Hoy celebramos a Santa Edith Stein, carmelita de origen judío, víctima del nazismo

Hoy celebramos a Santa Edith Stein, carmelita de origen judío, víctima del nazismo

 

Buenos Aires, domingo 9  agosto (PR/26) — Cada 9 de agosto la Iglesia Católica celebra a Santa Edith Stein, carmelita descalza, filósofa, mística judío alemana y mártir.

Edith -quien adoptaría el nombre religioso de Sor Teresa Benedicta de la Cruz- nació en Breslau (Breslavia) el 12 de octubre de 1891, en tiempos en los que dicha ciudad era todavía una provincia alemana. Hoy Breslavia forma parte de Polonia.

Amor a la sabiduría

Edith nació en el seno de una familia judía y fue educada como tal. Sin embargo, durante su adolescencia y los primeros años de juventud empezó a cuestionar su religión paulatinamente, hasta que terminó abrazando el ateísmo.

Años más tarde, convertida en prominente estudiante de filosofía de la universidad de Gotinga (Alemania), tomó contacto con la “fenomenología” -novedosa perspectiva filosófica en ese momento-, caracterizada por la pretensión de base de renovar las ciencias y el saber tal y como se conocían.

Edith destacó como estudiante universitaria gracias a su penetración intelectual. Enterado de ello, el filósofo Edmund Husserl -padre de la fenomenología- la escogió como asistente de cátedra. Edith ocupó con brillantez ese destacado puesto, incluso antes que Martín Heidegger (1889-1976), otro de los más importantes filósofos del siglo XX.

Tras superar innumerables dificultades propias del mundo académico del momento, la gran mayoría relativas a su condición de mujer, Edith obtuvo el título de Filosofía de la Universidad de Friburgo.

La Primera Guerra y la Cruz Roja

La joven filósofa poseía un elevado sentido de la solidaridad. Desatada la Primera Guerra Mundial (1914-1918), se enlistó en la Cruz Roja como enfermera y fue destacada a un hospital de campaña. Los años siguientes fueron muy duros: Edith conoció de manera directa la tragedia de la guerra y experimentó con creces lo que significa la fragilidad humana.

En medio de las terribles circunstancias que la rodearon, ella se esforzó por ser siempre  amable, generosa y servicial.

 

El encuentro con Cristo a través de Santa Teresa de Ávila

Terminada la guerra, en 1921, Edith decide visitar a una amiga que había quedado viuda, con el propósito de hacerle compañía. Grande fue su sorpresa al encontrarla con una serenidad y resignación fuera de lo común: quedó impactada por la paz y la fe que irradiaba aquella mujer, a pesar del dolor a causa de la pérdida. Su amiga, entonces, le confesó que lo que la sostenía era la fe en Dios. Casi de inmediato, Edith se interesa en la fuente de aquella paz espiritual que anhelaba: el cristianismo. Luego lee la autobiografía de Santa Teresa de Jesús.

Por ese entonces, varios de sus amigos y colegas del círculo fenomenológico pasaban por experiencias similares. Más de uno se había convertido al catolicismo, lo que aumentó la intensidad de su interés.

Aquel acercamiento intelectual y espiritual a la vida de Teresa de Ávila la transformó profundamente. Un radical cuestionamiento sobre el sentido de la propia vida y la búsqueda de la verdad culminaron en el abrazo a la fe católica.

 

“Como católica me siento más judía” (Edith Stein)

Después de un tiempo de purificación personal, pidió ser bautizada. Buscó la ayuda de un sacerdote y, después de una etapa de preparación, recibió el sacramento de la iniciación en 1922. Edith había encontrado por fin aquello que siempre buscó desde lo hondo de su ser.

No era raro escucharla decir -ya siendo religiosa- que al haberse hecho católica, de una manera muy peculiar, “se sentía más judía”: el pueblo judío había esperado por un mesías, y ella lo había encontrado. Jesucristo era ahora el sentido de su fe y vida.

Vocación religiosa

Paulatinamente fue brotando otro cuestionamiento: la inquietud vocacional. Edith continuaría su itinerario personal, esta vez acompañada de un director espiritual. Ingresa a trabajar como profesora en la escuela de formación de maestras de las dominicas de Santa Magdalena; dicta conferencias, traduce libros, destaca profesionalmente, y, cada vez que puede, se escapa para encontrar la paz que necesita. Su lugar favorito era la abadía benedictina de Beuron.

