La política del cansancio ¿Puede una democracia funcionar cuando nadie quiere participar?

La política del cansancio ¿Puede una democracia funcionar cuando nadie quiere participar?

Por Sergio Marcelo Mammarelli
Comenzaría este editorial con un recuerdo. Hubo un día, en diciembre de 2001, en que miles de argentinos salieron a las calles con una consigna que parecía sintetizarlo todo: ¡Que se vayan todos! No uno solo, todos. Fue un grito que exigía la desaparición completa de la clase política. Fue más que un reclamo, fue un síntoma de agotamiento profundo con la democracia representativa, una declaración de que nadie merecía ya ejercer poder.

Buenos Aires, martes 20 de enero (PR/26) .- Nunca hasta ese momento, la legitimidad política se había desplomado de un plumazo. Esta vez, ni los militares gozaban de autoridad para animarse a su acostumbrada disciplina de un nuevo orden.

Veintitantos años después, la frase sigue resonando más como diagnóstico que como consigna: Ahora se la denomina “casta” y debemos destruirla. Y sin querer, ingresamos en una nueva etapa de la argentina, donde la democracia sigue, pero el entusiasmo ciudadano no.

El hartazgo como paisaje psicológico

Con esta introducción, observamos que, en Argentina, y en buena parte de América Latina, la democracia ya no inspira, sino que por el contrario desgasta. Las instituciones formales siguen existiendo, pero la relación entre ciudadanía y política está corroída por la apatía, el descreimiento y la ironía amarga. Según Latinobarómetro 2023-24, todas las instituciones básicas —partidos, Congreso, Poder Judicial, gobierno— están en niveles de baja confianza histórica, con partidos políticos prácticamente en el sótano y legislaturas que despiertan poca fe.

Pareciera incluso, que esta nueva moda, no es solo cuestión de “no gustar” sino que, en muchos casos, la gente ve la política como una maquinaria que funciona contra ellos mismos. La confianza en partidos y Congreso argentinos ronda porcentajes exiguos que parecen diseñados para un experimento sociológico más que para una democracia vibrante. En ese contexto, el clásico esquema democracia y participación se ha agrietado. La participación electoral puede sostenerse por tradición o por rutinas sociopolíticas, pero eso no significa que el sujeto político bajo ese esquema crea en el sistema. Hay una especie de participación zombificada: se vota porque hay que votar, no porque se crea que votar cambia algo.

Este desencanto con la política puede ser interpretado de dos maneras diferentes. Una como fracaso de las instituciones, incapaces de ofrecer soluciones reales. La otra, es un cambio cultural, un estado emocional de fatiga colectiva ante promesas incumplidas.

Todos los analistas políticos más destacados, afirman que Latinoamérica muestra que el apoyo a la democracia como sistema ha bajado considerablemente en la región desde 2010 (del 63% al 48% en 2023), mientras que quienes no prefieren ningún régimen aumentan de 16% a 28%. Eso no es un simple dato sociológico: es la prueba de que la cordura democrática está en oferta débil.

Este dato de la realidad es más que preocupante. No estamos hablando solo de desconfianza en los políticos sino de un desvinculamiento emocional con la idea misma de democracia representativa. Cuando la gente empieza a pensar que la democracia podría funcionar “sin Congreso”, como muestran algunas respuestas de Latinoamérica lo que brilla no es la creatividad política sino la irritación ante las mediaciones institucionales que supuestamente deberían canalizar demandas y solucionar problemas.

El yo cansado frente al nosotros constitucional

Hay una dimensión subjetiva de este cansancio que pocos análisis políticos abordan con honestidad. La democracia no se agota por falta de reglas, sino por falta de fe en las mediaciones. La política representativa se apoya en el principio de que electores y representantes están en un pacto de confianza mutua: vos me elegís, yo te represento. Cuando esa confianza se quiebra, la política se vuelve un trámite vacío.

Los ciudadanos quieren que se solucionen sus problemas, salarios, seguridad, servicios, justicia, pero no quieren implicarse en los circuitos donde esas soluciones se negocian. De golpe, todos nos transformamos en espectadores democráticos. Exigimos resultados, pero desde la tribuna, sin confiar en los jugadores.

