Hoy es la Fiesta del Santísimo Nombre de María, “que nos da valentía para seguir adelante”

Hoy es la Fiesta del Santísimo Nombre de María, “que nos da valentía para seguir adelante”

Fiesta del Santísimo Nombre de María / ACI Prensa

 

 

Buenos Aires, sábado 12 septiembre (PR/26) — Cada 12 de septiembre la Iglesia Católica celebra el Santísimo Nombre de la Madre de Dios: “María”.

Su santo nombre, como nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en 2009, “está totalmente unido a su Hijo, a Cristo, y… nos da valentía para seguir adelante”, en un mundo que anda sumido “en las tinieblas y en los sufrimientos”. En ese mundo, el nombre de María nos mueve a la contemplación del “rostro de la Madre”.

“El nombre de la virgen era María” (Lc. 1, 27)

Contra lo que alguno podría pensar, no se trata de un asunto trivial, en lo absoluto.

Es cierto que el nombre de María, por sus raíces etimológicas y sentido bíblico, recuerda al de Eva, la primera ‘mujer’; sin embargo, lo hace por radical contraste.

A diferencia de Eva, quien pecó apartándose de Dios y condenando a sus hijos, María fue hecha ‘Puerta del Cielo’ y mediadora de todas las gracias concedidas a la humanidad.

“María”, en consecuencia, es el nombre que evoca la obra salvadora de Dios. Por eso, quien pronuncia con amor esa sencilla palabra, “María”, sabe que en ella está referido el gran misterio del amor de Dios para con sus creaturas, los hombres.

 

 

“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1, 42)

Con prodigiosa sencillez, el Espíritu Santo, a través de San Lucas, proclama tamaña verdad para gozo y veneración de todo cristiano: “El nombre de la virgen era María” (Lc. 1, 27).

 

“Ave, María…”

En el libro El secreto admirable del Santísimo Rosario, San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) relata cómo la Virgen se le apareció a Santa Matilde (896-968), llevando sobre el pecho la salutación angélica escrita en letras de oro. Luego le dijo a la santa: “El nombre de María, que significa Señora de la luz, indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, como astros brillantes, para iluminar los cielos y la tierra”.

Desde antiguo, y a lo largo de la historia de la salvación, siempre hubo un respeto especial por la manera como una persona es “nombrada”. El nombre que identifica a una persona es considerado como algo lleno de significado, tal y como la Madre de Dios dejó en claro a Santa Matilde.

 

El nombre, imagen de la persona

 

El Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2158-2159) señala lo siguiente: “El nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona. Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva… El nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino de Dios, el carácter misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará a plena luz”.

En consecuencia, si el nombre de todo hombre o mujer merece respeto, con mayor razón los cristianos estamos llamados a honrar los santos nombres de Jesús y de María.

Así lo ratificaba el Papa Emérito Benedicto XVI:

«En el calendario de la Iglesia se recuerda hoy el Nombre de María. En ella, que estaba y está totalmente unida al Hijo, a Cristo, los hombres han encontrado en las tinieblas y en los sufrimientos de este mundo el rostro de la Madre, que nos da valentía para seguir adelante…
… A menudo entrevemos sólo de lejos la gran Luz, Jesucristo, que ha vencido la muerte y el mal. Pero entonces contemplamos muy próxima la luz que se encendió cuando María dijo: «He aquí la sierva del Señor». Vemos la clara luz de la bondad que emana de ella. En la bondad con la que ella acogió y siempre sale de nuevo al encuentro de las grandes y pequeñas aspiraciones de muchos hombres, reconocemos de manera muy humana la bondad de Dios mismo. Con su bondad trae siempre de nuevo a Jesucristo, y así la gran Luz de Dios, al mundo. Él nos dio a su Madre como Madre nuestra, para que aprendamos de ella a pronunciar el «sí» que nos hace ser buenos» (Homilía del Santo Padre Benedicto XVI, Fiesta litúrgica del Dulce Nombre de María, sábado 12 de septiembre de 2009).
¡Que el nombre de María no se aparte jamás de nuestros labios, de nuestra mente y corazón!