Mientras tanto, la situación política en Alemania se radicaliza -eran años de deterioro moral en su país-. El régimen nacional socialista, caracterizado por su antisemitismo, la identifica y le prohíbe la enseñanza.

A pesar de ello, Edith no se desanima.

Su fe ha madurado y se descubre llamada a la vida religiosa: ingresa al Carmelo en Colonia como postulante. Con ese paso, rompe definitivamente con su pasado, y renuncia al prestigio y la fama del mundo académico. El 15 de abril de 1934 toma el hábito carmelita y cambia su nombre a Teresa Benedicta de la Cruz.

 

Un mundo sin Dios

Para ese entonces, la situación de los judíos se había tornado dramática y Edith pide ser trasladada de monasterio para no poner en riesgo la vida de sus compañeras. Es enviada a una comunidad en Holanda junto con su hermana Rosa, quien también se había convertido al cristianismo y servía como hermana lega. Mientras tanto, los nazis amenazan con “deportar” -desaparecer- a los judíos de Europa, incluyendo a los conversos.

El derrotero tomado por el partido ya generaba el rechazo del mundo libre y la condena internacional. La Iglesia Católica, a través de las gestiones del Papa Pío XII se convierte en bastión de defensa del pueblo judío. A pesar de las innumerables presiones que recibe, Pio XII se mantiene firme del lado de los perseguidos y maltratados.

 

El camino de la Cruz

Las fuerzas nazis de ocupación en Holanda declaran a todos los católicos judíos como “apátridas”, por lo que deberán ser detenidos y deportados. Así, un contingente militar nazi ingresa al convento carmelita donde viven Edith y Rosa y se las llevan.

Ambas son trasladadas al campo de concentración de Westerbork (Países Bajos). Edith, en medio de aquella situación extrema, se preocupa por ayudar y consolar a sus compañeros de prisión. Las condiciones en las que viven incluyen humillaciones, tortura y, por supuesto, la muerte.

Semanas después, Edith y Rosa son enviadas al campo de concentración de Auschwitz (territorio de ocupación en Polonia). Forman parte de un grupo de unos mil judíos. Las hermanas Stein arriban el 9 de agosto de 1942. Después solo sucede lo inevitable: los prisioneros recién llegados son organizados para ser conducidos a la cámara de gas. Santa Edith es ejecutada en uno de los grupos. Muere ofreciendo su vida por la salvación de las almas, la liberación de su pueblo y la conversión de Alemania.

Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Santa Edith Stein, fue canonizada por San Juan Pablo II en 1998. El Papa le concedió el título de “Mártir por amor”.

Un año más tarde, en octubre de 1999, la santa fue declarada copatrona de Europa.

Más información:

 

Si deseas puedes ver nuestra columna que está publicada sobre la santa escrita por Gonzalo Fierro

Edith Stein: La pensadora que desafió su época para dignificar la voz y el rol de la mujer

 

Fuente: ACI Prensa
Primicias Rurales
Hoy celebramos a Santo Domingo de Guzmán, quien recibió el Rosario de manos de la Virgen María

Hoy celebramos a Santo Domingo de Guzmán, quien recibió el Rosario de manos de la Virgen María

Cada 8 de agosto la Iglesia Católica celebra a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores y gran propagador del Santo Rosario.

 

 

Buenos Aires, sábado 8 agosto (PR/26) — Cada 8 de agosto la Iglesia Católica celebra a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores.

En cuna de santos: Domingo nació el 8 de agosto de 1170, en Caleruega, Burgos (España). Su madre fue la Beata Juana de Aza, y su padre, el Venerable don Félix Núñez de Guzmán.

De los 14 a los 28 años Domingo vivió en Palencia, donde recibió una cuidadosa educación en artes (humanidades), filosofía y teología. Posteriormente, en dicha ciudad, se desempeñó como profesor de la escuela catedralicia por un periodo de cuatro años.

 

Generosidad y desprendimiento

 

Para 1190, Domingo ya había terminado la carrera y recibido la tonsura. Por ese entonces en la Península Ibérica se vivía un clima de tensión: a la presencia bélica de los moros -la población árabe-musulmana- en España, se añadían continuos enfrentamientos entre los príncipes y señores cristianos.

Hacer de uno mismo una ofrenda

Cierto día, se presentó ante Domingo una mujer con el rostro cubierto de lágrimas. Ella le relató al santo cómo su hermano había caído prisionero de los moros y cómo estos se lo habían llevado. Domingo, de inmediato, decidió ofrecerse a sí mismo en rescate por aquel hombre.

