Un estudio histórico con casi 700.000 personas identificó las bases genéticas de los trastornos de ansiedad y abre una nueva era en la comprensión de la salud mental.
Buenos Aires, sábado 13 de junio (PR/26)–La ansiedad no es sólo una cuestión de actitud o de «pensar demasiado». Detrás de ese nudo en el pecho, de esa inquietud que no se va, hay algo mucho más profundo: la genética.
Un equipo de científicos acaba de dar un paso enorme al identificar 74 variantes genéticas vinculadas a los trastornos de ansiedad, en lo que se considera el mayor estudio realizado hasta hoy sobre este tema.
La investigación fue liderada por el King’s College de Londres junto al Instituto de Investigación Médica QIMR Berghofer de Brisbane, Australia, y sus resultados fueron publicados en la prestigiosa revista Nature Human Behaviour.
La muestra es impresionante: participaron casi 700.000 personas de origen europeo, lo que convierte a este trabajo en una referencia ineludible para entender la biología de la ansiedad.
Más de la mitad son hallazgos completamente nuevos
De las 74 variantes genéticas detectadas, 39 nunca antes habían sido relacionadas con la ansiedad. Es decir, más de la mitad del hallazgo es territorio virgen.
Muchos de los genes identificados son particularmente activos en el cerebro y tienen un papel clave en la comunicación entre células nerviosas. Esto refuerza la idea de que la ansiedad tiene una raíz biológica concreta, no es solo una respuesta al entorno.

El equipo fue liderado por Thalia Eley, y el análisis permitió ir más allá de la genética pura: también abrió ventanas para comprender cómo estas variantes interactúan con factores como las experiencias de vida y el contexto social de cada persona.
La ansiedad no viaja sola: sus sorprendentes conexiones con el cuerpo
Uno de los aspectos más reveladores del estudio es que la ansiedad comparte terreno genético con una serie de condiciones, tanto mentales como físicas.
Las correlaciones genéticas encontradas incluyen la depresión, el síndrome del intestino irritable, el dolor crónico, la enfermedad coronaria, la endometriosis y las migrañas. Un mapa que deja muy claro que la mente y el cuerpo están mucho más conectados de lo que solemos pensar.

«Estas correlaciones ponen de relieve la interconexión entre la salud mental y la salud física. Nuestros hallazgos no revelan una relación de causa y efecto, pero plantean interrogantes importantes para futuras investigaciones», señaló Brittany Mitchell, autora principal del estudio junto con Megan Skelton.
Tener los genes no significa tener el destino escrito
Aquí viene uno de los mensajes más importantes del estudio, y también el más tranquilizador: el riesgo genético no es una condena.
Como explicó Megan Skelton: una persona con alto riesgo genético puede no desarrollar ansiedad, mientras que alguien con bajo riesgo genético sí podría hacerlo. Los genes son una parte de la ecuación, no toda la historia.
Lo valioso de conocer ese riesgo, agrega Skelton, es que permite identificar a las personas más susceptibles a las influencias del entorno.
Y eso, a su vez, abre la puerta a estrategias de prevención y tratamiento más precisas y eficaces. En un mundo donde la ansiedad crece especialmente entre los jóvenes, ese conocimiento vale oro.

















