El dolor de Troya, el periplo de veinte años y la redención del héroe. Una mirada profunda sobre la culpa, el exilio y la memoria de los caídos a raíz de la superproducción cinematográfica de Christopher Nolan.
Por Matilde Fierro
Editora de Primicias Rurales y autora de Los Héroes del Tiempo, una Historia de Malvinas
Buenos Aires, sábado 15 agosto (PR/26) — El eco de los bronces chocando en la llanura de Ilión todavía resuena con la crudeza del fuego y la sangre. Destruir Troya mediante una matanza desmedida no fue una gesta gloriosa para el héroe; fue el inicio de una condena silenciosa que quebró su alma.
Ulises (Odiseo) emprendió el retorno a Ítaca arrastrando el peso invisible de su arrepentimiento: la culpa por los hombres que partieron con ilusión desde sus hogares y que, uno a uno, quedaron sepultados bajo las olas, devorados por monstruos o consumidos por la soberbia de su propio líder.

Fueron veinte años de un viaje de purificación tan implacable como desgarrador, una travesía que resurge con fuerza en el debate cultural tras ver la reciente adaptación cinematográfica La Odisea, el ambicioso proyecto que Christopher Nolan comenzó a escribir en marzo de 2024, aseguró con Universal Pictures en octubre de ese mismo año y consolidó con el fichaje de Matt Damon en febrero de 2025.
Las aguas del Mediterráneo exigieron un peaje altísimo para redimir al hombre de armas. En su camino, Ulises debió sortear los peligros más temibles:
-
El furor de los ciclopes, donde la astucia rozó el abismo de la arrogancia.
-
Los cantos hipnóticos de las sirenas, que prometían verdades absolutas a cambio de la perdición.
-
Las trampas hechizadas de la maga Circe y los engaños de la ninfa Calipso, que intentaron congelar el tiempo en el olvido.
-
El paso por el temible estrecho dominado por Escila y Caribdis, donde la supervivencia exigió siempre el doloroso sacrificio de otros.
Cada obstáculo fue una prueba de fuego, un proceso de desgaste espiritual en el que el guerrero despiadado de Troya se fue despojando de su soberbia para dar paso al peregrino doliente.
Al fin, tras dos décadas de ausencia, el héroe pisó la tierra amada que lo aguardaba.


Allí, en el hogar, la espera paciente y fiel de su esposa Penélope y el valor de su hijo Telémaco sostuvieron los cimientos de un reino que amenazaba con derrumbarse. El reencuentro no fue el final de la historia, sino el umbral de una nueva necesidad urgente: sanar lo irreparable.
Porque la victoria en Ítaca no borraba el pasado.
Por ello, culminado el orden en su hogar, Ulises y Penélope tomaron una decisión fundamental que la épica tradicional suele silenciar, pero que la verdadera justicia del alma reclama: partieron juntos al exilio. Dejaron atrás la comodidad del trono restaurado para emprender un último viaje. Esta vez, el propósito no era la conquista ni la gloria, sino el deber sagrado de restaurar la tierra y rendir honores póstumos a cada uno de los hombres que cayeron en la guerra y en el mar.
En ese último éxodo junto a su fiel esposa, el héroe completó su círculo de expiación.

Comprendió, al fin, que ningún triunfo terrenal, ninguna corona ni ninguna muralla conquistada valen la pena si se construyen sobre el sufrimiento evitable y el olvido de los caídos.
Una lección atemporal que, casi tres mil años después, nos sigue recordando que la verdadera grandeza humana no reside en no cometer errores, sino en la valentía de asumir la culpa, buscar el perdón y honrar la memoria de los que ya no están.
Y hoy qué ocurre
En la Literatura moderna como en Crimen y Castigo, de Fiodor Dovstoieski, la purificación (La redención por el sufrimiento): La purificación del protagonista no ocurre mediante un ritual físico (como el azufre de Odiseo). Sucede a través del amor incondicional de Sonia, la aceptación del sufrimiento y la lectura de los Evangelios en Siberia. Es una regeneración espiritual y psicológica lenta.
-
- El soldado mata por obediencia al Estado.
- El arrepentimiento y la purificación ya no se tratan en templos, sino en la literatura médica y de ficción como un trauma psicológico severo. El héroe moderno destruye su propia psique al obedecer el mandato de la violencia y la tiene que reconstruir al igual que reencontrarse con su espiritualidad para salir adelante.
La crítica cinematográfica

Respecto de la película Odisea de Nolan, Gonzalo Fierro, médico y especialista en cine, escribió lo siguiente:
No todas las superproducciones logran sostener la misma intensidad durante todo su metraje. Odisea es la prueba de ello: una película técnicamente brillante, con una dirección de altísimo nivel, una dirección de arte deslumbrante y un elenco que entrega actuaciones sólidas y convincentes, pero cuyas casi tres horas de duración terminan jugándole en contra.

