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Desde Europa y Rusia hasta América, existen innumerables iglesias católicas de colores deslumbrantes alrededor del mundo. Descúbrelas con nosotros
Por Vittoria Traverso – Redacción de Aleteia
España, lunes 13 abril (PR/26) — Desde la Basílica de San Pedro en Roma hasta la Catedral de Notre Dame en París, las iglesias católicas más importantes del mundo suelen estar construidas con mármol claro o diversos tipos de piedra caliza gris.
Pero también existen iglesias coloridas. ¡Descúbrelas con nosotros!
Algunas iglesias se distinguen de los edificios clásicos por sus llamativas fachadas coloridas.
En Europa, durante el período gótico surgieron colores vibrantes como el rubí, el ocre, el púrpura y el verde. Sin embargo, estos se utilizaban principalmente en la pintura y la decoración.
Durante el período neogótico, también comenzó a aparecer una paleta de colores más amplia en la arquitectura; un ejemplo de ello es la fachada del siglo XIX de la Catedral de Santa Maria del Fiore en Florencia. (abajo)
No obstante, las iglesias coloridas no se encuentran sólo en el Viejo Continente, sino que tres de ellas se encuentran en países de América Latina: México, Colombia y Guatemala.
Por ejemplo la Iglesia del Señor de Tila en Balacán, Tabasco, México, que atrae a decenas de visitantes nacionales e internacionales, por sus pintorescos colores.
Un gran paisaje en el que podrás capturar hermosas postales.
Se localiza en una zona despoblada, a varios kilómetros de la cabecera municipal de Balacán.
Según sus visitantes, cada color representa un tipo de amor y el patrono es muy milagroso. Su interior es muy sencillo y está decorado en madera tallada.
Déjate sorprender con sus colores que se acentúan con un pequeño cuerpo de agua en su exterior. ¡Un hermoso escenario fotográfico que no querrás perderte!
Otra iglesia en México es en Cholula, Nuestra Señora de los Remedios:
Cada vez más personas que alcanzan estabilidad profesional, familiar y económica experimentan una sensación de vacío interior. Especialistas señalan que el fenómeno refleja las presiones de una sociedad que exige éxito, autonomía y rendimiento constante.
España, martes 17 marzo (PR/26) — Tener una carrera consolidada, estabilidad económica y una vida familiar equilibrada no siempre garantiza sentirse plenamente satisfecho.
En los últimos años, psicólogos y sociólogos comenzaron a hablar del llamado “síndrome del éxito vacío”, un fenómeno que describe la sensación de insatisfacción o vacío que algunas personas experimentan a pesar de haber alcanzado todos los objetivos que socialmente se consideran éxito.
El fenómeno aparece cada vez con más frecuencia en profesionales que, tras años de esfuerzo y formación, logran estabilidad laboral y reconocimiento, pero descubren que la plenitud esperada no llega. “He pasado diez años estudiando medicina, tengo una profesión que elegí y que tiene sentido… y, sin embargo, a veces me pregunto por qué no me siento simplemente feliz”, relata Anne, médica general de 39 años.
Durante mucho tiempo creyó que la tranquilidad llegaría una vez alcanzada la estabilidad profesional. Sin embargo, hoy reconoce que, aun con una vida equilibrada, en ocasiones siente un cansancio interior difícil de explicar: la sensación de haber llegado a la meta sin experimentar la serenidad que imaginaba.
Una paradoja de la vida contemporánea
Este fenómeno fue estudiado por el sociólogo francés Alain Ehrenberg, investigador del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), quien durante décadas analizó la relación entre las transformaciones sociales y la salud mental.
En su obra L’Enfant qui inquiète, Ehrenberg sostiene que las sociedades modernas han desplazado el tipo de conflicto psicológico que enfrentan las personas. Mientras que generaciones anteriores se debatían entre lo permitido y lo prohibido, el individuo contemporáneo se enfrenta a otra pregunta central: “¿de qué soy capaz?”.
Esa presión permanente por demostrar capacidades, mejorar y superarse puede generar una brecha entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser. Ehrenberg sintetizó este fenómeno con una expresión que se volvió célebre: “la fatiga de ser uno mismo”.
La presión de demostrar constantemente
En muchas sociedades actuales, especialmente en las más individualistas, se valora fuertemente la autonomía personal. Se espera que cada individuo construya su propio camino, tome decisiones y alcance metas por mérito propio.
