Con una proyección de ingresos que escala a los US$ 36.111 millones, el sector agroindustrial argentino se consolida como el motor de la estabilización macroeconómica. Sin embargo, detrás del optimismo por la recuperación de los volúmenes de soja y maíz, asoman márgenes ajustados por el precio de los insumos y una infraestructura fluvial que empieza a dar señales de alerta.

 

 

Buenos Aires, martes 19 de mayo (PR/26) .- El último ajuste de la Bolsa de Comercio de Rosario (BCR), que sumó US$ 800 millones a la previsión de exportaciones para 2026, no es un dato menor: es el síntoma de un sector que ha sabido capitalizar tanto la resiliencia productiva como un contexto global favorable.

Como agrónomo, observo con entusiasmo una cosecha de soja que alcanza las 50 millones de toneladas y un maíz récord de 68 millones. Pero como economista, entiendo que estas cifras, aunque contundentes, deben leerse en el marco de una rentabilidad que todavía se siente «con la sábana corta» en el interior del país.

El escenario de precios internacionales, tonificado por el renovado apetito de China tras los acuerdos comerciales con Estados Unidos, ha puesto un piso de valor que no veíamos en más de un año, con la soja posicionándose por encima de los US$ 447 en Chicago. Esta «ayuda» externa se combina localmente con un proceso de normalización fiscal y cambiaria que es, quizás, el cambio estructural más profundo de esta campaña. La reducción gradual de las retenciones —llevando a la soja al 24% y al maíz al 8,5%— y la virtual desaparición de la brecha cambiaria han devuelto al productor un horizonte de previsibilidad que permite acelerar la liquidación en el Mercado Libre de Cambios.

No obstante, la euforia estadística debe ser matizada por la realidad de los costos. El complejo triguero 2026/27 es el primer semáforo amarillo. El encarecimiento de la urea, que tocó los US$ 890 por tonelada, ha pulverizado los márgenes en campos alquilados, donde la ecuación arroja pérdidas de US$ 128 por hectárea. Estamos ante una paradoja: mientras celebramos el ingreso de divisas por la cosecha gruesa, la intención de siembra del trigo cae un 17% por la asfixia de los costos de fertilización.

A esto se suma el desafío logístico. El nivel del río Paraná en Rosario, en torno a los 2,22 metros, ya impone límites al calado de los buques. Esto significa que, a pesar de tener los granos, sacarlos al mundo es hoy más caro por los «falsos fletes» y la necesidad de completar carga en puertos de aguas profundas.

En conclusión, el agro le está cumpliendo al país con un aporte de divisas idéntico al de 2025 pero en un marco de mayor transparencia económica. El desafío para lo que resta de 2026 no será solo producir más, sino gestionar la eficiencia de los costos y la infraestructura. Sin una mirada integral que contemple el abaratamiento de los insumos y la mejora de la hidrovía, corremos el riesgo de que la «revancha del campo» sea una oportunidad aprovechada solo a medias por quienes, día a día, asumen el riesgo en el surco. 

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Fuente: Noticias Argentinas