Hoy celebramos a Nuestra Señora de la Merced, patrona de las cárceles y los cautivos

Hoy celebramos a Nuestra Señora de la Merced, patrona de las cárceles y los cautivos

 

 

Buenos Aires, jueves 24 de septiembre (PR/26) — Cada 24 de septiembre se celebra a la Virgen María bajo la advocación de la Virgen de la Merced, o Virgen de las Mercedes.

El nombre de esta advocación mariana evoca la misericordia infinita de Dios, que nos ha dejado en la persona de María a una auténtica madre, un seguro canal de gracia y una cabal intercesora.

No es casualidad que “merced” signifique “misericordia”, “dádiva”, “gracia” y, simultáneamente, “perdón”.

Devoción en Argentina

Llamados por María a salvar vidas y a preservar la fe

Los orígenes de esta advocación se remontan al siglo XIII, cuando la Virgen se le apareció a San Pedro Nolasco (1180-1256) para animarlo a la tarea de liberar a los cristianos que habían caído prisioneros en manos de los musulmanes.

Era muy común en aquel tiempo que los llamados “moros” saquearan los pueblos costeros del Mediterráneo para llevarse prisioneros en calidad de esclavos. Generalmente, las víctimas eran cristianos a los que se les trasladaba al norte de África. Allí eran sometidos a trabajos forzados, prisión y maltratos. Sometidos a tan horrenda condición, la mayoría terminaba perdiendo la fe, creyendo que Dios los había abandonado.

 

 

Un comerciante de nombre Pedro

Pedro Nolasco, un comerciante nacido en Aquitania (actual Francia) y establecido en Barcelona (España), al ver esta situación en sus viajes, se conmovió y empezó a usar su propio patrimonio para liberar a los cristianos cautivos. Nolasco “compraba esclavos” o los intercambiaba por mercancías, para luego devolverles la libertad.

Cuando se quedó sin recursos, formó grupos de ayuda y asistencia para pedir dinero y así financiar expediciones destinadas a negociar la “redención” de prisioneros. Lamentablemente, lo reunido también se hizo insuficiente.

Nolasco, impotente para lograr su cometido, pide a Dios intensamente que le provea la ayuda necesaria. En respuesta a sus ruegos, el 1 de agosto de 1218, sucede un hecho extraordinario: la Virgen María se le aparece y le pide que funde una congregación que se dedique exclusivamente a redimir cautivos.

De inmediato, Nolasco le pregunta a la Madre de Dios: “¡Oh Virgen María, Madre de Gracia, Madre de Misericordia! ¿Quién podrá creer que tú me mandas?”. A lo que María respondió: “No dudes en nada, porque es voluntad de Dios que se funde una Orden de ese tipo en honor mío; será una Orden cuyos hermanos y profesos, a imitación de mi hijo, Jesucristo, estarán puestos para ruina y redención de muchos en Israel, es decir, entre los cristianos, y serán signo de contradicción para muchos”.

 

La orden de Nuestra Señora

 

Entonces, el santo, animado por la Virgen de la Merced, organiza con sus amigos el grupo inicial de la que sería la “Orden Real y Militar de Nuestra Señora de la Merced y la Redención de los Cautivos”, cuyos miembros se hacen llamar “mercedarios”.

Cuenta la historia que San Pedro Nolasco no fue el único a quien se le apareció la Virgen. El 10 de agosto -día en que habría de fundarse la Orden de la Merced- Nolasco se reunió con su confesor, San Raimundo de Peñafort, y con el rey, Jaime I de Aragón. En medio de la conversación, los tres atestiguaron que la Virgen se les había aparecido a cada uno, de manera independiente, para comunicarles su único deseo: la nueva Orden religiosa debería estar consagrada a la redención de los cautivos.

De esta manera, ese mismo día, 10 de agosto de 1218, se fundó la Orden de la Merced en la ciudad de Barcelona (España). El Papa Gregorio IX, desde Roma, había dispuesto que Pedro Nolasco sea el primero en ocupar el cargo de Superior General.

 

Santo intercambio

Los mercedarios, además de los votos de pobreza, castidad y obediencia, hacían un cuarto voto por el que se comprometían a dedicar su vida a liberar esclavos, y, si fuese necesario, quedarse en el lugar de algún cautivo en peligro de perder la fe, o por el que no hubiera dinero suficiente para pagar su liberación. Muchos mercedarios entregaron la vida por esta causa, siempre acogiéndose a la “merced” de Nuestra Madre.

