¿Y si los argentinos hacemos lo mismo?

¿Y si los argentinos hacemos lo mismo?

La columna de Sergio Marcelo Mammarelli analiza el «déficit invisible» detrás del equilibrio fiscal del gobierno de Javier Milei, señalando que la aparente sanidad de las cuentas públicas se sostiene mediante el incremento de la deuda flotante con proveedores y la fuerte descapitalización por falta de inversión en infraestructura.

Por: Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

 

Buenos Aires, lunes 31 agosto (PR/26) — El déficit invisible detrás del equilibrio fiscal mentiroso.

Deuda flotante, infraestructura que se deteriora y familias que ya no pueden pagar

$3,6 billones
de deuda flotante al cierre de junio de 2026
+$2,23 billones
de aumento de esa deuda sólo durante junio
12,8%
mora de las financiaciones a familias en mayo
-77,3% real
caída de la inversión pública nacional en 2024

 

Podríamos probar.

Les propongo a las familias argentinas algo muy interesante.

A partir del mes que viene dejamos de pagarle al electricista, al plomero, al mecánico, al proveedor de servicios esenciales y a cualquiera que haya cometido la imprudencia de prestarnos un servicio antes de cobrarlo.

Después suspendemos el mantenimiento de la casa. No arreglamos el techo que pierde, no cambiamos las cubiertas del auto, dejamos avanzar la humedad y, si una pared se raja, ponemos un cuadro adelante.

Obviamente, no pagamos la luz, ni el gas, ni el celular y tampoco internet. Y porque no, también las expensas.

Al finalizar el mes hacemos las cuentas. Ingresamos cien. Pagamos ochenta. ¡Superávit de veinte!

En ese instante, convocamos a toda la familia, encendemos la cámara del celular en el comedor y anunciamos solemnemente que hemos alcanzado el equilibrio fiscal. El pequeño inconveniente sería que seguimos debiendo al plomero, al mecánico y al supermercado, mientras el techo amenaza con caerse y estamos a punto de que nos corten la luz, el gas y ya no tenemos internet. Pero, tranquilos, esos son detalles.

 

La cifra que encendió la alarma

El dato apareció semanas atrás y merece ser tomado con seriedad y algo de alarma. La llamada “deuda flotante” del Estado nacional —obligaciones por bienes y servicios ya devengados, pero todavía no pagados— saltó en junio en más de $2,23 billones y cerró el mes alrededor de $3,6 billones. En mayo había quedado cerca de $1,4 billones. Es decir: en un solo mes prácticamente se multiplicó por 2,6.

Para entenderlo claramente, la deuda flotante es financiamiento. No lleva necesariamente la etiqueta de un bono ni aparece en la pantalla como una nueva emisión de deuda pública, pero tiene acreedores concretos: empresas, contratistas y proveedores que entregaron un bien o prestaron un servicio y esperan cobrar y el Gobierno no les paga.

Sin embargo, una precisión indispensable para no convertir una crítica válida en una consigna fácil es que la Oficina de Presupuesto del Congreso analiza la Administración Nacional con criterio devengado, de modo que una obligación reconocida se registra como gasto, aunque todavía no haya sido pagada.

En contraposición, el resultado fiscal que comunica el Sector Público Nacional suele mirarse, en cambio, con criterio caja. Esta ficción, con la postergación de pagos, permite mejorar la fotografía de caja sin borrar la obligación económica subyacente. Dicho de otro modo, la discusión seria no es si “el gasto desaparece” mágicamente: es cuánto del orden financiero depende del calendario de pagos y qué pasivos se acumulan detrás de la foto.

En conclusión, según la OPC, durante el primer semestre de 2026 la Administración Pública Nacional registró un superávit primario devengado de $8,7 billones. De este modo, el equilibrio fiscal existe como fenómeno contable, sin embargo, nadie se pregunta cuál es su calidad, su sostenibilidad y qué costos patrimoniales se están trasladando hacia adelante. Para decirlo sin tapujos, el Gobierno nos miente con el equilibrio fiscal.

 

La otra deuda: lo que dejamos romper

El segundo problema es todavía más profundo porque no siempre figura como pasivo. Es la descapitalización.

En 2024, primer año completo del ajuste, la inversión pública nacional se desplomó alrededor de 77,3% en términos reales respecto de 2023. Y la contracción no terminó allí. La OPC informó que en 2025 los gastos de capital volvieron a caer 21,3% real interanual. Ese año totalizaron $2,5 billones; las transferencias de capital retrocedieron 48,6% real. El propio portal oficial de Inversión Pública sigue la serie 1995-2026 y reconoce como inversión la Inversión Real Directa, las transferencias de capital y determinados adelantos de proyectos prioritarios.

Esto obliga a introducir una palabra que casi nunca aparece en las conferencias de prensa: patrimonio.

Una ruta no deja de deteriorarse porque Vialidad no tenga presupuesto. Un puente no suspende la corrosión hasta que mejore la recaudación. Una escuela no congela sus techos, baños e instalaciones eléctricas. Un hospital no conserva eternamente sus equipos porque el Tesoro haya decidido priorizar otra partida.

Cuando tomamos conciencia de la magnitud del problema, el mantenimiento diferido tiene una característica brutal: hoy parece ahorro y mañana se transforma en una factura mucho más cara. Una carpeta asfáltica mantenida a tiempo cuesta una fracción de una reconstrucción. Una filtración reparada hoy cuesta una fracción del edificio deteriorado mañana. Es lo mismo que pasa en cada familia argentina con el mantenimiento de su casa o de su auto.

Por eso puede existir equilibrio fiscal y, simultáneamente, desequilibrio patrimonial. O dicho de otra manera más cruda. Se puede gastar menos y empobrecerse. Se puede no emitir y, al mismo tiempo, transferir una obligación económica a la próxima administración. No mediante un bono, sino mediante kilómetros de rutas destruidas, escuelas deterioradas, hospitales envejecidos y obras abandonadas.

 

El déficit invisible

Durante décadas aprendimos a identificar el déficit con una cuenta sencilla: el Estado gasta más de lo que recauda. Es correcto, pero según lo que venimos viendo, incompleto.

Existe también un déficit de mantenimiento. Un déficit de reposición. Un déficit de infraestructura. Un déficit patrimonial.

Supongamos que una familia posee una casa valuada en cien y necesita gastar dos por año para conservarla. Decide durante cuatro años gastar cero. En su flujo financiero ahorró ocho. Pero si al final la propiedad perdió veinte de valor o necesita una reparación de quince, no se enriqueció: se descapitalizó.

Con el Estado ocurre exactamente lo mismo, sólo que la contabilidad política permite esconderlo durante más tiempo.

El próximo gobierno —sea de Milei, de otro libertario, peronista, radical, provincialista o de quien sea— recibirá la infraestructura en el estado en que se encuentre. Y si decide repararla, paradójicamente será acusado de aumentar el gasto. Quien dejó romper aparecerá como austero; quien arregle aparecerá como gastador.

Esta es la trampa y mentira más fabulosa que nos está dejando toda esta etapa que estamos viviendo.

 

Mientras tanto, las familias sí tienen que pagar

Volvamos por unos instantes a la comparación con nuestra vida cotidiana.

El Banco Central acaba de publicar el Informe sobre Bancos correspondiente a mayo de 2026. El dato es demoledor: la mora de las financiaciones a las familias llegó al 12,8%. En enero había sido 10,6%. En apenas cuatro meses subió 2,2 puntos porcentuales. La irregularidad del crédito al sector privado en su conjunto alcanzó 7,7%, mientras la de las empresas fue 3,5%.

Es decir, el problema no es una sensación de malhumor social. Está en las estadísticas oficiales del propio Banco Central. Y frente a este fenómeno aparece una explicación oficial conocida y casi irresponsable: los bancos prestaron mal, algunos consumidores se endeudaron por encima de sus posibilidades y, finalmente, se trata de contratos entre privados.

Puede haber una parte de verdad en eso. Claro que existe crédito irresponsable. Claro que existe sobreendeudamiento. Claro que cada persona debe evaluar su capacidad de pago. Sin embargo, resulta difícil no advertir la asimetría moral del argumento.

Cuando una familia posterga una cuota porque sus ingresos no alcanzan, es irresponsable. Cuando un comerciante deja de pagar a sus proveedores, está en problemas. Cuando una pyme estira cheques para sostener la caja, nadie llama a eso superávit.

Sin embargo, cuando el Estado demora pagos y simultáneamente posterga mantenimiento, la explicación cambia de idioma. Dicho de otro modo, nos mienten y además no debemos hablar de la mentira porque si no somos tildados de terroristas. Loco, no?

 

Programa Nacional de Equilibrio Fiscal Familiar

Todo este desarrollo debería concluir en la siguiente propuesta que, modestamente, pido que adoptemos todos los argentinos.

Durante seis meses dejamos de pagar las tarjetas. Suspendemos las cuotas de los préstamos. No reparamos la casa. No cambiamos las cubiertas. No hacemos el service del auto. Postergamos al odontólogo. Dejamos vencer el seguro. Y cada fin de mes calculamos solamente cuánto dinero quedó en la cuenta. Probablemente millones de hogares pasarían de déficit a superávit en cuestión de semanas.

Podríamos bautizar la propuesta como “Programa Nacional de Equilibrio Fiscal Familiar”.

Casi con seguridad, el Ministerio de Economía seguramente no lo recomendaría y los bancos, menos. La razón es más que sencilla. Todos sabemos que una economía doméstica no puede evaluarse solamente por el dinero que queda en la caja el día 30. Hay que mirar las deudas, el patrimonio, las obligaciones futuras y aquello que se está deteriorando por falta de mantenimiento.

