Hoy recordamos a San Pascual Bailón, el santo protector de todos aquellos que trabajan en la cocina

Hoy recordamos a San Pascual Bailón, el santo protector de todos aquellos que trabajan en la cocina

 

Buenos Aires, domingo 17 mayo (PR/26) — Cada 17 de mayo la Iglesia celebra a San Pascual Bailón, fraile franciscano del siglo XVI que destacó por su inmenso amor a Jesús Eucaristía, alimento del alma. Fue tan grande ese amor y tal la dedicación que Pascual le tuvo a Cristo sacramentado -a cuya contemplación consagraba largas horas- que el Papa León XIII, el 28 de noviembre de 1897, lo declaró “Patrono de los Congresos Eucarísticos y de las asociaciones eucarísticas”.

 

Tiempos recios

Aunque el buen Pascual apenas sabía leer y escribir, fue capaz de expresarse con gran elocuencia en torno a la presencia de Jesús en la Eucaristía. Esto ha de ser subrayado doblemente, puesto que sus tiempos fueron los de la expansión de las ideas de la Reforma Protestante.

El Protestantismo, queriendo liberar el espíritu humano de supuestas cargas innecesarias, impuestas por hombres, se dejó seducir por la ola de escepticismo que brotó a causa de la infidelidad de muchos, pero que no tenía por qué acabar con el misterio que Cristo confió a la Iglesia que Él mismo fundó. Lamentablemente, la Reforma Protestante arrasó con dones preciadísimos, indispensables para la salvación, como los relacionados a los sacramentos, empezando por la Eucaristía y la Presencia Real del Señor en las formas de pan y vino.

 

Dios se muestra a los más pequeños y sencillos

 

En lo que a Pascual respecta, siendo solo un hermano lego, confirmó a sus hermanos en la fe, enseñándoles cómo al negarse el milagro de la Eucaristía se imponen graves distorsiones a la comprensión del amor divino. Dios le regaló a Pascual eso que se conoce como “ciencia infusa”, es decir, la adquisición de un vasto conocimiento teológico por acción del Espíritu, sin que haya habido mayores estudios previos.

La Pascua del Espíritu Santo

Pascual Bailón nació en Torrehermosa en el reino de Aragón (España), el 24 de mayo de 1540. El día de su nacimiento coincidió con la fiesta de Pentecostés, llamada en España «la Pascua del Espíritu Santo”, por lo que recibió el nombre “Pascual”.

Debido a su poca instrucción, le fueron asignados oficios muy sencillos: portero, cocinero, mandadero y barrendero.

Su tiempo libre lo dedicaba a la adoración Eucarística, puesto siempre de rodillas con los brazos en cruz. Por las noches regresaba a la capilla y pasaba unas horas más ante el Santísimo Sacramento, luego dormía un rato para después levantarse y continuar su adoración de madrugada, antes de integrarse a las labores cotidianas con sus hermanos.

 

El milagro de la “Ermita de la Aparición”

 

En la pedanía de Orito, Monforte del Cid (España), se encuentra la «Ermita de la Aparición». En ese lugar, que puede ser visitado hoy, San Pascual tuvo una visión de Jesucristo presente en la Eucaristía.

Este hecho fue tremendamente significativo para la vida del santo. Aquel encuentro con el Señor sacramentado, de manera personalísima, le infundió un deseo inmenso por orientar a otros hacia las alturas del espíritu, ahí donde todo el amor de Dios se concentra en el sencillo Pan, alimento de vida eterna.

Este hecho sirvió para que la Iglesia nombrara a Pascual “patrón de los congresos eucarísticos”.

 

Apóstol de la Eucaristía

 

Alguna vez se le confió llevar un mensaje -una carta oficial- al general de la Orden franciscana, que se encontraba en ese momento en París (Francia). Pascual usó aquel viaje como una oportunidad para anunciar el Evangelio y compartir la alegría que llenaba su corazón.

Dijo de él el Papa León XIII: “Abiertamente profesó la verdad de la Eucaristía entre los herejes y, por ello, tuvo que pasar por graves pruebas” (Breve apostólico Providentissimus del Papa León XIII). Muchos, a través de San Pascual, se convirtieron y se acercaron a Dios.

San Pascual Bailón falleció el 15 de mayo de 1592, Domingo de Pentecostés. Abundantes fueron los testimonios de los milagros que se obraron después de su muerte, gracias a su intercesión.