Anunciar al Señor con propiedad

 

Domingo, a los 24 años de edad, fue llamado por el obispo de Osma para ocupar el cargo de canónigo de la catedral, y, un año después, fue ordenado sacerdote.

Más adelante, el prelado tuvo que viajar a Dinamarca por encargo del rey Alfonso VIII y decidió llevar a Domingo consigo. Durante el viaje, el santo quedó impactado por el alcance que tenía la herejía albigense (catarismo) en aquellas tierras. Eso lo llevó al convencimiento de que una buena predicación del Evangelio era indispensable, y que si se predicaba de manera didáctica sería posible apartar del error a los incautos, y así fortalecer la fe del pueblo.

 

La Orden de los predicadores

 

Para 1207, Santo Domingo se encontraba completamente dedicado a su labor misionera y apostólica. Junto a él se había formado un grupo de compañeros que compartían el deseo de ser buenos predicadores. Como Domingo, ellos también habían dejado atrás todo tipo de comodidades y vivían ahora de la limosna.

Domingo se aboca a la formación de sacerdotes para que prediquen con locuacidad la sana doctrina. Más tarde fundaría la Orden de Predicadores (cuyos miembros serían después conocidos como ‘dominicos’). La Orden fue constituída en Toulouse (Francia), durante la denominada Cruzada albigense, luego sería confirmada por el Papa Honorio III, el 22 de diciembre de 1216.​

A lo largo de su vida, Domingo recibió hasta tres pedidos papales para ser obispo, pero siempre declinó para ocuparse de la Orden que había fundado. Los años posteriores a 1216 fueron de un esfuerzo espiritual extenuante; el santo no descansaría hasta ver consolidada su fundación.

 

El Rosario

 

Según la tradición, respaldada por numerosos documentos pontificios, cierta noche, Santo Domingo, estando en oración tuvo una visión en la que la Virgen María aparecía en su auxilio y le entregaba el Rosario, refiriéndose a este como el arma más poderosa para ganar almas.

La Virgen le enseñó a rezarlo y le pidió que hiciera lo mismo con todo aquél que pudiese. Ella hizo además una promesa: todo aquel que lo rezara obtendría gracias abundantes. Así, Domingo se convertiría en el más grande propagador de la oración a Nuestra Madre, el Santo Rosario, la oración mariana por excelencia.

Santo Domingo de Guzmán, quien conoció y trató a San Francisco de Asís, fundador de los Frailes Menores -la otra gran orden mendicante-, partió a la Casa del Padre en Bolonia (entonces parte del Sacro Imperio Germánico, hoy Alemania) el 6 de agosto de 1221. Tenía 50 años.

El Papa Gregorio IX lo canonizó en 1234. En su discurso, el Pontífice dijo de Domingo: “De la santidad de este hombre estoy tan seguro como de la santidad de San Pedro y San Pablo”.

 

Órdenes mendicantes y espíritu misionero

 

Los dominicos y franciscanos -ambas integrantes de las llamadas órdenes mendicantes- se convirtieron en los pilares que sostuvieron a la Iglesia durante las crisis del siglo XIII y la baja Edad Media. Hoy, con renovado ardor, los hijos de Santo Domingo siguen invitados a la hermosa aventura de predicar a Cristo.

En 2021 se celebró el VIII Centenario de la muerte de Santo Domingo de Guzmán. Con ocasión de ello, el Papa Francisco envió una carta a al hermano Gerard Francisco Timoner O.P., Maestro General de la Orden de Predicadores, en la que le decía:

«En nuestro tiempo, caracterizado por grandes transformaciones y nuevos desafíos a la misión evangelizadora de la Iglesia, Domingo puede servir de inspiración a todos los bautizados, llamados, como discípulos misioneros, a llegar a todas las “periferias” de nuestro mundo con la luz del Evangelio y el amor misericordioso de Cristo. Hablando de las líneas temporales perennes de la visión y el carisma de santo Domingo, el Papa Benedicto XVI nos recordaba [Audiencia general, 3 de febrero de 2010] que ”en el corazón de la Iglesia debe arder siempre un fuego misionero”».

Si quieres saber más sobre Santo Domingo de Guzmán, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santo_Domingo_de_Guzmán.

 

Más información:

 

 

 

REFLEXIÓN DOMINICA

 

¡Feliz día de nuestro Padre Santo Domingo de Guzmán!

La trascendencia que tiene la figura, el legado y la obra de este Patriarca en la Iglesia y en la Humanidad no guarda proporción con su corta vida y menos aún con los escasos 6 años que duró su acompañamiento a la Orden de Predicadores en sus inicios.