Exactamente lo mismo deberíamos exigirle al Presidente y al Ministro de Economía, cuando evaluamos al Estado. Sino les gusta, pues que aprueben nuestro programa nacional de equilibrio fiscal familiar.

 

No se trata de volver al déficit

Conviene aclararlo porque la polarización argentina convierte cualquier discusión económica en una caricatura y ya fui catalogado de “terrorista gramsciano”. Criticar la calidad del ajuste no significa defender el déficit fiscal.

Si algo hemos aprendido, es que el equilibrio de las cuentas públicas es una condición necesaria para una economía estable. La Argentina pagó durante décadas las consecuencias de financiar un Estado crónicamente deficitario con emisión, inflación y deuda.

Sin embargo, como tantas veces hemos dicho en estas columnas, condición necesaria no significa condición suficiente.

La primera conclusión válida que podemos extraer es que un buen gobierno no es el que simplemente gasta menos. Es el que gasta lo necesario, elimina lo inútil, paga lo que debe, preserva el patrimonio público y puede demostrar que las cuentas son sostenibles sin trasladar facturas ocultas al futuro.

El verdadero debate debería abandonar la infantil dicotomía entre “Estado presente” y “motosierra”. La pregunta adulta es otra: ¿cuánto Estado podemos financiar y qué funciones no podemos permitirnos destruir? Seguridad, justicia, infraestructura estratégica, rutas, hospitales, escuelas, energía, puertos y conectividad no son adornos ideológicos. Son parte del capital físico e institucional sobre el que funciona una economía privada.

 

El día en que la planilla choque con la ruta

El problema político del gobierno de Milei ha comenzado cuando la macroeconomía y la experiencia cotidiana dejan de hablar el mismo idioma.

Los argentinos, hasta ahora, hemos seguido las encuestas y los vientos favorables de este Gobierno, mientras refinanciamos la tarjeta. Escuchamos que el crédito debe ser responsable mientras la mora familiar llega al 12,8%. Y escuchamos, con malos modos, a un presidente que nos grita que el Estado no puede gastar lo que no tiene mientras observa obligaciones con proveedores que saltan a $3,6 billones. Y lo peor es que debemos escuchar al mismo presidente decir que alcanzamos el equilibrio mientras manejamos por una ruta que hoy está repleta de pozos.

Tal vez en algún momento, que quién sabe, podría ser en 2027, los argentinos le plantemos al próximo gobierno:

¿Cuánto debemos y cuánto estamos dejando romper para mostrar estas cuentas?

Porque si el equilibrio fiscal se consigue eliminando privilegios, bajando costos innecesarios, modernizando el Estado, mejorando productividad y cobrando mejor los impuestos, será una transformación histórica. Pero si una parte relevante se sostiene pateando pagos, consumiendo infraestructura acumulada durante décadas y transfiriendo reparaciones al próximo gobierno, entonces no habremos eliminado el déficit. Lo único que hicimos es mentir.

Lo más interesante de todo este planteo, es que todavía los argentinos no somos conscientes del problema y toleramos la mentira de un presidente que nos miente a los gritos, con malos modales y además tildándonos de conspiradores.

Tal vez, el verdadero déficit no sea el fiscal, sino un déficit que la sociedad descubre demasiado tarde.

Quizás por eso la pregunta inicial no era una broma. ¿Qué ocurriría si los argentinos hiciéramos lo mismo?

Si dejáramos de pagar, dejáramos de mantener nuestras casas y presentáramos el dinero que nos queda en el bolsillo como prueba de prosperidad, probablemente el Gobierno nos explicaría que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades. Y tendría razón. Lo único que estamos pidiendo es que la misma regla valga para todos.

 

 

Primicias Rurales

 

 

Tema, idea, proyecto…¿Por dónde se empieza? por Susana Tribiani

Tema, idea, proyecto…¿Por dónde se empieza? por Susana Tribiani

El relato narra cómo un pequeño pueblo de Entre Ríos logra transformar una antigua estación de trenes abandonada en un vibrante centro comunitario. Cuenta el proceso colectivo que transitan los vecinos, desde las charlas iniciales y el surgimiento de una idea inspiradora hasta la concreción de un proyecto real, sin mirar al pasado sino al futuro.

 

 Por Susana Tribiani

 

 

Buenos Aires, sábado 29 agosto, Primicias Rurales 2026

En ese lugar de Entre Ríos, los trenes habían dejado de pasar hacía tanto tiempo que nadie se ponía de acuerdo sobre cuándo había circulado el último.
Don Emilio decía que pasó en el 92. Berta decía que todavía hubo uno en el 93. Pascual repetía, siempre que podía, que un tren de carga cruzó por ahí en el 94. Discutían todo el tiempo y nunca lograban probar que alguno tuviera razón.
En realidad, el año no importaba mucho. El servicio simplemente se había detenido y la estación seguía allí, como si el tiempo no pasara para ella. Sus paredes estaban descascaradas. Tenía algunos vidrios rotos y la vegetación empezaba a cubrir los rieles. El letrero con el nombre del pueblo aún estaba en el andén. Bajo el techo, un asiento de madera seguía mirando hacia las vías.
Para los habitantes mayores, ese lugar no estaba vacío. Ahí se despidieron hijos que se fueron a estudiar. También se recibieron hermanos, parejas, cartas y periódicos. Hubo un tiempo en que la llegada de los trenes marcaba el ritmo de la comunidad. Para los niños, sin embargo, era diferente. Sólo veían una construcción vieja junto a dos barras de hierro oxidado. Nada más.

 

 

