Cada 13 de junio se celebra el Día de San Antonio de Padua, uno de los santos más venerados del catolicismo. Conocido como Doctor Evangélico y además por el milagro de su lengua incorrupta, su protección a los necesitados y su auxilio para hallar objetos perdidos, este fraile franciscano sigue transformando vidas a través de su inmenso legado espiritual y social.

 

 

Buenos Aires, sábado 13 junio (PR/26) — Cada 13 de junio la Iglesia Católica celebra la fiesta de uno de los santos más queridos, populares y venerados en el mundo entero: San Antonio de Padua (1195-1231).

La devoción y el afecto de millones de fieles a lo largo de los siglos lo han convertido en un santo “omnipresente”, cuyo nombre identifica a innumerables iglesias, parroquias y escuelas. Considerado “muy milagroso”, los creyentes acuden a su intercesión ante las más diversas necesidades cotidianas y espirituales.

Juventud y los años agustinos (1195 – 1220)

 

Nació en Lisboa, Portugal, probablemente en 1195, bajo el nombre de Fernando Martins de Bulhões. Al pertenecer a una familia de la nobleza, recibió una sólida educación académica desde su niñez.

A los 15 años ingresó con los Canónigos Regulares de San Agustín, habitando primero en el monasterio de San Vicente de Fora y trasladándose luego a Santa Cruz de Coímbra. En este último lugar se convirtió en un consumado experto en las Sagradas Escrituras y en la teología de San Agustín.

El giro misionero y el encuentro con Francisco (1220 – 1221)

 

En 1220, la vida de Fernando cambió por completo al llegar a Coímbra, Portugal, los restos de los Protomártires Franciscanos, los primeros frailes decapitados en misiones en Marruecos.

Conmovido por su heroísmo y deseando el martirio, solicitó su pase a la naciente orden de los Frailes Menores (Franciscanos), momento en el cual cambió su nombre por el de Antonio.

Partió inmediatamente como misionero hacia África, pero una grave enfermedad tropical frustró sus planes.

Al intentar regresar en barco a Portugal, una fuerte tempestad desvió la nave hacia las costas de Sicilia, Italia. Desde allí viajó a Asís, donde participó en el famoso Capítulo de las Esteras en 1221, logrando ver y escuchar en persona a San Francisco de Asís quien lo reconoció especialmente al saber que era sacerdote.

El predicador oculto y «Mi Obispo» (1222 – 1227)

 

Antonio fue asignado a la ermita de Montepaolo en la Romaña, donde vivió una rutina oculta realizando tareas domésticas sencillas.

Su brillantez intelectual se descubrió por accidente en 1222 durante una ordenación sacerdotal en Forlì: ante la falta de un orador preparado, se le pidió improvisar un sermón. Su elocuencia, profundidad teológica y unción espiritual dejaron atónitos a los presentes.

Al enterarse del hecho, San Francisco de Asís le envió una célebre carta autorizándolo formalmente a enseñar teología a los frailes, llamándolo cariñosamente «mi obispo».

Antonio combinó desde entonces la cátedra teológica en las universidades de Bolonia, Montpellier y Toulouse con una masiva predicación para combatir las herejías de la época.

Los últimos años en Padua (1227 – 1231)

 

Pasó sus últimos años en Padua, donde transformó las estructuras sociales de la ciudad a través de sus sermones de Cuaresma. Atacó con dureza la usura, defendió a los pobres, reconcilió familias enemistadas y consiguió que se reformaran las leyes de deudas para que los desvalidos no terminaran en prisión.

Agotado físicamente por su incansable labor y por la hidropesía, se retiró a Camposampiero donde fue descubierto un día con el Niño Jesús en brazo por eso se lo representa así.

Falleció el 13 de junio de 1231 a los 36 años en el convento de las Clarisas de Arcella, a las afueras de Padua, exclamando antes de expirar: «Veo a mi Señor».

Canonización, legado y Doctor de la Iglesia

 

Debido a la inmensa cantidad de milagros presenciados tras su muerte, el Papa Gregorio IX lo canonizó el 30 de mayo de 1232, apenas 11 meses después de su fallecimiento, siendo uno de los procesos más rápidos de la historia de la Iglesia.

En 1946, el Papa Pío XII lo declaró oficialmente Doctor de la Iglesia con el título de «Doctor Evangélico».

Hoy en día, la Provincia de los Frailes Franciscanos Conventuales preserva su memoria custodiando sus restos en la célebre Basílica del Santo en Padua, Italia, editando la revista internacional El Mensajero de San Antonio y administrando las obras de caridad asociadas a su «Pan de los Pobres».

El milagro de la lengua incorrupta

 

El prodigio más famoso en torno a sus reliquias ocurrió en 1263, exactamente 32 años después de la muerte del santo. Debido a la construcción de la imponente Basílica del Santo en Padua, los frailes decidieron trasladar sus restos a una nueva tumba-altar bajo la cúpula central. El proceso fue presidido por San Buenaventura, entonces Ministro General de los Franciscanos.

Al abrir la tumba de madera, descubrieron que todo el cuerpo de San Antonio se había reducido a cenizas y huesos, con la excepción de su lengua, la cual se conservaba fresca, intacta, húmeda y con un color vivo, tal como si perteneciera a una persona viva.

Al presenciar el milagro, San Buenaventura tomó la reliquia con reverencia y exclamó:

«¡Oh lengua bendita, que siempre has bendecido al Señor y has hecho que otros lo bendigan! Ahora queda de manifiesto cuántos méritos has adquirido ante Dios».

Para la Iglesia Católica, este hecho inexplicable para la ciencia fue un signo divino que honraba el extraordinario don de la predicación de Antonio, quien usó su voz incansablemente para defender la verdad y consolar a los afligidos.

Actualmente, la lengua (junto con su mandíbula y el aparato vocal) se expone de forma permanente en un relicario de oro tallado en la Capilla del Tesoro de la Basílica.

Cada 15 de febrero, los Franciscanos Conventuales celebran de forma solemne la «Fiesta de la Lengua» (Traslado de las Reliquias).

¿De qué es patrono San Antonio?

 

Debido a la inmensa cantidad de favores atribuidos a su intercesión, se lo conoce mundialmente como el «santo de todo el mundo». Sus patronazgos principales incluyen:

  • Objetos perdidos y extraviados: Este patronazgo proviene de una historia real. Un novicio huyó del convento robando un valioso salterio que Antonio usaba para sus clases. El santo oró fervientemente para recuperar el libro; de inmediato, el ladrón tuvo una visión aterradora que lo obligó a regresar, devolver el manuscrito y pedir perdón.

  • Quienes buscan pareja y matrimonios: Se lo invoca tradicionalmente para encontrar un buen esposo o esposa. En vida, Antonio ayudaba de forma activa a las mujeres de familias muy pobres consiguiéndoles dotes dignas para que pudieran casarse legalmente y no caer en la marginación.

  • Los pobres y necesitados: Es el protector por excelencia de los desvalidos. De aquí nace la antigua costumbre franciscana del «Pan de los Pobres», que consiste en realizar donaciones de alimentos en nombre del santo.

  • Viajeros, marineros y pescadores: Se le encomiendan los viajes debido a sus constantes travesías misioneras y marítimas. También es el patrono principal de Portugal y de la ciudad de Padua, Italia.

  • Gremios específicos: Es el protector de los panaderos, albañiles, constructores y papeleros.

  • Condiciones de salud: En años recientes, se ha extendido con fuerza su patronazgo sobre las mujeres estériles y las personas que padecen de enfermedad celíaca.

 

 

 

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