El santo franciscano fue beatificado el 29 de octubre de 1618 por el Papa Pablo V, y canonizado el 16 de octubre de 1690 por el Papa Alejandro VIII.

Su culto floreció sobre todo en su tierra natal (la región alicantina de Orito, Monforte del Cid), pero también en Elche, Alicante, Novelda, Aspe, Crevillente, la Vega Baja y el pueblo de Villarreal; y en el sur de Italia. También se difundió ampliamente en el resto de España y América del Sur.

 

La cocina de San Pascual

 

Un dato curioso, relacionado con América, ha hecho de San Pascual el “patrono de la cocina”.

En tiempos del virreinato de Nueva España (los territorios del Nuevo Continente anexados a la Corona, hoy México) se difundió una hermosa tradición. Las cocineras de la época solían encomendarse a San Pascual como el “santo protector de los fogones y de los accidentes en las cocinas”.

La cultura popular perennizó la costumbre de mencionarlo en frases o refranes, al modo de oraciones como esta: “San Pascual Baylón, báilame en este fogón. Tú me das la sazón, y yo te dedicó un danzón”. Hoy, en algunos lugares se sigue ofreciendo el premio ‘San Pascual Bailón’ a los mejores cocineros.

Si deseas conocer más sobre este amable santo de la cocina, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Pascual_Bailón.

Más información:
Hoy se celebra a San Nicolás, patrono de los niños y ejemplo de generosidad

Hoy se celebra a San Nicolás, patrono de los niños y ejemplo de generosidad

A su patronazgo sobre la niñez, hay que sumarle -por razones históricas y culturales- el patronazgo de países como Rusia, Grecia y Turquía.

La “leyenda”

 

Lo primero que hay que señalar sobre este querido santo -se dice que más de dos mil templos llevan su nombre alrededor del mundo- es que fue un personaje histórico, real, cuya existencia está suficientemente documentada.

No obstante, su vida ha quedado, para bien o para mal, envuelta en cierto manto de leyenda. San Nicolás de Bari ha servido de inspiración para la popular figura de ‘Papá Noel’, ‘Santa Claus’ o ‘San Nicolás’, personaje legendario que lleva regalos a los niños del mundo la noche de Navidad.

Dicha inspiración descansa, probablemente, en el conocido desprendimiento del santo -gustaba de hacer regalos- y su preocupación por el bienestar de los más frágiles, entre los que siempre estaban los niños. Su amable actitud y el hecho que su fiesta se celebre en Adviento parecen haber hecho “el resto del trabajo”. El obispo es un símbolo de la Navidad.

San Nicolás animaba e invitaba a su grey a la generosidad; la tradición señala que solía decir: “Sería un pecado no repartir mucho, siendo que Dios nos da tanto”.

San Nicolás de Bari nació en Licia, antigua provincia del Imperio romano ubicada en el actual territorio de Turquía, alrededor del año 270. Sus padres eran cristianos y participaban activamente de la vida de la Iglesia. Ambos solían ayudar a enfermos y menesterosos. Lamentablemente, durante una epidemia se contagiaron y murieron dejando a Nicolás en la orfandad, aunque amparado por cierta fortuna.

Al descubrir el llamado de Dios a consagrar su vida, el santo repartió sus bienes entre los pobres y pidió ser admitido en un monasterio. Años después sería ordenado sacerdote. Como tal, inició un viaje de peregrinación a Egipto y Palestina con el propósito de recorrer las tierras por donde vivió el Señor.

Bajo el espectro de la persecución

Muy pronto las circunstancias dieron un giro dramático cuando se desató una nueva persecución contra los cristianos. Nicolás, que ya había mostrado gran diligencia en el cuidado de las almas, terminaría apresado. El buen obispo permaneció en cautiverio por largo tiempo, hasta que la reforma del emperador Constantino entró en vigencia en Myra.

«Gracias a las enseñanzas de Nicolás, la metrópolis de Myra fue la única que no se contaminó con la herejía arriana la cual rechazó firmemente, como si fuese un veneno mortal», escribió haciendo referencia a él San Metodio (815-885), arzobispo de Constantinopla.

Lamentablemente el arrianismo se había hecho muy popular y constituía un peligro para la enseñanza de las verdades elementales de la fe, pues suponía la negación de la divinidad de Jesucristo.