El grito de “que se vayan todos” fue una explosión, pero hoy en día, esa misma lógica se hizo menos violenta y más silenciosa. Ahora es el voto blanco, el abstencionismo, la crítica ácida en redes sociales, la adhesión tibia a opciones que prometen externalizar la solución, como líderes fuertes, outsiders, rupturas radicales. Y lo peor, es que este fenómeno no es solo argentino, sino que invade a toda América Latina donde los ciudadanos muestran un patrón similar de desconfianza e indiferencia hacia las instituciones tradicionales y sus representantes.

El hartazgo no es antidemocracia… ¿o sí?

La confianza en gobiernos y otras instituciones en la región cayó hasta niveles alarmantes en muchos países. El desencanto no se limita a los gobiernos, sino que también abarca parlamentos, partidos y poderes judiciales, generando un contexto de desconfianza sistémica. Sin embargo, el apoyo a la democracia en términos abstractos creció ligeramente hasta el 52%, lo que muestra que la gente prefiere la democracia como concepto, pero no cree en quienes la encarnan.

En Argentina, solo el 17% confía en los partidos, y menos del 25% en el Congreso. La confianza en el presidente también es baja. A diferencia de otros países como Uruguay, donde ciertas instituciones aún gozan de respeto, Argentina atraviesa una crisis de representatividad más profunda, acompañada por la inflación crónica, los escándalos y la polarización crónica.

Todo este contexto, crea lo que podríamos definir un crecimiento de la participación vaciada: se vota, pero sin convicción, sin esperanza. Se elige desde el cansancio, desde la bronca. El resultado está a la visa. Emergen liderazgos que canalizan ese hartazgo en forma de rebelión anti institucional: figuras como Javier Milei son más síntoma que solución. Prometen terminar con el sistema desde adentro, borrar las mediaciones, refundarlo todo. Dicho de otro modo, la democracia funciona formalmente, pero sus ciudadanos están emocionalmente desvinculados.

El bienestar fatigado: cuando el éxito se convierte en carga

A mi humilde opinión, el cansancio democrático actual no surge del fracaso, sino del éxito inconcluso del Estado de Bienestar.

Las sociedades alcanzaron logros impensados en el siglo XX (salud, educación, seguridad social, consumo), pero una vez alcanzados, comenzó la fatiga de sostenerlos, especialmente cuando el contexto económico y político ya no permite expandirlos sin conflictos. La humanidad, nunca creció tanto ni consolidó tantos valores, bienestar o derechos como en todo el Siglo XX. Sin embargo, este proceso generó en forma paralela una reacción ambigua: el ciudadano defiende lo conseguido, pero no quiere comprometerse activamente para sostenerlo o actualizarlo.

Esa lógica conservadora del bienestar es lo que observamos a diario en toda la sociedad actual occidental: que no me lo toquen, pero tampoco me pidan que participe para cuidarlo.

De este modo y en forma paradójica, parte de este cansancio ciudadano puede explicarse por el éxito —no el fracaso— del siglo XX. El Estado de Bienestar, esa construcción colectiva que brindó educación, salud, trabajo formal y movilidad social, generó condiciones de vida que nunca antes se habían alcanzado. Pero ese proceso, en lugar de consolidarse, empezó a deshilacharse con las crisis económicas, el endeudamiento crónico y las nuevas formas de desigualdad. Y la reacción no fue una mayor implicación cívica, sino una mezcla de bronca y nostalgia: Así aparece el síndrome del “usuario enojado del sistema”. Exigimos que funcione, pero sin asumir los costos políticos, fiscales o sociales de su sostenimiento.

En ese marco, el descreimiento democrático crece no porque el sistema haya sido siempre fallido, sino porque ya no entrega lo que prometía, y la ciudadanía ya no cree posible volver a conquistarlo colectivamente. La democracia, entonces, se convierte en una estructura vacía: todos queremos los beneficios, pero nadie quiere ser parte del proceso.

Conclusión: la democracia que nadie quiere… pero que necesitamos

La política del cansancio es una descripción precisa de un fenómeno real. Las instituciones existen, pero su legitimidad se desvanece. La gente sigue votando, pero sin creer. La indiferencia se disfraza de pragmatismo. Una democracia formal sin compromiso ciudadano real. Mientras más gente dice que la democracia “no sirve”, menos gente parece dispuesta a arreglarla desde adentro. Y así, terminamos con una democracia que nadie quiere realmente, pero que encima hay que defender.

El problema no es solamente que la democracia representativa está cansada: es que ya no hay nadie que le escriba cartas de amor.

