Una de las frases más citadas del existencialismo esconde una idea incómoda: «no elegimos lo que nos pasó, pero sí lo que hacemos con eso». Sartre llevó esa idea al límite al estudiar la vida de un escritor y ex delincuente.
Buenos Aires, jueves 10 de septiembre (PR/26).- Hay frases filosóficas que, con el tiempo, se despegan del libro donde nacieron y empiezan a vivir por su cuenta. La de Jean-Paul Sartre sobre lo que los demás hacen de nosotros es una de ellas: hoy se usa para hablar de infancia, de heridas familiares, de relaciones y de la capacidad de cambiar.
Pero detrás de esa apariencia de consejo motivacional hay una pregunta mucho más incómoda: ¿hasta qué punto somos responsables de la persona en la que nos convertimos?

Sartre no decía que el pasado se pudiera borrar, ni que cualquiera tuviera una libertad ilimitada para reinventarse. Su punto de partida era justamente el contrario: todos llegamos al mundo dentro de circunstancias que no elegimos. La familia, la época, la posición social, la educación y la mirada de los demás forman parte de ese punto de partida que nadie escoge.
El pasado deja huella, pero no escribe todo el guion
La frase completa aparece en Saint Genet, comédien et martyr, publicado en 1952. Ahí, Sartre pone el acento en algo puntual: lo decisivo no es solo lo que otros hicieron de nosotros, sino qué hacemos después con eso.
Ahí está la clave de todo. Sartre separa dos cosas: las circunstancias que recibimos y la respuesta que construimos frente a ellas. Nadie elige dónde nace, cómo fue educado o ciertas experiencias que le tocaron vivir. Aun así, el filósofo sostiene que esas condiciones no agotan lo que alguien es.

Esto no significa que todos partan del mismo lugar, ni que superar una experiencia dolorosa dependa simplemente de “querer”. Las circunstancias pueden limitar, y mucho, el margen de elección. La libertad de la que habla Sartre es, en ese sentido, una libertad situada: siempre elegimos desde una realidad concreta, nunca desde el vacío.
“La existencia precede a la esencia”: nadie nace terminado
La frase se entiende mejor si se la conecta con uno de los pilares del existencialismo sartreano: la existencia precede a la esencia. Para Sartre, ninguna persona nace con una identidad ya definida que determine de antemano quién será. Cada uno se va haciendo a través de sus actos, sus decisiones y sus proyectos.
Por eso, decir “soy así porque mi pasado me hizo así” es, para esta mirada, una descripción incompleta. El pasado explica una parte de la historia, pero no tiene por qué cerrarla.
La idea también trae una exigencia incómoda. Si existe un margen para elegir qué hacer con lo que recibimos, entonces aparece la responsabilidad. Sartre llevó esta cuestión hasta una de sus frases más famosas: el ser humano está “condenado a ser libre”. No se trata de poder conseguir cualquier cosa, sino de la imposibilidad de escapar a la necesidad de tomar posición frente a lo que nos pasa.
Jean Genet, el caso que Sartre llevó al extremo
El contexto de Saint Genet es clave, porque Sartre no estaba escribiendo una reflexión abstracta sobre superación personal. El libro analiza la figura de Jean Genet, escritor y ex delincuente, y estudia cómo las etiquetas y los juicios sociales pueden intervenir en la construcción de una identidad.
La pregunta que plantea Sartre es qué pasa cuando alguien es definido una y otra vez por los demás y, a pesar de eso, termina encontrando su propia manera de relacionarse con esa identidad impuesta. No se trata de negar la influencia de la sociedad, sino de examinar qué puede hacer el individuo con aquello que recibió.
De ahí que la frase tenga una lectura más exigente que el típico “podés cambiar tu vida”. No promete que se pueda elegir el pasado. Lo que plantea es que la relación que tenemos con ese pasado también forma parte de lo que llegamos a ser.
El Nobel que rechazó por coherencia
Sartre llevó esa idea de la libertad hasta su propia vida. En 1964 recibió el Premio Nobel de Literatura, pero decidió rechazarlo: no quería aceptar distinciones oficiales porque consideraba que podían convertir al escritor en una institución.
La anécdota, por sí sola, no demuestra su filosofía, pero ayuda a entender su coherencia: para Sartre, las etiquetas externas no debían tener la última palabra sobre la identidad de una persona.

La cita no invita a negar las heridas, la educación ni las circunstancias que nos formaron. Invita a sumar una segunda pregunta: qué hacemos hoy con todo lo que recibimos. Y quizás ahí está la parte más poderosa de la frase: el pasado puede explicar de dónde venimos, pero no tiene por qué decidir, por sí solo, hacia dónde vamos.
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Fuente: La Razón

















