Durante el rezo del Ángelus desde el Palacio Apostólico, el Pontífice instó a practicar la corrección fraterna con franqueza y gradualidad, recordando que el perdón recíproco y la oración compartida son las verdaderas herramientas para transformar los conflictos en crecimiento.
Buenos Aires miércoles 9 septiembre (PR/26)– Asomado al balcón del Palacio Apostólico del Vaticano, el Papa León XIV encabezó el rezo del Ángelus y ofreció una profunda reflexión basada en el Evangelio de este domingo, centrada en la manera en que la comunidad cristiana debe vivir el amor fraterno.
Durante su alocución, el Santo Padre advirtió con firmeza que criticar a las personas a sus espaldas no soluciona ninguna dificultad. Por el contrario, enfatizó que la lamentación y la maledicencia son caminos fáciles que no generan nada positivo y solo consiguen paralizar la resolución de los conflictos.
El arte delicado de la corrección fraterna
Frente a esta actitud destructiva, el Pontífice recordó que el Evangelio nos educa hacia la libertad en la caridad, inspirándose en las Cartas a los Romanos de San Pablo. En ese marco, destacó el valor de la corrección fraterna, a la que definió como un arte delicado y muchas veces olvidado que exige franqueza y gradualidad.
Para aplicar este principio, León XIV repasó los pasos concretos que propone Jesús para afrontar un problema con otra persona. El camino comienza por hablarse con sinceridad a solas; si esto no basta, se debe acudir acompañado por dos o tres personas; y, en última instancia, recurrir a toda la comunidad.

Según explicó el Papa, este método permite afrontar la realidad de manera directa, convirtiendo las desavenencias en oportunidades reales de crecimiento. Asimismo, profundizó en la enseñanza de Jesús sobre el perdón de las deudas, señalando que la única herencia permanente entre los cristianos es la deuda del amor mutuo.
La fuerza de la oración en unidad
Además del diálogo directo, el Santo Padre señaló una segunda forma esencial de vivir la fraternidad: la práctica de ponerse de acuerdo para transformar la oración. Hizo un llamado a recurrir a la plegaria no solo en momentos de tensión, sino también para pedir a Dios cualquier don.

Al citar la promesa evangélica —«Si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá»—, el Pontífice remarcó que este compromiso nos invita a compartir deseos, dolores y esperanzas comunes para afianzar la unidad.
Para finalizar, advirtió que sin la fe cualquier persona corre el riesgo de sentirse aislada y mirar al prójimo con sospecha, considerándolo un extraño o un enemigo. Sin embargo, concluyó asegurando que por gracia somos hermanos y hermanas capaces de encontrarse, perdonarse y escucharse en el Señor.

