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Primicias Rurales

 

 

En el reino del terror, la corrupción y la falta de libertad

En el reino del terror, la corrupción y la falta de libertad

Dos veces Nelson Castro estuvo en Venezuela, ambas en 2019. Recuerdos de una temporada bajo la opresión.

 

Buenos Aires, martes 13 enero (PR/25) — Dos veces estuve en la Venezuela de la dictadura chavista. Fue en 2019: la primera vez, a fin de marzo; la segunda vez, a fin de abril.

En marzo, para cubrir la crisis energética que dejó al país sin luz y sin agua durante días. En abril, a causa de la asonada contra el gobierno que fracasó.

Conocí la Venezuela democrática y opulenta. Había libertad y también había –lamentablemente– corrupción y desigualdad social.
En la Venezuela sojuzgada por el chavismo que viví durante esas dos coberturas había más corrupción y más pobreza y, lo que no había –ni hay hasta hoy– era libertad.

Tan sólo arribar al aeropuerto internacional de Maiquetía y observar a través de la ventanilla del avión el mal estado de la pista fue suficiente para tener un primer contacto con la decadencia experimentada por un país rico que supo ser floreciente.

Habiendo estado en Cuba en coberturas periodísticas en 2015 y 2016, las reminiscencias fueron inmediatas.

 

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El ‘loco dinamita’. | Pablo Temes

 

Pasar el control migratorio fue la comprobación del estado de opresión y falta de libertad reinantes. “Muéstreme por favor la carta de invitación”, me dijo con tono severo el funcionario que me atendió en medio de un salón semivacío del aeropuerto.
“No sabía que era necesario este requisito para ingresar al país”, respondí. Comenzó ahí un largo ida y vuelta y consultas del funcionario con un superior que duró una media hora. “Muéstreme la reserva de hotel”, fue el próximo pedido. Cuando se la mostré en mi celular, me interrumpió tajante: “Debe estar impresa”, me dijo. “No la tengo”, fue mi respuesta.
Vino otra media hora de consultas absurdas, que incluyó una llamada al hotel para que una empleada de recepción hablara con el funcionario para confirmarle que, efectivamente, la reservación era cierta.

Superada esta instancia, llegó el turno de la aduana. El equipaje fue sometido a un control especial –abrieron la valija– que llevó unos cuarenta minutos. Así, luego de casi dos horas pudimos ingresar a Venezuela. En el hall central del aeropuerto había unos veinte uniformados jóvenes con actitud intimidante que se paseaban de un extremo a otro del lugar.

En el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad era evidente la poca cantidad de vehículos que circulaban. En el centro de Caracas la situación era la misma. Y lo que me impactó fue el crecimiento de El Petare, la favela más grande de la ciudad.

Ya en el hotel, otra curiosidad: todos los empleados de la recepción hablaban en voz baja. Pronto sabría la razón: tenían miedo de ser escuchados por los agentes de inteligencia desplegados en el hotel.

“Tengan mucho cuidado con los celulares porque hay “ladrones” que se los roban dentro del lobby”, nos advirtieron los tres recepcionistas. El encomillado de ladrones es porque, en verdad, eran agentes de inteligencia que buscaban los celulares para obtener información que luego procesaba el poderoso y temible Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin).

A esta lista de agentes “encubiertos” –por llamarlos de algún modo– había que agregar a las mucamas y a los camareros del bar y del comedor. Fue una advertencia providencial que mucho agradecí.

El robo de los celulares se había transformado en el único objetivo rentable para los ladrones. Al día siguiente de ocurrido lo antes narrado, estando en el lobby del hotel se me acercó un joven de unos 20 años que, sin dudas, había detectado que era periodista.

“Quiero contarle lo que nos está pasando. A los que somos ladrones ‘profesionales’”, me dijo. “Tenemos un verdadero problema que afecta nuestro ‘trabajo’”, agregó para, a continuación, contarme algo surrealista: “Ante la falta de plata que hay en el país, ya no nos sirve entrar a las casas a robar televisores, electrodomésticos o joyas, porque no se las podemos revender a nadie. Para lo único que hay plata es para comprar celulares”.

Me quedé azorado. Parecía un relato extraído de la Macondo de Gabriel García Márquez. Luego me enteraría de que el cliente más importante de estos delincuentes es el Sebin. El ladrón no aceptó dar un reportaje televisivo ni siquiera de espaldas por temor a ser identificado. Solo estaba dispuesto a dar su testimonio a un medio gráfico.

