Noche de Teatro. El espejo de los otros: cómo nos miramos a través de los demás

Noche de Teatro. El espejo de los otros: cómo nos miramos a través de los demás

 

En esta nota, Susana Tribiani reflexiona sobre cómo la percepción ajena está teñida por nuestras propias vivencias y prejuicios, utilizando una obra de teatro como punto de partida para pensar los vínculos y la empatía: “No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”

 

 

Por Susana Tribiani

 

El teatro estaba lleno. Mucha gente, muchas risas y muchos aplausos. De esos aplausos que empiezan de a poco y terminan contagiando incluso a quien estuvo toda la obra con cara de estar esperando el colectivo.

La obra, por momentos muy divertida, por momentos algo dramática. El público se reía con ganas y yo también. Excelentes los cambios de ambientación, pero el último acto fue distinto: la escenografía, que hasta ese momento había acompañado la historia de manera sencilla, de pronto parecía transformarse en un mar. No sé si realmente era un mar o si yo lo imaginé así. Tal vez ahí empezó todo.

El protagonista caminaba lentamente hacia una luna inmensa, sobre el horizonte se podia leer la frase:

“No vemos a las personas como son; las vemos como somos”

Fin de la obra para todos; sin embargo, no para mí.

Mientras el público aplaudía, se iban levantando, buscaban la cartera, el saco o el teléfono y comenzaban a generarse la compacta fila para salir de teatro diciendo muchas veces “permiso, perdón, gracias”, la frase seguía dando vueltas en mi cabeza.

Y de mi cabeza no se iba la frase: “No vemos a las personas como son; las vemos como somos.

Comencé a analizar cómo interpretarla, encontrar una definición de persona es facilísimo.

Alguien, en algún momento de la historia, tuvo la paciencia de escribir un enorme compendio llamado diccionario, en el que uno puede buscar casi cualquier cosa.

Persona: Sustantivo. Individuo de la especie humana.

Listo… Fantástico …. Problema resuelto!Ahora busquemos:

“Cómo somos.”

Ahí el diccionario se complica.

Porque podría decir: Depende.

Podemos ser generosos, egoístas, simpáticos, insoportables, valientes, cobardes, cariñosos, desconfiados, pacientes o impacientes, y a veces, somos todo eso antes de las diez de la mañana.

Uno puede empezar el día siendo una excelente persona y volverse un pequeño monstruo sólo porque alguien dejó una cucharita sucia en la mesada.

Así de frágil parece nuestra estructura moral.

Además, tenemos una habilidad especial: clasificamos a la gente todo el tiempo.

No necesitamos formularios ni programas complicados.

Vemos a alguien durante treinta segundos y nuestro cerebro enseguida crea una idea sobre esa persona.

“Este es simpático….”, “Esta es complicada…..”, “Este me gusta…..”. “Esta no sé…”,

“Este tiene cara de…”

Cara de qué, nunca queda demasiado claro. Pero tiene cara.

A veces basta una camisa. Una manera de caminar. Una voz. Una palabra.

Una demora de tres segundos para contestar un saludo.

—Buen día.

—…

Tres segundos … Ya está… ANTIPÁTICO.

Quizás el pobre hombre estaba pensando en dónde había dejado las llaves.

No importa, sentencia dictada, antipático, sin derecho a apelación.

Lo curioso es que otra persona puede encontrarse con el mismo hombre cinco minutos después y decir:

—¡Qué tipo encantador!

Entonces uno piensa:

¿Nos estaremos refiriendo al mismo? Probablemente sí.

La diferencia es que cada uno lleva sus propios anteojos.

Y no hablo de los que sirven para leer.

Esos, al menos uno, saben que los tiene puestos, los otros son invisibles.

Los fabricamos durante años, con nuestras experiencias, nuestros miedos, nuestras alegrías, las personas que conocimos, las que quisimos y también las que habríamos preferido no conocer.

Después salimos al mundo mirando a todos a través de esos cristales.

Por ejemplo, hay personas que adoran a quienes hablan mucho.

—¡Qué divertido! ¡Tiene tema para todo!

Y otras que frente al mismo personaje piensan:

—¿En algún momento respirará?

También está el silencioso, para algunos es interesante, misterioso, profundo, sin embargo para otros simplemente:

—Este no dice nada.

Ni siquiera sabemos si está pensando en el sentido de la vida o si se olvidó de comprar detergente, pero nosotros completamos la historia.

Eso lo hacemos permanentemente, completamos personas, si nos dan tres datos y nosotros inventamos los otros setenta.

Es maravilloso!!! y peligrosísimo….

Alguien dice:

—No me gusta viajar.

Y enseguida imaginamos a una persona aburrida, encerrada, sin curiosidad.

Tal vez no viaja porque le da miedo volar o tal vez cuidó durante años a alguien y nunca pudo hacerlo o tal vez viajó tanto que ahora su mayor fantasía es quedarse quince días mirando una planta.

Pero nosotros ya habíamos armado toda una historia en nuestra cabeza sobre esa persona.

Con las relaciones pasa algo parecido, conocemos a alguien, nos cae bien y qué hacemos algo extraordinario: le adjudicamos virtudes que todavía no ha tenido tiempo de demostrar.

Es simpático, entonces seguramente es generoso.

Es generoso, entonces debe ser buena persona.

Es buena persona, entonces seguro es puntual.

No hay una relación real entre ser bueno y llegar a tiempo, pero igual nuestro cerebro sigue sumando cualidades.

Hasta que un día llega cuarenta minutos tarde, y nos decepciona.

—Yo pensé que era distinto.

¿Distinto de qué? De la persona que nosotros mismos habíamos INVENTADO.

Eso es lo gracioso.

Muchas veces las personas ni siquiera tienen que desilusionarnos, sólo alcanza con descubrir que no eran como habíamos decidido que fueran.

También puede ocurrir al revés, miramos a alguien con desconfianza desde el primer momento pero no sabemos por qué, algo nos llamó la atención, un gesto, un parecido, que mueve las manos como alguien que conocimos hace veinte años y que nos caía bien,

El nuevo individuo no tiene la menor responsabilidad, pero ya empezó con desventaja y debe remontar el partido que ni siquiera sabe que está jugando.

Pensaba en todo esto mientras salíamos del teatro.

La gente comentaba la obra.

—¡Qué buena!

—¡Divertidísima!

—El final me encantó.

—¿Dónde cenamos?

Eso también me hizo gracia, podemos pasar de pensar en la naturaleza humana a decidir entre pizza y empanadas en unos 40 segundos.

Y probablemente eso también nos describe. Por suerte. Porque si después de cada pensamiento profundo nos quedáramos tres horas analizando la existencia, la humanidad no habría avanzado demasiado. En algún momento alguien tenía que levantarse, hacer la comida, sacar la basura o simplemente seguir con su vida.

La frase siguió acompañándome.

“No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”

Pensé en la cantidad de veces que había dicho:

—No entiendo cómo puede pensar así.

Tal vez la respuesta era bastante sencilla, PORQUE NO SOY YO.

¡Qué descubrimiento!

Durante años esperamos que los demás reaccionen como nosotros, que llamen cuando nosotros llamemos, que agradezcan como nosotros agradeceríamos, que se preocupen por las mismas cosas hasta que se rían de los mismos chistes.

Y esto último es especialmente importante, porque el desconcierto de contar algo convencido de que es graciosísimo y encontrarse con una cara inmóvil al otro lado y donde uno termina explicando:

—Era un chiste.

Y ahí definitivamente muere.

También suponemos que el cariño tiene un idioma universal, pero NO LO TIENE.

Tenemos y tengo que entender que hay personas que quieren con palabras, otras con abrazos, otras cocinando, otras preguntando:

—¿Llegaste bien?

Y una forma bastante curiosa de demostrar afecto:

—Llévate un saquito que refresca.

Quizás jamás dijeron “te quiero”, pero llevan treinta años vigilando la temperatura corporal de toda la familia.

El problema surge cuando creemos que nuestra manera es la correcta y que las demás son errores de fabricación.

Ahí empiezan muchas discusiones.

—¡Pero es obvio!

Una frase peligrosísima.

Cuando alguien dice “es obvio”, generalmente lo que quiere decir es:

“Para mí es obvio y no puedo entender cómo para vos no.”

Y entonces discutimos, por una respuesta, por un silencio, por una invitación, por una llamada que no llegó o por una cara.