Años más tarde, en 1265, la devoción a la “Virgen de la Merced” fue aprobada por la Santa Sede. Luego, en 1696, el Papa Inocencio XII fijó el día 24 de septiembre como la fecha en la que se debe celebrar su fiesta.

En la Evangelización de América

Los mercedarios se han encargado de difundir la devoción a la Virgen de las Mercedes, la cual se ha extendido por todo el mundo, a lo largo de varios siglos. Es sabido que, por ejemplo, cuando los frailes mercedarios llegaron a América en el siglo XVI, introdujeron esta hermosa devoción en varios países del continente.

Por eso hoy, la Virgen de la Merced es celebrada por sus devotos de Brasil, República Dominicana, Perú, Ecuador, Argentina entre otros muchos países.

 

Patronazgos

Nuestra Señora de las Mercedes es patrona de diversas ciudades, muchas de ellas en España (Barcelona); también lo es de las cárceles e instituciones penitenciarias, así como de los cautivos o los que cumplen prisión.

El General Manuel Belgrano, en Argentina,  la nombró Patrona y Generala de su ejército el 24 de septiembre de 1812, tras la victoria patriota en la Batalla de Tucumán. Como agradecimiento, Belgrano le entregó su bastón de mando.

En la Ciudad de Buenos Aires, la Basílica Nuestra Señora de la Merced (ubicada en Reconquista y Tte. Gral. Perón) conserva la imagen histórica y el vínculo patrimonial con los orígenes de la patria.

 

 

En la provincia argentina de Tucumán, la festividad de la Virgen de la Merced trasciende lo puramente religioso para convertirse en la celebración histórica y cultural más importante de la región. Al ser declarada Patrona de la provincia, cada 24 de septiembre se conmemora en simultáneo el aniversario de la crucial Batalla de Tucumán (1812), convirtiendo la jornada en un feriado provincial masivo donde las calles de la capital se colman de fe y tradición patria

Es la Patrona de República Dominicana, de las Fuerzas Armadas y Policiales del Perú, así como Patrona de Latacunga, Machala (Ecuador) y la Patrona de Santiago de los Caballeros de León (Nicaragua).

¡Virgen de las Mercedes, ruega por nosotros!

 

Para conocer más de esta advocación, visite:

 

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Fuente: Aciprensa
Hoy 23 de septiembre celebramos a San Pío de Pietrelcina, quien recibió los estigmas de Cristo

Hoy 23 de septiembre celebramos a San Pío de Pietrelcina, quien recibió los estigmas de Cristo

 

 

Este fraile y sacerdote franciscano, nacido en Italia, recibió los estigmas de Nuestro Señor Jesucristo, quien quiso asociarlo de una manera especial a su Pasión a lo largo de su vida. El Padre Pío, como Jesús, se hizo ofrenda viva para cargar en carne propia los dolores y sufrimientos ajenos, consecuencia de la caída del género humano. Por eso, no por error, le llamaron ‘el crucificado sin cruz’.

Llevar las llagas del Señor constituye un don de tal magnitud -tanto en su principio último como en sus manifestaciones- que supera toda explicación científica, razonamiento o cálculo humano.
Quizá ayude un poco para un acercamiento justo a este hecho que constituye un auténtico misterio las palabras del propio santo: “Oh Jesús, mi suspiro y mi vida, te pido que hagas de mí un sacerdote santo y una víctima perfecta” (San Pío de Pietrelcina)

De nombre, Pío

 

Francesco Forgione -nombre de pila del Padre Pío- fue un fraile y sacerdote de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos (O.F.M. Cap.).

‘Pio’ fue el nombre que Francesco adoptó al recibir el hábito franciscano, pensando probablemente en la belleza que porta su significado (“devoto”, “misericordioso”, “benigno”, “compasivo”), así como en honrar, al mismo tiempo, a San Pío V, Papa al que profesó una gran devoción.

Fray Pío nació en Pietrelcina, Campania (Italia), el 25 de mayo de 1887.

A los cinco años tuvo su primera visión: Cristo se le presentó como el Sagrado Corazón de Jesús. El Señor se le acercó y posó su mano tiernamente sobre la cabeza del pequeño Francesco, quien, en respuesta, le prometió que sería su servidor a ejemplo de San Francisco de Asís, por quien le fue dado su nombre en el bautismo.