Desde el arranque se percibe el cuidado puesto en cada detalle. La puesta en escena es prolija, la fotografía acompaña el relato con elegancia y la reconstrucción de ambientes es, sin dudas, uno de los grandes aciertos del film. La dirección consigue escenas de fuerte impacto visual y exhibe un manejo narrativo que pocas películas actuales logran igualar.
El trabajo actoral de los protagonistas también se destaca. Cada personaje resulta creíble y con profundidad, sosteniendo el interés del espectador incluso en los tramos donde el ritmo empieza a aflojar.
El gran problema de Odisea, sin embargo, está en su desarrollo. Conforme avanza la trama, aparecen pasajes innecesariamente extensos que le restan agilidad al relato. Hay secuencias que bien podrían haberse sintetizado sin perder nada de la esencia de la historia, y que terminan generando una sensación de pesadez. Las tres horas de película se sienten, en definitiva, más largas de lo que deberían.
Esto no quiere decir que sea una mala película. Todo lo contrario: tiene méritos de sobra como para recomendarla, en especial a los amantes del cine épico y de gran despliegue visual. Pero también le pide paciencia al espectador, algo que no todos van a estar dispuestos a dar.

En resumen, Odisea es una obra que impresiona por su factura técnica y artística, aunque pierde fuerza por un ritmo desparejo y una duración que atenta contra la experiencia en sala.
Puntaje final: 6/10.
Una película visualmente extraordinaria y de una factura técnica impecable, pero cuyo metraje excesivo le resta impacto emocional y narrativo. Para quienes priorizan el espectáculo cinematográfico por sobre el ritmo, será una experiencia recomendable; para el público general, probablemente se sienta más larga de lo deseado.
Reflexión
Por RC «Pipo» Martínez
Hay un aspecto del artículo que me parece particularmente interesante: la comparación entre el estado emocional del guerrero de la Antigüedad y el del soldado contemporáneo.
Creo que hoy tenemos una paradoja. Hemos avanzado enormemente en la comprensión y el tratamiento de los trastornos psicológicos derivados de la guerra, pero quizá hemos perdido parte del lenguaje con el que antiguamente se intentaba darle un significado al sufrimiento del guerrero.
El soldado moderno puede volver con estrés postraumático, culpa, angustia, depresión, recuerdos que no puede borrar y preguntas para las cuales no encuentra respuesta. Y muchas veces intentamos resolver todo eso exclusivamente desde una perspectiva clínica. La psicología y la psiquiatría son fundamentales, por supuesto, pero hay heridas de la guerra que también son morales, existenciales y espirituales.
Odiseo no solamente tenía que curarse de lo que había vivido. Tenía que regresar. Tenía que reconstruir su identidad y recuperar su lugar en el mundo después de haber pasado años entre la muerte, la violencia y la pérdida.
Y nosotros tenemos un ejemplo cercano y doloroso: Malvinas.
Muchos de nuestros soldados volvieron de Malvinas siendo muy jóvenes. Volvieron de una guerra que para ellos no terminó necesariamente el día en que dejaron las islas. Durante años, muchos tuvieron que convivir con recuerdos, pérdidas, culpa, silencios y con la dificultad de encontrar un lugar dentro de una sociedad que tampoco sabía muy bien cómo recibirlos.
Y hay algo todavía más profundo: durante mucho tiempo existió una especie de silencio alrededor de Malvinas. Como si hablar de la guerra fuera incómodo, como si reconocer el sufrimiento de los combatientes implicara necesariamente discutir la decisión política que llevó a la guerra.
Pero una cosa no debería confundirse con la otra.
Se puede cuestionar profundamente la decisión política y, al mismo tiempo, honrar y acompañar al soldado que fue enviado a combatir.
Porque una sociedad que envía a sus jóvenes a una guerra tiene una responsabilidad moral con ellos cuando regresan.
Y aquí vuelvo a Homero.
El soldado no solamente necesita volver físicamente. Necesita encontrar nuevamente un lugar en su comunidad, reconstruir vínculos, recuperar una identidad y, muchas veces, reconciliarse con aquello que vio e hizo.
Tal vez por eso La Odisea sigue siendo tan actual. No porque debamos convertir a Odiseo en un personaje contemporáneo, sino porque nosotros seguimos siendo seres humanos enfrentados a problemas que Homero ya había comprendido.
El soldado de Malvinas, como el soldado de Troya, regresó de un mundo donde las reglas de la vida cotidiana habían quedado suspendidas. La diferencia es que Odiseo tenía un relato que le permitía comprender su regreso. Nosotros, en cambio, muchas veces les dijimos a nuestros combatientes simplemente que trataran de olvidar.
Y una guerra no se olvida.
Quizás se aprende a convivir con ella.
Por eso creo que el verdadero desafío no es solamente tratar el trauma del soldado, sino ayudarlo a reconstruir el significado de su experiencia.
Una sociedad que le exige a un hombre que mate en su nombre tiene también la obligación moral de acompañarlo cuando ese hombre vuelve a casa con sus muertos dentro de él.
Y quizás esa sea una de las grandes enseñanzas que todavía podemos encontrar en Homero: que ganar o perder una guerra no es el final de la historia. La verdadera batalla puede comenzar cuando el soldado intenta volver a casa.