Todo empezó un sábado, en una reunión para planear el aniversario del pueblo. Mientras discutían sobre la comida, las sillas, la música y las mesas, Berta propuso lo siguiente:
Podríamos organizar una muestra de fotos antiguas.
  • ¿En qué lugar? preguntó alguien.
  • En la estación, contestó ella.
Algunos se rieron. Dijeron que primero tendrían que sacarla de entre la maleza. Desde ese momento, la conversación no paró. Hablaron de que el techo estaba roto, de que faltaban puertas y de lo triste que era verla así. Dijeron que alguien debía hacerse cargo, tal vez la provincia o el ferrocarril.
Finalmente, alguien propuso que era hora de hacer algo, y todos estuvieron de acuerdo. Cuando terminó la reunión, los vecinos volvieron a sus casas con la idea de que habían hablado de algo importante. Al día siguiente, la estación seguía igual. Habían encontrado un tema para conversar, pero nada más.
Días más tarde, Clara caminaba con su nieto Tomás por las vías. El niño, que vivía en Paraná, estaba allí de vacaciones. Mientras intentaba mantener el equilibrio sobre un riel, preguntó:
  • Abuela, ¿por aquí pasaban trenes de verdad?
  • Por supuesto, contestó ella.
  • ¿Con personas?
Clara rió. Con gente, equipaje, y encomiendas. Con todo.
Tomás se bajó del riel y miró hacia el horizonte. Clara trató de explicarle por qué el servicio había dejado de funcionar. Habló del cierre de líneas, decisiones tomadas en lugares lejanos, carreteras y camiones. Todos esos temas no le interesaban a un niño de nueve años.
Sin embargo, Tomás ya miraba la estación. ¿Y para qué sirve ahora?
Clara no dijo nada. No sabía qué decir.
Para nada, terminó diciendo.
El niño siguió caminando. Clara se quedó mirando el edificio. Durante semanas, la comunidad se había preguntado qué hacer con la estación abandonada. Nadie había hecho la pregunta de Tomás: ¿Para qué podría servir hoy?
Esa noche, ella llamó a Marta, la directora de la escuela.
Creo que estamos pensando de forma incorrecta, le dijo.
  • ¿Sobre qué cosa?
  • Sobre la estación.
Al día siguiente, se juntaron en el café de la plaza. Clara llevaba un cuaderno.
Queremos restaurarla porque antes pasaban trenes, dijo. Pero aunque la pintemos mucho, los trenes no volverán.
Marta escuchó en silencio. Clara escribió una frase y le mostró el cuaderno. Si ya no llegan trenes, hagamos que vuelva a llegar gente.
Marta la leyó dos veces. ¿Cómo lo hizo?
Clara sonrió. No tengo la respuesta todavía.
Había surgido una idea. Pronto entendieron que una idea es mucho más complicada que un tema. Un tema permite hablar. Pero una idea pide acciones.
Las ideas de Clara se difundieron por el pueblo. Cada persona quiso ayudar. Propusieron una biblioteca. Otros pensaron en un pequeño museo de trenes. Algunos sugirieron talleres. También hablaron de computadoras para los niños. Mencionaron una feria de productores. Otros ofrecieron clases de apoyo. Algunos propusieron un lugar para los jubilados.irió que también podrían poner un cine.
Don Emilio, que había estado callado, intervino.
  • Si seguimos sumando elementos, vamos a tener que construir otra estación.
Hubo risas. Luego todos pensaron. Tenía razón. Mientras todo era imaginación, no había límites. Pero pronto, alguien tendría que elegir qué era más importante. Ese momento llegó cuando Marta preguntó:
Bien, ¿quién investiga a quién pertenece el edificio?
Se hizo silencio. Esa pregunta cambió todo. Ya no importaba sólo lo bueno que sería recuperar la estación. Ahora había que llamar a alguien, buscar documentos, pedir permisos y saber cuánto costaría. Un vecino anotó una tarea. Otro puso una fecha. Otro se ofreció para ir a la municipalidad. Sin que nadie lo esperara, la idea empezó a cambiar.
Lo primero que descubrieron fue que no sabían quién era dueño de la estación. Después apareció un expediente, pero luego se perdió. Cuando por fin pudieron entrar, un arquitecto les dijo que antes de pensar en talleres o bibliotecas, tenían que arreglar el techo. Pidieron presupuestos. Sin embargo, los costos no fueron tan bajos como esperaban.
Por un tiempo, pareció que el proceso se iba a detener. Luego, organizaron una feria. Vendieron pastelitos, tortas fritas y empanadas. Los productores locales donaron productos. La cooperativa dio materiales. Un albañil retirado ofreció su trabajo. Los estudiantes de la escuela empezaron a entrevistar a los vecinos que todavía recordaban el ferrocarril.
Cada contribución era pequeña. Sin embargo, juntas tomaron otra dimensión. Ya había responsables, horarios, entradas y salidas de dinero, permisos, planos y decisiones. Ya no bastaba con decir que era una buena idea. Ahora debían decidir quién lo haría, cuándo, con qué recursos y cuánto costaría. En ese momento nació el proyecto real.
Pasaron casi dos años. Hubo debates y gestiones que duraron meses. Algunas personas se desanimaron y otras se sumaron después. Algunos sábados fueron veinte voluntarios con herramientas y pinceles. Otros sábados solo hubo cuatro. Pero siguieron adelante.
Una mañana, Don Emilio llegó con una caja de madera.
Encontré algo, dijo al abrirla. Dentro estaba la antigua campana de la estación, que había guardado durante décadas. Nadie preguntó por qué se la había llevado o por qué la devolvía en ese momento. La pusieron de nuevo junto al andén.
El día de la inauguración, Clara llegó temprano. Quería recorrer el sitio antes de que llegaran los invitados. Habían conservado la antigua boletería y varias fotografías antiguas. Una sala era una biblioteca. Otra tenía computadoras y mesas para talleres. Los sábados, el andén se usaría para los productores locales. No era exactamente lo que ella había soñado en aquel café. Era algo mejor. Ya no era sólo su idea, sino el resultado de los aportes, charlas y cambios de los demás.
Al salir al andén, vio a Don Emilio sentado en el banco viejo.
Quedó muy bien, le dijo Clara.
  • Sí, contestó él.
Se quedaron un momento mirando las vías.
  • ¿Extraña el tren?, le preguntó ella.
Don Emilio hizo una pausa antes de responder. No estoy seguro sobre el tren.
Clara lo miró. Entonces, ¿qué es lo que echa de menos?
El hombre sonrió. Esto pasaba cuando él llegaba. Siempre pasaba algo.
Meses después, Tomás volvió. Ya había crecido. Entró al edificio y vio a jóvenes leyendo. Vio a dos mujeres que organizaban la feria y a un hombre que daba clases de carpintería en el salón de atrás. Luego salió al andén con su abuela.
  • ¿Pasó un tren otra vez?
  • No, dijo ella.
Tomás miró las vías. Entonces, todavía es una estación sin trenes.
Clara casi lo corrigió, pero se detuvo. Miró la construcción. Todo empezó cuando los vecinos hablaron del abandono. Ese era el tema. Después, un niño hizo una pregunta y apareció otra forma de ver el problema. Esa fue la idea. Pero entre esa nota en el cuaderno y lo que tenían delante, hubo reuniones, permisos, dinero, errores y mucho trabajo. Eso fue el proyecto.
Clara miró de nuevo a su nieto.
  • Sí, respondió. Sigue siendo una estación sin trenes.
Tomás se quedó callado un momento. Pero ya no espera que el pasado vuelva.
En ese momento llegaron dos jóvenes en bicicleta. Dejaron sus mochilas en el banco y entraron rápido. La campana de Don Emilio se movió un poco por el viento. Clara recordó que una estación nunca fue sólo un lugar donde paran los trenes. Era un sitio donde algo llegaba. Después de tantos años, en ese pueblo de Entre Ríos, algo había vuelto a llegar.
Primero surgió un tema. Luego, una idea. Y cuando alguien se atrevió a asignar tareas, tiempos y personas, llegó el proyecto.

 

Las cenizas de Troya y el largo camino a casa: la purificación de Ulises. Columna renovada con una profunda reflexión

Las cenizas de Troya y el largo camino a casa: la purificación de Ulises. Columna renovada con una profunda reflexión

El dolor de Troya, el periplo de veinte años y la redención del héroe. Una mirada profunda sobre la culpa, el exilio y la memoria de los caídos a raíz de la superproducción cinematográfica de Christopher Nolan.

 

 

Por Matilde Fierro

Editora de Primicias Rurales y autora de Los Héroes del Tiempo, una Historia de Malvinas

Buenos Aires, sábado 15 agosto (PR/26) — El eco de los bronces chocando en la llanura de Ilión todavía resuena con la crudeza del fuego y la sangre. Destruir Troya mediante una matanza desmedida no fue una gesta gloriosa para el héroe; fue el inicio de una condena silenciosa que quebró su alma.

Ulises (Odiseo) emprendió el retorno a Ítaca arrastrando el peso invisible de su arrepentimiento: la culpa por los hombres que partieron con ilusión desde sus hogares y que, uno a uno, quedaron sepultados bajo las olas, devorados por monstruos o consumidos por la soberbia de su propio líder.

Fueron veinte años de un viaje de purificación tan implacable como desgarrador, una travesía que resurge con fuerza en el debate cultural tras ver la reciente adaptación cinematográfica La Odisea, el ambicioso proyecto que Christopher Nolan comenzó a escribir en marzo de 2024, aseguró con Universal Pictures en octubre de ese mismo año y consolidó con el fichaje de Matt Damon en febrero de 2025.

Las aguas del Mediterráneo exigieron un peaje altísimo para redimir al hombre de armas. En su camino, Ulises debió sortear los peligros más temibles:

  • El furor de los ciclopes, donde la astucia rozó el abismo de la arrogancia.

  • Los cantos hipnóticos de las sirenas, que prometían verdades absolutas a cambio de la perdición.

  • Las trampas hechizadas de la maga Circe y los engaños de la ninfa Calipso, que intentaron congelar el tiempo en el olvido.

  • El paso por el temible estrecho dominado por Escila y Caribdis, donde la supervivencia exigió siempre el doloroso sacrificio de otros.

 

Cada obstáculo fue una prueba de fuego, un proceso de desgaste espiritual en el que el guerrero despiadado de Troya se fue despojando de su soberbia para dar paso al peregrino doliente.

Al fin, tras dos décadas de ausencia, el héroe pisó la tierra amada que lo aguardaba.

Allí, en el hogar, la espera paciente y fiel de su esposa Penélope y el valor de su hijo Telémaco sostuvieron los cimientos de un reino que amenazaba con derrumbarse. El reencuentro no fue el final de la historia, sino el umbral de una nueva necesidad urgente: sanar lo irreparable.

Porque la victoria en Ítaca no borraba el pasado.

Por ello, culminado el orden en su hogar, Ulises y Penélope tomaron una decisión fundamental que la épica tradicional suele silenciar, pero que la verdadera justicia del alma reclama: partieron juntos al exilio. Dejaron atrás la comodidad del trono restaurado para emprender un último viaje. Esta vez, el propósito no era la conquista ni la gloria, sino el deber sagrado de restaurar la tierra y rendir honores póstumos a cada uno de los hombres que cayeron en la guerra y en el mar.

En ese último éxodo junto a su fiel esposa, el héroe completó su círculo de expiación.

 

Comprendió, al fin, que ningún triunfo terrenal, ninguna corona ni ninguna muralla conquistada valen la pena si se construyen sobre el sufrimiento evitable y el olvido de los caídos.

Una lección atemporal que, casi tres mil años después, nos sigue recordando que la verdadera grandeza humana no reside en no cometer errores, sino en la valentía de asumir la culpa, buscar el perdón y honrar la memoria de los que ya no están.

Y hoy qué ocurre

En la Literatura moderna como en Crimen y Castigo, de Fiodor Dovstoieski, la purificación (La redención por el sufrimiento): La purificación del protagonista no ocurre mediante un ritual físico (como el azufre de Odiseo). Sucede a través del amor incondicional de Sonia, la aceptación del sufrimiento y la lectura de los Evangelios en Siberia. Es una regeneración espiritual y psicológica lenta.

En la literatura del siglo XX y XXI (especialmente la literatura de guerra, como Las cosas que llevaban de Tim O’Brien), el mandato es el deber militar.
    • El soldado mata por obediencia al Estado.
    • El arrepentimiento y la purificación ya no se tratan en templos, sino en la literatura médica y de ficción como un trauma psicológico severo. El héroe moderno destruye su propia psique al obedecer el mandato de la violencia y la tiene que reconstruir al igual que reencontrarse con su espiritualidad para salir adelante.

 


La crítica cinematográfica

Un fantasma llamado Fibromialgia: el dolor invisible que desafía a la medicina y transforma vidas
Respecto de la película Odisea de Nolan, Gonzalo Fierro, médico y especialista en cine, escribió lo siguiente:

 

 

 

No todas las superproducciones logran sostener la misma intensidad durante todo su metraje. Odisea es la prueba de ello: una película técnicamente brillante, con una dirección de altísimo nivel, una dirección de arte deslumbrante y un elenco que entrega actuaciones sólidas y convincentes, pero cuyas casi tres horas de duración terminan jugándole en contra.

