Llega la primavera al país: a qué hora comienza hoy oficialmente la nueva estación en Argentina

Llega la primavera al país: a qué hora comienza hoy oficialmente la nueva estación en Argentina

El equinoccio de primavera se producirá este martes 22 de septiembre a las 21.05 en Argentina y el resto del hemisferio sur, de acuerdo con la información brindada por el Servicio de Hidrografía Naval (SHN), marcando formalmente el cambio de estación.

Por qué el cambio de estación varía de fecha

 

 

 

 

 

 

 

Buenos Aires, martes 22 septiembre (PR/26) — La primavera astronómica de 2026 comenzará un día después de la tradicional fecha del 21 de septiembre, ya que las estaciones del año están determinadas por el movimiento de la Tierra alrededor del Sol y no por una fecha fija en el calendario gregoriano.

El año trópico —tiempo que transcurre entre dos pasos consecutivos del Sol por un punto equinoccial— dura aproximadamente 365,2422 días, una cifra que no coincide exactamente con los 365 días del calendario común, generando variaciones anuales en los equinoccios y solsticios.

A partir de este momento nocturno, en todo el territorio argentino las horas de luz irán aumentando progresivamente de forma constante hasta aproximarse por completo al próximo solsticio de verano en el mes de diciembre.

Qué es un equinoccio y cómo se produce el fenómeno

La palabra equinoccio proviene del latín y se traduce habitualmente como “noche igual”, un fenómeno astronómico que ocurre cuando el Sol se posiciona exactamente sobre el plano del Ecuador terrestre con una incidencia perpendicular.

Durante estas jornadas de transición, el día y la noche presentan una duración similar en gran parte del planeta, aunque no se alcanzan exactamente las 12 horas de luz y 12 horas de oscuridad debido a la refracción atmosférica y los métodos de medición solar.

La inclinación del eje terrestre, calculada en unos 23,5 grados, es la principal responsable de que la distribución de la iluminación solar varíe a lo largo de los meses y resulte equilibrada en ambos hemisferios.

Un ciclo natural que se repite dos veces al año

 

Este singular fenómeno astronómico se produce dos veces al año durante los meses de marzo y septiembre, marcando respectivamente el inicio del otoño y de la primavera en el hemisferio sur.

Mientras las tradicionales celebraciones populares se concentran masivamente cada 21 de septiembre en el país, el comienzo astronómico de 2026 se consolida oficialmente este martes 22 a las 21.05, dando paso a jornadas con rápidos cambios de temperatura, mañanas frías y un posterior ascenso térmico en las diferentes regiones del territorio nacional.

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Fuente: Varios
Primavera 2026: qué día y a qué hora comienza en Argentina y por qué no será este lunes 21

Primavera 2026: qué día y a qué hora comienza en Argentina y por qué no será este lunes 21

La llegada de la temporada astronómica está determinada por el equinoccio de septiembre. Cuándo será el momento exacto en nuestro país.

Buenos Aires, lunes 21 de septiembre (PR/26) .– Aunque el 21 de septiembre es la fecha tradicionalmente asociada con la llegada de la primavera en Argentina, en 2026 habrá que esperar un día más para el comienzo oficial de la estación desde el punto de vista astronómico.

La primavera 2026 comenzará el martes 22 de septiembre a las 21:05, según los datos del Servicio de Hidrografía Naval (SHN). El momento estará determinado por el equinoccio de primavera, un fenómeno astronómico que marca el inicio de esta estación en el hemisferio sur.

La fecha exacta del equinoccio no es siempre la misma porque el movimiento de la Tierra alrededor del Sol no coincide de manera exacta con la duración del calendario. Por eso, aunque culturalmente se mantenga al 21 de septiembre como una fecha de referencia, el comienzo astronómico puede variar.

En el hemisferio norte ocurrirá lo contrario: el equinoccio marcará el comienzo del otoño.

Por eso, la primavera astronómica no necesariamente empieza todos los años el 21 de septiembre. La fecha depende del momento preciso en que se produce el equinoccio.

 

Por qué la primavera no siempre el 21 de septiembre

La explicación está relacionada con la duración real del año y con el movimiento de la Tierra alrededor del Sol.

El denominado año trópico, utilizado para establecer la relación entre las estaciones y la posición de la Tierra respecto del Sol, dura aproximadamente 365,2422 días. Esa duración no coincide exactamente con los 365 días del calendario.

Para compensar esa diferencia existen, entre otros mecanismos, los años bisiestos, pero aun así el momento exacto en que se producen los equinoccios puede desplazarse algunas horas de un año a otro.

Por ese motivo, el comienzo astronómico de la primavera puede ocurrir el 21, 22, 23 o, en determinados casos, 20 de septiembre, dependiendo del año.

En 2026, el fenómeno se producirá el 22 de septiembre a las 21:05 en Argentina.

 

Qué es el equinoccio de primavera

El equinoccio es un fenómeno astronómico que ocurre dos veces al año, aproximadamente en marzo y septiembre.

Durante estos eventos, el Sol se encuentra alineado con el Ecuador terrestre, de modo que ninguno de los dos hemisferios queda inclinado hacia el Sol en la forma característica de otras etapas del año.

La palabra equinoccio proviene del latín aequinoctium y hace referencia a la idea de una “noche igual”, en alusión a una duración aproximadamente similar entre el día y la noche.

Sin embargo, esto no significa que en todos los puntos de la Tierra haya exactamente 12 horas de luz y 12 de oscuridad. La duración efectiva del día depende también de la ubicación geográfica y de factores relacionados con la atmósfera y la forma en que se define la salida y la puesta del Sol.

 

Qué cambia 

Con la llegada de la primavera astronómica, el hemisferio sur comienza a avanzar hacia el período del año en el que recibe una mayor cantidad de radiación solar.

En Argentina, los días continuarán alargándose progresivamente, mientras que las noches serán cada vez más cortas hasta llegar al verano.

El próximo gran cambio astronómico será el solsticio de verano, que marcará el inicio del verano en el hemisferio sur y el momento del año con mayor cantidad de horas de luz.

Así, aunque el calendario popular mantenga al 21 de septiembre como la fecha tradicional de la primavera, en 2026 habrá que esperar hasta la noche del 22 de septiembre a las 21:05 para el comienzo oficial de la estación desde el punto de vista astronómico. (A24)

 

 

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Fuente: La Nueva
El clima volvió a golpear a la chicharrita: monitorear y eliminar maíces guachos es clave para evitar que la plaga prospere

El clima volvió a golpear a la chicharrita: monitorear y eliminar maíces guachos es clave para evitar que la plaga prospere

El clima provocó un marcado retroceso de la chicharrita del maíz en todo el país durante septiembre, según el último informe de la Red Nacional de Monitoreo. Sin embargo, los especialistas remarcan la urgencia de mantener los controles y eliminar los maíces guachos.

