Petróleo que cae, vino que sufre y minería que promete pero tarda. Mendoza busca un rumbo productivo, aunque los números muestran que el freno de fondo viene de más arriba.
Buenos Aires domingo 5 julio(PR/26)–Hay una pregunta que empieza a circular con más fuerza entre quienes miran de cerca la economía mendocina: ¿a qué nos vamos a dedicar de acá en más? La inquietud no es caprichosa. El petróleo viene en baja, la vitivinicultura atraviesa uno de sus momentos más difíciles a nivel global y la minería, la gran esperanza de muchos, todavía necesita tiempo para transformarse en algo concreto.

Pero antes de sacar conclusiones apuradas, conviene mirar el problema con más perspectiva. Porque el estancamiento que arrastra Mendoza desde hace quince años no parece explicarse solo por sus propias debilidades. Buena parte de la historia tiene que ver con algo mucho más grande: el estancamiento de la economía argentina en su conjunto.
¿De qué vive realmente Mendoza?
Para entender el presente, primero hay que saber cómo se arma la torta productiva provincial. La producción de bienes —industria, minería y agro— representa cerca del 36% de la actividad. Son los sectores que más le importan a una provincia chica, porque generan divisas y diferencian a Mendoza del resto del país.
Los servicios, en cambio, explican alrededor del 58%. Son intensivos en empleo, pero dependen sobre todo del consumo interno y se parecen bastante a los de cualquier otra provincia argentina. El resto —construcción, energía, agua— completa el cuadro con un 6%.

Lo interesante es que ambos bloques están conectados: cuando la producción de bienes se resiente, arrastra también al empleo en servicios. Se calcula que por cada puesto de trabajo que se crea en bienes, aparecen otros dos en servicios. Por eso preocupa tanto que varios sectores productivos atraviesen dificultades al mismo tiempo.
Tres vientos que soplan en contra
Hay tres fuerzas que le complican la vida a la provincia, y ninguna depende de una decisión local.
La primera es mundial: a medida que los países se enriquecen, gastan más en servicios y menos en bienes, mientras la tecnología reduce la necesidad de mano de obra en la producción industrial.
La segunda es argentina: los costos en dólares —salarios, tarifas, alquileres— encarecen la producción local frente a la competencia externa, golpeando especialmente a los sectores que exportan.
La tercera es propiamente mendocina: el vino enfrenta una caída sostenida del consumo, tanto afuera como adentro del país, y el petróleo pierde peso año a año.

En teoría, los servicios deberían salir mejor parados de este combo. Pero tampoco la tienen fácil: el ajuste fiscal nacional y la corrida hacia el dólar restan consumo interno, mientras que la digitalización y la inteligencia artificial empiezan a reemplazar tareas que antes generaban empleo en el sector servicios.
Lo que muestran los números de fondo
Como el PBG no está actualizado en muchas provincias, una buena forma de seguirle el pulso a la economía real es mirar la masa salarial privada, descontada la inflación. Y ahí aparece un dato revelador: Mendoza tocó su techo en 2013 y desde entonces viene cayendo, con altibajos.
La comparación con Neuquén es elocuente. Gracias al empuje de Vaca Muerta, esa provincia creció más de 60% en quince años. Mendoza, en cambio, siguió un camino mucho más parecido al del país en su conjunto, que directamente dejó de crecer en el mismo período.
Esto no significa que las debilidades del vino y el petróleo no hayan pesado. Pero el freno más determinante parece haber sido otro: la Argentina no creció, y Mendoza navegó junto a ella.
¿Se puede cambiar la matriz productiva?
La respuesta corta es: no de un día para el otro. La estructura económica de una provincia depende de tres pilares que se mueven muy despacio.
Están, primero, los recursos naturales: petróleo en baja, minería en desarrollo, y actividades más estables como la vitivinicultura, la fruticultura y el turismo, donde el desafío es sostener la competitividad más que reinventar el rubro.

Está también la ubicación geográfica. Mendoza es un nodo natural del oeste argentino, con cercanía a Neuquén (por Vaca Muerta) y a San Juan (por la minería), además del potencial del corredor bioceánico hacia Chile y Brasil.
Y está la sociedad mendocina: una escala intermedia, buena calidad de vida y servicios relativamente desarrollados, un combo que puede atraer inversiones y talento con mayor valor agregado.
Ninguno de estos tres pilares cambia rápido. Por eso el margen de acción real no está en inventar una economía nueva, sino en sacarle más jugo a la que ya existe.
Minería, la gran promesa (con letra chica)
La minería concentra buena parte de las expectativas, y no es para menos: puede traer inversión, exportaciones y demanda para proveedores locales, compensando en parte lo que se pierde con el petróleo y el vino. Pero conviene bajar un poco la efervescencia.
¿Cuándo? Los proyectos mineros necesitan tiempo: inversión, permisos, infraestructura y licencia social. Entre los más avanzados aparecen San Jorge y Potasio Río Colorado, que en el mejor de los escenarios recién podrían mostrar impacto a partir de 2030.

¿Cuánto puede aportar? La minería moderna es intensiva en capital, no necesariamente en empleo directo. Donde sí puede hacer diferencia es en el empleo indirecto: se estima que por cada puesto directo, se generan entre tres y cinco indirectos, sobre todo en servicios profesionales.
Con una mirada moderada, los proyectos con mayores chances de concretarse podrían duplicar las exportaciones provinciales en los próximos años. Es un salto importante, aunque no alcanza para replicar el fenómeno neuquino.
Y ahí aparece una lección clave: apostar todo a un solo sector puede dar resultados espectaculares en los buenos tiempos —como le pasó a Neuquén con el no convencional—, pero también expone a golpes más duros cuando el ciclo se da vuelta, como le ocurrió a Santa Cruz con su petróleo convencional en declive. La diversificación no garantiza un boom, pero sí amortigua las caídas.
Lo que sí está en manos de la provincia
Mendoza no puede torcer el consumo mundial de vino ni resolver la macroeconomía argentina desde la Legislatura provincial. Pero sí puede trabajar sobre lo que depende de las decisiones locales:
Menos burocracia, para que invertir sea más rápido y menos costoso.
Mejor infraestructura en rutas, energía, agua y conectividad, la base de cualquier sector transable.
Más seguridad y mejores servicios públicos, que pesan tanto en la decisión de invertir como en la de instalarse a vivir en la provincia.
Una carga tributaria razonable, porque en un contexto de costos en dólares ya altos, cada punto de impuesto extra suma en contra a la hora de decidir dónde invertir.
Ninguna de estas medidas resuelve el problema de fondo, que es nacional. Pero son las palancas que Mendoza sí puede mover, y por eso deberían marcar la agenda local.
La conclusión que deja el análisis
Mendoza tiene, sí, un desafío productivo real: el petróleo cae, el vino atraviesa un momento complicado a nivel global y la minería, aunque promete, todavía no está a la vuelta de la esquina.
Pero los datos son claros en algo: el problema de fondo es macroeconómico, y Mendoza viene navegando el mismo estancamiento que arrastra el país hace quince años.
Por eso, la salida no pasa por inventar una economía distinta de un día para el otro. Pasa por aprovechar mejor lo que ya se tiene y bajar los costos que sí dependen de la provincia.
Primicias Rurales
Fundación Mediterránea
Fuente: IERAL
















