una muerte y una muerte de cruz”.
¿Cómo nos vemos nosotros, con nuestros deseos de ser alguien, de vernos superiores, de hacernos notar: nada de anonimato; de huir de lo que endurezca nuestro existir placentero, de ser bien considerados socialmente…? Fue en esa humillación donde Jesús de Nazaret mereció ser, dice el texto, que “fuera levantado sobre todo”, ante quien todos doblen la rodilla, o sea, le adoren. (Por supuesto a él, no a la cruz).
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”
El texto es ante todo una declaración amorosa de Dios al mundo. Lo expone Jesús a ese maestro de la ley, Nicodemo. Amor hasta entregarle lo que más ama, a su Hijo único. Y es que -gran afirmación- “Dios no mandó a su hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por él”. Dios no manda ángeles exterminadores, que acaben con los seres humanos. Ello por una razón, porque los ama, “tanto amó Dios al mundo”.
El amor es el protagonista. Y lo es en la cruz, en el crucificado. Jesús asume la cruz por amor. Por el mayor amor que ha existido en la historia humana, pues pertenece al “hombre perfecto” y al “perfecto hombre”, que dice el Vaticano II.
No nos salva ni nos redime la sangre derramada hasta la muerte; no nos salva la cruz, sino el amor del crucificado. En la cruz donde está crucificado Jesús de Nazaret tiene lugar el momento más elevado de la historia humana, el momento del mayor amor, que es el sentimiento humano por excelencia; por tanto el momento más elevando de la condición humana. Y ese amor es lo que nos salva y redime.
El protagonista será siempre Jesús de Nazaret, su amor; la cruz es solo el lugar donde tiene lugar el episodio más elevado de la historia humana. Por eso se la reconoce como símbolo de los seguidores del crucificado. Exaltarla a ella es exaltar a Jesús de Nazaret, en ella crucificado.
Pero no pasemos por alto la condición que Jesús señala en su diálogo con Nicodemo, hay que “creer en él” para que sea eficaz la salvación, para “no perecer, sino tener vida eterna”.
Esto nos urge a reflexionar sobre cómo es nuestra fe en el crucificado, cómo aceptamos a veces humillaciones, anonimatos, cruces, como el aceptó, “a pesar de su condición divina”.
Las lecturas de hoy nos recuerdan que el perdón no es sólo una opción, sino el reflejo directo de la infinita misericordia con la que Dios nos ha liberado de nuestras propias culpas.
Lectura del Día
Primera lectura
Lectura del libro del Eclesiástico
Eclesiastés 27, 33–28, 9
Cosas abominables son el rencor y la cólera;
sin embargo, el pecador se aferra a ellas.
El Señor se vengará del vengativo
y llevará rigurosa cuenta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo,
y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados.
Si un hombre le guarda rencor a otro,
¿le puede acaso pedir la salud al Señor?
El que no tiene compasión de un semejante,
¿cómo pide perdón de sus pecados?
Cuando el hombre que guarda rencor
pide a Dios el perdón de sus pecados,
¿hallará quien interceda por él?
Piensa en tu fin y deja de odiar,
piensa en la corrupción del sepulcro
y guarda los mandamientos.
Ten presentes los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo.
Recuerda la alianza del Altísimo
y pasa por alto las ofensas.
Segunda lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
Romanos 14, 7-9
Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos.
Evangelio del Día
Lectura del santo evangelio según san Mateo
Mateo 18, 21-35
En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”.
Entonces Jesús les dijo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda.
Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda.
Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’ Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía.
Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano’’.
Las palabras de los Papas
En esta parábola dos actitudes diferentes: la de Dios, representado por el rey —que perdona tanto, porque Dios perdona siempre—, y la del hombre. En la actitud divina, la justicia está impregnada de misericordia, mientras que la actitud humana se limita a la justicia. Jesús nos exhorta a abrirnos valientemente al poder del perdón, porque no todo en la vida se resuelve con la justicia, lo sabemos. Es necesario ese amor misericordioso, que también es la base de la respuesta del Señor a la pregunta de Pedro que precede a la parábola, (…)
La parábola de hoy nos ayuda a comprender plenamente el significado de esa frase que recitamos en la oración del Padre nuestro: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6, 12).
Estas palabras contienen una verdad decisiva. No podemos pretender para nosotros el perdón de Dios, si nosotros, a nuestra vez, no concedemos el perdón a nuestro prójimo. Es una condición: piensa en el final, en el perdón de Dios, y deja ya de odiar; echa el rencor, esa molesta mosca que vuelve y regresa. Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados.
Encomendémonos a la maternal intercesión de la Madre de Dios: que Ella nos ayude a darnos cuenta de cuánto estamos en deuda con Dios, y a recordarlo siempre, para tener el corazón abierto a la misericordia y a la bondad. (Francisco – Ángelus, 13 de septiembre de 2020)
Jesús nos llama en el Evangelio a la coherencia de vida, advirtiendo que la fe verdadera se demuestra construyendo sobre roca firme y poniendo sus palabras en práctica.
Primera lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 10, 14-22
Queridos hermanos, huid de la idolatría. Os hablo como a personas sensatas; juzgad vosotros lo que digo.