Defensor de la justicia: los tres soldados

Defensor de las causas justas, alguna vez, Nicolás salvó a tres jóvenes soldados de ser ejecutados, víctimas de una falsa acusación. Los cargos habían sido presentados bajo soborno, pagado por el gobernador Eustacio. Estando los tres oficiales prontos a morir, pidieron que Dios los ayude y solicitaron la mediación del Obispo Nicolás, a quien consideraban hombre compasivo y de gran autoridad.

Patrono de los marineros y viajeros

San Nicolás es patrono de los marineros. Cuenta la tradición que unos navegantes viéndose perdidos en el furioso mar empezaron a clamar: “Oh Dios, por las oraciones de nuestro buen Obispo Nicolás, sálvanos”. En ese momento -sigue el relato- el santo apareció sobre el barco, bendijo el mar y este se calmó. Luego el obispo desapareció.

De acuerdo a otra antigua tradición de Oriente, los navegantes que surcan el mar Egeo y el Jónico se orientan con una estrella llamada “Estrella de San Nicolás”; y se desean buen viaje diciendo: “Que San Nicolás lleve tu timón”.

Existe también una historia sobre tres niños que fueron asesinados y sus cuerpos arrojados en un depósito de sal. Por la oración de San Nicolás, los infantes volvieron a la vida. Debido a esto, Nicolás es patrono de los niños, y suele ser representado con tres infantes al costado.

Finalmente, la tradición da cuenta de que en la Diócesis de Myra había un hombre abatido por la pobreza que decidió prostituir a sus tres hijas vírgenes. San Nicolás, buscando evitar que esto sucediera, trepó por el techo de la casa de aquel hombre amparándose en la oscuridad de la noche y arrojó por la chimenea una bolsa con tres monedas de oro. Con ese dinero el santo salvó a las doncellas de la perdición.

De Myra a Bari

San Nicolás murió un 6 de diciembre, no se sabe con seguridad si del año 345 o 352.

En el siglo VI, el emperador Justiniano construyó una iglesia en Constantinopla en su honor, y su devoción se hizo popular en todo el mundo cristiano.

En 1087 sus restos fueron rescatados de Myra, que había caído en poder de los musulmanes, y llevados a Bari, en la costa adriática de Italia. Por esta razón es llamado tanto “San Nicolás de Myra” como “San Nicolás de Bari”. En la iglesia de esta ciudad italiana reposan sus restos hasta hoy.

Los habitantes de Bari rezan lo siguiente: «El venerable cuerpo del obispo, embalsamado en el aceite de la virtud, sudaba una suave mirra que le preservaba de la corrupción y curaba a los enfermos, para gloria de aquél que había glorificado a Jesucristo, nuestro verdadero Dios». Ese aceite que brotó de los restos del santo es conocido como el “Manna di S. Nicola” (el maná de San Nicolás).

Si deseas conocer más sobre las historias de San Nicolás o sobre sus patronazgos, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Nicol%C3%A1s_de_Bari,_San_-_Leyendas_e_iconograf%C3%ADa.

En este enlace encontrarás más información sobre su vida:  https://ec.aciprensa.com/wiki/Nicol%C3%A1s_de_Bari,_San.

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Fuente: Aci Prensa

Hoy celebramos a San Carlos de Foucauld, quien dejó todo por la aventura de seguir a Cristo

Hoy celebramos a San Carlos de Foucauld, quien dejó todo por la aventura de seguir a Cristo

Foucauld ha sido el inspirador de numerosos movimientos y corrientes espirituales contemporáneas, entre otras razones, gracias a su ejemplo de tenacidad en esa dimensión que nadie debería rehuir: el de la búsqueda interior. Y como si esto fuera poco, Foucauld también hizo de su vida un provocador testimonio de lo que es el desprendimiento de las seguridades que ofrece el mundo.

Un místico en los tiempos modernos

 

Ante todo, Foucauld buscó seguir las huellas de Cristo. Lo hizo precisamente en un momento de la historia en el que la sociedad empezaba no solo a construirse sin Dios, sino contra Dios. Prueba de ello fue su itinerario personal: habiendo crecido rodeado de la nobleza francesa, se convirtió en militar y aventurero, y, tras encontrarse con Dios, abandonó todo para vivir para Él. Así, “Charles” (Carlos) de Foucauld se convirtió en un místico de los tiempos modernos.

