El enemigo invisible de la cebada: por qué el rinde se cae aunque sigamos aplicando fertilizantes

El enemigo invisible de la cebada: por qué el rinde se cae aunque sigamos aplicando fertilizantes

 Una investigación exhaustiva sobre 600 hectáreas revela que el uso exclusivo de nutrientes químicos ya no alcanza. La clave oculta detrás de las pérdidas agrícolas radica en el colapso silencioso de la estructura física y biológica del suelo, impulsado por la alarmante pérdida de materia orgánica.

 

 

Por Ing. Agr. Pedro Lobos, director de Primicias Rurales

Buenos Aires, jueves 28 de mayo (PR/26) .-  A menudo, el productor agropecuario enfrenta la frustración de ver cómo los números de la cosecha no responden a la inversión realizada en el campo.

Cuando el rinde de la cebada cae, la mirada tiende a dirigirse de inmediato hacia el cielo buscando respuestas climáticas, o bien hacia las dosis de nitrógeno y fósforo aplicadas durante el ciclo.

Sin embargo, la verdadera respuesta podría estar bajo nuestros pies, escondida en un proceso de degradación silenciosa que la ciencia agrícola empieza a iluminar con fuerza.

Un reciente estudio desarrollado por el Dr. Andrés Rodríguez Veloso, especialista en nutrición vegetal e interpretación de perfiles edáficos, analizó minuciosamente el comportamiento productivo de 600 hectáreas destinadas a la cebada.

A través de la evaluación conjunta de 138 análisis de laboratorio, la investigación arrojó una advertencia contundente: estamos perdiendo la capacidad natural del suelo para alimentar a las plantas debido a una «tormenta perfecta» que combina minerales débiles y falta de vida orgánica.

El mito de la «receta mágica» en una bolsa

Durante décadas, la agricultura tradicional basó su estrategia en una regla puramente matemática: si el cultivo requiere ciertos kilos de nutrientes para alcanzar un objetivo de toneladas, basta con medir el faltante en el suelo y reponerlo mediante fertilizantes sintéticos.

Si bien este diagnóstico químico sigue siendo la base del manejo, la realidad en los lotes demuestra que esta práctica se ha vuelto insuficiente.

El problema central —destaca el informe— ocurre cuando los suelos registran valores críticos de Materia Orgánica (por debajo del 1,5%) y una bajísima Capacidad de Intercambio Catiónico (C.I.C, menor a 10 meq/100g). En términos sencillos, la C.I.C actúa como el «imán» o la «batería» que retiene los nutrientes positivos (como el Calcio, Magnesio o el Potasio) evitando que se filtren o laven con el agua de lluvia.

Sin este imán, el suelo se vuelve incapaz de retener la comida que el productor le aplica con tanto esfuerzo económico.

«El suelo no es un almacén inerte de minerales; es un sistema vivo. Tratar de solucionar problemas físicos o biológicos arrojando más fertilizantes en sacos es una estrategia costosa que acelera la degradación».

 

Una triple alianza que entra en colapso

Para que la cebada —sea con destino forrajero o para la exigente industria cervecera— logre asimilar los nutrientes, el suelo debe funcionar en una armonía perfecta que involucra tres pilares: el químico (la presencia de nutrientes), el físico (una estructura aireada y sin compactaciones) y el biológico (el ejército invisible de microorganismos útiles).

Cuando los niveles de materia orgánica caen en picada, este equilibrio se rompe por completo. Los microorganismos se quedan sin alimento y desaparecen, lo que a su vez provoca que la tierra se vuelva dura, se compacte y asfixie las raíces.

La planta pasa entonces a un estado de estrés edáfico: gasta sus valiosas energías intentando sobrevivir en un suelo hostil y compactado en lugar de destinarlas a la producción de granos uniformes, pesados y de alta calidad.

 Las Dos Alarmas del Suelo Bajo la Lupa

  • 1. Inestabilidad Química: Un imán mineral débil (C.I.C baja) hace que cualquier fertilización mal planificada desbalancee el suelo drásticamente, provocando que unos nutrientes bloqueen la absorción de otros por mero exceso.

  • 2. Desierto Biológico: Con menos del 1,5% de materia orgánica, el suelo pierde su fauna microscópica. Sin estos «cocineros» que transforman los minerales insolubles en alimento asimilable, la fertilidad natural se desploma.

 

El camino de regreso a la estabilidad

La investigación del Dr. Rodríguez Veloso funciona como un espejo para la región productiva y nos obliga a reformular los programas tradicionales de asistencia técnica agrícola.

Recuperar el rinde de la cebada no implica necesariamente aplicar fórmulas químicas más complejas o costosas, sino enfocarse en regenerar la salud y la estructura del suelo.

La adopción de estrategias sustentables como los abonos verdes, la correcta gestión de los rastrojos y la incorporación de enmiendas orgánicas ya no son solo banderas de la agroecología, sino herramientas de supervivencia económica.

Cuidar la estructura viva del suelo es la única garantía para que las inversiones en fertilización se traduzcan, finalmente, en un negocio sostenible y rentable en la balanza de la cosecha .

Primicias Rurales

Fuente: engormíx – Por Andrés Rodríguez Veloso -Disminución del rendimiento agrícola del cultivo cebada asociado a la C.i.c, los cationes básicos y a los bajos contenidos de materia orgánica del suelo. Ante sala de la degradación productiva del suelo

El PBI per cápita: la ficción de una riqueza que no se reparte y un país que crece sin gente

El PBI per cápita: la ficción de una riqueza que no se reparte y un país que crece sin gente

 

El PBI per cápita funciona como un promedio engañoso en Argentina: refleja el crecimiento de sectores macroeconómicos concentrados y tecnológicos, pero oculta una dura recesión social con salarios de pobreza y una alarmante falta de generación de empleo genuino.

 

 

Por: Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.

 

 

 

Buenos Aires, martes 2 junio (PR/26) La Argentina actual empieza a exhibir una paradoja inquietante. Los sectores que efectivamente crecen —energía, minería, agroindustria, economía extractiva, servicios altamente tecnificados— son sectores que generan relativamente poco empleo. Son intensivos en capital, tecnología y productividad, pero livianos en trabajadores.

Y del otro lado queda casi todo el país: comercio, construcción, pequeñas industrias, servicios tradicionales, consumo urbano, economías regionales deterioradas y millones de trabajadores cuya productividad dejó de importar en un sistema que empieza a funcionar sin ellos.

Hay cifras que tranquilizan a los gobiernos, entusiasman a los mercados y ordenan los titulares de los diarios. El Producto Bruto Interno per cápita es una de ellas. Es un número elegante, limpio y aparentemente objetivo. Surge de una división simple: cuánto produce un país dividido por la cantidad de habitantes. Sin embargo, pocas métricas expresan con tanta claridad una verdad parcial. Una verdad que, sin ser falsa, puede ser profundamente engañosa. Ello es así, porque el PBI per cápita no mide cómo vive la gente. Mide cuánto produce la economía. Y entre una cosa y la otra, en la Argentina de hoy, hay un abismo.

La aritmética del promedio y la trampa de la realidad

El promedio es una herramienta útil en estadística. Pero en sociedades desiguales, es una forma sofisticada de ocultar la realidad.

Si diez personas generan riqueza y una sola concentra la mitad, el promedio dirá que todos están mejor. Pero nueve de esos diez sabrán que eso es mentira. Y no una mentira técnica, sino una mentira vivida con dolor.

En la Argentina contemporánea, esta distorsión adquiere una dimensión casi obscena. Podemos observar ciertos indicadores macroeconómicos que se estabilizan, incluso mejoran. Se ordena el frente fiscal, se modera la inflación, se recupera algún sector exportador. Y, sin embargo, cuando uno abandona el Excel y camina la calle aparece otra economía. Una economía real, áspera y angustiante. Una economía donde la pregunta no es cuánto creció el país, sino si alcanza para llenar la heladera.

