La irrupción de la inteligencia artificial no destruye los puestos de los grandes expertos, sino el primer peldaño de la escalera laboral: el espacio del joven, del pasante y del aprendiz.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Notas sobre la ruina silenciosa del trabajo y del hombre que trabaja
Buenos Aires, lunes 8 junio (PR/26) — Hay transformaciones que ocurren a la vista de todos y, sin embargo, permanecen invisibles. No porque nadie las vea, sino porque nadie quiere del todo comprender lo que significan.
La irrupción de la inteligencia artificial en el mundo del trabajo es, en este sentido, la más vasta revolución silenciosa de nuestra época: se la celebra como productividad, se la teme como desempleo.
Pero rara vez se la examina en su consecuencia más profunda y definitiva: la destrucción del primer escalón.
I. El valor del trabajo, o su epitafio
Desde que David Ricardo y, luego, Marx erigieron la teoría del valor-trabajo como columna vertebral de la economía política, el mundo fue organizado —implícita o explícitamente— bajo un supuesto fundante.
Este supuesto sostenía que el valor de las cosas se nutre, en última instancia, del esfuerzo humano incorporado en ellas.
Los neoclásicos vinieron a matizarlo, sustituyendo el trabajo por la utilidad y la escasez como variables determinantes, pero en ningún momento renunciaron al trabajo como factor insustituible de la producción.
Podía ser más caro o barato, más calificado o rutinario, pero era, en el límite, imprescindible.
La inteligencia artificial no es, en rigor, el primer desafío a esa ecuación. La máquina de vapor, el telar mecánico, la cadena de montaje, la computadora personal: cada una de ellas desplazó trabajo humano hacia nuevas fronteras.
Pero siempre con una característica común: el desplazamiento operaba sobre el trabajo físico o sobre el trabajo mecánico.
El cuerpo era reemplazado; el juicio, la creatividad, el lenguaje, la deliberación, permanecían como reductos inexpugnables de lo humano.
Lo que la IA rompe —con una brutalidad que recién comenzamos a calibrar— es esa frontera última. No desplaza brazos: desplaza cabezas.
No reemplaza músculos: reemplaza juicio de nivel medio, análisis preliminar, redacción funcional, clasificación de información, síntesis documental, respuesta al cliente, generación de código, búsqueda jurídica, diagnóstico diferencial básico.
Y lo hace a un costo marginal que tiende a cero. Ahí es donde todas las teorías del valor —clásicas, neoclásicas, institucionalistas— pierden el suelo bajo sus pies.
El economista que hoy intente fijar el valor de un bien de conocimiento con los instrumentos tradicionales se encontrará ante una paradoja sin salida.
El bien tiene utilidad plena, el mercado lo demanda, pero el trabajo humano necesario para producirlo se aproxima a cero.
¿Cuánto vale un análisis jurídico generado en treinta segundos por un modelo de lenguaje?
¿Cuánto vale la primera versión de un balance, de una traducción, de un diagnóstico de imagen?
La respuesta del mercado, inexorable y creciente, es: el costo de la suscripción al servicio dividido por la cantidad de consultas del mes.
II. El ejército silencioso
Hay una imagen que los modelos económicos todavía no logran entender. Y es, lo que efectivamente está ocurriendo en millones de hogares, estudios profesionales, pequeñas empresas y organismos del Estado de todo el mundo.
Cada persona que hoy contrata un servicio de inteligencia artificial —por veinte, cincuenta, cien dólares mensuales— ha puesto a su disposición un ejército de pasantes voluntariosos.
Trabajan las veinticuatro horas. No piden aumentos. No se enferman. No se distraen. No renuncian. No forman sindicatos. No reclaman reconocimiento.
No necesitan ser formados: ya saben. No cometen errores de criterio por inexperiencia: no tienen inexperiencia. No tardan tres meses en entender los usos de la empresa: la comprenden al instante.
Esta imagen no es una metáfora, es una descripción económica precisa de lo que ha cambiado.
La IA no es una herramienta en el sentido clásico —un martillo que amplifica la fuerza del brazo humano— sino un sustituto funcional de una categoría de trabajadores.
And esa categoría no es la de los expertos irreemplazables que operan en las alturas del conocimiento.
Es exactamente la categoría que constituía el primer peldaño de la escalera: el joven que recién empieza, el aprendiz, el pasante, el junior.
El único límite real de ese ejército silencioso es el costo de acceso a la plataforma y las restricciones técnicas del modelo. Todo lo demás ha cambiado para siempre.
