Hoy celebramos a San Tito y San Timoteo, los grandes amigos y colaboradores de San Pablo

Hoy celebramos a San Tito y San Timoteo, los grandes amigos y colaboradores de San Pablo

Tito y Timoteo estuvieron a cargo de las comunidades cristianas de la isla de Creta y de Éfeso, respectivamente. A ellos fueron dirigidas tres de las cartas atribuidas a San Pablo: la primera y segunda Epístola a Timoteo, y la Epístola a Tito. Estas cartas forman parte de las “epístolas paulinas” e integran el conjunto de libros que componen el Nuevo Testamento.

Timoteo, el “que honra a Dios”

Timoteo nació en Listra (hoy Turquía), hijo de padre pagano y de madre judeocristiana.

Su nombre está en griego y significa «que honra a Dios».

En el Nuevo Testamento aparece como el discípulo más cercano al apóstol Pablo, con quien realizó numerosos viajes. El Apóstol lo nombró obispo de Éfeso y, en virtud de dicho encargo, lo hizo destinatario de las dos cartas que conocemos, redactadas con el propósito de orientarlo en la dirección de sus comunidades.

El Papa Benedicto XVI, en una de sus reflexiones, señalaba un aspecto muy importante en torno a la relación entre Pablo y Timoteo, que impulsa al convencimiento de lo importante que es la amistad en Cristo para mover a los cristianos de hoy a hacer apostolado como ellos lo hicieron:

«En efecto, el Apóstol le encargó misiones importantes y vio en él una especie de alter ego, como lo demuestra el gran elogio que hace de él en la carta a los Filipenses. «A nadie tengo de tan iguales sentimientos (isópsychon) que se preocupe sinceramente de vuestros intereses» (Flp 2, 20)». El término isópsychon sugiere también la idea de “identificados espiritualmente»y podría traducirse sin problemas de esa manera.

Tito, a quien San Pablo llamó «compañero y colaborador» (2 Co 8, 23)

Por su parte, Tito, cuyo nombre intitula otra de las epístolas paulinas, acompañó al Apóstol y a Bernabé durante el Concilio de Jerusalén. Tito, curiosamente de nombre latino, fue de origen griego y, en consecuencia, pagano.

Al tiempo, Pablo le escribe al nuevo obispo atestiguando la verdad e importancia de la enseñanza de Cristo recibida de los Apóstoles, asunto no prescindible, sino absolutamente necesario para la salvación: “Es cierta esta afirmación, y quiero que en esto te mantengas firme, para que los que creen en Dios traten de sobresalir en la práctica de las buenas obras. Esto es bueno y provechoso para los hombres” (Tito 3, 8).

En la actualidad, en Gortina (Creta) se conservan las ruinas de una basílica dedicada a San Tito. En la capital de la isla del Mediterráneo, Heraclión, hay una iglesia bajo la advocación del santo, en la que se preservan sus reliquias desde 1966. Antes de ese año estuvieron en Venecia (Italia), donde tuvieron que ser trasladadas en tiempos en los que Creta cayó bajo dominio turco.

Festividad común: hermanos en el apostolado

En 1969 se produjo la reforma del calendario de los santos (lo que habitualmente se denomina ‘santoral’) por mandato del Papa San Pablo VI. Antes de la reforma, la fiesta de San Tito se celebraba el 25 de febrero, pero luego pasó a celebrarse el 26 de enero, el mismo día que San Timoteo, el otro discípulo y amigo cercano de San Pablo.

¿Por qué ese cambio encierra un detalle hermoso que solo puede venir de Dios? En primer lugar, Pablo, siendo ‘apóstol de apóstoles’, no acaparó ni centralizó todo el trabajo pastoral en sí mismo. Supo elegir colaboradores honestos y delegar correctamente en pos del cumplimiento de su misión. Finalmente, habrá que reconocerle siempre a Timoteo y a Tito su gran disponibilidad (¡Cuán mezquinos somos a veces los hijos de la Iglesia!). Siguieron a Pablo en periplos de altísima exigencia, y lo representaron ante muchas comunidades, incluso, en esas ocasiones en las que los recibieron con hostilidad.

¡San Tito y San Timoteo, rogad por nosotros!

