De Zadar a Dubrovnik, un recorrido de más de 350 kilómetros por la costa dálmata combina playas de aguas cristalinas, pueblos de pescadores y ciudades amuralladas que parecen no haberse enterado de que el tiempo pasó. Un viaje en auto por algunos de los paisajes más bellos de Europa.

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires viernes  24 julio (PR/26)–Una brisa suave mece las barcas contra el muelle, con un vaivén que parece marcar el ritmo de todo lo demás. El sol golpea la piedra dorada del paseo marítimo y, desde una taberna cercana, llega el aroma del pescado a la brasa.

Estamos en Zadar, una ciudad croata sobre el Adriático donde el espíritu marinero todavía manda. Desde aquí arranca uno de los trayectos más lindos de toda Europa: la costa dálmata, donde el mar se cuela entre las rocas y esculpe paisajes de otro mundo.

Son poco más de 350 kilómetros entre calas de guijarros suaves, acantilados con aldeas de pescadores dormitando a sus pies y ciudades de piedra que un día quedaron congeladas en el Medievo. El destino final: Dubrovnik, que corona la costa como ninguna otra.

 

Zadar, el mejor punto de partida

 

El puerto recibe al viajero y enseguida da paso a calles de mármol flanqueadas por vestigios romanos e iglesias renacentistas. El casco histórico es tan atractivo como sus alrededores.

 

Atardecer en el tramo costero de Croacia

 

Muy cerca late el Parque Nacional de Paklenica, perfecto para el senderismo entre cañones enormes. Y frente a la costa, como diamantes perdidos en el mar, aparecen las islas de Pag y Dugi Otok, con playas que quitan el aliento.

 

Stari Grad (casco antiguo) de Zadar, Croacia

 

 

Trogir, la joya medieval Patrimonio de la Humanidad

 

La siguiente parada también respira esa vida cultural que floreció bajo dominio veneciano. Se trata de Trogir, una ciudad de piedra encerrada en murallas del siglo XV y coronada por una catedral esbelta.

Su belleza, apretada entre las montañas y el mar, le valió el título de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Recorrerla a pie es como caminar dentro de una postal antigua.

 

Casco antiguo de Trogir, Croacia

 

Avanzar en auto por esta zona significa seguir carreteras que se pegan al perfil dentado de los Alpes Dináricos, la cordillera que separa a Croacia de Bosnia y Herzegovina y que desciende hasta el mismo Adriático.

En ese trayecto aparece el Parque Nacional de Krka, con cataratas espectaculares, y las islas Kornati, en su mayoría deshabitadas, donde la piedra caliza blanca contrasta con un mar de un azul casi irreal.

 

Parque Nacional de Krka, Croacia

 

Hacer esta ruta también es asomarse a la forma de ser croata: un carácter cálido pero reservado, a mitad de camino entre la austeridad centroeuropea y la pasión italiana que se cuela en su gastronomía y su gente.

 

De las ostras de Ston al palacio-ciudad de Split

 

Entre las dos grandes ciudades de la ruta se esconde Ston, famosa por los viveros de ostras que salpican su bahía. Y frente al mar aparecen las islas más conocidas de Croacia: Brač, Hvar, Korčula y Mljet.

Split, levantada sobre un promontorio rodeado de playas, es en realidad un palacio convertido en ciudad: el Palacio de Diocleciano, construido para el emperador romano que protagonizó algunas de las campañas más sangrientas contra los cristianos.

 

Fachara de costa de la ciudad croata de Split

 

Con los siglos, la gente fue sumando viviendas y locales dentro de sus muros. Hoy su interior laberíntico guarda tiendas, restaurantes y ese movimiento constante donde tomar un café se vuelve un ritual entre paredes milenarias.

 

Dubrovnik, el broche perfecto

 

Dubrovnik es, sencillamente, magnética. Su avenida principal, la Stradun Placa, que lleva hasta la Torre del Reloj, está entre las más lindas de Europa.

Después vienen las callejuelas angostas, con ropa tendida y escaleras llenas de flores; la judería (Ulica Zudioska), la iglesia de San Blas y el palacio Sponza.

 

Dubrovnik murallas

 

Pero nada cierra mejor el viaje que caminar al atardecer, bajo una luz cobriza, por lo alto de las murallas que resguardaron a la ciudad de tantos embates de la historia.

 

Panorámica de Korkula, Croacia

 

Lo que no hay que perderse

 

  • Comprar quesos y encajes en Pag, una isla rocosa con un encanto muy particular.
  • Refrescarse bajo las cascadas del Parque Nacional de Krka.
  • Sentarse en las terrazas del puerto de Hvar, la llamada Ibiza del Adriático.
  • Recorrer en bicicleta los lagos de la isla de Mljet.
  • Pasear a la luz de la luna por el antiguo Palacio de Diocleciano de Split.

Guía práctica: cómo llegar y moverse

 

Zadar tiene aeropuerto, pero desde España no hay vuelos directos: hay que volar primero a Zagreb o a Split y de ahí tomar una conexión.

Una vez allí, lo más práctico es alquilar un auto para moverse con libertad por la costa dálmata, donde las rutas están en muy buen estado. Para saltar a las islas, hay que sumar un ferry o catamarán, con compañías como Jadrolinija y Kapetan Luka.

 

Dónde dormir

 

En Zadar, para más calma, el Falkensteiner Hotel & Spa Iadera ofrece spa y buena cocina a 10 kilómetros del centro. En Trogir destaca el Brown Beach House Croatia, un boutique con piscina frente al mar.

En Split, el Le Meridien Lav funciona muy bien para viajar en familia. Y en Dubrovnik, el Hotel Bellevue es un ícono de lujo con acceso a una cala privada.

 

Dónde comer en el camino

 

La cocina croata mezcla la influencia italiana de la costa con los aires húngaros y vieneses del interior. En Zadar, el restaurante Kastel, dentro del hotel Bastion, resume ese espíritu dálmata en cada plato.

 

Ostras en un restaurante de Ston, Croacia

 

En Split conviene probar el pescado en Sperum, con muy buena relación entre calidad y precio. Y en Dubrovnik, Gradska Kavana Arsenal es un clásico que nunca falla.

 

 

 

 

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Fuente: hola.com/viajes