La isla portuguesa de São Miguel guarda uno de los paisajes más impactantes del Atlántico. Volcanes, lagunas de colores, bosques exuberantes y más vacas que habitantes convierten a Sete Cidades en una postal inolvidable del archipiélago de Azores.
Buenos Aires viernes 26 de junio(PR/26)–El recorrido desde Ponta Delgada hasta Sete Cidades es una experiencia en sí misma. Durante los 40 minutos de viaje, los caminos atraviesan enormes praderas verdes donde pastan cientos de vacas.
En las Azores hay más vacas que personas y la producción de leche es uno de los grandes motores económicos del archipiélago.
El paisaje que todos quieren ver
São Miguel cambia constantemente de humor según el clima. Un cielo despejado puede transformarse en niebla en cuestión de minutos, por lo que llegar a Sete Cidades sin nubes es casi un premio para el viajero.
El acueducto escondido en la vegetación
Antes de alcanzar el gran mirador aparece una sorpresa inesperada: el Muro das Nove Janelas, un antiguo acueducto levantado en el siglo XVI por orden del rey Manuel I. Hoy permanece rodeado por una vegetación exuberante que le da un aire casi mágico.
La mejor vista de las Azores
El Mirador da Vista do Rei ofrece la imagen más famosa del archipiélago: un inmenso cráter volcánico ocupado por dos lagunas unidas pero de colores diferentes, una azul intensa y otra verde profunda, rodeadas de bosques, hortensias y laderas volcánicas.
¿Por qué las lagunas tienen distintos colores?
Las leyendas abundan, pero la explicación es científica: la diferencia se debe a la profundidad de cada lago, a la vegetación presente en sus aguas y a la forma en que la luz se refleja sobre ellas.
Senderos, bosques y panorámicas inolvidables
Los visitantes pueden recorrer la caldera a pie, en bicicleta o en excursiones en quad. En el camino aparecen densos bosques de criptomerias y cedros rojos japoneses, que representan buena parte de la superficie forestal de las Azores.
El hotel abandonado que desafía al tiempo
Desde Vista do Rei también se observa el antiguo Hotel Monte Palace. Inaugurado en los años 80 con grandes expectativas, cerró pocos años después y permaneció abandonado durante décadas, convirtiéndose en un símbolo del avance imparable de la naturaleza.
La Boca do Inferno y la postal perfecta
Otro de los puntos imprescindibles es el Miradouro da Boca do Inferno, situado a 730 metros de altura. Desde allí es posible contemplar las dos lagunas principales, otros pequeños lagos volcánicos y, en los días más despejados, el océano Atlántico.
La tranquilidad del pueblo de Sete Cidades
Al pie de la caldera se encuentra el pequeño pueblo de Sete Cidades, una tranquila aldea de casas blancas donde el tiempo parece avanzar más despacio. Allí destacan la iglesia de São Nicolau y las cafeterías donde disfrutar de una tradicional bica acompañada por un pastel de nata.
Una de las grandes maravillas naturales de Portugal
Antes de regresar a Ponta Delgada, el puente que cruza la laguna ofrece una última imagen del paisaje. Es una despedida perfecta para uno de los escenarios naturales más sorprendentes y fotografiados de Portugal.