¿Cuáles serían esos elementos que configuraban su identidad y lo clavaron en la historia como una estaca aguda, concisa y fecunda?

En su Dies Natalis, la Palabra que volvemos a pasar por el corazón cada año puede darnos una pista. Justamente, creemos que la fuerza y la intensidad que irradia santo Domingo radica en su identificación con la Palabra de Dios como su principio y aliento vital; en la centralidad con la que se pone al servicio de esa Palabra de Vida para la restauración del mundo –creado por y para esa Palabra–, en la transparencia con la que él refleja esa Verdad y ese Amor que –como una respiración– recibe y entrega, contempla y predica.

Quienes deseamos ser herederos de su Carisma deberíamos preguntarnos si estamos imitando a nuestro Padre Domingo en algo esencial y radical: su relación vital con la Palabra de Dios.

 

Fray Germán Pravia O.P.

Fray Germán Pravia O.P.
Real Convento de Predicadores (Valencia)
Nací en Montevideo en 1968 y fui ordenado sacerdote en Argentina en 1993, tras una etapa misionera en barrios populares de la periferia de Buenos Aires. Desde 2011 viví en Paraguay, y conocí a los dominicos en el trabajo pastoral de sus barrios inundables, ingresando en la Orden de Predicadores en 2018. Tras el noviciado me licencié en Teología Espiritual en Comillas y me doctoré en Teología en San Esteban de Salamanca. Por cuatro años residí en la comunidad de Montevideo, combinando la docencia académica con la pastoral parroquial y el acompañamiento espiritual. Actualmente resido en el Real Convento de Predicadores de Valencia, como Maestro de Estudiantes. Me apasionan la música, la lectura y el servicio desde el acompañamiento personal.
Hoy recordamos a San Cayetano, patrono del pan y del trabajo, el santo de la Providencia

Hoy recordamos a San Cayetano, patrono del pan y del trabajo, el santo de la Providencia

Buenos Aires, 07 de agosto (PR/26) .- Cada 7 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Cayetano (1480-1504), patrono del pan y del trabajo.

“En el oratorio rendimos a Dios el homenaje de la adoración, en el hospital le encontramos personalmente», solía decir este noble hombre, conocido también como “el santo de la Providencia”.

Espiritualidad versus frivolidad

Cayetano de Thiene -por su nombre de pila- fue un presbítero italiano, fundador de la Orden de Clérigos Regulares, cuyos miembros se hacen llamar teatinos. Nació en Vicenza (Italia) el 1 de octubre de 1480, y murió en Nápoles el 7 de agosto de 1547. Estudió en la Universidad de Padua donde obtuvo, en 1504, el doble doctorado, en derecho civil y canónico.

Acabados sus estudios, Cayetano se mudó a Roma, donde lo nombraron protonotario apostólico del Papa Julio II. Estando al servicio del Papa, llegó a participar del V Concilio de Letrán. Cuando el Pontífice murió en 1513, Cayetano dejó la vida cortesana y empezó a prepararse para el sacerdocio. Fue ordenado unos años después, cumplidos los 35.

Por ese entonces funda el “Oratorio del Amor Divino” (1516), institución muy similar a otros oratorios -integrados de clérigos y seglares-. Los oratorios surgieron como respuesta a la frivolidad en la que habían caído muchos miembros de la Iglesia, llamando a los fieles a congregarse para la práctica de la oración y la fraternidad.

En 1518, Cayetano retornó a Vicenza, su pueblo natal. Al morir su madre, se dedicó de lleno a la fundación y dirección de hospitales especializados en enfermos incurables -mayormente de sífilis- en ciudades como Verona, Vicenza y Venecia.

En 1524, fundó en Roma la ‘Orden de los Teatinos’ (o Clérigos Regulares) junto al obispo Juan Pedro Caraffa (1476-1559), quien más tarde sería elegido Papa con el nombre de Pablo IV. Los Clérigos Regulares Teatinos buscaban la renovación de la Iglesia en general, pero de manera especial la del clero; también se propusieron renovar la predicación de la doctrina, el cuidado de los enfermos y la restauración del uso frecuente de los sacramentos.

Reforma sin ruptura

San Cayetano fue un hombre de un ardor e inquietud apostólica muy grandes. Ya desde los años en Venecia expresaba: «No estaré satisfecho sino hasta que vea a los cristianos acercarse al banquete celestial con sencillez de niños hambrientos y gozosos, y no llenos de miedo y falsa vergüenza».