 

 

 

 

 

Buenos Aires, jueves 17 septiembre (PR/26) — El SENASA y la Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus maidis informaron sobre el impacto climático en las poblaciones del insecto. A continuación se detalla el informe completo con toda la información disponible sobre la situación sanitaria actual de la plaga en el país.

Situación general del 50º informe de la Red

El 50º informe de la Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus maidis vuelve a mostrar un marcado retroceso de la plaga en todo el país durante la primera quincena de septiembre, producto del impacto climático, que provocó una disminución significativa de las poblaciones y un aumento de las localidades con ausencia del insecto. Las regiones endémicas (NOA y NEA) y el área de transición del Centro-Norte son las que registran mayor abundancia.

Para los especialistas de la Red, esta buena noticia no debe llevar a bajar la guardia. Por el contrario, sostener esquemas de monitoreo activos y sistemáticos, en especial ante el inicio de las siembras tempranas de maíz, permitirá actuar a tiempo frente a cualquier cambio de situación. En el mismo sentido, sostienen que continúa siendo prioritario el control de los maíces voluntarios (“guachos”), para evitar que actúen como un “puente verde” que favorezca la supervivencia y persistencia del vector entre campañas.

Relevamiento por regiones productivas

En la región del NOA se observa nuevamente una retracción de las poblaciones de Dalbulus maidis muy significativa, con una marcada disminución del mayor nivel de capturas (más de 100 adultos por trampa), que sólo se registró en una localidad (Huasa Pampa, Tucumán). El promedio de capturas regional también se redujo fuertemente, de 51 adultos por trampa en la segunda quincena de agosto, a 18 en el relevamiento actual. No obstante, esta cifra es superior al promedio de 10 adultos por trampa de un año atrás.

También se profundizó la retracción de la plaga en la otra región endémica, el NEA: un 46% de las localidades tuvo ausencia de chicharritas, mientras que la categoría de mayor abundancia se dio solo en la localidad formoseña de Comandante Fontana. En cuanto al promedio regional, frente a la quincena anterior se produjo un descenso de 20 a 5 adultos por trampa, un poco por debajo que el año pasado a la misma altura.

En el Litoral, la ausencia de Dalbulus maidis creció hasta abarcar el 84% de las localidades, y la categoría más baja aparece en el 10%. En la localidad con mayor abundancia (Montecarlo, Misiones, incorporada recientemente) el nivel de chicharritas se redujo a menos de la mitad desde el informe previo. El promedio general de la región sigue en un nivel ínfimo, similar al de un año atrás (0,46 adultos por trampa).

En el Centro-Norte también pasó a predominar la ausencia del vector (63% de las localidades), y creció la categoría de menor presencia (1 a 4 adultos por trampa, que abarcó el 23% de las localidades). El promedio de capturas regional cayó de 5,47 adultos por trampa del relevamiento anterior, a 1,65 en el actual. No obstante, es mayor que el valor de 0,68 de la misma altura de 2025.

Finalmente, en la región Centro-Sur, el 99% de las localidades registró ausencia del vector, y el promedio regional fue de 0,01 adulto por trampa, valor semejante al de hace un año atrás.

Informe completo de la Red y el detalle por regiones: https://www.maizar.org.ar/vertext.php?id=1036

Acerca de la Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus maidis
La Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus maidis surgió en 2024, en respuesta al problema del complejo del achaparramiento del maíz transmitido por esta plaga, que afectó gran parte de la superficie maicera de la Argentina. Coordinada por la Asociación Maíz y Sorgo Argentino (Maizar), participan en ella instituciones claves del sector agropecuario argentino: la Asociación Argentina de Protección Profesional de Cultivos Extensivos (AAPPCE), la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid), los Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (CREA), el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC).

 

 

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Fuente: MAIZAR
Alerta máxima por El Niño: Argentina enfrenta el riesgo de inundaciones históricas y crecidas históricas en sus grandes Ríos

Alerta máxima por El Niño: Argentina enfrenta el riesgo de inundaciones históricas y crecidas históricas en sus grandes Ríos

 

La presidenta del Centro Argentino de Meteorólogos advierte sobre un fenómeno extremo que podría extenderse hasta 2027, amenazando la seguridad alimentaria regional y exigiendo una urgente preparación en las zonas más vulnerables.

 

 

Buenos Aires martes 15 septiembre (PR/26)– Organizaciones climáticas e ingenieros especialistas lanzaron una contundente advertencia sobre la evolución del fenómeno El Niño, un evento meteorológico que podría prolongarse de manera inédita hasta febrero de 2027.

Las proyecciones globales anticipan impactos de enorme severidad para diversas regiones del continente sudamericano. De acuerdo con informes presentados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las graves secuelas climáticas podrían golpear a cerca de 16 millones de personas en América Latina, dejándolas en una crítica situación de inseguridad alimentaria.

En esa misma línea, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que el calentamiento continuará fortaleciéndose durante los próximos meses hasta alcanzar una intensidad catalogada como muy fuerte. En tanto, el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) calcula un 100% de probabilidad de continuidad a lo largo de la primavera.

 

 

Frente a este escenario de alta incertidumbre, la especialista Carla Gulizia, presidenta del Centro Argentino de Meteorólogos, detalló los alcances del fenómeno en el país y fue categórica al remarcar que los eventos extremos son cada vez más frecuentes e intensos.

 

La mecánica de un fenómeno de escala planetaria

 

Para comprender el impacto real, es clave analizar la estructura del llamado El Niño-Oscilación del Sur (ENOS). Se trata de un mecanismo natural caracterizado por drásticas variaciones en la temperatura superficial del océano Pacífico ecuatorial en su franja tropical.

El sistema oscila entre tres fases bien definidas: una etapa fría denominada La Niña, una condición neutral y la fase positiva o cálida conocida mundialmente como El Niño, el momento exacto donde las aguas oceánicas registran un aumento de temperatura por encima de lo habitual.

 

El Niño podría ser histórico y aumenta el riesgo de inundaciones en Argentina

 

Este desequilibrio térmico altera profundamente la atmósfera mundial. Las fluctuaciones del Pacífico desencadenan procesos de interacción oceánico-atmosférica que modifican por completo los patrones de circulación global, emitiendo fuertes señales climáticas en todo el planeta.