 

 

Desde el arranque se percibe el cuidado puesto en cada detalle. La puesta en escena es prolija, la fotografía acompaña el relato con elegancia y la reconstrucción de ambientes es, sin dudas, uno de los grandes aciertos del film. La dirección consigue escenas de fuerte impacto visual y exhibe un manejo narrativo que pocas películas actuales logran igualar.

El trabajo actoral de los protagonistas también se destaca. Cada personaje resulta creíble y con profundidad, sosteniendo el interés del espectador incluso en los tramos donde el ritmo empieza a aflojar.

El gran problema de Odisea, sin embargo, está en su desarrollo. Conforme avanza la trama, aparecen pasajes innecesariamente extensos que le restan agilidad al relato. Hay secuencias que bien podrían haberse sintetizado sin perder nada de la esencia de la historia, y que terminan generando una sensación de pesadez. Las tres horas de película se sienten, en definitiva, más largas de lo que deberían.

Esto no quiere decir que sea una mala película. Todo lo contrario: tiene méritos de sobra como para recomendarla, en especial a los amantes del cine épico y de gran despliegue visual. Pero también le pide paciencia al espectador, algo que no todos van a estar dispuestos a dar.

 

 

En resumen, Odisea es una obra que impresiona por su factura técnica y artística, aunque pierde fuerza por un ritmo desparejo y una duración que atenta contra la experiencia en sala.

Puntaje final: 6/10.

Una película visualmente extraordinaria y de una factura técnica impecable, pero cuyo metraje excesivo le resta impacto emocional y narrativo. Para quienes priorizan el espectáculo cinematográfico por sobre el ritmo, será una experiencia recomendable; para el público general, probablemente se sienta más larga de lo deseado.

 

 

Reflexión

Por RC «Pipo» Martínez

Hay un aspecto del artículo que me parece particularmente interesante: la comparación entre el estado emocional del guerrero de la Antigüedad y el del soldado contemporáneo.

Creo que hoy tenemos una paradoja. Hemos avanzado enormemente en la comprensión y el tratamiento de los trastornos psicológicos derivados de la guerra, pero quizá hemos perdido parte del lenguaje con el que antiguamente se intentaba darle un significado al sufrimiento del guerrero.

El soldado moderno puede volver con estrés postraumático, culpa, angustia, depresión, recuerdos que no puede borrar y preguntas para las cuales no encuentra respuesta. Y muchas veces intentamos resolver todo eso exclusivamente desde una perspectiva clínica. La psicología y la psiquiatría son fundamentales, por supuesto, pero hay heridas de la guerra que también son morales, existenciales y espirituales.

Odiseo no solamente tenía que curarse de lo que había vivido. Tenía que regresar. Tenía que reconstruir su identidad y recuperar su lugar en el mundo después de haber pasado años entre la muerte, la violencia y la pérdida.

Y nosotros tenemos un ejemplo cercano y doloroso: Malvinas.

Muchos de nuestros soldados volvieron de Malvinas siendo muy jóvenes. Volvieron de una guerra que para ellos no terminó necesariamente el día en que dejaron las islas. Durante años, muchos tuvieron que convivir con recuerdos, pérdidas, culpa, silencios y con la dificultad de encontrar un lugar dentro de una sociedad que tampoco sabía muy bien cómo recibirlos.

Y hay algo todavía más profundo: durante mucho tiempo existió una especie de silencio alrededor de Malvinas. Como si hablar de la guerra fuera incómodo, como si reconocer el sufrimiento de los combatientes implicara necesariamente discutir la decisión política que llevó a la guerra.

Pero una cosa no debería confundirse con la otra.

Se puede cuestionar profundamente la decisión política y, al mismo tiempo, honrar y acompañar al soldado que fue enviado a combatir.

Porque una sociedad que envía a sus jóvenes a una guerra tiene una responsabilidad moral con ellos cuando regresan.

Y aquí vuelvo a Homero.

El soldado no solamente necesita volver físicamente. Necesita encontrar nuevamente un lugar en su comunidad, reconstruir vínculos, recuperar una identidad y, muchas veces, reconciliarse con aquello que vio e hizo.

Tal vez por eso La Odisea sigue siendo tan actual. No porque debamos convertir a Odiseo en un personaje contemporáneo, sino porque nosotros seguimos siendo seres humanos enfrentados a problemas que Homero ya había comprendido.

El soldado de Malvinas, como el soldado de Troya, regresó de un mundo donde las reglas de la vida cotidiana habían quedado suspendidas. La diferencia es que Odiseo tenía un relato que le permitía comprender su regreso. Nosotros, en cambio, muchas veces les dijimos a nuestros combatientes simplemente que trataran de olvidar.

Y una guerra no se olvida.

Quizás se aprende a convivir con ella.

Por eso creo que el verdadero desafío no es solamente tratar el trauma del soldado, sino ayudarlo a reconstruir el significado de su experiencia.

Una sociedad que le exige a un hombre que mate en su nombre tiene también la obligación moral de acompañarlo cuando ese hombre vuelve a casa con sus muertos dentro de él.

Y quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que todavía podemos encontrar en Homero: que ganar o perder una guerra no es el final de la historia. La verdadera batalla puede comenzar cuando el soldado intenta volver a casa.

 

La razón personal: la interpelación

Hay, además, una razón profundamente personal por la que este tema me interpela.

Mi hermano y yo fuimos muy unidos. Elegimos la misma profesión, compartimos amigos, experiencias, vuelos y buena parte de nuestra vida. Después de Malvinas seguimos volando juntos. Teníamos ideas y gustos muy parecidos y, físicamente, éramos tan similares que muchas veces nos confundían.

Él estuvo en Malvinas. Yo no fui porque en ese momento todavía no tenía la capacidad necesaria para ser enviado. Sin embargo, la guerra formó parte de nuestras vidas y de nuestra generación.

Y hay algo que hoy, después de su muerte, me hace pensar mucho.

Yo creía conocer profundamente a mi hermano. Y probablemente lo conocía. Pero nunca llegué a saber realmente qué había ocurrido dentro de él después de la guerra.

Siempre fue el fuerte, el que parecía haberlo superado todo. Nunca fue alguien que mostrara fácilmente sus conflictos interiores. Por eso hoy me pregunto si realmente había elaborado aquella experiencia o si simplemente había aprendido a convivir con ella.

No tengo la respuesta.

Y creo que nadie puede tenerla.

En los últimos tiempos de su vida, sin embargo, observé en él algo que antes no había visto con tanta claridad: una búsqueda más interior, incluso espiritual, a pesar de que siempre se había considerado agnóstico.

No sé si aquella búsqueda tenía alguna relación con su historia, con la proximidad de la muerte, con la enfermedad o simplemente con la evolución natural de una persona que, al llegar a determinada etapa de la vida, comienza a hacerse preguntas diferentes.

No puedo saberlo.

Y justamente esa imposibilidad de saber es parte de mi reflexión.

Porque cuando hablamos de los efectos de una guerra sobre un ser humano, debemos ser muy cuidadosos. No podemos afirmar que una enfermedad, una adicción, una depresión o cualquier otra circunstancia que aparezca décadas después sea necesariamente consecuencia de aquella experiencia.

Sería una afirmación médica que no podemos demostrar.

Pero tampoco deberíamos caer en el extremo contrario y pensar que, porque no podemos demostrar una relación causal, la experiencia de la guerra necesariamente quedó atrás.

Entre afirmar y negar existe un territorio enorme: el territorio de lo que no sabemos.

Y allí están las historias de tantos hombres que conocimos.

Algunos enfermaron muchos años después. Otros encontraron refugio en el alcohol. Otros tuvieron problemas familiares o personales. Otros aparentemente continuaron con una vida normal. Algunos hablaron de Malvinas durante toda su vida; otros casi nunca hablaron.

No sabemos qué parte de esas historias pertenece a la guerra y qué parte pertenece simplemente a la vida.

Pero tampoco podemos saber qué ocurrió en el interior de cada uno.

Eso es lo que me lleva nuevamente a Odiseo.

Porque quizá la grandeza de La Odisea no está solamente en las aventuras que vive su protagonista, sino en la idea de que el regreso es un proceso.

Uno puede volver físicamente de una guerra y, sin embargo, tardar años —o toda una vida— en encontrar nuevamente un lugar dentro de sí mismo.

Mi hermano murió hace algunos años. Y todavía hoy, cuando estoy haciendo algo que considero importante, muchas veces me descubro preguntándome qué pensaría él.

Estoy desarrollando un proyecto que, curiosamente, guarda cierta semejanza con algo que él había comenzado a hacer cuando ya estaba retirado. Y aunque él no llegó a conocer lo que estoy haciendo ahora, muchas veces me pregunto si lo aprobaría, si estaría de acuerdo, si se sentiría orgulloso.

Yo quiero creer que sí.

Quiero pensar que estaría contento de verme seguir adelante y que, de alguna manera, compartiría conmigo este momento.

Quizás esa sea también una forma de regreso.

Porque los que ya no están siguen formando parte de nuestra vida. Seguimos conversando con ellos en silencio, consultándolos en nuestra conciencia, imaginando qué nos dirían frente a una decisión.

Y en mi caso, mi hermano sigue siendo de algún modo ese compañero de vuelo, de profesión, de ideas y de vida que fue durante tantos años.

No sé qué guerra interior libró después de Malvinas.

No sé si la superó, si la transformó o simplemente aprendió a vivir con ella.

No sé si su búsqueda interior de los últimos años tuvo algo que ver con todo aquello.