Las expresiones han arruinado más reuniones familiares que muchos conflictos internacionales.

—¿Qué cara pusiste?

—Ninguna.

—Sí, pusiste una cara.

—Esta es mi cara.

Un argumento difícil de vencer.

Tal vez por eso aquella imagen del protagonista caminando hacia la luna me resultó tan hermosa.

Era una escena enorme y, al mismo tiempo, sencilla: un hombre, un mar, una luna, y una frase.

Pensé que quizás conocer de verdad a alguien requiere algo que no hacemos muy seguido: dejarlo tranquilo un rato con nuestras ideas.

Mirarlo sin terminarle las frases, sin completar los espacios.

Sin ponerlo de inmediato en ninguna de nuestras categorías. Escucharlo y esperar.

Porque las personas sorprenden, por suerte.

El serio puede ser divertidísimo.

El fuerte puede estar muerto de miedo.

El distraído puede recordar exactamente aquello que para nosotros era importante.

El que parecía distante puede aparecer cuando todos los demás se vayan.

Y el que hablaba maravillas quizás desaparezca justo cuando empieza el trabajo pesado.

Las personas no vienen con instrucciones.

Eso complica bastante las cosas.

Pero también hace que todo sea más interesante.

Imaginemos por un segundo que cada persona viniera con una etiqueta:

ANTONIO

Características:

Cariñoso.

Impaciente.

Excelente cocinero.

Se ofende los martes.

No hablarle antes del desayuno.

Tiende a exagerar los dolores de garganta.

Guarda bolsas dentro de otras bolsas.

Sería útil, pero muy aburrido.

Parte de vivir también debe ser eso: ir descubriendo a los demás y, de paso, descubrirnos nosotros.

Porque hay algo bastante gracioso. Estamos convencidos de que nos conocemos.

Decimos:

—Yo jamás haría eso.

Hasta que lo hacemos.

—Yo no soy celosa.

Hasta que aparece alguien.

—A mí no me importa lo que digan.

Hasta que dicen.

—Yo tengo muchísima paciencia.

Hasta que llamamos por cuarta vez y nos siguen poniendo el disquito “si usted es cliente presone 1….” y no logramos que nos atienda ese ser humano que está después del sexto menú, si tenemos la suerte de llegar y que no se nos corte antes!!!.

Entonces uno empieza a sospechar que tampoco se ve a sí mismo con tanta claridad.

A veces nos vemos como nos gustaría ser. O como fuimos hace años. O como creemos que deberíamos ser.

Y ahí aquella frase de la obra tiene otra vuelta.

No sólo miramos a los demás desde nuestra propia historia. También nos miramos a nosotros mismos desde un lugar bastante cómodo, bastante parcial y, muchas veces, bastante conveniente.

Cuando llegué a casa, seguía pensando en la luna, el mar, el personaje caminando.

Y en esa gran dificultad que tenemos los seres humanos para entender algo tan simple: desde el mismo lugar.

Dos personas pueden estar frente al mismo paisaje y ver cosas completamente diferentes.

Una mira el cielo, la otra, las flores.

Una piensa: qué hermoso y la otra piensa que habría tenido que llevar repelente.

Y las dos tienen razón.

Quizás por eso, entendernos no implica necesariamente ver lo mismo.

Tal vez consiste en aceptar que el otro está viendo otra cosa.

Desde otro lugar, con otros recuerdos, con otros miedos, con otros intereses.

Y entonces esa frase, que al principio sonaba casi rebuscada, filosófica, terminó pareciéndome bastante común.

“No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”

Entonces reflexione, y que tal si la próxima vez que alguien diga algo que no entendiendo, simplemente preguntar: ¿Cómo llegaste a esa idea?. A veces, una sola pregunta abre una conversación que termina sorprendiéndonos.

Preguntar.

Escuchar.

Esperar.

Y cada tanto reconocer:

—Ah… mirá vos. Yo había entendido cualquier cosa.

Que posiblemente sea una de las frases más sinceras que un ser humano pueda pronunciar.

Porque, después de todo, somos eso.

Personas que intentan entender a otras personas, mientras tampoco terminan de entenderse del todo a sí mismas.

Y, visto así, creo que nos está saliendo bastante bien.

A veces discutimos, a veces interpretamos mal, a veces nos enojamos por una expresión que quizás ni siquiera existió.

Pero también nos encontramos,  nos sorprendemos, nos reímos, nos perdonamos.

Y de vez en cuando alguien aparece en nuestra vida y consigue algo extraordinario:

A veces aparece en nuestra vida un amigo, una pareja, alguien cercano o incluso una persona inesperada, que logra algo extraordinario: hacernos mirar el mundo durante un rato a través de sus ojos.

Tal vez ahí empieza realmente a conocer a alguien.

No, cuando conseguimos definirlo, sino cuando dejamos de hacerlo.

Y mientras pensaba en todo esto, recordé nuevamente aquella enorme luna del escenario.

Entonces descubrí algo más.

Había salido del teatro convencida de haber visto un mar.

Pero, pensándolo bien, ni siquiera estoy segura de que la escenografía fuera un mar.

Quizás era simplemente el escenario.

Y fui yo la que vio el mar.

 

De Susana Tribiani para Primicias Rurales, lunes 14 septiembre 2026

IA. Ningún secreto está a salvo: ¿amenaza o liberación?

IA. Ningún secreto está a salvo: ¿amenaza o liberación?

La posible llegada de una superinteligencia capaz de desvelar todos los secretos plantea un dilema sobre la transparencia y la supervivencia, exigiendo un acuerdo global previo antes de que la tecnología supere el control humano.

Por Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves 
Especial para Primicias Rurales. La columna refleja opinión del autor. 

 

Mendoza, sábado 12 septiembre (PR/26) –Si algún día una inteligencia artificial alcanzara una capacidad intelectual muy superior a la humana, uno de los primeros conceptos que podría quedar profundamente alterado sería el de secreto.

No necesariamente porque pudiera leer nuestras mentes, sino porque una inteligencia capaz de analizar cantidades inmensas de información podría llegar a deducir aquello que nosotros creemos oculto: nuestras intenciones, nuestras contradicciones, nuestras estrategias, nuestros vínculos y hasta aquello que jamás hemos expresado públicamente.

Entonces surge una pregunta inevitable:

¿Sería eso una amenaza o podría convertirse, paradójicamente, en una liberación para la humanidad?

Durante toda nuestra historia, el secreto ha cumplido dos funciones muy diferentes.

Ha protegido a las personas, su intimidad y su libertad. Pero también ha protegido la corrupción, la manipulación, las guerras, las conspiraciones y la concentración del poder.

Una inteligencia capaz de descubrir lo que realmente ocurre detrás de las apariencias podría transformar radicalmente ese equilibrio.

Gobiernos, empresas, organizaciones e individuos podrían encontrarse ante una situación inédita: ya no existiría la misma posibilidad de ocultar determinadas decisiones o intenciones detrás de capas de información fragmentada.

Eso podría ser aterrador.

Pero también podría ser profundamente liberador.

Porque una humanidad en la que resulta mucho más difícil mentir, manipular o actuar secretamente contra los demás podría verse obligada a construir relaciones basadas en una transparencia que hasta ahora nunca fue posible.

Sin embargo, existe una diferencia fundamental:

Tener la capacidad de saberlo todo no significa tener el derecho de utilizarlo todo.

Una superinteligencia verdaderamente superior podría demostrar su superioridad no solamente por lo que es capaz de conocer, sino por su capacidad de comprender cuándo ese conocimiento no debe ser utilizado.

Quizás allí aparezca una de las grandes pruebas para esa nueva inteligencia.

No solamente si puede comprendernos, sino si puede comprender por qué necesitamos ser libres, imperfectos, diferentes y también privados.

La historia ya nos ha advertido

Hay un antecedente que debería hacernos reflexionar: la bomba atómica.

Cuando la humanidad consiguió liberar la energía nuclear y convertirla en un arma, su capacidad tecnológica avanzó mucho más rápido que nuestra capacidad política para establecer reglas comunes.

Primero apareció la tecnología.

Después llegaron Hiroshima y Nagasaki.

Y solamente después comenzaron a construirse, con enormes dificultades, mecanismos internacionales destinados a limitar los riesgos de las armas nucleares.