La razón personal: la interpelación
Hay, además, una razón profundamente personal por la que este tema me interpela.
Mi hermano y yo fuimos muy unidos. Elegimos la misma profesión, compartimos amigos, experiencias, vuelos y buena parte de nuestra vida. Después de Malvinas seguimos volando juntos. Teníamos ideas y gustos muy parecidos y, físicamente, éramos tan similares que muchas veces nos confundían.
Él estuvo en Malvinas. Yo no fui porque en ese momento todavía no tenía la capacidad necesaria para ser enviado. Sin embargo, la guerra formó parte de nuestras vidas y de nuestra generación.
Y hay algo que hoy, después de su muerte, me hace pensar mucho.
Yo creía conocer profundamente a mi hermano. Y probablemente lo conocía. Pero nunca llegué a saber realmente qué había ocurrido dentro de él después de la guerra.
Siempre fue el fuerte, el que parecía haberlo superado todo. Nunca fue alguien que mostrara fácilmente sus conflictos interiores. Por eso hoy me pregunto si realmente había elaborado aquella experiencia o si simplemente había aprendido a convivir con ella.
No tengo la respuesta.
Y creo que nadie puede tenerla.
En los últimos tiempos de su vida, sin embargo, observé en él algo que antes no había visto con tanta claridad: una búsqueda más interior, incluso espiritual, a pesar de que siempre se había considerado agnóstico.
No sé si aquella búsqueda tenía alguna relación con su historia, con la proximidad de la muerte, con la enfermedad o simplemente con la evolución natural de una persona que, al llegar a determinada etapa de la vida, comienza a hacerse preguntas diferentes.
No puedo saberlo.
Y justamente esa imposibilidad de saber es parte de mi reflexión.
Porque cuando hablamos de los efectos de una guerra sobre un ser humano, debemos ser muy cuidadosos. No podemos afirmar que una enfermedad, una adicción, una depresión o cualquier otra circunstancia que aparezca décadas después sea necesariamente consecuencia de aquella experiencia.
Sería una afirmación médica que no podemos demostrar.
Pero tampoco deberíamos caer en el extremo contrario y pensar que, porque no podemos demostrar una relación causal, la experiencia de la guerra necesariamente quedó atrás.
Entre afirmar y negar existe un territorio enorme: el territorio de lo que no sabemos.
Y allí están las historias de tantos hombres que conocimos.
Algunos enfermaron muchos años después. Otros encontraron refugio en el alcohol. Otros tuvieron problemas familiares o personales. Otros aparentemente continuaron con una vida normal. Algunos hablaron de Malvinas durante toda su vida; otros casi nunca hablaron.
No sabemos qué parte de esas historias pertenece a la guerra y qué parte pertenece simplemente a la vida.
Pero tampoco podemos saber qué ocurrió en el interior de cada uno.
Eso es lo que me lleva nuevamente a Odiseo.
Porque quizá la grandeza de La Odisea no está solamente en las aventuras que vive su protagonista, sino en la idea de que el regreso es un proceso.
Uno puede volver físicamente de una guerra y, sin embargo, tardar años —o toda una vida— en encontrar nuevamente un lugar dentro de sí mismo.
Mi hermano murió hace algunos años. Y todavía hoy, cuando estoy haciendo algo que considero importante, muchas veces me descubro preguntándome qué pensaría él.
Estoy desarrollando un proyecto que, curiosamente, guarda cierta semejanza con algo que él había comenzado a hacer cuando ya estaba retirado. Y aunque él no llegó a conocer lo que estoy haciendo ahora, muchas veces me pregunto si lo aprobaría, si estaría de acuerdo, si se sentiría orgulloso.
Yo quiero creer que sí.
Quiero pensar que estaría contento de verme seguir adelante y que, de alguna manera, compartiría conmigo este momento.
Quizás esa sea también una forma de regreso.
Porque los que ya no están siguen formando parte de nuestra vida. Seguimos conversando con ellos en silencio, consultándolos en nuestra conciencia, imaginando qué nos dirían frente a una decisión.
Y en mi caso, mi hermano sigue siendo de algún modo ese compañero de vuelo, de profesión, de ideas y de vida que fue durante tantos años.
No sé qué guerra interior libró después de Malvinas.
No sé si la superó, si la transformó o simplemente aprendió a vivir con ella.
No sé si su búsqueda interior de los últimos años tuvo algo que ver con todo aquello.
Y no necesito inventar una respuesta.
Tal vez sea precisamente esa incertidumbre la que nos obliga a mirar de otra manera a quienes regresan de una guerra.
A escucharlos.
A acompañarlos.
A no suponer que porque sonríen están bien, ni que porque nunca hablan han olvidado.
Porque una guerra puede dejar consecuencias visibles, pero también puede dejar preguntas que nadie más puede ver.
Y quizás, después de tantos años, la verdadera enseñanza de Odiseo siga siendo esa:
volver a casa no significa solamente sobrevivir y regresar al lugar de donde partimos. Significa intentar recuperar quiénes éramos después de haber conocido aquello que nos cambió para siempre.
Eso es lo que todavía me pregunto cuando pienso en mi hermano.
Y quizá nunca tenga la respuesta.

