Y no necesito inventar una respuesta.

Tal vez sea precisamente esa incertidumbre la que nos obliga a mirar de otra manera a quienes regresan de una guerra.

A escucharlos.

A acompañarlos.

A no suponer que porque sonríen están bien, ni que porque nunca hablan han olvidado.

Porque una guerra puede dejar consecuencias visibles, pero también puede dejar preguntas que nadie más puede ver.

Y quizás, después de tantos años, la verdadera enseñanza de Odiseo siga siendo esa:

volver a casa no significa solamente sobrevivir y regresar al lugar de donde partimos. Significa intentar recuperar quiénes éramos después de haber conocido aquello que nos cambió para siempre.

Eso es lo que todavía me pregunto cuando pienso en mi hermano.

Y quizá nunca tenga la respuesta.

 

Primicias Rurales
Fuentes: Varias
¿Y si los argentinos hacemos lo mismo?

No me explique la economía. Explíqueme mi vida

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

 

 

Lo votaron para cambiar, no para volver al pasado. Pero mientras el Gobierno reivindica la mejora de los principales indicadores económicos, una parte de esos mismos argentinos empieza a preguntarse cuándo esa recuperación llegará a sus hogares. No quieren al kirchnerismo, pero tampoco están dispuestos a aceptar que “hay que aguantar” sea el único horizonte. Entre el rechazo a lo que quedó atrás y la decepción con el presente, empieza a crecer una demanda política todavía sin dueño: vivir mejor.

 

 

 

Buenos Aires, martes 25 de agosto (PR/26) .- Yo voté a Milei. Y quizás convenga empezar por ahí porque pertenezco a un grupo de argentinos que parece haber desaparecido de la discusión pública: los que lo votamos sin ser libertarios. No voté la motosierra. No voté a Hayek. No voté a Rothbard. Ni siquiera sabía demasiado bien quiénes eran. Voté algo mucho más sencillo. Voté para que no volviera lo anterior. Había votado a Patricia Bullrich y perdió. Después de las PASO y de la primera vuelta quedaban pocas alternativas: Massa, Milei o quedarse en casaY elegí a Milei. No porque me gustara. Algunas de sus cosas me parecían exageradas. Otras, directamente disparatadas. Pero frente a la posibilidad de continuar con una Argentina que tenía inflación descontrolada, pobreza, corrupción, déficit y un Estado que parecía incapaz de solucionar nada, elegí probar algo diferente.

Millones hicieron algo parecido. No fue necesariamente un enamoramiento. Fue hartazgo. Y Milei entendió perfectamente ese hartazgo. Prometió terminar con la inflación. Dolarizar. Cerrar el Banco Central. Terminar con la casta. Meter presos a los corruptos. Reducir el Estado. Hacer pagar el ajuste a la política. Era brutal, pero sencillo de entender. Y ganó.

Al principio incluso algunas cosas entusiasmaron. Que el Estado no pudiera gastar eternamente más de lo que recauda parecía razonable. Que hubiera que ordenar las cuentas también. Que existieran organismos inútiles, privilegios políticos y gastos absurdos era evidente. Muchos dijimos: “Por fin alguien se anima.”

Pero pasó el tiempo. Y apareció un problema. El ajuste que supuestamente iba a pagar la casta empezó a llegar a nuestra casa. Entonces la discusión dejó de ser ideológica.Porque hay un momento en que a una familia ya no le importa demasiado si el déficit fiscal bajó del 5 al 2, si el riesgo país subió cincuenta puntos o si determinada variable macroeconómica mejoró.

Quiere saber algo mucho más elemental: ¿Por qué antes podía pagar mis cuentas y ahora no puedo? Eso es economía. Economía es abrir la heladera. Economía es cargar combustible. Economía es pagar la luz. Economía es comprar los remedios. Economía es decidir si este mes pagamos toda la tarjeta o dejamos una parte para el próximo. Economía es que tu hijo tenga trabajo. Economía es que tu jubilación alcance hasta el día 30. Todo lo demás son explicaciones. Y existe un problema enorme cuando las explicaciones dicen una cosa y la vida cotidiana dice otra.

EL PAÍS QUE MEJORA Y LA FAMILIA QUE EMPEORA

Nos dicen que la macroeconomía se ordenó. Puede ser. Nos dicen que bajó la inflación. Es cierto que bajó muchísimo respecto de aquel infierno. Nos dicen que las cuentas públicas están equilibradas. Bienvenido sea. Nos dicen que determinados sectores de la economía crecen. Magnífico. Pero falta una pregunta. ¿Y yo cuándo lo noto?

Porque ningún padre lleva el riesgo país a la mesa. Ningún jubilado compra medicamentos con equilibrio fiscal. Ningún trabajador paga la tarjeta con el crecimiento de Vaca Muerta. Y ningún comerciante paga el alquiler de su negocio con un discurso presidencial. Lo paga con pesos. Y esos pesos tienen que alcanzar.

Esta diferencia entre el país de las estadísticas y el país de la gente empieza a convertirse en el verdadero problema político argentino. Porque imaginemos algo muy sencillo. Una familia ganaba 100 y gastaba 95. No era rica. Pero vivía. Ahora gana 120 y gasta 140. Le explicamos que la inflación está bajando. Perfecto. Pero debe 20. Y el mes siguiente vuelve a deber. Entonces usa la tarjeta. Después paga el mínimo. Después pide un préstamo. Después deja de comprar ropa. Después elimina una salida. Después posterga el arreglo del auto. Después cambia de supermercado. Después empieza a comprar menos carne. Y finalmente llega algo mucho más grave: empieza a tener miedo. Miedo de enfermarse. Miedo de que se rompa el auto. Miedo de perder el trabajo. Miedo de que llegue una factura inesperada. Eso no aparece fácilmente en una planilla Excel. Pero existe.

EL ERROR DE DECIRLE A ALGUIEN QUE ESTÁ MEJOR

Hay algo que cualquier político debería aprender. Nunca hay que explicarle a una persona que está mejor cuando esa persona siente que está peor. Puede demostrarlo con veinte gráficos Puede traer diez economistas. Puede mostrar el déficit fiscal. Puede comparar la inflación. Puede hablar durante tres horas. Pero si el hombre que está escuchando debe dinero en la tarjeta, su esposa dejó de comprar algo que necesitaba y su hijo no consigue trabajo, existe una realidad mucho más poderosa que cualquier gráfico. Su propia vida.

Y ahí empieza la bronca. No necesariamente contra el ajuste. No necesariamente contra el capitalismo. Ni siquiera necesariamente contra Milei. Es la bronca de sentirse incomprendido. “Me dicen que estamos mejor, pero yo estoy peor.”

Esa frase puede ser muchísimo más peligrosa electoralmente que cualquier denuncia de la oposición. Porque la oposición puede equivocarse. La heladera no.

NO QUIERO VOLVER ATRÁS

Y acá aparece quizás el dilema más interesante. Muchos de quienes empiezan a sentirse decepcionados con Milei tampoco quieren volver al Kirchnerismo. Ese argentino existe. Y probablemente sean millones. No quiere inflación. No quiere déficit permanente. No quiere corrupción. No quiere clientelismo. No quiere un Estado lleno de amigos de los políticos. No quiere volver al pasado. Pero tampoco quiere que le expliquen que para construir el futuro tiene que destruir su presente.

Ese ciudadano quedó políticamente huérfano. Porque unos le dicen: “Volvamos.” Y él responde: “No quiero volver.” Mientras los otros le dicen: “Hay que aguantar.” Y él empieza a preguntar: ¿Hasta cuándo?”

Ahí está probablemente una de las preguntas políticas centrales de la Argentina que viene.

¿HASTA CUÁNDO?

La frase “hay que aguantar” tiene un límite. Porque aguantar seis meses puede ser un esfuerzo. Aguantar un año puede ser esperanza. Aguantar dos años empieza a ser una forma de vida. Y nadie vota para sufrir indefinidamente esperando que algún día llegue la prosperidad.

La gente acepta sacrificios cuando entiende tres cosas: por qué los hace, hasta cuándo debe hacerlos, y qué recibirá después. Si cualquiera de esas tres respuestas desaparece, el sacrificio empieza a transformarse en resignación.

Y después la resignación se convierte en bronca. Ese es el peligro. No que la gente se haga kirchnerista. No que se vuelva socialista. No que estudie economía y descubra otra teoría. Algo mucho más sencillo: que se canse.

MILEI DEBERÍA ESCUCHAR A QUIENES LO VOTARON

El Presidente comete un error si supone que todo aquel que critica su gobierno quiere que fracase. Yo quiero exactamente lo contrario. Porque si Milei fracasa no fracasa Milei. Fracasa nuevamente la Argentina. Pero haberlo votado no significa haberle entregado un cheque en blanco. El voto no es obediencia. El voto es un contrato.

Y aquel contrato decía algo bastante sencillo: arregle este país. No decía: insulte a todo aquel que piensa diferente. No decía: convierta cada discusión en una batalla. No decía: explíquenos todos los días quién es nuestro enemigo. Muchísimo menos decía: si las cosas no funcionan, la culpa siempre es de otro. Para eso ya tuvimos demasiados gobiernos.

Gobernar es hacerse cargo. De los éxitos. Y también de los fracasos.