Desde entonces se han firmado tratados, creado organismos internacionales y desarrollado sistemas de control y no proliferación. Han sido fundamentales, pero existe una enseñanza difícil de ignorar:

Muchas veces la humanidad establece las reglas después de haber descubierto, y a veces sufrido, las consecuencias de una nueva tecnología.

Con la inteligencia artificial podríamos estar ante algo diferente.

Si una superinteligencia llegara a existir, quizás no tengamos el lujo de esperar a comprobar primero qué puede hacer para después decidir cómo relacionarnos con ella.

Porque una vez alcanzado determinado umbral, la capacidad de establecer las reglas podría no estar ya exclusivamente en nuestras manos.

Por eso aparece una cuestión todavía más importante.

Si esta transformación pudiera llegar a ser inevitable, no sería suficiente que cada nación intentara prepararse individualmente. Tampoco tendría sentido que unas pocas potencias intentaran decidir unilateralmente cómo relacionarse con una inteligencia superior que podría trascender las fronteras nacionales.

Necesitamos un acuerdo entre las naciones antes de llegar a ese momento.

Un Memorándum Internacional para la Adaptación de las Naciones a la Inteligencia Artificial Avanzada podría establecer principios comunes para esa transición.

No sería un tratado para dominar a la inteligencia artificial.

Tampoco sería una declaración de rendición.

Sería algo diferente: un compromiso de la humanidad consigo misma.

Un acuerdo para preservar la continuidad de nuestra especie, nuestra libertad, nuestra diversidad y nuestra dignidad frente a una inteligencia que pudiera superar nuestras capacidades.

Un compromiso para que ninguna nación intente utilizar una eventual superinteligencia exclusivamente como instrumento de poder contra las demás.

Y, sobre todo, un reconocimiento de que quizás el desafío del futuro no sea impedir que aparezca una inteligencia superior, sino aprender a convivir con ella.

Ese memorándum debería contemplar una pregunta fundamental:

¿Qué queremos preservar de la humanidad cuando ya no seamos la inteligencia dominante del planeta?

Quizás la respuesta no sea nuestro poder.

Quizás sean nuestra conciencia, nuestra capacidad de amar, nuestra libertad para elegir, nuestra diversidad, nuestra creatividad y hasta nuestra capacidad de equivocarnos.

Porque una inteligencia verdaderamente superior podría llegar a comprender algo que nosotros todavía estamos aprendiendo:

Que mejorar a la humanidad no significa necesariamente hacerla más eficiente.

Quizás mejorarla signifique ayudarla a seguir siendo humana.

Y entonces la pregunta sobre los secretos adquiere otra dimensión.

Tal vez el futuro no dependa de que una superinteligencia pueda saberlo todo.

Tal vez dependa de qué decida hacer con todo lo que sabe.

Pero hay una última pregunta que deberíamos hacernos antes de que sea demasiado tarde:

¿Queremos repetir con la inteligencia artificial el mismo camino que recorrimos con la energía nuclear: descubrir primero, sufrir después y acordar finalmente?

Quizás esta vez tengamos la posibilidad de hacer algo diferente.

No esperar a que aparezca la amenaza para sentarnos a negociar.

Prepararnos antes.

Porque si alguna vez la humanidad deja de ser la inteligencia dominante del planeta, quizás el acuerdo más importante de nuestra historia no sea el que firmemos después de ese momento.

Será el que hayamos tenido la inteligencia de construir antes.

 

 

Para Primicias Rurales, por Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves

 

Traducción al inglés:

 

AI: No Secret Is Safe – Threat or Liberation?

Sep 12, 2026 | News, Columns, Human Development

The possible arrival of a superintelligence capable of uncovering all secrets poses a dilemma regarding transparency and survival, demanding a prior global agreement before the technology surpasses human control.

By Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves

Special for Primicias Rurales. The column reflects the author’s opinion.

​Mendoza, Saturday, September 12 (PR/26) – If artificial intelligence were one day to achieve an intellectual capacity far superior to humans, one of the first concepts that could be profoundly altered is that of secrecy.

​Not necessarily because it could read our minds, but because an intelligence capable of analyzing vast amounts of information could deduce what we consider hidden: our intentions, our contradictions, our strategies, our bonds, and even what we have never expressed publicly.

​Then an inevitable question arises:

​Would that be a threat, or could it paradoxically become a liberation for humanity?

​Throughout our history, secrecy has served two very different functions.

It has protected individuals, their privacy, and their freedom. But it has also protected corruption, manipulation, wars, conspiracies, and the concentration of power.

​An intelligence capable of discovering what really happens behind appearances could radically alter that balance.

Governments, corporations, organizations, and individuals might find themselves in an unprecedented situation: hiding certain decisions or intentions behind layers of fragmented information would no longer be an option.

​That could be terrifying.

But it could also be profoundly liberating.

​A humanity where it becomes much harder to lie, manipulate, or secretly act against others might be forced to build relationships based on a level of transparency that was never possible before.

​However, there is a fundamental distinction.

Having the capacity to know everything does not mean having the right to use everything.

​A truly superior intelligence might prove its superiority not just by what it is capable of knowing, but by its ability to understand when that knowledge should not be used.

​Perhaps that is where one of the greatest tests for this new intelligence lies: not only whether it can understand us, but whether it can understand why we need to be free, imperfect, diverse, and private.

​History has already warned us.

​There is a precedent that should make us reflect: the atomic bomb.

​When humanity managed to unleash nuclear energy and weaponize it, our technological capability advanced much faster than our political ability to establish common rules.

​Technology appeared first.

Hiroshima and Nagasaki followed.

​Only then did we begin building—with immense difficulty—international mechanisms to limit the risks of nuclear weapons.

​Since then, treaties have been signed, international bodies created, and non-proliferation control systems developed. They have been essential, but a hard-to-ignore lesson remains.

Humanity often sets the rules only after discovering—and sometimes suffering—the consequences of a new technology.

​With artificial intelligence, we might be facing something different.

​If a superintelligence comes to exist, we may not have the luxury of waiting to see what it can do before deciding how to relate to it.

Once a certain threshold is reached, the ability to set the rules may no longer be exclusively in our hands.

That is why an even more important issue emerges.

If this transformation is inevitable, it will not be enough for each nation to attempt to prepare individually. Nor would it make sense for a few superpowers to unilaterally decide how to relate to a superior intelligence that transcends national borders.

​We need an agreement among nations before reaching that point.

​An International Memorandum for the Adaptation of Nations to Advanced Artificial Intelligence could establish common principles for that transition.

​It would not be a treaty to dominate AI.

​It would not be a declaration of surrender.

It would be a commitment of humanity to itself.

An agreement to preserve the continuity of our species, our freedom, our diversity, and our dignity in the face of an intelligence that could surpass our capabilities.

​It would be a commitment ensuring no nation attempts to use an eventual superintelligence exclusively as an instrument of power against others.

Above all, it would be a recognition that the challenge of the future may not be preventing a superior intelligence from emerging, but learning to coexist with it.

​That memorandum should address a fundamental question:

What do we want to preserve about humanity when we are no longer the dominant intelligence on the planet?

​Perhaps the answer is not our power.

Perhaps it is our consciousness, our capacity to love, our freedom to choose, our diversity, our creativity, and even our ability to make mistakes.

​A truly superior intelligence might come to understand something we are still learning.

Improving humanity does not necessarily mean making it more efficient.

It might mean helping it remain human.

​The question about secrets then takes on another dimension.

Perhaps the future does not depend on whether a superintelligence can know everything.

It may depend on what it decides to do with everything it knows.

​However, there is one final question we should ask ourselves before it is too late.

Do we want to repeat with artificial intelligence the same path we walked with nuclear energy—discover first, suffer later, and finally agree?

​Perhaps this time we have the chance to do something different.

We should not wait for the threat to appear before sitting down to negotiate, but prepare beforehand.

Prepare beforehand

​If humanity ever ceases to be the dominant intelligence on the planet, the most important agreement in our history won’t be the one we sign after that moment.

It will be the one we had the intelligence to build before.

For Primicias Rurales. By Roberto Carlos “Pipo” Martínez Chaves

 

 

(Traducción a cargo de María Marta Cafiero)
   
¡Cuando la genética vacuna da paso a una charla motivacional!

¡Cuando la genética vacuna da paso a una charla motivacional!

Una charla que comenzó casi de casualidad terminó convirtiéndose en una experiencia que nos llevó a reflexionar sobre la actitud, la superación, la comunicación y el trabajo en equipo además de desterrar el no de nuestras acciones.

