May 19, 2026 | Actualidad, Columnas, Política
Un análisis profundo advierte sobre las tensiones institucionales del ajuste fiscal y la masiva movilización social en defensa de la educación pública. El texto disecciona el peligroso precedente de gobernar por decreto, la erosión ética del oficialismo y el impacto de la recesión en el capital humano.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Una marcha, un veto incumplido, un caso, una recesión y un decreto que recorta 2,4 billones: el momento en que las cinco grietas se vuelven la misma.

Buenos Aires, martes 19 mayo (PR/26) — Soy orgullosamente egresado de la Universidad de Buenos Aires. Fui orgullosamente docente universitario por más de 30 años en la Universidad Nacional de la Patagonia “San Juan Bosco”.
Para el Gobierno, lo que sucedió fue una “marcha política más” la universitaria. En mi caso, creo que no fue así. Fue mucho más que eso y el Gobierno no se da cuenta.
Hay imágenes que no pertenecen al gobierno que las padece, sino al país que las produce. La marcha universitaria de esta semana fue una de esas. No fue una manifestación: fue una asamblea ambulante de la Argentina que todavía cree en algo. Madres con guardapolvos heredados, jubilados que se recibieron en los sesenta, ingenieros que volvieron a la facultad con sus hijos, becarios del CONICET con la mochila llena de papers y vacía de respuestas. La pregunta que esa multitud le hizo al poder no es presupuestaria. Es ontológica: ¿qué clase de país queremos ser cuando esto, lo que sea esto, termine?
Y ahí está el problema del gobierno de Javier Milei. No tiene respuesta porque, en rigor, nunca le interesó formulársela. El proyecto fue siempre aritmético, jamás civilizatorio. Pero la Argentina sigue siendo, para bien y para mal, un país de preguntas civilizatorias. Allí se produce el choque. No es un choque entre modelos económicos. Es un choque entre dos lenguajes que ya no se entienden.
EL VETO INVISIBLE
El primero de esos lenguajes es el republicano. La Ley de Financiamiento Universitario fue sancionada, vetada e insistida por el Congreso con las mayorías agravadas que la Constitución exige. Es decir: el sistema institucional argentino, ese al que el oficialismo despreció en campaña como “la casta”, produjo un consenso parlamentario que ningún veto puede borrar. Y, sin embargo, la ley no se cumple. No por una nueva norma que la derogue, sino por la sencilla técnica administrativa de no ejecutarla.
Eso, en términos jurídicos, se llama desobediencia. En términos políticos, se llama otra cosa: se llama haber decidido que la legitimidad de origen alcanza para todo, incluso para reescribir el contrato republicano por la vía de los hechos. Es el precedente más peligroso que este Gobierno ha introducido en el sistema político argentino, y el menos discutido. El veto invisible entendido como la decisión administrativa de no cumplir lo que el Congreso ratifica.
LA ÉPICA RESFRIADA
El segundo lenguaje es el moral. El mileísmo se construyó, antes que sobre una ortodoxia económica, sobre una promesa de excepcionalidad ética: nosotros no somos como ellos. Sin embargo, el caso Adorni —cualquiera sea su resolución judicial— erosiona esa promesa con una eficacia que ninguna oposición pudo lograr. No importa tanto si hubo delito; importa que ya no se puede sostener, con la cara seria, que se trata de gente distinta.
Son gente igual. Y un gobierno que pidió sacrificios en nombre de su diferencia moral pierde, cuando esa diferencia se diluye, su principal capital político.
Pero ojo, la oposición tampoco puede capitalizar esto. Su propio historial de zonas grises la inhabilita para el sermón. Lo que se erosiona, entonces, es una promesa sin alternativa. Y la pérdida de promesa, sin alternativa, produce desafección, no recambio. Por eso las marchas son grandes pero el Congreso es chico. Por eso la sociedad se mueve, pero la política no. Estamos en el momento exacto en que el malestar es masivo y la representación, ínfima.
LA ARITMÉTICA QUE NO CIERRA
El tercer lenguaje es el económico, y aquí el oficialismo todavía cree tener ventaja. Los números macro mejoran: bajó la inflación, el riesgo país se ordenó, las reservas se acomodaron. Pero la microeconomía —salarios reales, consumo, producción industrial, según los últimos informes del INDEC y los relevamientos privados de FIEL y FIDE— sigue sin recuperar lo perdido.
La promesa fue que el dolor era de tránsito. Veintiocho meses después, una proporción creciente del electorado empieza a sospechar que el dolor es estructural, no transicional.