NO SOMOS NÚMEROS

Tal vez este sea el punto que el Gobierno todavía no comprende. Detrás de cada porcentaje hay alguien. Cuando cae el consumo no cayó “el consumo”. Una familia dejó algo en la góndola. Cuando aumenta la morosidad no aumentó “la mora”. Alguien decidió qué cuenta no pagar. Cuando cierra un comercio no cerró “una unidad productiva”. Una persona perdió los ahorros de años. Cuando alguien pierde el trabajo no aumentó “la tasa de desempleo”. Llegó a su casa y tuvo que decir: “Me echaron.”

La economía finalmente es eso. Personas. Familias. Miedos. Proyectos. Esperanzas.

LA ARGENTINA NECESITA UNA ESPERANZA

No estoy reclamando volver al pasado. Todo lo contrario. Quizás lo que millones estamos reclamando sea algo bastante más difícil. Queremos estabilidad y trabajo. Equilibrio fiscal y crecimiento. Inversión y salarios. Empresas rentables y trabajadores que puedan vivir de su sueldo. Un Estado que no despilfarre pero que funcione. Una moneda estable pero también una vida estable.

¿Es demasiado pedir? No.

Eso debería ser gobernar. El verdadero éxito económico no llegará el día que un ministro muestre un gráfico extraordinario. Llegará cuando una familia deje de mirar con miedo el resumen de la tarjeta. Cuando un jubilado compre sus medicamentos sin hacer cuentas. Cuando un trabajador pueda ahorrar nuevamente. Cuando un comerciante vuelva a pensar en ampliar su negocio en lugar de pensar en cerrarlo. Cuando un joven consiga trabajo y pueda imaginar que algún día tendrá su casa. Ese día quizás nadie necesite explicarnos que la economía mejoró. Nos vamos a dar cuenta solos.

Yo voté a Milei. No me arrepiento de haber querido cambiar. Tampoco quiero regresar al país que dejamos atrás. Pero no voté para reemplazar una frustración por otra. Y probablemente allí esté la enorme oportunidad —y también el enorme peligro— de este momento argentino.

Hay millones que ya no quieren volver. Pero empiezan a preguntarse hacia dónde estamos yendo. No necesitan una clase de economía. No necesitan otro enemigo. No necesitan que alguien les explique por qué deberían sentirse felices. Necesitan algo mucho más sencillo. Necesitan volver a creer que mañana van a vivir un poco mejor que hoy. Porque cuando una sociedad pierde esa esperanza, el problema deja de ser económico. Y se vuelve político.

LA AVENIDA DEL MEDIO SE ESTÁ LLENANDO

Esto que describo no es solamente una impresión personal. Las encuestas comienzan a mostrarlo.

Un estudio nacional de QSocial detectó que el porcentaje de argentinos que rechaza simultáneamente a Milei y al Kirchnerismo pasó del 30% al 40% en apenas un año. Cuatro de cada diez argentinos ya no quieren elegir entre estas dos expresiones. El mismo relevamiento señala que el 73% está cansado de las opciones políticas actuales y que el 71% reclama una renovación profunda del Peronismo, tanto en sus nombres como en su mensaje.

Otro trabajo, realizado por Giacobbe Consultores a fines de julio, llegó por un camino diferente a una conclusión parecida: Milei registró un 57,2% de imagen negativa, pero al mismo tiempo el 50,1% de los consultados respondió que no quiere que el Kirchnerismo vuelva a gobernar.

Los números no dicen que la Argentina se haya vuelto kirchnerista. Tampoco dicen que se haya hecho de izquierda. Dicen algo bastante más incómodo para todos: una parte importante de la sociedad se está alejando del Gobierno, pero no está dispuesta a regresar al lugar del que salió.

Se amplió la avenida del medio. Pero cuidado. Esa avenida todavía no tiene conductor, vehículo ni destino. Existe como rechazo, como cansancio y como demanda. Todavía no existe como alternativa política organizada. Prueba de ello es que, cuando las encuestas preguntan por candidatos o espacios concretos, la competencia vuelve a concentrarse entre La Libertad Avanza y el Peronismo. La sociedad busca algo nuevo, pero la política continúa ofreciéndole lo mismo.

Esa puede ser la gran oportunidad electoral de 2027. Pero también puede convertirse en una nueva frustración. Porque no alcanza con pararse en el medio, declararse moderado y sacarse una fotografía con otros dirigentes igualmente moderados. El centro no es una ubicación en una boleta. Es una respuesta concreta.

Esa enorme masa no está pidiendo una ideología descafeinada ni una alianza improvisada entre dirigentes que temen desaparecer. Está pidiendo equilibrio fiscal sin insensibilidad, estabilidad sin recesión permanente, autoridad sin violencia, producción con trabajo y un Estado que no despilfarre, pero tampoco abandone. No quiere volver al Kirchnerismo. Pero tampoco quiere continuar así.

Y si la política no comprende la diferencia entre esas dos afirmaciones, volverá a cometer el error de siempre: confundir el rechazo a uno con el amor por el otro.

Y SI FALTABA ALGO, EL PRESIDENTE ESTA ENOJADO CON LOS QUE SUFREN.

El jueves pasado, el Presidente dio un discurso en el Council of the Americas. Entre otras cosas sostuvo que consumo, PBI y exportaciones están en niveles históricos y descalificó las críticas apoyadas en encuestas como provenientes de sus “enemigos”. También rechazó la idea de una economía que marcha a dos velocidades.

El Presidente parece enojarse no solamente con quienes cuestionan su modelo, sino con la realidad que cuentan quienes no sienten sus resultados.

El problema ya no sería discutir si una estadística es verdadera o falsa. Puede ser perfectamente cierto que una variable macroeconómica mejore y, simultáneamente, que millones de personas estén peor. El promedio no invalida la experiencia individual.

Si alguien dice “no llego a fin de mes”, responderle que el consumo está en máximos no resuelve su problema. Si un comerciante dice “vendo menos”, mostrarle el PBI no aumenta sus ventas. Si una pyme cierra, explicarle que las exportaciones alcanzaron un récord no vuelve a abrirla. Si alguien perdió su empleo, decirle que la economía crece no le devuelve el salario.

Ahí creo que está el verdadero papelón político del discurso de hoy: un presidente puede discutir con economistas, periodistas, empresarios, opositores y encuestadores. Con quien no puede discutir es con el sufrimiento de un ciudadano.

Milei empieza a cometer un error parecido al que cometieron gobiernos anteriores: cuando la realidad no coincide con el relato, en lugar de revisar el relato comienza a discutir con la realidad.

Señor Presidente, quizás sus números tengan razón. El problema es que también tiene razón el argentino que llega al día 20 y se quedó sin plata. Y entre una planilla Excel y un ciudadano que sufre, un presidente debería saber a quién escuchar primero.

UN PEDIDO PARA TODOS

Y esto ya no es solamente un mensaje para Milei. Es para todos. Para quienes gobiernan y para quienes se preparan para gobernar. Para los que quieren reelegir, para los que sueñan con postularse y para los que ya comenzaron a sacarse fotografías como candidatos. Para la derecha, el centro y la izquierda. Para los peronistas y los antiperonistas. Para los libertarios, los radicales, los conservadores, los progresistas y para cada nueva etiqueta que inventen con el propósito de ofrecernos, una vez más, la salvación de la Argentina.

Escuchen. Existe una enorme masa de argentinos que no pertenece a ninguna tribu política. No somos fanáticos. No nos levantamos pensando cómo defender a un dirigente ni nos acostamos buscando argumentos para justificar sus errores. Podemos votar a uno y criticarlo después. Podemos reconocer un acierto del adversario y un fracaso de aquel que elegimos. No queremos que un gobierno fracase para demostrar que teníamos razón. Queremos que al país le vaya bien, aunque quien lo consiga no sea nuestro candidato.

No pedimos demasiado. Queremos trabajar y vivir de nuestro trabajo. Queremos que la jubilación alcance, que nuestros hijos encuentren empleo, que nuestros nietos puedan imaginar un futuro en este país. Queremos pagar las cuentas sin miedo, enfermarnos sin arruinarnos, caminar seguros y dejar de sospechar que cualquier imprevisto puede destruir el esfuerzo de toda una vida. Queremos progresar. Algo tan elemental que resulta increíble tener que explicárselo a quienes pretenden gobernarnos.

Por eso, quienes quieran nuestros votos deberán dejar de hablarnos únicamente del pasado, de sus enemigos, de sus internas y de sus propias ambiciones. No alcanza con prometer que no volverán los otros. Tampoco con pedirnos que sigamos aguantando. Mucho menos con presentarnos un culpable diferente cada semana. Queremos que nos expliquen qué van a hacer para que vivamos mejor, cómo lo harán, cuánto tiempo necesitarán y quién pagará verdaderamente el costo.

No queremos regresar al país que fracasó. Pero tampoco estamos dispuestos a aceptar que el único futuro posible consista en soportar indefinidamente un presente que nos empobrece. No queremos elegir entre la inflación y la recesión, entre un Estado que despilfarra y otro que abandona, entre la corrupción de ayer y la insensibilidad de hoy. La Argentina no puede condenarnos eternamente a votar por el mal menor.

Éste es el pedido de esa inmensa mayoría silenciosa que no marcha detrás de ningún líder, que no tiene cargos públicos ni aparece en los programas de televisión, pero que trabaja, produce, paga impuestos y sostiene al país todos los días: dejen de explicarnos por qué deberíamos estar mejor y empiecen a demostrarlo.

Porque en la próxima elección no estaremos buscando un mesías, una ideología ni una revancha. Estaremos buscando algo mucho más sencillo y mucho más difícil: alguien capaz de gobernar para que nuestra vida mejore.