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Fuente: Aciprensa
Hoy celebramos la Conversión de San Pablo, el Apóstol de los gentiles

Hoy celebramos la Conversión de San Pablo, el Apóstol de los gentiles

Buenos Aires, domingo 25 enero (PR/26) — Cada 25 de enero, la Iglesia Católica celebra el milagro de la conversión de San Pablo, Apóstol del Señor, a quien también llamamos “apóstol de los gentiles” o “apóstol de las naciones” porque recibió directamente de Cristo resucitado la misión de anunciar el Evangelio a todas las naciones.

San Pablo, al lado de San Pedro, ejerció un papel decisivo en la conformación de la naciente Iglesia de Jesucristo.

Pablo, de origen judío, había sido un fiero perseguidor de cristianos. Su celo por la conservación de la Ley judía lo había convertido en enemigo de todo aquel que se proclamase discípulo del Señor.

La Conversión de San PabloLa Conversión de San Pablo, 25 de enero / ACI Prensa

Para él Jesús había sido un impostor, alguien que se proclamó hijo de Dios y mesías sin serlo, postura que, en palabras del Papa Benedicto XVI, evidenciaba “su realidad interior, su ceguera respecto de la verdad, de la luz que es Cristo”.

Será «su «sí» definitivo a Cristo en el bautismo [el que] abre de nuevo sus ojos, y lo hace ver realmente».

“…Y cayó a tierra” (Hch 9, 4)

Cuando se encontraba camino de Damasco, Dios intervino haciéndolo caer del caballo que montaba, iniciándose una de las historias de conversión y posterior entrega más hermosas que existen.

De acuerdo a los Hechos de los Apóstoles, Saulo -nombre judío de San Pablo- fue derribado del caballo que montaba por el mismo Jesús resucitado, quien se reveló a través de una fuerte luz proveniente del cielo, desde la que le habló: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” A lo que él contestó: “¿Quién eres, Señor?”. La voz le dijo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”. El destello fue tal que Saulo quedó ciego por tres días, permaneciendo en casa de un conocido, sin comer ni beber.

Un nuevo corazón

Ananías, discípulo de Cristo, fue enviado por Dios al encuentro de Saulo, para mostrarle el camino del Señor. Saulo recuperó la vista por obra de Dios. Y así como los ojos corporales se abrieron a la luz nuevamente, los del espíritu conocieron la verdad que proviene de Dios.

Saulo a partir de ese momento dejó que sea Él quien transforme su corazón y lo conduzca por el sendero de la caridad y la salvación. Así, Saulo pidió ser bautizado. Después asumiría la predicación y la misión de anunciar a Cristo a todas las gentes.

Apóstol de los gentiles

 

San Pablo nació en Tarso, Cilicia (actual Turquía), y muy probablemente fue ciudadano romano.

Creció en el seno de una familia muy ligada a la religión y las tradiciones judías, bajo la observancia del fariseísmo.

Sus padres lo llamaron “Saulo”, pero al ser ciudadano romano llevaba el nombre latino “Pablo” (Paulo).

Para los judíos de aquel tiempo era bastante usual tener dos nombres, uno hebreo y otro latino o griego. “Pablo” será el nombre con el que se hará conocido “el Apóstol” entre los gentiles, a quienes predicó de manera incansable.

El periodo que va del año 45 al 57 fue el más activo y fructífero de su vida. Comprende tres grandes expediciones apostólicas, en las que Antioquía fue siempre el punto de partida y que, invariablemente, terminaron en una visita a Jerusalén.

“San Pablo Extramuros”

Los restos del santo descansan en la Basílica de San Pablo Extramuros en la ciudad de Roma (Italia). Este templo, dedicado a quien ocupa un lugar central en el cristianismo primitivo y cuyo papel en la historia de la Iglesia es más que decisivo, es el más grande en tamaño después de la Basílica de San Pedro.

Si quieres saber más sobre San Pablo, su conversión y su apostolado, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Pablo.

