Trabajó dos décadas en la institución, primero en Rafaela y después en Barrow, especializada en el tratamiento de efluentes de tambo. Hoy asesora en forma independiente a productores lecheros, feedlots y granjas porcinas, y sigue ligada a la universidad como docente e investigadora.

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires domingo 12 julio (PR/26)–Karina García tiene 44 años, dos hijos —Nahuel y Lautaro, de 8 y 6— y una pasión que la acompaña desde siempre: el folclore. “Escucho folclore y se me mueven las piernas solas. Me gusta porque lo siento como muy nuestro”, cuenta entre risas.

 

Nacida en Tres Arroyos, se formó como Licenciada en Tecnología Ambiental en la Facultad de Ciencias Exactas de la UNICEN, en Tandil. Ese título fue la puerta de entrada a un mundo que no conocía: el de los tambos.

 

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En 2006, todavía sin recibirse, llegó a INTA Rafaela para hacer una pasantía. Allí empezaba a trabajar en el tratamiento de efluentes de tambo, un tema que la entusiasmaba pero del que no sabía prácticamente nada.

 

“Cuando me hablaban de rodeo de punta o de rodeo de cola, no sabía nada”, recuerda. Tuvo que aprender el mundo de la lechería desde cero para poder, después, ocuparse de algo tan concreto como el manejo de los residuos líquidos.

 

De Rafaela a España, y de vuelta al tambo experimental

 

 

Terminada la pasantía, la llamaron de INTA Rafaela para contratarla. Así arrancó, hace veinte años, su tarea de asesoramiento a productores que empezaban a intensificar su producción y no sabían qué hacer con lagunas que se desbordaban.

 

En el medio se recibió y viajó a España con una beca de una fundación española para cursar una maestría en gestión integral del agua. Trabajó en biogás en la Universidad de Cádiz y en 2010 volvió a la Argentina.

 

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De regreso se dedicó de lleno a la investigación: evaluó sistemas de tratamiento de efluentes en el tambo experimental y en el tambo robot de INTA Rafaela, hasta que en 2020 se trasladó a INTA Barrow.

 

Mirando hacia atrás, define ese recorrido como un choque necesario con la realidad. “En la facultad aprendés siempre con un libro en donde 2 más 2 es 4”, dice. En el campo, en cambio, no hay dos tambos iguales.

 

Esa diferencia le enseñó a buscar el equilibrio entre lo ideal y lo posible, y sobre todo a pensar cada propuesta desde el lado del productor. Una mirada que, según cuenta, no siempre es fácil de sostener desde el ámbito académico.

 

Una decisión propia, en medio de un contexto complicado

 

A la consulta directa sobre por qué dejó el INTA, Karina no duda: “No me fueron. Me fui por elección y decisión propia”, aclara, aunque reconoce que el contexto institucional aceleró esa decisión.

 

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Sentía que había cumplido una etapa. Lo que más la motiva hoy es el asesoramiento directo a productores y empresas, un servicio para el que —dice— hay mucha demanda y pocos profesionales dedicados de lleno.

Compara esta decisión con los otros grandes saltos de su vida: irse a Rafaela sin conocer a nadie, o cruzar el océano con una beca sin saber qué iba a pasar. “Hoy creo que es momento de otro desafío personal”, resume.

No esconde que la crisis de la institución también pesó. “La situación de INTA lamentablemente está un poco complicada, así que sí, ese fue otro factor de decisión”, admite sin vueltas.

 

Tambos, feedlots y granjas porcinas: la demanda no para

 

Karina ya está trabajando de manera independiente con productores de sistemas lecheros, feedlots y granjas porcinas. Y remarca que la demanda en estos temas es alta, mientras que la oferta de especialistas sigue siendo escasa.

También sigue conectada a la universidad: acompaña tesistas como codirectora, participa de proyectos de investigación y dicta clases en especializaciones. Para ella, ese vínculo académico es un ida y vuelta que la sigue nutriendo.

 

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En el feedlot, explica, el desafío es similar al del tambo: mucha generación y acumulación de estiércol, con soluciones que en el mejor de los casos siempre pueden mejorarse pensando en el aprovechamiento de nutrientes.

Un dato que pocos conocen: alrededor del 70% de los nutrientes que consume un bovino —nitrógeno, fósforo, potasio— termina en el estiércol. Mal manejado, ese material no solo contamina, sino que se desperdicia.

 

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Por eso insiste en la idea de economía circular: reducir la generación de residuos y, al mismo tiempo, devolverlos al sistema productivo como enmienda para mejorar los suelos y reducir la compra de fertilizantes.

“Da mucha pena”: la nostalgia por un INTA que cambió

 

Cuando se le pregunta qué sintió al dejar la institución en medio de esta crisis, Karina elige la palabra nostalgia. “Da pena y da nostalgia de ver lo que era y de ver cómo está en este momento”, dice.

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Reconoce que el INTA fue la institución donde se formó, donde aprendió su oficio y donde conoció a productores, técnicos y colegas que marcaron su carrera. Por eso el contraste le duele especialmente.

Cuenta una anécdota reciente, en TodoLáctea, con un productor que fue pasante suyo años atrás: “Cuando yo estuve haciendo la pasantía con vos, era la época que el INTA repatriaba a un montón de investigadores. Y ahora estamos sufriendo el proceso contrario”, le dijo él.

 

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Karina prefiere quedarse con la parte que puede construir hacia adelante. Espera que quienes se fueron de la institución, como ella, puedan devolver al sector y al país todo el conocimiento acumulado durante años.

“Es como barajar y dar de nuevo”, resume sobre esta nueva etapa, capitalizando veinte años de aprendizaje y de contacto directo con productores, ahora desde otro lugar y con otro rol.

 

 

 

Primicias Rurales
Fuente: Darío Fariña, especial en San Francisco