“La fe es incompatible con el orgullo, con la vanagloria, con el deseo de la estima de los hombres. Para creer, es necesario humillarse”, escribió alguna vez este santo, dejando en claro cuál fue el norte de su existencia.

Un corazón insatisfecho

Ingresó al servicio militar en 1876, pero fue dado de baja por mala conducta unos años más tarde, mientras se encontraba en Argelia. Sin embargo, volvió a integrarse al ejército a causa de una revuelta en el país africano. Cuando todo acabó, renunció definitivamente a la milicia y en 1882 dio inicio a una expedición por Marruecos. Convertido en explorador, empezó a aprender árabe y hebreo.

Durante su travesía se hizo pasar por judío para facilitarse algunos favores, mientras se dedicaba a registrar el paisaje marroquí, tanto en su humanidad como en su geografía. El exmilitar francés recorrió inhóspitos lugares de Argelia y Túnez, y describió culturas y costumbres. En virtud de este singular esfuerzo, Foucauld recibió la medalla de oro de la Sociedad Francesa de Geografía.

Un largo viaje interior

En 1886, Foucauld tuvo una experiencia profunda de conversión. Todo empezó cuando se percató de la entrega y el fervor con el que vivían su fe los musulmanes. Los ojos se le abrieron en tierras que no eran las suyas, pero donde, al igual que en su patria, había un Dios a quien reverenciar. Para Carlos la religión siempre había estado en la periferia de su vida, alejada de sus intereses; de plano esta siempre le había parecido repulsiva, así como la sola idea de un Dios creador.

Con la ayuda de un sacerdote, el Padre Huvelin, Carlos empezó a conocer la verdadera esencia del cristianismo y a darse cuenta de que su vida carecía de lo que más anhelaba. Abriendo su corazón al Señor, hizo una sincera confesión de vida al sacerdote y optó por un estilo de vida más austero y comprometido.

Después de peregrinar a Tierra Santa con la intención de andar por los caminos por los que caminó Jesús, Foucauld ingresó al monasterio Notre Dames-des-Neiges para ser monje trapense; allí tomó el nombre de Marie-Alberic. Posteriormente fue enviado al Monasterio de Akbes en Siria y luego se instaló en Roma, donde empezó a estudiar. Sin embargo, decidió dejar la Trapa, ya que los pueblos del norte de África, con los que había vivido, estaban constantemente en sus pensamientos y deseaba hacer algo por ellos.

Finalmente volvió como peregrino a Tierra Santa -donde permaneció unos años- para luego retornar a Francia. Tras retomar los estudios de teología, fue ordenado sacerdote en 1901.

Espiritualidad del desierto

La tarea de misionero la llevó a cabo con especial dedicación entre los llamados Tuaregs. Escribió varios libros sobre ese pueblo y tradujo los Evangelios a su lengua. También incursionó en la lexicografía, redactando el primer diccionario tuareg-francés. El buen Charles se estableció en el corazón del desierto del Sahara, en Tamanrasset (Hoggar, Argelia), abrazando el estilo de vida eremita y la mística.

En 1909 fundó la Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón, teniendo como principal objetivo la evangelización de las colonias francesas de África. Sin embargo, nadie perseveró en el proyecto y se quedó prácticamente solo. Entonces, los bereberes, etnia del norte de África, se convirtieron en su nueva familia, en su nuevo mundo. Muchos de ellos reconocían en Charles a un verdadero amigo, y gracias a él cambiaron mucho su punto de vista sobre los franceses y los extranjeros.

“Despojado de todo”

“Creo necesario morir como mártir, despojado de todo, tendido en el suelo, desnudo, cubierto de heridas y de sangre, de forma violenta y con una muerte dolorosa”, había escrito el santo, con extraordinaria dureza, prefigurando sin saber lo que sería su final.

Diez congregaciones religiosas y ocho asociaciones espirituales han sido inspiradas por el testimonio y carisma de Foucauld.

Carlos de Foucauld fue beatificado por el Papa Benedicto XVI en el año 2005. Su canonización es bastante reciente, data del 15 de mayo de este 2022. El Papa Francisco lo canonizó junto a un numeroso grupo de beatos entre los que se encontraba Titus Brandsma, santo neerlandés que luchó contra el nazismo, y Devasahayam Pillai, conocido como “Lázaro”, converso del hinduismo.