Más información:

 

 

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Fuente: ACI Prensa

Cada 24 de enero celebramos a San Francisco de Sales, que venció su mal carácter por amor a la Virgen

Cada 24 de enero celebramos a San Francisco de Sales, que venció su mal carácter por amor a la Virgen

La Iglesia celebra a San Francisco de Sales, obispo y Doctor de la Iglesia, recordado por su mansedumbre, su profunda vida espiritual y su enseñanza sobre la caridad cristiana. Patrono de periodistas y escritores, su legado sigue inspirando a quienes buscan transformar las debilidades personales en camino de santidad.
San Francisco de Sales, 24 de enero / ACI Prensa

Buenos Aires, sábado 24 enero (PR/26) — Cada 24 de enero la Iglesia Católica celebra a San Francisco de Sales, obispo de Ginebra (Suiza) y Doctor de la Iglesia Universal; conocido como “El santo de la amabilidad” porque fue precisamente alguien que, según se cuenta, entre sus fragilidades contaba con un mal carácter.

Siendo así, se acogió a la gracia divina y a los cuidados maternales de la Virgen para dominar aquella horrible pasión y trocarla en virtud.

Dios, que lo vio batallar cooperando con su gracia, le concedió la corona de la santidad. Hoy, desde el cielo, San Francisco de Sales intercede por todos aquellos que, como él, combaten contra sus propias debilidades -esas que suelen convertirse en ocasión de pecado-, o por todos los que procuran con esmero adquirir o crecer en la virtud.

San Francisco de Sales es patrono de la prensa católica, de los periodistas y de los escritores. Se le considera un maestro espiritual, inspirador de santos como Don Bosco y Santa Teresita del Niño Jesús.

Un “pequeño exceso” de ímpetu

Francisco nació en el castillo de Sales, ducado de Saboya (en ese entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico), en el año 1567. Fue el mayor de seis hermanos, de carácter inquieto y juguetón, al punto que su madre y su nodriza tuvieron siempre que redoblar esfuerzos para cuidarlo o estar pendientes de sus andanzas.

Desde pequeño evidenció algo de su talante áspero. Con los años, para bien, descubriría la necesidad de luchar contra las miserias propias de un carácter irritable y así asemejarse al manso Jesús de Nazareth. Cuentan sus biógrafos que cierto día un calvinista visitó el castillo en el que vivía, y el pequeño Francisco, al enterarse, tomó un palo y se fue a corretear a las gallinas gritando: “Fuera los herejes, no queremos herejes”.

Su padre, por su parte, queriendo que Francisco crezca bien disciplinado, eligió como preceptor a un sacerdote, el P. Deage, un hombre de talante muy exigente. El sacerdote le hizo pasar amargos ratos a Francisco, pero, como él mismo reconoció después, estos le ayudarían mucho en su formación humana y cristiana.

A los 10 años, Francisco hizo su primera comunión y recibió la confirmación. Esa experiencia juvenil de encuentro con la gracia de Dios lo motivó a frecuentar el Santísimo Sacramento y pasar horas frente a Él en oración. Más adelante, su padre lo envió al Colegio de Clermont, dirigido por los jesuitas, conocido por su ambiente de piedad y amor por la ciencia. Una combinación atractiva para el joven Francisco.

“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom 7, 19)

Bajo la dirección del P. Deage, Francisco se confesaba y comulgaba todas las semanas. Se entregó al estudio y empezó a practicar equitación, esgrima y baile. El noble joven, que empezaba a destacar como estudiante cultivado, se convirtió en el invitado preferido de reuniones y actividades sociales.

No obstante, su mal genio le seguiría jugando malas pasadas. A veces sus desatinos o exabruptos lo convirtieron en objeto de burlas y humillaciones, siendo que su alma tenía que cargar el peso del rencor y el deseo de revancha. Como era un hombre educado, solía controlarse al punto de que muchos no tenían idea de su mal genio.

A pesar de ese “recurso”, con el tiempo, las malas experiencias se iban acumulando en el corazón y Francisco sufría mucho. Llegó un momento en que incluso pensó que se condenaría al infierno para siempre. La mera posibilidad de que algo así sucediese lo atormentó durante mucho tiempo; tiempo en el que perdió el apetito y empezó a tener dificultades para dormir.

