El fenómeno climático se fortalece a un ritmo poco habitual y llegaría a su punto máximo justo cuando arranca la siembra gruesa. La historia agrícola argentina muestra que estos episodios suelen dejar mejores rindes, aunque con matices que cambian mucho según la zona y el cultivo.

 

Buenos Aires, viernes 11 de septiembre (PR/26)– El clima es una de las variables más determinantes para el campo argentino, y también una de las pocas que ningún productor puede controlar. En un país donde la agricultura depende en gran medida de la lluvia, la disponibilidad y la distribución del agua condicionan de manera decisiva el resultado de cada campaña, junto con otros factores clave como los precios internacionales, los costos y la política tributaria del sector.

 

 

Aunque no pueda torcer el clima a su favor, el productor lo sigue de cerca, casi como quien mira el termómetro antes de salir de viaje. Las perspectivas hídricas influyen sobre qué cultivo elegir, cuándo sembrar, qué tecnología aplicar y, en definitiva, sobre cada decisión de inversión que se toma antes y durante la campaña.

Para anticipar el escenario climático de los cultivos de verano, una de las referencias más consultadas es el ENSO —El Niño-Oscilación del Sur—. Sus distintas fases cambian las probabilidades de lluvia y temperatura en buena parte de la región productiva, aunque el efecto no es igual en todas las zonas ni en todos los cultivos. A continuación, un repaso de lo que viene pasando con el fenómeno durante 2026, hacia dónde se dirige la campaña 2026/27 y qué enseña la experiencia de las últimas décadas sobre el vínculo entre El Niño y los rindes.

 

El Niño vuelve al centro de la escena

 

Durante 2026, las condiciones del Pacífico ecuatorial cambiaron a una velocidad fuera de lo común. El índice MEI.v2 pasó de -1,03 en febrero-marzo y -0,64 en marzo-abril a +0,27 en abril-mayo, +1,52 en mayo-junio y +2,41 en junio-julio. En pocos meses, el sistema climático saltó de un cuadro típico de La Niña a un episodio de El Niño de alta intensidad.

El último registro disponible se ubica entre los valores más altos de toda la serie histórica y es el mayor observado para un período junio-julio desde 1979, es decir, en casi medio siglo de mediciones.

Y todo indica que el fenómeno todavía no llegó a su techo. En su actualización del 19 de agosto, el International Research Institute for Climate and Society (IRI) mostró una coincidencia notable entre los modelos: para el trimestre octubre-diciembre, 25 de los 26 modelos analizados proyectan anomalías en la región Niño 3.4 iguales o superiores a +2°C, y 15 de ellos las ubican por encima de +3°C. El escenario más probable es que la máxima intensidad se alcance hacia fines de 2026.

Las proyecciones también hablan de persistencia. El IRI le asigna una probabilidad prácticamente plena a que El Niño continúe durante la primavera y el verano, que se mantiene en 97% para marzo-mayo y todavía llega a 78% para abril-junio de 2027. En otras palabras: lo más probable es un Niño muy intenso durante los meses clave de la campaña 2026/27, que podría estirarse —aunque debilitándose— durante buena parte del primer semestre del año siguiente.

 

 

La perspectiva histórica ayuda a entender lo particular de este episodio. Desde fines de 1979, las condiciones de El Niño ocuparon apenas una cuarta parte de las observaciones del MEI.v2, y los episodios de mayor intensidad fueron todavía más escasos. Sobresalen especialmente los de 1982/83, 1997/98 y 2015/16. El valor de junio-julio de 2026 ya superó el máximo de 2015/16 y solo queda por debajo de algunos registros de 1982/83 y 1997/98, pese a que el episodio actual recién está en una etapa temprana de su desarrollo.

El comportamiento de 2026 combina, entonces, dos rasgos poco frecuentes: una transición muy rápida desde La Niña hacia El Niño y una intensidad que ya se ubica en el extremo superior de la serie histórica. Si las proyecciones se cumplen, el Niño 2026/27 podría convertirse en uno de los episodios más fuertes de las últimas décadas.

Esto vuelve especialmente relevante pensar en sus consecuencias para la agricultura argentina, porque la mayor intensidad prevista coincide justo con la primavera y el verano, los meses decisivos para la implantación, el desarrollo y la definición de los rendimientos de los principales cultivos. Sin embargo, que el fenómeno sea muy fuerte en el Pacífico no significa que su impacto regional lo sea en la misma proporción. Un Niño más intenso aumenta la probabilidad de que se manifiesten los patrones climáticos típicos de esta fase, pero no garantiza efectos proporcionalmente mayores ni más lluvia en toda la región productiva.

