¿Puede la lectura hacernos más felices?
Ceridwen Dovey
9 de junio de 2015
Comentario cultural
The New Yorker – Traducción al español.
Para todos los lectores ávidos que han estado automedicándose con grandes libros durante toda su vida, no resulta sorprendente que leer libros pueda ser beneficioso para uno.
Hace varios años, me regalaron una sesión a distancia con un biblioterapeuta en la sede londinense de la School of Life, que ofrece cursos innovadores para ayudar a las personas a afrontar los desafíos emocionales cotidianos de la existencia. Debo admitir que, al principio, la idea de recibir una “receta” de lectura no me gustaba demasiado. Por lo general, he preferido imitar el apasionado compromiso de Virginia Woolf con el azar en mis descubrimientos personales de lectura, disfrutando no solo de los libros en sí mismos, sino también de la naturaleza fortuitamente significativa de la manera en que llegué a encontrarlos (en el autobús después de una ruptura amorosa, en un albergue para mochileros en Damasco o en los oscuros estantes de la biblioteca de la universidad, mientras curioseaba en lugar de estudiar). Desde hace mucho tiempo desconfío del peculiar evangelismo de ciertos lectores: “Tienes que leer esto”, dicen mientras te ponen un libro en las manos con un brillo beatífico en los ojos, sin admitir que los libros significan cosas diferentes para distintas personas —o cosas diferentes para una misma persona— en distintos momentos de la vida. Por ejemplo, en mis veinte años me encantaban los relatos de John Updike sobre los Maple, y en mis treinta los detesto, y ni siquiera sé exactamente por qué.
Pero la sesión era un regalo, y me descubrí disfrutando inesperadamente del cuestionario inicial sobre mis hábitos de lectura que me envió la biblioterapeuta, Ella Berthoud. Nadie me había hecho antes aquellas preguntas, a pesar de que leer ficción es, y siempre ha sido, esencial para mi vida. Me encanta devorar libros durante los períodos largos de vacaciones: “Llevaré más libros que ropa”, le dije a Berthoud. Le confesé mi pequeño secreto vergonzoso: no me gusta comprar ni poseer libros y siempre prefiero sacarlos de la biblioteca (lo cual, dado que soy escritora, no me proporciona precisamente un buen karma en cuanto a las ventas de libros). Ante la pregunta “¿Qué te preocupa en este momento?”, me sorprendió lo que quería confesar: “Me preocupa no tener recursos espirituales con los cuales sostenerme frente al inevitable dolor futuro de perder a alguien que amo”, escribí. “No soy religiosa, y tampoco quiero serlo particularmente, pero me gustaría leer más sobre las reflexiones de otras personas acerca de cómo llegaron a alguna especie de fe temprana y extraña en un ‘ser superior’ como estrategia de supervivencia emocional”. El simple hecho de responder las preguntas me hizo sentir mejor, más ligera.
Mantuvimos varios intercambios satisfactorios por correo electrónico. Berthoud profundizaba, preguntándome por la historia de mi familia y por mi miedo al duelo, y cuando me envió la receta de lectura definitiva estaba llena de joyas, ninguna de las cuales había leído antes. Entre las recomendaciones estaba The Guide, de R. K. Narayan. Berthoud escribió que era “una hermosa historia sobre un hombre que comienza su vida laboral como guía turístico en una estación de tren de Malgudi, India, pero que luego desempeña muchas otras ocupaciones antes de encontrar su inesperado destino como guía espiritual”. La había elegido porque esperaba que me hiciera sentir “extrañamente iluminada”. Otra recomendación fue El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago: “Saramago no revela aquí cuál es su propia postura espiritual, pero presenta una versión vívida y convincente de la historia que conocemos tan bien”. Henderson, el rey de la lluvia, de Saul Bellow, y Siddhartha, de Hermann Hesse, figuraban entre las otras obras de ficción prescritas, y también incluyó algunos libros de no ficción, como The Case for God, de Karen Armstrong, y Sum, del neurocientífico David Eagleman, un “libro breve y maravilloso sobre posibles vidas después de la muerte”.