 

El poder del nombre de María

 

  • Terror para el mal: Santos como San Bernardo y San Antonio de Padua afirmaban que los demonios huyen o caen al escuchar el nombre de María.
  • Humillación del demonio: En la teología católica, el nombre de la Virgen representa la derrota continua del mal y del orgullo.
  • Auxilio inmediato: Se recomienda invocarla con frases breves como «María, ayúdame» cada vez que aparezca una tentación.
Cómo practicar esta protección
  • Repetición constante: Decir el nombre con fe en momentos de miedo, duda o prueba difícil.

 

Oración al Santo Nombre de María

(Atribuida a San Alfonso María de Ligorio)
«¡Oh excelsa Madre de Dios y Madre mía María!
No permitas que me mueva a compasión de mí mismo, sino compadécete tú de mi alma.
Tu Nombre santísimo es la alegría de mi corazón, la defensa de mi vida y la esperanza de mi salvación. Cada vez que lo pronuncio, mi alma se llena de paz y de confianza.
Te ruego, Señora, que en todas mis necesidades, en mis dudas y, sobre todo, en los momentos de tentación y de combate espiritual, tu nombre sea el escudo que me defienda. Que nunca me canse de llamarte, porque sé que invocando tu nombre, el enemigo no puede tocarme.
Haz que el último aliento de mi vida sea la pronunciación de tu dulce nombre: ¡María! Amén.»

Jaculatorias breves de protección

Si necesitas una respuesta rápida en un momento de miedo, angustia o tentación, puedes repetir estas frases cortas (jaculatorias) a modo de escudo:
  • «¡María, sé mi salvación!»
  • «¡Dulce Corazón de María, sé la salvación del alma mía!»
  • «¡Por tu santo nombre, María, defiéndeme del enemigo!»

 

 

Hoy 11 de septiembre celebramos a San Emiliano

Hoy 11 de septiembre celebramos a San Emiliano

Conoce la fascinante historia de San Emiliano (San Millán), el santo riojano que pasó de pastorear ovejas a eremita, fundando una de las comunidades monásticas más importantes de España. El lugar donde murió fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. 

 

 

 

 

Buenos Aires, viernes 11 de septiembre (PR/26) — Hoy celebramos a San Emiliano. Santo español, nacido en el año 473 en Berceo (La Rioja).

Hijo de una familia campesina de origen hispanorromano, siendo en su juventud pastor de ovejas. Decidió dedicarse a la vida contemplativa, por lo que pasó a ser uno de los discípulos del monje Félix, retirado en los montes de Bilibio, cerca de Haro, donde llevó una vida solitaria y penitente.

San Emiliano y San Millán corresponden a la misma figura histórica y religiosa.

«Millán» es simplemente la evolución fonética y popular en castellano antiguo del nombre latino Aemilianus (Emiliano). En los textos litúrgicos antiguos y crónicas medievales, como la escrita por San Braulio, se le nombra como Sancti Emiliani, mientras que la tradición popular y literaria peninsular lo consagró definitivamente bajo la advocación de San Millán.

Sujeto a la disciplina monacal, pero encontrándola demasiado holgada, se retiró a la soledad durante cuarenta y cuatro años en los montes Distercio, soportando allí las inclemencias del tiempo y la dureza de condiciones del lugar.

Su fama de santidad se extendió de tal manera que todos los que estaban en dificultades espirituales acudían a él y fue llamado por el obispo de Tarazona, Dídimo, quien no consintió que tanta virtud se perdiese en la soledad del monte, le ordenó sacerdote y le puso al cargo de la parroquia de Santa Eulalia, en su pueblo natal Berceo.

El paso por la parroquia resultó un estruendoso fracaso ya que las tareas administrativas no parecían encajar con su carácter y entregaba todas las donaciones propiedad de la parroquia a los necesitados por lo que fue acusado de malversación del dinero parroquial por sus hermanos sacerdotes y reprendido por el obispo, quien lo destituyó del cargo.