Para algunas personas, esa expectativa se transforma en una presión constante. Sophie, de 38 años, lo describe así: “Cuando era más joven pensaba que, una vez superadas ciertas etapas —tener trabajo, formar una familia—, me sentiría tranquila. Pero siempre parece que hay que seguir demostrando algo”.
Esa exigencia interior permanente puede traducirse en la necesidad de progresar sin pausa, estar a la altura de las expectativas y evitar decepcionar a los demás. En ese contexto, incluso quienes logran éxito social pueden sentir que nunca es suficiente.
Salud mental y sociedad
Especialistas señalan que este tipo de experiencias reflejan también tensiones propias del mundo contemporáneo. La salud mental se ha convertido en un espacio donde se manifiestan muchas de las preocupaciones sociales actuales.
Los trastornos psicológicos no solo tienen un componente clínico, sino que también reflejan cómo se relacionan los individuos con su entorno social, sus expectativas y los modelos culturales dominantes.
En sociedades centradas en el rendimiento individual, el desafío ya no es únicamente encontrar un lugar, sino demostrar constantemente que se merece ocuparlo. Desde esta perspectiva, el vacío que sienten algunas personas exitosas no sería una contradicción, sino la otra cara de un modelo que exige productividad y realización permanente.
Por eso, algunos especialistas sostienen que uno de los desafíos de nuestro tiempo es devolverle valor a la vulnerabilidad humana, no como un signo de fracaso, sino como una dimensión natural de la existencia.
Así como María santísima nos enseña cómo vivir el Adviento, san José es el hombre de marzo, un símbolo y un compañero para la Cuaresma
España, lunes 9 marzo (PR/26) — En la tradición de la Iglesia, marzo está dedicado a san José; y en el calendario litúrgico, la Cuaresma cae principalmente en marzo. Eso hace que José sea nuestro líder cuaresmal cada año. Tiene mucho sentido. Él es un líder cuaresmal de la misma manera que la Santísima Virgen es la «Mujer del Adviento».
María nos muestra cómo recibir a Cristo en Adviento
El Adviento trata sobre la receptividad, y eso convierte a María en «la Virgen del Adviento», como dijo San Juan Pablo II.
Mientras esperamos la venida de Cristo, la Iglesia nos señala una y otra vez las virtudes marianas, con la Inmaculada Concepción celebrando su impecabilidad el 8 de diciembre, con la (nueva) fiesta de Nuestra Señora de Loreto el 10 de diciembre celebrando el hogar que ella preparó para Jesús, y la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe el 12 de diciembre, celebrando cómo ella preparó el Nuevo Mundo para Cristo en 1531.
María nos muestra cómo preparar un lugar para Jesús en nuestras vidas, tal y como ella lo hizo en el mundo.
Pero si el Adviento trata sobre la «ausencia de Cristo», cuando leemos el anhelo de los profetas por Cristo, la Cuaresma trata sobre la «presencia de Cristo», cuando esperamos con Jesucristo en el desierto, caminamos con él por el Vía Crucis y nos preparamos para su victoria definitiva en Pascua.
San José y Cristo
De la misma manera, san José nos muestra cómo mantener a Cristo en la Cuaresma.
Mientras que el Adviento es la temporada de la receptividad, la Cuaresma es la temporada de la custodia, en la que cuidamos, guardamos y protegemos el gran regalo de Cristo en nuestra vida. Esperamos a Cristo en Adviento, pero esperamos con Cristo en Cuaresma. Cristo ha venido y nos ha pedido que permanezcamos con él hasta el final.
No hay mejor modelo para ello que san José. La fiesta de san José, el 19 de marzo, es la del Esposo de María, cuando celebramos al constructor de Nazaret que tuvo que cambiar su vida porque Jesús había venido al mundo.
Cuando el Evangelio dice: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros», el griego dice en realidad que «tabernáculo entre nosotros». En otras palabras, el Verbo entró en la familia de José, vivió en la casa de José y se confió al cuidado de José. En el Antiguo Testamento, David se ofreció a construir una casa para Dios, pero Dios lo rechazó. Sin embargo, José, de la casa de David, construyó un hogar para Jesús, y su propia casa se convirtió en el Santo de los Santos que albergaba al mismo Dios.