Los pronósticos regionales reflejan justamente esa falta de uniformidad. Las proyecciones del SISSA anticipan una mayor probabilidad de condiciones muy húmedas en distintas áreas del centro y norte de Sudamérica durante la primavera y el inicio del verano, mientras que en la principal región agrícola argentina la señal varía según la zona y el momento del año.

 

 

Por eso, entender qué puede significar este episodio para la campaña 2026/27 exige ir más allá de anunciar que se viene un Niño muy fuerte. La pregunta central es otra: ¿cómo respondió, en la práctica, la producción agrícola argentina bajo las distintas fases del ENSO? ¿Qué pasó con los rindes durante Niño y durante Niña, qué tan grandes fueron esas diferencias y hasta qué punto se repitieron entre cultivos y regiones? Esa evidencia es la que permite pasar de la foto climática general a una lectura más concreta del posible impacto productivo.

 

¿Qué muestra la evidencia para la agricultura argentina?

 

El vínculo entre el ENSO y el desempeño agrícola argentino no es un descubrimiento reciente: distintos trabajos lo vienen documentando desde hace más de dos décadas. Podestá et al. (1999) encontraron, para la Región Pampeana, que los episodios cálidos suelen coincidir con mayores rendimientos de maíz, mientras que las fases frías se asocian con rindes más bajos; en soja identificaron un deterioro similar durante La Niña. El vínculo estaría explicado, en buena medida, por las anomalías de lluvia durante la primavera y el arranque del verano.

Otros estudios confirman que la respuesta cambia tanto según el cultivo como según el territorio. Travasso et al. (2003) mostraron que la señal del ENSO sobre los rindes tiene una importante variabilidad espacial dentro de la principal región productiva del país, y de la Casa et al. (2021) hallaron una asociación significativa entre distintos indicadores del ENSO y los rendimientos de maíz y soja en Córdoba, con diferencias entre departamentos.

Más recientemente, AgroENSO —desarrollado por investigadores del CONICET y el INTA— sistematizó 35 años de información productiva y climática, y volvió a confirmar una respuesta diferenciada según la fase del ENSO, el cultivo y el territorio. Sus resultados marcan una relación clara para maíz y soja, y muestran que los promedios generales pueden esconder diferencias importantes entre regiones y departamentos.

A partir de esa base, se construyó un ejercicio propio que replica la metodología de AgroENSO para seis de las principales provincias agrícolas del país. El objetivo no es pronosticar el rinde de 2026/27, sino cuantificar cuál fue, históricamente, el cambio en los rindes esperados cuando una campaña transcurrió bajo condiciones Niño, Niña o neutrales.

 

¿Qué pasó con los rindes en cada fase del fenómeno?

 

La evidencia de las últimas 28 campañas muestra una asociación clara entre las fases del ENSO y el desempeño de los principales cultivos de verano. El análisis abarca 196 departamentos de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, La Pampa, Santa Fe y Santiago del Estero, sobre una superficie cosechada promedio de algo más de 18 millones de hectáreas. En ese período se identificaron 10 campañas de El Niño, 12 de La Niña y 6 neutrales.

Tomando en conjunto las seis provincias, los rendimientos se ubican de manera sistemática por encima de su nivel histórico durante los episodios de El Niño, y por debajo durante La Niña. En maíz, la brecha llega en promedio a +10,3% en las campañas Niño y -9,9% en las Niña, una diferencia de 20,2 puntos porcentuales entre ambas fases. En soja total la asociación es todavía un poco mayor: +10,8% durante Niño y -9,8% durante Niña, con una amplitud de 20,6 puntos.

 

 

La intensidad también cambia según el tipo de soja. En soja de primera, la diferencia entre Niño y Niña llega a 19,5 puntos porcentuales, mientras que en soja de segunda sube a 27 puntos. Este cultivo tiene, además, un segundo frente de exposición: durante las campañas La Niña no solo cae el rendimiento, sino que también aumenta la proporción del área sembrada que finalmente no se cosecha, que pasa de 1,9% durante Niño a 6,4% durante Niña. En maíz, en cambio, la superficie no cosechada ronda el 21% sin importar la fase del ENSO, lo que sugiere que ahí pesan más factores estructurales —como el destino forrajero o silero— que el clima.