El pollo como unidad de verdad

Hay una imagen brutal en su sencillez: la idea de que “todos accedemos a un pollo”. Como si el crecimiento económico garantizara automáticamente el acceso a los bienes básicos. Pero la realidad está mostrando otra cosa. Un porcentaje creciente de la población no puede acceder de manera regular a alimentos esenciales. No se trata de lujos. No se trata de consumo aspiracional. Se trata de proteínas básicas.

¿De qué sirve un PBI per cápita razonable si una mayoría no puede comprar un pollo?

La respuesta es evidente y dolorosa. Está claro, que no sirve para describir el bienestar. Sin embargo, sirve para describir una estructura productiva. Y son dos cosas radicalmente distintas.

Durante décadas, la teoría económica dominante sostuvo que el crecimiento terminaría “derramando”. Que la expansión del producto generaría empleo, que el empleo generaría ingresos, y que esos ingresos mejorarían la calidad de vida. Es, en síntesis, la propuesta de Milei.

Sin embargo, en la Argentina, ese mecanismo hoy está roto. O, al menos, profundamente alterado.

El problema argentino no es que no crezca nada. Es peor: crece lo que emplea poco y se achica —o queda planchado— lo que sostiene a la mayoría.

En empleo privado formal, agro y pesca rondan el 5%, minería el 2% y electricidad/gas/agua cerca del 1%; aun sumando ramas vinculadas, están lejos de explicar el grueso del trabajo argentino. En cambio, comercio, industria, construcción, transporte, gastronomía y servicios concentran la masa laboral.

Ahí aparece la trampa del “PBI per cápita”: puede subir el producto porque exportan más Vaca Muerta, el litio, el campo o la minería, pero eso no significa que haya más changas, mejores salarios ni más mostradores abiertos.

Dicho en un modo categórico, Argentina puede mostrar crecimiento macroeconómico y, al mismo tiempo, producir una recesión social. El Excel celebra barriles, toneladas y rindes; la calle cuenta persianas bajas, changas rotas y salarios que llegan con respirador. Es decir, el país que crece sin la gente.

Si Vaca Muerta exporta miles de millones de dólares, el litio multiplica inversiones y el agro recupera cosechas récord, el producto crece. Pero el kiosquero no vive de barriles. El albañil no cobra en toneladas de soja. El empleado de comercio no llena la heladera con el índice de riesgo país.

Hoy las economías pueden crecer sin generar empleo masivo. Pueden producir más con menos gente. Pueden exportar más necesitando cada vez menos trabajadores. Estamos frente a un país donde la riqueza empieza a no necesitar a la gente.

El error de medir lo que es fácil en lugar de lo que importa

El problema no es el PBI. El problema es haberlo convertido en el centro del análisis. Es cierto que el PBI es fácil de medir. Es comparable. Es internacionalmente aceptado. Permite construir rankings, series históricas, modelos econométricos. Sin embargo, no mide lo esencial: no mide la calidad del empleo, no mide la estabilidad de los ingresos, no mide la angustia económica y menos aún la posibilidad de proyectar una vida.

El empleo como medida de la dignidad económica

Si hay un indicador que conecta directamente la economía con la vida cotidiana, ese es el empleo. Pero no cualquier empleo. No alcanza con contar puestos de trabajo. Hay que preguntarse qué tipo de trabajo se crea. Puesto que un empleo digno implica formalidad, salario suficiente, previsibilidad, cobertura social y posibilidad de desarrollo. Por el contrario, cuando una economía genera empleo precario, está generando pobreza con trabajo. Está institucionalizando la fragilidad. Está normalizando la incertidumbre.

Y esto último es lo que está ocurriendo en la Argentina actual: millones de personas trabajan, pero no logran salir de la pobreza. La categoría de “trabajador pobre” dejó de ser excepcional para convertirse en estructural. Y el PBI per cápita promedia ambas realidades. La mezcla. Las diluye. Las vuelve invisibles.

La nueva frontera de la desigualdad: robots, algoritmos y riqueza sin trabajadores

Si el PBI per cápita ya resultaba una medida incompleta en la economía industrial, en la economía que viene puede transformarse directamente en una ilusión peligrosa. Ello es así porque hay un cambio de fondo que todavía no estamos midiendo con la seriedad necesaria: la creciente capacidad de las economías de producir más con menos trabajo humano.

La robótica, la automatización y la inteligencia artificial no son una promesa futura. Son una realidad presente que avanza, silenciosa pero constante, sobre múltiples sectores: la industria reemplaza operarios por robots, los servicios sustituyen tareas administrativas por algoritmos, el comercio automatiza procesos que antes requerían personas e incluso profesiones calificadas comienzan a ser asistidas —y en parte desplazadas— por sistemas inteligentes.

El resultado de todo esto, más producción, menos personas.

La idea no es necesariamente negativa desde el punto de vista técnico. Es, de hecho, el corazón del progreso económico: producir más con menos esfuerzo. Sin embargo, la pregunta obligada surge espontáneamente: ¿Qué ocurre con las personas que el sistema ya no necesita?

A ello se le agrega otro resultado estructural: La concentración. Puede generar enormes beneficios con una estructura laboral reducida. Eso produce un efecto económico concreto: la concentración de ingresos en quienes controlan la tecnología. Empresas con pocos empleados pueden generar valores de mercado gigantescos. Plataformas globales pueden dominar sectores enteros con estructuras livianas. El capital tecnológico reemplaza al trabajo como principal factor de generación de riqueza.

De alguna manera, estamos frente al riesgo de una sociedad innecesaria. Si amplios sectores de la población quedan fuera del circuito productivo relevante, no solo pierden ingresos. Pierden centralidad en el sistema. Se vuelven prescindibles desde la lógica económica. Sin embargo, cuando el trabajo desaparece o se degrada, lo que se erosiona no es solo el bolsillo. Es el tejido mismo de la sociedad.

De este modo, la irrupción de la inteligencia artificial nos obliga a replantear algo más profundo que un indicador. ¿Puede sostenerse un sistema económico que no necesita a la mayoría de las personas para funcionar?

La ilusión del orden macroeconómico

Ya varias veces he repetido que existe una tentación recurrente en la historia argentina: creer que ordenar las variables macroeconómicas es equivalente a ordenar la vida de las personas. Y no lo digo porque sea malo en sí mismo. El equilibrio fiscal, la baja de la inflación, la estabilidad cambiaria son condiciones necesarias. Pero jamás son suficientes.

Dicho esto, volvamos al PBI para realizarnos una pregunta incómoda: qué queremos medir. Y, en consecuencia, qué queremos lograr.

Si el objetivo es aumentar el PBI, las políticas del Gobierno posiblemente sean acertadas. Si el objetivo es mejorar la calidad del empleo, la respuesta es absolutamente contraria. Esa es precisamente la diferencia entre una lógica de crecimiento abstracto a una lógica de bienestar concreto.

Lo mismo sucede si nos preguntamos sobre el éxito o no de la política económica del Gobierno, donde también cabe redefinir qué entendemos por éxito económico. Dicho en otro modo, un país no es exitoso porque crece. Es exitoso si su gente vive mejor. No es exitoso porque exporta más. Es exitoso si genera trabajo digno. No es exitoso porque equilibra sus cuentas. Es exitoso si equilibra las oportunidades.

Milei enfrenta hoy este riesgo silencioso que durará todo su mandato, aceptando como parte del modelo que hay, que debamos acostumbrarnos a que trabajar no alcance, aceptar que el crecimiento no incluya y naturalizar que el esfuerzo no garantice dignidad. Y por sobre todo que nos conformemos con el promedio en detrimento de la verdad. El PBI per cápita no es una mentira. Pero puede ser una forma de no decir toda la verdad. Por eso, tal vez haya llegado el momento de cambiar la pregunta. No cuánto crece la economía. Sino cuántos pueden vivir de ella.

El riesgo de mirar para otro lado

En la Argentina, este debate todavía aparece lejano. Estamos urgidos por la inflación, el déficit o el tipo de cambio. Sin embargo, cuando la macroeconomía finalmente se ordena, el problema que emergerá con más fuerza será cómo generar inclusión en una economía que cada vez necesita menos trabajo.