Las encuestas de Atlas Intel y Zuban-Córdoba muestran lo mismo desde hace seis meses: la imagen del Gobierno se sostiene en una base dura, cada vez más concentrada y pierde, mes a mes, el segmento que lo votó por expectativa, no por convicción.
Ese segmento —que es el votante que decide las segundas vueltas argentinas— es el que hoy marcha por la universidad, aunque no haya pisado un aula en décadas. Porque lo que defiende no es la institución: es la promesa que la institución encarna. Que el esfuerzo individual todavía tiene un piso colectivo donde apoyarse. Que el país, alguna vez, fue una escalera.
DESDE EL INTERIOR.
Desde el interior se ve algo que en Buenos Aires cuesta percibir: la indiferencia federal del proyecto. Las provincias patagónicas o las de cuyo o el norte, producen las divisas que sostienen el experimento —petróleo, gas, pesca, minería— y reciben, a cambio, una desinversión metódica en universidades, hospitales, rutas y conectividad.
La Universidad Nacional de esas provincias, donde se forman los ingenieros que mañana operarán Vaca Muerta, y los geólogos que prospectan el cobre cordillerano, sobrevive con presupuestos que ya no alcanzan ni para pagar la luz.
Es una contradicción operativa, no ideológica: el Gobierno desfinancia, en el sur, en el norte o en la cordillera, exactamente la base productiva de mano de obra calificada que su modelo económico necesita para funcionar. No la resuelve ningún veto. La resuelve, eventualmente, el cierre de carreras, la emigración de talento y un déficit cognitivo que se manifestará no en 2027 sino en 2032 o 2035, cuando esta gestión sea ya un capítulo de manual.
Lo dijo bien Bloomberg en su informe regional de marzo: la Argentina está consumiendo, otra vez, el stock de capital humano que tardó cincuenta años en construir.
Dónde encajan los recortes de la D.A. 20/2026
En “el veto invisible” del que venimos hablando, se agrega otro decreto que entra como prueba escrita de la tesis que proponemos.
El gobierno de Javier Milei, a través de una Decisión administrativa (D.A. 20/2026) oficializada el 11 de mayo de 2026, profundizó el ajuste fiscal con un nuevo recorte neto de 2,4 billones de pesos ($2.439.416 millones) en el presupuesto nacional de 2026.
Este ajuste se suma a la orden dada a mediados de abril a todos los ministerios para reducir un 2% sus gastos corrientes y un 20% sus gastos de capital.
La medida representa una contracción del 1,6% sobre el crédito vigente total de la Administración Pública Nacional, según un informa de ASAP (Asociación Argentina de Presupuesto).
De este modo, se oficializó la reestructuración o eliminación de 211 programas gubernamentales, incluyendo áreas de salud, educación y asistencia social. Se recortaron más de $970.000 millones en transferencias a provincias y municipios, afectando obras de infraestructura y saneamiento.
La única preocupación es clara: mantener el equilibrio fiscal tras nueve meses consecutivos de caída en la recaudación real.
Lo expuesto implica, en la práctica, que «lo que el Congreso vota en sesión, el Boletín Oficial lo desarma en un párrafo.» En la aritmética que no cierra, provocada por los nueve meses consecutivos de caída real de la recaudación, el Gobierno ahora nos vuelve a ajustar con un 1,6% de contracción sobre el crédito vigente, con recortes específicos —Instituto Malbrán, programas oncológicos y de medicamentos (Perfil, Infobae), Fondo de Compensación Salarial Docente y Plan Nacional de Alfabetización—. Dicho de otro modo, el mismo discurso oficial que postula una Argentina educada y sana, recorta, por decreto, los instrumentos concretos para educarla y sanarla.
LA PREGUNTA QUE QUEDA
Hay un dato que ningún encuestador captura. Cuando un gobierno deja de poder explicar por qué pide lo que pide, ya no gobierna. Administra. El mileísmo todavía gobierna, pero la distancia entre las dos categorías se acorta cada semana. La marcha universitaria, el veto incumplido, el caso Adorni, la recesión y el nuevo ajuste que se eterniza, no son cinco hechos separados: son cinco grietas de un mismo edificio.
La pregunta no es si el edificio se cae. Los edificios políticos argentinos rara vez se caen. Se vuelven inhabitables.
La pregunta verdadera —la que tendría que estar haciéndose la dirigencia entera, oficialismo, oposición, sindicatos, empresariado, gobernadores— es otra. Si la Argentina demuestra, una vez más, que es capaz de movilizar consenso social y parlamentario para defender una institución, y aun así el sistema no logra traducir ese consenso en política pública sostenida: ¿qué clase de democracia estamos teniendo? ¿Una donde el voto decide el rumbo, o una donde el rumbo decide el voto y después lo ignora?