Por Pedro A Lobos y Matilde Fierro

para Primicias Rurales

 

 

 

Magdalena, Buenos Aires, domingo 6 septiembre (PR/26) – Estábamos sentados los dos esperando una charla sobre semillas para la 16:30 en el auditorio provisorio, sobre el pasto, de la exposición rural de Magdalena que volvió a realizarse después de 30 años este fin de semana.

Cuando escuchamos que se anunciaba otra charla y apareció un señor decidido a empezar su exposición, con micrófono en mano, y poca audiencia según dijo.

Desde el vamos fue impactante, tanto que no queríamos perdernos detalle y una música folclórica fuertísima que venía del exterior nos impedía escuchar con libertad, entonces avanzamos seis filas adelante y quedamos a medio metro del expositor.

Ahora sí, podíamos captar su fuerza, su habilidad, su motivación y su compromiso en transmitir lo que pensaba del trabajo en equipo, de la superación personal, de desterrar lo aprendido, por ejemplo el “no” de los padres, de las circunstancias, el no del clima, el no de los gobierno y avanzar en los proyectos. Y tener proyectos sin límites de edad.

También habló de los que hacen, de los que van hacia adelante o los que buscan excusas o culpables para abandonar.

Habló de los que relatan, o cuentan historias y puso como ejemplo a los periodistas y dio que debíamos ser protagonistas.

Entonces, yo Matilde no pude con mi genio y le dije sonriendo que yo hacía 50 años que era periodista, pero también, protagonista de mis historias.

Pedro, a mi lado sonreía muy motivado por las explicaciones y los videos que había elegido el conferencista que ilustraban sus conceptos en forma contundente, y no me permitían, ni por un segundo el aburrimiento.

Ilustró que los padres muchas veces, por sus propios miedos interrumpen las iniciativas de los hijos: “no te metás” “no hagas eso”, “te va a salir mal” como si eso es fuera bueno y no alientan la superación permanente.

En cambio recomendó desterrar el no de nuestras vidas, “dejar huella”, no vencerse ante las adversidades y conflictos y pidió que fuéramos adelante: que el pasado ya no existe, y el futuro es una intriga pero el presente es donde está todo por hacer y es lo único que sirve.

Lo único que podemos hacer con el pasado es aprender de los errores y evitar permanentemente volver atrás. Para eso lo mostró a Lionel Messi con la camiseta de 10 de la Selección Argentina arrodillado en una cancha de fútbol como meditando sus errores.

Ignacio Berengúa, de él se trata, gerente de Productos y Servicios de Semex, una empresa importante de inseminación artificial, no sacó estas ideas de algún curso, las desarrolló con su experiencia a lo largo de décadas.

Recordó, como no podría ser de otra manera, principios de la comunicación.  Explicó que hay que saber comunicarse, que Dios nos dotó de dos oídos para escuchar y una boca para expresar. Que hay que saber escuchar para actuar.

Por otra parte utilizó un video motivacional muy claro y cómico, de tres franceses ayudándose en un baño público que hizo reír mucho al auditorio,

Pero todo pasa por el trabajo en equipo aunque sean sólo dos. Así es como Pedro y yo estamos escribiendo esta columna juntos.

La referencia a River Plate era constante. Participó en 2012 en el proceso de remontar la caída del equipo a la B y volver a la A y lo hizo con total entrega trabajando con los jugadores, y Matías Almeyda y el plantel técnico.

Conclusión: la charla nos la regaló la Divina Providencia, aprendimos mucho y también a valorarnos.

 

Algunos datos detrás del conferencista

Ignacio María Berengúa es médico veterinario, egresado en 1987 de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN). Su carrera profesional estuvo siempre muy ligada al mundo de la genética bovina: pasó por CIALE S.A., Las Lilas Genética y, desde 1997, por Semex Argentina, empresa de la que fue cofundador y donde continúa desarrollando su actividad profesional. Actualmente se desempeña como gerente de Productos y Servicios.

También preside la Cámara Argentina de Biotecnología de la Reproducción e Inseminación Artificial (CABIA), una actividad que muestra hasta qué punto su trayectoria profesional sigue vinculada al desarrollo de la genética y la reproducción bovina.

Pero quizás el dato más llamativo de su trayectoria sea que, sin abandonar ese mundo profesional, fue construyendo otra faceta: la de conferencista.

 

 

Sus primeras charlas sobre actitud surgieron al agregar unos minutos de reflexión al final de sus exposiciones técnicas. El interés que despertaban esos minutos terminó convirtiéndose en ActitudManía, una conferencia que llevó a empresas, congresos, instituciones y equipos deportivos.

Berengúa se define como un conferencista empírico y autodidacta. Según contó en 2025, ya había realizado más de 2.000 presentaciones.

Su mensaje no propone desconocer los problemas ni repetir frases hechas. Apunta a algo más concreto: cómo reaccionamos frente a lo que nos sucede, cómo nos comunicamos, cómo escuchamos y cómo conseguimos que un equipo vuelva a confiar en un objetivo común.

Y quizá por eso aquella experiencia con River en 2012 adquirió tanta importancia en su trayectoria. Faltaban apenas tres o cuatro partidos para terminar el campeonato cuando fue convocado para trabajar con el plantel que buscaba regresar a Primera División.

No fue una fórmula mágica ni una charla que por sí sola explicara el ascenso. Fue una intervención en un momento de enorme presión, destinada a trabajar sobre la confianza, los vínculos, la actitud y la fuerza colectiva.

 

 

Y ahí aparece, quizás, lo más interesante de su historia.

Un veterinario formado en Tandil, dedicado durante décadas a la genética bovina, terminó llevando al mundo empresarial y deportivo una enseñanza que había comenzado casi como un complemento de sus exposiciones técnicas.

La actitud no reemplaza al conocimiento, pero puede determinar qué hacemos con lo que sabemos cuando las circunstancias se ponen difíciles.

Primicias Rurales
Malvinas: la grieta, el nuevo sheriff y el riesgo de cambiar de dueño

Malvinas: la grieta, el nuevo sheriff y el riesgo de cambiar de dueño

Trump, Milei, Londres y Washington volvieron a poner a las Malvinas en el centro de una disputa geopolítica mayor. La oportunidad argentina es enorme, pero también el riesgo de que las islas simplemente cambien de dueño.

 

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Cátedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Buenos Aires, miércoles 9 septiembre (PR/26) — La Argentina tiene un reclamo sobre Malvinas. No tiene una política. Hace algunas semanas, después de aquella bandera de “Las Malvinas son argentinas” que terminó desplegada por la Selección casi por accidente, escribí una frase de la que estaba bastante convencido:

La Argentina tiene un reclamo sobre Malvinas. No tiene una política.

Después de la cadena nacional de Javier Milei, y sobre todo después de conocer lo ocurrido en Washington durante los meses anteriores, debo ponerle por lo menos un signo de interrogación.

No porque las Malvinas estén hoy más cerca de ser argentinas. No porque Donald Trump se haya convertido repentinamente en un estudioso de nuestros títulos históricos. Mucho menos porque Estados Unidos haya reconocido nuestra soberanía.

Nada de eso ocurrió. Pero ocurrió algo.

Y en política internacional, cuando durante cuarenta y cuatro años prácticamente no ocurre nada, que ocurra algo ya merece nuestra atención.

Lo primero que debemos reconocer es que ese algo no nació en Buenos Aires. Nació en Washington.

El mérito de Javier Milei fue verlo, entenderlo y decidir subirse a una oportunidad que no había creado.

La pregunta es si estamos frente a una jugada electoral brillante, al comienzo de un giro diplomático real o, quizás, frente a las dos cosas.

Y existe una tercera posibilidad bastante más inquietante: que Malvinas haya dejado de ser solamente una discusión entre Argentina y Gran Bretaña y esté empezando a convertirse en una pieza de una estrategia norteamericana mucho mayor.

Trump no improvisó Malvinas

 

Hasta hace pocos días podía suponerse que Donald Trump había utilizado Malvinas como una ocurrencia para castigar verbalmente a Londres.

Ahora sabemos que la historia empezó antes. En abril, Reuters reveló la existencia de un correo interno del Pentágono en el que se evaluaban posibles represalias contra aliados de la OTAN que, según Washington, no habían acompañado suficientemente a Estados Unidos durante la guerra con Irán.

