Hoy 14 de abril celebramos a Santa Liduvina Virgen, patrona de quienes sufren enfermedades crónicas

Hoy 14 de abril celebramos a Santa Liduvina Virgen, patrona de quienes sufren enfermedades crónicas

Liduvina tuvo una vida particularmente especial y dura: padeció una grave enfermedad que la acompañó por décadas, dejándola postrada y sufriendo un deterioro paulatino de sus capacidades físicas. Se cree que el suyo es el primer caso de esclerosis múltiple de la historia que ha sido registrado.

A pesar de su dolorosa situación, Liduvina no sólo no perdió la fe, sino que aprovechó sus circunstancias como peldaños para elevar su alma a Dios. Incontables gracias le concedió el Señor, así como a muchas personas a través de ella en virtud a su paciencia, su oración constante y, principalmente, a su corazón generoso, amante del Señor.

La Iglesia Católica la considera patrona de quienes padecen enfermedades crónicas.

Al lado del Señor todo se hace posible

Liduvina nació en Schiedam, Güeldres (hoy Holanda, Países Bajos), el 18 de abril de 1380, en el seno de una familia humilde. Sufrió un accidente a muy temprana edad que dañó severamente su columna vertebral. Abundan las razones para pensar que las secuelas del accidente provocaron otro tipo de dolencias que, a la larga, se hicieron crónicas y que fueron recrudeciendo con el tiempo.

El peso del dolor

Liduvina también pasó por largos periodos de tristeza que la llevaron a cuestionar cómo era posible que Dios permitiese que se encuentre en ese estado. Un día conoció al nuevo párroco de su pueblo, un santo sacerdote, el Padre Pott, quien le enseñó que Dios siempre “ama más a sus hijos que más sufren”. El Padre Pott le obsequió un crucifijo y le pidió que recuerde constantemente que Jesús estuvo en la cruz, y que se mire a sí misma a través de ese “espejo”, pues estaba convencido de que “el sufrimiento podía llevarla a la santidad”.

Aunque no se pueda ver la luz al final del túnel

Al cumplir los 38 años comenzaron los episodios marcados por dolores en todo el cuerpo, desde la cabeza hasta los pies -además, brotaron las primeras señales de lo que posteriormente se convertiría en una extensa llaga en la espalda-. Pero, para entonces, Liduvina había conquistado ya una serena alegría y una silente paz, al saberse amada en todo momento por el Buen Jesús. En sus últimos años de vida, dada la dificultad para tragar alimentos, la Sagrada Comunión se convirtió en su único sostén, tal y como lo certifica un documento de 1421, firmado por las autoridades civiles de Schiedam doce años antes de su muerte.

La victoria final es de Cristo

El 14 de abril de 1433, día de Pascua, la santa se hallaba en oración cuando tuvo una visión de Cristo administrándole el Sacramento de la Unción de los Enfermos. Unos minutos después de dar testimonio de lo que había visto, expiró. Lo último que alcanzó a pedir, con mucha dificultad, fue que su casa se convirtiera en un hospital para los pobres.

Poco tiempo después de su muerte, su tumba se convertiría en lugar de peregrinaje, y un año más tarde se empezó a construir una capilla sobre ésta.

Si deseas conocer más sobre la vida de Santa Liduvina, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Liduvina.

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Fuente: Aciprensa

Hoy celebramos a San Pedro Canisio, a quien debemos uno de los versos del Avemaría

Hoy celebramos a San Pedro Canisio, a quien debemos uno de los versos del Avemaría

Su nombre de pila fue Pieter Kanis. Nació en Nimega, Países Bajos, en 1521. Estudió en Colonia (Alemania) y a los 19 años obtuvo el título de “Maestro en Artes” -algo similar al bachillerato actual-. Luego, con el propósito de complacer a su padre, empezó a estudiar derecho canónico.

Sin embargo, tras realizar los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, bajo la dirección del Padre Pedro Fabro SJ, se sintió atraído por la vida religiosa y pidió ser admitido en la Compañía. Así, Canisio, hizo sus votos, permaneciendo en Colonia, donde pasó los primeros años de su formación religiosa.

“Martillo de los herejes”

 

A San Pedro Canisio se le recuerda por su discurso amable, profundo e incisivo; tanto como por su elocuencia y claridad. Siempre destacó por el rigor de su argumentación. Gustó mucho del debate y de la refutación apologética; por eso algunos le empezaron a llamar “el Martillo de los Herejes” -no porque fuese agresivo, intolerante, o, como dicen hoy, un ‘odiador’-. T

odo lo contrario, el sobrenombre lo adquirió por su habilidad para salir victorioso de toda discusión doctrinal, y evidenciar la falta de verdad de sus ocasionales oponentes. Sus debates en los claustros universitarios -espacios que la mayoría de universidades de hoy no cultivan- lo convirtieron en uno de los católicos más influyentes de su época.

Los tiempos en los que vivió este gran santo fueron los de la revuelta protestante y sus tristes consecuencias para la unidad del cristianismo. Canisio estaba convencido de la importancia de recuperar terreno frente al avance del protestantismo, tarea que exigía fortalecer la recta enseñanza de la doctrina católica. En ese empeño supo mantenerse dentro de los límites del respeto y la caridad, y dar ejemplo a quienes quieren apartar a las almas del error.

Decía el santo: “No hieran, no humillen, pero defiendan la religión con toda su alma”.

También rechazó que a personajes como Calvino o Melanchthon se les responda con insultos y diatribas: “Con palabras así no curamos a los pacientes, por el contrario, los hacemos incurables”. Quizás, por eso, no sea un error pensar que Canisio, más que un “martillo de los herejes”, fue “martillo de las herejías”.

En sus treinta años de incansable labor misionera, San Pedro Canisio recorrió treinta mil kilómetros atravesando Alemania, Austria, Holanda e Italia.

Tenía una especial capacidad para sintetizar las enseñanzas de los teólogos y presentarlas de manera sencilla para que todos pudiesen entender. Redactó hasta tres catecismos, uno de los cuales llegó a tener 200 ediciones y fue traducido a 24 idiomas. En Alemania -epicentro de la Reforma- su texto se hizo tremendamente popular. Por esto se le considera pionero de la prensa católica.

A la par, colaboró con la formación sacerdotal e impulsó la construcción de nuevos seminarios para los futuros sacerdotes. Esto le valió que lo llamen «el Segundo Apóstol de Alemania», siendo San Bonifacio a quien se considera ‘el primero’.

San Pedro Canisio participó en varias sesiones del Concilio de Trento como parte integrante de la Contrarreforma. Fue un gran promotor de la lectura, consciente de que los buenos libros fortalecen la experiencia de la fe. Entre sus iniciativas más interesantes estuvo la formación de una asociación de escritores católicos.

Canisio: quien ama a Jesús, ama a María

San Pedro Canisio, hombre de profundo amor a la Virgen -a quien defendió en todas las arenas-, murió el 21 de diciembre de 1597, después de haber terminado de rezar el Santo Rosario con sus hermanos. En su agonía alcanzó a decir: «¡Mírenla, ahí está! ¡Ahí está!», en alusión a la Santísima Virgen María, quien, por el gesto y palabras del santo jesuita, se le había presentado para acompañarlo al cielo.

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Fuente: Aciprensa