Con 15 años cumplidos, Francesco se presentó al convento franciscano de Morcone con la intención de ser admitido. Allí los hermanos lo recibieron con afecto y consideración. Ese sería el lugar donde viviría años intensos de formación, marcados por las visiones del Señor y de la Madre, en las que se le reveló que habría de librar duros combates contra el demonio en el futuro -batallas de las que salió airoso por gracia de Dios-.

De Morcone a San Giovanni Rotondo

El 10 de agosto de 1910, el entonces ‘Fray Pío’ fue ordenado sacerdote. Poco después, enfermó de fiebres y dolores muy fuertes, los que obligaron a sus superiores en Morcone a enviarlo a Pietrelcina -por su clima más amigable- para su recuperación.

En 1916, Pío sería trasladado al monasterio de San Giovanni Rotondo. El Padre Provincial, al ver que su salud había mejorado notablemente, decidió acogerlo de manera permanente en ese convento, tras cuyas paredes el santo recibió los estigmas.

Múltiples historias al respecto se hilvanaron por estos años -la mayoría distorsionadas e injustas-, y muchas cruces tuvo que cargar el Padre Pío por dicha causa: la incomprensión, la condena pública, el odio e incluso la envidia.

El relato sobre los estigmas

 

 

“Era la mañana del 20 de septiembre de 1918. Yo estaba en el coro haciendo la oración de acción de gracias de la Misa… se me apareció Cristo que sangraba por todas partes. De su cuerpo llagado salían rayos de luz que más bien parecían flechas que me herían los pies, las manos y el costado”, relató el Padre Pío, en su momento, a su director espiritual.

“Cuando volví en mí, me encontré en el suelo y llagado. Las manos, los pies y el costado me sangraban y me dolían hasta hacerme perder todas las fuerzas para levantarme. Me sentía morir, y hubiera muerto si el Señor no hubiera venido a sostenerme el corazón que sentía palpitar fuertemente en mi pecho. A gatas me arrastré hasta la celda. Me recosté y recé, miré otra vez mis llagas y lloré, elevando himnos de agradecimiento a Dios”, continuó el Padre.

Estas breves partes del relato resultan más que impresionantes. No obstante, haber llevado las heridas de Cristo y padecido de manera semejante a Él no lo empujaron a la ostentación -como suele suceder con los testimonios falsos de estigmatizados-. Todo lo contrario: hicieron del Padre Pío una persona única. La santidad que encarnó no radicó en el prodigio, como tampoco fue el caso de San Francisco de Asís -el primer santo en recibir los estigmas-. En el corazón del humilde sacerdote no hubo lugar para buscar la celebridad, la fama o el “enigma” -a pesar del frenesí causado por el milagro-.

La santidad es cuestión que se dirime en el orden de la caridad.

Un hombre ordinario

El Padre Pío fue fundamentalmente un santo de lo “ordinario”, en el sentido que, como todo mortal, tuvo que librar las mismas luchas espirituales por las que todos pasamos: Pío era un hombre como cualquiera, con defectos, fragilidades y virtudes.

Entonces, ¿en qué radicó la diferencia? La respuesta puede parecer excesivamente simple: el Padre Pío solo quiso pagar amor con amor. Quien vive consistentemente intentando esto, tarde o temprano, alcanzará lo “extraordinario”.

Por causa de la caridad, el Padre Pío recibió la extraordinaria capacidad para entender el alma humana, al punto que en numerosas oportunidades fue capaz de “leer” los corazones y las intenciones de quienes se le acercaban.

 

 

Esa capacidad para penetrar y desnudar el interior que se quiere ocultar, lo ayudó a ser un confesor único.

Abundantes testimonios corroboran que quienes acudían a él para confesarse encontraban el rostro misericordioso de Dios, que acoge sin condiciones al pecador; y frente al que toda verdad queda expuesta.

Finalmente, así como el Padre Pío se hizo famoso por haber recibido los estigmas de Jesucristo en las manos, los pies y el costado, así también se hizo célebre por haber obrado milagros en vida.

 

Los pobres

El Padre Pío fue un hombre preocupado por los necesitados. El 9 de enero de 1940 causó una de sus santas revoluciones. Convenció a sus grandes amigos para fundar un hospital, empresa considerada ‘imposible’.