 

Inundaciones, sequías y la vulnerabilidad del territorio argentino

 

Las consecuencias del reordenamiento atmosférico se manifiestan con doble cara: mientras varias zonas sufren sequías prolongadas e incrementos drásticos en el riesgo de incendios forestales, otras regiones experimentan precipitaciones desmedidas y riesgo severo de anegamiento.

En el territorio nacional, la zona con mayor grado de vulnerabilidad es indiscutiblemente el Litoral, el cual abarca una porción estratégica de la cuenca del Plata. Las lluvias constantes amenazan con provocar el desborde y la crecida de los grandes ríos.

El monitoreo constante sobre los cauces de los ríos Paraná, Uruguay, Paraguay e Iguazú resulta prioritario. Aunque este último posee menor caudal relativo, integra un complejo sistema hídrico interconectado capaz de saturar las defensas naturales y urbanas rápidamente.

 

El Niño en Argentina: una especialista asegura que hay riesgo de inundaciones y de crecidas de los grandes ríos

 

Asimismo, las regiones del centro y norte argentino se mantienen bajo observación. Particularmente en la Pampa Húmeda, los acumulados pluviométricos excesivos representan una seria amenaza por los anegamientos directos sobre los campos y la producción agropecuaria.

Por su parte, la región de Cuyo responde a un comportamiento diferente. La franja de los Andes centrales suele recibir mayores nevadas invernales durante El Niño, lo cual favorece un incremento de los caudales de los ríos cordilleranos durante el deshielo estival.

 

Tecnología de vanguardia y la urgencia de fortalecer lasalertas tempranas

 

En los últimos años, la ciencia meteorológica ha dado pasos gigantescos mediante el desarrollo de simulaciones numéricas de alta resolución. Estos modelos integrados océano-atmósfera capturan con precisión la dinámica global de la variabilidad climática.

Un avance conceptual determinante fue comprender la amplia diversidad espacial de los eventos El Niño. Hoy la comunidad científica reconoce que cada episodio es único y que sus impactos están modulados por múltiples factores interconectados a gran escala.

 

El fenómeno El Niño se consolida para la primavera y el verano y elevará las lluvias en el centro y noreste del país, según el SMN y la NOAA.

 

Sin embargo, el reto más crítico radica en la comunicación efectiva. Garantizar que los diagnósticos meteorológicos oficiales lleguen fluido y directamente a las autoridades, defensas civiles y tomadores de decisiones es vital para resguardar vidas.

Ante la amenaza tangible de pérdidas económicas sustanciales y riesgo humano, se vuelve urgente optimizar los canales de gestión. El fortalecimiento del sistema de alerta temprana resulta la principal herramienta de prevención ciudadana.

Para consolidar una respuesta idónea frente al cambio climático, las instituciones oficiales como el SMN requieren un respaldo integral que incremente sus recursos humanos, renueve su infraestructura tecnológica y asegure la máxima coordinación territorial.

 

 

 

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Fuente: Agencia Noticias Argentinas (NA)
El Niño vuelve con toda su fuerza: qué puede significar para los rindes del agro argentino

El Niño vuelve con toda su fuerza: qué puede significar para los rindes del agro argentino

 

El fenómeno climático se fortaleció a una velocidad inusual durante 2026 y ya se perfila como uno de los episodios más intensos de las últimas décadas. La historia agrícola argentina dice que suele ser una buena noticia para los rindes de maíz y soja, aunque advierte que no hay garantías: todo dependerá, como siempre, de dónde y cuándo llueva.

 

 

Buenos Aires, sábado 12 de septiembre (PR/26).– El clima es una de las variables centrales para la agricultura argentina y, al mismo tiempo, una de las que el productor no puede controlar. En un sistema productivo que depende en gran medida de la lluvia, la disponibilidad y la distribución de las precipitaciones condicionan de manera decisiva el resultado de cada campaña.

Por supuesto, no es la única variable en juego: los precios internacionales, los costos y la política tributaria del sector pesan tanto como el cielo. Pero aunque no pueda torcerle el brazo al clima, el productor lo sigue de cerca, porque las perspectivas hídricas influyen sobre qué cultivo elegir, cuándo sembrarlo, qué tecnología aplicarle y, en definitiva, sobre cada decisión de inversión que se toma antes y durante la campaña.

Una de las principales referencias para anticipar el escenario climático de los cultivos de verano es el ENSO —El Niño-Oscilación del Sur—. Sus distintas fases modifican las probabilidades de determinados patrones de lluvia y temperatura en buena parte de la región productiva, aunque sus efectos no son parejos entre zonas ni entre cultivos.

Esta nota repasa qué viene pasando con el ENSO durante 2026, cuáles son las perspectivas para la campaña 2026/27 y, a partir de la experiencia de las últimas décadas, qué puede esperarse de un episodio El Niño sobre los rindes agrícolas.

 

El Niño vuelve al centro de la escena

 

Durante 2026, las condiciones del Pacífico ecuatorial cambiaron con una velocidad poco habitual. El índice MEI.v2 pasó de -1,03 en febrero-marzo y -0,64 en marzo-abril a +0,27 en abril-mayo, +1,52 en mayo-junio y +2,41 en junio-julio.

En apenas unos meses, el sistema pasó de condiciones claramente asociadas con La Niña a un episodio El Niño de elevada intensidad. El último registro disponible se ubica entre los valores más altos de toda la serie histórica y es el mayor observado para un período junio-julio desde 1979.

 

 

Las proyecciones disponibles sugieren, además, que el fortalecimiento todavía no habría tocado su techo. En su actualización del 19 de agosto, el International Research Institute for Climate and Society (IRI) muestra una elevada coincidencia entre los modelos en torno a un evento excepcionalmente intenso.

Para el trimestre octubre-diciembre, 25 de los 26 modelos considerados proyectan anomalías en la región Niño 3.4 iguales o superiores a +2 °C, y 15 de ellos las ubican incluso por encima de +3 °C. El escenario central, entonces, es que la máxima intensidad se alcance hacia fines de 2026.

Las proyecciones también anticipan una elevada persistencia del fenómeno. El IRI le asigna una probabilidad prácticamente plena a que El Niño continúe durante la primavera y el verano, una chance que se mantiene en 97% para marzo-mayo y todavía alcanza 78% para abril-junio de 2027.

El escenario más probable combina, entonces, un Niño muy intenso durante los meses críticos de la campaña 2026/27 con un episodio que podría prolongarse —aunque debilitándose— durante buena parte del primer semestre de 2027.