La historia fue publicada día después por varios diarios. Uno de ellos fue The Wall Street Journal.

Negocios semivacíos, colas para comprar pan, leche y carne, un parque automotor vetusto, calles con el asfalto en mal estado, cortes de luz, falta de agua, transporte público obsoleto, viviendas deterioradas, concesionarias de autos vacías en las que solo se exhibían para su venta algunos pocos vehículos usados, informalidad por doquier, era el panorama que devolvía el recorrido por los distintos barrios de Caracas.

La recomendación para los periodistas era trabajar en grupo, nunca estar solo. Un periodista solo en la calle era un blanco ideal para el Sebin. Conversar con la gente era complejo para cualquier periodista.

El miedo estaba a flor de piel. Los jefes y las jefas de manzana estaban muy atentos a nuestra presencia y dispuestos a interrumpir cualquier entrevista en la que una persona se expresara críticamente contra el gobierno.

Estas son algunas de las pinceladas de la dictadura chavista –reino del terror, la corrupción y la falta de libertad– que vi y que aún hoy padecen millones de venezolanos y venezolanas.

 

Primicias Rurales

Fuente: Perfil

Brasil consolida su liderazgo en carne vacuna y plantea desafíos climáticos y comerciales para Argentina

Brasil consolida su liderazgo en carne vacuna y plantea desafíos climáticos y comerciales para Argentina

Brasil se consolidó en 2025 como el principal productor mundial de carne vacuna, superando a Estados Unidos en un contexto de caída de la producción global y creciente demanda internacional de proteínas animales. Este liderazgo no sólo refleja mejoras productivas y de eficiencia, sino también el impacto de políticas públicas orientadas a la apertura comercial, la integración agroindustrial y la sostenibilidad ambiental.

   Por ing agr Pedro A. Lobos, director Ejecutivo de Primicias Rurales

Buenos Aires, jueves 8 enero (PR/26) — Según estimaciones de mercado, la producción brasileña superó los 12,3 millones de toneladas equivalentes en canal. Este incremento se logró mediante mejoras en productividad —reducción de la edad de faena, mayor tasa de gestación, engorde en corrales— sin expandir significativamente el número de cabezas de ganado.

La intensificación permite desacoplar el crecimiento productivo de la expansión de la frontera ganadera, un factor clave en la mitigación de la deforestación amazónica.

Huella de carbono y sostenibilidad

Desde la perspectiva climática, la eficiencia productiva tiene un efecto directo sobre la huella de carbono de la carne

. En Brasil, el uso de corrales de engorde y la terminación acelerada del ganado reducen los años de emisiones por animal, disminuyendo la intensidad de carbono por kilogramo de carne producida. Datos de consultoras del sector indican que la huella de carbono promedio de la carne vacuna brasileña se sitúa alrededor de 27–28 kg CO₂e por kg de carne, con variaciones según el sistema de producción y el tipo de corral.

En Argentina, aunque las emisiones por unidad de carne pueden ser menores en sistemas pastoriles extensivos de alta eficiencia reproductiva, la menor densidad productiva y la prolongación de los ciclos de crecimiento elevan la huella de carbono por kilogramo en comparación con Brasil si se considera la productividad promedio nacional.

Expertos señalan que, en sistemas intensivos, Argentina podría reducir la huella de carbono hasta 20–22 kg CO₂e por kg de carne adoptando prácticas de engorde en corral, mejora genética y alimentación estratégica.

La comparación evidencia un punto central: la sostenibilidad ambiental no depende solo de la extensión de la superficie ganadera o de la densidad del ganado, sino de la eficiencia del sistema productivo y de la integración de políticas públicas que promuevan mitigación de emisiones.

Política comercial y posicionamiento global

Brasil consolidó su papel como principal exportador mundial de carne vacuna, con ventas externas por cerca de 17.000 millones de dólares. La política comercial brasileña combina apertura de mercados, fortalecimiento sanitario y diversificación de destinos, con China, Estados Unidos y Medio Oriente como ejes centrales.

El liderazgo brasileño adquiere relevancia estratégica frente a proyecciones que anticipan una caída del 2,4% en la producción conjunta de los principales países productores en 2026.

En este contexto, la capacidad de Brasil de sostener la oferta global y mantener estándares de sostenibilidad se traduce en influencia sobre precios internacionales y seguridad alimentaria global.