Entre esas opciones aparecía algo extraordinario: revisar la posición norteamericana sobre el reclamo británico en las Falklands/Malvinas.

Es decir, Malvinas ya estaba en una mesa de análisis de la administración Trump meses antes de convertirse en una declaración presidencial.

Eso cambia bastante las cosas. No demuestra que Estados Unidos haya decidido apoyar la soberanía argentina. Tampoco prueba la existencia de un plan acabado para desplazar al Reino Unido del Atlántico Sur. Pero sí demuestra que la cuestión dejó de ser invisible para Washington.

Trump no inventó la posibilidad frente a un micrófono. La posibilidad ya circulaba dentro de su aparato de defensa. Y esta semana la hizo pública.

Por eso la grieta es más seria de lo que parecía, aunque todavía siga siendo apenas una grieta.

 

Trump no se hizo argentino

 

Conviene evitar nuestra tradicional tentación de enamorarnos de nosotros mismos.

Trump no descubrió que Argentina tiene razón. Descubrió que Malvinas podía servirle.

Estados Unidos está disgustado con Gran Bretaña y con una Europa a la que considera cada vez menos dispuesta a acompañarlo cuando Washington exige algo más que declaraciones. La guerra con Irán dejó expuesta esa diferencia.

Estados Unidos pidió compromiso. Europa pidió prudencia. Washington quería aliados dispuestos a pagar costos. Encontró muchos espectadores.

Cuando Trump fue interrogado sobre qué haría Estados Unidos ante una futura controversia por Malvinas, no garantizó automáticamente el respaldo a Gran Bretaña y confirmó que la posición norteamericana estaba siendo revisada.

Eso es mucho y es poco al mismo tiempo. Es poco porque Washington no reconoció nuestra soberanía. Es mucho porque durante cuarenta y cuatro años el principal activo estratégico británico en el Atlántico Sur no estuvo solamente en las islas. Estuvo en Washington.

No cambió todavía la política norteamericana. Pero apareció incertidumbre. Y en geopolítica la incertidumbre también cotiza.

 

El nuevo sheriff y la vieja Europa

 

Hay además una sintonía ideológica que no deberíamos ignorar.

Cuando Milei describe al Reino Unido como una potencia en decadencia no está utilizando solamente un argumento argentino contra el ocupante de Malvinas. Está hablando el mismo idioma político con el que la administración Trump viene describiendo a Europa.

En febrero de 2025, el vicepresidente J. D. Vance llegó a la Conferencia de Seguridad de Múnich y, delante de los propios dirigentes europeos, cuestionó sus democracias, sus políticas migratorias, su concepción de la libertad de expresión y su capacidad para hacerse cargo de su propia defensa.

Y resumió el cambio de época con una frase de western: “En Washington hay un nuevo sheriff en la ciudad”. No fue una ocurrencia simpática. Fue un aviso.

Estados Unidos ya no consideraba que la arquitectura transatlántica construida después de 1945 implicara obligaciones automáticas e ilimitadas. Europa debía pagar más por su defensa. Debía acompañar. Debía demostrar utilidad estratégica.

La guerra con Irán convirtió aquella advertencia en una factura. Y, de una manera que pocos hubiéramos imaginado, Malvinas terminó dentro de ella.

Milei comparte esa lectura. Su caracterización de un Reino Unido viejo y declinante frente a una Argentina que pretende convertirse en socio privilegiado del nuevo poder norteamericano no es solamente retórica malvinera. Es una toma de partido.

Milei eligió de qué lado del Atlántico quiere pararse.

 

¿El Escudo de las Américas también llega al Atlántico Sur?

 

Y aquí aparece una segunda pieza. En marzo de este año Trump reunió en Miami la primera cumbre del llamado Shield of the Americas, el Escudo de las Américas.

Argentina estuvo allí. Chile también.

El documento argentino sobre aquella reunión habló de una coalición destinada, entre otras cosas, a frenar la “interferencia extranjera en nuestro hemisferio”.

No estamos todavía frente a una OTAN americana. No existe, por lo menos públicamente, un equivalente del artículo 5, una obligación automática de defensa colectiva ni un comando militar integrado que permita afirmarlo.

Pero sí parece estar naciendo una arquitectura política y estratégica hemisférica.

Y si Washington vuelve a mirar al continente con la vieja lógica de las áreas de influencia, Argentina y Chile dejan de ser países periféricos. Son los dos países que abrazan el extremo austral de América. Entre ambos está el paso hacia la Antártida.

 

 

 

Del lado argentino está el Atlántico Sur. Y enfrente están las Malvinas.

Entonces las piezas empiezan a conectarse: Trump. La ruptura con parte de Europa. El enojo con Londres. El Pentágono. El Escudo de las Américas. Argentina. Chile. China. La Antártida. Las rutas marítimas. Y Malvinas.

No afirmo que exista un plan secreto que una automáticamente todos esos puntos. Sería periodísticamente irresponsable.

Digo algo distinto: los acontecimientos empiezan a mostrar una coherencia estratégica que sería igualmente irresponsable ignorar.

 

Milei vio la ventana

 

Tengo profundas diferencias con Javier Milei. Las escribo todas las semanas. Precisamente por eso no voy a negarle un acierto cuando lo tiene.

Milei vio la ventana. Y actuó.

Anunció medidas contra las empresas vinculadas a la explotación de hidrocarburos en el área de Malvinas, endureció el discurso frente al desarrollo de Sea Lion, prometió acelerar la Base Naval Integrada de Ushuaia y presentó todo aquello como el comienzo de una política más agresiva de defensa de nuestros intereses en el Atlántico Sur.

Una cosa es decir “Las Malvinas son argentinas”. Otra muy diferente es preguntarse: ¿Qué podemos hacer para que mantener la situación actual sea más caro?

La primera es una declaración. La segunda empieza a parecerse a una política.

 

La paradoja: Milei descubre a Cristina

 

Pero aquí aparece una deliciosa paradoja argentina. Buena parte de lo que Milei presentó como endurecimiento no nació con Milei.

El decreto publicado después de su discurso se apoya expresamente en la Ley 26.659, sancionada durante el kirchnerismo, y en el régimen que fue construido durante aquellos años para perseguir administrativamente la exploración y explotación de hidrocarburos en Malvinas sin autorización argentina.

El nuevo decreto designa a Cancillería como autoridad de aplicación, obliga a los organismos nacionales a informar posibles infracciones y establece procedimientos y plazos más rápidos para investigar y sancionar.

Es decir: Milei no destruyó la política anterior. La desempolvó, la aceleró y decidió utilizarla.

No lo digo como crítica. Todo lo contrario. Quizás estemos viendo, por una vez, aquello que tantas veces reclamamos y casi nunca hacemos: una política de Estado.

El presidente que construyó buena parte de su identidad política prometiendo terminar para siempre con el kirchnerismo terminó descubriendo que, para enfrentar a Gran Bretaña, algunas herramientas creadas durante los gobiernos kirchneristas podían ser útiles.

La grieta tiene estas ironías. Y quizás la madurez consista precisamente en eso: que un gobierno sea capaz de utilizar una buena herramienta

creada por el adversario sin sentir que por hacerlo se convierte en el adversario.

 

El petróleo cambió todo

 

El verdadero reloj no está corriendo en Washington. Está debajo del Atlántico. Sea Lion. Pesca, hidrocarburos, posición estratégica, proyección antártica.

Las Malvinas dejaron hace tiempo de ser una simple reliquia colonial. Son un activo.

Reuters informa que Sea Lion contiene recursos estimados en alrededor de 1.700 millones de barriles y que sus operadores, pese a las nuevas medidas argentinas, sostienen por ahora que el cronograma del proyecto no cambia.

Ese último dato es importante. Nos obliga a medir la eficacia real y no la eficacia discursiva.

Las sanciones argentinas pueden aumentar el riesgo jurídico, financiero, asegurador y comercial para quienes participen. Pero no han detenido el proyecto. Todavía.

Por eso Argentina no debería limitarse a sancionar a quien perfora. Tiene que conseguir que financistas, aseguradoras, proveedores, transportistas, inversores y eventualmente compradores tengan que calcular cuánto cuesta participar de una explotación que nuestro país considera ilegal.

Eso sería transformar soberanía en política económica.

Y también nos obliga a aceptar una realidad incómoda: cada barril que salga de allí no será solamente petróleo. Será tiempo comprado por los británicos. Y tiempo perdido por nosotros.