Ese, y no otro, es el verdadero veto invisible. No el de Milei sobre la ley universitaria. El que las clases dirigentes argentinas, sucesivas, le vienen imponiendo desde 1983 al mandato democrático: respetamos las urnas, no respetamos lo que las urnas dicen. Cambia el firmante. No cambia la firma.
El profesor de la Casa Rosada, ahora presidente, se quedó, de a poco, sin alumnos. Pero el aula sigue ahí. Llena. Esperando. La pregunta —la única que importa de acá a 2027— ya no es si Milei termina su mandato, ni siquiera si lo termina bien.
Es más cruel y es más vieja: cuando este experimento concluya, gane o pierda, ¿con qué Argentina nos vamos a encontrar? ¿Una que aprendió, por fin, que el problema no era el firmante sino la lapicera? ¿O una que volverá a creer, fiel a su costumbre, que basta con cambiar al profesor para que cambie la clase?
Porque si es lo segundo —y la historia argentina, escrita con esa misma lapicera, sugiere que va a ser lo segundo—, entonces el aula puede seguir esperando todo lo que quiera. No habrá clase. Habrá, otra vez, recreo. Y un país que confunde recreo con futuro es un país que ya no está educando a nadie. Ni siquiera a sí mismo.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales
May 18, 2026 | Actualidad, Economía / Economía del Agro
Un informe privado advierte que los beneficios impositivos otorgados generarán una fuerte renuncia fiscal, beneficiando principalmente a proyectos que ya estaban planificados.
Buenos Aires, lunes 18 de mayo (NA) — El costo fiscal del Régimen de Incentivo para las Grandes Inversiones (RIGI) alcanzaría, en un escenario base, los US$1.069 millones anuales, según reflejó un informe elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), al que accedió la Agencia Noticias Argentinas.
El reporte expuso que, una vez que los proyectos aprobados entren en fase operativa, la renuncia recaudatoria del Estado oscilará en un rango de US$786 a US$1.395 millones, según el nivel de exportaciones alcanzado.
¿Qué es el RIGI?
Para entender el impacto de estos números, es fundamental saber qué es el RIGI (Régimen de Incentivo para las Grandes Inversiones). Se trata de un marco legal, aprobado por el Congreso, diseñado para atraer capitales millonarios, tanto nacionales como extranjeros, a sectores estratégicos como minería, energía e infraestructura. A cambio de estas inversiones, el Estado les otorga a las empresas estabilidad jurídica y beneficios extraordinarios en tres áreas clave: fiscal (pagan menos impuestos), aduanera (no pagan aranceles por importar o exportar) y cambiaria (libertad para manejar las divisas).
Los ejes del costo fiscal
El análisis del CEPA destacó que el componente de mayor peso, en la pérdida de recaudación, es el diferencial en el Impuesto a las Ganancias, que genera una renuncia de US$545 millones anuales. Mientras el régimen general para sociedades es del 35%, el RIGI lo reduce al 25%, e, incluso, al 15% bajo el nuevo «SuperRIGI«.
Otros beneficios que componen el costo fiscal incluyen:
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Derechos de exportación resignados: representan unos US$107 millones anuales, afectando, principalmente, a la minería de litio y plata.
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Exención de aranceles de importación: los vehículos de proyecto no pagan impuestos por ingresar bienes de capital, e insumos.
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Fase de construcción: entre 2025 y 2028, se estima un costo de US$430 millones por año, concentrado en la devolución de IVA, y exenciones aduaneras.
Frente a estas estimaciones, el Ejecutivo sostiene, en sus informes ante el Congreso, que «no hay afectación al equilibrio fiscal«. El argumento oficial es que el Presupuesto «no contempla ingresos provenientes de las actividades económicas generadas en el marco del RIGI«, con lo cual, según el Gobierno, no hay afectación alguna al equilibrio fiscal.
El rol dominante de YPF
A la fecha, el Estado Nacional ha aprobado 12 proyectos bajo este régimen, los cuales suman una inversión comprometida de US$26.680 millones. Estas iniciativas abarcan sectores estratégicos como hidrocarburos, minería (litio, cobre, oro y plata), energías renovables, siderurgia, e infraestructura.