La perspectiva histórica ayuda a dimensionar lo singular del episodio. Desde fines de 1979, las condiciones El Niño ocuparon apenas una cuarta parte de las observaciones del MEI.v2, y los episodios de mayor intensidad fueron todavía menos frecuentes. Sobresalen especialmente los eventos de 1982/83, 1997/98 y 2015/16.

El valor alcanzado en junio-julio de 2026 ya supera el máximo registrado durante 2015/16 y sólo queda por debajo de algunos registros de 1982/83 y 1997/98, aun cuando el episodio actual todavía está en una etapa relativamente temprana de su evolución.

 

 

El comportamiento de 2026 combina, así, dos rasgos poco habituales: una transición muy rápida desde La Niña hacia El Niño y una intensidad que ya se ubica en el extremo superior de la distribución histórica. Si las proyecciones actuales se confirman, el Niño 2026/27 podría convertirse en uno de los episodios más intensos de las últimas décadas.

Esto vuelve especialmente relevante analizar sus posibles consecuencias para la agricultura argentina, ya que la mayor intensidad prevista coincide justo con la primavera y el verano: los meses decisivos para la implantación, el desarrollo y la definición de rindes de los principales cultivos estivales.

Sin embargo, la magnitud del fenómeno en el Pacífico no se traslada de manera mecánica a sus impactos regionales. Un Niño más intenso aumenta la probabilidad de que se manifiesten los patrones climáticos habituales de esta fase, pero no implica efectos proporcionalmente mayores ni garantiza más lluvias en toda la región productiva.

Los pronósticos regionales reflejan justamente esa heterogeneidad. Las proyecciones del SISSA anticipan una mayor probabilidad de condiciones muy húmedas en distintas áreas del centro y norte de Sudamérica durante la primavera y comienzos del verano, mientras que en la principal región agrícola argentina la señal varía según la zona y el período considerado.

 

 

Por eso, para evaluar qué puede significar el actual episodio para la campaña 2026/27, no alcanza con decir que se espera un Niño muy fuerte. La pregunta relevante es cómo respondió históricamente la producción agrícola argentina bajo las distintas fases del ENSO: qué pasó con los rindes durante Niño y Niña, qué magnitud tuvieron esas diferencias y hasta qué punto la respuesta fue pareja entre cultivos y regiones.

Esa evidencia es la que permite pasar de la caracterización climática general a una evaluación más concreta de los posibles impactos productivos.

 

¿Qué muestra la evidencia para la agricultura argentina?

 

La relación entre el ENSO y el desempeño agrícola argentino viene siendo documentada desde hace tiempo. Podestá et al. (1999) encontraron, para la Región Pampeana, que los episodios cálidos tienden a coincidir con mayores rendimientos de maíz, mientras que las fases frías se asocian con rindes inferiores; para la soja también identificaron un deterioro durante La Niña.

El vínculo estaría explicado, en buena medida, por las anomalías de lluvia durante la primavera y el comienzo del verano.

Otros estudios confirman que la respuesta depende tanto del cultivo como del territorio. Travasso et al. (2003) muestran que la señal del ENSO sobre los rindes presenta una importante variabilidad espacial dentro de la principal región productiva argentina, mientras que de la Casa et al. (2021) encuentran una asociación significativa entre distintos indicadores del ENSO y los rendimientos de maíz y soja en Córdoba, con diferencias entre departamentos.

Más recientemente, AgroENSO, desarrollado por investigadores del CONICET y el INTA, sistematizó 35 años de información productiva y climática, y volvió a mostrar una respuesta diferenciada según la fase ENSO, el cultivo y el territorio. En particular, sus resultados señalan una relación clara para maíz y soja, y muestran que los promedios agregados pueden esconder diferencias importantes entre regiones y departamentos.

Sobre esa evidencia previa se construyó un ejercicio propio que replica la metodología de AgroENSO para seis de las principales provincias agrícolas del país. La intención no es pronosticar el rinde de 2026/27, sino cuantificar cuál fue, históricamente, el cambio en los rindes esperados cuando una campaña transcurrió bajo condiciones Niño, Niña o neutrales.

 

¿Qué ocurrió con los rindes en las distintas fases del fenómeno?

 

La evidencia de las últimas 28 campañas muestra una asociación clara entre las fases del ENSO y el desempeño de los principales cultivos de verano. El análisis realizado comprende 196 departamentos de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, La Pampa, Santa Fe y Santiago del Estero, sobre una superficie cosechada promedio de algo más de 18 millones de hectáreas.

En ese período se identifican 10 campañas asociadas a El Niño, 12 a La Niña y 6 a condiciones neutrales.

Considerando las seis provincias en conjunto, los rendimientos se ubican sistemáticamente por encima de su nivel histórico durante los episodios El Niño y por debajo durante La Niña. En maíz, la brecha alcanza en promedio +10,3% en las campañas Niño y -9,9% en las Niña, una diferencia de 20,2 puntos porcentuales entre ambas fases.

En soja total la asociación es levemente mayor: +10,8% durante Niño y -9,8% durante Niña, con una amplitud de 20,6 puntos.

 

 

La intensidad de la asociación también cambia entre los distintos tipos de soja. En soja de primera, la diferencia entre Niño y Niña llega a 19,5 puntos porcentuales, mientras que en soja de segunda trepa a 27 puntos.

Esta última presenta, además, un segundo canal de exposición: durante las campañas La Niña no sólo cae el rendimiento, sino que también aumenta de manera significativa la proporción del área sembrada que finalmente no se cosecha. En soja de segunda, esa superficie pasa de 1,9% durante Niño a 6,4% durante Niña.

En maíz, en cambio, la proporción no cosechada ronda el 21% cualquiera sea la fase ENSO, lo que sugiere que allí predominan factores estructurales —como el destino forrajero o silero— antes que climáticos.

La respuesta tampoco parece proporcional a la intensidad del índice ONI. La correlación entre el valor del ONI de octubre-diciembre y los rindes es positiva pero moderada, y sólo una parte de las series presenta una relación estadísticamente significativa.

La validación del modelo indica, además, que clasificar las campañas en Niño, Niña y Neutral predice mejor los rendimientos fuera de muestra que usar el ONI como una variable continua. Dicho de otro modo: el ENSO funciona mejor como indicador del escenario climático al que se enfrenta la campaña que como una regla lineal para determinar cuánto va a subir o bajar el rinde.