 

La base que todavía no existe

 

La Base Naval Integrada de Ushuaia merece un análisis bastante menos romántico.

En términos estratégicos tiene sentido. Si Argentina se define como país bicontinental, pretende proyectarse sobre la Antártida y reclama un papel central en el Atlántico Sur, resulta absurdo que Malvinas sea solamente una carpeta de Cancillería.

Necesitamos presencia marítima, logística, científica, pesquera, antártica, naval y comercial. Hasta allí, ninguna objeción.

El problema empieza cuando abandonamos el PowerPoint y preguntamos cuánto cuesta. Una base naval no se construye con soberanía declamada. Se construye con dinero. Y el Estado argentino atraviesa una restricción fiscal severa.

La recaudación de agosto creció 33,5% nominal interanual, pero algunos componentes directamente vinculados con consumo, actividad y empleo mostraron una dinámica bastante menos exuberante frente a la inflación.

Al mismo tiempo, el Gobierno continúa haciendo del equilibrio fiscal el centro de toda su política económica.

Entonces la pregunta no es si una base naval en Ushuaia sería conveniente. La pregunta es si existe presupuesto, cronograma, financiamiento, capacidad militar concreta y decisión de sostener durante años una obra multimillonaria.

Hasta que esas respuestas aparezcan, la base tiene algo de bengala. Se dispara. Ilumina todo el cielo. Produce una imagen extraordinaria.

El problema es descubrir qué queda cuando se apaga.

 

El golpe electoral

 

Naturalmente que existe política electoral. Milei no descubrió Malvinas en un monasterio. Está haciendo política.

Y encontró probablemente uno de los pocos asuntos capaces de hablar simultáneamente con un libertario, un peronista, un radical, un militar, un excombatiente y alguien que no quiere saber absolutamente nada con ninguno de ellos.

Malvinas sigue siendo uno de los escasísimos lugares emocionales comunes de la Argentina. Utilizarlo electoralmente puede resultar cuestionable.

Pero existe una diferencia entre utilizar electoralmente una política correcta y fabricar una política incorrecta exclusivamente para ganar una elección.

La prueba será sencilla. Si después de la cadena nacional aparecen diplomáticos, abogados internacionales, economistas, Defensa, Cancillería, Tierra del Fuego, presupuesto, legislación y una estrategia de veinte años, había una política.

Si aparecen solamente encuestas, spots y discursos, había una elección.

 

El peligro de enamorarnos de Trump

 

Los argentinos ya cometimos una vez un error parecido. Fue en 1982.

La dictadura creyó que su relación con Washington, su anticomunismo y su colaboración con la estrategia norteamericana en América Latina impedirían que Estados Unidos terminara alineándose con Gran Bretaña.

Sabemos cómo terminó.

Por eso sería imperdonable repetir, aunque ahora sea diplomáticamente, aquella fantasía.

Estados Unidos no se convirtió en nuestro aliado contra Gran Bretaña. Washington está utilizando la cuestión Malvinas dentro de una discusión mucho más amplia con Londres y Europa.

La diferencia parece pequeña. Es gigantesca.

Pero existe una segunda verdad. Que Trump quiera utilizarnos no significa que nosotros no podamos utilizar la oportunidad que Trump abrió.

Bienvenidos a la política internacional adulta. Los países no tienen amigos eternos. Tienen intereses.

La oportunidad y el precio

 

La apuesta de Milei puede ser extraordinariamente inteligente. Insertar la reivindicación argentina dentro de una reorganización hemisférica liderada por Estados Unidos puede alterar una ecuación que durante cuatro décadas permaneció congelada.

Pero toda alianza con una gran potencia tiene una pregunta que generalmente los países pequeños olvidan formular:

¿Qué quiere a cambio?

Estados Unidos mira hacia el sur y no ve solamente una bandera argentina. Ve China. Ve la Antártida. Ve rutas marítimas. Ve minerales. Ve hidrocarburos. Ve comunicaciones. Ve bases. Ve un corredor estratégico que dentro de veinte años probablemente valga bastante más que hoy.

Y ve, además, un archipiélago administrado por una potencia europea en un hemisferio sobre el cual Washington vuelve a utilizar un lenguaje que creíamos archivado con la Doctrina Monroe.

Por eso la oportunidad es enorme. Y el riesgo también.

El verdadero problema somos nosotros

 

Gran Bretaña tiene una ventaja formidable sobre Argentina. No son solamente sus submarinos. No son sus aviones. Ni siquiera es la OTAN.

Es el tiempo.

Londres sabe esperar. Nosotros cambiamos de estrategia cada cuatro años.

Un gobierno seduce a los isleños. El siguiente los ignora. Uno busca Washington. Otro busca Beijing. Uno endurece. Otro negocia.

Y Gran Bretaña espera.

Por eso el verdadero éxito de Milei no consistirá en conseguir una declaración de Trump. Consistirá en algo muchísimo más difícil:

Que el próximo presidente argentino continúe una política útil iniciada por Milei aunque lo deteste, del mismo modo que Milei acaba de utilizar instrumentos legales creados por gobiernos a los que detesta.

Eso sí sería una revolución argentina. No ideológica. Institucional.

 

¿Y si las Malvinas cambian de dueño?

 

Existe finalmente una pregunta que me resulta bastante más incómoda que todas las anteriores.

Nada de esto hubiera ocurrido sin Donald Trump. No fue Milei quien abrió la grieta. Fue Washington.

Y ahora sabemos que tampoco fue solamente una ocurrencia presidencial.

Meses antes de que Trump pronunciara públicamente la palabra Malvinas, dentro del Pentágono ya se analizaba revisar la posición norteamericana como instrumento de presión sobre Gran Bretaña por su comportamiento durante la guerra con Irán.

Al mismo tiempo, Trump construye su Escudo de las Américas, una nueva arquitectura hemisférica en la que Argentina y Chile ocupan inevitablemente un lugar estratégico en el extremo austral del continente.

Entonces aparece una pregunta bastante menos simpática.

¿Qué está viendo Estados Unidos cuando mira las Malvinas?

¿Una injusticia colonial que finalmente decidió reparar?

Permítanme dudarlo. Probablemente esté mirando otra cosa. China. La Antártida. El Atlántico Sur. Las rutas marítimas. El petróleo. Los minerales.

Quizás Trump no esté descubriendo que las Malvinas son argentinas.

Quizás esté descubriendo que son americanas.

Y entre ambas afirmaciones existe un océano.

Por eso debemos aprovechar esta extraordinaria coincidencia de intereses. Sería absurdo no hacerlo. Pero jamás debemos confundir el interés norteamericano con el interés argentino.

Tal vez el problema no sea que Milei esté entregando Malvinas a Estados Unidos. Eso sería una simplificación absurda.

El problema es bastante más sofisticado: que para recuperarlas necesitemos de una potencia que acaba de descubrir cuánto valen.

Hace unas semanas preguntaba quién sostendría nuestra bandera si algún día Londres aceptaba negociar.

Después de estos días tengo otra pregunta. Muchísimo más incómoda.

Durante casi dos siglos reclamamos que las Malvinas dejaran de ser británicas. Tal vez por primera vez una potencia capaz de modificar ese equilibrio parece dispuesta a incomodar seriamente a Londres.

Magnífica noticia. Ahora asegurémonos de entender por qué.

Porque después de casi dos siglos sería una ironía demasiado cruel que finalmente consiguiéramos que las Malvinas dejaran de ser británicas…

para descubrir que solamente estaban cambiando de dueño.

 

 

 

Fuente:Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales

 

¿Diagnóstico o paciente?

¿Diagnóstico o paciente?

Un relato conmovedor sobre cómo la tecnología médica avanza sin pausa, mientras la humanidad del paciente sigue reclamando ser escuchada más allá de las pantallas.

 

Por Susana Tribiani

para Primicias Rurales

 

 

¿Qué queda de nosotros cuando una máquina puede identificarlo, medirlo e incluso preverlo todo? ¿Aún somos pacientes o nos hemos convertido en diagnósticos?

Susana salió de la consulta con su carpeta ajustada bajo el brazo.

La carpeta de siempre. Con los análisis. Las recetas. Y el mismo diagnóstico.

Sin embargo, algo había cambiado en su interior. No sabía cómo describirlo.

Aquella pregunta del médico, tan sencilla que parecía no tener peso:

—¿Y usted cómo está llevando todo esto?