Debía ser uno de esos hospitales que sirva para sanar “los cuerpos y también las almas” de la gente necesitada de su región. El proyecto tomó algunos años, pero finalmente se inauguró el 5 de mayo de 1956, con el nombre de “Casa Alivio del Sufrimiento”.

 

El Papa Juan Pablo II

 

San Juan Pablo II expresaba sin tapujos que tenía una especial admiración por el Padre Pío. No son pocos los testimonios que apuntan a que el santo fraile franciscano fue quien en una oportunidad confesó al Padre Karol Wojtyla, y le predijo en el marco del sacramento, que algún día llegaría a ser Papa.

 

 

De acuerdo a una carta enviada por el Papa Peregrino a los frailes de San Giovanni Rotondo unos tres años antes de morir, Wojtyla confesó que conoció al Padre Pio cuando aún era un joven sacerdote y se había confesado con él.

El contenido de la carta se hizo público -de acuerdo a la voluntad del Pontífice- luego de su muerte en 2005. En la misiva, San Juan Pablo II llamaba al Padre Pío “generoso dispensador de la gracia divina, siempre a disposición de todos”.

Lo describe, además, como alguien lleno de receptividad y sabiduría espiritual, especialmente en la dispensación del sacramento de la penitencia. El Papa polaco así daba fe de por qué grandes multitudes de fieles acudían al convento de San Giovanni Rotondo a buscar al Padre Pío para reconciliarse con Dios.

Lo expresado por San Juan Pablo II va en contraposición total a esos círculos de críticos en los que se todavía se sigue sosteniendo que el Padre Pío era un confesor excesivamente riguroso, que trataba con dureza a los peregrinos. A favor de una apreciación positiva del Padre Pio en su rol de confesor acude la certeza de que los confesados volvían una y otra vez a ver al Padre, y encima convocaban a otros más a que hicieran lo mismo.

Gracias al santo de Pietrelcina muchos se hicieron más concientes de la gravedad de sus faltas, y, gracias a eso, pudieron arrepentirse genuinamente.

 

Su relación con el Sagrado Corazón de Jesús

 

 

El Padre Pío enseñaba que el Amor a Jesús y al Sagrado Corazón se vive mediante el abandono total a su misericordia, la cruz y la oración constante.

Pasaba horas en adoración silenciosa ante el Santísimo , considerando el Sagrado Corazón realmente presente en el altar como su refugio .

La oración confiada: Rezaba con profunda devoción la Novena Eficaz del Sagrado Corazón de Jesús, confiando en que el Corazón de Jesús es infinitamente tierno y generoso con los necesitados.

 

Epílogo: oración y caridad

El Padre Pío partió a la Casa del Padre el 23 de septiembre de 1968, después de varias horas de agonía, en las que repitió con voz débil “¡Jesús, María!”.

Durante la ceremonia de su canonización, celebrada el 16 de junio de 2002, San Juan Pablo II afirmó con contundencia: “Oración y caridad, esta es una síntesis sumamente concreta de la enseñanza del Padre Pío, que hoy vuelve a proponerse a todos”.

 

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Fuente: Aciprensa
Hoy 22 de septiembre se conmemora a los 233 mártires de la guerra civil española

Hoy 22 de septiembre se conmemora a los 233 mártires de la guerra civil española

 

Buenos Aires, martes 22 de septiembre (PR/26) .- Cada 22 de septiembre la Iglesia recuerda al grupo de 233 mártires de la guerra civil española (1936-1939) que fueron beatificados por el Papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001.

Ellos son conocidos como ‘el grupo de los 233 mártires españoles’ o ‘los mártires de Valencia’. A veces se les designa también como el grupo de ‘José Aparicio Sanz y sus 232 compañeros mártires’.

El Padre Sanz y los 232

Durante la ceremonia de beatificación, San Juan Pablo II recordó la figura de José Aparicio Sanz, sacerdote diocesano originario de Valencia, puesto a la cabeza de la lista de los nuevos beatos:

“Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires).

Llama la atención hasta hoy el número abultado de beatificaciones celebradas en una misma ceremonia -sin precedentes hasta ese momento-, así como la heterogeneidad o diversidad del grupo de mártires -algo que fue resaltado por el Sumo Pontífice en ese momento-. Ambos aspectos resultan conmovedores: los mártires estaban unidos por la fe y el amor a Jesús y a los hermanos, lejos de cualquier tipo de compromiso ideológico y muy cerca del corazón de la Iglesia que sufre persecución.