Decide volver a su soledad y se retira al valle de Suso o de arriba, cercano a su pueblo, donde transcurre la última etapa de su vida. En torno al santo va formándose una comunidad de hermanos y hermanas que formarán un oratorio primitivo, sus nombres son: Aselo, Geroncio, Citonato, Sofronio, Oria y Potamia.

San Millán es visitado, consultado y venerado. Salió al parecer muy poco de su eremitorio. La última salida que hace es para anunciar la destrucción de algunas ciudades de Cantabria.

La tradición le atribuye numerosos milagros tanto en vida como después de su muerte, acaecida el 12 de noviembre del 574, con ciento un años, fue enterrado en el suelo del oratorio.

Los monjes eligieron otro abad y permanecieron como ermitaños alrededor del sepulcro de San Millán, formando después de la muerte de San Millán el gran Monasterio de San Millán de la Cogolla, en la actualidad declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

No dejó nada escrito, y fue hacia el 650 cuando el obispo de Zaragoza, San Braulio escribió Vita Sancti Emiliani, primera biografía de San Millán basándose en los relatos que había escuchado de su hermano Fronimiano, monje en la Cogolla y más tardíamente Gonzalo de Berceo escribió la Historia del Señor San Millán.

 

 

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Fuente: Aciprensa
Hoy 10 de septiembre celebramos a San Nicolás de Tolentino, intercesor de las almas del purgatorio

Hoy 10 de septiembre celebramos a San Nicolás de Tolentino, intercesor de las almas del purgatorio

Buenos Aires, jueves 10 de septiembre (PR/26) .- Cada 10 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Nicolás de Tolentino (1245-1305), fraile, sacerdote y místico italiano; el primer miembro de la Orden de San Agustín (agustinos) en ser canonizado.

Con la protección de San Nicolás de Bari

Nicolás nació en 1245, en San Angelo, Pontano (Italia). Se dice que su madre, habiendo llegado a cierta edad, no había podido concebir. Por ese motivo, junto a su esposo, salió en peregrinación al Santuario de San Nicolás de Bari, para pedir la gracia de salir encinta.

La mujer, que amaba profundamente al Señor, prometió que si Él le concedía tan inmenso favor, ella le entregaría con gusto a su hijo para que sea sacerdote. Dios, que mira con compasión a quienes piden con fe, le concedió a la mujer la bendición de salir embarazada.

Llegado el tiempo, nacería un robusto niño al que bautizaron con el nombre de ‘Nicolás’, en honor a su santo patrono. Los años pasaron y mientras Nicolás crecía corporalmente, también iba creciendo en él una singular afinidad a las cosas de Dios y a los temas espirituales. A pesar de su juventud, el jovencito aprendería a dedicarle más tiempo a la oración del que podría esperarse de cualquier niño de su edad.

Un pequeño de corazón inmenso

Ya de adolescente, después de escuchar el sermón de un fraile ermitaño de la Orden de San Agustín, Nicolás decidió renunciar al mundo y hacerse agustino. Pronto sería aceptado en el convento de los ermitaños del pequeño pueblo de Tolentino. Realizaría su profesión religiosa antes de cumplir los 18 años; y, en 1271, sería ordenado sacerdote en el convento de Cingoli.

Tolentino

Nicolás permanecería en Tolentino los siguientes 30 años de su vida, hasta que Dios lo llamó a su presencia.

Allí predicó en las calles, administró los sacramentos a la población y visitó asiduamente el asilo de ancianos, el hospital y la prisión; pasó largas horas en oración y cuando no, era porque se había sentado en el confesionario, para atender las necesidades espirituales de la gente. Ante todos se hizo evidente que el buen fraile agustino vivía con sencillez y ascetismo; y como hombre desapegado a las cosas de este mundo, los ayunos y pequeños sacrificios corporales no le eran extraños.

A San Nicolás se le atribuyen muchísimos milagros, tanto en vida como post mortem. Cuando por gracia de Dios obraba alguno, pedía a quienes lo habían presenciado que guardaran reserva y no comenten nada a nadie: “Denle las gracias a Dios, no a mí», solía decir.