Durante los dos años siguientes fui leyendo los libros de la lista a mi propio ritmo —intercalándolos con mis propios “descubrimientos”— y, aunque tengo la suerte de que mi capacidad para soportar un duelo terrible aún no haya sido puesta a prueba, algunas de las ideas que extraje de estos libros me ayudaron a atravesar algo completamente distinto: durante varios meses padecí un dolor físico agudo. Las ideas mismas siguen siendo nebulosas, como suele ocurrir con los aprendizajes obtenidos a través de la lectura de ficción, pero ahí reside precisamente su poder. En una época secular, sospecho que leer ficción es uno de los pocos caminos que quedan hacia la trascendencia, ese estado elusivo en el que se reduce la distancia entre el yo y el universo. Leer ficción hace que pierda todo sentido de mí misma y, al mismo tiempo, me hace sentir más singularmente yo misma. Como escribió Woolf, la más ferviente de las lectoras, un libro “nos divide en dos mientras leemos”, porque “el estado de lectura consiste en la completa eliminación del ego”, al tiempo que promete una “unión perpetua” con otra mente.
La biblioterapia es un término muy amplio para referirse a la antigua práctica de fomentar la lectura con fines terapéuticos. El primer uso del término suele situarse en un artículo desenfadado de 1916 publicado en The Atlantic Monthly, titulado “A Literary Clinic”. En él, el autor describe cómo se topa con un “instituto bibliopático” dirigido por un conocido suyo, Bagster, en el sótano de su iglesia, desde donde dispensa recomendaciones de lectura con valor curativo. “La biblioterapia es… una ciencia nueva”, explica Bagster. “Un libro puede ser un estimulante o un sedante, un irritante o un soporífero. La cuestión es que debe hacerte algo, y tú deberías saber qué es. Un libro puede tener la naturaleza de un jarabe calmante o la de una cataplasma de mostaza”. A un cliente de mediana edad con “opiniones parcialmente osificadas”, Bagster le da la siguiente receta: “Debes leer más novelas. No historias agradables que te hagan olvidarte de ti mismo. Deben ser novelas inquisitivas, drásticas, punzantes, implacables”. (George Bernard Shaw encabeza la lista). Finalmente, Bagster es llamado para atender a un paciente que ha “tomado una sobredosis de literatura de guerra”, dejando al autor reflexionando sobre los libros que “nos infunden nueva vida y luego hacen que el pulso vital sea fuerte pero lento”.
Hoy en día, la biblioterapia adopta muchas formas diferentes, desde cursos de literatura para internos de prisiones hasta círculos de lectura para personas mayores que padecen demencia. A veces puede consistir simplemente en sesiones individuales o grupales para lectores “desertores” que quieren encontrar el camino de regreso al disfrute de los libros. Berthoud y su amiga de muchos años y también biblioterapeuta, Susan Elderkin, practican principalmente la biblioterapia “afectiva”, defendiendo el poder restaurador de la lectura de ficción. Las dos se conocieron como estudiantes universitarias en Cambridge hace más de veinte años y congeniaron inmediatamente por el contenido compartido de sus estanterías, en particular por la novela Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino, que trata precisamente sobre la naturaleza de la lectura. A medida que se desarrollaba su amistad, comenzaron a recetarse novelas mutuamente para curarse dolencias como un corazón roto o la incertidumbre profesional. “Cuando Suse atravesaba una crisis con su profesión —quería ser escritora, pero se preguntaba si podría soportar el inevitable rechazo— le di los poemas de Archy and Mehitabel, de Don Marquis”, me contó Berthoud. “Si Archy, la cucaracha, podía estar tan dedicado a su arte como para saltar sobre las teclas de la máquina de escribir con el fin de escribir sus poemas en verso libre cada noche en las oficinas neoyorquinas del Evening Sun, entonces seguramente ella también debía estar dispuesta a sufrir por su arte”. Años después, Elderkin le regaló a Berthoud, que quería descubrir cómo equilibrar su vida como pintora y madre, la novela Notes from an Exhibition, de Patrick Gale, sobre una artista de éxito pero atormentada.