Unidad en la diversidad

“… Treinta y ocho sacerdotes de la Archidiócesis de Valencia, junto con un numeroso grupo de hombres y mujeres de la Acción Católica también de Valencia; dieciocho dominicos y dos sacerdotes de la Archidiócesis de Zaragoza; cuatro Frailes Menores Franciscanos y seis Frailes Menores Franciscanos Conventuales; trece Frailes Menores Capuchinos, con cuatro Religiosas Capuchinas y una Agustina Descalza; once Jesuitas con un joven laico; treinta y dos Salesianos y dos Hijas de María Auxiliadora; diecinueve Terciarios Capuchinos con una cooperadora laica; un sacerdote dehoniano; el Capellán de Colegio La Salle de la Bonanova, de Barcelona, con cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas; veinticuatro Carmelitas de la Caridad; una Religiosa Servita; seis Religiosas Escolapias con dos cooperadoras laicas provenientes éstas últimas del Uruguay y primeras beatas de ese País latinoamericano; dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados; tres Terciarias Capuchinas de Nuestra Señora de los Dolores; una Misionera Claretiana; y, en fin, el joven Francisco Castelló i Aleu, de la Acción Católica de Lleida” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).

Madre coraje: María Teresa Ferragud

Vale la pena resaltar -tal y como lo hizo San Juan Pablo II- algunos de los conmovedores relatos testimoniales mencionados el día de la beatificación de los 233. El primero de ellos fue el de María Teresa Ferragud, anciana que fue arrestada junto a sus cuatro hijas, todas religiosas contemplativas. Las cinco fueron condenadas a muerte. María Teresa tenía ochenta y tres años en ese momento.

El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, María Teresa, consciente del destino que les  esperaba, pidió estar al lado de sus hijas y ser la última en ser ejecutada. Aquella madre quería acompañar a sus hijas, una a una, mientras entregaban la vida, y, de esa manera, poder alentarlas hasta el instante final, para que el temor a morir no doblegue su fe.

Los verdugos, tras presenciar lo que aquella madre había hecho, sólo atinaron a exclamar: «Esta es una verdadera santa».

Jóvenes valientes y auténticos

Otra historia a la que se refirió el Santo Padre es la de Francisco Alacreu, joven “de veintidós años, químico de profesión, y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas, instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).

Finalmente, está la historia del recién ordenado sacerdote Germán Gozalbo, de veintitrés años, fusilado sólo “dos meses después de haber celebrado su primera Misa” (ob. cit., 2).

América Latina, ecos y presencia: Cuba y Uruguay

Entre los 233 estuvo el Beato José Calasanz Marqués, quien fuera misionero salesiano en Cuba. Nació en España el 23 de noviembre de 1872 y conoció a San Juan Bosco en la visita que éste hizo a Barcelona en 1886. En ese momento José estaba como interno en la Casa Salesiana de Sarriá. Realizó su profesión a los 18 años, y cinco años después, en la Navidad de 1895, celebraría allí su primera Misa.

Calasanz fue secretario del Beato Felipe Rinaldi durante diez años y trabajó como director de un colegio. En 1916 fue enviado a dirigir la recién iniciada obra salesiana en Camagüey (Cuba). Luego fue nombrado Provincial de la Inspectoría Peruana-Boliviana, y en 1925 pasó a ser superior de su Inspectoría de procedencia en Tarragona, que incluía las de Barcelona y Valencia en España. Sería en esta última región donde recibiría las palmas del martirio.

Cabe resaltar que entre los 233 mártires están las dos primeras beatas uruguayas, tal y como se mencionó anteriormente. Ellas fueron dos laicas, Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz, hermanas nacidas en Montevideo (Uruguay) en 1897 y 1898, respectivamente; y que, a pesar de no ser ciudadanas españolas, por su fervor religioso, expresado libremente (una de ellas vivía en casa de las religiosas escolapias) terminaron asesinadas en Madrid, el 19 de septiembre de 1936. En su momento, la diplomacia uruguaya las buscó para darles protección, pero los milicianos se adelantaron a las gestiones.

La muerte de las hermanas Aguiar-Mella Díaz ocasionó la ruptura de relaciones diplomáticas entre Uruguay y España.