Las almas del purgatorio

Los fieles, impresionados por las conversiones que se producían gracias al testimonio de vida del santo, le pedían constantemente que orara por las almas de quienes habían muerto sin estar listos para participar de la gloria de Dios. Esta tarea fue algo que Nicolás siempre hizo con diligencia y responsabilidad. Nicolás sabía que quienes morían sin haber purgado sus pecados no podían ingresar al cielo, y por ello necesitan la ayuda y solidaridad de quienes, permaneciendo aún en esta vida, pueden rezar e interceder por ellos.

Esto habría de ser para el santo una suerte de misión: salvar almas del purgatorio.

No en vano le valió, muchos años después de su muerte, que la gente empiece a llamarlo “patrón de las santas almas” o “protector de las ánimas del purgatorio».

Según cuentan los agustinos, una noche, Nicolás estaba durmiendo en su celda cuando oyó la voz de uno de sus compañeros frailes, fallecido recientemente. El fraile le dijo a Nicolás que estaba en el purgatorio y le pidió que celebrara la Eucaristía por él y por otras almas que estaban allí, para que fueran liberadas por la misericordia de Cristo. Después de que Nicolás celebrara la santa misa por esta intención durante siete días, el fraile volvió a hablarle, esta vez para darle las gracias y asegurarle que muchas almas, incluyendo la suya, ahora estaban con Dios.

Los panecillos milagrosos

A San Nicolás de Tolentino también le tocó soportar dolores y situaciones muy duras. El fraile padeció por varios años de fuertes dolores de estómago, y por algunos períodos su salud se quebró completamente. Un día, estando gravemente enfermo, se le apareció la Virgen María y le dio ciertas instrucciones, con las que al final se obraría un milagro. La Madre de Dios le dijo que se hiciera de un trozo de pan, lo mojara en agua y se lo comiera, y que si lo hacía obedientemente, ella curaría sus dolencias -existe otra versión del relato que señala que fue la misma Virgen quien le dio de comer trocitos de pan-.

Así, Dios curó a San Nicolás gracias a la intervención de la Virgen. A partir de estas experiencias, el santo empezó a bendecir trozos de pan y dárselos a los enfermos. A través de este sencillo gesto, muchos quedaron curados.

Como recuerdo de aquellos milagros, el día de la festividad de San Nicolás se preparan los “panecillos de San Nicolás” los cuales son compartidos entre los devotos.

Los brazos de San Nicolás

San Nicolás murió el 10 de septiembre de 1305 y fue enterrado en la iglesia del convento de Tolentino, su hogar por más de tres décadas.

En 1345, sus restos fueron exhumados y su cuerpo fue hallado incorrupto. Este fue expuesto públicamente y se decidió que le fueran amputados los brazos para que sirvan como reliquias. Se asegura que en el momento de la amputación los brazos del santo sangraron profusamente, tal y como si estuvieran siendo separados de una persona viva.

Un siglo después de aquel acontecimiento se produjo otro milagro con los restos del fraile: los relicarios que contenían sus brazos fueron abiertos, siendo que estos aparecían en perfecto estado de conservación y empapados en sangre.

…

Si deseas profundizar en la vida de San Nicolás de Tolentino, te recomendamos leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Nicol%C3%A1s_de_Tolentino.

Más información:

 

 

 

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Fuente: Aciprensa
Hoy 9 de septiembre se celebra a San Pedro Claver, hecho “esclavo de los esclavos” por amor a Cristo

Hoy 9 de septiembre se celebra a San Pedro Claver, hecho “esclavo de los esclavos” por amor a Cristo

“Ego Petrus Claver, aethiopum semper servus” (Yo, Pedro Claver, esclavo de los negros para siempre), escribió el santo en el acta de sus votos perpetuos. Así lo hizo porque su tiempo y circunstancias fueron las de la esclavitud y la trata de seres humanos provenientes de África. Pedro se consagró a ellos porque aprendió a ver a Cristo en cada uno de ellos.

