En el noroeste de Córdoba, el INTA y el gobierno provincial prueban una fórmula que parecía imposible: producir más carne sin destruir el bosque. Si funciona, podría replicarse en todo el país.
Buenos Aires, lunes 8 de junio (PR/26)–En el departamento de Pocho, entre dos parques naturales y bajo el sol del Chaco árido, un campo en Chancaní se convirtió en el escenario de una apuesta que mezcla ciencia, ganadería y conservación.
El INTA Regional Córdoba y la Secretaría de Ambiente de la provincia pusieron en marcha allí un proyecto piloto que busca demostrar algo que muchos productores todavía dudan: que se puede criar ganado sin arrasar el monte nativo.
La iniciativa no surgió de la nada. Se enmarca en el Proyecto de Pagos por Resultados REDD+, financiado por el Fondo Verde del Clima e implementado con apoyo de la FAO. Argentina accedió a esos fondos luego de certificar una reducción de 18 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente entre 2014 y 2016 —un mérito ambiental que abrió las puertas a la inversión internacional.
La meta ahora es reducir 10 millones de toneladas adicionales, y el manejo del bosque nativo es clave para lograrlo.
El bosque como aliado, no como obstáculo
El enfoque se llama Manejo de Bosques con Ganadería Integrada (MBGI) y fue desarrollado por el INTA a partir de 2015. La idea central es que el monte nativo y la actividad ganadera no tienen por qué ser enemigos. «La propuesta apunta a integrar la ganadería con prácticas de bajo impacto, buscando una sinergia entre la producción de carne y el mantenimiento del monte nativo», explicó Torcuato Tessi, investigador del INTA Manfredi y coordinador del equipo técnico del proyecto.
El MBGI trabaja sobre zonas clasificadas como categoría amarilla dentro de la Ley de Bosques, es decir, áreas donde se permite el uso productivo siempre que se respeten criterios de conservación. Son precisamente esas zonas las que concentran la mayor tensión entre quienes producen y quienes cuidan el ambiente.

A nivel nacional, el programa prevé 92 planes de manejo orientados a pequeños y medianos productores ganaderos.
Un mapa del campo antes de tocar nada
Antes de cualquier intervención, el equipo técnico —integrado por ingenieros agrónomos, forestales y biólogos— realiza un relevamiento exhaustivo del establecimiento. El objetivo es entender qué tiene ese campo: dónde el monte está más intacto, dónde el suelo está degradado, dónde conviene implantar pasturas y dónde es mejor no tocar nada.
«Primero hacemos un relevamiento del predio y definimos ambientes: dónde conservar más y dónde priorizar intervenciones como la implantación de pasturas», detalló Tessi.

Esa lectura del territorio es lo que permite diseñar un sistema inteligente. Los potreros y las rotaciones permiten decidir cuándo y cómo usar los animales en cada sector. En zonas de alto valor ecológico, el pastoreo se usa de forma estratégica y acotada —apenas para bajar la carga de biomasa combustible y reducir el riesgo de incendios—, sin afectar los renovales del bosque. En sectores con suelos pobres o degradados, en cambio, se avanza con pasturas implantadas orientadas a la producción.
«Hay formas de compatibilizar ambas cosas», aseguró Tessi.
Producir más para que conservar valga la pena
El corazón del proyecto no es solo técnico: es también económico y humano. «Necesitamos que el campo produzca más de lo que produce hoy, para que el productor viva mejor y para que conservar no sea un costo extra, sino parte del sistema», resumió Tessi con una claridad que dice todo.

Ese es el nudo del asunto. Si el monte nativo implica una pérdida para quien trabaja la tierra, difícilmente se conserve. Pero si el sistema bien manejado rinde más —en uno de los ambientes más exigentes de la provincia—, entonces la ecuación cambia. El rodeo alterna entre áreas de conservación y sectores productivos, aportando cobertura al suelo y mejorando los índices del sistema en su conjunto.
Diez años de plan, con respaldo internacional
El equipo tiene un año para formular el plan de manejo completo, con especificaciones técnicas y un horizonte de diez años de implementación. También se contemplan las inversiones necesarias para llevarlo adelante.
Una vez listo, el plan pasa por una doble validación: primero lo revisa la Secretaría de Ambiente de Córdoba, y luego la FAO habilita los fondos para su ejecución. El equipo técnico del INTA no desaparece después de esa aprobación: sigue acompañando la implementación como responsable del monitoreo del plan.
Si la experiencia de Chancaní demuestra lo que sus impulsores esperan, el campo podría convertirse en un modelo demostrativo de manejo de bosque para toda la región —y eventualmente replicarse en otras zonas de la provincia y del país.
«Creemos que es una oportunidad para ver el MBGI funcionando en Córdoba», cerró Tessi.

