YPF es el actor central del esquema. La compañía de bandera tiene participación directa, o protagónica, en proyectos que concentran el 68,5% de la inversión total aprobada, lo que equivale a US$18.267 millones. Entre estos, se destacan el oleoducto Vaca Muerta Sur, y la planta de licuefacción de GNL impulsada por Southern Energy.
¿Inversiones nuevas o beneficios a proyectos existentes?
El informe de CEPA, difundido por la Agencia Noticias Argentinas, cuestionó la efectividad del RIGI para atraer capitales genuinamente nuevos. Según el relevamiento, al menos 7 de los 12 proyectos aprobados ya habían sido anunciados, o contaban con avances significativos, antes de la sanción de la Ley Bases.
Casos como el parque solar El Quemado, el proyecto Rincón de Litio de Río Tinto, o el yacimiento Los Azules, ya estaban en carpeta, o en etapa de evaluación técnica, mucho antes de la existencia del régimen.
Al respecto, desde CEPA indicaron que “esto sugiere que el RIGI no está generando, necesariamente, inversiones nuevas, sino otorgando beneficios fiscales, aduaneros, y cambiarios extraordinarios, a proyectos que, probablemente, se hubieran desarrollado de todos modos”.
Fuente: Agencia Noticias Argentinas (NA).
Primicias Rurales
May 13, 2026 | Actualidad, Economía / Economía del Agro
La organización gremial acusa al Gobierno de congelar la paritaria mediante trabas administrativas. Aseguran que el sueldo de los peones no puede ser la variable de ajuste.
Buenos Aires, martes 13 mayo (PR/26) — La Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (UATRE), el sindicato que representa a los peones y empleados del sector agrario en todo el país, denunció que la Secretaría de Trabajo mantiene frenada la validación de sus nuevos salarios.
Según el gremio, el aumento fue acordado con los empleadores hace 45 días, pero la falta de firma oficial impide que se liquide.
El secretario general de la entidad, José Voytenco, señaló que esta demora genera un atraso salarial crítico para las familias que viven de la tierra.

El dirigente vinculó esta parálisis con la reciente reforma laboral, afirmando que los cambios legales han vuelto «difícil lo que antes era simple», perjudicando directamente al personal de prestación continua.
La preocupación central radica en que el sueldo de un peón general debería alcanzar hoy los $1.093.693,62, pero la falta de homologación por parte del secretario Julio Cordero lo impide.
Desde la UATRE sostienen que los trabajadores no pueden seguir esperando frente a una burocracia que ignora el aumento del costo de vida.
Para el sindicato, es inaceptable que mientras el sector registra altos niveles de actividad, quienes ponen el cuerpo en el campo sufran un atraso estructural.
Advirtieron que los trabajadores destinan sus ingresos exclusivamente a necesidades básicas y exigieron que el Estado despierte del «sueño de los justos» para garantizar el cobro de lo pactado.
Primicias Rurales
Fuente: UATRE / IA
Abr 27, 2026 | Actualidad, Columnas
El análisis de Sergio Mammarelli cuestiona la vigencia del dogma económico frente a la realidad social en el tercer año de gestión de Milei. La columna advierte sobre el riesgo de priorizar el equilibrio fiscal si éste no se traduce en bienestar palpable para la mayoría de los argentinos.
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Buenos Aires, lunes 27 abril (PR/26) — Hay una frase que atravesó la política moderna como hace un tiempo atrás: “It’s the economy, stupid”. Fue brutal, simple y eficaz.
Le ganó una elección a un presidente en ejercicio y ordenó décadas de pensamiento político. Pero como toda verdad contundente, también envejece. Hoy intentaremos trasladarla al gobierno de Milei y ver cuánto puede mantener su vigencia puesto que en la Argentina de hoy pareciera que nos obliga a reescribirla en estos términos: Ya no alcanza con decir “es la economía”.
Si uno escucha al Gobierno, la respuesta parece ser a favor de la frase. Se bajó la inflación. Se ordenaron las cuentas. Se eliminó el déficit. Se terminó con la mentira estructural del gasto financiado con emisión. Por fin, tenemos un programa que es coherente. Incluso, para muchos economistas, necesario.
Sin embargo, si uno baja a la calle y habla con una empleada, un jardinero, un comerciante, un pequeño productor o cualquier profesional independiente aparece otra economía. Una economía que no se mide en puntos de inflación sino en angustia. Una economía donde el salario alcanza menos, el trabajo escasea más y el futuro se volvió un terreno incierto.
Es allí donde apareció la grieta real. No la ideológica. No la partidaria. La grieta verdadera es entre la macro que cierra y la vida que no cierra.