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan. Considerad al Israel según la carne: ¿los que comen de las víctimas no se unen al altar?
¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas sacrificadas a los ídolos son algo o que los ídolos son algo? No, sino que los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios; y no quiero que os unáis a los demonios. No podéis beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O vamos a provocar los celos del Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él?
Salmo de hoy
Salmo 115, 12-13. 17-18 R/. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R/.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 43-49
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cayó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.
El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa»
Reflexión del Evangelio de hoy
“Por sus frutos les conoceréis”
Dos parábolas nos regala hoy Jesús en el Evangelio. La primera es la del árbol, al que se le conoce por sus frutos. A cada persona se le conoce por los frutos que da en su vida. Quien da frutos sanos como la bondad es porque tiene sano el corazón. A la bondad y a la sencillez en nuestra forma de ser y de actuar nos invita Jesús en el Evangelio.
Nuestra forma de actuar de cada día, en las cosas pequeñas y las grandes nos está constantemente retratando. Nos define como personas nuestra forma de actuar, no nuestras palabras o discursos por maravillosamente bien que los construyamos.
En la persona verdaderamente sana, lo que rebosa del corazón lo habla la boca, dice Jesús.
Desgraciadamente hoy estamos viendo con demasiada frecuencia una total disociación entre lo que dicen las palabras y lo que muestra la vida. Jesús nos exhorta a la coherencia, entre la forma de hablar y la de actuar. Tienen que hablar más nuestros hechos y nuestros gestos que nuestras palabras.
“No todo el que me dice «señor, señor»”
El Señor llama la atención sobre una forma “piadosa” de entender la fe, que se limita a ponerse bajo su mirada misericordiosa sin más, pero sin hacer absolutamente nada por cambiar ni el corazón, ni la vida, ni el mundo en el que estamos.
El Señor nos invita no solo a escuchar con mayor o menor agrado, sino a poner en práctica lo que Él nos propone.
Tenemos que construir, que edificar. Pero nuestra construcción tiene que ser en roca firme, no en arena. Lo construido en roca es lo único que prevalece ante las lluvias y los vientos, ante las dificultades de la vida.
San Pablo nos dirá “mire cada cual cómo construye”, indicando que cada uno de nosotros tiene que hacerse a sí mismo. Nos construimos como personas. Los creyentes tenemos, como elemento de construcción valioso, la fe en Jesucristo. Pero la fe no es una hermosa teoría para saber, sino una forma de ser y de vivir. Qué pena si nosotros que escuchamos la Palabra de Dios nos olvidamos de ella a la hora de construir nuestra vida. Seremos, como en la parábola del Evangelio, la segunda que Jesús hoy nos propone, personas necias. El Señor nos propone al ejemplo del hombre prudente. Escuchar la Palabra para llevarla a la práctica en la vida de cada día.
El Señor nos pone en guardia. No podemos hacer de nuestra fe una religión meramente cultual y apartada de la vida real. Algo así no merece la pena, estaremos perdiendo el tiempo y en el fondo la vida.
Alguno podría preguntar ¿para qué sirve la fe? En un mundo como el nuestro, que valoramos mucho lo útil, lo práctico. A ti ¿de qué te sirve venir a misa los domingos, leer el Evangelio, rezar, escuchar las cosas que se dicen en la predicación?
Nos invita el Señor a huir de todo lo que significa hacer alarde de creyentes. Los judíos en tiempos de Jesús llevaban tozos de escritos de la Palabra de Dios enrollados en las muñecas o colgando del manto. Nosotros los cristianos tenemos también otras formas de ostentación pública. ¿De qué nos sirven si nuestra vida no guarda relación con estos signos o gestos? Tal vez para que los que nos ven se rían de nosotros. ¿En qué debe notarse que somos de los que escuchamos la Palabra de Dios? En nuestra forma de vivir y de actuar. La fe que no se traduce en la vida sirve para poco. Incluso podemos cuestionarnos si es de verdad la fe de Jesucristo.
Cambiar la mente y el corazón. Vivir el mandamiento del amor con todas sus consecuencias. No parcelar nuestra vida. A veces puede ocurrir, y es bien triste, que una es la persona que viene a la Iglesia, la que escucha la Palabra de Dios, y otra muy distinta la que sale a la calle, la que actúa en su casa o en su trabajo o en la universidad, en su lugar de ocio o diversión. Aquí radica la diferencia entre construir sobre arena o construir con total solidez en la verdadera roca que es Jesús.
Estamos llamados a construir nuestra vida, como el hombre prudente de la parábola, a construir la comunidad cristiana y a construir el Reino de Dios en nuestro mundo. Es nuestra responsabilidad ineludible.
San Pablo, como en su tiempo a los Corintios, nos invita a encontrar fuerzas en la Eucaristía, que nos une entre nosotros a los que nos sentamos a la misma mesa y nos une estrechamente al Señor, que es el único que nos hace verdaderamente fuertes en la lucha de cada día. Sin Él, no lo olvidemos, no podemos hacer nada.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 39-42
En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 27-38
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid
a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».