Un nuevo informe de la UCA revela que en los últimos 15 años el mercado laboral funcionó como un «refugio»: la gente encuentra puestos para subsistir, pero son tareas de baja calidad, sin aportes y con ingresos que no alcanzan.
Buenos Aires, jueves 9 de julio (PR/26) — En los últimos quince años, Argentina logró mantener niveles de desocupación llamativamente bajos. Sin embargo, lejos de ser una buena noticia, esta cifra esconde una realidad preocupante: el trabajo ya no es una garantía para salir de la pobreza o progresar.
Así lo demuestra el nuevo documento de trabajo presentado hoy por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (ODSA-UCA), titulado “Deterioro y resquebrajamiento de la estructura social del trabajo en la Argentina (2010-2025)”. El estudio revela una paradoja central de nuestra economía: la gente trabaja más, pero en peores condiciones.
Trabajar para sobrevivir en un contexto difícil
El informe analiza las transformaciones del mercado laboral urbano tras una década y media marcada por el estancamiento económico, la volatilidad de la macroeconomía y un sistema cada vez más fragmentado.
Al no generarse suficientes empleos estables, protegidos y bien remunerados (ya sea en empresas grandes o en el Estado), los ciudadanos se vieron obligados a buscar alternativas por su cuenta.
Esto provocó un fuerte aumento del sector microinformal, que funciona como un espacio de «refugio» y está compuesto por changas, autoempleo, pequeños comercios familiares y puestos no registrados (en negro). El gran problema es que estas tareas carecen de cobertura social (como obra social o jubilación) y ofrecen ingresos insuficientes que se licúan rápidamente.
Las 5 claves del deterioro laboral
A partir de los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares Total Urbana y del seguimiento de las trayectorias de los trabajadores, la UCA identificó las principales conclusiones de este proceso:
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Más empleo, menos calidad: Que haya poca desocupación no significa que el mercado esté sano. La fuerza de trabajo fue absorbida bajo una dinámica «regresiva»: hay más personas trabajando, pero con mayor peso de puestos precarios y de bajos ingresos.
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Leyes que no alcanzan: Aunque el país mantiene formalmente leyes que protegen al empleado asalariado, su alcance real quedó recortado por el fuerte avance del trabajo independiente y los puestos en negro.
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Una trampa productiva: Existe una desconexión persistente entre el crecimiento económico y la creación de empleo protegido. Reconciliar el dinamismo de la producción con puestos de trabajo de calidad se ha vuelto una meta esquiva.
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La precarización salpicó al sector formal: El daño es tan profundo que ya no afecta solo a la informalidad. También se observan claras muestras de precarización y pérdida de poder adquisitivo dentro de las empresas del sector privado formal.
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El fin del ascenso social: Antes, cambiar de trabajo solía significar una mejora. Hoy, la movilidad laboral funciona como un «ajuste defensivo»: la gente cambia de puesto simplemente para no quedar desocupada, aceptando mayores riesgos y peores salarios.
La conclusión de los expertos: La Argentina logró sostener niveles bajos de desocupación, pero al costo de una creciente precarización, informalización y una pérdida casi total de la capacidad del trabajo como el gran motor de integración y progreso social que supo ser.
