Siendo contemporáneo de Lutero y habiendo tomado noticia de los peligros de la “Reforma” protestante, no perdió oportunidad para incentivar y hacer florecer una auténtica renovación de la vida y costumbres al interior de la Iglesia, sin necesidad de atentar contra su unidad, como hicieron los protestantes. Por eso, apoyó siempre iniciativas creativas, interesantes y novedosas.

Venecia y San Jerónimo Emiliani

Una de las iniciativas que promovió Cayetano fue la llevada a cabo durante el tiempo que pasó en Venecia, cuando apoyó a Jerónimo Emiliani -en ese momento miembro del Oratorio del Amor Divino- a fundar otra orden de clérigos regulares: la Orden de los Padres Somascos. Emiliani trabajaba en el llamado Hospital de los Incurables y era un noble veneciano que, después de una juventud aventurera, decidió, en 1531, dedicarse a los pobres y huérfanos como laico. San Jerónimo Emiliani fue canonizado en 1767 y posteriormente declarado Patrón universal de los huérfanos y de la juventud abandonada.

Nápoles y el Beato Juan Marinoni

Durante los años en Nápoles, San Cayetano organizó y fundó más hospicios para ancianos y hospitales. Y no solo eso: junto al Beato Juan Marinoni creó los “Montes de Piedad”, una organización de beneficencia para auxiliar económicamente a los más pobres y combatir a los usureros de la época. Esa beneficencia habría de convertirse en lo que hoy es el Banco de Nápoles.

Al final de sus días y estando muy enfermo, San Cayetano no dejó de dar testimonio de la intensa piedad que lo movía. Los médicos, considerando sus dolencias, le recomendaron que ponga un colchón sobre su cama de tablas, a lo que el Santo respondió: “Mi Salvador murió en la cruz; dejadme, pues, morir también sobre un madero».

San Cayetano en América: Argentina

El pueblo argentino profesa un cariño especial por San Cayetano, al igual que en su momento lo hizo el Papa Francisco. Este se dirigió a los fieles de San Cayetano en el año 2013, oportunidad en la que propuso al santo como modelo de lo que debe ser una “cultura del encuentro”, es decir, una cultura en la que nos encontramos con Jesús de manera personal, para luego generar ese “encuentro” con los otros. Es en ese encuentro con lo demás “en el que reconocemos que hay alguien más que yo, que necesita más que yo… eso es salir al encuentro de los más necesitados”, tal y como hizo San Cayetano.

En Argentina, el más famoso templo en honor a este santo se encuentra en el barrio porteño de Liniers (Buenos Aires). Es un lugar de peregrinación para sus devotos. Allí los fieles, cada año, le piden al Santo que no falte el pan y el trabajo, y agradecen su intercesión.

Si quieres saber más sobre San Cayetano, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Cayetano.

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Fuente: Aciprensa
Hoy 6 de agosto se celebra la Transfiguración del Señor, anticipo de la gloria de la Resurrección

Hoy 6 de agosto se celebra la Transfiguración del Señor, anticipo de la gloria de la Resurrección

Buenos Aires, jueves 6 de agosto (PR/26) .- Cada 6 de agosto la Iglesia celebra la fiesta de la Transfiguración del Señor, ocurrida en presencia de los apóstoles Juan, Pedro y Santiago.

Dos cosas definen el momento: la conversación entre Jesús con Moisés y Elías, y la voz de Dios que irrumpe desde una nube diciendo: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo” (Lc 9, Mc 9, Mt 17).

De acuerdo al relato evangélico, la Transfiguración ocurrió en un monte alto y apartado llamado Tabor, que en hebreo quiere decir “el abrazo de Dios”.

En el Catecismo

En referencia a este extraordinario episodio, el Catecismo de la Iglesia Católica (555) señala: “Por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para ‘entrar en su gloria’ (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén”.

“Moisés y Elías habían visto la gloria de Dios en la Montaña; la Ley y los profetas habían anunciado los sufrimientos del Mesías (cf. Lc 24, 27). La Pasión de Jesús es la voluntad por excelencia del Padre”, añade el Catecismo.

“Señor, ¡qué bien se está aquí!”