Lo más difícil de juntar todo lo que estamos diciendo es que el problema ya no es sólo que el crecimiento no se reparte. Es que empieza a no necesitar repartirse. En consecuencia, el verdadero debate ya no es económico. Es quién queda adentro de la sociedad y quién queda definitivamente afuera.

 

Primicias Rurales
Ejército Argentino, 216 años: de las milicias de Mayo al Colegio Militar en la casa de Rosas

Ejército Argentino, 216 años: de las milicias de Mayo al Colegio Militar en la casa de Rosas

El ejército argentino recuerda su origen en las jornadas de Mayo de 1810, cuando la Primera Junta le dio forma institucional a las milicias criollas que hicieron posible la revolución.

 

 

 

 

Por Gonzalo Fierro gfierro02@gmail.com

Especial para Primicias Rurales. El autor es especialista en cine y médico.

 

Buenos Aires, jueves 29 de mayo (PR/26)–El 29 de mayo de 1810, la Primera Junta le dio forma institucional a una fuerza que ya había inclinado la balanza revolucionaria. Un recorrido por los hitos que convirtieron a aquellas milicias criollas en la institución que custodia hoy la soberanía nacional.

Cada 29 de mayo, la República Argentina conmemora el Día del Ejército Argentino, fecha que recuerda uno de los actos fundacionales del primer gobierno patrio: la proclama que, cuatro días después de la Revolución de Mayo, dio forma institucional a las fuerzas militares que habrían de defender el proceso emancipatorio. No es un aniversario más: es el reconocimiento de que el ejército nació al mismo tiempo que la Nación.

 

 

El nacimiento en los días de mayo

 

La semana de mayo de 1810 fue convulsa y decisiva. Antes de que la Primera Junta de Gobierno consolidara su poder, fueron las milicias criollas las que inclinaron la balanza. Frente a los intentos del Cabildo de sofocar las protestas patriotas, los comandantes de los cuerpos militares se negaron a obedecer órdenes contrarias al sentir popular. Esa firmeza facilitó la caída del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y la instalación del primer gobierno propio.

El 28 de mayo de 1810 se creó el departamento de Gobierno y Guerra, cuya secretaría quedó en manos de Mariano Moreno. Al día siguiente, el 29 de mayo, la Primera Junta emitió su célebre proclama dirigida a los cuerpos militares de Buenos Aires: en ese documento se reconoció formalmente la actuación de las tropas, se elevaron los batallones existentes al rango de regimientos y se reorganizaron las unidades en todo el territorio. Ese decreto se considera el acto de nacimiento del Ejército Argentino.

«El Ejército Argentino nació con la Patria el 29 de mayo de 1810 y fue un pilar fundamental en el camino hacia la independencia.» — Ministerio de Defensa de la Nación, 2025

 

 

De las guerras de independencia a la organización nacional

 

En los años siguientes, el ejército patriota fue el brazo armado de la gesta independentista. Bajo la conducción del general José de San Martín, las fuerzas cruzaron la cordillera de los Andes en 1817, liberaron Chile y marcharon luego sobre el Perú en una de las campañas militares más audaces de la historia americana. Junto a Simón Bolívar, sellaron la independencia del continente en la batalla de Ayacucho, en 1824.

La historia posterior no fue lineal. Fue la guerra de la triple alianza contra el Paraguay (1864–1870) la que actuó como catalizador para la conformación de un ejército nacional permanente. En ese mismo período, el Estado organizó campañas como la Conquista del Desierto (1879), que extendió la frontera agrícola hacia la Patagonia y transformó profundamente la geografía productiva del país.

 

 

El colegio militar: primera sede en la residencia de Rosas

 

En 1869, siendo presidente Domingo Faustino Sarmiento —quien veía en la educación el pilar de todo Estado moderno—, el Congreso sancionó la Ley 357 que creó la Escuela Militar, rebautizada al año siguiente como colegio militar de la nación. Su primer director fue el coronel de origen húngaro Juan F. Czetz, designado por decreto del propio Sarmiento.

El local elegido fue la antigua residencia de Juan Manuel de Rosas en el barrio porteño de San Benito de Palermo —el mismo inmueble donde el caudillo federal había gobernado la Confederación Argentina. El edificio colonial databa de 1838 y guardaba aún muebles, alfombras y espejos del tiempo de Rosas.

 

 

Por espacio de 22 años, ese predio fue el primer hogar del Colegio Militar, del que egresaron 17 promociones de oficiales. En 1892, la institución se trasladó a la localidad de San Martín —hoy sede del liceo militar General San Martín—. Finalmente, en 1937, el Colegio Militar se estableció en su sede definitiva en El Palomar, provincia de Buenos Aires, donde funciona hasta la actualidad.

 

Hitos del Ejército Argentino

 

1810  nacimiento: La Primera Junta proclama la organización de los cuerpos militares el 29 de mayo; nace el ejército argentino.

1817  Cruce de los Andes: San Martín conduce el Ejército de los Andes hacia Chile y luego al Perú.

1824  Ayacucho: La última gran batalla sella la independencia americana.

1869  Colegio Militar: Sarmiento crea la Escuela Militar (Ley 357). Primera sede: el caserón de Rosas en San Benito de Palermo.

1879  Conquista del Desierto: Campaña que amplía la frontera productiva hacia la Patagonia.

1892  Segunda sede: El Colegio Militar se traslada a San Martín (hoy Liceo Militar).

1937  El Palomar: El Colegio Militar se instala en su sede actual.

1982  Malvinas: El Ejército combate en las Islas Malvinas en defensa de la soberanía nacional.

1994  Universidad: El Colegio Militar pasa a ser instituto universitario con título de grado reconocido por el Ministerio de Educación.

2026  216° aniversario: El Ejército Argentino conmemora otro año de historia, con ceremonia central en El Palomar

 

 

 

Héroes de Malvinas, pilotos, entre ellos los Halcones Pablo Carballo y Carlos Rinke
La Escuela de Aviación Militar (hoy parte de la Fuerza Aérea Argentina) funcionó en sus orígenes en los terrenos aledaños al Colegio Militar de la Nación en El Palomar, provincia de Buenos Aires. 
La institución nació el 10 de agosto de 1912, cuando el presidente Roque Sáenz Peña firmó el decreto de creación. En ese momento, la aviación militar era un incipiente proyecto dentro de las Fuerzas Armadas. 
Los detalles más destacados de sus inicios incluyen:
  • Sede original: Utilizó los campos de aviación de El Palomar, compartiendo el predio y las instalaciones operativas del Colegio Militar. 
  • Dependencia: Antes de ser una fuerza independiente (lo que ocurrió en 1945 con la creación de la Aeronáutica Militar), el cuerpo dependía inicialmente del Ejército. 
  • El primer curso: El primer grupo de egresados estuvo conformado por oficiales del Ejército y de la Armada que aprendieron a volar en frágiles aeronaves como los aviones Bleriot y Farman. 
  • Traslado a Córdoba: En el año 1937, la escuela se mudó a la provincia de Córdoba, donde se encuentra actualmente la Escuela de Aviación Militar, consolidándose en el centro neurálgico de la industria aeronáutica argentina.

 

Más héroes y los que dieron su vida en Malvinas

 

 

Hoy: profesionalismo y soberanía

 

En el siglo XXI, el Ejército Argentino continúa su misión fundacional: garantizar la soberanía, la independencia y la integridad territorial de la República. A esa vocación histórica se suma hoy la participación en misiones de paz internacionales, operaciones de ayuda humanitaria ante catástrofes naturales y una actualización tecnológica constante que mantiene a sus hombres y mujeres preparados para los desafíos del presente.

El Regimiento de Granaderos a caballo General San Martín —creado por el propio Libertador— mantiene viva la tradición en la Casa Rosada, donde el Escuadrón Ayacucho brinda seguridad al Presidente de la Nación. Es la imagen más visible de una institución que, 216 años después de su nacimiento, sigue fiel a los valores que la fundaron.

