Cuento : Todavía No. Por Susana Tribiani

A sus más de sesenta años, Susana se dio cuenta de algo curioso: en el mundo existían
dos clases de relojes.
Estaban los tradicionales, los que colgaban de las paredes de las oficinas públicas o de las
cocinas, marcando las horas con precisión y cumpliendo con su trabajo mecánico. Y
después estaban los otros. Los que alguien parecía habernos instalado muy adentro, en el
pecho, un mecanismo invisible que empezaba a latir con un ritmo distinto.
Esos relojes internos eran bastante más crueles. Venían equipados con voces ajenas que
repetían letanías predecibles:
● «A esta edad ya tendrías que estar descansando».
● «¿Todavía estás estudiando, mamá?».
● «¿Para qué te metés en líos?».
● «Dejá que eso lo hagan los jóvenes».
Susana había escuchado todas esas frases. Al principio intentaba debatir; con el tiempo,
simplemente dejó de hacerlo. Había comprendido que era inútil intentar explicarle al mundo
que una persona puede cumplir años sin que se le marchiten las ganas de vivir.
Durante gran parte de su vida, su existencia se había movido entre normas, expedientes,
responsabilidades y decisiones. En ese universo gris había aprendido una lección: detrás de
cada casillero había una persona real, y las cosas importantes rara vez entraban
prolijamente en un formulario.
Tal vez por eso le molestaban tanto las etiquetas:
Joven. Vieja. Sana. Enferma. Útil. Jubilada. Activa. Retirada.
Su hogar era un territorio de múltiples frentes. Vivía junto a su madre, Elena, de ochenta y
nueve años, cuya memoria era un archivo fascinante de otra época. A pocos kilómetros
vivían sus dos hijos: Martín, de treinta y ocho, un varón estructurado que siempre suspiraba
ante cada nueva locura materna; y Lucía, de treinta y seis, abogada con quien compartía
debates sobre la vida moderna.
Ambos la amaban, pero a menudo la miraban con ese
recelo protector con el que los hijos empiezan a jubilar en vida a los padres.
Una mañana, tras coordinar los medicamentos de su madre, Susana se sentó frente a la
computadora. La pantalla en blanco brillaba con intensidad.
Tenía abiertos varios documentos: un proyecto de investigación jurídica, apuntes de su
nueva carrera universitaria, un borrador para modernizar la gestión del edificio donde vivía
—los vecinos siempre acudían a ella ante un conflicto— y una carpeta digital que llevaba
meses prometiéndose ordenar.
Se quedó mirando el monitor y sonrió. Su escritorio virtual parecía el de una joven de treinta
años dispuesta a comerse el mundo. Y ella superaba el doble de esa edad.
—¿Y qué si tengo esta edad? —dijo en voz alta.
Una de sus perras levantó la cabeza pesadamente desde la alfombra.
—No te preocupes, nena, no hablaba con vos.
Durante años, la sociedad le había vendido una postal edulcorada de la vejez: la jubilación
imaginada como un domingo interminable. Levantarse sin despertador. Tomar café sin
apuro. La realidad, sin embargo, había resultado ser muy distinta.
Cuando las obligaciones formales desaparecieron, no hubo paz inmediata. En su lugar
apareció una pregunta intrusa, filosa, instalada en el centro de la sala:
¿Y ahora quién soy?
Durante décadas había sido fácil responder. Era su trabajo. Era la madre atenta de Martín y
Lucía. Era la hija que acompañaba a Elena. Era quien resolvía urgencias y llegaba a tiempo.
Hasta que el almanaque empezó a vaciarse. Al principio creyó que debía disfrutar de ese
vacío, pero pronto descubrió que el silencio, cuando carece de propósito, también hace
ruido.
Entonces hizo lo que siempre sabía hacer: empezó de nuevo.
Se anotó en la universidad. Los primeros días fueron un choque cultural. Se sentía absurda
entre jóvenes que la triplicaban en agilidad tecnológica. Subrayaba con bronca, buscaba
leyes y protestaba cuando una teoría se alejaba de la realidad.
—¿Quién me manda a mí a meterme en este baile? —se repetía.
Pero al día siguiente volvía a abrir los libros. Y tras los estudios llegaron otros compromisos:
● Un sistema informático para ordenar los gastos del consorcio.
● Un borrador para una aplicación móvil destinada a adultos mayores.
● Un ensayo sobre historia jurídica.
● Un curso online de redacción.
● Una reunión vecinal para reparar los desagües
A veces tenía tantas pestañas abiertas que perdía el hilo, pero se sentía viva, con una
intensidad que hacía años no experimentaba.
Hasta que su cuerpo decidió pedir la palabra. Las cosas comenzaron con sutiles
advertencias: un temblor en las manos, una rigidez extraña en las articulaciones, una fatiga
inusual.