Siguieron recomendándose novelas mutuamente, así como a amigos y familiares, durante muchos años, y en 2007, cuando el filósofo Alain de Botton, compañero de estudios en Cambridge, estaba pensando en crear la School of Life, le propusieron la idea de organizar una clínica de biblioterapia. “Hasta donde sabíamos, nadie estaba haciendo algo así en aquel momento”, dijo Berthoud. “La biblioterapia, si existía, tendía a desarrollarse dentro de un contexto más médico, con énfasis en los libros de autoayuda. Pero nosotras estábamos convencidas de que la ficción era la cura definitiva porque proporciona a los lectores una experiencia transformadora”.
Berthoud y Elderkin remontan el método de la biblioterapia hasta los antiguos griegos, “quienes habían inscrito sobre la entrada de una biblioteca en Tebas que era un ‘lugar de curación para el alma’”. La práctica alcanzó su pleno desarrollo a finales del siglo XIX, cuando Sigmund Freud comenzó a utilizar la literatura durante las sesiones de psicoanálisis. Después de la Primera Guerra Mundial, a los soldados traumatizados que regresaban del frente se les prescribía con frecuencia un programa de lectura. “A los bibliotecarios de Estados Unidos se les impartía formación para saber qué libros dar a los veteranos de la Primera Guerra Mundial, y existe una bonita historia sobre cómo las novelas de Jane Austen se utilizaron con fines biblioterapéuticos aproximadamente en la misma época en el Reino Unido”, dice Elderkin. Más adelante en el siglo, la biblioterapia se utilizó de diversas maneras en hospitales y bibliotecas, y más recientemente ha sido adoptada por psicólogos, trabajadores sociales y de atención a personas mayores, y médicos como una modalidad viable de terapia.
Actualmente existe una red de biblioterapeutas seleccionados y formados por Berthoud y Elderkin, afiliados a la School of Life y trabajando en todo el mundo, desde Nueva York hasta Melbourne. Las dolencias más comunes que las personas suelen llevarles son las transiciones propias de ciertos momentos de la vida, dice Berthoud: sentirse estancado en la carrera profesional, sentirse deprimido dentro de una relación o atravesar un duelo. Los biblioterapeutas también atienden a muchos jubilados que saben que tienen veinte años de lectura por delante, pero que quizá hasta entonces solo hayan leído novelas policíacas y quieran encontrar algo nuevo que los acompañe. Muchos buscan ayuda para adaptarse a convertirse en padres. “Tuve un cliente en Nueva York, un hombre que iba a tener su primer hijo y estaba preocupado por ser responsable de otro pequeño ser”, dice Berthoud. “Le recomendé Room Temperature, de Nicholson Baker, que trata sobre un hombre que alimenta a su bebé con un biberón y tiene estos pensamientos meditativos sobre lo que significa ser padre. Y, por supuesto, Matar a un ruiseñor, porque Atticus Finch es el padre ideal de la literatura”.
Berthoud y Elderkin son también las autoras de The Novel Cure: An A-Z of Literary Remedies, escrito al estilo de un diccionario médico y que relaciona dolencias (“sentirse como un fracaso”) con posibles curas de lectura (“The History of Mr. Polly”, de H. G. Wells). Publicado por primera vez en el Reino Unido en 2013, ahora se publica en dieciocho países y, en un giro interesante, el contrato permite que un editor y especialista local en lectura adapte hasta el veinticinco por ciento de las dolencias y recomendaciones de lectura para ajustarlas a los lectores de cada país e incluir a más escritores nacionales. Las nuevas dolencias adaptadas resultan reveladoras desde el punto de vista cultural. En la edición neerlandesa, una de las dolencias adaptadas es “tener una opinión demasiado elevada de tu propio hijo”; en la edición india se incluyen “orinar en público” y “obsesión con el cricket”; los italianos introdujeron “impotencia”, “miedo a las autopistas” y “deseo de embalsamar”; y los alemanes añadieron “odiar al mundo” y “odiar las fiestas”. Berthoud y Elderkin trabajan ahora en una versión de literatura infantil, A Spoonful of Stories, que saldrá en 2016.