Argentina: oportunidades y condicionantes

Para Argentina, el nuevo equilibrio regional expone los desafíos estructurales del sector: aunque cuenta con ventajas naturales y reputación internacional por la calidad de su carne, las políticas internas —restricciones a la exportación, control de precios, presión fiscal y volatilidad macroeconómica— limitan la inversión de largo plazo y frenan la modernización productiva.

Desde la perspectiva climática, Argentina tiene margen para reducir su huella de carbono sin expandir la frontera ganadera.

La intensificación selectiva, mayor uso de corrales de engorde y mejora genética podrían aumentar la eficiencia y la competitividad internacional, alineando la producción con los estándares ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) que exigen los principales mercados.

Comercio internacional y estrategia climática

La creciente importancia de los criterios ESG en los mercados globales convierte la política climática y productiva en un factor estratégico.

Brasil ha comenzado a incorporar trazabilidad, monitoreo de emisiones y compromisos de reducción de deforestación, mientras que Argentina enfrenta la oportunidad de diferenciar su carne con un marco regulatorio estable, políticas de incentivo a la eficiencia y certificaciones ambientales que mejoren su posición en mercados de alto valor.

El contraste entre ambos países evidencia que el futuro del sector no depende solo de recursos naturales o capacidades técnicas, sino de políticas públicas coherentes, sostenibilidad ambiental y previsibilidad comercial.

Para Argentina, avanzar en este marco se vuelve crítico para recuperar competitividad frente a un Brasil que combina escala, eficiencia y alineación con estándares climáticos internacionales.

Primicias Rurales – ing agr Pedro A Lobos

Fuentes: Varios

El tiempo de Trump

El tiempo de Trump

El mundo posmoderno que entró en crisis al comenzar el siglo XXI (Lipovetsky lo sitúa simbólicamente en 2001, con el atentado contra las Torres Gemelas), está llegando a su fin al concluir el primer cuarto de este siglo.

Por Gustavo Gonzalez

Buenos Aires, 6 de enero (PR/26) .- Esa posmodernidad que durante las últimas décadas del siglo XX había puesto en cuestión a todas las creencias férreas de la modernidad (los estados nación, los relatos certeros de las religiones e ideologías), está terminando de resquebrajarse. El filósofo francés llama hipermodernidad a esta nueva era en la que la modernidad reapareció con creencias más extremas y dogmáticas que las ya de por sí extremas y dogmáticas de la primera modernidad.

Además, como las eras no pasan en vano, la era actual retoma la modernidad, pero atravesada por la espectacularidad frívola y el individualismo que caracterizó a la posmodernidad. Un cóctel sociológico, económico y político cuyas consecuencias están en pleno desarrollo.

Lo cierto es que en esta modernidad “reloaded”, el mundo volvió a perder las dudas e incertezas que, para bien y para mal, fueron el código de la época posmo. Regresaron las ideas fuerza que caracterizaron al siglo de las dos guerras mundiales y a la Guerra Fría, con personajes caricaturescos y sociedades permeables a los pensamientos binarios y a la ausencia de grises.

Cuerpos impregnados de los sentimientos de este tiempo: emocionalidad, espectáculo, egoísmo, decisionismo, inseguridad, ideas simples y blindadas, miedo a la otredad.

El tiempo de Milei. Él no fue el primer presidente hipermoderno de la Argentina, aunque sí el que expresa a la nueva era de una forma más clara y explosiva.

La primera que corporizó el mix moderno y posmoderno fue Cristina Kirchner. En ella se sintetizó la modernidad setentista impregnada de la utopía de una sociedad igualitaria y poscapitalista, mezclada con la posmodernidad hedonista y superficial de los años 90. Así, Cristina reencarnaba los gestos y discursos duros de Evita, pero con fortuna y carteras Louis Vuitton. Y sin la violencia armada de los tiempos pasados.

Milei fue más allá. Recuperó de la modernidad una ideología olvidada como el anarquismo, que casi había dejado de existir a principios del siglo XX y que se mantenía viva a través de pequeños grupos que teorizaban tanto desde el anarcomarxismo como desde el anarcocapitalismo. La mixtura entre esa ideología del modernismo extremo y la posmodernidad de su tiempo, lo convirtió en un showman de la televisión que supo atrapar a las audiencias con sus soluciones fáciles y su virulencia comunicacional.