De Cataluña a Cartagena de Indias

Claver fue un jesuita de origen catalán -su nombre de pila fue Pere Claver Corberó- quien, como misionero en Cartagena (Colombia), se convirtió en el protector de la población negra esclavizada y de todos los sometidos a la servidumbre injusta o a los maltratos. Vivió en el puerto de Cartagena de Indias (en ese momento el Nuevo Reino de Granada), tristemente célebre por haberse convertido en el centro negrero más grande del Nuevo Mundo.

Pedro nació en Verdú (España) el 26 de junio de 1580. A los 19 años fue aceptado en la Compañía de Jesús y años más tarde, con los estudios y la formación avanzada, fue enviado como misionero a Nueva Granada (hoy República de Colombia) y ordenado sacerdote en Cartagena en 1616.

Defensor de los derechos humanos

En América, Claver se opuso a la injusticia de la esclavitud institucionalizada, por la que se comerciaba sin escrúpulos con seres humanos, destinados al trabajo forzado. Conceptualmente rechazó las teorías que no reconocían la humanidad de los negros traídos del Africa y condenó toda forma de maltrato hacia los denominados “etíopes” (nombre genérico con el que se denominaba a los africanos). Asimismo tomó parte activa en la defensa de los indígenas, a quienes evangelizó con igual dedicación.

El ciclo forzoso por el que pasaban los hombres y mujeres provenientes de África implicaba una estadía en el puerto de Cartagena, a la espera de ser vendidos y trasladados. Mientras los nuevos esclavos se encontraban retenidos a la espera de su amargo destino, Claver los atendía, en especial a los que llegaban enfermos, hambrientos o heridos. Llegó incluso a organizarse en los días previos a la llegada de los barcos negreros, almacenando provisiones que él mismo recaudaba para los que habrían de arribar.

Una vez anclada alguna nave, San Pedro descendía a las cámaras inferiores de la embarcación para repartir agua y algo de comer; atendía a los que presentaban signos de enfermedad y auxiliaba a los moribundos -era muy común que al menos la mitad del “cargamento” muriera en el trayecto-.

Esclavo de los esclavos

Pedro Claver se definió como “esclavo de los esclavos”, algo que le acarreó innumerables problemas. Se ganó enemistades entre las autoridades españolas y, evidentemente, entre los comerciantes de esclavos. Al mismo tiempo, no fueron pocos los fieles que cuestionaron su conducta, ni pocas las incomprensiones entre sus superiores y hermanos jesuitas.

A pesar de todo, el santo continuó con su obra apostólica, convirtiéndose en el gran profeta del amor evangélico, en el servidor que enseñó y encarnó el amor de Dios por los sencillos, los olvidados, los marginados. Por eso su testimonio de vida es invalorable.

Cargó su propia cruz y ayudó a otros a cargar la suya. Con sus actos interpeló a toda una sociedad y su sistema perverso al devolverle el rostro humano a quienes se les había arrebatado -incluyendo a los reos de las cárceles-. A estos sirvió como se debe servir al mismo Dios: sin que el odio, el rechazo o la enfermedad pudieran detenerlo. En tiempos de prácticas inhumanas, San Pedro Claver impuso empatía y santidad.

Pedro Claver partió a la Casa del Padre el 9 de septiembre de 1654, después de haber pasado sus últimos años casi en el olvido, muy enfermo. El día de su muerte, la población de Cartagena salió a las calles conmovida para encontrarse con su santo por última vez y rendirle los honores debidos.

El santo de la libertad

En 1986, el Papa San Juan Pablo II, de pie frente a la tumba de San Pedro Claver ubicada en la Iglesia que lleva su nombre en Cartagena de Indias, dijo: “Hoy, como en el siglo XVII en que vivió Pedro Claver, la ambición del dinero se enseñorea del corazón de muchas personas y las convierte, mediante el comercio de la droga, en traficantes de la libertad de sus hermanos a quienes esclavizan con una esclavitud más temible, a veces, que la de los esclavos negros… Como hombres libres a quienes Cristo ha llamado a vivir en libertad debemos luchar decididamente contra esa nueva forma de esclavitud que a tantos subyuga en tantas partes del mundo, especialmente entre la juventud, a la que es necesario prevenir a toda costa, y ayudar a las víctimas de la droga a liberarse de ella”.

