Con formación universitaria, celular en mano y ganas de volver a la tierra, cada vez más jóvenes eligen dejar la ciudad para instalarse en pueblos y campos del interior. Combinan tradición y tecnología, y así construyen un nuevo modelo de vida rural, conectado y rentable.
Buenos Aires Jueves 9 julio (PR/26)–Hace apenas una década, elegir el campo por sobre la ciudad sonaba a excepción. Hoy es una tendencia en crecimiento: jóvenes profesionales, muchos con estudios universitarios, deciden instalarse en pequeñas localidades para producir, enseñar y emprender.
No se trata de una vuelta nostálgica al pasado, sino de un modelo que combina tradición productiva con herramientas digitales, redes sociales y nuevas formas de vender y comunicar lo que se hace en el campo.
Emilia Racigh tiene 33 años y es técnica en Producción Vegetal Orgánica. Hace diez años volvió al campo de sus abuelos, en Caseros, Entre Ríos, para empezar a estudiar apicultura.

Hoy vive en la finca familiar «Las Ruedas», donde tiene colmenas, organiza visitas de ecoturismo y cultiva una huerta orgánica. También da clases en un secundario agrotécnico de la zona.
«Tengo colmenas, organizo charlas y visitas guiadas para ecoturismo y cultivo una huerta de vegetales orgánicos», cuenta. Sus productos se venden por internet y en comercios de Concepción del Uruguay, San Justo y Caseros.
Gala Magalí, de 28 años, tomó una decisión parecida hace tres años. Se mudó a Traslasierra, Córdoba, para sumarse a «La Biota Regenerativa», un proyecto agroecológico junto a dos amigas.
«De chica visitaba todos los años a la familia de mi abuela en el campo», recuerda. Ese vínculo temprano se transformó, con el tiempo, en un sueño concreto: vivir en un entorno rural.
Por eso estudió Producción Vegetal Orgánica en la Facultad de Agronomía de la UBA, «buscando herramientas para vivir en la ruralidad algún día», cuenta.
La tecnología como puente
El acceso a conectividad, plataformas digitales y nuevas formas de comercialización achica las barreras históricas del campo y permite gestionar los negocios rurales con mayor profesionalismo.
«Muchos de los que trabajamos en tecnología aplicada al agro venimos de familias vinculadas al campo», cuenta Facundo Sansot, del equipo comercial de deCampoacampo, una app para compraventa de ganado con sede en Ayacucho.

Un informe del INTA sobre juventudes rurales señala que el recambio generacional es hoy un eje estratégico para el desarrollo local, y que la tecnología funciona como puente entre tradición y permanencia.
«La tecnología está presente para coordinar las visitas guiadas, mostrar y vender los productos», dice Emilia. También la usa para consultar el pronóstico del tiempo y planificar siembra, cosecha y clases a distancia.
En La Biota Regenerativa, la venta se organiza a través de un grupo de WhatsApp con más de 400 clientes que completan semanalmente un formulario con sus pedidos.
«Todas tenemos trabajos a distancia paralelos», confiesa Gala. Vive y se alimenta en el campo a cambio de horas de trabajo en la huerta, pero sostiene su economía con un trabajo remoto.
Influencers del campo
Con el recambio generacional también crecen los perfiles agropecuarios en redes sociales. El contenido sobre manejo ganadero, maquinaria y vida rural gana seguidores y muestra una cara más moderna del agro.
Ana Grosso es una de ellas: comparte el día a día de la producción agropecuaria y busca acercar el campo a públicos urbanos, rompiendo prejuicios históricos sobre el sector.
Para Joaquín Dello Staffolo, ingeniero agrónomo de 26 años de Coronel Pringles, mostrar el día a día «es importante para visibilizar las tareas y el esfuerzo que implica la actividad».
Algo similar piensa Alfonso Fuertes, de 23 años, estudiante de veterinaria en Tandil y productor ganadero junto a su familia entre Tres Arroyos y Dorrego: «Hoy la tecnología juega un papel clave para que el campo sea más eficiente, más preciso y también más atractivo para las nuevas generaciones».
Nicolás Diez, ingeniero agrónomo y productor en San Manuel y Ayacucho, cree que esta generación está cambiando la forma de comunicar el agro. «Durante muchos años el sector comunicó desde la queja y eso generó distancia con la sociedad urbana», explica.
«Hoy las redes permiten mostrar cómo se trabaja, el esfuerzo que hay detrás y la importancia que tiene la actividad», agrega. Ya no alcanza con una foto arriba de un tractor: ahora las redes son una ventana real al campo.
Los desafíos de producir a pequeña escala
No todo es sencillo. «Lo más difícil es que el proyecto sea rentable», admite Gala. La producción primaria a pequeña escala no deja muchos rindes, menos aún en suelos de baja productividad.

Para ella, hacen falta incentivos y apoyos estatales, tanto locales como nacionales, porque el riesgo de los productores es alto y hay poca capacidad de crecimiento.
«Nacimos en la ciudad y decidimos vivir en el campo. Venimos con estudios universitarios o terciarios, acceso a la tecnología, y muchas costumbres y pautas culturales de la ciudad», resume.
Pero la vida rural siempre trae sorpresas: «un granizo, un viento que te vuela todo, una plaga, un zorro que se come las gallinas… y hay que adaptarse a eso», señala Gala.

«En la época de mis abuelos vivir en el campo era diferente. Había menos maquinaria y las distancias eran más grandes», compara Emilia. Hoy, con internet y un vehículo, se puede estar conectada y bajar al pueblo todos los días.

«Para mí la clave es trabajar en red y conectarse con las instituciones locales como municipios, escuelas y universidades», destaca. «Poder vivir y trabajar en el campo es algo que disfruto muchísimo», reflexiona.

Lejos del estereotipo del productor aislado de la innovación, se consolida una generación que combina producción, datos, redes sociales y nuevas formas de comunicar el agro: una generación que no sólo quiere quedarse en el campo, sino también transformarlo.
