Como aquellos personajes desmedidos del siglo pasado que parecían surgir de la nada y luego eran capaces de hipnotizar o aterrorizar a sus contemporáneos, Milei resultó el catalizador de las angustias de los sectores desencantados con la anterior corrección política. Y como otros líderes extremos de la modernidad, también él llegó imbuido de designios místicos y patologías no tratadas a tiempo que maridaban bien con sociedades dispuestas a apostar por un loco por conocer que a los ya conocidos.

No es casual que su llegada al poder coincida con la de Trump. No son ellos, es el cambio de época. Ellos apenas son buenos intérpretes de las composiciones que otros escribieron para ellos.

Hipermodernos. Trump le lleva casi un cuarto de siglo a Milei. Nació cuando había terminado la segunda gran guerra. Es un producto típico de la modernidad (el empresario exitoso del sueño americano), al que la posmodernidad convirtió en estrella de TV (conductor del reality El Aprendiz durante catorce temporadas). Llegó a su segunda presidencia expresando el hastío de una parte de su país frente a los resultados de la globalización y del liberalismo económico y cultural.

Aun más que la primera, su segunda gestión encarna el malestar ante la pérdida de relevancia de lo que durante la modernidad había constituido el poderío militar y geopolítico de EE.UU.

Él es el mayor exponente de esa doctrina política conocida como decisionismo y por la cual es el líder quien determina cuándo una situación se considera un estado de excepción que requiere actuar por fuera de las normativas locales o internacionales para salvaguardar a su país. El decisionismo se opone a la interpretación liberal que tiende a diluir al poder central a través de leyes y procedimientos que, según esta concepción, sólo sirven para debilitar al Estado.

Con Trump, revive el país de la Guerra Fría, pero con la espectacular extravagancia de un líder de este tiempo. Un tiempo en el que ya no hay aliados ni enemigos tan permanentes ni se requiere de férreas confrontaciones ideológicas. Todo es más simple y explícito: se trata de si hay o no acuerdos arancelarios, de cómo se reparten los mercados internacionales o de quién maneja los precios del petróleo.

En su discurso de ayer, Trump reivindicó el espíritu de la llamada Doctrina Monroe resumida en la frase “América para los americanos” (sus críticos dicen: “América para los estadounidenses”), destinada a bloquear la expansión de otras potencias. A esa doctrina se le agregaría luego el “corolario Roosevelt”, conocido como la política del garrote (“Big Stick Policy”), que ampliaba los motivos del intervencionismo militar a los casos en que se debía “restablecer el orden interno”.

La captura de Nicolás Maduro y la afirmación de Trump de que pretende gobernar Venezuela hasta que lo crea conveniente, es una actualización doctrinaria que pone fin a la corrección política internacional y a la estrategia del “soft power” de sus predecesores.

Incómoda moderación. No hay otra ideología que junte a un anarquista global como Milei con un proteccionista nacionalista como Trump, que no sea la de compartir el mismo clima rupturista de la hipermodernidad.

Es este clima de época en el que la moderación dejó de estar asociada a lo políticamente correcto para convertirse en un deseo aspiracional del establishment más sofisticado, de ciertas vanguardias políticas y de audiencias menos masivas.

Es lo que se evidenció en el mundo y aquí en las últimas horas. Reacciones políticas y mediáticas previsibles, repelentes al menor atisbo de duda sobre lo que Maduro y Trump hicieron en Venezuela. Mansos acompañantes de lo que esperan sus respectivas audiencias.

Admiro a los analistas internacionales que tienen la información suficiente y la capacidad necesaria para interpretar con equilibrio lo que pasa más allá de estas fronteras. Con lo que a mí me cuesta comprender nuestra propia historia y este complejo presente.

También entiendo el alineamiento automático de Milei con quien tanto lo apoyó para ganar una elección y a quien decidió atar su destino político. Pero añoro la defensa del principio de no intervención que fue norma para los anteriores presidentes democráticos, más allá de sus diferencias ideológicas.

Tengo familiares y conocidos en un país que quiero (refugio para los españoles que escapaban del hambre de la posguerra civil, de mi segundo padre y de los argentinos que huían de la dictadura argentina de los setenta) y escucho los miedos y esperanzas con los que conviven.

No me atrevo a otra cosa que a pensar que son los venezolanos los únicos capaces de decidir sobre su futuro. Porque creo que son ellos los únicos en condiciones de definir cuál es el sentimiento mayoritario que hoy predomina en esa sociedad.

Ojalá lo descubran pronto y con los menores costos posibles.