Y es que San Pedro Claver es un santo que, precisamente por servir, evoca el sentido de la libertad verdadera, y se convierte en voz que denuncia todo tipo de esclavitud, incluidas las nuevas formas que se presentan en el mundo contemporáneo.

Si deseas conocer más sobre San Pedro Claver, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Pedro_Claver.

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Fuente: Aciprensa

Hoy celebramos la Natividad de la Virgen María. ¡Feliz cumpleaños, Madre nuestra!

Hoy celebramos la Natividad de la Virgen María. ¡Feliz cumpleaños, Madre nuestra!

Buenos Aires, martes 8 de septiembre (PR/26) .- Cada 8 de septiembre, la Iglesia celebra una festividad muy especial: la Natividad de la Santísima Virgen María, Madre de Jesús y nuestra.

¡Demos gracias a Dios por habernos regalado a tan excelsa Madre!

Nueva Eva

En una hermosa homilía pronunciada siglos atrás en la Basílica de Santa Ana en Jerusalén, San Juan Damasceno (675-749) señalaba: “Tenemos razones muy válidas para honrar el nacimiento de la Madre de Dios, por medio de la cual todo el género humano ha sido restaurado y la tristeza de la primera madre, Eva, se ha transformado en gozo”.

Luego, el santo y doctor de la Iglesia, añadía: “¡Oh feliz pareja, Joaquín y Ana, a ustedes está obligada toda la creación! Por medio de ustedes, en efecto, la creación ofreció al Creador el mejor de todos los dones, o sea, aquella augusta Madre, la única que fue digna del Creador”.

Si bien es cierto que en los Evangelios no podemos encontrar mayor información sobre el nacimiento de María, es a través de la tradición como nos han llegado algunos datos importantes. Por ejemplo, considerando que María fue descendiente de David, es altamente probable que haya nacido en Belén; aunque en otras tradiciones cristianas, como la griega o la armenia, se sugiere que la cuna de María fue Nazaret.

Para el siglo V ya existía en Jerusalén un santuario dedicado a la Madre de Dios, situado al lado de la “Piscina Probática” (Piscina o estanque de Betesda, donde Jesús curó a un paralítico). Dicho santuario, de origen bizantino, fue destruido y reconstruido en más de una ocasión. A inicios del siglo XII se edificó en el lugar la que hoy es la iglesia románica de Santa Ana, que, de acuerdo a la tradición, se encuentra sobre los restos de la que habría sido la casa en la que nació y vivió la Virgen al lado de sus padres, los santos Joaquín y Ana.

Dicha tradición refuerza la versión según la cual Joaquín, padre de María, poseía un rebaño de ovejas que llevaba a la “piscina probática” con el propósito de lavarlas y dejarlas aptas para el sacrificio en el templo. Son ciertos textos apócrifos como el Protoevangelio de Santiago (siglo II) los que amparan este relato.

Orígenes de la celebración

Hay numerosas evidencias del profundo amor que los cristianos han profesado a María desde antiguo y de la importancia que posee la fiesta de la Natividad de María.

Esta fiesta se celebra en Oriente desde el siglo V, mientras que en Occidente fue introducida posteriormente, hacia el siglo VII. En Roma, la fiesta se celebraba con una procesión en la que se iban recitando las letanías a la Virgen y que concluía en la Basílica de Santa María la Mayor.

“Hoy emprende su ruta la que es puerta divina de la virginidad. De Ella y por medio de Ella, Dios, que está por encima de todo cuanto existe, se hace presente en el mundo corporalmente… Sirviéndose de Ella, Dios descendió sin experimentar ninguna mutación, o mejor dicho, por su benévola condescendencia apareció en la Tierra y convivió con los hombres» (San Juan Damasceno).

¡Feliz cumpleaños, Madre nuestra!

La Virgen, en la advocación de la Reina de la Paz reveló en sus apariciones en Medjugorje-Bosnia Herzegovina en estos últimos 44 años que su nacimiento se produjo el 5 de agosto y que en todo caso, el 8 de septiembre podría considerarse como el festejo de su cumpleaños. No obstante, la liturgia nos lleva a celebrar la Natividad de la Madre el 8 de septiembre.

