Hoy celebramos a Santa Brígida de Suecia, patrona de Europa, modelo de mujer, esposa y madre

Hoy celebramos a Santa Brígida de Suecia, patrona de Europa, modelo de mujer, esposa y madre

Buenos Aires, jueves 23 de julio (PR/26) .- Cada 23 de julio la Iglesia celebra a Santa Brígida, patrona de Suecia, fundadora de la Orden del Santísimo Salvador, madre de Santa Catalina de Suecia y, desde hace poco más de dos décadas, copatrona de Europa. Fue el Papa San Juan Pablo II quien le concedió dicho título durante la vigilia del gran jubileo del año 2000.

Santa Brígida comparte el patronazgo de Europa con San Benito de Nursia, Santa Catalina de Siena, los santos Cirilo y Metodio, y Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein).

Dignidad de la mujer

El Papa Benedicto XVI afirmaba que la vida de Santa Brígida muestra el papel y la dignidad de la mujer dentro de la Iglesia, evidenciada en su “actitud de respeto y de fidelidad plena al Magisterio de la Iglesia, en particular al Sucesor del apóstol Pedro».

Poniendo como ejemplo a esta extraordinaria mujer, el entonces Pontífice añadía: “De hecho, en la gran tradición cristiana se reconoce a la mujer una dignidad propia, y —siguiendo el ejemplo de María, Reina de los Apóstoles— un lugar propio en la Iglesia, que, sin coincidir con el sacerdocio ordenado, es igualmente importante para el crecimiento espiritual de la comunidad. Además, la colaboración de consagrados y consagradas, siempre en el respeto de su vocación específica, reviste una gran importancia en el mundo de hoy”.

Por eso, como tantas otras mujeres ejemplares en la Iglesia, Santa Brígida sigue “hablándole” al corazón de las mujeres y hombres de hoy.

Brígida Birgersdotter nació en Norrtälje, Uppland (Suecia) en 1302. Fue entregada en matrimonio a Ulf Gudmarsson con solo 15 años. Tuvo ocho hijos, a quienes educó en la fe con esmero. Al quedar viuda, renunció a la posibilidad de un segundo matrimonio para dedicarse a la oración, la penitencia y las obras de caridad. Vendió sus posesiones, las entregó a la Iglesia, e ingresó -sin que mediara consagración religiosa- al monasterio cisterciense de Alvastra, en su país natal.

A esta santa y mística, el Señor le reveló un conjunto de plegarias u oraciones, así como visiones de su Pasión y mensajes que invitan al consuelo espiritual. Además, la Virgen María la instruyó a través de revelaciones particulares en temas concernientes a la unidad de la Iglesia y el Papado.

Las Revelaciones

El relato de las gracias particulares concedidas a Santa Brígida está contenido en sus Revelaciones, dictadas a sus confesores y secretarios, y que conforman una extensa obra en ocho volúmenes. En estos textos se encuentran contenidas grandes promesas para la conversión y salvación de las almas.

Asimismo, en el marco de sus experiencias místicas, la santa fue instruida por la Santísima Virgen María en la devoción a sus “Siete Dolores”. La práctica de esta devoción implica rezar siete avemarías diariamente, meditando las lágrimas y los dolores de la Madre de Dios. A quien se haga devoto, la Virgen le concederá paz y cuanto le haya sido solicitado, siempre y cuando no vaya en contra de la voluntad de Dios. Además, la Virgen le defenderá en el combate espiritual, entre otras gracias.

Por otro lado, el Señor Jesús reveló a Santa Brígida quince oraciones para ser rezadas a lo largo de un año -acompañadas también de grandes promesas-, así como el famoso conjunto de oraciones destinadas a ser rezadas a lo largo de doce años. En la basílica de San Pablo Extramuros en Roma se encuentra el crucifijo milagroso, esculpido por Pietro Cavallini (1250-1330), ante el cual la santa recibió de rodillas las oraciones que el Señor le reveló.

Patrona de Europa

Santa Brígida falleció en Roma (Italia) a los 70 años, el 23 de julio de 1373. Fue canonizada dieciocho años después de su muerte.

Su proclamación como Patrona de Europa responde a ciertas características de su ejemplar vida: habiendo pertenecido a la nobleza sueca, mostró total desapego a esta por motivaciones espirituales. Además, recorrió toda Europa, contribuyendo a afirmar las raíces católicas del Continente -hizo, por ejemplo, el camino de Compostela al lado de su esposo Ulf-, y, más tarde, ya viuda, se embarcó con sus hijos espirituales -futuros miembros de la orden que fundaría- rumbo a Tierra Santa, a donde arribó en 1371.