Esperanza de la Iglesia

Indudablemente, estos beatos dieron “testimonio de serenidad y esperanza cristiana”. Para nosotros, ellos constituyen motivo de aliento y confirmación de nuestra fe. Aquellos  hombres y mujeres amaron de manera extraordinaria, aun cuando fueron víctimas del “odio a la fe” -presente también en nuestros días-. Ellos son prueba fehaciente de que el amor y el perdón no son solo posibles, sino muy reales.

Junto a los 233 debe recordarse a todos los mártires de la Iglesia: a los conocidos y a los anónimos, a los de ayer y, sin duda, también a los de hoy.

 

 

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Fuente: Aciprensa
Hoy 21 de septiembre celebramos la fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista

Hoy 21 de septiembre celebramos la fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista

Buenos Aires lunes 21 de septiembre (PR/26) .- Cada 21 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Mateo, apóstol y evangelista. San Mateo vivió en Cafarnaún, a orillas del lago de Galilea, y fue elegido por Jesús para integrar el grupo de los doce.

Considerado un personaje corrupto y abusivo por sus coetáneos, su corazón encontró en Jesús la libertad que anhelaba su alma. Al lado del Señor conoció el camino de la redención que lo llevó de la condición de ‘pecador público’ a ‘hombre justo’, según la Ley de Dios, es decir, el mandato del Amor.

Leví, el recaudador de impuestos

Mateo fue hijo de Alfeo y llevó el nombre ‘Leví’ antes de su conversión, según lo atestiguan San Marcos y San Lucas en sus respectivas narraciones del Evangelio. Leví ejerció el oficio de ‘publicano’, es decir, se desempeñó como recaudador de impuestos.

Los publicanos solían ser personajes acaudalados, pero, al mismo tiempo, objetos del repudio general: primero, porque los impuestos que recaudaban eran considerados excesivos e injustos por los judíos (el caudal mayor iba a manos de los romanos invasores); y, segundo, porque a través de su oficio se enriquecían a costa de la miseria de su propio pueblo.

Ambas razones eran motivo más que suficiente para que fuesen considerados “pecadores públicos” y personajes corruptos según la Ley de Israel.

Mateo, el apóstol

No obstante, nada de lo que acaba de ser mencionado pareció importarle mucho a Jesús, quien, un día mientras caminaba, vio a Mateo sentado cobrando el impuesto, se le acercó y le dijo: “Sígueme”. Al escuchar el llamado del Maestro, sin titubeos, Mateo se levantó y lo siguió (cfr. Mt 9, 9ss). Este significativo episodio aparece relatado también en los otros dos evangelios sinópticos (Mc 2, 14ss; Lc 5, 27ss).

La tradición, por su parte, sugiere que fue Cristo quien le cambió de nombre de ‘Leví’ a ‘Mateo’, que quiere decir “don de Dios”. Siempre aparece en el grupo de los doce. En su propio relato se incluye en la lista de los apóstoles (ver: Mt 10, 2-3); y después de poner su nombre, ensaya una descripción de sí mismo: “Mateo, el recaudador de impuestos” y “el publicano”.

Testigo de Cristo

Después de la Ascensión del Señor a los cielos, Mateo permaneció predicando en Judea, aunque también lo hizo en tierras cercanas de Oriente. Se cree que su evangelio fue escrito en arameo, probablemente entre los años 80 y 90 d.C. Más tarde sería traducido al griego.

En los primeros años de la Iglesia primitiva, el apóstol estuvo en contacto con la comunidad cristiana de Judea, y, en consecuencia, tuvo que lidiar con los conflictos entre los judios que querían seguir a Jesus y aquellos que, por el contrario, se aferraban a la Ley antigua. Es por eso que su evangelio está articulado consistentemente por aseveraciones en torno a por qué Cristo es el Mesías esperado.

Patronazgo

San Mateo es considerado patrono de quienes trabajan en la banca, de los contadores, de las instituciones financieras y de los financistas. También lo es de los que recaudan impuestos y de los servidores públicos. Es patrono de algunas ciudades, como es el caso de Salerno, en Italia.

Se le suele representar con un libro en las manos, haciendo cuentas. Su símbolo es la figura de un hombre alado.

Si deseas conocer más sobre San Mateo, te recomendamos leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Mateo.