Y quien no comprenda eso podrá ganar una interna, encabezar una lista o llenar una plaza. Pero tarde o temprano perderá lo único que realmente decide el destino de un gobierno: la confianza de la gente común. 

 

 

Primicias Rurales
Fuente: Sergio Mammarelli
Todavía No. Por Susana Tribiani

Todavía No. Por Susana Tribiani

Cuento : Todavía No. Por Susana Tribiani

 

 

 

 

 

          A sus más de sesenta años, Susana se dio cuenta de algo curioso: en el mundo existían
dos clases de relojes.
Estaban los tradicionales, los que colgaban de las paredes de las oficinas públicas o de las
cocinas, marcando las horas con precisión y cumpliendo con su trabajo mecánico. Y
después estaban los otros. Los que alguien parecía habernos instalado muy adentro, en el
pecho, un mecanismo invisible que empezaba a latir con un ritmo distinto.
Esos relojes internos eran bastante más crueles. Venían equipados con voces ajenas que
repetían letanías predecibles:
● «A esta edad ya tendrías que estar descansando».
● «¿Todavía estás estudiando, mamá?».
● «¿Para qué te metés en líos?».
● «Dejá que eso lo hagan los jóvenes».
Susana había escuchado todas esas frases. Al principio intentaba debatir; con el tiempo,
simplemente dejó de hacerlo. Había comprendido que era inútil intentar explicarle al mundo
que una persona puede cumplir años sin que se le marchiten las ganas de vivir.
Durante gran parte de su vida, su existencia se había movido entre normas, expedientes,
responsabilidades y decisiones. En ese universo gris había aprendido una lección: detrás de
cada casillero había una persona real, y las cosas importantes rara vez entraban
prolijamente en un formulario.
Tal vez por eso le molestaban tanto las etiquetas:
Joven. Vieja. Sana. Enferma. Útil. Jubilada. Activa. Retirada.
Su hogar era un territorio de múltiples frentes. Vivía junto a su madre, Elena, de ochenta y
nueve años, cuya memoria era un archivo fascinante de otra época. A pocos kilómetros
vivían sus dos hijos: Martín, de treinta y ocho, un varón estructurado que siempre suspiraba
ante cada nueva locura materna; y Lucía, de treinta y seis, abogada con quien compartía
debates sobre la vida moderna.
Ambos la amaban, pero a menudo la miraban con ese
recelo protector con el que los hijos empiezan a jubilar en vida a los padres.
Una mañana, tras coordinar los medicamentos de su madre, Susana se sentó frente a la
computadora. La pantalla en blanco brillaba con intensidad.
Tenía abiertos varios documentos: un proyecto de investigación jurídica, apuntes de su
nueva carrera universitaria, un borrador para modernizar la gestión del edificio donde vivía
—los vecinos siempre acudían a ella ante un conflicto— y una carpeta digital que llevaba
meses prometiéndose ordenar.
Se quedó mirando el monitor y sonrió. Su escritorio virtual parecía el de una joven de treinta
años dispuesta a comerse el mundo. Y ella superaba el doble de esa edad.
—¿Y qué si tengo esta edad? —dijo en voz alta.
Una de sus perras levantó la cabeza pesadamente desde la alfombra.
—No te preocupes, nena, no hablaba con vos.
Durante años, la sociedad le había vendido una postal edulcorada de la vejez: la jubilación
imaginada como un domingo interminable. Levantarse sin despertador. Tomar café sin
apuro. La realidad, sin embargo, había resultado ser muy distinta.
Cuando las obligaciones formales desaparecieron, no hubo paz inmediata. En su lugar
apareció una pregunta intrusa, filosa, instalada en el centro de la sala:
¿Y ahora quién soy?
Durante décadas había sido fácil responder. Era su trabajo. Era la madre atenta de Martín y
Lucía. Era la hija que acompañaba a Elena. Era quien resolvía urgencias y llegaba a tiempo.
Hasta que el almanaque empezó a vaciarse. Al principio creyó que debía disfrutar de ese
vacío, pero pronto descubrió que el silencio, cuando carece de propósito, también hace
ruido.
Entonces hizo lo que siempre sabía hacer: empezó de nuevo.
Se anotó en la universidad. Los primeros días fueron un choque cultural. Se sentía absurda
entre jóvenes que la triplicaban en agilidad tecnológica. Subrayaba con bronca, buscaba
leyes y protestaba cuando una teoría se alejaba de la realidad.
—¿Quién me manda a mí a meterme en este baile? —se repetía.
Pero al día siguiente volvía a abrir los libros. Y tras los estudios llegaron otros compromisos:
● Un sistema informático para ordenar los gastos del consorcio.
● Un borrador para una aplicación móvil destinada a adultos mayores.
● Un ensayo sobre historia jurídica.
● Un curso online de redacción.
● Una reunión vecinal para reparar los desagües
A veces tenía tantas pestañas abiertas que perdía el hilo, pero se sentía viva, con una
intensidad que hacía años no experimentaba.
Hasta que su cuerpo decidió pedir la palabra. Las cosas comenzaron con sutiles
advertencias: un temblor en las manos, una rigidez extraña en las articulaciones, una fatiga
inusual.
Martín fue el primero en notar los síntomas y ponerles palabras:
—Mamá, estás grande para tantas exigencias. Deberías aflojar un poco.
Lucía era más sutil, pero su mirada compasiva dolía tanto como las advertencias de su
hermano. Luego vinieron los consultorios, las resonancias y las palabras pronunciadas con
sumo cuidado por un especialista.
Apareció un diagnóstico. Una de esas frases capaces de partir el tiempo en dos. Existía un
antes, donde el cuerpo era un vehículo obediente, y un después condicionado y sujeto a
revisiones.
Salió de aquella consulta caminando con extrema lentitud. La ciudad seguía funcionando
con su indiferencia habitual, y eso fue lo primero que le provocó indignación. Los autos
tocaban bocina, una mujer discutía por celular, unos adolescentes reían.
Susana habría querido detenerlos a todos y gritarles:
— ¿Es que acaso no entienden que acaba de pasar algo trascendental?
Pero para el mundo era un martes cualquiera. Durante los primeros días le dio miedo
pronunciar el nombre del diagnóstico. Nombrarlo era hacerlo real, y sentía el peligro de
convertirse en esa sola palabra.
A partir de ahí, las dinámicas familiares sufrieron una alteración. Elena la miraba con
sabiduría silenciosa. Martín y Lucía extremaron los cuidados. Y las miradas de los vecinos
se volvieron cautelosas, teñidas de una compasión prematura que dolía más que la
indiferencia.
De pronto le preguntaban cómo estaba antes de interesarse por sus proyectos. Por dentro,
una furia vital se revelaba:
—¡No estoy agonizando! ¡Estoy haciendo cosas!
Pero respiraba hondo y respondía:
—Bien, tirando para adelante.
Una tarde volvió a sentarse frente a su computadora. El cursor titilaba rítmicamente en la
pantalla en blanco. Pensó en todo lo que todavía quería hacer y en lo que su cuerpo tal vez
ya no le permitiría. Y lloró. No demasiado; Susana jamás había tenido vocación para el
drama.
Se secó la cara, miró el cursor y escribió:
PROYECTO NUEVO.
Lo puso en mayúsculas. Era una declaración de guerra contra el tiempo y el diagnóstico.
Desde aquel día comprendió algo profundo: su vida podía cambiar, su cuerpo podía poner
condiciones y el tiempo podía volverse escaso, pero ella conservaba una facultad soberana:
podía elegir qué hacer con el día siguiente.
Hubo días buenos y días grises en los que vestirse era una negociación agotadora.
Aprendió que aceptar ayuda no era rendirse, y que ser fuerte no significaba estar bien todo
el tiempo.
Mientras tanto, continuó con su rutina intelectual. Estudiaba con fervor, discutía con sus
hijos en las cenas dominicales y creaba soluciones cotidianas. A veces sus hijos le decían
que estaba loca:
—Mamá, ¿a qué jugás con tantos frentes abiertos?
Susana se reía a carcajadas. Quizás tuvieran razón; había algo hermosamente absurdo en
arrancar proyectos cuando el almanaque dictaba cerrar cuentas.
Una noche, cerca de las dos de la mañana, cerró la computadora. La casa estaba en
silencio. Se levantó despacio y caminó hasta la cocina para prepararse una infusión. Se
quedó unos minutos junto a la ventana abierta.
En los edificios de enfrente había luces encendidas. Pensó en todas las vidas que latían
detrás de esos vidrios: los que comenzaban un proyecto, los que terminaban un ciclo o los
que habían escuchado un veredicto médico.
Sintió ganas de decirles algo modesto pero verdadero:
Todavía no terminó.
Quizá mañana fuera un día pesado. Tal vez algún proyecto fracasara. Pero esa noche
estaba allí, respirando, planeando y deseando. Y mientras una persona pudiera desear algo
que aún no ocurrió, el futuro seguía existiendo.
Regresó al escritorio, encendió la pantalla y agregó una segunda línea:
Pendientes.
Cuando iba por el número doce de la lista, volvió a reírse:
—Definitivamente estoy loca.
Su perra asomó el hocico y la miró. Susana cerró la computadora. Mañana continuaría.
Porque por fin había comprendido que la vida real no era una gran epopeya, sino detalles
mínimos: una charla con sus hijos, una ocurrencia, una noche hermosa, una página escrita.
Y, sobre todo, de una palabra terca:
Todavía.
● Todavía podía aprender.
● Todavía podía querer.
● Todavía podía equivocarse.
● Todavía podía empezar.
Y esa noche, antes de apagar la luz, Susana comprendió que el secreto no consistía en
ganarle una carrera al tiempo, sino en no cerrarse uno mismo la puerta. Y la dejó abierta.