Después de la muerte de Ulf, Brígida se consagró por entero a la oración y al fortalecimiento, en diversos lugares, del espíritu y la letra de la vida monástica, en particular de la rama femenina. Fruto de este empeño fue la fundación de la Orden del Santísimo Salvador (Ordo Sancti Salvatoris).

Su periplo en este mundo acabó el 23 de julio de 1373, en la ciudad de Roma, mientras aguardaba el regreso del Papa Gregorio XI (diciembre de 1370-marzo de 1378), exiliado en Avignon en ese momento. Santa Brígida había mostrado previamente su desacuerdo con que los Papas residieran fuera de Roma, por lo que al mismo Gregorio XI se lo solicitó directamente mediante una misiva, en la que también criticaba los fallos y escándalos suscitados por miembros de la curia.

En 1378, se produjo la segunda y definitiva aprobación de las reglas de la Orden fundada por la santa. Sus restos, después de haber permanecido en Roma, fueron repatriados a Suecia donde permanecen hasta hoy en la abadía de Vadstena.

Si quieres saber más sobre Santa Brígida de Suecia, puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Brígida_de_Suecia.

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Fuente: Aciprensa

Hoy jueves 30 de abril celebramos a San Pio V, el Papa que organizó la defensa de Europa y la cristiandad

Hoy jueves 30 de abril celebramos a San Pio V, el Papa que organizó la defensa de Europa y la cristiandad

La victoria conseguida en Lepanto tuvo un enorme significado en el proceso de preservación de la cultura cristiana en Europa, e hizo posible el decrecimiento del área de influencia del Islam en ese Continente, que parecía condenado a ser sometido. El Papa Pio V, en agradecimiento a Dios por la victoria alcanzada, dedicó el triunfo cristiano a la Virgen del Rosario.

La mano de Dios

Antonio Ghislieri -nombre de pila de San Pío V- nació en Bosco (Italia) en 1504. De niño fue cuidador de ovejas y ayudante de las labores del campo. En la adolescencia conoció a una generosa familia que decidió financiar sus estudios en gesto de agradecimiento, una vez que se percataron de que el hijo más rebelde y holgazán había empezado a comportarse mejor desde que entabló amistad con el santo.

Gracias a ese apoyo económico, Antonio pudo estudiar con los dominicos y descubrir más adelante su vocación religiosa. Ya más maduro, pidió ser recibido en la Orden de Predicadores, con quienes había iniciado su formación escolar. Los dominicos tuvieron a bien recibirlo y Antonio fue integrándose con alegría y naturalidad a la vida conventual. Con el correr del tiempo asumiría diferentes puestos de servicio y responsabilidades dentro de la Orden, hasta que un día, el Pontífice en persona lo convocó y lo ordenó obispo y, posteriormente, lo nombró inquisidor y comisario eclesiástico.

Rectitud de mente, rectitud de corazón

A la muerte del Papa Pío IV, San Carlos Borromeo (1538-1584) sugirió el nombre de Antonio Ghislieri como “papable” a muchos de los cardenales electores, presentándolo como el hombre más apropiado para asumir la Sede de Pedro. El cónclave votó a su favor, razón por la cual, el hasta ese momento, monseñor Ghislieri se convirtió en el nuevo Papa, tomando el nombre de ‘Pío V’.

Pastor cuidadoso y amable

Desde el inicio de su pontificado, San Pío V dio muestras de su vocación de servicio a los más pobres. Pidió que no se realicen más banquetes en su honor y que el dinero ahorrado se use para ayudar a los mendigos de Roma. Por otro lado, el nuevo Papa se empeñó en dar muestras de cercanía al pueblo católico.

Gustaba de caminar por las calles de la ciudad sin mayor ostentación, conversando con la gente que encontraba en el camino, visitando barrios y calles. En una oportunidad, se encontró con su viejo amigo de la infancia -el de la familia que pagó sus estudios- y, advertido de su buena fe y disposición, lo nombró gobernador del cuartel pontificio. Antonio -el caballero tenía su mismo nombre- era un hombre honesto e inteligente, y el pueblo lo sabía muy bien. Así que el nombramiento como gobernador fue una suerte de gesto de reciprocidad o gratitud, muy del agrado de la gente, pues evidenciaba la humildad del Papa que carecía de la necesidad de ocultar sus humildes orígenes. Así Pío V conquistó el corazón del pueblo para siempre.