 

Puedes leer también este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Fiesta_de_la_Natividad_de_la_Santísima_Virgen_María.

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Celebramos a Santa Regina, Virgen y Mártir Día festivo: hoy 7 septiembre, protectora de las victimas de la tortura

Celebramos a Santa Regina, Virgen y Mártir Día festivo: hoy 7 septiembre, protectora de las victimas de la tortura

Regina nació en Grignon (Francia) en el siglo III y perteneció al pueblo eudo. Pese a que se dispone de poca información sobre su vida, su veneración permanece viva en la Iglesia, especialmente entre los católicos franceses.

Nutrida por la fe

Regina quiere decir “reina” en latín, por lo que los franceses suelen referirse a ella como Sainte Reine (la Santa Reina).

Regina fue hija de un ciudadano pagano de Alise (Alesia) de nombre Clemente, natural de Borgoña. De acuerdo a la tradición, la madre de Regina falleció durante el trabajo de parto y, como consecuencia, la pequeña fue entregada a una nodriza para ser amamantada. Aquella mujer no la nutrió únicamente con la leche de sus pechos sino que, por ser cristiana, sembró en el corazón de Regina la semilla de la fe; y, como la cuidó como si fuera su propia hija, llegado el momento, pidió para Regina el Bautismo.

La mujer que conoció la libertad  

Años después, según cuenta la tradición, cuando Regina era ya una jovencita, un prefecto romano de nombre Olibrio se fijó en ella; y, al enterarse del origen noble de la joven, decidió pretenderla de inmediato. Regina se negó rotundamente a contraer nupcias, pese a las insistencias de su padre para que lo hiciera.

Olibrio, al enterarse de que Regina era cristiana, se le ocurrió que podía doblegar su voluntad con amenazas. Complotó para encerrarla en un calabozo con el propósito de chantajearla. La mandó interrogar, la hostigó y la maltrató, esperando que la joven cambie de parecer.

Sin embargo, a pesar de la cruel estrategia, al innoble prefecto le falló el cálculo. Regina no se doblegaría en ningún momento; solo quería ser fiel a la promesa que le hizo a Cristo de permanecer virgen -solo a Él amaba y por Él dejaría de casarse.

Dios, fuente de todo consuelo

En una de las terribles noches que pasó en cautiverio, Regina recibió el consuelo divino a través de una visión de la cruz, de la que venía una voz que anunciaba que su liberación estaba próxima. Y así fue.

Al día siguiente, Olibrio ordenó que Regina fuera sacada de su celda y fuese torturada.

De acuerdo a las Actas de los mártires, Regina fue ejecutada por decapitación el 7 de septiembre, probablemente del año 251 (el año es incierto, y algunas fuentes señalan el 253 como el año de su muerte). Se señala además que durante su ejecución apareció una paloma blanquísima que se posó sobre ella. Los testigos del hecho consideraron esto como un signo de la presencia del Espíritu Santo.

Posteriormente, la muerte de Regina suscitó innumerables conversiones entre quienes estuvieron cerca en los días de su cautiverio y sacrificio. Sucedería algo semejante entre quienes tuvieron noticia de su martirio.

Iconografía y patronazgo

Santa Regina ha quedado inmortalizada en numerosas representaciones artísticas a lo largo de la historia.

Suele ser representada con la palma del triunfo entre las manos (la palma del martirio) y con un hacha o espada al costado, representación del arma con la que fue ejecutada.

Aparecen también las cadenas con que la ataron (a veces sostenidas en una de sus manos), hoy veneradas en la comuna de Flavigny-sur-Ozerain, en Borgoña. Sobre la cabeza de la santa suele pintarse una paloma suspendida en el aire, en alusión a la presencia del Espíritu Santo durante su martirio. A su lado aparece una oveja, como referencia al oficio de pastora, que Regina desempeñó cuando era niña.

Santa Regina de Alesia es patrona y protectora de las víctimas de la tortura, de los pastores y los carpinteros.

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