Esa es nuestra tarea cuaresmal: ser mejores custodios del don de Cristo, adaptando nuestra casa a sus necesidades.
Pascal Deloche / Godong | Ref:568
José, modelo del sacrificio de Cristo
El otro tema central de la Cuaresma es la Pasión de Cristo. Al tomar nuestra cruz y seguir a Jesús, san José vuelve a ser nuestro modelo. Toda su vida estuvo dedicada al sacrificio, la oración y la entrega, ya que vivió un matrimonio célibe centrado literalmente en Cristo y respondió con obediencia al Señor, que lo llamó una y otra vez.
Pero también fue un modelo de la Pasión en otro sentido, según la Madre Teresa. «¡San José es el ejemplo más maravilloso!», dijo. «Cuando se dio cuenta de que María estaba embarazada, solo tenía que hacer una cosa: acudir al jefe, al sacerdote, y decir: «Mi mujer tiene un hijo, pero no es mío»… La habrían lapidado; esa era la norma». En cambio, según la Madre Teresa, «él decidió: ‘Me escaparé’. Y la norma era que… si se escapaba y dejaba a su esposa embarazada, lo apedrearían».
Si eso es lo que José tenía en mente —y tiene sentido—, entonces cada mes de marzo conmemoramos al hombre en la vida de Jesús que fue un modelo por asumir los pecados de sus seres queridos.
San José es el modelo del hombre virtuoso
Por último, san José es el modelo del hombre virtuoso que la Cuaresma nos ayuda a convertirnos.
El Evangelio de Mateo identifica a José como un hombre «justo» o «recto». El Papa Benedicto XVI señaló que el público judío de Mateo habría sabido cómo se define a un «hombre justo», según el Salmo 1.
Dice: «Bienaventurado el hombre que no sigue el consejo de los malvados… cuyo deleite es la ley del Señor, y que medita en su ley día y noche». Pensemos en ello como una descripción de san José, un hombre fuerte, silencioso y constante, que no restaba protagonismo a María y Jesús, sino que los complementaba, «como un árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto en su temporada».
La carta del Papa Francisco sobre san José celebra a todos aquellos que, como José, son:
«Personas comunes, personas que a menudo pasan desapercibidas. Personas que no aparecen en los titulares de los periódicos y revistas, ni en los últimos programas de televisión, pero que en estos mismos días están dando forma a los acontecimientos decisivos de nuestra historia».
La Cuaresma es el momento de moldear nuestros corazones con las virtudes de José, dando forma al futuro sin fanfarria, para Cristo.
Un sacramento dador de vida es la Confesión y acercarse con frecuencia permite que el alma reciba muchos frutos espirituales que Dios le regala
España, miércoles 4 marzo (PR/26) — No hay nada más reconfortante que una buena confesión. Y aunque lo sepamos, el miedo nos paraliza y lo pensamos mucho antes de volver a reconciliarnos con el Señor. Sin embargo, para quien se confiesa con cierta frecuencia los frutos espirituales que Dios le regala le ayudan a caminar con paso firme hacia la santidad.
El perdón de los pecados
Nuestro Señor Jesucristo murió en la cruz para rescatarnos del abismo en el que nos tenía el pecado. Su sacrificio es único y se actualiza en cada sagrada Eucaristía. También es verdad que, quien crea en Él se salvará. Pero, ojo, la salvación es un don gratuito que Dios otorga a quien pone todo de su parte.
Y también es cierto que, nuestra debilitada condición humana está pronta para pecar, por eso es necesario pedir perdón a Dios. Jesús mismo dejó para eso el sacramento de la Reconciliación (Jn 20, 21-23).
El Catecismo de la Iglesia católica dice:
«Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones» (CEC 1422).
Los frutos espirituales
Ahora bien, no es necesario tener pecados mortales para confesarnos. Quien se confiesa con regularidad recibe muchos beneficios que redundan en frutos espirituales como estos:
1. Nos unimos más a la Iglesia porque el mismo Cristo nos reintegra a la comunidad:
«a los pecadores que son perdonados los vuelve a integrar en la comunidad del pueblo de Dios, de donde el pecado los había alejado o incluso excluido» (CEC 1443) .
