La discusión no es sólo entre peso y dólar: es cuánto poder queremos dejarle al Estado sobre nuestros ahorros, contratos y moneda. La experiencia de la Convertibilidad y de 2001 vuelve a poner esa pregunta sobre la mesa.
Por Ing. Agr. Pedro Lobos, director de Primicias Rurales
En lenguaje práctico
Buenos Aires, jueves 10 de septiembre (PR/26) –El economista Emilio Ocampo parte de una diferencia importante con Horacio Liendo, arquitecto de la Convertibilidad. Los dos quieren evitar que el Estado vuelva a financiar el déficit emitiendo dinero, pero proponen caminos diferentes.
Liendo plantea algo parecido a: “Conservemos el peso, pero pongámosle cadenas al Banco Central”. Es decir, permitir que convivan peso y dólar, darle curso legal al dólar, eliminar restricciones cambiarias y establecer reglas muy duras para impedir que el Gobierno emita pesos para financiarse.
Ocampo responde: “¿Y si el problema es justamente que esas cadenas se pueden romper?”
Su argumento es que Argentina tiene una larga historia de modificar leyes cuando las circunstancias políticas lo requieren. Por eso, para él, una prohibición legal no necesariamente elimina el riesgo: simplemente lo limita mientras exista voluntad política de respetarla.
Un ejemplo sencillo: la Convertibilidad
La Convertibilidad es el mejor ejemplo para entender el argumento.
En los años 90, la Argentina estableció por ley que el peso debía estar respaldado y limitó fuertemente la posibilidad de emitir dinero.
Durante varios años funcionó. La inflación cayó drásticamente y el peso recuperó credibilidad.
Pero cuando el sistema entró en crisis, la ley terminó modificándose y la Convertibilidad se abandonó.
Para Ocampo, la enseñanza es muy concreta:
Una ley puede decirle al Estado “no hagas esto”, pero si mañana el Estado tiene suficiente poder político para cambiar la ley, la prohibición deja de ser una garantía absoluta.
Es como ponerle un límite de velocidad a un conductor que además tiene la facultad de cambiar el límite cuando quiera.
¿Qué pasa con los depósitos en dólares?
Acá aparece uno de los puntos más interesantes de un reciente artículo de Ocampo.
Imaginemos una persona que tiene:
- $10 millones en pesos.
- US$10.000 depositados en un banco argentino.
En un sistema bimonetario, ambos depósitos conviven dentro del sistema financiero.
Ahora supongamos que, dentro de algunos años, el Gobierno enfrenta una crisis fiscal enorme y necesita recursos.
El peso puede devaluarse y los depósitos en pesos perder poder adquisitivo. Pero, además, los depósitos en dólares pasan a ser un activo muy atractivo para un Gobierno desesperado por conseguir recursos.
Eso, sostiene Ocampo, tiene un antecedente concreto: la pesificación de 2002.
Los contratos y depósitos denominados en dólares fueron convertidos compulsivamente a pesos bajo determinadas condiciones, generando una enorme transferencia de riqueza entre distintos sectores.
Por eso su razonamiento es:
Mientras exista un peso que el Estado pueda emitir y un sistema financiero argentino donde convivan pesos y dólares, existe la posibilidad de que un futuro gobierno vuelva a intervenir compulsivamente.
No significa que necesariamente vaya a ocurrir. Significa que el riesgo institucional permanece.
¿Y si obligamos a los bancos a guardar los dólares?
Liendo propone, según interpreta Ocampo, un encaje del 100% para los depósitos en dólares.
Traducido:
Si depositás US$10.000, el banco tendría que mantener esos US$10.000 depositados en el exterior, en lugar de utilizarlos para otorgar préstamos.
Esto reduce el riesgo de que el banco no tenga dólares disponibles cuando el depositante quiera retirarlos.
Pero Ocampo plantea una objeción interesante:
¿Qué sentido tiene traer los dólares de los argentinos al sistema financiero argentino para que inmediatamente vuelvan a Estados Unidos?
Un ejemplo con el crédito
Supongamos que 1.000 argentinos depositan US$100.000 cada uno.
Eso representa:
US$100 millones de ahorro.
Si los bancos pueden utilizar parte de esos depósitos para otorgar créditos, podrían financiar, por ejemplo:
- una fábrica;
- una empresa que compra maquinaria;
- una constructora;
- una pyme que necesita capital de trabajo;
- una familia que compra una vivienda.
El ahorro se transforma en inversión.
Pero con un encaje del 100%, los US$100 millones quedan inmovilizados.
Para Ocampo, eso significa desaprovechar una de las grandes ventajas potenciales de una economía dolarizada: incorporar al sistema financiero una enorme cantidad de dólares que hoy los argentinos mantienen fuera de los bancos.
El problema de la “competencia” entre monedas

Hay otro argumento interesante.
Liendo propone que peso y dólar compitan libremente.