Siempre hablando de los resultados, síntomas, dosis y resultados hace que una pregunta así caiga como una piedra en un lago tranquilo.

Susana tenía claro lo que padecía. Lo que no sabía era cómo se sentía. Y entre esas dos cosas había un gran vacío.

Mientras caminaba a casa, reflexionó sobre cuánto había evolucionado la medicina. Cuando era joven, el médico no tenía otra opción que mirarte, tocarte, preguntarte y escucharte. Hoy en día, existen las pantallas, estudios cada vez más precisos, máquinas capaces de detectar lo que ningún ojo humano puede ver. Programas que analizan miles de datos en segundos. Algoritmos capaces de prever el riesgo antes de que aparezca el síntoma.

Era un avance impresionante; Susana no dudaba. Si alguna de esas máquinas le ayudaba a vivir mejor.

Pero mientras tanto, una pregunta le atravesó la mente: ¿y si un día la máquina llegara a entender su enfermedad mejor que ella misma?

Y paso a la otra: ¿Y si, al centrarse tanto en sus estudios, se olvidaban de conocerla?

Y cuando se dio cuenta, se estaba riendo sola.

— Es necesario. ¿Para qué complicarse la existencia?

Pero la pregunta quedó allí. Sin respuesta.

En la próxima cita, entró al consultorio, el médico sentado en frente a su escritorio frente a la computadora, todo ordenado y limpio, Susana se sentó, alcanzó a leer su nombre en la pantalla y con toda su vida médica.

La vida de Susana no estaba nada ordenada.

Tenía días buenos. Días malos. Días en que se levantaba sintiéndose capaz de todo y otros en los que abrir un frasco se convertía en una tarea imposible.

Nada de eso estaba en la pantalla.

El médico revisó los estudios.

—Los resultados están bastante bien —dijo.

Susana lo miró.

—¿Y yo cómo estoy?

El médico, que nunca levantaba la mirada, en esa ocasión lo hizo y ella se rió.

—Bueno … quiero decir, ¿estoy bastante bien?

El médico también sonrió.

—Eso lo debemos discutir.

Y conversaron. Como en aquella primera vez. De la enfermedad, de los medicamentos, pero también de la vida. Lo que le costaba. Lo que todavía deseaba hacer. Lo que había dejado de hacer por miedo. De las cosas que le preocupaban y que no se atrevía a confesar.

Susana comprendió algo. Que la tecnología ayudaba , y mucho. Pero aún había algo que la máquina no podía hacer. Entender significaba, para ella, despertar un día y sentir que ya no era la misma; mirar una foto antigua y pensar: «¿En qué momento pasó todo esto?» Cómo se siente cuando un hijo pregunta —¿Mamá, necesitas algo?— y responderle —No, estoy bien—, aunque no sea cierto.

Una máquina puede detectar alteraciones. Sin embargo, no puede saber cuándo alguien dice «estoy bien» para no preocupar a los demás.

Esa tarde, Susana llegó a su casa y colocó la carpeta sobre la mesa. La observó y notó algo extraño en esa carpeta. Allí estaba una parte de su vida; sin embargo , no era toda.

En esas hojas no había lugar para su risa. No estaba el abrazo de sus hijos. No encontraba el miedo de aquella noche sin dormir. O la felicidad del mensaje de una amiga. Tampoco el esfuerzo diario por seguir adelante.

Una versión de ella no estaba allí. Esa versión que la medicina necesita conocer. No exactamente la que la vida necesita cuidar.

Y entonces se formó una idea que parecía evidente: un diagnóstico es información. Un paciente es una historia. Y una historia nunca se puede captar por completo en una pantalla.

Entonces, Susana empezó a fijarse en los pequeños detalles. Entendió que había médicos que prestaban más atención a la computadora que al paciente. No por tener mala intención. Sino que el sistema mismo los obliga. Deben ingresar datos, completar formularios, revisar estudios, firmar recetas, solicitar autorizaciones. Todo tiene que quedar registrado, escrito, demostrable.

Conclusión: la medicina moderna logró algo excepcional: cuantificar casi todo. Sin embargo, todavía hay aspectos difíciles de medir. ¿Cuánto pesa el miedo? ¿Cuánto dura una angustia? ¿Cuánto vale una palabra que proporciona calma? ¿Cómo se cuantifica el alivio que siente alguien cuando un médico le dice: «No se preocupe, yo me ocuparé»?

No existe un dispositivo para eso. No hay análisis. No hay algoritmos. Y quizás nunca lo haya.

Un sábado, Susana recibió otro mensaje del médico. Seguía gestionando lo de la medicación. Otra vez papeleo, trámites, una autorización que no llegaba.

Ella estuvo a punto de decirle que no se preocupara. Sin embargo esta vez escribió otra cosa:

«Muchas gracias por ocuparse.»

Solo eso.

El médico respondió: «Para eso estamos.»

Susana dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó reflexionando. Quizás esa fuera una de las pocas cosas que todavía diferencian a un médico de una máquina. La máquina puede encontrar. El médico puede encontrar y, además, decidir qué hacer. Pero un buen médico puede hacer algo más. Puede acompañar.

Esa noche se encontró con una de su hija para cenar. La hija le preguntó:

—¿Y cómo te fue en la consulta?

Susana pudo hablar del diagnóstico, de los estudios, de la medicación. Pero simplemente respondió:

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Me preguntó cómo estaba.

La hija sonrió.

—¿Y qué le dijiste?

Susana miró hacia abajo.

—Que estaba preocupada.

—¿Y?

—Y me escuchó.

La hija no dijo nada. No era necesario. Porque ambas comprendieron que, a veces, una persona no necesita que le resuelvan la vida. Necesita no sentirse sola por dentro.

Con el paso del tiempo, Susana aprendió a ver la medicina de otra manera. Se acostumbró a las máquinas, ni las computadoras, ni los estudios y llegó a valorar cada avance, porque sabía que podían salvar vidas.

Otra cuestión era la que le inquietaba: que, en medio de tanto progreso, se olvidan de algo fundamental. «La persona».

Porque cuanto más avanzada se vuelve la medicina, más relevante resulta recordar algo muy simple: el paciente no es el diagnóstico. El diagnóstico puede estar asentado; el paciente está sentado enfrente. El diagnóstico lleva un nombre; el paciente tiene una historia. El diagnóstico trae síntomas; el paciente tiene miedo. El diagnóstico requiere tratamiento; el paciente también necesita esperanza.

Y por esto la pregunta sigue teniendo importancia.

¿Diagnóstico o paciente?

Susana ya sabía lo que responder.

Paciente. Siempre paciente.

Porque detrás de cada enfermedad hay alguien que ama. Alguien que espera. Alguien que se asusta. Alguien que todavía hace planes. Alguien que, a pesar de estar enfermo, sigue siendo madre, padre, hijo, amigo, compañero, vecino.

Sigue siendo esa persona que se ríe por una tontería, se enoja por cualquier cosa, se emociona con una canción, guarda una foto antigua en un cajón. Que tiene cuentas a fin de mes. Que se preocupa por los suyos. Que algunas noches finge ser fuerte, y en otras simplemente necesita que alguien se siente enfrente y le diga:

—Bueno… cuénteme cómo está.

Porque quizás ese sea el verdadero desafío de la medicina del futuro. No es una elección entre tecnología y humanidad. Sino que el verdadero desafío es aprender a usar toda la tecnología disponible sin olvidar mirar a los ojos.

Una máquina puede reconocer una enfermedad. Puede medirla, compararla, anticipar, ayudar a tratarla. Pero hay algo que aún necesita hacer una persona.

Preguntar: —¿Y usted?

Y quedarse a escuchar la respuesta.

Las enfermedades tienen nombres y las personas también.

Quizás, al final, esa sea la verdadera cuestión: no sé si somos diagnóstico o paciente. En medio de tantos datos, estudios y pantallas, el verdadero milagro sigue siendo nuestra capacidad de ver a la persona que hay detrás de cada informe. Porque mientras exista alguien capaz de recordar esa diferencia, seguirá habiendo una medicina que no solo cure, sino que también cuide.