El Papa tenía una devoción profunda a la Eucaristía y al rezo del Santo Rosario, su oración favorita, la que consideraba la expresión más patente de piedad filial a la Madre de Dios. El Pontífice, desde la Cátedra de Pedro, se encargó de impulsar ambas devociones entre los fieles. Por otro lado, ordenó que los obispos y párrocos residan efectivamente en los territorios o diócesis que se les encargaba, ya que muchos descuidaban sus responsabilidades espirituales por comodidad o interés.Bajo su gobierno, también, fueron publicados un nuevo misal, una nueva edición de la Liturgia de las Horas, así como un nuevo catecismo.

San Pío V fue quien nombró Doctor de la Iglesia a Santo Tomas de Aquino en 1567, y quien impulsó con ahínco el espíritu de la Contrarreforma.

Centralidad de la liturgia

El Misal de San Pío V contiene el rito en latín que puede celebrarse actualmente de manera universal por los sacerdotes que así lo deseen. Fue a través del decreto pontificio del 7 de julio de 2007 -promulgado en forma de motu proprio «Summorum Pontificum» [De los Sumos Pontífices] por el Papa Benedicto XVI- que se autorizó de forma explícita la potestad de celebrar la liturgia tradicional (el antiguo ordinario). El misal de San Pio V había sido el preponderante en la liturgia de la Iglesia Católica hasta 1962, cuando fue reemplazado por el “Novus Ordo” [Nuevo Ordinario], aprobado como parte de la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II.

Lepanto, momento crítico

Durante el pontificado de San Pío V, el expansionismo musulman amenazaba con extenderse más en Europa, mucho más allá de la península hispánica y, con eso, acabar con la religión católica -deseo que se coreaba sin reparo alguno-. Desde Turquía salieron cientos de miles de guerreros rumbo a Europa occidental y central. Los invasores arrasaron con todo a su paso: pueblos, iglesias, monasterios y cualquier vestigio que fuese expresión católica. Hubo entre ellos guerreros que anunciaban que la Basílica de San Pedro se convertiría en la pesebrera de sus caballos. Era tal el temor generado en el Viejo Continente, gracias a la crueldad de los ejércitos islámicos, que ninguna nación quería enfrentarlos.

Entonces, el Papa Pio V buscó la ayuda de todas las casas y coronas europeas logrando organizar una armada naval y un ejército sin precedentes. Él, en persona, dio su bendición a todos los valientes que zarparon en defensa de la civilización cristiana. Pio V también pidió que todo soldado se confiese y comulgue antes de la batalla; y que todos participen de la Santa Misa. Mientras tanto, ordenaba que quienes se habían quedado en las ciudades como Roma, recen asiduamente el Rosario por los ejércitos defensores de la fe.

El encuentro entre las fuerzas más numerosas se produjo el 7 de octubre de 1571, en el golfo de Lepanto, cerca de Grecia. Los jefes cristianos habían ordenado que los soldados rezaran el Santo Rosario antes de la batalla y así se hizo. Aún siendo los musulmanes superiores en número de milicianos y embarcaciones, se encontraron con una armada católica fortalecida en el espíritu.

Cuando empezó el combate, el viento estuvo en contra de las fuerzas europeas hasta que de un momento a otro cambió de dirección, entonces los barcos cristianos se lanzaron al ataque, obligando a los musulmanes a huir.

“Hemos conseguido la victoria”

Esa tarde, San Pío V, sin haber recibido aún noticias oficiales de lo sucedido, se asomó por la ventana y dijo a los cardenales: «Dediquémonos a darle gracias a Dios y a la Virgen Santísima, porque hemos conseguido la victoria».

El Papa como agradecimiento mandó que cada 7 de octubre se celebre la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, y que en las letanías se incluya la siguiente petición: «María, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros», letanía que siglos después sería el emblema espiritual de otro santo italiano: San Juan Bosco.

San Pio V partió a la Casa del Padre el 1 de mayo de 1572, a los 68 años.

Si quieres saber más sobre San Pio V, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Papa_San_Pío_V.

 

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Fuente: Aciprensa

Hoy 29 de abril celebramos a Santa Catalina de Siena, la mujer que se convirtió en protectora de los Papas

Hoy 29 de abril celebramos a Santa Catalina de Siena, la mujer que se convirtió en protectora de los Papas

Catalina fue una mujer extraordinaria en todo sentido, poseedora de una sencillez única, que combinó muy bien con su fuerza espiritual: siendo integrante de la Tercera Orden de Santo Domingo, se convirtió en la gran defensora del papado en tiempos críticos para la Iglesia.