El reciente análisis aparecido en “The Wall Street Journal” sobre el gobierno de Javier Milei es interesante precisamente por eso. No es una crítica militante ni una defensa cerrada. Es algo más incómodo: una advertencia. El artículo reconoce los logros, pero señala el problema. Las reformas avanzan, pero chocan con la realidad social. El orden fiscal aparece, pero el bienestar no. La estabilidad macro se insinúa, pero el malestar cotidiano crece.
Y de esta forma deja de ser un detalle técnico para transformarse en un problema político de fondo porque la economía, en democracia, no se valida en dogmas o discursos, sino que se valida en la percepción de la sociedad.
Lo expuesto quiere decir que un gobierno puede tener razón en términos económicos y aun así perder legitimidad. A esto apunta este editorial.
Ese es el riesgo que empieza a asomar en el tercer año de mandato de Milei. Aun cuando durante décadas, la Argentina vivió del otro lado del espejo, donde se expandía el gasto, se sostenía el consumo artificialmente, se escondía el déficit y se compraba tiempo con inflación lo cierto es que era una ficción, pero era una ficción que la gente sentía como realidad.
Hoy ocurre precisamente lo inverso. Se corrige la ficción, pero la realidad se vuelve más dura que nunca. Y aparece la pregunta inevitable que se hacen todos los analistas políticos e incluso económicos en la actualidad: ¿cuánto tiempo puede sostenerse un programa económico que no mejora la vida de la mayoría?
Un sector importante de la sociedad votó este cambio no por convicción absoluta, sino por hartazgo. No eligió tanto un modelo como rechazó el anterior. Fue un voto prestado. Y los votos prestados tienen una característica peligrosa: no se renuevan automáticamente. Si la mejora no llega, el crédito se agota.
Es precisamente ahí donde la frase de los noventa queda vieja. No alcanza con decir “es la economía”. Hay que explicar qué economía. Porque una inflación más baja es una condición necesaria, pero no suficiente. El equilibrio fiscal es una herramienta, no un resultado en sí mismo. Y un país no es exitoso porque cierre sus cuentas, sino porque abre oportunidades.
La historia argentina —y no sólo la argentina— está llena de programas económicamente correctos que fracasaron políticamente. No porque estuvieran mal diseñados, sino porque no lograron construir una transición soportable.
Ese es el desafío central, y no se trata de volver atrás. No se trata de reivindicar el desorden. No se trata de negar que había un problema estructural gravísimo. Se trata de algo más complejo: ordenar sin destruir, ajustar sin expulsar, estabilizar sin asfixiar. Y es lógico, porque si el costo del orden es una sociedad exhausta, el orden mismo se vuelve inestable.
Y lo peor, en este escenario, es el riesgo más grande de todos: que el péndulo vuelva a moverse. La Argentina tiene una larga tradición de errores pendulares. Varias veces ha pasado del descontrol al ajuste brutal, del populismo al shock, de la expansión irresponsable al recorte indiscriminado. Y en ese movimiento, nunca construye un camino sostenido.
Hoy estamos otra vez en ese punto de inflexión. La diferencia es que esta vez el diagnóstico es más claro que nunca. Sabemos lo que no funciona y además sabemos lo que no debe volver. Sin embargo, todavía no sabemos —o no vemos— lo que sí puede funcionar para la mayoría.
Milei debe entender de una vez por todas que su éxito no es bajar la inflación, no es alcanzar el déficit cero, no es ordenar la macro. Es convertir ese orden en bienestar. Si no lo logra, todo el esfuerzo será percibido como un sacrificio sin sentido. Por eso, la frase debería reescribirse para esta Argentina: No es la economía, estúpido. Es la vida.
Ningún argentino vota teorías. Vota lo que siente cuando llega a fin de mes. Y si ese sentimiento no cambia, no hay programa económico que sobreviva.
Lo peor ya pasó: anatomía de una promesa incumplida.
Veamos la siguiente cronología:
Diciembre 2023 – Asunción: Arranque del experimento. Diagnóstico catastrófico, herencia devastada, y la promesa implícita: el dolor es transitorio, el rebote será histórico.
12 de junio de 2024 – ExpoEFI – Javier Milei: “Lo peor ya pasó. La economía tocó un piso”.
14 de agosto de 2024 – Council of the Americas – Javier Milei: insiste en que “lo peor ya pasó”. Ya cuando una frase necesita repetirse tanto, deja de ser diagnóstico y empieza a ser mantra.
Septiembre 2024 – TV (Susana Giménez), Javier Milei: “De acá para adelante solo quedan buenas noticias”.