 

 

Este 29 de mayo, el acto central se realiza en el colegio militar de la Nación en El Palomar, con formación de tropas, homenajes, distinciones y el tradicional desfile. En cada rincón del país, las guarniciones también se suman a la conmemoración. Una fecha para recordar de dónde venimos y para quiénes se viste el uniforme.

 

Los inicios

 

Por Gonzalo Fierro 

gfierro02@gmail.com

Especial para Primicias Rurales. El autor es especialista en cine y médico.

 

Primicias Rurales

La Argentina al revés

La Argentina al revés

El análisis de una realidad política donde los roles institucionales se confunden, la autoridad se dispersa en internas digitales y la épica del agravio empieza a desgastar la paciencia del votante clave.

 

 

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

Buenos Aires, martes 26 mayo (PR/26) — El que manda no lidera, el que ejecuta conduce, y un pastor desde California viene a salvar la patria. La épica del insulto comienza a cansarnos a todos.

Hay países que se gobiernan al derecho. En ellos, el presidente preside, el vocero vocea y la sociedad, cuando se enoja, es escuchada. La Argentina, en cambio, ha perfeccionado un sistema alternativo y propio: el presidente se inmola por el vocero, la que era ministra conduce desde el Senado, y un pastor evangelista radicado en California, que llena estadios con mensajes de fe y esperanza, es medido por las consultoras como posible presidente de la Nación.

Bienvenidos al reino del surrealismo político criollo, donde los roles están perfectamente intercambiados y nadie parece advertirlo o, peor aún, a nadie parece importarle.

Empecemos por el centro de la escena, que es también el centro del desastre. Javier Milei salió en televisión y, sacado, puso sus manos y su presidencia en el fuego por Manuel Adorni. Se encadenó al salvavidas de plomo: se obligó a sostenerlo en el cargo al precio de seguir despellejándose: “Ni en pedo se va”, declaró el Presidente con esa precisión quirúrgica que lo caracteriza cuando el lenguaje del llano reemplaza al del argumento.

El problema no es sólo Adorni. El problema es lo que esa defensa revela sobre el Presidente que la ejerce. Milei no lo respalda a través de voceros que podrían saltar como fusibles más o menos inocuos si las evidencias terminaran por condenar al investigado, sino que lo hace él mismo, eliminando de un plumazo todos los escudos que, según las máximas que rigen la política, se colocan delante del Jefe de Estado para protegerlo.

En la política convencional existe una sabiduría acumulada: los presidentes no mueren en la colina de sus subordinados. Milei, consecuente hasta el delirio, también rompió esa regla.

Lamentablemente, los números no mienten. El 79,9% considera que el caso Adorni afecta “mucho” o “algo” el principal argumento moral con el que Milei llegó al poder: ser una figura “anti casta” y “anticorrupción”. El 46,4% de los que votaron a La Libertad Avanza en el balotaje de 2023 afirman que el caso empeoró la imagen que tenían del Gobierno.

Dicho de otro modo: no es la oposición la que sangra al oficialismo. Es el oficialismo el que se autoinflige la herida y luego culpa al periodismo por haberla fotografiado.

Pero la Argentina al revés tiene un segundo protagonista, y este resulta aún más revelador. Patricia Bullrich, la mujer que durante años fue candidata presidencial sin ganar elecciones, luego fue Ministra de Seguridad sin terminar el mandato, y que hoy es Senadora con agenda propia y encuestas que envidiaría cualquier candidato en ejercicio, se ha convertido en la figura política con mejor imagen del país.

La exministra de Seguridad lidera la imagen positiva en Argentina con el 41%, desplazando por primera vez al Presidente Javier Milei, quien se ubica en segundo lugar con el 40%.

Vale aclarar que las mediciones más recientes muestran que la imagen de Milei parece haber encontrado, al menos transitoriamente, un piso: el índice de confianza al consumidor de la Universidad Di Tella subió 1,3% en mayo tras tres meses consecutivos de caída.

No es una recuperación. Es una pausa. Y esa diferencia, en política, importa: la macro retiene al votante pragmático justo en el límite; el estilo presidencial, en cambio, lo sigue empujando lentamente hacia otro lado.

Lo notable no es que Bullrich tenga buena imagen. Lo notable es por qué la tiene. Su figura aparece menos golpeada por la coyuntura inmediata; parece quedar más asociada a una idea general de orden, autoridad y cambio que a la gestión cotidiana del Gobierno. Es decir: Bullrich lidera precisamente porque no está gobernando.

Tiene autoridad moral porque no tiene que firmar decreto alguno. Es el liderazgo por sustracción, la influencia que nace del alejamiento estratégico. Es lo que ocurrió frente a un intento de Patricia Bullrich por abrir un debate sobre el caso Adorni en una reunión de gabinete, Milei se paró, saludó y se fue. El Presidente abandona la sala cuando la Senadora intenta razonar. En cualquier lectura de esa escena, los roles están perfectamente invertidos: la que debería obedecer es la que piensa, y el que debería conducir es el que se va.

Pero la política argentina nos ofrece otras escenas para este triángulo de lo insólito: Dante Gebel. Pastor evangélico, conferencista, influencer, actor, conductor televisivo y residente en Anaheim, California, Gebel ha sido instalado como potencial candidato presidencial para 2027. Está en tratativas con gobernadores, sindicalistas, empresarios y dirigentes de distintos partidos, y en su círculo aseguran que, si los planes de gobierno resultan viables para resolver los problemas del país, lanzará su candidatura.

El fenómeno Gebel no es anecdótico. La irrupción de Javier Milei rompió una barrera histórica: la posibilidad de que un outsider llegue al poder. Pero también dejó una enseñanza: sin estructura, el poder se vuelve inestable. Gebel parece haber tomado nota. La base de su proyecto descansa sobre una tríada que la Argentina ya conoce de memoria: fe, dinero y medios.

Sus dos principales armadores provienen de espacios políticos antagónicos: un sindicalista peronista y un ex fundador de La Libertad Avanza. Nótese la elegancia del dato: el hombre que se presenta como alternativa al sistema convoca a sus filas a los arquitectos del sistema.

Desde la Casa Rosada le bajan el precio: “Gebel no dice nada. No es disruptivo en nada. Milei, en su época de candidato, generaba cosas que llamaban la atención”, deslizó una fuente oficialista. La comparación es involuntariamente autodestructiva: Milei generaba cosas que llamaban la atención, y hoy lo que llama la atención es el caso Adorni. Quizás el problema no sea Gebel sino el listón.

La Argentina al revés de este modo podría sintetizarse con un presidente que achica su estatura política para proteger a un funcionario cuestionado; una senadora sin cartera que crece en imagen, audiencia y capacidad de daño; un pastor desde California que recorre gobernadores, visita a la CGT y evalúa si Dios lo tiene en sus planes presidenciales para 2027; y —como coronación de la semana— un asesor sin cargo que declara la guerra digital al Presidente de la Cámara mientras el Presidente de la Nación, congelado, fracasa en imponer una tregua entre sus propios “hermanos”. Curioso, no? ¿Qué nos dice de un sistema político el hecho de que sus figuras más convocantes sean una senadora que no gobierna, un pastor que no vive en el país, y un presidente que se encadena a sus propios errores con la convicción del mártir?

El triángulo de hierro y la autoridad dispersa

La semana que cierra este editorial aportó a la galería de lo absurdo su capítulo más grave. Santiago Caputo, asesor informal sin cargo oficial, pero con acceso irrestricto a los resortes del Estado, declaró la guerra digital a Martín Menem, Presidente de la Cámara de Diputados y hombre de confianza de Karina Milei. El detonante fue una cuenta anónima en X, @PeriodistaRufus, que atacaba al entorno de Caputo y cuya autoría el asesor atribuyó a Menem. En pocas horas, la tropa digital del asesor inundó las redes de acusaciones. La pelea se tomó el espacio público oficialista con una virulencia que ya no sorprende pero que sigue espantando.