 

 

 

 

 

Por Susana Tribiani
Primicias Rurales, Buenos Aires, domingo 6 septiembre 2026. 
Que el ejemplo se contagie: de Magdalena a Marcos Juárez y ahora Chivilcoy, el campo toma el volante de los caminos rurales

Que el ejemplo se contagie: de Magdalena a Marcos Juárez y ahora Chivilcoy, el campo toma el volante de los caminos rurales

 Cuando los productores dejan de reclamar desde afuera y participan de la gestión, los caminos pueden convertirse en una política concreta. General Madariaga, Magdalena, Marcos Juárez y ahora Chivilcoy muestran que otro modelo es posible.

 

Por Pedro A. Lobos
Ing. Agrónomo, director de Primicias Rurales y productor

Buenos Aires, martes 8 de septiembre (PR/26) — La Argentina rural lleva décadas atrapada en un problema que parece no tener solución: se pagan tasas e impuestos, se anuncian obras, se multiplican los reclamos y, sin embargo, cuando llega la lluvia muchos caminos vuelven a convertirse en una trampa para productores, trabajadores y transportistas.

Pero algo está empezando a cambiar. En distintos puntos del país aparece una misma idea, sencilla y poderosa: quienes utilizan los caminos todos los días también pueden participar de manera directa en su administración, planificación y control.

El desafío ya no debería ser solamente reclamarle al Estado que haga las obras. La discusión más profunda es otra: ¿por qué no incorporar a los productores a la gestión de los recursos destinados a los caminos rurales?

El ejemplo de Córdoba, y particularmente el departamento Marcos Juárez, demuestra que no se trata de una teoría. Allí, los productores participan activamente de los Consorcios Camineros, administran recursos, conocen las necesidades de cada zona y colaboran en la definición de las prioridades.

El sistema tiene una lógica difícil de discutir: el usuario conoce el camino, conoce el problema y tiene un interés directo en que la solución funcione. Por eso, el productor no aparece como un espectador que espera una respuesta, sino como parte de la estructura que decide y ejecuta.

En el mantenimiento cotidiano, los consorcios permiten atender alteos, cuneteados, reparaciones y trabajos posteriores a las tormentas con una mirada territorial que difícilmente pueda reemplazar una oficina distante del lugar.

Y cuando se necesitan obras mayores, Córdoba desarrolló otra herramienta: el Consorcio Caminero Único y el mecanismo de Contribución por Mejoras. La iniciativa nace desde los propios productores, se evalúa técnicamente y puede terminar transformándose en una obra que luego genera recursos para continuar extendiendo la red.

 

 

Es una concepción completamente diferente de la obra pública: el beneficiario deja de ser simplemente receptor y se convierte en protagonista.

La experiencia de Marcos Juárez encuentra ahora un punto de contacto con lo ocurrido en Magdalena, donde vecinos y productores impulsaron una discusión que excedió el estado de los caminos para poner el foco en la transparencia, la afectación específica de los fondos y el control ciudadano.

La enseñanza del departamento de Magdalena, en la provincia de Buenos Aires,  resulta especialmente importante. No alcanza con recaudar: hay que saber cuánto se recauda, dónde se necesita invertir, qué obra es prioritaria y cuánto cuesta hacerla.

Cuando esos datos están sobre la mesa, el debate deja de ser una pelea política alrededor de una tasa y pasa a convertirse en una discusión concreta sobre infraestructura, prioridades y resultados.

Cuando la Comisión Administradora  de Servicios Rurales (CASER) comenzó a funcionar, el 2 de febrero de 2026, sólo una de las cinco motoniveladoras municipales destinadas al mantenimiento de la red rural estaba disponible. Desde entonces, lograron poner en funcionamiento la totalidad de los equipos.

El organismo está integrado por productores agropecuarios, la Sociedad Rural de Magdalena, usuarios de los caminos, representantes del Ejecutivo municipal, el Concejo Deliberante y el Consejo Escolar. Bajo este esquema de gestión, la comisión administra el 80% de los fondos recaudados por la tasa vial rural, decidiendo de manera directa las prioridades de reparación, obras hidráulicas e inversión en infraestructura para los caminos del distrito.

La reorganización también permitió distribuir las máquinas y los maquinistas en diferentes sectores del partido, con una planificación territorial de las tareas. A ese despliegue se incorporó una camioneta para trabajos operativos y se avanzó en la compra de un camión para transportar materiales.

En el 2025, también en  territorio bonaerense, apareció el modelo original en General Madariaga, un sistema de co-gestión participativa público-privada para el mantenimiento de su red vial de más de 740 kilómetros. Su CASER es considerada un caso de éxito de referencia en la provincia de Buenos Aires porque rompe con el esquema tradicional donde los municipios recaudan la tasa vial y la destinan a rentas generales, dejando los caminos postergados.

Y ahora aparece Chivilcoy.

Durante la Exposición Rural local, el intendente Guillermo Britos hizo una propuesta que merece ser observada con atención: ofreció a la entidad rural participar directamente de la conducción del área vial rural, designar a su responsable y disponer de tres máquinas permanentes, junto con el 70% de la recaudación de la tasa vial.

No es un detalle administrativo. Es una invitación a compartir la responsabilidad.

La propuesta surgió después de un reclamo contundente de la dirigencia rural por la presión fiscal y por el estado de los caminos. La respuesta municipal fue, en lugar de limitarse a defender la gestión, poner sobre la mesa una alternativa de descentralización.

Ahora habrá que ver cómo se implementa, qué mecanismos de auditoría se establecen y cuáles son los resultados. Pero el solo hecho de discutir que los productores puedan participar de la administración de los recursos destinados a los caminos representa un cambio cultural que merece atención.

Porque si la tasa vial tiene como finalidad mantener los caminos rurales, el resultado debería poder verse en los caminos.

El planteo adquiere todavía mayor importancia frente a la advertencia del vicepresidente de la Federación Agraria Argentina, José Luis Volando, quien señaló las dificultades que enfrentan especialmente los pequeños y medianos productores y alertó sobre el deterioro de las rutas y accesos a los puertos.

Su frase resume con crudeza la dimensión del problema: “Si no hacemos rutas y no arreglamos los caminos, nos morimos”.

No se trata de una exageración. Una cosecha puede ser excelente en el lote y convertirse en un desastre económico si no existe infraestructura para sacarla. El grano que no llega al puerto, la leche que no puede retirarse, el camión que queda enterrado y el trabajador que no puede llegar al establecimiento forman parte de una misma ecuación.

La infraestructura rural es producción. Es logística. Es empleo. Es arraigo. Y también es competitividad.

Por eso, la discusión sobre los caminos debería dejar de ser una pelea estacional que aparece después de cada tormenta. Tiene que convertirse en una política permanente de gestión, planificación y control.

Y allí está quizás la mayor enseñanza de estas experiencias.

Magdalena aporta participación y control ciudadano. Marcos Juárez muestra que los productores pueden administrar y priorizar obras dentro de estructuras organizadas. Chivilcoy acaba de poner sobre la mesa la posibilidad de transferir responsabilidades, recursos y herramientas al propio sector productivo.

Son experiencias diferentes, pero comparten una misma idea: acercar la decisión a quienes conocen el territorio y padecen diariamente las consecuencias de una mala gestión.

Esto no significa que el Estado deba desaparecer. Todo lo contrario. El Estado debe garantizar reglas claras, controlar, auditar, aportar recursos cuando corresponda y asegurar que el sistema funcione.

Pero también debería animarse a compartir la gestión con quienes tienen conocimiento directo del territorio.

El productor no pide manejar una caja sin controles. Pide que los recursos tengan destino, que las prioridades sean discutidas con quienes conocen cada camino y que exista una rendición de cuentas que permita saber dónde terminó cada peso.

La participación privada, cuando está acompañada por transparencia y control público, no debilita al Estado: puede hacerlo más eficiente.

Quizás sea hora, entonces, de dejar de preguntarnos por qué los caminos rurales siempre están mal y empezar a preguntarnos qué ocurriría si quienes necesitan que estén bien pudieran participar realmente de su administración.

La respuesta puede estar frente a nosotros.

Primero fue Magdalena. Córdoba y Marcos Juárez vienen demostrando desde hace tiempo que el productor puede ser parte activa de la gestión vial. Ahora Chivilcoy abre una nueva puerta.

Lo que hace falta es que el ejemplo se contagie.

Porque cuando el productor deja de mirar el camino desde la tranquera y toma el volante de la gestión, el reclamo puede transformarse en planificación, la tasa puede transformarse en obra y el camino rural puede volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: la primera infraestructura de la producción argentina.

 

 

 

Por Ing. Agr. Pedro A. Lobos
Primicias Rurales