Los resultados de PISA 2025 confirmaron la caída más profunda de la última década en Matemática, Lectura y Ciencias. Pero detrás del ranking hay otra historia: uno de cada cuatro adolescentes de 15 años faltó a clase en las dos semanas previas a la prueba, y una proporción similar ya trabaja a cambio de una remuneración.
Buenos Aires, viernes 11 de septiembre (PR/26)– Los resultados de PISA 2025 volvieron a encender las alarmas sobre la educación argentina. El país obtuvo 367 puntos en Matemática, 389 en Lectura y 393 en Ciencias, entre 11 y 13 puntos menos que en 2022.
Es la primera vez que Argentina retrocede simultáneamente en las tres áreas evaluadas y, en Matemática, el resultado es el más bajo de los últimos 20 años.
El deterioro no es solo argentino: los resultados internacionales también muestran dificultades desde 2012. Pero en el caso local, la caída se produce sobre niveles de desempeño que ya eran bajos.
Qué mide realmente PISA
PISA es la evaluación que realiza la OCDE a estudiantes de 15 años. A diferencia de una prueba escolar tradicional, no busca saber cuánto recuerdan de lo enseñado, sino hasta qué punto pueden usar lo aprendido para comprender un texto, razonar matemáticamente o interpretar fenómenos científicos.
Es, en definitiva, una fotografía de las capacidades con las que los adolescentes llegan al tramo final de la educación obligatoria.
Tres de cada cuatro, por debajo del nivel básico
Los puntajes promedio son solo la primera referencia. La evaluación clasifica a los estudiantes según lo que efectivamente pueden hacer, y el Nivel 2 funciona como el umbral de las competencias básicas.
En Argentina, el 75,8% de los estudiantes quedó por debajo de ese nivel en Matemática. En Lectura fue el 59,6% y en Ciencias, el 59,3%.
Dicho de otro modo: tres de cada cuatro adolescentes de 15 años no alcanzan las competencias básicas en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hacen en Lectura y Ciencias.
Quince años de deterioro sostenido
La perspectiva histórica es todavía más preocupante. En Matemática, la proporción de estudiantes por debajo del nivel básico era del 64,1% en 2006 y del 63,6% en 2009.
Desde entonces no dejó de subir: 66,5% en 2012, 69,1% en 2018, 72,9% en 2022 y 75,8% en 2025. En poco más de tres lustros, el país pasó de tener algo menos de dos tercios de sus adolescentes en los niveles más bajos a tener tres de cada cuatro. Más que una variación puntual, la serie muestra un deterioro persistente durante más de una década.
La región también sufre, pero menos
Argentina obtuvo 367 puntos en Matemática frente a un promedio latinoamericano de 370, y coincide exactamente con la región en la proporción de estudiantes en los niveles más bajos: 75,8%.
El contraste aparece con los países que logran mejores resultados. En Uruguay, el 57,9% queda en el Nivel 1 o inferior; en Chile, el 59,2%. La distancia con Argentina ronda entre 16 y 18 puntos porcentuales.
También hay diferencias en la cima: apenas el 8,4% de los estudiantes argentinos alcanza el Nivel 3 o superior en Matemática, frente al 15,2% de Chile y el 18,8% de Uruguay. El problema no es solo cuántos quedan rezagados, sino también cuán pocos llegan arriba.
Una brecha que vuelve a ensancharse
Hasta 2012, la distancia entre el 10% de los estudiantes con mejores resultados y el 10% con los peores se había reducido, en parte porque mejoraban quienes estaban abajo.
Después de 2012 los resultados cayeron en ambos extremos, pero con mayor intensidad entre los estudiantes de peor desempeño. La brecha volvió a ampliarse en un contexto de deterioro generalizado.
Repetir de grado: una marca de la desigualdad
La información que acompaña la evaluación permite mirar también las condiciones y trayectorias con las que los estudiantes llegan a los 15 años. No hay una causa única detrás de los puntajes, pero sí asociaciones muy claras.