Lo revelador no fue la pelea. Fue la reacción del Presidente. Milei intervino con un dictamen salomónico: a Menem “le habían plantado” la cuenta, y Caputo seguía siendo “como un hermano”. La tregua duró horas. El Gordo Dan, divulgador estrella de Las Fuerzas del Cielo y subordinado de Caputo, desacató abiertamente al jefe: “Estoy convencido de que la cuenta era de Menem. Creo que le mintieron al Presidente”. Agustín Laje —Presidente de la Fundación Faro, el think tank ideológico de La Libertad Avanza— sumó: “Cómo molesta constatar que le están mintiendo al Presidente”. Caputo cerró con una amenaza velada en clave Game of Thrones: “Winter is coming”. El árbitro había arbitrado en el vacío.

El diagnóstico más preciso de la semana lo formuló Carlos Pagni: el desafío del Presidente no es lograr que Karina y el “Mago” se lleven bien, sino “reabsorber la autoridad que dispersó”. Milei construyó deliberadamente un triángulo de hierro: cedió parte del poder a su hermana y parte a su asesor. Ahora ninguno de los dos le debe obediencia completa porque ambos son depositarios de una porción del poder que el propio líder les entregó. La crisis no es una pelea de subordinados: es el costo de una estructura de gobierno inestable desde el origen.

La frase más reveladora de la semana la pronunció, sin buscarlo, Martín Menem: “No subestimen al Presidente”. Cuatro palabras que prueban exactamente que alguien lo está subestimando —y que ese alguien no está en la oposición sino en el vestuario. En la Argentina al revés, el Presidente de la Cámara baja debe salir a pedir que los operadores del Presidente respeten al Presidente.

La épica del insulto y un votante que comienza a cansarse

 

El 14 de mayo el Presidente de la Nación camina por la calle entre dos estudios de streaming oficialistas, encadenando casi cinco horas de entrevistas afines, insultando con nombre y apellido a periodistas, llamando “lechón iraní” a una diputada de su propio bloque, denunciando un “intento de golpe” y, en el medio, defendiendo a un legislador que llegó al Congreso en una camioneta Tesla de doscientos cincuenta mil dólares. Todo esto mientras su Jefe de Gabinete está siendo investigado por enriquecimiento ilícito.

La lectura de lo acontecido no es fácil. Va desde el diagnóstico psiquiátrico a distancia hasta la indignación moral pura. Lo verdaderamente novedoso no es el estilo —ese estilo ganó una elección— sino el contexto en el que ese estilo se sostiene y las grietas que empieza a abrir.

Desde su llegada al poder, Milei construyó una arquitectura comunicacional con tres pilares: un círculo de medios afines —Neura, Carajo, La Misa— que funcionan como cámara de eco y plataforma simultánea; un repertorio de enemigos rotativos pero estructurales —el “Kirchnerismo”, “la casta”, “los zurdos”, ahora también los periodistas con apellido— que organizan el campo discursivo en términos amigo/enemigo; y una identificación constante con figuras externas —Trump, Musk, Bukele— que opera como certificación de pertenencia a un movimiento más amplio que la política argentina.

Ese diseño no es improvisado. Pero por qué esto funcionó, y por qué empieza a no funcionar?

Durante 2024 y buena parte de 2025, el método tuvo un soporte material indiscutible: la inflación bajó, el dólar se mantuvo previsible y la sensación de “estar saliendo” fue real para amplios sectores. Mientras eso ocurrió, los excesos verbales operaron como costo aceptable, casi como una excentricidad tolerable a cambio de la macro. El votante que en la segunda vuelta optó por Milei no lo hizo porque le gustaran las puteadas; lo hizo porque consideraba que el régimen kirchnerista era una amenaza mayor que el riesgo libertario. Esa coalición se sostenía sobre dos vigas: un enemigo en común y un programa económico que se prometía doloroso pero finito.

Hoy, dos años y medio después, las dos vigas crujen. El Kirchnerismo ya no es la amenaza inminente que era en 2023 y por tanto, el voto antikirchnerista deja de tener urgencia. El programa económico, por su parte, dejó de ser una transición y se volvió un estado.

Lo notable es que la maquinaria económica no se ha detenido. En marzo la actividad creció el 5,5% interanual —muy por encima de cualquier pronóstico—, en mayo la inflación apunta a cerrar en torno al 2,1%, el nivel más bajo desde la pandemia, y el país acumula 29 meses consecutivos de superávit comercial. El FMI aprobó la segunda revisión del programa y la semana próxima desembolsará US$1.000 millones adicionales. Los números acompañan. El problema es que, en 2026, ya no alcanzan para opacar lo que se ve en el plano político.

Es en ese vacío donde la épica del insulto deja de ser excentricidad y empieza a ser problema. Lo que en 2023 sonaba a sinceridad disruptiva, en 2026 empieza a sonar a obsesión. Lo que sonaba a coraje, empieza a sonar a falta de proporción. Y, sobre todo, lo que sonaba a guerra contra una “casta” abstracta, empieza a sonar a guerra personal contra periodistas, diputadas y opositores con nombre y apellido. Esa transición es la que está revisando, en silencio, una parte importante del votante de balotage.

El votante de segunda vuelta: quién es y qué está mirando

El votante decisivo de la segunda vuelta de 2023 no es el militante libertario que hoy puebla los streamings afines; es, más bien, el adulto urbano de clase media —empleado, comerciante, profesional, jubilado activo— que llegó a Milei sin entusiasmo doctrinario, empujado por la inflación de 2022-2023 y por la convicción de que el sistema político tradicional había agotado sus respuestas. Es un votante pragmático, no ideológico. Vota resultados, no consignas.

Ese votante hoy hace, en privado, una contabilidad doble. En el haber: una inflación que cedió —en mayo apunta al 2,1%, con mediciones semanales de núcleo que no se registraban desde la pandemia—, una actividad que en marzo creció el 5,5% interanual superando todas las estimaciones, un dólar que no estalló y 29 meses de superávit comercial acumulados.

En el debe: salarios reales que no recuperan, tarifas que pesan, un sistema universitario en conflicto, una clase política libertaria que empezó a mostrar los mismos vicios —ostentación, opacidad patrimonial, internas vergonzosas— que el ciudadano creyó haber sancionado en las urnas.

Y, sobre todo, ese votante no se reconoce en el tono. Siente que el cargo presidencial supone un registro distinto al de un panelista.

Hay otro elemento que merece análisis. El Presidente atribuyó a un “intento de golpe de Estado” el ataque especulativo sobre la moneda que siguió a la victoria de Adorni en las legislativas porteñas de 2025.

Esa lectura tiene una virtud táctica innegable: ofrece al núcleo duro un relato totalizante, sin fisuras, en el que cada noticia adversa se reinscribe como prueba del complot. Pero tiene también un costo estratégico creciente. Cuando todo es golpe, la palabra golpe pierde sentido. Cuando todo crítico es operador, los aliados moderados empiezan a sentirse incómodos compartiendo la trinchera. Y cuando el adversario es siempre el mismo —los periodistas, los economistas heterodoxos, los rectores, los obispos, las diputadas díscolas— el votante pragmático empieza a sospechar que el problema no está, quizá, sólo afuera.

La discusión no se reduce a si Milei llega o no competitivo a las presidenciales del año próximo. Esa es una pregunta política legítima, pero acotada. Lo que está en juego es algo más serio: si la cultura política argentina resiste un estilo presidencial que normaliza el insulto al periodismo, la persecución verbal a opositores con nombre y apellido, y la lectura conspirativa permanente como sistema operativo del Estado.

Qué tipo de país queremos vivir cuando esto termine

 

Cada vez más, en estas semanas, se van revelando votantes que aun cuando no cuestionen al rumbo económico, quieren otra cosa. Quieren que las decisiones se expliquen sin agravios. Que la investigación al Jefe de Gabinete se trate como lo que es —un asunto institucional grave— y no como una operación periodística. Que la diferencia entre un panelista y un presidente vuelva a ser visible. Esos votantes no son fanáticos. Es más, en noviembre de 2023 pusieron la cruz con la nariz tapada.

