En Rosario de Lerma, a metros de la capital salteña, el músico armó mucho más que una casa: una finca donde conviven el folclore, los caballos, una bodega artesanal y el silencio que su vida pública casi nunca le permite.
Buenos Aires viernes 24 julio (PR/26)–El Chaqueño Palavecino decidió hace tiempo darle la espalda al ruido de la ciudad. Eligió instalarse en una imponente finca en Rosario de Lerma, a pocos kilómetros de la capital de Salta.
Allí, en un terreno que se extiende por varias manzanas, construyó un lugar que mezcla la vida de campo con las comodidades de una residencia de alto nivel. Un refugio pensado, literalmente, a su medida.
Una casa que también es un lugar de trabajo
Nada en esta propiedad parece casual. Cada rincón responde a una idea muy clara: unir su carrera profesional con sus raíces, todo dentro de un entorno que él mismo controla.

El folclore se respira en cada detalle, desde el quincho de cemento y madera hasta los establos donde descansan sus caballos y llamas, verdaderos protagonistas de la vida diaria en el campo.
Una bodega propia y el museo de los afectos
Dentro del predio funciona «El Patio del Chaqueño», un restaurante privado donde se sirven platos regionales acompañados de música en vivo, en un clima íntimo y familiar.
Al lado, una bodega artesanal guarda producciones propias y vinos locales, un gesto que refuerza su vínculo con la tierra salteña y con quienes trabajan la vid en la región.

Todo obedece a una misma lógica: reunir en un solo lugar el estudio de grabación, la gastronomía y la producción de vino para poder crear y recibir a sus afectos sin resignar la privacidad que su exposición pública le exige. Un microclima pensado para no depender de nada externo.
La casa también funciona como un museo personal que guarda los testimonios de toda su trayectoria. En las paredes conviven fotos de su carrera con objetos de gran valor simbólico, como camisetas firmadas por el Flaco Schiavi y por Diego Maradona.
Huerta, naturaleza y tiempo en familia
El contacto con la tierra marca el ritmo de sus días. El cantante cultiva su propia huerta orgánica, con papas, tomates, ajos y zapallos para consumo de la casa.
El predio también tiene espacios pensados para el disfrute en familia, como una pileta y juegos infantiles, lo que convierte a la finca en un punto de encuentro para varias generaciones.

Lejos de las mansiones urbanas tradicionales, esta casa apuesta a la amplitud: caminatas, paseos en bicicleta y vegetación autóctona. El estudio de grabación convive con la rutina del campo, en un lugar donde el trabajo y el descanso ocurren, literalmente, bajo el mismo cielo salteño.

