Fue proclamada en 1999 ‘Copatrona de Europa’ por el Papa San Juan Pablo II. Ostenta dicho patronazgo junto a San Benito de Nursia, San Cirilo y San Metodio; Santa Brígida de Suecia y Santa Teresa Benedicta de la Cruz.

Hacer del mundo un lugar cálido y luminoso

Alguna vez Catalina escribió: “Si somos lo que debemos ser, prenderemos fuego al mundo entero”; palabras que encierran un profundo significado y cuyos ecos resuenan hoy más que nunca. Catalina estaba convencida del llamado que Dios hace a cada uno, para el que hemos y seremos provistos adecuadamente por su gracia y misericordia.

Si cada cual -pensaba la santa- hace con su vida aquello que Dios espera, el mundo habrá de transformarse: se “encenderá” de amor y dejará de ser un lugar frío y abandonado. Habrá de convertirse en un lugar acogedor y luminoso, anticipo del Reino de Dios.

“Encender el mundo”, además de ser una frase que identifica a Catalina, es una expresión que evoca, de manera particular, el papel de las mujeres hoy y siempre, en conexión con aquello que San Juan Pablo II denominaba el “genio femenino”; es decir, el llamado de Dios a que sea la feminidad, entendida dentro del plan divino, la llamada a aportar la cuota de humanidad que resulta decisiva para la Iglesia y la sociedad en general.

Catalina Benincasa -nombre de pila de la santa- nació en Siena (Italia) en 1347. Sus padres fueron personas de intensa piedad, lo que favoreció que ella creciera desarrollando una relación personal, íntima, con Dios. El calor de la vida familiar significó para Catalina el primer encuentro con ese “calor” con el que el Señor enciende los corazones y los llama a vivir la caridad.

Catalina gustaba mucho de la oración y de aprender cada día algo nuevo sobre las cosas de Dios. Con solo siete años, pero con un entendimiento iluminado por el Espíritu, prometía a Cristo permanecer virgen toda la vida. La pequeña niña sabía bien lo que quería: vivir solo para Él. No obstante, años más tarde, sus padres intentaron comprometerla en matrimonio. Sin embargo, ella se resistió, como era de esperar. No deseaba otra cosa que mantener la promesa hecha, pues, además, había entendido que Dios la quería para una misión distinta y de inmensa importancia.

Su compromiso con Jesús era, además, un compromiso con los padecen. La santa fue aprendiendo a ver en cada ser humano sufriente el rostro de Cristo mismo, a quien quería entregarse por entero. Esa generosidad de Catalina impactó en muchas personas de su entorno, animándolos a que se pongan también al servicio de los demás.

Matrimonio místico

A los 18 años, Catalina recibió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo. Asumió, con ello, la tarea de encarnar la espiritualidad dominica en la vida secular. En ese esfuerzo, Catalina sufrió numerosas dificultades y tentaciones. Los ataques del demonio para que abandonara su propósito arreciaron, y no pocas veces fueron causa de dolor, angustia y confusión. Afortunadamente Catalina se sabía frágil, necesitada y dependiente de Jesús, por lo que pudo aprender a reconocer que toda fortaleza en última instancia viene de lo alto.

En 1366, la santa experimentó el llamado “matrimonio místico” con Cristo. La joven estaba en su habitación orando cuando vio frente a sí al Señor Jesús acompañado de su Madre y un cortejo celestial. La Virgen María tomó la mano de Catalina y la juntó a la de su Hijo, quien le puso un anillo, haciéndola “su esposa”. Luego el Señor le prometió que estaría bajo su cuidado y protección por el resto de sus días, pues el camino que le tocaba vivir era el de la cruz.

Los años pasaron y llegaron tiempos muy duros. Brotó en Europa una gran peste y miles murieron.

La santa se mantuvo en todo momento al lado de los enfermos, la mayoría de veces -dadas las trágicas circunstancias- limitándose a prepararlos para la muerte, asunto en sí mismo más que encomiable.

En esos días aciagos, Catalina no mezquinó nada a Dios, incluso cuando alguno entre los que atendía la ofendía o trataba mal. La paciencia y dulzura de la joven lograron derribar muchas murallas -de esas que aíslan los corazones-, de manera que Cristo pudo ingresar en ellos y dar su salvación, y, en ocasiones milagrosas, también devolver la salud física.