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Fuente: Aciprensa
Hoy celebramos a San Andrés  Kim y compañeros, mártires de Corea

Hoy celebramos a San Andrés Kim y compañeros, mártires de Corea

La Iglesia celebra hoy a San Andrés Kim Taegon y sus compañeros, recordando el testimonio de fe y entrega del primer sacerdote mártir de Corea.

Imagen: San Andrés Kim y compañeros mártires, 20 de septiembre / ACI Prensa

 

 

 

 

San Andrés Kim y compañeros mártires

Buenos Aires, domingo 20 septiembre (PR/26) — Cada 20 de septiembre la Iglesia celebra a San Andrés Kim, primer sacerdote católico coreano, martirizado a causa de la fe en 1846.

 

 

 

Signo de contradicción

San Andrés Kim Taegon nació en Solmoe (hoy Corea del Sur) en 1821, en el seno de una familia yangban; esto es, perteneciente a la nobleza y, por lo tanto, parte de la clase gobernante del país.

De pequeño, Andrés fue víctima de la intolerancia. Junto a sus padres tuvo que trasladarse a Kolbaemasil (provincia de Gyeonggi), en el intento de huir de la persecución que los grandes señores del país habían organizado contra los cristianos, nacionales y extranjeros. La sociedad coreana era en su gran mayoría confucionista, y marcadamente enemiga de todo tipo de influencia foránea, especialmente la que ejercía la Iglesia Católica.

Heredero de un mártir

El padre de Andrés, San Ignacio Kim, era un converso al catolicismo que hizo de su familia y su hogar una “pequeña iglesia”. En esta, otros cristianos pudieron encontrar apoyo y refugio espiritual. San Ignacio Kim moriría mártir en 1839, víctima del odio contra los católicos.

En 1845 Andrés se traslada a Shanghai, en China continental, donde fue ordenado por el obispo Jean Joseph Ferréol, de origen francés, convirtiéndose en el primer sacerdote originario de Corea.

 

Misionero en su propia tierra

Como sacerdote regresó a Corea con la finalidad de facilitar el ingreso de más misioneros a su país, donde había sido prohibida toda forma de inmigración extranjera. A pesar de las amenazas, el Padre Kim se dedicó a anunciar a Cristo, predicando y bautizando a los conversos, muchos de ellos tocados por su testimonio de caridad.

Kim fue arrestado al tratar de hacer ingresar a la península coreana a un grupo de misioneros franceses provenientes de China. Después de pasar varios meses en prisión, fue condenado a muerte y finalmente ejecutado en 1846. El santo murió decapitado junto con otros mártires.

De acuerdo a las palabras recogidas en el libro Construyendo puentes: ¿Hay esperanza para Corea del Norte? de Alton, David y Chidley, Rob (2013), Kim alcanzó a decir antes de morir:

“Es por él que yo muero. Mi vida inmortal está en su punto inicial. Conviértanse al cristianismo si desean la felicidad…”.

 

Andrés Kim, modelo para los cristianos de Asia

 

San Andrés tenía solo 25 años cuando se le aplicó la pena de muerte. Fue canonizado por el Papa San Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984 junto a otros 102 mártires de Corea, entre los que también estuvo San Pablo Chong Hasang (1795-1839). La ceremonia de canonización se llevó a cabo durante la visita del Papa polaco a Corea del Sur.

San Andrés junto al numeroso grupo de mártires coreanos constituyen hoy por hoy no solo modelos de virtud y santidad, también son símbolos de la unidad entre las dos Coreas (antaño una sola nación), la del norte, cuya Iglesia sufre las imposiciones del control estatal, y la del sur, que trabaja por extenderse y fortalecerse.

 

 

Fuente: ACI Prensa
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Hoy celebramos a San Genaro, mártir, patrono de los donantes de sangre y hoy ¡se produjo el milagro!

Hoy celebramos a San Genaro, mártir, patrono de los donantes de sangre y hoy ¡se produjo el milagro!

Cada 19 de septiembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Genaro mártir, cuya sangre, preservada por siglos en un relicario, se licúa todos los años en fechas específicas, de gran significación para la Iglesia en Italia. Hoy se produjo el milagro a la mañana en Nápoles se licuó la sangre del santo.

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, sábado 19 septiembre (PR/26) — Cada 19 de septiembre la Iglesia Católica celebra la fiesta de San Genaro mártir, cuya sangre, preservada por siglos en un relicario, se licúa todos los años en fechas específicas, especialmente en un día como hoy, conmemoración de su martirio.