Primicias Rurales

Fuente: Perfil

El humus: el alma del suelo y la base silenciosa de la salud del sistema productivo

El humus: el alma del suelo y la base silenciosa de la salud del sistema productivo

Durante décadas, la agricultura puso el foco casi exclusivamente en los rindes y en los insumos. Sin embargo, las investigaciones más recientes en ciencia del suelo coinciden en un punto clave: no hay productividad sostenida sin humus, y no hay humus sin una mirada integral del manejo del suelo. Hoy, hablar de suelo sano es hablar de vida, equilibrio y resiliencia, y en ese entramado el humus ocupa un lugar central.

 

 

Por Ing. Agr. Pedro Adolfo Lobos, Director Ejecutivo de Primicias Rurales

Buenos Aires, miércoles 14 de enero (PR/26) .- El humus es la fracción más estable y valiosa de la materia orgánica del suelo. No es simplemente “resto vegetal”, sino el resultado de un proceso biológico complejo donde microorganismos transforman residuos de plantas y raíces en compuestos orgánicos estables, ricos en carbono.

La ciencia actual lo define como el corazón funcional del suelo, porque cumple múltiples roles al mismo tiempo:

  • Mejora la estructura del suelo, favoreciendo la agregación y reduciendo la compactación.

  • Incrementa la retención de agua, clave frente a sequías y lluvias extremas.

  • Actúa como una esponja de nutrientes, evitando pérdidas y mejorando la eficiencia del fertilizante.

  • Alimenta la biología del suelo, sosteniendo bacterias, hongos y micorrizas.

  • Contribuye a la captura de carbono, ayudando a mitigar el cambio climático.

Un suelo con humus no depende de respuestas rápidas y frágiles: funciona como un sistema amortiguado, estable y autorregulado.

Humus, microbiología y plantas sanas

Las últimas investigaciones confirman que el humus no es un reservorio pasivo. Es un medio activo de intercambio biológico. Allí se alojan microorganismos que:

  • liberan nutrientes de forma gradual,

  • protegen a las raíces frente a patógenos,

  • estimulan el crecimiento vegetal,

  • y mejoran la absorción de microelementos.

Plantas que crecen en suelos con buen contenido de humus suelen mostrar:

  • sistemas radiculares más profundos,

  • mejor balance nutricional,

  • mayor tolerancia al estrés hídrico y térmico,

  • y menor incidencia de enfermedades.

Esto se traduce en cultivos más equilibrados, con menor necesidad de correcciones externas.

 Del suelo al alimento: una cadena de salud

El impacto del humus no termina en la planta. Forrajes producidos en suelos ricos en materia orgánica suelen tener mejor calidad nutricional, lo que repercute directamente en la salud animal. Y, a su vez, alimentos provenientes de sistemas con suelos sanos tienden a presentar menores desequilibrios nutricionales.

Cada vez más estudios vinculan suelos degradados con:

  • deficiencias de microelementos,

  • menor densidad nutricional de los alimentos,

  • mayor dependencia de suplementos y correctivos.

En cambio, un suelo con humus es un suelo que nutre, no solo que produce.

 ¿Cómo se construye humus en la agricultura moderna?

El humus no se compra: se construye con tiempo y manejo. Las prácticas que hoy demuestran mayor impacto positivo incluyen:

  • Mantener el suelo siempre cubierto, con rastrojos o cultivos de cobertura.

  • Diversificar rotaciones, incluyendo gramíneas y leguminosas.

  • Reducir el disturbio, minimizando el laboreo y protegiendo la estructura.

  • Aportar carbono, no solo nutrientes: raíces vivas, residuos, abonos orgánicos.

  • Favorecer la biología, evitando prácticas que destruyan la vida del suelo.

El objetivo ya no es sólo “nutrir al cultivo”, sino alimentar al suelo para que el suelo alimente al cultivo.

 Un nuevo indicador de éxito productivo

Hoy, los sistemas más resilientes no se miden sólo en quintales, sino también en:

  • contenido de materia orgánica,

  • estabilidad estructural,

  • actividad biológica,

  • capacidad de respuesta frente a eventos extremos.

En ese sentido, el aumento del humus se consolida como un objetivo estratégico, tan importante como el rinde anual.

 Conclusión

El humus es mucho más que un componente del suelo: es su alma. Allí se integran la biología, la química y la física que permiten producir de manera sostenida, con menos insumos, menos enfermedades y mayor equilibrio.