Es ese votante el que decide las elecciones argentinas. No el militante intenso, sino el ciudadano cansado. Y ese ciudadano, hoy, mira el espectáculo de los streamings con una mezcla cada vez menos disimulada de gracia decreciente y preocupación creciente. El Gobierno tiene todavía tiempo y puede corregir el rumbo de su comunicación sin renunciar a su programa.

Sino lo hace, esta Argentina al revés dará muchísimo que hablar de acá al 2027.

Primicias Rurales
Ejército Argentino, 216 años: de las milicias de Mayo al Colegio Militar en la casa de Rosas

De polvo, praderas y pantallas: el cine rural estadounidense como espejo de una nación

Un recorrido por la evolución del cine rural norteamericano, desde la construcción de mitos fundacionales hasta las miradas críticas de directores contemporáneos. La pantalla se convierte en un espejo que refleja las crisis, la resiliencia y la identidad de la «América profunda».

 

Por Gonzalo Fierro

Especial para Primicias Rurales. El autor es especialista en cine y médico.

Buenos Aires, viernes 8  mayo (PR/26) — El cine rural norteamericano ha sido desde sus orígenes una forma poderosa de contar la historia de Estados Unidos: sus mitos (el Oeste), sus fracturas sociales y las vidas cotidianas en el campo.

Es el país de las gasolineras solitarias, de los silos oxidados, de los pueblos con una sola calle principal y un cine que, cuando todavía existe, proyecta películas con tres semanas de retraso. Ese país la llamada América profunda que lleva más de un siglo siendo materia prima del séptimo arte. Y conviene detenerse a mirarlo, porque en sus imágenes se juega algo más grande que una estética: se juega el relato que una nación se cuenta a sí misma.

Para el público general, estas películas ofrecen tanto épica y aventura como retratos íntimos de pobreza, familia, trabajo y paisaje.

Los orígenes: cuando el cine descubrió el polvo

El cine estadounidense nació urbano, la primera proyección pública fue en Nueva York, en 1896, con el proyector de Thomas Alva Edison, pero se hizo adulto al salir al campo. En 1903, Edwin S. Porter dirigió El gran atraco al tren, apenas doce minutos que fundaron un imaginario.

 

 

Allí estaban ya, los caballos, los rieles perdiéndose en el horizonte, el forajido y el sheriff, los arquetipos de una ruralidad mítica que Hollywood explotaría durante décadas.

No es casualidad que la industria se asentara en el sur de California. Su clima templado y la variedad de sus paisajes, desiertos, sierras, llanuras, bosques; permitían rodar al aire libre durante todo el año. La geografía, literalmente, modeló la narrativa: el wéstern no existiría sin ese sol inclemente ni esos horizontes abiertos.

 

El nacimiento de una nación (D W Griffith, 1915)

Poco después, D. W. Griffith, discípulo de Porter, llevó el lenguaje cinematográfico a otro nivel con El nacimiento de una nación (1915), ambientada en el sur rural de la Guerra de Secesión. La película, técnicamente revolucionaria y moralmente indefendible por su visión racista, inauguró una tensión que acompañará al cine rural para siempre: la del paisaje idílico que esconde heridas profundas.

 

El wéstern, el melodrama y la fábrica de mitos

Durante la primera mitad del siglo XX, dos géneros construyeron el canon del cine rural: el wéstern y el melodrama. El primero mitificó la frontera se territorio donde, según el relato oficial, se forjaba el carácter americano; el segundo exploró la intimidad de las familias granjeras, los pueblos pequeños, los valores de religión, trabajo y patria.

El cine rural clásico funcionó, en palabras de los estudios culturales, como un vehículo ideológico: no solo entretenía, sino que enseñaba a los espectadores qué significaba ser estadounidense. Individualismo, autosuficiencia, desconfianza hacia el gobierno federal, comunidad basada en la iglesia y la familia: todos esos valores viajaron desde las pantallas rurales hasta el imaginario colectivo.

El reverso crítico, cuando el campo dejó de ser postal,

A partir de los años sesenta, una nueva generación de cineastas empezó a mirar la ruralidad estadounidense con ojos menos complacientes. El racismo estructural, la xenofobia, la pobreza y los conflictos de clase dejaron de ser paisaje de fondo para volverse tema central. Filmes como,

Viñas de Ira, (John Ford, 1940), filmada en el contexto de la etapa final de la gran depresión en EE.UU. No se puede dejar de mencionar este filme al hablar de cine rural de estadounidense. Reúne todas las características de esta clase de películas, ambientación rural que comienza en Oklahoma, en plena crisis agrícola del dust bowl, un desastre ecológico y social que ocurrió en Estados Unidos durante la década de 1930.

Viñas de ira (John Ford, 1940)

 

Consistió en una serie de tormentas de polvo masivas que afectaron principalmente las grandes llanuras.

Muestra granjeros expulsados de sus tierras y obligados a migrar. La familia protagonista representa al estadounidense promedio golpeado por la crisis. Aborda temas referido a valores y tensiones trabajo, dignidad, familia, pero también injusticia social y desigualdad.

 

 

Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan,1962)                                       Misisipi en llamas (Alan Parker, 1988)

Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962)

– En el calor de la noche (Norman Jewison, 1967)

– Mississippi en llamas (Alan Parker, 1988)

– El sendero de la traición (Costa-Gavras, 1988)

 

El infiltrado dl KKKlan (Spike Lee, 2018)

 

Y más recientemente Déjame salir (Jordan Peele, 2017) o El infiltrado en el KKKlan (Spike Lee, 2018), convirtieron los pueblos y condados rurales en escenarios donde se libra la batalla por los derechos civiles. El sur dejó de ser sólo magnolias y verandas: se mostró también como el lugar donde la promesa de igualdad sigue sin cumplirse.

Esta tradición crítica se ha reactivado con cada coyuntura política: las presidencias de Nixon o Trump, los debates sobre inmigración y el auge de los nacionalismos han reavivado un cine que interroga, más que celebra, a la América profunda.

 

El nuevo paisaje: Chloé Zhao y el cine de los márgenes

Si hay una cineasta que ha redefinido el cine rural estadounidense en el siglo XXI, esa es Chloé Zhao. Nacida en Pekín y formada en la NYU, Zhao construyó, casi por necesidad, cuando el financiamiento tradicional falló, un método propio: mezclar actores profesionales con no actores, filmar en locaciones reales, dejar que el paisaje sea un personaje más.

Su trilogía informal del medio oeste,

Songs My Brothers Taught Me (2015), en la reserva lakota de Pine Ridge,

– The Rider (2017), entre los jinetes de rodeo de Dakota del Sur,

– Nomadland (2020), con Frances McDormand recorriendo el Oeste en una furgoneta,

Nomadland, ofrece un retrato inédito del país, el de quienes quedaron fuera del sueño. Basada en el libro homónimo de Jessica Bruder, sigue a Fern, una viuda sexagenaria que, tras el cierre de la planta de yeso de Empire, Nevada, en 2011, se lanza a la carretera y sobrevive con trabajos temporales. La película fue multipremiada en importantes competencias y convirtió a Zhao en la segunda mujer y, primera mujer asiática, en llevarse OscarTM a la dirección.

 

La constelación contemporánea, Reichardt, Granik y Nichols

Otros tres cineastas han construido, película a película, un mapa alternativo de la América rural que merece un análisis detenido. Cada uno aporta una mirada distinta sobre el mismo territorio.

Certain women (Kelly Reichardt, 2016)
Kelly Reichardt, el minimalismo como ética

Si existe una heredera directa del neorrealismo italiano en el cine estadounidense contemporáneo, esa es Kelly Reichardt. Afincada en Oregón, ha construido una filmografía donde menos siempre, es más: menos diálogo, menos música, menos explicación. Y, paradójicamente, más verdad.