III. La escalera rota
Para comprender la magnitud de lo que se está destruyendo es preciso entender qué era, realmente, el aprendiz o el pasante como institución social y como mecanismo de reproducción de la civilización productiva.
El aprendiz cumplía, simultáneamente, cuatro funciones que tendemos a confundir porque coexistían en una sola persona y en un solo momento.
La primera era económica: hacía el trabajo de bajo valor agregado inmediato, liberando al profesional senior para las tareas de mayor complejidad.
Era, en términos precisos, un subsidio al costo operativo de la organización financiado con tiempo y formación.
La segunda era epistémica: transmitía el conocimiento tácito. No el que está en los manuales o en los cursos universitarios, sino el que no está escrito en ningún lugar.
Se trata de la intuición que solo se aprende mirando hacer a alguien que ya sabe. Ese conocimiento no viaja en documentos y libros, sino que viaja por observación y corrección in situ.
La tercera era la de la señalización: el período de formación servía a la organización para identificar el talento y poder comprobar quién razonaba bien.
Permitía ver quién tenía criterio, quién merecía responsabilidades mayores construyendo credenciales verificables en el mercado.
La cuarta, en mi caso, la más importante, aunque seguramente silenciada en los análisis económicos, era la socialización profesional.
El aprendiz aprendía no solo técnica sino ética, jerarquías, modos de relacionarse con clientes, colegas y adversarios. Aprendía a existir dentro de una comunidad. Era su iniciación.
La inteligencia artificial reemplaza con eficiencia la primera función y parcialmente la tercera.
But al hacerlo, elimina el soporte económico que hacía viable la contratación del aprendiz, arrastrando consigo las otras tres funciones que no puede reemplazar.
Dicho de otro modo: la IA no destruye solo puestos de trabajo. Destruye el mecanismo a través del cual se formaba el capital humano necesario para existir en el mercado del trabajo.
Destruye la escalera. Y lo hace en su peldaño más bajo: en el único al que podía acceder quien todavía no tenía nada.
IV. La trampa generacional
Lo que emerge de este proceso no es la democratización del conocimiento que prometían los entusiastas de la tecnología.
Es una estratificación de nuevo tipo, más cruel que las anteriores, precisamente porque no tiene el rostro visible de la explotación clásica.
Las generaciones jóvenes que hoy ingresan al mercado laboral —o intentan hacerlo— se encuentran ante una paradoja sin precedente histórico moderno.
El trabajo que debía formarlos ha sido reemplazado por la misma tecnología que, supuestamente, deberían aprender a manejar.
La IA ocupa el lugar del junior. Y para manejar bien la IA en niveles de sofisticación competitiva se necesita exactamente el capital humano que se acumulaba siendo junior.
De este modo, el círculo se cierra sobre sí mismo de manera implacable.
La IA reemplaza los puestos que formaban la competencia necesaria para trabajar con la IA. No es una escalera que asciende. Es una escalera de la que se ha retirado el primer peldaño.
La consecuencia de todo lo expuesto será particularmente diabólica.
En poco tiempo, el mercado laboral se bifurcará con brutalidad entre quienes ya poseen credenciales verificadas, construidas antes de que la IA cerrara esa puerta, y quienes no tienen ninguna porque nunca tuvieron la oportunidad de formarlas.
La brecha no es tecnológica. Es temporal: una cuestión de cuándo naciste y, dentro de eso, a qué familia perteneciste.
Ello será irremediablemente así debido a que el conocimiento tácito ya no se transmite en el trabajo formal sino en el hogar de quien ya lo posee.
Esto va creando una nueva aristocracia del conocimiento que no se hereda por sangre sino por contexto.
La idea no es nueva como fenómeno social, el capital cultural siempre fue hereditario en alguna medida.
Pero la IA lo vuelve definitivo al cerrar el camino alternativo que el trabajo mismo ofrecía: el aprendizaje en el piso de la empresa, en el estudio del abogado, en la redacción del diario, en la cocina del restaurante.
V. El trabajo como institución civilizatoria
Hay una dimensión que generalmente a la economía no le interesa, simplemente no cabe en sus modelos, y que, sin embargo, puede ser la más profunda de todas las que venimos hablando.
El trabajo no es solo un mecanismo de asignación de recursos. Es una institución civilizatoria.
Desde Hesiodo hasta Hegel, desde los gremios medievales hasta los sindicatos industriales, el trabajo ha sido el espacio donde el ser humano construye su identidad social.