Protectora del Papa

Muchos otros retos tuvo que enfrentar Santa Catalina en su vida. Poseedora del don de reconciliar incluso a los peores enemigos -sea a fuerza de persuasión, sea a fuerza de oración, o de la combinación de ambas-, fue capaz de reconocer antes que nada la dignidad de quien tenía enfrente y tocar su corazón. Por eso, Dios le encomendó una tarea que la convertiría en una de las mujeres más célebres de la historia.

Esa misión se desarrolló durante el denominado ‘periodo de los Papas de Avignon’ (Francia), entre 1309 y 1377. Su virtud y santidad la llevaron a convertirse en protectora de la Sede de Pedro. Aquellos fueron tiempos en los que los Pontífices renuncian a gobernar desde Roma por miedo a presiones externas. Y fue en esas circunstancias donde Catalina, respetada por vida ejemplar, devolvió orden a la Iglesia: allí cuando el Papa titubeaba por miedo a las conspiraciones políticas o a los juegos de poder, la voz de la santa se alzaba siempre para “encenderlo todo”. Así, Santa Catalina trabajó incansablemente por años y años, procurando la unidad de la Iglesia en momentos en los que la posibilidad de un nuevo cisma asolaba al Cuerpo Místico de Cristo.

Avignon y la amenaza de un nuevo cisma

El Papa Gregorio XI hizo una promesa en secreto a Dios de que abandonaría Avignon y  regresaría a Roma. Sin embargo, las dudas y temores enfriaron su corazón. Al recurrir a Catalina en busca de consejo, recibió de ella una dura llamada de atención, en el instante mismo en que lo vio: “Cumpla con su promesa hecha a Dios”, le reprochó la santa. El Papa quedó completamente sorprendido, porque no le había dicho nada a nadie sobre lo que pensaba hacer.

Gracias a Dios, el Santo Padre, asistido por la fuerza arrolladora de Catalina, llegó a cumplir su promesa y volvió a la Ciudad Eterna.

Posteriormente, a la muerte de Gregorio XI, sería elegido Papa Urbano VI (1378-1389). De repente, los cardenales más prestigiosos se distanciaron de él y declararon nula su elección, y forzaron un nuevo proceso en el que fue elegido otro pontífice, el Papa Clemente VII, en calidad de reemplazo. El procedimiento para elegirlo estuvo lleno de vicios y atropellos, de manera que las cosas tomaron un curso imprevisto, mucho más grave. Clemente VII, para alejarse de la curia romana, decidió residir en Avignon, consumándose el periodo conocido como el ‘Cisma de Occidente’. Santa Catalina envió cartas a los cardenales expresando su rechazo a la manera como habían procedido y los llamó al orden, para que reconocieran al auténtico Pontífice, Urbano VI.

La santa también escribió a Urbano VI exhortándolo a llevar con temple y gozo las dificultades inherentes al gobierno de la Iglesia. Luego visitaría Roma, a pedido del Papa, quien siguió cada una de sus instrucciones. La santa envió misivas a los reyes de Francia y Hungría para que dejaran de conspirar y apoyar el cisma. Catalina sin proponérselo se había convertido en la gran defensora del papado.

Legado para el mundo de hoy: mística y espiritualidad

Otra famosa visión tuvo lugar en la vida de Santa Catalina de Siena. Jesús, de pie frente a ella, le mostró dos coronas, una de oro y otra de espinas, para que escoja. Ella le dijo: «Yo deseo, oh Señor, vivir aquí siempre conforme a tu pasión, y encontrar en el dolor y en el sufrimiento mi reposo y deleite». Luego tomó la corona de espinas y se la puso sobre la cabeza. Esa habría de ser la confirmación final de que su camino siempre fue el de la cruz.

Catalina murió súbitamente el 29 de abril de 1380 en Roma, con tan solo 33 años.

El Papa Pablo VI nombró a Santa Catalina de Siena ‘Doctora de la Iglesia’ en 1970 y fue proclamada ‘Copatrona de Europa’ por el Papa Juan Pablo II en 1999.

San Juan Pablo II, con motivo del VI centenario de la muerte de la santa (1980), escribió: «Aunque era hija de artesanos y analfabeta por no haber tenido estudios ni instrucción, comprendió, sin embargo, las necesidades del mundo de su tiempo con tal inteligencia que superó con mucho los límites del lugar donde vivía, hasta el punto de extender su acción hacia toda la sociedad de los hombres; no había ya modo de detener su valentía, ni su ansia por la salvación de las almas».

¡Santa Catalina de Siena, ruega por el Papa y los obispos, para que sean siempre fieles a las mociones del Espíritu Santo!

Si quieres conocer más sobre Santa catalina de SIena, te recomendamos leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Catalina_de_Siena.

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