La respuesta tampoco resulta proporcional a la intensidad del índice ONI: la correlación entre el ONI de octubre-diciembre y los rindes es positiva pero moderada, y solo en parte de las series es estadísticamente significativa. De hecho, clasificar las campañas en Niño, Niña y Neutral predijo mejor los rindes fuera de muestra que usar el ONI como una variable continua. Dicho de otro modo: el ENSO funciona mejor como una foto del escenario climático que enfrenta la campaña que como una regla matemática para calcular cuánto va a subir o bajar el rinde.

 

Una misma señal, con intensidades bien distintas entre provincias

 

Al abrir los datos por provincia aparece una heterogeneidad considerable. En términos generales se observa un gradiente: mayor sensibilidad en el Litoral y el centro de la región agrícola, y una respuesta mucho más débil en Santiago del Estero. Pero ese patrón no se repite igual para todos los cultivos.

 

 

El caso más marcado es Entre Ríos. En maíz, los rindes se ubicaron 18,4% por encima del nivel histórico durante Niño y 20,4% por debajo durante Niña: casi 39 puntos porcentuales de diferencia entre ambas fases. La regularidad, además, es muy alta: 9 de las 10 campañas Niño terminaron por encima del nivel típico, y 11 de las 12 Niña, por debajo. Esto convierte al maíz entrerriano en uno de los casos donde la información del ENSO tiene mayor capacidad para anticipar cómo arranca una campaña.

 

 

Santa Fe también muestra una respuesta importante, sobre todo en soja: la amplitud entre Niño y Niña llega a 19,7 puntos porcentuales en soja total, frente a 23 puntos en maíz. Córdoba exhibe una configuración parecida, con una amplitud elevada en soja (22,3 puntos) y algo menor en maíz (17,1 puntos). En Buenos Aires, la sensibilidad aparece más equilibrada entre ambos cultivos: cerca de 21,5 puntos en maíz y 19,7 en soja.

La Pampa presenta un comportamiento más heterogéneo. El maíz muestra una sensibilidad relativamente moderada, con 13,2 puntos de diferencia entre Niño y Niña, pero la soja —y en particular la soja de segunda— responde con mucha más fuerza: en este último caso, la amplitud llega a casi 44 puntos porcentuales, aunque conviene leer ese número teniendo en cuenta que se trata de un cultivo de menor peso relativo en la provincia, desarrollado en el margen occidental del área agrícola.

En el otro extremo aparece Santiago del Estero. El maíz muestra apenas 0,9 puntos porcentuales de diferencia entre Niño y Niña, y prácticamente no se correlaciona con el ONI. También es mucho menor la frecuencia con la que las campañas se comportan en la dirección esperada, en comparación con la región pampeana y el Litoral. La soja conserva una señal algo más visible, pero igualmente débil. Todo indica que la capacidad del ENSO para anticipar condiciones favorables o desfavorables se debilita a medida que uno se desplaza hacia ambientes donde otros mecanismos climáticos pesan más.

 

La heterogeneidad no se detiene en el límite provincial

 

Cuando el análisis baja al nivel de departamento, aparece una organización territorial bastante definida: las zonas de mayor y menor sensibilidad tienden a agruparse geográficamente, en vez de repartirse al azar.

En Buenos Aires, el maíz muestra una respuesta particularmente intensa en el norte y nordeste de la provincia: partidos como Mercedes, Suipacha, Baradero, San Nicolás y otros del corredor norte registran caídas de entre 13% y 21% durante las campañas La Niña. Hacia el sudeste y el sudoeste, en cambio, las pérdidas históricas son mucho menores: Balcarce, General Pueyrredón, Tornquist y zonas cercanas se ubican entre 5% y 7% por debajo de su nivel típico. Aun dentro de una misma provincia, la exposición al ENSO puede ser muy distinta.

 

 

En Santa Fe, la mayor sensibilidad aparece en varios departamentos del centro y norte provincial —entre ellos 9 de Julio, San Justo, Garay, San Cristóbal y La Capital—, mientras que el sur agrícola muestra respuestas algo más moderadas. En Córdoba, los resultados apuntan a una menor sensibilidad hacia los sectores occidentales y serranos, y una respuesta mayor en el este y el centro-sur. En Entre Ríos, finalmente, el este y el sudeste provincial concentran algunas de las mayores caídas de toda la muestra durante los episodios La Niña.

