La pobreza medida por ingresos bajó, pero los déficits en empleo, salud y alimentación crecieron. Un nuevo informe de la UCA revela que el bolsillo no alcanza para cubrir lo que el Estado tampoco garantiza.

 

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, lunes 15 de junio (PR/26)– Hay una foto que la economía argentina muestra con orgullo: entre 2024 y 2025, la pobreza por ingresos cayó del 36,0% al 26,4% de los hogares.

Es un dato real, significativo, y nadie debería quitarle mérito. Pero hay otra foto, menos cómoda, que el mismo período revela: en ese mismo lapso, la proporción de hogares con al menos una carencia social no monetaria subió del 65,6% al 67,3%. Más plata en el bolsillo, pero menos acceso a lo que realmente importa.

 

 

Eso es exactamente lo que documenta el nuevo informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA), publicado en junio de 2026 y titulado «Mayores privaciones sociales en una Argentina con menor pobreza monetaria».

El estudio mide el bienestar desde seis dimensiones de derechos económicos y sociales, y lo que encuentra es inquietante.

 

Cuando ganar más no alcanza para vivir mejor

 

El mercado laboral es el punto más crítico del diagnóstico. En 2025, el 33,1% de los hogares tiene carencias en empleo y seguridad social, un número que en 2017 era del 26,7%. Es decir: hay más gente trabajando en condiciones precarias, sin obra social, sin aportes jubilatorios, sin red de contención ante un imprevisto.

 

 

A eso se suman otros dos frentes preocupantes: el déficit en el acceso a la salud trepó al 34,3% de los hogares, y la privación alimentaria escaló al 18,7%. Casi uno de cada cinco hogares no come como debería. Y eso ocurre en simultáneo con una baja en la pobreza medida por ingresos. La contradicción es difícil de ignorar.

 

Un nuevo segmento que crece sin hacer ruido

 

Uno de los hallazgos más reveladores del informe es el surgimiento de un segmento que hasta hace poco era marginal: los hogares que no son pobres por ingresos pero sí tienen carencias sociales significativas.

Este grupo pasó del 33,3% al 42,9% en apenas un año. Son familias que superaron el umbral de pobreza monetaria, pero no tienen acceso pleno a salud, trabajo digno ni alimentación adecuada.

 

 

El informe lo dice con precisión técnica: «los indicadores multidimensionales permiten evaluar privaciones que quedan ocultas detrás del dato monetario». Dicho en criollo: la estadística de pobreza convencional no alcanza para entender qué tan bien —o mal— vive la gente.

 

Una deuda estructural que el salario solo no puede pagar

 

La conclusión del ODSA es directa y no deja mucho margen para la autocomplacencia: «el descenso de la pobreza por ingresos entre 2024 y 2025 no se traduce en una mejora integral de las condiciones de vida ni en un mayor cumplimiento de los derechos sociales». Lo que existe, según el documento, es una mayor fragmentación y segmentación laboral, junto con pérdida de acceso a recursos esenciales.

El diagnóstico final es duro pero necesario: las deudas sociales de la Argentina son un problema estructural que excede, con creces, la recuperación del poder adquisitivo de los salarios. La capacidad de compra mejoró. El bienestar real, todavía no.

 

 

 

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Fuente: NA