 

Una misma señal, pero con intensidades diferentes entre provincias

 

La apertura provincial muestra una heterogeneidad considerable. En términos generales aparece un gradiente: mayor sensibilidad en el Litoral y el centro de la región agrícola, y una respuesta mucho más débil en Santiago del Estero. Pero ese patrón no se repite igual para todos los cultivos.

El caso más marcado es Entre Ríos. En maíz, los rindes se ubicaron 18,4% por encima del nivel histórico durante Niño y 20,4% por debajo durante Niña: casi 39 puntos porcentuales de diferencia entre ambas fases. La regularidad histórica, además, es elevada: 9 de las 10 campañas Niño terminaron por encima del nivel típico y 11 de las 12 Niña, por debajo.

Esto convierte al maíz entrerriano en uno de los casos donde la información del ENSO tiene mayor capacidad para caracterizar las condiciones de partida de una campaña.

Santa Fe también exhibe una respuesta importante, particularmente en soja. La amplitud entre Niño y Niña alcanza 19,7 puntos porcentuales para soja total, frente a 23 puntos en maíz. Córdoba muestra una configuración similar: la soja presenta una amplitud elevada, de 22,3 puntos, mientras que en maíz se reduce a 17,1.

En Buenos Aires, la sensibilidad resulta algo más equilibrada entre ambos cultivos, con aproximadamente 21,5 puntos en maíz y 19,7 en soja.

La Pampa presenta un comportamiento más heterogéneo. El maíz registra una sensibilidad relativamente moderada, con 13,2 puntos de diferencia entre Niño y Niña, pero la soja —y particularmente la soja de segunda— responde con mucha mayor intensidad: en esta última, la amplitud llega a casi 44 puntos porcentuales.

Ese resultado debe leerse, sin embargo, teniendo en cuenta que se trata de un cultivo de menor peso relativo en la provincia y desarrollado en el margen occidental del área agrícola.

En el extremo opuesto aparece Santiago del Estero. El maíz muestra una amplitud de apenas 0,9 puntos porcentuales entre Niño y Niña y prácticamente no presenta correlación con el ONI. También la frecuencia con la que las campañas se comportan en la dirección esperada es mucho menor que en la región pampeana y el Litoral.

 

 

La soja conserva una señal algo más visible, pero también considerablemente más débil. Esto sugiere que la capacidad del ENSO para anticipar condiciones favorables o desfavorables disminuye a medida que el análisis se desplaza hacia ambientes donde otros mecanismos climáticos ganan protagonismo.

 

La heterogeneidad continúa dentro de cada provincia

 

Las diferencias no terminan en los límites provinciales. Cuando el análisis baja a nivel departamental aparece una organización territorial bastante definida: las zonas de mayor y menor sensibilidad tienden a agruparse geográficamente, en lugar de repartirse al azar.

En Buenos Aires, por ejemplo, el maíz muestra una respuesta particularmente intensa en el norte y nordeste provincial. Mercedes, Suipacha, Baradero, San Nicolás y otros partidos del corredor norte registran caídas de entre aproximadamente 13% y 21% durante las campañas La Niña.

Hacia el sudeste y el sudoeste, en cambio, las pérdidas históricas son bastante menores: Balcarce, General Pueyrredón, Tornquist y otros partidos se ubican alrededor de 5% a 7% por debajo de su nivel típico. Así, aun dentro de una misma provincia, la exposición histórica al ENSO puede diferir ampliamente.

 

 

 

En Santa Fe, la mayor sensibilidad aparece en varios departamentos del centro y norte provincial —entre ellos 9 de Julio, San Justo, Garay, San Cristóbal y La Capital—, mientras que los departamentos del sur agrícola muestran respuestas algo más moderadas.

En Córdoba, los resultados sugieren una menor sensibilidad hacia los sectores occidentales y serranos y una respuesta mayor en las áreas del este y centro-sur. En Entre Ríos, finalmente, el este y el sudeste provincial concentran algunas de las mayores caídas observadas en toda la muestra durante los episodios La Niña.

 

 

Este detalle territorial debe interpretarse con más cautela que los resultados agregados, ya que la estimación departamental incorpora un esquema de regularización —o partial pooling— hacia la provincia, para reducir el ruido que genera disponer de pocas campañas de cada fase.

El peso de la información propia del departamento es considerablemente mayor en maíz que en soja. Por eso las diferencias territoriales de maíz admiten una lectura departamental más fina, mientras que en soja resulta más prudente concentrarse en los patrones provinciales y regionales antes que en rankings entre departamentos individuales.

 

Una señal probabilística, no un pronóstico determinístico

 

Estos resultados no implican que una campaña El Niño garantice buenos rindes, ni que una campaña La Niña necesariamente termine mal. Los datos históricos muestran excepciones importantes: la campaña 2023/24, por ejemplo, estuvo asociada a un Niño fuerte y, sin embargo, distintos factores productivos y sanitarios limitaron los rindes de maíz en algunas regiones.

El ENSO modifica las probabilidades y las condiciones ambientales que enfrenta el cultivo, pero no determina por sí solo el resultado final.

La regularidad histórica resulta, por eso, tan relevante como la brecha promedio. En Entre Ríos, 11 de las 12 campañas La Niña terminaron con rindes de maíz inferiores al nivel típico; en Santa Fe fueron 11 de 12, y en Buenos Aires, 10 de 12.

La formulación más adecuada no es entonces que «La Niña reduce siempre los rindes», sino que las campañas La Niña estuvieron asociadas, con una frecuencia elevada, a rendimientos inferiores a los esperables una vez descontado el progreso tecnológico.

 

 

Esta cautela es todavía más necesaria al mirar departamento por departamento. La señal general es clara y se mantiene cuando se aplican distintos métodos, pero no todos los resultados locales tienen la misma solidez.

Al utilizar un criterio exigente para reducir el riesgo de encontrar diferencias por puro azar, el método original de AgroENSO no permite señalar departamentos específicos con suficiente confianza. Otros enfoques estadísticos y los intervalos de incertidumbre respaldan el patrón en numerosos casos, aunque las diferencias pequeñas entre localidades no deberían leerse como un ranking exacto de sensibilidad.

 

Apreciaciones finales

 

La evidencia histórica ofrece una primera conclusión importante para la campaña que empieza: la presencia de El Niño mejora de manera significativa el punto de partida estadístico de los principales cultivos de verano, pero esa mejora no es uniforme ni constituye una garantía de buenos rindes.

En las seis provincias analizadas, las campañas Niño se asociaron sistemáticamente con rindes superiores a los registrados durante La Niña, pero la magnitud de esa diferencia cambia considerablemente entre cultivos y territorios. La señal es especialmente marcada en soja de segunda y en distintas zonas del Litoral y la región pampeana, mientras pierde fuerza hacia ambientes como Santiago del Estero.

