El Espíritu Santo y cómo compararlo con el agua viva

El Espíritu Santo y cómo compararlo con el agua viva

Aunque solemos imaginar al Espíritu Santo sólo como una paloma o como llamas de fuego, quizá sea poco usual pero también podemos verlo como agua viva

imagen creada con IA 

Buenos Aires, viernes 22 mayo (PR/26) — El domingo próximo 24 de mayo la Iglesia Católica celebra la Solemnidad del Pentecostés, el inicio de la Iglesia de Jesucristo al venir el Espíritu Santo sobre María y los apóstoles.

El Espíritu Santo, al ser la tercera Persona de la Santísima Trinidad, no tiene una forma ni un cuerpo concretos. Esto significa que cualquier imagen que tengamos del Espíritu Santo sirve principalmente para ayudarnos a ilustrar su acción, y no el recipiente en el que habita.

De manera similar, podemos pensar en la acción del Espíritu Santo como «agua viva», un símbolo que no suele asociarse con el Espíritu Santo.

 

Agua viva

 

San Cirilo de Jerusalén hace referencia a esta comparación en una instrucción catequética que se recoge en el Oficio de las Lecturas:

«El agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua viva, que brota hacia la vida eterna. Se trata de un nuevo tipo de agua, un agua viva y saltarina, que brota para aquellos que son dignos. Pero, ¿por qué Cristo llamó «agua» a la gracia del Espíritu? Porque todas las cosas dependen del agua; las plantas y los animales tienen su origen en el agua. El agua desciende del cielo en forma de lluvia y, aunque es siempre la misma en sí misma, produce muchos efectos diferentes: uno en la palmera, otro en la vid, y así sucesivamente en toda la creación.

No desciende, unas veces como una cosa y otras como otra, sino que, aunque permanece esencialmente igual, se adapta a las necesidades de cada criatura que la recibe».

Esta es una imagen importante, ya que nos recuerda cómo el agua es una parte tan necesaria de la vida humana y algo que todos necesitamos beber profundamente.

 

 

Necesitamos al Espíritu Santo

 

El Espíritu Santo es esa agua, que nos ayudará a dar mucho fruto, como continúa san Cirilo:

«Del mismo modo, el Espíritu Santo, cuya naturaleza es siempre la misma, simple e indivisible, reparte la gracia a cada hombre según su voluntad. Al igual que un árbol seco que brota cuando se le riega, el alma da fruto de santidad cuando el arrepentimiento la ha hecho digna de recibir al Espíritu Santo. Aunque el Espíritu nunca cambia, los efectos de su acción, por voluntad de Dios y en nombre de Cristo, son numerosos y maravillosos».

Aunque podamos pensar que podemos progresar en la vida sin la acción del Espíritu Santo en nuestra alma, la realidad es que no podemos.

 

Ven, Espíritu Santo, Agua Viva.

 

 

Primicias Rurales

Fuente: Aleteia

“ Dame de beber ”

“ Dame de beber ”

Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42

 

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta:
«No tengo marido».

Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».

Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.

Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Palabra del Señor