A diferencia de las colmenas tradicionales, el 90% de las especies de abejas construyen sus nidos bajo tierra. Su supervivencia y el futuro de la polinización dependen de un aliado que solemos ignorar: el suelo que pisamos diariamente.
Buenos Aires, viernes 19 de junio (PR/26)–Cuando pensamos en una abeja, la mente nos lleva de inmediato a una colmena perfectamente organizada, con panales rebosantes de miel y miles de obreras trabajando en equipo. Sin embargo, esa imagen colectiva representa solo una pequeña fracción de la realidad.
En nuestro planeta existen más de 20 000 especies de abejas, y la inmensa mayoría de ellas no vive en comunidad, no produce miel comercial ni tiene una reina a la cual servir. Son las llamadas abejas solitarias, un ejército silencioso donde cada hembra, por su cuenta, asume la titánica tarea de excavar su propio nido, buscar alimento y asegurar el futuro de sus crías.
La vida en el subsuelo: nidos invisibles bajo nuestros pies
Detrás de esta fascinante dinámica se esconde un secreto subterráneo. Investigadoras del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES) de la UNAM explican que aproximadamente el 90 % de las especies de abejas del mundo son solitarias, y una gran parte de ellas construye sus hogares bajo tierra.
Estas pequeñas ingenieras buscan terrenos poco compactados para excavar intrincados túneles. Al fondo de estas galerías, moldean celdas individuales que rellenan con una mezcla perfecta de polen y néctar, depositan un único huevo y sellan la entrada, dejando que el milagro del desarrollo ocurra por completo en la oscuridad del subsuelo.
Las grandes amenazas: cuando la tierra se vuelve un enemigo
Esta dependencia absoluta del subsuelo convierte a las características del terreno en un factor de vida o muerte. Lamentablemente, nuestras prácticas actuales están transformando su refugio en una trampa.
La compactación del suelo, provocada por el paso de maquinaria pesada agrícola y las construcciones, vuelve la tierra tan dura que las abejas no logran excavar. A esto se suma la labranza intensiva, que destruye directamente los nidos subterráneos y a las larvas en crecimiento, un daño invisible para el ojo humano pero devastador para la biodiversidad.

Por si fuera poco, el peligro también es químico. El uso desmedido de pesticidas sistémicos, especialmente los neonicotinoides, representa una amenaza silenciosa.
Estos químicos penetran y se acumulan en la tierra en concentraciones alarmantes, incluso mayores que en las propias flores. Al pasar semanas o meses enterradas en sus celdas, las larvas sufren una exposición constante a contaminantes, lo que altera su desarrollo, reduce su tamaño corporal y frena drásticamente sus probabilidades de sobrevivir.
Un cambio de mirada urgente para proteger el futuro
El verdadero problema radica en nuestra falta de atención. Históricamente, las políticas ambientales y la preocupación pública se han enfocado casi con exclusividad en la abeja melífera europea (*Apis mellifera*). Al no producir miel comercializable, las abejas nativas solitarias han quedado fuera de los grandes programas de conservación, a pesar de que su labor polinizadora es un pilar fundamental para la reproducción de plantas silvestres y cultivos que garantizan nuestra propia alimentación.
Proteger el suelo es mucho más que cuidar la agricultura; es salvaguardar una red oculta de vida. Un trozo de tierra aparentemente vacío en un jardín, una milpa o al borde de un camino puede ser el hogar de cientos de futuras polinizadoras.
Cambiar nuestra percepción, reducir el uso de agroquímicos y respetar la estructura natural de los terrenos no es solo un favor para las abejas solitarias, sino una acción urgente para asegurar el equilibrio de todo nuestro ecosistema.

