La segunda conclusión es que el tamaño anunciado del fenómeno no debería traducirse mecánicamente en una expectativa de rindes excepcionalmente altos. Los resultados muestran que la fase ENSO contiene más información que la intensidad puntual del ONI: saber que la campaña transcurre bajo condiciones Niño ayuda a inclinar las probabilidades, pero un Niño de +2 o +3 no implica necesariamente el doble del beneficio de uno más moderado.

Importan la distribución temporal y espacial de las lluvias, las temperaturas durante los períodos críticos, la disponibilidad inicial de agua en los perfiles y todos los demás factores agronómicos y sanitarios que intervienen en la campaña.

Lo que sí cambió de manera sustantiva en las últimas décadas es la cantidad de producción expuesta a esa diferencia climática. Aplicando las brechas históricas estimadas a una escala productiva similar a la de las últimas campañas, un escenario Niño podría significar para la Argentina alrededor de 5,6 millones de toneladas adicionales de maíz y 5,4 millones de toneladas de soja respecto de los rindes típicos.

A precios FOB de USD 240 y USD 500 por tonelada, respectivamente, ese diferencial de producción rondaría los USD 4.000 millones.

El Niño 2026/27 constituye, por lo tanto, una señal favorable para la agricultura argentina, pero no un cheque en blanco. Si el episodio evoluciona como anticipan actualmente los modelos, y sus teleconexiones se manifiestan de manera semejante a la observada históricamente, las probabilidades estarán inclinadas hacia mejores rendimientos en buena parte de la región productiva.

Cuánto de ese potencial termine efectivamente transformándose en toneladas dependerá, como siempre, de dónde y cuándo llueva.

 

 

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Fuente:novedadeseconomicas.ieral.org

 

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El Niño vuelve con toda su fuerza: qué puede significar para los rindes del agro argentino

El Niño se dispara a niveles históricos: qué puede significar para los rindes de maíz y soja en 2026/27

 

El fenómeno climático se fortalece a un ritmo poco habitual y llegaría a su punto máximo justo cuando arranca la siembra gruesa. La historia agrícola argentina muestra que estos episodios suelen dejar mejores rindes, aunque con matices que cambian mucho según la zona y el cultivo.

 

Buenos Aires, viernes 11 de septiembre (PR/26)– El clima es una de las variables más determinantes para el campo argentino, y también una de las pocas que ningún productor puede controlar. En un país donde la agricultura depende en gran medida de la lluvia, la disponibilidad y la distribución del agua condicionan de manera decisiva el resultado de cada campaña, junto con otros factores clave como los precios internacionales, los costos y la política tributaria del sector.

 

 

Aunque no pueda torcer el clima a su favor, el productor lo sigue de cerca, casi como quien mira el termómetro antes de salir de viaje. Las perspectivas hídricas influyen sobre qué cultivo elegir, cuándo sembrar, qué tecnología aplicar y, en definitiva, sobre cada decisión de inversión que se toma antes y durante la campaña.

Para anticipar el escenario climático de los cultivos de verano, una de las referencias más consultadas es el ENSO —El Niño-Oscilación del Sur—. Sus distintas fases cambian las probabilidades de lluvia y temperatura en buena parte de la región productiva, aunque el efecto no es igual en todas las zonas ni en todos los cultivos. A continuación, un repaso de lo que viene pasando con el fenómeno durante 2026, hacia dónde se dirige la campaña 2026/27 y qué enseña la experiencia de las últimas décadas sobre el vínculo entre El Niño y los rindes.

 

El Niño vuelve al centro de la escena

 

Durante 2026, las condiciones del Pacífico ecuatorial cambiaron a una velocidad fuera de lo común. El índice MEI.v2 pasó de -1,03 en febrero-marzo y -0,64 en marzo-abril a +0,27 en abril-mayo, +1,52 en mayo-junio y +2,41 en junio-julio. En pocos meses, el sistema climático saltó de un cuadro típico de La Niña a un episodio de El Niño de alta intensidad.

El último registro disponible se ubica entre los valores más altos de toda la serie histórica y es el mayor observado para un período junio-julio desde 1979, es decir, en casi medio siglo de mediciones.

Y todo indica que el fenómeno todavía no llegó a su techo. En su actualización del 19 de agosto, el International Research Institute for Climate and Society (IRI) mostró una coincidencia notable entre los modelos: para el trimestre octubre-diciembre, 25 de los 26 modelos analizados proyectan anomalías en la región Niño 3.4 iguales o superiores a +2°C, y 15 de ellos las ubican por encima de +3°C. El escenario más probable es que la máxima intensidad se alcance hacia fines de 2026.

Las proyecciones también hablan de persistencia. El IRI le asigna una probabilidad prácticamente plena a que El Niño continúe durante la primavera y el verano, que se mantiene en 97% para marzo-mayo y todavía llega a 78% para abril-junio de 2027. En otras palabras: lo más probable es un Niño muy intenso durante los meses clave de la campaña 2026/27, que podría estirarse —aunque debilitándose— durante buena parte del primer semestre del año siguiente.

 

 

La perspectiva histórica ayuda a entender lo particular de este episodio. Desde fines de 1979, las condiciones de El Niño ocuparon apenas una cuarta parte de las observaciones del MEI.v2, y los episodios de mayor intensidad fueron todavía más escasos. Sobresalen especialmente los de 1982/83, 1997/98 y 2015/16. El valor de junio-julio de 2026 ya superó el máximo de 2015/16 y solo queda por debajo de algunos registros de 1982/83 y 1997/98, pese a que el episodio actual recién está en una etapa temprana de su desarrollo.

El comportamiento de 2026 combina, entonces, dos rasgos poco frecuentes: una transición muy rápida desde La Niña hacia El Niño y una intensidad que ya se ubica en el extremo superior de la serie histórica. Si las proyecciones se cumplen, el Niño 2026/27 podría convertirse en uno de los episodios más fuertes de las últimas décadas.

Esto vuelve especialmente relevante pensar en sus consecuencias para la agricultura argentina, porque la mayor intensidad prevista coincide justo con la primavera y el verano, los meses decisivos para la implantación, el desarrollo y la definición de los rendimientos de los principales cultivos. Sin embargo, que el fenómeno sea muy fuerte en el Pacífico no significa que su impacto regional lo sea en la misma proporción. Un Niño más intenso aumenta la probabilidad de que se manifiesten los patrones climáticos típicos de esta fase, pero no garantiza efectos proporcionalmente mayores ni más lluvia en toda la región productiva.

