El capitán de la Selección ofrece una visión de liderazgo generativo y colectivo, donde el éxito no depende del brillo individual sino de la construcción de un proyecto común y confiable.
Por Felipe Rilova Salazar, psiquiatra
Buenos Aires, viernes 10 julio (PR/26) —Lionel Messi ofrece un ejemplo extraordinario porque muestra algo muy poco frecuente: la capacidad de fracasar sin quedar definido por el fracaso. Falla un penal, lo cual hiere el narcisismo de cualquiera.
Pero unos minutos después entrega una asistencia perfecta al Cuti Romero. Luego convierte el empate y termina siendo decisivo otra vez. No intenta reparar su error haciendo una heroica individual.
Sigue jugando para el equipo. Eso habla de alguien cuyo deseo no depende del brillo narcisista sino del objetivo común. El narcisismo pregunta: “¿Cómo quedo yo?”.
El deseo, en cambio, pregunta: “¿Qué reclama ahora la situación?”. Messi parece desplazarse permanentemente hacia esta segunda pregunta, lo que tiene consecuencias enormes para el resto del equipo.
Porque el liderazgo deja de ser exhibicionista para transformarse en generativo. No obliga a los demás a servir al líder; hace que todos quieran dar algo más.
“Ser persona —dice el psiquiatra argentino Jorge Saurí— no es ‘ser’ sino ‘ser siendo’ e irse haciendo con otros y en situación”. No hay un Messi aislado.
Existe un “nosotros” que modifica incluso el rendimiento individual. Es difícil imaginar esta versión de Enzo, Julián, Mac Allister, De Paul o Cuti Romero sin el tipo de clima humano construido por Scaloni y Messi.
En términos de neurociencias sociales podríamos decir que existe una regulación afectiva colectiva. Cuando uno cae, los otros sostienen. Cuando uno falla, el grupo conserva la confianza.
Eso reduce el miedo y permite pensar. La angustia reduce el horizonte: hace creer que “ya está”, que “todo terminó”. Lo extraordinario de la Argentina es que jugó como si el partido nunca estuviera definitivamente perdido.
No negó la realidad, pero se opuso valerosamente al fatalismo y la diferencia fue enorme. Esto explica por qué esta Selección produce algo que excede al fútbol.
En una sociedad donde predomina la sospecha, el cinismo y la corrupción, este equipo ofrece una experiencia inhabitual: la confianza vuelve a ser racional.
No porque sean perfectos, sino porque el esfuerzo parece auténtico. Porque trabajan. Porque ninguno parece querer ser más importante que el proyecto.
En un país acostumbrado a desconfiar, eso conmueve. No casualmente tantas personas hablan de “admiración”. La admiración aparece cuando sentimos que algo representa valores que quisiéramos conservar.
Por Felipe Rilova Salazar, psiquiatra
Primicias Rurales
