San Jerónimo comenta el pasaje con expresiones que subrayan la predilección de Dios Padre por Jesús: “Este es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Éstos son mis siervos; aquél, mi Hijo. Éste es mi Hijo: de mi misma naturaleza, de mi misma sustancia, que en Mí permanece y es todo lo que Yo soy. También aquellos otros me son ciertamente amados, pero Éste es mi amadísimo. Por eso escuchadlo (…) Él es el Señor, estos otros, los consiervos. Moisés y Elías hablan de Cristo. Son consiervos vuestros. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: prestad oídos sólo al Hijo de Dios”, concluye la meditación del santo traductor de la Biblia.

Por su parte, Santo Tomás de Aquino subraya el aspecto trinitario de esta teofanía [manifestación divina]: “Apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa”.

Finalmente, es importante ponderar la reacción de los testigos directos del milagro. Cuando la Transfiguración acabó, Pedro, quien había dicho “Señor, ¡qué bien se está aquí!” (Mt 17, 4), desciende del monte sin comprender lo que ha pasado. San Agustín, en un sermón, alude al apóstol con unas hermosas palabras que nos recuerdan, tal y como Jesús le recordó a Pedro, que la vida no puede detenerse, que estamos de paso y que la contemplación definitiva de Dios solo es posible en el cielo:

“Desciende (tú, Pedro) para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?”

Llegará el día sin final, en el que diremos “¡qué bien se está aquí!” y permaneceremos en presencia del Transfigurado para siempre, en toda su gloria y esplendor.

La Transfiguración como «antídoto«

Es posible decir que hoy, muchísima gente experimenta una sensación de declive en la vida social o en la cultura. Incluso, algunos han caído en la desesperanza o el agotamiento psicológico y espiritual. Frente a estos fenómenos, Cristo aparece hoy, más ‘blanco’ que nunca, radiante, lleno de Luz –Él es el Transfigurado–.

En Jesús glorioso renace nuestra confianza en que lo mejor siempre está por venir, y que aquello que está mal, siempre podrá ser transformado.

Por eso, no caigamos en la tentación del desaliento, esa vieja estrategia que hace olvidar las maravillas del amor de Dios. No nos quedemos en la mirada corta, hipnotizados por lo inmediato, aun en las circunstancias más difíciles.

Por María somos hijos de la Luz

El 6 de agosto de 2013, el Papa Benedicto XVI señalaba a propósito de esta fiesta:

«¡Cuánta necesidad tenemos, también en nuestro tiempo, de salir de las tinieblas del mal para experimentar la alegría de los hijos de la luz! Que nos obtenga este don María, a quien ayer, con particular devoción, recordamos en la memoria anual de la dedicación de la basílica de Santa María la Mayor». Que Ella interceda para que se aleje del corazón humano las sombras del engaño y podamos alcanzar la paz que brota de un corazón que anhela ser glorificado.

¡Feliz fiesta de la Transfiguración del Señor!

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    Fuente: Aciprensa
Hoy 5 de agosto se recuerda a San Abel, quien respondió a los ataques de sus enemigos con humildad y oración

Hoy 5 de agosto se recuerda a San Abel, quien respondió a los ataques de sus enemigos con humildad y oración

Buenos Aires, miércoles 5 de agosto (PR/26) .-  Cada 5 de agosto se conmemora a San Abel de Lobbes (Abel de Reims), monje benedictino, arzobispo de Reims (Francia) entre los años 743 y 748.

Nacido en Escocia (Reino Unido) emigró a la Europa continental donde recibiría el encargo de regentar a la Iglesia en Francia, dañada por las intromisiones del poder político.

Un ramillete de enemigos de la Iglesia

Carlos Martel (688-741), líder de los francos y abuelo de Carlomagno, de la misma manera como gozó de enorme prestigio por haber vencido en 732 a los musulmanes en Poitiers (lo que le valió detener la expansión árabe en Europa), así también se convirtió en un personaje cuestionable, amante del poder y constante interventor en asuntos eclesiales. Martel quería controlar a los obispos galos y se las arregló para favorecer el nombramiento de quienes le eran afines y la destitución de los que le resultaban incómodos. Cosa similar hizo con los abades de muchos monasterios. Además, no ocultaba su interés en apoderarse de los bienes y posesiones de la Iglesia, causando fricciones frecuentes e indignación entre los católicos.

A la muerte de Martel, Pipino el Breve (714-768), su hijo, quiso enmendar el daño hecho por su padre y nombró obispo de Reims a Abel, quien vivía en un monasterio en Bélgica. El deseo de Pipino era que la Iglesia en Galia recuperase su fortaleza espiritual.