San Genaro, o “Jenaro”, es el patrón por antonomasia de Nápoles, ciudad del sur italiano en la que nació el 21 de abril de 272. Fue obispo de Benevento, Campania, diócesis ubicada al lado de su Nápoles originaria.

 

 

San Genaro y compañeros mártires
San Genaro y compañeros mártires, 19 de septiembre / ACI Prensa

Testigo de sangre

En los años de la persecución organizada por el emperador romano Diocleciano, conocida como la “Gran persecución” (303-313), Genaro fue hecho prisionero junto a un grupo de compañeros cristianos, y sometido a terribles torturas.

El obispo y sus amigos se negaron a aceptar las exigencias de sus perseguidores, quienes exigían que abdicaran de la fe y rindan culto a los dioses. A pesar de los crueles maltratos a los que fueron sometidos, ninguno fue doblegado, por lo que todos serían condenados a muerte.

Primero, se intentó quemarlos vivos en el horno, pero el fuego no les hizo daño alguno. Después, los hombres serían arrojados a las fieras; los leones sólo rugieron y ni siquiera se les acercaron. Hasta ese momento Genaro y sus amigos habían logrado salir ilesos milagrosamente. Entonces, los romanos decidieron aplicar el último recurso del que disponían: cortarles la cabeza. El 19 de septiembre de 305, el obispo y sus amigos fueron ejecutados cerca de Pozzuoli.

Licuefacción de la sangre

Por varios siglos, las reliquias de San Genaro fueron trasladadas por diferentes ciudades de Italia, hasta que finalmente retornaron a Nápoles en 1497, donde permanecen hasta hoy.

Algunos lo cuestionan, aunque nadie ha podido explicar con certeza cómo o por qué medios se produce semejante fenómeno.

Tres veces al año

La sangre de San Genaro se vuelve líquida en tres oportunidades a lo largo del año: el día en que se conmemora la traslación de sus restos a Nápoles (el sábado anterior al primer domingo de mayo); el día de su fiesta litúrgica (cada 19 de septiembre); y el día en el que sus devotos agradecen su intercesión para amainar los efectos de la erupción del volcán Vesubio, acontecida el 16 de diciembre de 1631.

En cada uno de estos tres días, el Obispo de la ciudad, o un sacerdote que procede en su nombre, presenta el relicario con la ampolla de sangre, de pie, frente a la urna que contiene el cráneo del santo.

El acto se realiza siempre en presencia de los fieles. Pasado un lapso de tiempo, quien preside la liturgia alza el relicario, lo vuelve de cabeza y, en ese momento, la masa de sangre se vuelve líquida. Entonces el celebrante hace el anuncio: “¡Ha ocurrido el milagro!”.

Si no acontece la licuefacción 

Cuando la sangre no se licúa en los días indicados, los napolitanos piensan que se trata de un signo de mal augurio -una posible desgracia o calamidad de grandes proporciones-.

Y no faltan razones para que piensen así. La sangre no se licuó, por ejemplo, en septiembre de 1939, 1940, 1943, años terribles de la Segunda Guerra; tampoco hubo licuefacción en 1973 o en 1980. Algo semejante sucedió en 2016.

La reliquia también permaneció en estado sólido el año en que Nápoles eligió a un alcalde comunista, pero se licuó espontáneamente cuando el fallecido arzobispo de Nueva York, Cardenal Terence Cooke, visitó el santuario de San Genaro en 1978.

 

El milagro de la licuefacción y los Papas

En el año 2015, mientras el Papa Francisco se reunía con los religiosos, sacerdotes y seminaristas de Nápoles, la sangre del santo se licuó nuevamente.

La última vez que la licuefacción se produjo en presencia de un Pontífice fue en 1848, siendo Papa Pío IX. Durante las visitas de San Juan Pablo II (octubre de 1979) y del Papa Benedicto XVI (octubre de 2007) al Duomo de San Genaro la sangre no sufrió cambio alguno.

¡Hoy 19 septiembre 2026 se repitió el milagro!. Esta mañana en Italia se volvió a licuar la sangre, Véalo en este video:

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Si quieres conocer más de la vida de San Genaro y sobre el milagro de la licuefacción de su sangre te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Genaro.

Conoce más de la vida de San Genero y sobre el milagro de la licuefacción de su sangre: 

 

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Fuente: ACI Prensa