 

 

Este nivel de detalle territorial pide más cautela que los resultados generales. La estimación por departamento incorpora un esquema de regularización o partial pooling hacia la provincia, pensado para reducir el ruido que genera contar con pocas campañas de cada fase. El peso de la información propia de cada departamento es mayor en maíz que en soja, por lo que las diferencias territoriales de maíz admiten una lectura más fina que las de soja, donde conviene quedarse con los patrones provinciales y regionales antes que con rankings entre departamentos puntuales.

 

Una señal probabilística, no un pronóstico determinístico

 

Nada de esto implica que una campaña El Niño garantice buenos rindes, ni que una campaña La Niña termine necesariamente mal. Los datos históricos muestran excepciones importantes: la campaña 2023/24, por ejemplo, estuvo asociada a un Niño fuerte y, sin embargo, distintos factores productivos y sanitarios limitaron los rindes de maíz en algunas regiones. El ENSO cambia las probabilidades y las condiciones ambientales que enfrenta el cultivo, pero no determina por sí solo el resultado final.

La regularidad histórica importa tanto como la brecha promedio. En Entre Ríos, 11 de las 12 campañas La Niña terminaron con rindes de maíz por debajo del nivel típico; en Santa Fe fueron 11 de 12, y en Buenos Aires, 10 de 12. La forma correcta de decirlo no es que “La Niña siempre reduce los rindes”, sino que las campañas La Niña estuvieron asociadas, con una frecuencia elevada, a rendimientos inferiores a los esperables una vez descontado el avance tecnológico.

 

 

La cautela es todavía mayor al mirar departamento por departamento. La señal general es clara y se sostiene con distintos métodos de análisis, pero no todos los resultados locales tienen la misma solidez. Con un criterio exigente para evitar diferencias que sean pura casualidad, el método original de AgroENSO no permite señalar departamentos específicos con total confianza. Otros enfoques estadísticos, y los intervalos de incertidumbre, respaldan el patrón en muchos casos, aunque las diferencias chicas entre localidades no deberían leerse como un ranking exacto de sensibilidad.

 

Apreciaciones finales

 

La evidencia histórica deja una primera conclusión clave para la campaña que empieza: la presencia de El Niño mejora de manera significativa el punto de partida estadístico de los principales cultivos de verano, pero esa mejora no es pareja ni funciona como una garantía de buenos rindes. En las seis provincias analizadas, las campañas Niño se asociaron de forma sistemática con rindes superiores a los de La Niña, aunque el tamaño de esa diferencia cambia bastante entre cultivos y territorios. La señal es especialmente fuerte en soja de segunda y en distintas zonas del Litoral y la región pampeana, y se debilita hacia ambientes como Santiago del Estero.

La segunda conclusión es que el tamaño anunciado del fenómeno no debería traducirse mecánicamente en una expectativa de rindes excepcionalmente altos. Los resultados muestran que la fase del ENSO aporta más información que la intensidad puntual del ONI: saber que la campaña transcurre bajo condiciones Niño ayuda a inclinar las probabilidades, pero un Niño de +2 o +3 no implica necesariamente el doble de beneficio que uno más moderado. Importan, además, la distribución en el tiempo y el espacio de las lluvias, las temperaturas en los momentos críticos, el agua disponible en los perfiles al arrancar la siembra, y todos los demás factores agronómicos y sanitarios que entran en juego durante la campaña.

Lo que sí cambió de manera sustancial en las últimas décadas es la cantidad de producción expuesta a esa diferencia climática. Aplicando las brechas históricas estimadas a una escala productiva similar a la de las últimas campañas, un escenario Niño podría significar para la Argentina alrededor de 5,6 millones de toneladas adicionales de maíz y 5,4 millones de toneladas de soja respecto de los rindes típicos. A precios FOB de USD 240 y USD 500 por tonelada, respectivamente, ese diferencial de producción rondaría los USD 4.000 millones.

El Niño 2026/27 es, en definitiva, una señal favorable para la agricultura argentina, pero no un cheque en blanco. Si el episodio evoluciona como anticipan hoy los modelos, y sus efectos regionales se parecen a los observados históricamente, las probabilidades van a estar inclinadas hacia mejores rendimientos en buena parte de la región productiva. Cuánto de ese potencial se transforme finalmente en toneladas va a depender, como siempre, de dónde y cuándo llueva.

 

 

Primicias Rurales
Fuente: novedadeseconomicas.ieral.org