Por su parte, el arzobispo depuesto de Reims, llamado Milo, mantendría una postura hostil contra Abel y conspiraría una y otra vez para sacarlo. Abel ni siquiera había logrado ser bien recibido en su sede episcopal, todo lo contrario, pues los líderes francos -tanto políticos como religiosos- no le eran afines. Lamentablemente, Pipino no le pudo dar el respaldo necesario, pues andaba inmiscuido en sus sucesivas campañas militares.

Después de tres años en su sede, San Abel se retiró a su monasterio sin haber logrado cumplir con la tarea encomendada, mientras que Milo se hizo de la sede de Reims nuevamente. A pesar de este revés -tal y como lo señala el portal de la Conferencia Episcopal Francesa-, Abel “dio a la Iglesia su oración para compensar lo que no pudo dar a través de su ministerio episcopal”.

El santo nacido en Lobbes partió a la Casa del Padre el 5 de agosto de 770.

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Hoy 4 de agosto celebramos a San Juan María Vianney, patrono de sacerdotes y párrocos

Hoy 4 de agosto celebramos a San Juan María Vianney, patrono de sacerdotes y párrocos

Buenos Aires, martes 4 de agosto (PR/26) .- Cada 4 de agosto la Iglesia Católica celebra a San Juan Bautista María Vianney (1786-1859), el Santo Cura de Ars, patrono de todos los sacerdotes y, de manera especial, de aquellos que sirven como párrocos.

A San Juan María Vianney se le conoce como el ‘Santo Cura de Ars’ -expresión que en francés se dice Curé d’Ars y que equivale a ‘el párroco de Ars’-. Ars es el nombre del pueblo francés donde este gran sacerdote fungió precisamente de párroco: Ars-sur-Formans, localidad ubicada a 30 km de la ciudad de Lyon.

Un difícil comienzo

San Juan María Vianney nació en Dardilly (Francia), el 8 de mayo de 1786. Fue el tercero de seis hermanos, miembros de una familia de campesinos.

Estudió por un breve tiempo en la escuela comunal de su pueblo. Luego, en 1806, ingresó a la recientemente creada escuela especial para aspirantes a eclesiásticos. Allí, lamentablemente, tuvo sus primeros sinsabores académicos: Juan María parecía bastante limitado para el estudio.

Uno de sus compañeros, Matthias Loras, futuro obispo de Dubuque, lo ayudó con las lecciones de la antigua lengua de Julio César, Cicerón y San Agustín, de manera que Juan Bautista María pudo salvar la materia.

Ese mismo año, 1806, el santo recibiría la dispensa del servicio militar por ser aspirante al sacerdocio. Esa situación se mantuvo hasta 1809, año en que fue reclutado para el ejército de Napoleón y enviado a Lyon. Su destino sería integrar las fuerzas que se alistaban para invadir España.

Humilde sacerdote, sacerdote humilde

A los 26 años, Juan Bautista María ingresó al Seminario Menor de Verrieres, donde podría llevar la filosofía en francés -lo que ablandaba los estudios-. Allí fue compañero de clase de San Marcelino Champagnat, fundador de los maristas.

Juan María fue ordenado sacerdote el 13 de agosto de 1815 y enviado a Ecully como ayudante de Monseñor Don Balley, su viejo amigo, el primero en animarlo a mantenerse firme en su vocación sacerdotal. Balley había hecho, un tiempo atrás, hasta lo indecible por el joven sacerdote: lo había defendido tras haber sido expulsado del Seminario Mayor por “falta de idoneidad académica” (bajo rendimiento). Ahora, el recién ordenado P. Juan María estaba al lado de Don Balley, su preceptor y protector, listo para cooperar en el servicio.

Años después, a la muerte de Balley, el P. Juan María Vianney fue enviado como clérigo a Ars, un pueblo pequeñito de 250 habitantes, casi todos pobres. Desde ese lugar, al que llamaba el “último de la diócesis y quizás de toda Francia”, el cura iniciaría una revolución espiritual que cambiaría para siempre a toda la nación.

Arrebatar almas al demonio

A San Juan María Vianney se le considera el paradigma de todo buen confesor. Poseía dones extraordinarios como la profecía o la capacidad para adentrarse en las profundidades del alma humana. Su espíritu intuitivo, compenetrado con la gracia de Dios, fue capaz de penetrar las intenciones ocultas de muchos de los corazones que se acercaban en busca de perdón, pero que no siempre eran humildes o transparentes.

Al mismo tiempo, el P. Vianney fue un hombre de gran humildad y capacidad de discernimiento, virtudes indispensables que lo hicieron un pastor modélico.