Los pronósticos regionales reflejan justamente esa falta de uniformidad. Las proyecciones del SISSA anticipan una mayor probabilidad de condiciones muy húmedas en distintas áreas del centro y norte de Sudamérica durante la primavera y el inicio del verano, mientras que en la principal región agrícola argentina la señal varía según la zona y el momento del año.

 

 

Por eso, entender qué puede significar este episodio para la campaña 2026/27 exige ir más allá de anunciar que se viene un Niño muy fuerte. La pregunta central es otra: ¿cómo respondió, en la práctica, la producción agrícola argentina bajo las distintas fases del ENSO? ¿Qué pasó con los rindes durante Niño y durante Niña, qué tan grandes fueron esas diferencias y hasta qué punto se repitieron entre cultivos y regiones? Esa evidencia es la que permite pasar de la foto climática general a una lectura más concreta del posible impacto productivo.

 

¿Qué muestra la evidencia para la agricultura argentina?

 

El vínculo entre el ENSO y el desempeño agrícola argentino no es un descubrimiento reciente: distintos trabajos lo vienen documentando desde hace más de dos décadas. Podestá et al. (1999) encontraron, para la Región Pampeana, que los episodios cálidos suelen coincidir con mayores rendimientos de maíz, mientras que las fases frías se asocian con rindes más bajos; en soja identificaron un deterioro similar durante La Niña. El vínculo estaría explicado, en buena medida, por las anomalías de lluvia durante la primavera y el arranque del verano.

Otros estudios confirman que la respuesta cambia tanto según el cultivo como según el territorio. Travasso et al. (2003) mostraron que la señal del ENSO sobre los rindes tiene una importante variabilidad espacial dentro de la principal región productiva del país, y de la Casa et al. (2021) hallaron una asociación significativa entre distintos indicadores del ENSO y los rendimientos de maíz y soja en Córdoba, con diferencias entre departamentos.

Más recientemente, AgroENSO —desarrollado por investigadores del CONICET y el INTA— sistematizó 35 años de información productiva y climática, y volvió a confirmar una respuesta diferenciada según la fase del ENSO, el cultivo y el territorio. Sus resultados marcan una relación clara para maíz y soja, y muestran que los promedios generales pueden esconder diferencias importantes entre regiones y departamentos.

A partir de esa base, se construyó un ejercicio propio que replica la metodología de AgroENSO para seis de las principales provincias agrícolas del país. El objetivo no es pronosticar el rinde de 2026/27, sino cuantificar cuál fue, históricamente, el cambio en los rindes esperados cuando una campaña transcurrió bajo condiciones Niño, Niña o neutrales.

 

¿Qué pasó con los rindes en cada fase del fenómeno?

 

La evidencia de las últimas 28 campañas muestra una asociación clara entre las fases del ENSO y el desempeño de los principales cultivos de verano. El análisis abarca 196 departamentos de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, La Pampa, Santa Fe y Santiago del Estero, sobre una superficie cosechada promedio de algo más de 18 millones de hectáreas. En ese período se identificaron 10 campañas de El Niño, 12 de La Niña y 6 neutrales.

Tomando en conjunto las seis provincias, los rendimientos se ubican de manera sistemática por encima de su nivel histórico durante los episodios de El Niño, y por debajo durante La Niña. En maíz, la brecha llega en promedio a +10,3% en las campañas Niño y -9,9% en las Niña, una diferencia de 20,2 puntos porcentuales entre ambas fases. En soja total la asociación es todavía un poco mayor: +10,8% durante Niño y -9,8% durante Niña, con una amplitud de 20,6 puntos.

 

 

La intensidad también cambia según el tipo de soja. En soja de primera, la diferencia entre Niño y Niña llega a 19,5 puntos porcentuales, mientras que en soja de segunda sube a 27 puntos. Este cultivo tiene, además, un segundo frente de exposición: durante las campañas La Niña no solo cae el rendimiento, sino que también aumenta la proporción del área sembrada que finalmente no se cosecha, que pasa de 1,9% durante Niño a 6,4% durante Niña. En maíz, en cambio, la superficie no cosechada ronda el 21% sin importar la fase del ENSO, lo que sugiere que ahí pesan más factores estructurales —como el destino forrajero o silero— que el clima.

La respuesta tampoco resulta proporcional a la intensidad del índice ONI: la correlación entre el ONI de octubre-diciembre y los rindes es positiva pero moderada, y solo en parte de las series es estadísticamente significativa. De hecho, clasificar las campañas en Niño, Niña y Neutral predijo mejor los rindes fuera de muestra que usar el ONI como una variable continua. Dicho de otro modo: el ENSO funciona mejor como una foto del escenario climático que enfrenta la campaña que como una regla matemática para calcular cuánto va a subir o bajar el rinde.

 

Una misma señal, con intensidades bien distintas entre provincias

 

Al abrir los datos por provincia aparece una heterogeneidad considerable. En términos generales se observa un gradiente: mayor sensibilidad en el Litoral y el centro de la región agrícola, y una respuesta mucho más débil en Santiago del Estero. Pero ese patrón no se repite igual para todos los cultivos.

 

 

El caso más marcado es Entre Ríos. En maíz, los rindes se ubicaron 18,4% por encima del nivel histórico durante Niño y 20,4% por debajo durante Niña: casi 39 puntos porcentuales de diferencia entre ambas fases. La regularidad, además, es muy alta: 9 de las 10 campañas Niño terminaron por encima del nivel típico, y 11 de las 12 Niña, por debajo. Esto convierte al maíz entrerriano en uno de los casos donde la información del ENSO tiene mayor capacidad para anticipar cómo arranca una campaña.

 

 

Santa Fe también muestra una respuesta importante, sobre todo en soja: la amplitud entre Niño y Niña llega a 19,7 puntos porcentuales en soja total, frente a 23 puntos en maíz. Córdoba exhibe una configuración parecida, con una amplitud elevada en soja (22,3 puntos) y algo menor en maíz (17,1 puntos). En Buenos Aires, la sensibilidad aparece más equilibrada entre ambos cultivos: cerca de 21,5 puntos en maíz y 19,7 en soja.

La Pampa presenta un comportamiento más heterogéneo. El maíz muestra una sensibilidad relativamente moderada, con 13,2 puntos de diferencia entre Niño y Niña, pero la soja —y en particular la soja de segunda— responde con mucha más fuerza: en este último caso, la amplitud llega a casi 44 puntos porcentuales, aunque conviene leer ese número teniendo en cuenta que se trata de un cultivo de menor peso relativo en la provincia, desarrollado en el margen occidental del área agrícola.