Oración de abandono: https://www.aciprensa.com/recursos/oracion-de-abandono-del-beato-carlos-de-foucauld-3800.

 

Primicias Rurales

Fuente: Aci Prensa

Hoy se celebra a Santa Catalina Labouré, vidente de la Medalla Milagrosa

Hoy se celebra a Santa Catalina Labouré, vidente de la Medalla Milagrosa

Buenos Aires, viernes 28 noviembre (PR/25) — Hoy la Iglesia celebra la memoria y accionar de Santa Catalina Labouré, vidente de la Virgen María a quién le dio la Medalla Milagrosa. La religiosa nació en Fain-lès-Moutiers (Francia) el 2 de mayo de 1806, en el seno de una familia campesina.
A los nueve años perdió a su madre, sin embargo, lejos de sumirse en el desconsuelo, Catalina se aferró a la Madre del cielo, la Virgen María, y en Ella encontró la fuerza y el alivio necesarios para afrontar su inesperada orfandad
La Madre de Dios empezó, entonces, a llenar el terrible vacío que había quedado en el corazón de la niña: era como si Catalina andase todos los días de la mano de María, de aquí para allá, mientras Ella, la Virgen, le hacía sentir su dulce compañía.

Así, de manera muy natural, un día la pequeña Catalina le hizo una petición a la Virgen: “¡Sé mi madre!”.

Las gracias y favores de Dios

No mucho tiempo después, la hermana mayor de Catalina sería admitida como religiosa vicentina y, en casa, todas las responsabilidades recayeron sobre los hombros de la pequeña. Ayudar a su familia fue una tarea difícil y exigente que le acarreó, como a muchísimas niñas de su época y condición social, la imposibilidad de aprender a leer y escribir.

Con el tiempo, Dios también tocó el corazón de Catalina, lo que produjo que ella fuera abriéndose a nuevos horizontes espirituales. “Quizás -pensó la jovencita- Dios me llama a la vida religiosa”. Lamentablemente, tales consideraciones no fueron del agrado de su padre. Por eso, Catalina empezaría a pedir al Señor con insistencia que le concediera la gracia de tener en claro cuál debía ser su camino.

Una vocación, un sueño

En aquellos días de incertidumbre, Catalina tuvo un sueño que la marcaría para siempre. En él vio a un sacerdote anciano que se paró frente a ella y le dijo: “Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos”.

Catalina no le daría demasiada importancia en ese momento a aquel sueño, y la etapa consecutiva de su vida permaneció más o menos igual hasta que cumplió los 24 años. Una mañana decidió ir a visitar a su hermana al convento donde esta vivía. Adentro, mientras paseaba por uno de los pasadizos del recinto, vio un cuadro de San Vicente de Paúl que le llamó la atención y se quedó observando.

Tras unos segundos, quedó ensimismada, contemplando la imagen del santo. De pronto,  Catalina se dio cuenta de que él, el del retrato, era el sacerdote que se le había presentado en sueños. Lo que había soñado no podía ser una simple casualidad, definitivamente no. Era Dios que la estaba llamando de nuevo: “Me ayudarás a cuidar enfermos”.

Para que crezca el amor, más y más…

Una vez admitida en la Orden, Catalina fue enviada a la casa vicentina de París. Allí se ocupó de los oficios más humildes y se puso al cuidado de los ancianos de la enfermería. Nunca descuidó aquel amor a la Virgen que había conocido de niña, pero ahora la vida religiosa le estaba dando la oportunidad de fortalecer y madurar ese amor en el servicio a los que sufren enfermedad.

La Hermana Catalina veía cómo su Madre del cielo la había preparado para consagrarse, y cómo la seguía educando para una entrega mayor. Y así fue. El 27 de noviembre de 1830, la Virgen María se le apareció a Catalina mientras rezaba en la capilla del convento, y le pidió algo sorprendente: que acuñe una medalla dedicada a Ella, Reina del cielo y la tierra. Esta sería para protección de quienes la porten, y Dios concedería gracias y milagros a quienes acudan a su intercesión.