En repetidas oportunidades el Cura de Ars fue blanco de los ataques directos del demonio, a los que hizo frente exitosamente gracias a su alma ligera, siempre de cara al Cielo y fortalecida por la mortificación, el ayuno, la oración y el servicio. Con estas “armas” la gracia de Dios permanece sólida en el interior del hombre.

Su celo pastoral -su auténtica pasión por la salvación de las almas- lo llevó a pasar largas horas en el confesionario, casi a diario, con el propósito -como él mismo solía decir- de “arrebatarle almas al demonio”.

Rápido y ligero para asestar los golpes 

El santo párroco vivía muy desprendido de las cosas materiales, a las que trató con la libertad de los hijos de Dios: fue tan desapegado a todo que alguna vez llegó a regalar ¡su propia cama! (así fue como adquirió la costumbre de dormir en el suelo de su habitación).

Llevó también una vida ascética: practicaba habitualmente el ayuno y cuando no, le bastaba comer algo muy sencillo. Solía decir que “el demonio no le teme tanto a la disciplina y a las camisas de piel, como a la reducción de la comida, la bebida y el sueño».

Sin bajar la guardia jamás

Son bastante conocidos los episodios en los que el demonio trató de amedrentarlo o distraerlo sin éxito: en una oportunidad hizo temblar su casa hasta por 15 minutos para que deje de orar; en otra ocasión quiso que abandonara la misa que estaba celebrando ocasionando un incendio en su habitación. El santo manejó con ejemplar serenidad ambos momentos: no detuvo su oración y no se movió del altar respectivamente. El día del incendio se limitó a pedirle a uno de los monaguillos que vaya y apague el fuego, mientras acababa de celebrar.

Ciertamente, también hubo noches terribles en las que el demonio no dejaba de perturbarlo con fuertes ruidos que no le dejaban dormir, mientras se burlaba de él sugiriendo que abandonara el ayuno: “Ya es suficiente” era el grito que atormentaba su mente. Con todo, el Cura de Ars se mantuvo firme y fiel. Después de haber luchado tenazmente contra el Príncipe de las Tinieblas, con el corazón seguro, como arrullado en brazos de María, el Santo Cura se quedaba dormido como si fuese un niño.

Sólo la caridad transforma el mundo

A San Juan María Vianney también le tocó vivir tiempos convulsionados, como los posteriores a la Revolución francesa. Uno de los tristes saldos de este proceso político fue el ambiente de incredulidad y falta de esperanza entre la gente. Muchos se apartaron de la fe y el número de quienes no querían saber más de Dios iba en aumento.

El Cura de Ars se propuso entonces atender esta gran necesidad dedicándole más esfuerzo a la preparación de sus sermones. El santo pasaba noches enteras en la sacristía componiendo y memorizando lo que iba a decir, consciente de la fragilidad de su memoria, poniendo todo el empeño posible para predicar bien, hacerse entender y transmitir el Evangelio a cabalidad.

Como el párroco era muy sensible a las necesidades de su grey, se ocupaba con amabilidad de la instrucción de los niños en el catecismo, e intentó combatir las malas costumbres que apartaban al pueblo de la Iglesia, especialmente las referidas al precepto dominical. Luchó para que los trabajadores de Ars no fueran obligados a trabajar los fines de semana, así como para que las tabernas permanezcan cerradas el domingo y la gente pueda ir a misa.

Más de una vez encendió la polémica al condenar a aquellos que malgastan el dinero y su tiempo en diversiones superfluas. En una de sus homilías llegó a decir: «La taberna es la tienda del demonio, el mercado donde las almas se pierden, donde se rompe la armonía familiar”. Y vaya que no le faltaba razón.

La parroquia es ‘territorio de María’

Con el tiempo, su popularidad creció mucho y llegaron a ser miles las personas que arribaban a Ars, incluso venidas desde muy lejos, para confesarse con el P. Vianney. San Juan María movió a miles a convertirse en hijos piadosos de la Virgen María, pues él mismo fue un hombre de profundo amor por Ella, a quien consagró su parroquia y su servicio sacerdotal.

El sábado 4 de agosto de 1859, el Santo cura de Ars partió a la Casa del Padre. Tenía 73 años. Fue canonizado en la fiesta de Pentecostés de 1925 por el Papa Pío XI.

Este 13 de agosto se cumplirán 210 años de su ordenación sacerdotal, llevada a cabo en 1815.

Si quieres saber más sobre San Juan María Vianney, puedes leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Juan_Bautista_María_Vianney.

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Fuente: Aciprensa