 

 

 

 

Primicias Rurales
Todavía No. Por Susana Tribiani

Los 169 comunicados

Susana Tribiani relata la historia íntima de una familia atravesada por los 169 comunicados de Malvinas, las misiones en los Hércules y la inolvidable vuelta a casa de su padre.

 

 

Buenos Aires, domingo 23 agosto (PR/26)

Por Susana Tribiani

 

 

 

 

 

 

El 24 de marzo de 1982, el papá de Susana partió hacia el sur en uno de esos vuelos que, para la familia, formaban parte de la normalidad. Era oficial de la Fuerza Aérea Argentina y volaba los C-130 Hércules. Viajar, despegar, pasar varios días fuera de casa y regresar era parte de su trabajo, algo a lo que todos estaban acostumbrados. Susana tenía veintidós años y su hermano diecinueve. Ninguno imaginó que aquella partida sería distinta de tantas otras.

No hubo una despedida especial ni un presentimiento. Él se fue a trabajar y ellos siguieron con sus vidas. Mucho tiempo después supieron que había dejado escrita una carta por si no regresaba. Por suerte, nunca tuvieron que leerla.

Pocos días más tarde, el 2 de abril, a las 9:40 de la mañana, una radio encendida cambió para siempre el significado de la palabra Malvinas.

Fue Elena quien, desesperada por lo que acababa de escuchar, alertó a Susana y a su hermano:

—Entramos en guerra con los ingleses por Malvinas… y el papá está allá.

En unas pocas palabras, todo cambió. Hasta ese momento Malvinas había sido una referencia aprendida en la escuela, unas islas dibujadas en un mapa y una historia repetida desde chicos. Ahora era el lugar donde estaba su padre. Lo que hasta unas horas antes podía parecer una noticia lejana se había metido de golpe dentro de la casa.

Susana tenía veintidós años. Su hermano, diecinueve. Y de pronto tuvieron que entender algo para lo que nadie estaba preparado: aquel viaje del 24 de marzo no había sido un vuelo más.

Durante los siguientes setenta y ocho días, la guerra entró en la casa de una manera extraña: numerada. Comunicado número 1, comunicado número 2, comunicado número 3. Así, uno detrás de otro, hasta llegar al 169.

El país escuchaba aquellas voces buscando entender qué ocurría en el Atlántico Sur. En la casa de Susana, en cambio, cada comunicado se escuchaba de otra manera. Detrás de las palabras oficiales, de los informes y de las noticias siempre aparecía la misma pregunta: ¿dónde estará papá?

En aquellos años no existían teléfonos celulares ni mensajes capaces de tranquilizar con un simple “llegué bien”. Había esperas largas, silencios y noticias fragmentadas. Había que aprender a escuchar lo que se decía y también a soportar todo aquello que no se sabía.

Él tampoco contó demasiado después. No era un hombre que necesitara transformar lo vivido en una hazaña. Algunas historias fueron apareciendo con los años, casi siempre de costado, en alguna sobremesa, en una conversación con otro veterano o cuando una pregunta lograba abrir por un momento una puerta que normalmente permanecía cerrada.

Una de esas historias tenía que ver con las misiones a muy baja altura.

El Hércules era un avión enorme, difícil de esconder, y en algunas operaciones debían volar pegados al mar para intentar evitar la detección y escapar de los aviones ingleses. Él contó que llegaron a hacerlo tan bajo que tuvieron que usar los limpiaparabrisas.

A Susana siempre le quedó grabada esa imagen.

Los limpiaparabrisas pertenecían al mundo de todos los días, al auto, a una lluvia fuerte, a una tormenta cualquiera. Escucharlos mencionados en medio de una misión de guerra hacía que todo resultara mucho más real. Ya no era algo lejano ni una escena de película. Era su padre dentro de ese avión, volando casi al ras del agua.

Había otras cosas de las que hablaba mucho menos.

En algunas misiones trasladaban soldados heridos. Muchos eran muy jóvenes. Él contó alguna vez que, cuando los veía subir al Hércules lastimados, agotados o con miedo, pensaba inevitablemente en su propio hijo.

Tenía diecinueve años.

La misma edad que muchos de esos chicos.

Quizá esa fuera una de las cosas que más le costaba contar. Porque en esos momentos no era solamente un oficial cumpliendo una misión. También era un padre. Y en cada uno de aquellos jóvenes heridos podía aparecer, aunque fuera por un instante, el rostro de su propio hijo.

Susana entendió eso mucho después. A los veintidós años una cree que los padres saben todo, que pueden con todo y que el miedo les pertenece a otros. Con el tiempo comprendió que ellos también tienen miedo; simplemente muchas veces aprenden a esconderlo.

En mayo ocurrió algo que todavía recuerda con una emoción difícil de explicar: su padre volvió a casa por dos días.

Cuando ella y su hermano lo vieron entrar, fue como ver a Dios en carne y hueso.

Estaba ahí.

Vivo.

Y durante esas cuarenta y ocho horas eso fue suficiente.

Volvieron a escucharlo caminar por la casa, a verlo sentado a la mesa, a compartir cosas que hasta hacía poco parecían absolutamente normales. Seguramente hablaron de muchas cosas, aunque es probable que las preguntas más importantes hayan quedado sin hacer. Tal vez porque ninguno quería escuchar determinadas respuestas. Tal vez porque él tampoco podía darlas. O quizás porque, cuando alguien vuelve por apenas dos días de una guerra, preguntar demasiado parece una manera de perder tiempo.

Después hubo que despedirlo otra vez.

La casa volvió a quedar en silencio y la radio recuperó su lugar.

Los comunicados siguieron.

También las misiones.

Muchos años después, algunas de aquellas historias volvían a aparecer cuando él se encontraba con otros veteranos. Susana recuerda especialmente las conversaciones con “el Michi”. Entre ellos existía un lenguaje propio, hecho de nombres, fechas y situaciones que no necesitaban demasiada explicación.

El Michi había tenido su bautismo de fuego el 28 de mayo, volando los Pucará. Cuando hablaban entre ellos, Susana escuchaba relatos que rara vez aparecían en la conversación familiar. No parecían hombres intentando impresionar a nadie con sus historias. Más bien daba la sensación de que ciertas cosas solo podían decirse frente a alguien que hubiera estado allí.

Ella aprendió a escuchar esas conversaciones sin interrumpir demasiado.

Con el tiempo entendió que probablemente muchas cosas quedaron sin contar. No necesariamente porque se hubieran olvidado, sino porque hay experiencias difíciles de convertir en palabras. Uno puede relatar una misión, describir un vuelo o recordar una fecha, pero hay sensaciones que quizá no encuentran una forma sencilla de ser compartidas con quienes no estuvieron ahí.

La carta que su padre había dejado antes de partir terminó convirtiéndose, con los años, en uno de los recuerdos más fuertes de toda aquella historia.

El 24 de marzo sus hijos creían que se iba a trabajar.

Él sabía que podía no volver.

Imaginarlo sentado escribiendo unas palabras para ellos por si algo sucedía fue, para Susana, más difícil que escuchar muchas de las historias de guerra. Porque en esa carta ya no estaba el oficial de la Fuerza Aérea ni el hombre que volaba un Hércules. Estaba simplemente el padre.

Un hombre tratando de dejarles algo escrito a sus hijos por si no tenía la posibilidad de regresar y despedirse.

Por suerte, aquella carta nunca necesitó ser entregada.

Malvinas quedó entonces dividida para Susana en dos historias que, en realidad, nunca pudieron separarse del todo. Estaba la historia del país, con las islas, los combates, los aviones y los comunicados. Y estaba la historia de su casa: una radio encendida, Elena pronunciando aquella frase que nadie quería escuchar, dos hijos esperando, una carta guardada, dos días de mayo convertidos en un regalo inmenso y un padre que iba y venía entre la familia y el sur.

Con los años, cada vez que Susana veía un Hércules, ya no veía solamente un avión.

Veía a su padre.

Lo imaginaba volando tan bajo sobre el mar que tenían que encender los limpiaparabrisas. Lo imaginaba observando a aquellos soldados heridos y pensando en su hijo de diecinueve años. Lo imaginaba años después conversando con el Michi, recordando cosas que posiblemente ninguno de los dos podía contar de la misma manera fuera de esas conversaciones.

Y volvía también aquella mañana.

2 de abril de 1982.

9:40.

Una radio encendida.

La voz desesperada de Elena.

—Entramos en guerra con los ingleses por Malvinas… y el papá está allá.

El comienzo de una espera.

Durante setenta y ocho días la guerra llegó a la casa en forma de comunicados: uno, dos, tres, hasta ciento sesenta y nueve.

Después dejaron de escucharse.

Los aviones regresaron. Muchos hombres volvieron. Otros no.

La vida, inevitablemente, siguió.

Pero algunos recuerdos quedaron suspendidos en el tiempo: una fotografía, una carta que nunca fue abierta, una conversación entre veteranos, el ruido de un Hércules cruzando el cielo y esa costumbre involuntaria de levantar la cabeza para seguirlo con la mirada.

Y, sobre todo, quedó para siempre aquella imagen de mayo de 1982: la puerta de la casa abriéndose y su padre entrando por apenas dos días.

Como si Dios, por un momento, hubiera decidido hacerse carne y volver a sentarse a la mesa.