Pero Ocampo dice que esa competencia no sería completamente pareja si los bancos pueden prestar los depósitos en pesos pero tienen prohibido hacer lo mismo con los dólares.
Sería como organizar una carrera en la que a un competidor le permitís correr y al otro le ponés una mochila.
Por eso cuestiona la idea de una verdadera competencia monetaria.
¿Los argentinos realmente eligen el peso?
Este es probablemente el argumento más político-económico del artículo.
Ocampo dice que, después de décadas de inflación, los argentinos ya revelaron sus preferencias.
Cuando pueden elegir libremente, muchas personas:
- ahorran en dólares;
- piensan los precios de los inmuebles en dólares;
- pactan operaciones de largo plazo en dólares;
- compran dólares como cobertura frente a la inflación;
- mantienen parte de sus ahorros fuera del sistema financiero.
El peso, en cambio, mantiene fundamentalmente su función cotidiana: pagar salarios, comprar alimentos, pagar impuestos y realizar transacciones locales.
La pregunta de Ocampo es entonces bastante provocadora:
Si el mercado ya eligió mayoritariamente al dólar como reserva de valor, ¿por qué obligarnos a conservar una moneda nacional que puede volver a ser utilizada políticamente?
El caso de Perú
Liendo utiliza a Perú como ejemplo de un país que logró estabilidad monetaria manteniendo su moneda.
Ocampo acepta que Perú tiene instituciones y reglas importantes, pero sostiene que el éxito peruano no se explica simplemente por haber escrito buenas leyes.
También hubo:
- continuidad institucional;
- disciplina fiscal;
- un banco central técnicamente sólido;
- políticas monetarias consistentes durante décadas;
- manejo sofisticado de una economía parcialmente dolarizada.
Esto es clave porque plantea una diferencia de fondo:
¿Argentina necesita copiar las reglas de un país exitoso o necesita primero construir las instituciones que hacen que esas reglas sean creíbles?
La gran diferencia: reformar el peso vs. eliminarlo
Acá está el corazón del análisis de Ocampo.
Liendo plantea:
“Mantengamos el peso, pero hagamos imposible que el Estado lo utilice irresponsablemente.”
Ocampo plantea:
“Si sabemos que el Estado argentino históricamente rompió esas reglas, eliminemos directamente la herramienta que le permite hacerlo.”
La diferencia podría resumirse así:
| Modelo | Qué propone | Riesgo que queda |
|---|---|---|
| Peso restringido | Mantener el peso con fuertes límites al BCRA | Que las reglas sean modificadas en el futuro |
| Bimonetarismo | Peso + dólar compitiendo | Devaluación, cambios regulatorios y riesgo sobre depósitos |
| Dolarización | Eliminar el peso como moneda nacional | Se pierde la política monetaria propia |
¿Qué se gana y qué se pierde con la dolarización?
Ocampo pone el foco principalmente en eliminar la posibilidad de emisión monetaria.
En términos cotidianos, si Argentina se dolarizara, el Gobierno no podría decir:
“Tenemos un déficit de $10 billones; emitamos pesos para financiarlo”.
Porque ya no tendría una moneda propia que emitir.
Eso elimina una herramienta que históricamente fue utilizada para financiar al Estado y que terminó generando inflación.
Pero también implica perder una herramienta de política económica.
Por ejemplo, ante una crisis, Argentina no podría devaluar su moneda para intentar recuperar competitividad. Tampoco tendría un Banco Central capaz de emitir moneda propia como prestamista de última instancia.
Por eso la discusión seria no debería reducirse a “dólar bueno, peso malo”. La pregunta es más profunda:
¿Los beneficios de tener una moneda propia justifican el riesgo de que un futuro Gobierno vuelva a utilizarla irresponsablemente?
La conclusión de Ocampo, llevada a una frase
El economista (Liendo es abogado) considera que Argentina ya probó el modelo de “ponerle límites al peso” y que esos límites pueden terminar siendo modificados cuando aparece una crisis política o fiscal.
Por eso propone ir un paso más allá: no solamente limitar la capacidad del Estado de emitir, sino quitarle directamente esa capacidad.
La metáfora que utiliza es la del Leviatán: Liendo quiere encadenarlo mediante leyes; Ocampo sostiene que, dada la historia argentina, es más seguro quitarle el arma.
¿Cuál es la pregunta que queda abierta?
Ocampo termina invirtiendo la carga de la prueba.
Durante décadas, la pregunta fue:
“¿Por qué deberíamos abandonar el peso?”
El economista propone cambiarla por:
“Si podemos usar libremente el dólar, eliminar el cepo, contratar en dólares y prohibir que el Banco Central financie al Tesoro, ¿qué ventaja concreta obtenemos por conservar el peso?”
Y esa es, en definitiva, la discusión económica de fondo: moneda propia como herramienta de política económica versus moneda fuerte como mecanismo para limitar el poder del Estado.

