9 de octubre de 2024 – Entrevista LN+, Luis Caputo: “Lo peor ya pasó y hoy ya podemos empezar a mostrar resultados”. Ahora se agregó el Ministro validando el relato.
7 de noviembre de 2024 – Declaración oficial, Javier Milei: “La recesión terminó”. Casi un acta de defunción de la recesión, pero sin velorio estadístico.
11 de noviembre de 2024 – Evento Ualá, Javier Milei: “El país entra en su mejor momento de los últimos 100 años”. Aquí frente el presente duro, se lo reemplaza por un futuro épico.
10 de diciembre de 2024 – Cadena nacional (1 año), Javier Milei: “Hemos dejado atrás lo peor”. El problema es que nada cambia.
20 de diciembre de 2024 – Bolsa de Córdoba, Javier Milei: “Proceso vertical de recuperación” y economía que “despega”.
30 de abril de 2025 – EFI 2025, Javier Milei: “Ahora es el momento de crecer”.
20 de mayo de 2025 – AmCham, Luis Caputo: crecimiento “por arriba del 6%” y Argentina como “ejemplo en 20 años”.
15 de septiembre de 2025 – Cadena nacional, Javier Milei: otra vez “lo peor ya pasó”.
13 de noviembre de 2025 – UIA, Luis Caputo: Argentina será el país que más crezca en los próximos 30 años.
3 de marzo de 2026 – Córdoba, Luis Caputo: “Futuro spectacular” y liderazgo global en crecimiento.
5 de marzo de 2026 – Mendoza, Luis Caputo: nivel de inversión “nunca visto” en 4 años.
14 de abril de 2026 – AmCham, Luis Caputo: los próximos 18 meses serán los mejores en décadas.
Según el oficialismo, la economía vive en un eterno amanecer: el sol está por salir, siempre. Sin embargo, es reiteración sin anclaje verificable. Cuando “lo peor ya pasó” se repite tres, cuatro, cinco veces, deja de ser un dato y pasa a ser un recurso narrativo.

El milagro invisible
Toda esta narrativa encierra una hipótesis mucho más incómoda que la de un gobierno exagerando logros: y es que efectivamente crea que ya cumplió. Que el “milagro económico” no sea una promesa incumplida, sino una realidad consumada.
Si fuera así, Javier Milei no estaría anunciando el futuro: estaría describiendo el presente. Y si insiste en que “lo peor ya pasó” no es porque se equivoca en el timing, sino porque, desde su marco conceptual, el problema ya fue resuelto. En este caso estamos en el verdadero riesgo. No el error, sino el dogma.
Al igual que le ocurrió al Kirchnerismo, cuando una política se vuelve dogmática, deja de necesitar validación empírica. Funciona al revés: si los datos o la percepción social no acompañan, entonces lo que falla no es la política sino la sociedad. No es que el salario no alcanza: es que la gente “no entiende”. No es que la recuperación no se siente: es que “todavía no la ven”.
Si uno escucha atentamente al Presidente, el Gobierno ya ganó. La Argentina ya es —en su propia narrativa— el mejor país de su historia reciente. Y si los argentinos no lo perciben, el problema pasa a ser casi moral: no lo ven, no lo valoran, no lo agradecen. El desplazamiento es sutil pero profundo. La economía deja de ser un campo de resultados para convertirse en un campo de fe. Dicho de otro modo, no es solo optimismo reiterado. Es algo más sofisticado: un modelo donde el éxito no se mide por sus efectos, sino por su coherencia ideológica.
Milei viene proclamando el “inicio del mayor crecimiento de la historia argentina” desde antes de asumir. No es casualidad ni descuido retórico: es un recurso deliberado. La fórmula funciona como profecía autocumplida discursiva, una manera de fijar expectativas y, sobre todo, de desplazar el eje del debate desde el presente (recesión, caída del consumo, destrucción de empleo formal, pérdida del poder adquisitivo de jubilados) hacia un futuro siempre inminente pero nunca auditable.
Es el mismo mecanismo de “el año que viene crecemos” que usaron Menem en el 95, Macri con el “segundo semestre” y, en otra escala, cualquier gobierno que necesita comprar tiempo político. La diferencia es que Milei lo eleva a liturgia.
El programa libertario muestra resultados mixtos —baja de la inflación mensual, superávit fiscal, cierto reordenamiento cambiario— y costos muy visibles —caída del salario real, aumento de la pobreza en 2024, retracción industrial, conflicto con universidades, jubilados, ciencia—. Lo que está fracasando no es necesariamente el diagnóstico (el desequilibrio fiscal y monetario era real), sino la pretensión dogmática de que el mercado por sí solo, sin Estado articulador, va a generar una recuperación con derrame.