2. Recuperamos la gracia perdida, pero también «nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás» (CEC 1455).
3. «La confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (CEC 1458).
4. Nos sentimos impulsados a ser misericordiosos:
Cuando se recibe con frecuencia, mediante este sacramento, el don de la misericordia del Padre, el creyente se ve impulsado a ser él también misericordioso (CEC 1458)
5. Al devolvernos la gracia, el perdón de Dios «nos une con Él con profunda amistad» , además «tiene como resultado la paz y la tranquilidad de la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual» (CEC 1468).
6. Y algo más: cada vez que nos confesamos aumenta en nosotros «el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano» (CEC 1496).
Siendo aún un joven, Uriel tiene claro qué tipo de país quiere construir para sus hijos. Su labor como activista ha estado encaminada a defender la libertad religiosa y la vida en México. Esta es su entrevista con Aleteia.
México, domingo 7 diciembre (PR/25) — Nacido en Guanajuato, Tierra de los Cristeros, en México, este joven, licenciado en Derecho, es activista Provida, ha participado activamente en movilizaciones y debates legislativos; además, es líder de Campañas de la plataforma digital Actívate y participante de la Corte Iberoamericana por la Familia, así como también de la Asamblea General de la OEA, en Paraguay.
Con sólo 24 años, Uriel Esquerra, invierte su juventud en abogar por la libertad religiosa, la defensa de la vida y la dignidad humana.
“Hoy el católico se enfrenta a la intimidación, exclusión y censura. Se nos empuja a callar y se nos niega la congruencia entre lo que creemos y lo que hacemos. Vivimos un tiempo donde decir ‘soy católico’ parece, para algunos, peor que cometer un delito. Ese ambiente lleva a muchos a guardar silencio, cuando precisamente hoy deberíamos hablar con más firmeza”, explica para Aleteia.
Quien viviera como seminarista en familia durante su adolescencia y juventud después de sentir un llamado fervoroso a convertirse en sacerdote.
Después de un largo discernimiento encontró su llamado a servir a la Iglesia Católica como laico comprometido en construir el Reino de Cristo ante los escenarios adversos que enfrentan los cristianos en la sociedad actual; el mismo Uriel nos explica:
“El cristiano no está llamado a esconderse, sino a transformar la realidad. Necesitamos laicos que vivan coherentemente su fe y que hagan vida el Evangelio más allá de los templos. Jesús nos invita a ser una Iglesia viva y, como laicos, nuestro compromiso es construir el reinado social de Cristo en medio de la tierra, allí donde se deciden las leyes, las políticas y la cultura”.
Evidentemente, la misión a favor de la dignidad humana -ligada también a la libertad religiosa- no es fácil, pero vale la pena a pesar de los ultrajes, la violencia verbal, física e incluso cibernética que el joven activista ha tenido que soportar.
«Esas experiencias me han confirmado que vale la pena defender la fe y proclamar sin miedo: soy católico, y mi fe merece respeto”.
Para los jóvenes católicos en México, como Uriel Esqueda, la relación entre fe, justicia y participación ciudadana en el país es un tema urgente en el que, él mismo asegura, debemos participar de una manera más activa. Así lo señala:
«Veo con preocupación el crecimiento de ataques y persecuciones contra los cristianos en México. Lamentablemente, muchos laicos no dimensionan lo que está ocurriendo y lo han normalizado. El miedo al rechazo social hace que pocos levanten la voz, pero necesitamos más laicos valientes que defiendan la verdad. Sueño con un México donde los laicos comprendan su papel y asuman su compromiso de participar en lo social y lo político para defender la verdad».
Finalmente, Uriel Esqueda anima a otros a vivir la fe, no sólo en lo privado, sino a ser protagonistas en la transformación social a partir de su creencia.
“Siempre comparto una frase que me marcó profundamente: ‘De los tibios nunca se hizo historia’. Hoy necesitamos católicos que se atrevan a levantar la voz, a no ser indiferentes y a detener los ataques que se dan contra la fe, la vida, la familia y las libertades fundamentales. Está en nuestras manos el México que dejaremos a nuestros hijos (…) Para lograrlo, debemos salir de las parroquias y grupos, abrir los ojos a lo que pasa en los congresos, en las calles, en la cultura, y comprometernos a llevar el Evangelio allí donde más se necesita”, concluye.