Un proyecto de 3,7 kilómetros y 1.500 millones de dólares ilusiona a la Patagonia austral compartida por Chile y Argentina, aunque los expertos advierten que el mayor desafío no es la ingeniería: es la política y la economía.
Buenos Aires, lunes 8 de junio (PR/26)–Cruzar el Estrecho de Magallanes en barcaza es hoy una rutina para quienes viven en Tierra del Fuego. Pero esa rutina podría quedar en el pasado si prospera una idea que ya circula en los despachos técnicos de Chile: un túnel submarino de 3,7 kilómetros que uniría Punta Delgada con Bahía Azul, en el punto más angosto del estrecho.
La obra no sería un capricho: conectaría de forma permanente y segura a una de las regiones más aisladas del continente, con beneficios directos para la logística, el turismo y la integración entre los dos países que comparten esa geografía extrema.
Corto en distancia, complejo en todo lo demás
Para Francisco Hernández, especialista en infraestructura y académico de la Facultad de Ingeniería y Ciencias Aplicadas de la Universidad de los Andes (Uandes), la comparación con otros túneles famosos del mundo puede llevar a conclusiones erróneas. «No lo miraría como una obra simple por tener solo 3,7 a 4 kilómetros», advierte. «Es corta comparada con el Eurotúnel, pero muy compleja por estar bajo el Estrecho de Magallanes, con clima extremo, operación crítica, seguridad contra incendios y una demanda probablemente limitada.»
El dato de longitud, entonces, no debe engañar. Lo que hace difícil al proyecto no es cuántos kilómetros mide, sino dónde está y en qué condiciones tendría que funcionar.
Primero, conocer el fondo del mar
Antes de hablar de tuneleras y cronogramas, Hernández marca con claridad cuál es el primer paso: conocer a fondo —literalmente— el terreno que está bajo el agua. La obra requeriría, dice, «una campaña geotécnica y geofísica muy fuerte para conocer la roca, las fallas, la permeabilidad, la presión del agua y la profundidad del lecho marino.»
Recién después de ese estudio se podría definir la solución constructiva. El escenario más probable, según el experto, sería un túnel excavado en roca con TBM —las tuneleras de gran diámetro usadas en obras de este tipo en todo el mundo— o con método convencional. La alternativa de un túnel sumergido prefabricado dependería de la batimetría y la geología del fondo marino.
A eso habría que sumar los componentes que no se ven pero son indispensables: portales de acceso, caminos de conexión, sistemas de ventilación y protección contra incendios. «En un túnel vial, la ventilación y la seguridad por incendio son temas críticos que requieren soluciones sofisticadas», subraya Hernández.
La barrera más alta no es técnica
Paradójicamente, lo que más complica al proyecto no son los desafíos de ingeniería sino los de política y economía. Con una inversión estimada en 1.500 millones de dólares, la pregunta que no puede eludirse es si los números cierran. «La justificación dependería de la demanda real, la continuidad logística, los beneficios estratégicos, el turismo, la integración Chile-Argentina y el reemplazo de las barcazas», resume el especialista.

Ese es, en definitiva, el núcleo del dilema: ¿puede una obra de esta envergadura justificarse con el flujo de personas y mercancías que hoy circulan por esa ruta? ¿O su valor está en algo más difícil de cuantificar, como la integración regional, la soberanía y el desarrollo de largo plazo?
Viable como ingeniería, pendiente como proyecto
La conclusión de Hernández es clara pero no cierra puertas: «Como ingeniería, es viable; como proyecto público, requiere estudios serios de demanda, geotecnia, riesgo, costo-beneficio y financiamiento binacional antes de considerarlo realmente maduro.»
El túnel bajo el Estrecho de Magallanes no es, por ahora, una obra en construcción. Es una idea con forma técnica y sin forma financiera, que aún debe recorrer un largo camino de estudios
antes de que alguien pueda decir con certeza si algún día los autos cruzarán bajo el agua hacia Tierra del Fuego.

