En el otro extremo aparece Santiago del Estero. El maíz muestra apenas 0,9 puntos porcentuales de diferencia entre Niño y Niña, y prácticamente no se correlaciona con el ONI. También es mucho menor la frecuencia con la que las campañas se comportan en la dirección esperada, en comparación con la región pampeana y el Litoral. La soja conserva una señal algo más visible, pero igualmente débil. Todo indica que la capacidad del ENSO para anticipar condiciones favorables o desfavorables se debilita a medida que uno se desplaza hacia ambientes donde otros mecanismos climáticos pesan más.

 

La heterogeneidad no se detiene en el límite provincial

 

Cuando el análisis baja al nivel de departamento, aparece una organización territorial bastante definida: las zonas de mayor y menor sensibilidad tienden a agruparse geográficamente, en vez de repartirse al azar.

En Buenos Aires, el maíz muestra una respuesta particularmente intensa en el norte y nordeste de la provincia: partidos como Mercedes, Suipacha, Baradero, San Nicolás y otros del corredor norte registran caídas de entre 13% y 21% durante las campañas La Niña. Hacia el sudeste y el sudoeste, en cambio, las pérdidas históricas son mucho menores: Balcarce, General Pueyrredón, Tornquist y zonas cercanas se ubican entre 5% y 7% por debajo de su nivel típico. Aun dentro de una misma provincia, la exposición al ENSO puede ser muy distinta.

 

 

En Santa Fe, la mayor sensibilidad aparece en varios departamentos del centro y norte provincial —entre ellos 9 de Julio, San Justo, Garay, San Cristóbal y La Capital—, mientras que el sur agrícola muestra respuestas algo más moderadas. En Córdoba, los resultados apuntan a una menor sensibilidad hacia los sectores occidentales y serranos, y una respuesta mayor en el este y el centro-sur. En Entre Ríos, finalmente, el este y el sudeste provincial concentran algunas de las mayores caídas de toda la muestra durante los episodios La Niña.

 

 

Este nivel de detalle territorial pide más cautela que los resultados generales. La estimación por departamento incorpora un esquema de regularización o partial pooling hacia la provincia, pensado para reducir el ruido que genera contar con pocas campañas de cada fase. El peso de la información propia de cada departamento es mayor en maíz que en soja, por lo que las diferencias territoriales de maíz admiten una lectura más fina que las de soja, donde conviene quedarse con los patrones provinciales y regionales antes que con rankings entre departamentos puntuales.

 

Una señal probabilística, no un pronóstico determinístico

 

Nada de esto implica que una campaña El Niño garantice buenos rindes, ni que una campaña La Niña termine necesariamente mal. Los datos históricos muestran excepciones importantes: la campaña 2023/24, por ejemplo, estuvo asociada a un Niño fuerte y, sin embargo, distintos factores productivos y sanitarios limitaron los rindes de maíz en algunas regiones. El ENSO cambia las probabilidades y las condiciones ambientales que enfrenta el cultivo, pero no determina por sí solo el resultado final.

La regularidad histórica importa tanto como la brecha promedio. En Entre Ríos, 11 de las 12 campañas La Niña terminaron con rindes de maíz por debajo del nivel típico; en Santa Fe fueron 11 de 12, y en Buenos Aires, 10 de 12. La forma correcta de decirlo no es que “La Niña siempre reduce los rindes”, sino que las campañas La Niña estuvieron asociadas, con una frecuencia elevada, a rendimientos inferiores a los esperables una vez descontado el avance tecnológico.

 

 

La cautela es todavía mayor al mirar departamento por departamento. La señal general es clara y se sostiene con distintos métodos de análisis, pero no todos los resultados locales tienen la misma solidez. Con un criterio exigente para evitar diferencias que sean pura casualidad, el método original de AgroENSO no permite señalar departamentos específicos con total confianza. Otros enfoques estadísticos, y los intervalos de incertidumbre, respaldan el patrón en muchos casos, aunque las diferencias chicas entre localidades no deberían leerse como un ranking exacto de sensibilidad.

 

Apreciaciones finales

 

La evidencia histórica deja una primera conclusión clave para la campaña que empieza: la presencia de El Niño mejora de manera significativa el punto de partida estadístico de los principales cultivos de verano, pero esa mejora no es pareja ni funciona como una garantía de buenos rindes. En las seis provincias analizadas, las campañas Niño se asociaron de forma sistemática con rindes superiores a los de La Niña, aunque el tamaño de esa diferencia cambia bastante entre cultivos y territorios. La señal es especialmente fuerte en soja de segunda y en distintas zonas del Litoral y la región pampeana, y se debilita hacia ambientes como Santiago del Estero.

La segunda conclusión es que el tamaño anunciado del fenómeno no debería traducirse mecánicamente en una expectativa de rindes excepcionalmente altos. Los resultados muestran que la fase del ENSO aporta más información que la intensidad puntual del ONI: saber que la campaña transcurre bajo condiciones Niño ayuda a inclinar las probabilidades, pero un Niño de +2 o +3 no implica necesariamente el doble de beneficio que uno más moderado. Importan, además, la distribución en el tiempo y el espacio de las lluvias, las temperaturas en los momentos críticos, el agua disponible en los perfiles al arrancar la siembra, y todos los demás factores agronómicos y sanitarios que entran en juego durante la campaña.

Lo que sí cambió de manera sustancial en las últimas décadas es la cantidad de producción expuesta a esa diferencia climática. Aplicando las brechas históricas estimadas a una escala productiva similar a la de las últimas campañas, un escenario Niño podría significar para la Argentina alrededor de 5,6 millones de toneladas adicionales de maíz y 5,4 millones de toneladas de soja respecto de los rindes típicos. A precios FOB de USD 240 y USD 500 por tonelada, respectivamente, ese diferencial de producción rondaría los USD 4.000 millones.

El Niño 2026/27 es, en definitiva, una señal favorable para la agricultura argentina, pero no un cheque en blanco. Si el episodio evoluciona como anticipan hoy los modelos, y sus efectos regionales se parecen a los observados históricamente, las probabilidades van a estar inclinadas hacia mejores rendimientos en buena parte de la región productiva. Cuánto de ese potencial se transforme finalmente en toneladas va a depender, como siempre, de dónde y cuándo llueva.

 

 

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Fuente: novedadeseconomicas.ieral.org