Por la senda de la caridad

Entonces, un día, Francisco le dijo a Dios en oración: “No me interesa que me mandes todos los suplicios que quieras, con tal de que me permitas seguirte amando siempre”. Determinado a encontrar una salida a sus entrampamientos, empezó a frecuentar templos y a ponerse en oración. Un día, en la Iglesia de San Esteban en París, arrodillado ante la imagen de la Virgen, pronunció la famosa oración de San Bernardo: “Acuérdate, Oh piadosísima Virgen María…”.

Por primera vez en mucho tiempo, Francisco encontró algo de la paz que tanto anhelaba. Y ese hallazgo había sido posible gracias a la Madre de Dios.

Haber pasado por una prueba de esta naturaleza curó mucho del orgullo que, sin saber, le había atormentado tanto tiempo. En ese momento, Francisco también podía entender mejor a las personas que lo rodeaban y darse cuenta de lo imperioso que era tratarlas con bondad. Marchó a estudiar leyes a Padua, como era el deseo de su padre, pero se matriculó también para estudiar Teología. En su corazón había brotado el deseo de conocer las cosas de Dios con profundidad.

El joven así confesaría a su padre su deseo de ser sacerdote. Al principio se encontró con una férrea resistencia, pero finalmente el padre se dejó convencer. Entonces renunció al señorío de Villaroger, que le correspondía, y se ordenó sacerdote el 10 de mayo de 1593.

Primero se desempeñó como canónigo de Annecy, aunque a la muerte del deán del Capítulo de la Catedral de Ginebra, un grupo de personajes influyentes entre los que estaba su primo, el canónigo Luis de Sales, intercedió ante el Papa para que le otorgara el cargo vacante a Francisco.

Preocupación por los que tienen una fe frágil

El santo empezó a escribir y publicar sus homilías, con las que armó una suerte de panfleto de divulgación. En ellas exponía la doctrina de la Iglesia y refutaba las posturas calvinistas. Estos escritos más tarde formarían parte de su famoso texto llamado Controversias.

Con todo, lo que la gente más admiraba era la paciencia con la que el santo soportaba las dificultades y penas que su cargo le originaba.

El Pontífice lo confirmó como coadjutor de Ginebra y el santo regresó a su diócesis a trabajar con empeño redoblado. A la muerte del obispo, Francisco le sucede en el cargo y fija su residencia en Annecy.

En ese periodo tuvo como discípula a Santa Juana de Chantal, con quien fundaría la Congregación de la Visitación en 1610. Con las notas con las que instruía a la santa compuso su célebre Introducción a la vida devota, la más conocida de sus obras.

En 1622, el duque de Saboya lo invitó a reunirse con él en Aviñón. El santo obispo aceptó la invitación, preocupado por el bienestar de la parte francesa de su diócesis. El viaje, sin embargo, era arriesgado debido a su cada vez más débil salud y al recio invierno. Luego de encontrarse con el duque, San Francisco inició el retorno. Aquella travesía sería la última.

Se detuvo en Lyon y se hospedó en la casita del jardinero del convento de la Visitación. Desde allí atendió espiritualmente por un mes entero a las religiosas. Fue el tiempo en el que disertó y escribió sobre la humildad.

Luego, a pesar del crudo invierno, prosiguió el viaje predicando y administrando sacramentos, hasta que las fuerzas lo dejaron. San Francisco de Sales murió a los 56 años, el 28 de diciembre de 1622.

Legado

Un día después de la muerte del obispo la ciudad entera de Lyon desfiló frente a la humilde casa donde había fallecido. Dado que gozaba de fama de santidad, en 1632 abrieron su féretro para saber cómo estaban sus restos. El cuerpo del santo estaba en buen estado y lucía como aquel que goza de un apacible sueño.

San Francisco de Sales sería canonizado en 1665. En 1878 el Papa Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia. No mucho después, San Juan Bosco lo haría patrono de su recién fundada congregación -la Pía Sociedad de San Francisco de Sales- y lo convertiría en modelo para el servicio de sus hijos espirituales, los “salesianos”.

Si quieres conocer más sobre la vida de San Francisco de Sales, puedes leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Francisco_de_Sales.

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Fuente: ACI Prensa

Cada 23 de enero celebramos a San Ildefonso de Toledo, a quien la Virgen llamó “mi capellán y fiel notario”

Cada 23 de enero celebramos a San Ildefonso de Toledo, a quien la Virgen llamó “mi capellán y fiel notario”

De San Ildefonso generalmente se destaca su elocuencia, inspirada y muy cercana a la tradición patrística. Se pone en relevancia también su esfuerzo y habilidad para explicar con amable sencillez “la doctrina de los antiguos”.