Martín fue el primero en notar los síntomas y ponerles palabras:
—Mamá, estás grande para tantas exigencias. Deberías aflojar un poco.
Lucía era más sutil, pero su mirada compasiva dolía tanto como las advertencias de su
hermano. Luego vinieron los consultorios, las resonancias y las palabras pronunciadas con
sumo cuidado por un especialista.
Apareció un diagnóstico. Una de esas frases capaces de partir el tiempo en dos. Existía un
antes, donde el cuerpo era un vehículo obediente, y un después condicionado y sujeto a
revisiones.
Salió de aquella consulta caminando con extrema lentitud. La ciudad seguía funcionando
con su indiferencia habitual, y eso fue lo primero que le provocó indignación. Los autos
tocaban bocina, una mujer discutía por celular, unos adolescentes reían.
Susana habría querido detenerlos a todos y gritarles:
— ¿Es que acaso no entienden que acaba de pasar algo trascendental?
Pero para el mundo era un martes cualquiera. Durante los primeros días le dio miedo
pronunciar el nombre del diagnóstico. Nombrarlo era hacerlo real, y sentía el peligro de
convertirse en esa sola palabra.
A partir de ahí, las dinámicas familiares sufrieron una alteración. Elena la miraba con
sabiduría silenciosa. Martín y Lucía extremaron los cuidados. Y las miradas de los vecinos
se volvieron cautelosas, teñidas de una compasión prematura que dolía más que la
indiferencia.
De pronto le preguntaban cómo estaba antes de interesarse por sus proyectos. Por dentro,
una furia vital se revelaba:
—¡No estoy agonizando! ¡Estoy haciendo cosas!
Pero respiraba hondo y respondía:
—Bien, tirando para adelante.
Una tarde volvió a sentarse frente a su computadora. El cursor titilaba rítmicamente en la
pantalla en blanco. Pensó en todo lo que todavía quería hacer y en lo que su cuerpo tal vez
ya no le permitiría. Y lloró. No demasiado; Susana jamás había tenido vocación para el
drama.
Se secó la cara, miró el cursor y escribió:
PROYECTO NUEVO.
Lo puso en mayúsculas. Era una declaración de guerra contra el tiempo y el diagnóstico.
Desde aquel día comprendió algo profundo: su vida podía cambiar, su cuerpo podía poner
condiciones y el tiempo podía volverse escaso, pero ella conservaba una facultad soberana:
podía elegir qué hacer con el día siguiente.
Hubo días buenos y días grises en los que vestirse era una negociación agotadora.
Aprendió que aceptar ayuda no era rendirse, y que ser fuerte no significaba estar bien todo
el tiempo.
Mientras tanto, continuó con su rutina intelectual. Estudiaba con fervor, discutía con sus
hijos en las cenas dominicales y creaba soluciones cotidianas. A veces sus hijos le decían
que estaba loca:
—Mamá, ¿a qué jugás con tantos frentes abiertos?
Susana se reía a carcajadas. Quizás tuvieran razón; había algo hermosamente absurdo en
arrancar proyectos cuando el almanaque dictaba cerrar cuentas.
Una noche, cerca de las dos de la mañana, cerró la computadora. La casa estaba en
silencio. Se levantó despacio y caminó hasta la cocina para prepararse una infusión. Se
quedó unos minutos junto a la ventana abierta.
En los edificios de enfrente había luces encendidas. Pensó en todas las vidas que latían
detrás de esos vidrios: los que comenzaban un proyecto, los que terminaban un ciclo o los
que habían escuchado un veredicto médico.
Sintió ganas de decirles algo modesto pero verdadero:
Todavía no terminó.
Quizá mañana fuera un día pesado. Tal vez algún proyecto fracasara. Pero esa noche
estaba allí, respirando, planeando y deseando. Y mientras una persona pudiera desear algo
que aún no ocurrió, el futuro seguía existiendo.
Regresó al escritorio, encendió la pantalla y agregó una segunda línea:
Pendientes.
Cuando iba por el número doce de la lista, volvió a reírse:
—Definitivamente estoy loca.
Su perra asomó el hocico y la miró. Susana cerró la computadora. Mañana continuaría.
Porque por fin había comprendido que la vida real no era una gran epopeya, sino detalles
mínimos: una charla con sus hijos, una ocurrencia, una noche hermosa, una página escrita.
Y, sobre todo, de una palabra terca:
Todavía.
● Todavía podía aprender.
● Todavía podía querer.
● Todavía podía equivocarse.
● Todavía podía empezar.
Y esa noche, antes de apagar la luz, Susana comprendió que el secreto no consistía en
ganarle una carrera al tiempo, sino en no cerrarse uno mismo la puerta. Y la dejó abierta.
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