Para todos los lectores ávidos que han estado automedicándose con grandes libros durante toda su vida, no resulta sorprendente que leer libros pueda ser beneficioso para la salud mental y las relaciones con los demás, pero exactamente por qué y cómo ocurre esto se está volviendo más claro gracias a nuevas investigaciones sobre los efectos de la lectura en el cerebro. Desde el descubrimiento, a mediados de los años noventa, de las “neuronas espejo” —neuronas que se activan en nuestro cerebro tanto cuando realizamos una acción nosotros mismos como cuando vemos a otra persona realizarla—, la neurociencia de la empatía se ha vuelto más clara. Un estudio de 2011 publicado en Annual Review of Psychology, basado en el análisis de escáneres cerebrales mediante fMRI de los participantes, mostró que, cuando las personas leen sobre una experiencia, presentan actividad en las mismas regiones neurológicas que cuando atraviesan esa experiencia por sí mismas. Utilizamos las mismas redes cerebrales cuando leemos historias que cuando intentamos adivinar los sentimientos de otra persona.
Otros estudios, publicados en 2006 y 2009, mostraron algo similar: las personas que leen mucha ficción tienden a ser mejores a la hora de empatizar con los demás (incluso después de que los investigadores hubieran tenido en cuenta el posible sesgo de que las personas con mayores tendencias empáticas podrían preferir leer novelas). Y en 2013, un influyente estudio publicado en Science descubrió que leer ficción literaria (en lugar de ficción popular o no ficción literaria) mejoraba los resultados de los participantes en pruebas que medían la percepción social y la empatía, capacidades fundamentales para la “teoría de la mente”: la capacidad de adivinar con precisión qué podría estar pensando o sintiendo otro ser humano, una habilidad que los seres humanos apenas comienzan a desarrollar alrededor de los cuatro años.
Keith Oatley, novelista y profesor emérito de psicología cognitiva en la Universidad de Toronto, lleva muchos años dirigiendo un grupo de investigación interesado en la psicología de la ficción. “Hemos comenzado a demostrar cómo se produce la identificación con los personajes ficticios, cómo el arte literario puede mejorar las habilidades sociales, cómo puede conmovernos emocionalmente y cómo puede provocar cambios en nuestra identidad”, escribió en su libro de 2011, Such Stuff as Dreams: The Psychology of Fiction. “La ficción es una especie de simulación, una que no funciona en computadoras sino en las mentes: una simulación de los yoes en sus interacciones con los demás en el mundo social… basada en la experiencia e implicando la capacidad de pensar en futuros posibles”. Esta idea hace eco de una creencia arraigada tanto entre escritores como entre lectores: que los libros son la mejor clase de amigos; nos ofrecen la posibilidad de ensayar nuestras interacciones con los demás en el mundo sin causar ningún daño permanente. En su ensayo de 1905 “On Reading”, Marcel Proust lo expresa muy bien: “Con los libros no existe una sociabilidad forzada. Si pasamos la tarde con esos amigos —los libros— es porque realmente queremos hacerlo. Cuando los dejamos, lo hacemos con pesar y, una vez que nos hemos separado de ellos, no aparecen ninguno de esos pensamientos que arruinan la amistad: ‘¿Qué habrán pensado de nosotros?’, ‘¿Habremos cometido un error y dicho algo indiscreto?’, ‘¿Les habremos gustado?’, ni tampoco la ansiedad de ser olvidados porque otra persona nos haya desplazado”.
George Eliot, de quien se dice que superó el dolor por la pérdida de su compañero sentimental mediante un programa de lectura guiada con un joven que posteriormente se convertiría en su esposo, creía que “el arte es lo más cercano a la vida; es una forma de ampl…