Monje

Ildefonso nació en Toledo (España) alrededor del año 607. Fue educado por monjes sevillanos quienes le proporcionaron una destacada formación humanística, como queda en evidencia en sus escritos, buena parte de los cuales han llegado hasta nosotros.

Desde pequeño, Ildefonso se sintió atraído por la vida monacal, por lo que optó, ya de adulto, por seguir ese camino. Como monje, llegó a ocupar el puesto de abad del ‘monasterio agaliense’, precisamente, el de su ciudad natal, Agalí.

Pastor y catequista

El santo tenía una profunda devoción a la Madre de Dios, particularmente bajo la advocación de la Inmaculada Concepción, cuya veneración profesó y cuya verdad difundió con entusiasmo doce siglos antes de la proclamación del dogma.

El obsequio de manos de la Virgen

Los tres hombres, de pie, cara al altar, quedaron atónitos. Allí estaba la Virgen María, de blanco radiante, presentándose como la Inmaculada Concepción. Estaba sentada sobre la sede del obispo y acompañada de un grupo de vírgenes que entonaban cantos celestiales. La Madre de Dios, entonces, le indicó a Ildefonso que se acercara.

Caído de rodillas frente a la Madre, el santo recibió de Ella una casulla. La Virgen en persona lo invistió con esta y le pidió que la usara solo en los días festivos designados en su honor. «Tú eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla, la cual mi Hijo te envía de su tesorería», le dijo la Virgen a Ildefonso.

Su Teología, mariana y sacramental

Que la Virgen se le haya aparecido al santo y lo haya elogiado de manera singular no es un hecho casual; es, por el contrario, un ‘gesto maternal’ de natural gratitud con el hijo juicioso y atento.

Ese Elogium [Elogio], entonces, parece responder a la convicción con la que el santo solía referirse al parto virginal por el que Jesús nació: «No quiero que alegues que la pureza de nuestra Virgen ha sido corrompida en el parto… no quiero que rompas su virginidad por la salida del que nace, no quiero que a la Virgen la prives del título de madre, no quiero que a la madre la prives de la plenitud de la gloria virginal» (Sobre la virginidad perpetua de Santa María, cap. I). Esa convicción queda expuesta, de igual forma, en la insistencia de Ildefonso en proclamar que María es ‘Madre de todos los hombres’.

Con respecto a su doctrina sacramental, el santo recomienda la comunión diaria: «Pedimos, en esta oración del Padrenuestro, que este pan, el mismo Cristo, se nos dé cada día» (Anotaciones, cap. 136). Además, defendió que el bautismo administrado es válido siempre que no se omita en la fórmula a alguna de las Tres Personas Divinas; y que este solo puede ser  conferido por los sacerdotes, excepto en los casos de grave necesidad.

Años después, en uno de los Concilios celebrados en la ciudad de Toledo, quedó fijada una fecha especial para perpetuar la memoria de la aparición mariana acontecida a San Ildefonso. Todo lo sucedido en ese día memorable quedaría registrado en el Acta Sanctorum [Acta de los santos) bajo la designación de El descendimiento de la Santísima Virgen y de su aparición.

San Ildefonso murió el 23 de enero del año 667. Hoy, sus devotos peregrinan para visitar la catedral dedicada a él, donde se conserva la piedra en la que la Madre de Dios posó sus pies cuando se apareció al sant

San Ildefonso de Toledo en la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Ildefonso.…

Oración a María de San Ildefonso

A ti acudo, única Virgen y Madre de Dios.
Ante la única que ha obrado la Encarnación de mi Dios me postro.

Me humillo ante la única que es Madre de mi Señor.
Te ruego que por ser la Esclava de tu Hijo
me permitas consagrarme a ti y a Dios,
ser tu esclavo y esclavo de tu Hijo,
servirte a ti y a tu Señor.

A Él, sin embargo, como a mi Creador y a ti como Madre de nuestro Creador;
a Él como Señor de las virtudes y a ti como Esclava del Señor de todas las cosas;
a Él como a Dios y a ti como a Madre de Dios.
Yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo.
Tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor.