«Dios quiere confiarte una misión; te costará trabajo, pero lo vencerás pensando que lo haces para la gloria de Dios. Tú conocerás cuán bueno es Dios. Tendrás que sufrir hasta que se lo digas a tu director. No te faltarán contradicciones mas te asistirá la gracia; no temas. Háblale a tu director con confianza y sencillez; ten confianza, no temas. Verás ciertas cosas; díselas. Recibirás inspiraciones en la oración».

Para poder cumplir con el pedido de la Virgen, Catalina pidió el consejo y la ayuda de su confesor, y, más adelante, el apoyo del Arzobispo de París. Gracias a Dios, este accedió a su solicitud y otorgó su autorización para que la medalla sea acuñada.

Crecimiento de la devoción

La Medalla Milagrosa empezó a ser reproducida y, con ello, aparecieron los primeros devotos y los primeros testimonios de milagros acontecidos en sus vidas. Todo sucedió tal y como lo había prometido la Madre de Dios.

Otras revelaciones privadas hizo la Virgen María a Santa Catalina, pero no siempre encontraron la misma acogida cuando las comunicaba. De hecho, no hubo el mismo eco espiritual en los siguientes confesores asignados a la santa. Catalina, entonces, decidió conservar para sí ciertos detalles que solo revelaría a su superiora, por consejo de la Virgen María.

En los brazos dulces de la Madre

Catalina partió a la Casa del Padre a los 70 años, el 31 de diciembre de 1876. Poco antes de que muriera, la madre superiora erigió en el altar de la capilla del convento una estatua de la Virgen de la Medalla Milagrosa para perpetuar el recuerdo de las apariciones.

Cincuenta y seis años después, cuando la sepultura de Santa Catalina fue abierta para el reconocimiento oficial de sus reliquias, su cuerpo fue hallado incorrupto.

Catalina Labouré fue beatificada por el Papa Pío XI en 1933 y canonizada por Pío XII en 1947.

Oración a la Virgen de la Medalla Milagrosa

¡Oh, poderosísima Virgen, Madre de nuestro Salvador!,
consérvanos unidos a ti en todos los momentos de nuestra vida.
Alcánzanos a todos nosotros, tus hijos, la gracia de una buena muerte,
a fin de que, juntos contigo, podamos gozar un día de la celeste beatitud.
Amén.

Primicias Rurales

Fuente: ACI Prensa

Cada 26 de noviembre se celebra a San Leonardo, predicador

Cada 26 de noviembre se celebra a San Leonardo, predicador

Leonardo nació en Puerto Mauricio, Génova (Italia) en 1676. Se educó con los jesuitas en Roma y a los 21 años ingresó a la Orden de los Hermanos Menores franciscanos, en esa misma ciudad.

Con 26 años, una vez ordenado sacerdote, se dedicó con gran éxito a la predicación, mientras iba forjando en su interior una sensibilidad especial que lo llevaría por el camino de la estricta observancia de la regla franciscana. En esa búsqueda espiritual, Leonardo se abocó al silencio y a la contemplación.

Tras contraer tuberculosis, el santo vuelve a su tierra natal y permanece allí entre 1704 y 1709. Este periodo resultó muy duro para su salud, pero logró curarse, según decía, por intercesión de la Virgen María.

Ya repuesto, fue nombrado superior del convento franciscano de Florencia, donde puso en práctica su espíritu reformista, contagiando el deseo de volver sobre la observancia franciscana, principalmente en torno a la obediencia y al espíritu de pobreza.

Él y sus frailes vivían únicamente de lo que recogían por las calles pidiendo limosna de casa en casa. Pronto, su convento se llenó de religiosos de fervor renovado y junto con ellos empezó a predicar grandes misiones por pueblos, campos y ciudades.

San Leonardo aprovechó la concesión papal que autorizó a los franciscanos a construir sus templos con espacios destinados a rezar las 14 estaciones en el interior, y durante sus viajes de predicación erigió los mismos espacios en 571 parroquias de Italia. San Leonardo de Mauricio también fue propagador de otras devociones importantes para honrar al Santísimo Sacramento, al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María.

Admirador e imitador de San Pedro de Alcántara, (el confesor de Santa Teresa de Avila) recorrió como misionero los caminos de Italia por más de cuarenta años, predicando 339 misiones, entre las que destaca la de Roma por el jubileo de 1740.

También se le debe la preparación del Año Santo de 1750, en el que se inauguraron las estaciones del Vía Crucis en el Coliseo romano.

Primicias Rurales
Fuente: Aciprensa