En esta columna de opinión, el abogado y escritor Sergio Mammarelli reflexiona sobre el fervor popular durante el Mundial, analizando cómo el fútbol trasciende lo deportivo para convertirse en un espejo de la historia, las identidades nacionales y las pasiones de todo un país.
Por Sergio Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Buenos Aires, martes 21 junio (PR/26) — Cada cuatro años, millones de argentinos que no distinguen un lateral de un líbero amanecen convertidos en directores técnicos.
No es ignorancia ni delirio: es que en el Mundial no juegan equipos, juegan países, y eso lo explica casi todo.
Voy a confesar algo que a cualquier futbolero le sonará a herejía. No soy de fútbol. Sé poco y nada: me pierdo en las formaciones, no tengo equipo que me desvele los domingos, y podría vivir un año entero sin enterarme de quién salió campeón del torneo local.
Y sin embargo, cada cuatro años, con la puntualidad de una estación, me despierto transformado en el mejor técnico del mundo. Sé exactamente a quién había que poner de titular, en qué minuto había que hacer el cambio, qué le faltó al mediocampo y qué le sobró al rival. No soy el único. Somos millones los que ese mes hablamos con una autoridad táctica que no tenemos las otras cuarenta y siete semanas del año.
La pregunta no es por qué sabemos tan poco. La pregunta es por qué, de golpe, nos importa tanto.
El seleccionador que llevamos dentro
Hay algo casi cómico en el fenómeno si uno lo mira desde afuera. Un país entero que el resto del tiempo desconfía de todo —de los dirigentes, de los pronósticos, de las promesas— entrega de pronto su humor colectivo a once tipos que la mayoría no sabría reconocer por la calle.
Un tipo que jamás pisó una cancha discute la línea de tres con la vehemencia de un cirujano defendiendo una técnica. Una señora que nunca en su vida vio un partido completo llora con un himno. Y todos, absolutamente todos, tienen razón, porque en ese mes la razón futbolística es lo de menos.
Lo que se activa no es el conocimiento del deporte. Es otra cosa, más vieja y honda, que el deporte apenas viene a poner en escena.
No juegan equipos, juegan países

Para entender nuestras reacciones —las mías incluidas, que no tienen ninguna base técnica— tal vez convenga aceptar una idea incómoda: en el Mundial no se enfrentan equipos de fútbol. Se enfrentan países. Y una vez que uno asume eso, casi todo lo demás se ordena solo.
No es Argentina contra Inglaterra: es un siglo y medio de historia entrando a la cancha disfrazado de partido. No es una camiseta contra otra: es lo que cada país cree ser midiéndose contra lo que el otro país cree ser.
Por eso el resultado duele o alegra en una escala que ningún partido de club alcanza jamás. Nadie llora ochenta minutos por un descenso ajeno. Se llora por lo otro, por lo que la pelota apenas representa y nunca termina de decir del todo: quiénes somos, de dónde venimos, a quién no le perdonamos nada.
El espejo inglés
Y acá conviene ser honestos, porque el fenómeno no es una rareza nuestra. Del otro lado piensan igual, aunque no lo digan con nuestras palabras. Al inglés le resulta sencillamente inadmisible que la Argentina le gane: no por soberbia deportiva, sino porque entre esos dos países hay demasiada historia como para que un resultado quede en resultado.
Para él, perder con nosotros no es perder un partido. Es algo que no debería poder pasar, y que sin embargo pasa, y que por eso escuece de un modo que ningún manual táctico explica.
Lo justo es admitir que el espejo también nos devuelve nuestra imagen.
Del mismo modo que el inglés no concibe caer ante Argentina, a nosotros nos cuesta entender cómo una selección africana, a la que miramos por arriba del hombro sin decirlo, puede hacernos semejante fuerza y a veces ganarnos.
Ahí está la trampa: creemos que el asombro es por el fútbol, cuando en realidad es por el mapa.
Nos sorprende que nos compliquen los que, en nuestra cabeza, «no deberían».
Esa frase —«no deberían»— no la dicta la táctica. La dicta una jerarquía de países que llevamos adentro sin habérnosla enseñado nadie.
El insulto de «es sólo fútbol»

Por eso me parece un error, y hasta una pequeña falta de respeto, interpretar todo esto como que «es solo fútbol». La frase la dice siempre el mismo tipo de persona: el que confunde el desapego con la inteligencia, el que necesita que la alegría ajena pida permiso antes de ocupar espacio. Y es, además, falsa.
No es sólo fútbol.
Es pasión, y la pasión no se disculpa.
Es lo que representa un país entero puesto a prueba en noventa minutos: sus conflictos geopolíticos, étnicos, religiosos, raciales, sus deudas viejas, sus revanchas nunca cobradas. Es todo eso encontrando, por una vez, un lugar donde manifestarse sin pedir perdón.
Reducir eso a «sólo fútbol» no es sobriedad ni madurez.
Es la vieja técnica argentina de declarar menor lo que no sabemos administrar: si no lo puedo controlar, lo llamo vulgar; si no lo puedo explicar, lo llamo exceso.
Pero lo que se juega ahí no es un torneo. Es la única versión de nosotros mismos en la que, por un rato, creemos sin condiciones.
No me pidan objetividad. No la tengo. Que España tenga el mejor equipo del mundo, si quiere. Yo, que no sé nada de fútbol, sé una sola cosa con una certeza que no admite discusión: a los gallegos, esta vez, no les perdono que nos ganen.

