A esa edad, el 17,7% de los estudiantes ya había repetido al menos una vez. La brecha socioeconómica es enorme: la proporción llega al 28,7% entre los del cuartil de menores recursos y baja al 6% entre los del cuartil superior.
El ausentismo: uno de cada cuatro faltó a clase
El 27,8% de los adolescentes argentinos declaró haber faltado a clases al menos una vez en las dos semanas previas a la evaluación. Más de uno de cada cuatro.
El ausentismo tiene un claro componente socioeconómico: entre los estudiantes de menores recursos llega al 33,8%, pero tampoco es un problema exclusivo de los sectores vulnerables. En el cuartil de mayores recursos, también había faltado el 19,2%, casi uno de cada cinco.

Los estudiantes que faltaron obtuvieron puntajes claramente inferiores: 31 puntos menos en Matemática, 36 en Lectura y 39 en Ciencias. Y la asociación se mantiene incluso al comparar estudiantes dentro de un mismo nivel socioeconómico.
Lo menos intuitivo aparece ahí: en las tres áreas, la brecha entre quienes faltaron y quienes no es mayor en el cuartil socioeconómico más alto. En Matemática llega a 37 puntos, frente a diferencias de entre 18 y 20 puntos en los tres cuartiles inferiores. En Lectura alcanza 43 puntos y en Ciencias, 45.
Hay que leer estos números con cautela. PISA permite identificar asociaciones, no efectos causales. Una ausencia puede estar vinculada con problemas familiares, enfermedad, dificultades escolares, trabajo u otras circunstancias que también inciden sobre el desempeño.
Lo que sí muestran los datos es que la asociación entre ausentismo y menores resultados no desaparece ni en los niveles socioeconómicos más altos. Estar dentro del sistema educativo es una condición necesaria, pero no dice todo sobre cómo se transita la escolaridad.
El origen social sigue marcando el destino
El nivel socioeconómico continúa marcando diferencias enormes. En Matemática, los adolescentes del cuartil inferior obtuvieron 342 puntos, frente a 421 entre los del cuartil superior: 79 puntos de distancia.
Las desigualdades de origen no solo se reflejan en los puntajes, sino también en las trayectorias escolares: los estudiantes de menores recursos repiten y faltan con mayor frecuencia.
Estudiar y trabajar al mismo tiempo
A esas diferencias se suma el trabajo. El 27,6% de los adolescentes declaró haber realizado algún trabajo remunerado en las dos semanas previas a la evaluación. Entre los del cuartil socioeconómico más bajo, la proporción sube al 33,9%.
Más allá del ranking
Vistos en conjunto, estos datos permiten una lectura de PISA que va más allá del ranking internacional. El nivel socioeconómico mantiene una fuerte asociación con el desempeño, pero también aparecen diferencias en las trayectorias escolares, la asistencia y el trabajo adolescente.
PISA no permite establecer cuánto explica cada factor por separado, pero sí muestra las distintas condiciones con las que los estudiantes llegan a los 15 años.
Para una economía, el problema excede la discusión educativa. Estos adolescentes formarán parte de la fuerza laboral de las próximas décadas, y sus capacidades para razonar, resolver problemas, incorporar nuevas tecnologías y seguir aprendiendo serán parte del capital humano con el que contará el país.
La estabilidad macroeconómica, la inversión y mejores reglas de juego son condiciones necesarias para crecer. Pero sostener ese crecimiento también requiere capital humano, y construirlo lleva mucho más tiempo.
El calendario electoral ya arrancó y buena parte de la discusión pública empezará a ordenarse alrededor de sus tiempos. La educación corre con otros plazos. Mejorar los aprendizajes lleva años, pero sus resultados también perduran durante décadas.
Lo que hoy ocurre en las aulas será parte del capital humano con el que Argentina contará mucho después de la próxima elección.
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Fuente: IERAL – Fundación Mediterránea

