Construye su sentido de pertenencia a una comunidad, su lugar en el orden colectivo. Y el aprendizaje en el trabajo no era solo formación técnica: era construcción de ese mundo.
Cuando esa función se elimina en su estadio inicial —cuando el joven ya no tiene acceso a ese espacio de formación e iniciación— no se pierde solo un ingreso.
Se pierde el tránsito desde la adolescencia hacia la adultez productiva y responsable. Se pierde la experiencia de ser útil a algo más grande que uno mismo.
Se pierde la pertenencia a una comunidad de práctica. Se pierde, en fin, el primer ejercicio de la ciudadanía económica.
Si lo dicho fuera efectivamente así, las sociedades no producen desocupados. Producen excluidos ontológicos.
Se trata de personas que no sólo carecen de trabajo sino de la experiencia de haber trabajado, de haberse equivocado en un entorno que enseña, de haber recibido la corrección de quien sabe más.
Personas a quienes se les ha negado el derecho a comenzar.

VI. El derecho del trabajo ante el abismo
El Derecho del Trabajo fue construido, en el siglo XX, sobre un supuesto que hoy se quiebra.
Este supuesto indicaba que la dependencia económica y la subordinación técnica de un ser humano respecto de otro —o de una organización— era la forma dominante de la actividad productiva.
Sobre ese supuesto se edificó todo el sistema de protección: la estabilidad en el empleo, las contribuciones a la seguridad social, el régimen de pasantías y aprendizaje, las convenciones colectivas.
El régimen de pasantías —en Argentina, la Ley 26.427 y el contrato de aprendizaje de la Ley 25.013— partía de un supuesto económico elemental.
Este supuesto indicaba que la empresa obtenía valor real de esa mano de obra en formación, suficiente para motivar la contratación, aunque la remuneración fuera reducida.
Si ese valor real desaparece porque la IA lo cubre a costo marginal tendiente a cero, el incentivo para contratar aprendices se evapora. La figura legal subsiste en el ordenamiento; su sustrato económico, no.
Y detrás del régimen de pasantías viene la base contributiva del sistema previsional. Los sistemas de reparto se financian sobre la masa salarial.
Si la masa salarial se contrae en su base, porque los puestos de entrada desaparecen, el sistema pierde recaudación exactamente cuando la presión del desempleo estructural aumenta la demanda de prestaciones.
Las respuestas regulatorias que se ensayan en distintos sistemas, como cuotas obligatorias de contratación juvenil, impuestos al uso de IA como sustituto del trabajo, o garantías universales de ingreso, son todavía tentativas y, en muchos casos, contradictorias entre sí.
Lo que ninguna de ellas resuelve, en el fondo, es la pregunta filosófica que subyace.
Si el trabajo organizado como contrato de dependencia ya no es el eje de la protección social, ¿qué lo reemplaza?
La respuesta, lejos de ser vista como utopía redistributiva, se transforma en una necesidad funcional urgente.
VII. Lo que no tiene nombre todavía
Estamos, posiblemente, ante la primera transformación productiva de la historia moderna que destruye el primer peldaño de la escalera sin ofrecer otro.
La industrialización desplazó al artesano, pero creó al obrero. La informatización desplazó al obrero de los procesos repetitivos, pero creó al analista, al programador, al técnico.
En cada caso, el desplazamiento generaba una nueva categoría de entrada al mercado.
La IA no desplaza hacia una nueva categoría, sino que desplaza hacia sí misma. El nuevo primer peldaño de la escalera es la IA.
Y para estar parado en ese peldaño ya hay que saber cosas que solo se aprenden estando en el segundo.
Lo expuesto es la ruptura en su sentido más perfecto. No es solo económica. No es solo jurídica.
Es civilizatoria, en el sentido más literal del término: afecta el modo en que una civilización se reproduce a sí misma, transmite su conocimiento, integra a sus jóvenes, construye la continuidad entre generaciones.
Cuando esa transmisión se fractura, lo que se rompe no es un mercado: es un pacto.
El aprendiz no era solo una figura del derecho laboral ni una variable de la función de producción.
Era la encarnación del principio de que toda sociedad debe tener un lugar para quienes todavía no saben.
Un lugar donde la inexperiencia sea tolerable. Un lugar donde el error sea pedagógico y no fatal. Un lugar donde el joven pueda convertirse, con tiempo y ayuda, en alguien que sabe.
Ese lugar está desapareciendo. Y con él, algo que no tiene nombre todavía, porque las civilizaciones no suelen nombrarlo hasta que lo han perdido.

