La evidencia empírica argentina y comparada (Chile post-1982, el propio Menemismo, incluso la experiencia de ajustes europeos post-2010) muestra que sin política productiva, sin inversión pública estratégica y sin mecanismos de redistribución, el crecimiento —cuando llega— es concentrado y excluyente.
Mientras Milei mantenga el monopolio del relato anti-casta y la oposición no construya una alternativa creíble, la disonancia entre discurso y realidad material se procesa como “costo necesario” o “culpa de la herencia”. El punto de quiebre suele llegar cuando tres cosas coinciden: el deterioro material toca a las clases medias que lo votaron, aparece un liderazgo opositor con densidad, y algún hecho simbólico rompe el encanto. Ninguna de las tres está madura todavía, pero la primera empieza a asomar fuertemente.
Si el milagro ya ocurrió, pero nadie lo nota, el problema deja de ser económico. Pasa a ser perceptivo. Y gobernar, entonces, ya no es mejorar la realidad sino corregir a quienes no la ven: una Argentina que se está transformando en Kuka.
Primicias Rurales
Abr 22, 2026 | Actualidad, Columnas
El fin del modelo industrial y el giro hacia una economía de enclave: un análisis profundo sobre la apuesta de Javier Milei por el extractivismo, el desmantelamiento del Estado y los riesgos de una transición que ignora los tiempos sociales y la geografía del país.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Buenos Aires, miércoles 22 abril (PR/26) — Hay algo profundamente fascinante —y peligrosamente ingenuo— en el experimento argentino actual: la convicción de que se puede desarmar un país en tiempo real y volver a armarlo mientras la gente sigue viviendo adentro.
El modelo histórico argentino —ese híbrido entre la fábrica del conurbano y la renta del campo— ha llegado a su fin. Y no porque alguien haya decidido clausurarlo, sino porque el mundo cambió. La industria fordista murió, la automatización avanzó y la inteligencia artificial terminó de empujar al viejo esquema productivo a una jubilación forzada. Hasta ahí, el diagnóstico.
El problema empieza cuando la solución se parece demasiado a una apuesta.
El fin de un país que funcionaba (más o menos)
Durante más de medio siglo, el Peronismo —con sus múltiples mutaciones— sostuvo un modelo que, con todas sus distorsiones, tenía una lógica: integrar socialmente a través del trabajo industrial financiado por el campo.
No era perfecto. Era inflacionario, corporativo, a veces ineficiente. Pero tenía una virtud central: ordenaba la sociedad. Hoy eso ya no existe.
El conurbano dejó de ser una máquina de producir empleo y se convirtió en una máquina de administrar pobreza. La industria nacional, atrapada entre la competencia global y su propia falta de escala, ya no puede cumplir el rol de absorción masiva de mano de obra. Y el Estado, que antes lubricaba el sistema, ahora está en retirada.
El dato estructural es brutal: un tercio de los argentinos vive en apenas el 0,5% del territorio -el AMBA-. No es un país: es una anomalía geográfica con pretensiones de nación.
Milei y la lógica del reemplazo: menos Estado, más subsuelo
Javier Milei no intenta arreglar ese modelo. Intenta reemplazarlo. Y lo hace con una lógica que, en términos estrictamente económicos, no es absurda:
pasar de un esquema basado en consumo interno e industria protegida a otro sustentado en exportaciones primarias de alto valor: energía, minería y agro.
En otras palabras: de la fábrica al pozo. Del obrero al geólogo y del conurbano a la cordillera.
El nuevo mapa productivo ya está dibujado:
- Neuquény Vaca Muerta como epicentro energético
- Río Negro como nodo logístico
- San Juan, Catamarca y Jujuy como promesa minera.
El resto del país… bueno, el resto del país queda en veremos.
El gran problema: esto no es Excel, es sociedad
El modelo puede cerrar en una planilla. Pero la Argentina no es una planilla.
Hay tres preguntas que el Gobierno evita responder:
- ¿Quién absorbe el empleo que desaparece?
- ¿Cómo se produce la migración desde el conurbano al interior?
- ¿Cuánto tiempo lleva ese proceso?
Y hay una cuarta, más incómoda aún: ¿Qué pasa mientras tanto?
Porque el petróleo y la minería no son intensivos en mano de obra. No generan millones de empleos. Generan dólares. Y ahí aparece la primera gran contradicción del modelo: puede estabilizar la macroeconomía sin resolver la estructura social. Todo lo contrario que hizo el Peronismo en 70 años.
