A días de la Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores, la hermana Rosa Parra, de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, invita a mirar a los ancianos sin prejuicios y a regalarles lo que más necesitan: tiempo, presencia y ternura.

 

 

 

 

 

Buenos Aires sábado 25 julio (PR/26)–En un mundo que corre cada vez más rápido, hay un ritmo que se ha ido perdiendo por el camino: el de sentarse a escuchar a un anciano. La hermana Rosa Parra, de la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, lo tiene claro: cuidar a una persona mayor no es solo darle de comer o asearla. Es, sobre todo, mirarla a los ojos y hacerle sentir que todavía importa.

 

"Quiero decirles: ¡no tengan miedo de la fragilidad!", escribe el Papa León XIV en su mensaje para la VI Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores.

 

Este 26 de julio se celebra la sexta Jornada Mundial de los Abuelos y las Personas Mayores, instituida por el Papa Francisco en 2021 y continuada hoy por el Papa León XIV. Para la religiosa, la fecha funciona como una alarma que despierta a la sociedad de un olvido silencioso.

«Siempre es como un recordar», explica Parra. Una manera de sacar el polvo a realidades que, en el ajetreo diario, tienden a quedar guardadas en un cajón.

 

Visitar, escuchar y acompañar

 

Desde el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, el cardenal Kevin Farrell y monseñor Dario Gervasi convocan a las comunidades parroquiales a salir al encuentro de quienes viven solos, de los que pasan sus días en hogares de ancianos y de los que ya no reciben visitas.

 

La hermana Parra se desempeña como formadora de las jóvenes que aspiran a la vida religiosa.

 

Entre las sugerencias pastorales figuran no quedarse solo en los espacios comunes sino animarse a golpear la puerta de cada habitación, pedir a los ministros de la Eucaristía que dediquen más tiempo a la escucha, e invitar a las familias a visitar a los ancianos solos de su propio edificio o barrio.

 

Cuidar el cuerpo y acompañar el alma

 

Las Hermanitas de los Ancianos Desamparados nacieron en 1873, de la mano del sacerdote Saturnino López Novoa, conmovido por tantos ancianos que quedaban solos y sin nadie que los cuidara. Hoy la congregación sostiene una red de unos 197 hogares en 21 países.

 

Labor de las religiosas con las personas mayores

 

«Nuestra misión concreta es esta atención, no solo material», afirma la religiosa. Dar de comer, asear, rezar el rosario, llevar a la Eucaristía o simplemente tomar de la mano son, para ella, formas distintas de una misma tarea: transmitir la ternura de Dios. El carisma de la congregación se resume en una frase que las guía desde hace más de 150 años: «Cuidar los cuerpos para salvar las almas«.

 

Una sabiduría que las nuevas generaciones necesitan

 

La hermana Rosa advierte sobre el riesgo de reducir la vejez únicamente a la fragilidad y el deterioro físico. Prefiere, en cambio, poner el foco en la riqueza de la experiencia que cada anciano lleva consigo. En su trabajo con voluntarios jóvenes, insiste en que sean los mayores quienes ocupen siempre el centro de la escena.

 

León XIV: "La Iglesia conoce el sufrimiento de sus hijos más mayores, sabe bien que muchas veces se les mira con prejuicios y se les considera un peso".

 

«Todo anciano, por muy limitado que sea, nos da una lección», asegura. Y va más allá: la dignidad de una persona no depende de sus logros ni de sus capacidades, sino del simple hecho de ser hijo de Dios. Incluso cuando ya no puede hablar, sostiene, un anciano sigue mereciendo cuidado, respeto y amor.

 

Frente a la cultura del descarte

 

«El carácter del anciano no es la rapidez, es más bien pausado», observa la religiosa. En una sociedad acelerada por la tecnología, muchos mayores terminan por sentirse desplazados o, incluso, una carga, aunque sus familias los quieran.

 

El Papa: "Les exhorto, queridos hermanos, a unirse a mí en la oración constante para que llegue pronto la paz al mundo entero".

 

La respuesta, insiste, no exige grandes gestos: ayudar a cruzar la calle, acompañar con las bolsas del supermercado o simplemente detenerse a saludar pueden transformar el día de una persona mayor. Detrás de cada pequeño gesto, dice, hay una certeza profunda: «alguien se acuerda de mí».

 

«Yo no te olvidaré»

 

Ese es, justamente, el lema elegido por el Papa León XIV para esta Jornada. Para la hermana Rosa, la frase resume una certeza que sostiene toda su vocación: Dios no se olvida de nadie, y menos aún de quienes atraviesan la fragilidad.

Por eso invita a los jóvenes a acercarse sin miedo a sus abuelos y a los ancianos de su entorno. No se trata de grandes acciones, aclara, sino de algo mucho más simple: dejar el celular, dejar el reloj, y simplemente estar. «Mi tiempo es para ti», propone como actitud concreta de acompañamiento.

 

Jornada Mundial de los Abuelos: La Iglesia está llamada a ser madre de todos

 

Desde su experiencia junto a ancianos enfermos y en los últimos tramos de su vida, la religiosa guarda el recuerdo de quienes, pese a sus limitaciones, hablaban con serenidad de su familia y de la esperanza de encontrarse pronto con Dios. Una lección de fe que, asegura, ninguna persona frágil debería sentir que se pierde en el olvido.

 

 

 

 

 

Primicias Rurales

Fuente: Vatican News