Concédeme, por tanto, esto, ¡oh, Jesús Dios, Hijo del hombre!,
creer del parto de la Virgen aquello que complete mi fe en tu Encarnación;
hablar de la maternidad virginal aquello que llene mis labios de tus alabanzas;
amar en tu Madre aquello que tú llenes en mí con tu amor;
servir a tu Madre de tal modo que reconozcas que te he servido a ti;
vivir bajo su gobierno de tal manera que sepa que te estoy agradando
y ser en este mundo de tal modo gobernado por Ella,
que ese dominio me conduzca a que Tú seas mi Señor en la eternidad.

¡Ojalá yo, siendo un instrumento dócil en las manos del sumo Dios,
consiga con mis ruegos ser ligado a la Virgen Madre
por un vínculo de devota esclavitud y vivir sirviéndola continuamente!

Pues los que no aceptáis que María sea siempre Virgen;
los que no queréis reconocer a mi Creador por Hijo suyo,
y a Ella por Madre de mi Creador; si no glorificáis a este Dios como Hijo de Ella,
tampoco glorificáis como Dios a mi Señor.

No glorificáis como Dios a mi Señor los que no proclamáis bienaventurada
a la que el Espíritu Santo ha mandado llamar así por todas las naciones;
los que no rendís honor a la Madre del Señor con la excusa de honrar a Dios su Hijo.

Sin embargo yo, precisamente por ser siervo de su Hijo, deseo que Ella sea mi Señora; para estar bajo el imperio de su Hijo, quiero servirle a Ella;
para probar que soy siervo de Dios, busco el testimonio del dominio sobre mí de su Madre; para ser servidor de Aquel que engendra eternamente al Hijo,
deseo servir fielmente a la que lo ha engendrado como hombre.

Pues el servicio a la Esclava está orientado al servicio del Señor;
lo que se da a la Madre redunda en el Hijo; lo que recibe la que nutre,
termina en el que es nutrido, y el honor que el servidor rinde a la Reina
viene a recaer sobre el Rey.

Por eso me gozo en mi Señora, canto mi alegría a la Madre del Señor,
exulto con la Sierva de su Hijo, que ha sido hecha Madre de mi Creador
y disfruto con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne.

Porque gracias a la Virgen yo confío en la muerte de este Hijo de Dios
y espero que mi salvación y mi alegría venga de Dios siempre y sin mengua,
ahora, desde ahora y en todo tiempo y en toda edad por los siglos de los siglos. Amén.

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Fuente: Aciprensa

Cada 22 de enero se celebra a San Vicente mártir, a quien ninguna tortura pudo doblegar

Cada 22 de enero se celebra a San Vicente mártir, a quien ninguna tortura pudo doblegar

Buenos Aires, 22 de enero (PR/26) .- Vicente descendía de una familia de cónsules romanos afincados en Huesca, y su madre, según se dice, fue hermana del mártir San Lorenzo. Su fecha de nacimiento no está bien determinada, pero debe de haber sido hacia la última parte del siglo III.

Estudió la carrera eclesiástica en Zaragoza junto al obispo Valero, quien lo nombró primer diácono. Tal nombramiento respondía a una curiosa razón; Valero era muy mal orador y Vicente muy bueno, así que el obispo encontró con creces a quien debía suplirle y exonerarlo de la sagrada cátedra.

La persecución

Los tiempos en los que vivió Vicente fueron los del emperador Diocleciano, por lo que sobran explicaciones sobre la hostilidad que se vivía contra los cristianos. Daciano era el encargado de ejecutar las órdenes imperiales en España.

Las cárceles, anteriormente reservadas para los delincuentes, estaban abarrotadas de presbíteros, diáconos e incluso obispos. Cuando Daciano llega a Zaragoza, manda detener al obispo Valero y a su diácono, Vicente, y los envía a Valencia.

“Invicto”

Vicente, por su parte, no corre la misma suerte: es sometido primero a la tortura del potro. Su piel, luego, sería desgarrada con unos garfios de acero. Mientras lo torturaban, el juez presente le ofrecía el indulto si abjuraba. Vicente soportó cuanto dolor pudo sin dar un paso atrás.