La Argentina de dos velocidades (y veinte provincias descartables)
El Gobierno parece haber decidido que hay provincias viables… y provincias prescindibles. No es una declaración explícita. Es algo más sofisticado: una omisión sistemática.
Mientras se promueve el RIGI y se seduce al capital extranjero, no hay una política clara para reconvertir las economías regionales. No hay incentivos reales para la relocalización poblacional. No hay infraestructura suficiente. No hay planificación territorial. Hay, en cambio, una lógica implícita:
“Si las provincias no funcionan, que se arreglen solas.” Esto no es federalismo.
Es darwinismo fiscal.
Política sin territorio: el algoritmo como nuevo puntero
En paralelo, ocurre otro fenómeno igual de disruptivo:
la política dejó de ser territorial. Fue reemplazada por “la era de la rabia y el algoritmo”. Dicho de otro modo:
- Los partidos tradicionales colapsaron
- El Radicalismo se volvió irrelevante
- El Peronismo mutó en nostalgia organizada
Hoy, el único actor nacional real es el oficialismo. Y no necesita estructura territorial. Le alcanza con redes sociales.
La consecuencia es profunda: el poder ya no se construye desde el territorio, sino desde la narrativa.
La estabilidad como anestesia
Históricamente, los gobiernos caen por tres razones:
- desempleo
- aumento de alimentos
- aumento del transporte
El Gobierno lo sabe. Y actúa en consecuencia.
- Tolera la informalidad como válvula de escape
- Sostiene la AUH como contención mínima
- Administra subsidios clave
- Y, sobre todo, baja la inflación como bandera política
Esto último es clave. Porque en Argentina la inflación no genera revoluciones.
Genera desgaste. Y Milei entendió algo que muchos subestimaron:
la estabilidad vale más que el crecimiento en el corto plazo.
El factor tiempo: el verdadero enemigo
Acá está el núcleo del problema. Todo el modelo depende de algo que no se puede decretar: el tiempo.
- Tiempo para que lleguen inversiones
- Tiempo para que maduren los proyectos
- Tiempo para que se generen empleos
- Tiempo para que la sociedad se adapte
Pero hay algo que no espera: la paciencia social.
Para ser más crudo: “la apuesta tiene un enemigo difícil de vencer: el tiempo.” Y en política, el tiempo no es lineal. Es electoral.
El antecedente olvidado
Cuando Raúl Alfonsín pensó en trasladar la capital, entendía algo que hoy parece ausente: la geografía importa. No era una locura. Era un intento de redistribuir poder, población y desarrollo.
Hoy el desafío es mucho mayor. No se trata de mover una capital. Se trata de reconfigurar un país entero. Y eso no se logra solo con equilibrio fiscal.
El contexto internacional: cuando el mundo no ayuda
El modelo tampoco juega en cancha propia.
- Volatilidad del precio del petróleo
- Tensiones geopolíticas
- Guerra comercial
- Capitales más selectivos
Incluso la necesidad de apoyo externo —como el guiño de Donald Trump— muestra que la autonomía del proyecto es relativa.
El mundo no está esperando a la Argentina. La Argentina está esperando al mundo.
La paradoja final
Y así llegamos al corazón del dilema:
El modelo puede funcionar… pero no necesariamente para todos.
Puede generar dólares.
Puede estabilizar precios.
Puede ordenar la macro.
Pero al mismo tiempo:
- puede profundizar desigualdades territoriales
- puede dejar millones fuera del sistema productivo
- puede fragmentar aún más la estructura social
Es, en esencia, un modelo eficiente… pero selectivo.
La pregunta que nadie quiere responder
La historia argentina está llena de modelos que funcionaron… hasta que dejaron de funcionar.
El Peronismo construyó uno que duró 70 años. Este nuevo intento todavía no cumplió tres. La diferencia es que antes el problema era cómo sostener un modelo agotado. Hoy el problema es cómo llegar a uno que todavía no existe.
Y entonces queda flotando una pregunta incómoda, casi insolente:
¿Y si el problema no es el modelo… sino la transición?
Porque transformar un país no es solo una cuestión económica. Es, sobre todo, una cuestión de tiempos humanos. Y la Argentina —esa sociedad acostumbrada a sobrevivir a todo— tal vez tolere el ajuste, la incertidumbre y la espera…Pero hay algo que nunca toleró demasiado bien: la sensación de que el futuro siempre está por llegar…y nunca termina de empezar.
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