Sus películas prescinden de banda sonora invasiva, de giros dramáticos convencionales, de resoluciones catárticas. El espectador debe habitar el silencio.

En Meek’s Cutoff (2010) y First Cow (2019) usa el antiguo formato «Academy», un encuadre casi cuadrado que comprime el paisaje y transmite claustrofobia incluso en espacios abiertos.

Filmografía

Old Joy 2006 Bosques de Oregón Amistad masculina y distanciamiento

Wendy and Lucy 2008 Pueblo de Oregón Precariedad económica, vínculo con un animal

Meek’s Cutoff 2010 Desierto de Oregón, 1845 wéstern revisionista desde la mirada femenina

Night Moves 2013 Oregón rural Ecoterrorismo y consecuencias morales

Certain Women 2016 Montana Aislamiento femenino en pueblos pequeños

First Cow 2019 Oregón, década de 1820 Orígenes del capitalismo americano

 

Lo que aporta al cine rural:

Reichardt desmonta el mito de la frontera sin estridencias. No hay épica ni denuncia explícita: hay cuerpos cansados, caminatas largas, decisiones pequeñas con consecuencias enormes. Su cine demuestra que se puede hacer política con un plano fijo

Debra Granik, la dignidad de los Ozarks(son una región montañosa y de meseta ubicada principalmente en el estado de Missouri)

Si Reichardt mira al Noroeste, Debra Granik fija su cámara en otro territorio mítico y olvidado: los Ozarks de Missouri y los bosques del Pacífico. Formada en ciencias políticas en Brandeis y en cine en la NYU, Granik combina rigor investigativo con sensibilidad documental. Su método se parece más al de una periodista de largo aliento que al de una directora convencional.

Su método:

-Inmersión comunitaria: antes de rodar, Granik y su productora Anne Rosellini pasan años investigando las comunidades que retratan. Se consideran a sí mismas «periodistas de investigación» tanto como cineastas.

– Estética naturalista: luz natural, equipos mínimos, «huella pequeña» (impacto logístico reducido en el set). Es decir: menos equipo, menos gente, menos ocupación de espacio y menor complejidad para filmar en las locaciones. El paisaje no se embellece ni se dramatiza: simplemente se habita.

Filmografía esencial:

Down to the Bone 2004 Nueva York rural

Winter’s Bone 2010 Ozarks, Missouri | Pobreza, clanes, supervivencia adolescente. lanzó a Jennifer Lawrence al estrellato

Stray Dog (doc.) 2014 Missouri rural, veteranos, subcultura motera

Leave No Trace 2018 Bosques de Oregón/Washington Vida fuera del sistema, paternidad y trauma

 

Jeff Nichols, el gótico sureño del siglo XXI

Si Reichardt es el neorrealismo y Granik el periodismo narrativo, Jeff Nichols es la literatura sureña hecha cine. Su obra dialoga explícitamente con Faulkner, Flannery O’Connor y Cormac McCarthy: paisajes cargados de presagios, familias rotas por herencias de violencia, hombres comunes enfrentados a fuerzas que no comprenden.

Método y estilo:

– Sus películas construyen tensión con paciencia, acumulando detalles cotidianos hasta que la presión estalla en momentos de intensidad controlada.

– Mezcla drama familiar con thriller, ciencia ficción, wéstern o cine de juicios, sin que ningún género domine sobre el otro.

– Masculinidad bajo presión, sus protagonistas son padres, hermanos, esposos que cargan con responsabilidades que los superan. El heroísmo, en Nichols, no es épico sino doméstico: proteger a un hijo, mantener una casa, resistir la tentación de la violencia.

 

   Mud (Jeff Nichols, 2011)

 

Filmografía esencial:

Shotgun Stories 2007 Arkansas rural, Feudo fraternal, herencia de violencia

Take Shelter 2011 Ohio rural, visiones apocalípticas

Mud 2012 Río Arkansas historias del sur, mitología masculina

Midnight Special 2016 Sur profundo, carreteras, paternidad, lo sobrenatural, persecución

Loving 2016 Virginia rural, derechos civiles, matrimonio interracial

The Bikeriders 2023 Medio Oeste, Subculturas masculinas, transformación social.

Nichols devuelve al cine rural estadounidense su dimensión mítica y literaria sin caer en la nostalgia. Sus películas demuestran que el Sur y el Medio Oeste siguen produciendo historias con la densidad de una novela de Faulkner, pero ancladas en la precariedad económica y emocional del siglo XXI.

 

Un mapa común: lo que comparten estos cuatro cineastas

 

Wendy y Lucy (Kelly Reichardt, 2008)                        Nomadland (Chloé Zhao, 2020)

 

Pese a sus diferencias, el minimalismo de Reichardt, el periodismo de Granik, el goticismo de Nichols, el lirismo de Zhao, estos cuatro directores comparten un territorio ético y estético:

-Presupuestos modestos, ritmos lentos, finales abiertos, paisaje como personaje,

-Gente nómada, adolescentes pobres, inmigrantes, no actores, locaciones reales, investigación de campo. Derribar mitos como el sueño americano, la autosuficiencia, la familia nuclear. Y por último ambigüedad moral sin villanos claros, sin resoluciones fáciles.

Juntos, conforman lo que podríamos llamar un nuevo ruralismo cinematográfico, un cine que insiste en que las historias locales que precisamente por su especificidad, son universales.

El cine rural estadounidense de los años 2020 ha dejado atrás tanto la épica del wéstern clásico como el melodrama nostálgico. En su lugar emerge un realismo poscrisis.

Entonces:

El cine rural estadounidense nunca ha sido sólo cine rural. Ha sido y sigue siendo un campo de disputa sobre qué significa ser americano. Desde Porter hasta Zhao, desde el forajido a caballo hasta la viuda en una furgoneta, las pantallas han ido dibujando un país que se niega a caber en una sola imagen.

Quizá ésa sea la lección más honesta de este siglo largo de películas: que detrás de cada plano general de una llanura dorada hay una historia de trabajo, de pérdida y, a veces, de resistencia. Y que mirar esas historias de verdad, sin condescendencia ni mitología sigue siendo una de las formas más urgentes de hacer periodismo con una cámara.

The bikeriders (Jeff Nichols, 2023)                                   Winter´s bone (Debra Granik, 2010)

 

Por Gonzalo Fierro 

gfierro02@gmail.com
Especial para Primicias Rurales. El autor es especialista en cine y médico.

 

 

 

El enemigo invisible de la cebada: por qué el rinde se cae aunque sigamos aplicando fertilizantes

El costo oculto del RIGI: Un enclave extractivo de US$ 1.000 millones anuales sin derrame local

Mientras el oficialismo defiende el equilibrio fiscal, un informe del CEPA revela que el RIGI costará más de US$ 1.000 millones anuales en recaudación resignada. Con el 68% de los fondos concentrados en YPF y proyectos preexistentes, el régimen amenaza con consolidar un modelo de «enclave extractivo» que exporta riquezas sin generar empleo permanente, infraestructura comunitaria ni derrame en el consumo local.

 

Por Ing. Agr. Pedro Adolfo Lobos – Director de Primicias Rurales

Buenos Aires, miércoles 20 de mayo (PR/26) .- La promulgación del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) bajo la Ley de Bases (Ley 27.742) fue presentada por el oficialismo como el motor definitivo para la radicación de capitales intensivos en el país.

No obstante, los datos duros comienzan a confrontar el relato oficial. Un riguroso informe técnico elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) revela que el andamiaje del RIGI no sólo consolida un preocupante sesgo de «enclave económico» desvinculado de la estructura productiva local, sino que impone un severo gravamen sobre las ya debilitadas arcas públicas, con un costo fiscal que supera la barrera de las cuatro cifras.

1. La Sangría Fiscal del Régimen: Desarmando los Números del CEPA

De acuerdo con el relevamiento del CEPA, una vez que los proyectos aprobados ingresen formalmente en su fase operativa, la renuncia fiscal neta del Estado oscilará en una banda que va desde los US$ 786 millones hasta los US$ 1.395 millones anuales, dependiendo de la elasticidad y el volumen final de las exportaciones alcanzadas.