Daciano, sintiéndose desafiado, le ofrece el perdón si blasfema. Ante la nueva negativa, exasperado, mandó aplicarle un tormento aún más cruel: colocarlo sobre un lecho de hierro incandescente.

¿Dónde está, muerte, tu victoria?

En esos momentos de extremo sufrimiento, Dios es su consuelo. Dice el poeta que un coro de ángeles lo vino a consolar al mártir. Aquel horrible lugar se llena inesperadamente de luz, y la pestilencia desaparece. El carcelero, conmovido, se convierte y confiesa a Cristo.

El Prefecto ordena mutilar el cuerpo del santo y arrojarlo al mar, pero las olas lo devuelven un par de días después. Los cristianos entonces lo recogen y le dan sepultura. Ahora ellos proclaman el triunfo de Dios en Vicente, al que llamaron “Invicto”.

Epílogo

“San Vicente de Huesca es uno de los tres grandes diáconos que dieron su vida por Cristo. Junto con Lorenzo y Esteban -Corona, Laurel y Victoria- forma el más insigne triunvirato. Este mártir, celebrado por toda la cristiandad, encontró sus panegiristas en San Agustín, San León Magno y San Ambrosio”.

Fuente: Aciprensa:
Hoy es la fiesta de Santa Inés, patrona de las jóvenes, las novias y de la pureza

Hoy es la fiesta de Santa Inés, patrona de las jóvenes, las novias y de la pureza

Inés, sinónimo de las cosas más bellas

Ya desde su sencillo y hermoso nombre, Santa Inés evoca virtud y grandeza.

El nombre “Inés” proviene del griego Ἁγνή (Hagnḗ), que significa “pura” o “santa”. De ahí llegará al italiano como “Agnese” y al francés como “Agnès” -de donde proviene el inglés “Agnes”; mientras que al español llegará como “Inés”.

Para enriquecer aún más la etimología del nombre, habrá que considerar el curso que tomó el término griego en su transliteración al latín: “Agnes” o “Inés” vienen de “agnus”, cordero, figura que representa al Mesías, tal y como se consigna en el Evangelio (Cfr. Jn 1, 29).

El cordero, el más dócil entre los animales, es símbolo de cosas como la nobleza, la mansedumbre, la ternura, la pureza, el abrigo, la sencillez, la delicadeza. No en vano es símbolo de Cristo.

Virgen y mártir

De acuerdo a la tradición más conocida, Inés fue una hermosa joven romana que nació en el seno de una familia noble; se cree que alrededor del año 291. Desde muy joven fue pretendida por muchos ricos e influyentes jóvenes patricios. Al haberlos rechazado uno a uno aduciendo estar comprometida con Cristo, fue denunciada por desacatar las órdenes del emperador ante las autoridades civiles.

Al ser hallada, Inés entendió que lo que le esperaba inexorablemente era la muerte. Tenía tan solo 13 años.

Primero fue llevada encadenada a la hoguera, pero las llamas no le hicieron daño alguno. Luego, ante el portentoso fracaso de sus verdugos, se decidió concluir el trance de manera “expeditiva”: Inés moriría decapitada. Era el año 304.

“Inés” también quiere decir firmeza

Se dice que el verdugo principal, inquieto por el monstruoso encargo de asesinar a una niña, hizo lo posible para convencerla de que acepte a alguno de los pretendientes, pero la jovencita se negó, según lo testimonia San Ambrosio de Milán: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero”, increpó Inés.

La santa oró y oró. Luego dobló la cerviz ante aquel que le daría muerte, uno al que le empezó a temblar la diestra antes de dar el golpe -mientras que la niña permanecía serena-. “En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio”, concluye San Ambrosio.

La niña mártir, fruto maduro de la Iglesia

Añade el célebre arzobispo de Milán: “No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria… Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales”.

Santa Inés en la tradición católica

Años después de la muerte de Santa Inés, Constantina, hija del emperador Constantino, mandó a edificar una basílica en honor de la niña mártir en la Vía Nomentana de Roma. Su fiesta comenzaría a celebrarse recién a mediados del siglo IV.

Si deseas conocer más sobre Santa Inés de Roma, puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Inés_de_Roma.

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Fuente: Aciprensa