En el escenario base consolidado, la pérdida tributaria se fija en US$ 1.069 millones de dólares por año.

Esta erosión de la base imponible se desglosa en vectores impositivos sumamente agresivos:

  • Diferencial en el Impuesto a las Ganancias (US$ 545 millones anuales): Es el componente de mayor peso. Mientras el régimen general para sociedades opera bajo una alícuota del 35%, el RIGI la contrae al 25%, e incluso llega al 15% bajo el nuevo esquema institucionalizado como «SuperRIGI».

  • Fase de Construcción (US$ 430 millones anuales entre 2025 y 2028): Un costo concentrado principalmente en la devolución acelerada del IVA mediante Certificados de Crédito Fiscal y exenciones aduaneras directas.

  • Derechos de Exportación Resignados (US$ 107 millones anuales): Una pérdida directa que afecta de manera crítica la retención de valor en la minería de litio, plata, oro y cobre.

  • Aranceles de Importación Corrientes (Tasa Cero): Desgravación absoluta para el ingreso de bienes de capital, repuestos y componentes fungibles durante un plazo inflexible de 30 años.

Frente a esta contundencia matemática, la línea discursiva del Poder Ejecutivo ante el Congreso de la Nación incurre en una falacia contable elemental: argumenta que «no hay afectación al equilibrio fiscal» debido a que el Presupuesto Nacional no contemplaba ex ante estos ingresos.

Desde la perspectiva analítica de la teoría económica, este razonamiento ignora por completo el costo de oportunidad y convalida una transferencia neta de renta pública hacia corporaciones privadas oligopólicas.

2. ¿Inversiones Genuinas o Subsidio al Capital Preexistente?

Uno de los hallazgos más críticos del reporte sectorial radica en el cuestionamiento del carácter «adicional» del capital atraído. La justificación de un régimen de excepción tan laxo es la atracción de flujos que, de otro modo, jamás habrían ingresado al circuito doméstico.

Sin embargo, la evidencia empírica demuestra lo contrario: de los 12 proyectos aprobados a la fecha (que totalizan una inversión comprometida de US$ 26.680 millones), al menos 7 ya contaban con anuncios formales o avances técnicos significativos antes de la sanción de la Ley Bases.

Casos paradigmáticos como el parque solar El Quemado, el yacimiento cuprífero Los Azules o el desarrollo de extracción de litio Rincón de la firma Río Tinto denotan que el RIGI no actuó como el factor determinante de la inversión, sino como un mecanismo de captura de rentas extraordinarias para proyectos que se habrían ejecutado bajo las reglas de juego previas. El Estado argentino sacrificó soberanía impositiva a cambio de proyectos preexistentes.

3. La Paradoja de YPF y la Desconexión de la Economía Real

 

 

El análisis de concentración corporativa demuestra que el RIGI está lejos de diversificar la matriz del tejido empresarial.

La petrolera de bandera, YPF, domina monopolícamente el esquema: participa directamente o tracciona de forma protagónica proyectos que representan el 68,5% de la inversión total comprometida (US$ 18.267 millones), con obras de infraestructura de transporte como el oleoducto Vaca Muerta Sur y la mega planta de licuefacción de GNL controlada por Southern Energy.

Esta macro-concentración en sectores capital-intensivos (hidrocarburos y minería metalífera) desencadena distorsiones estructurales severas en la economía real:
  • Nulo Impacto Laboral y Dualidad Salarial: Estos sectores demandan picos de empleo informal o subcontratado únicamente durante el proceso de obra civil (fase de construcción). Al pasar a la fase operativa, se tecnifican y automatizan, requiriendo dotaciones exiguas de personal ultra-especializado. Esto segmenta el mercado laboral local, encareciendo el costo de vida (vivienda, alimentos) en las provincias del norte o la Patagonia, sin derramar mejoras salariales al resto de la población activa.

  • Infraestructura Monofuncional y Extractiva: Las mejoras viales o ferroviarias ejecutadas bajo el amparo de los VPU (Vehículos de Proyecto Único) poseen un diseño estrictamente corporativo: conectar el nodo de extracción con el puerto de aguas profundas. No existe una articulación sistémica que mejore las rutas provinciales secundarias, los caminos rurales para los productores agrícolas medios o el transporte interurbano de pasajeros. El desgaste físico de las rutas locales satélites termina siendo un costo externalizado hacia los municipios.

  • El Circuito Cerrado del Consumo Local: La flexibilización cambiaria permite a las firmas retener de forma escalonada hasta el 100% de las divisas en el exterior a partir del cuarto año. El modelo se sintetiza en la ecuación:

    $$\text{Extracción de Recursos} \longrightarrow \text{Exportación Directa} \longrightarrow \text{Radicación de Divisas Ex-Post}$$

    Al no ingresar los dólares al Mercado Libre de Cambios (MLC), el Banco Central queda desarmado para acumular reservas líquidas, la volatilidad cambiaria persiste, el salario real no se recupera y el consumo minorista de cercanía se mantiene en terreno recesivo..

 

 

Alternativas de Política de Contraprestación: Rediseñando el Compre Local

 

Un régimen de grandes inversiones no debe operar como un cheque en blanco fiscal. Para revertir la lógica del enclave y garantizar que las provincias receptoras capturen valor excedente, la política económica debe estructurar cláusulas de contraprestación obligatorias, medibles y dinámicas:

  1. Fondo de Compensación de Infraestructura Conexa (FCIC): Establecer que un porcentaje equivalente a la reducción impositiva otorgada (por ejemplo, el 10% de la exención de Ganancias que equivale a unos US$ 54 millones anuales de la masa total) sea retenido y direccionado de forma obligatoria a un fideicomiso provincial gestionado de manera conjunta. Este fondo debe financiar exclusivamente rutas comerciales secundarias, redes de agua potable locales y electrificación rural en los municipios colindantes al proyecto.

  2. Cláusula de Desempeño Escalonada para Proveedores Locales (Compre Argentino Efectivo): Sustituir los laxos controles actuales (fácilmente eludibles bajo la excusa de «indisponibilidad técnica») por un esquema de penalizaciones comerciales directas. Si el VPU no incrementa de manera auditable la contratación de PyMEs metalmecánicas, de software o de servicios logísticos locales en un 5% anual (con un piso inicial del 25%), perderá automáticamente un tercio de la exención arancelaria de importación para el período fiscal siguiente.

  3. Obligatoriedad de Parques Tecnológicos y Centros de Formación Regional: Condicionar los beneficios cambiarios del RIGI a la coinversión conjunta entre las corporaciones (VPU) y las universidades públicas provinciales. Las firmas deben financiar laboratorios de I+D aplicados a los recursos extraídos (por ejemplo, celdas de litio o refinamiento de gas) y centros de educación técnica avanzada, internalizando el capital humano en el territorio en lugar de importar personal pre-formado del exterior.

  4. Cupo de Reinversión de Divisas en Activos Domésticos: Limitar el acceso al 100% de la libre disponibilidad de divisas si la empresa no demuestra fehacientemente que un porcentaje de las utilidades líquidas obtenidas en los mercados globales es reinyectado en el sistema financiero doméstico o en proyectos de diversificación energética local no extractiva (como plantas solares comunitarias).

 

Conclusión Económica: En su diseño actual, el RIGI opera como un subsidio directo al capital transnacional y a la petrolera de bandera, asumiendo un costo fiscal superior a los US$ 1.000 millones anuales que pagarán los contribuyentes mediante un menor gasto social o mayor presión tributaria interna.

Sin contraprestaciones firmes orientadas al compre local, a la diversificación de la infraestructura y a la retención de divisas, el régimen no será un vector de desarrollo, sino un acelerador de la primarización y asimetría estructural de las provincias argentinas.

Primicias Rurales
Fuente: Noticias Argentinas y otros