Cuidar y aumentar el humus no es una moda ni una vuelta al pasado. Es, según la mejor ciencia disponible, la base de una agricultura verdaderamente sana, capaz de producir plantas sanas, animales sanos y alimentos que contribuyan a la salud de las personas.

No es casual que la palabra humildad comparta su raíz con humus. Ambas remiten a lo mismo: a lo que está abajo, a la base, a aquello que sostiene la vida sin hacerse visible. El humus trabaja en silencio, sin protagonismo, transformando residuos en fertilidad, caos en equilibrio, muerte en nueva vida.

Así también la humildad reconoce que nada crece solo, que todo depende de un entramado mayor.

La agricultura moderna, muchas veces tentada por el control absoluto, vuelve a descubrir que la verdadera productividad nace del respeto por los procesos naturales, del diálogo con el suelo y no de su imposición. Un suelo vivo nos recuerda que no somos dueños de la tierra, sino custodios temporales.

Cuidar el humus es un acto técnico, pero también ético. Es aceptar que la vida se construye desde abajo hacia arriba, desde lo pequeño hacia lo grande, desde lo invisible hacia lo visible. Allí donde hay humus, hay paciencia; donde hay humildad, hay futuro.

Tal vez el mayor aprendizaje que el suelo nos ofrece hoy no sea solo agronómico, sino espiritual: para producir vida, primero hay que aprender a servirla. Y en ese gesto silencioso, el suelo, el productor y la humanidad vuelven a encontrar su equilibrio.

Primicias Rurales – Ing. Agr. Pedro Adolfo Lobos

(Fuentes. Varias)

El fin de la Tercera Vía

El fin de la Tercera Vía

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Gabriel Boric. Defendió a Ucrania frente a Rusia. | AFP

 

Este resumen breve de algunos hechos destacados del gobierno de Gabriel Boric sirve como disparador del análisis más amplio que se propone en esta nota. Por ejemplo:

– Mantuvo intocada la estructura distributiva heredada

– Atacó a Venezuela y a Nicaragua

– Condenó a Cuba por DD.HH.

– Defendió a Ucrania frente a Rusia.

– Mantuvo procesos judiciales sobre manifestantes del 2019.

– No indultó a los presos políticos que protestaron a su lado en 2019.

– Mantuvo la militarización en el Wallmapu (territorio mapuche).

– Canceló su programa de reformas (como pensiones y tributaria), negociando acuerdos con la oposición de derecha y empresarios.

– Tomó distancia de Lula, Petro y Claudia Sheinbaum en asuntos como criticar la injerencia de Washington, las deportaciones y los aranceles.

– Hubo persecución política de líderes comunistas como Daniel Jadue

– Reconoció a María Corina Machado y a Edmundo González en Venezuela y recientemente los al menos “opacos” resultados electorales en Honduras.

– Estableció acuerdos con el Comando Sur de EE.UU.

En síntesis, Gabriel Boric llegó al poder prometiendo cambiar la forma de hacer política y su sistema de alianzas tradicionales entusiasmando a miles de jóvenes y terminó gobernando con y como los mismos que por años criticó.

No es un caso aislado. La llamada “Tercera Vía”, la socialdemocracia reformista ha sido presentada en las últimas décadas como una alternativa capaz de conciliar crecimiento económico bajo patrones neoliberales, pero con “justicia social”.

Sin embargo, la experiencia reciente en América Latina y Europa muestra un patrón recurrente: las coaliciones progresistas que adoptan políticas neoliberales terminan debilitadas, fracturadas y abren el camino a gobiernos de derecha o ultraderecha. Veamos algunos ejemplos.

Grecia: la traición del referendo. En 2015, Syriza tuvo la oportunidad histórica de enfrentar la austeridad impuesta por la troika. El referendo popular rechazó con contundencia las políticas de ajuste, pero Alexis Tsipras decidió desconocer ese mandato y aceptar las condiciones de los acreedores.

El resultado fue la fractura interna del partido y, finalmente, el triunfo de Nueva Democracia en 2019 y 2023. Grecia ejemplifica cómo la renuncia a un programa propio en favor del neoliberalismo desemboca en el retorno de la derecha con mayoría absoluta.

Portugal: la “geringonça” y la austeridad encubierta

La alianza inédita entre socialistas, comunistas y el Bloque de Izquierda permitió a António Costa gobernar desde 2015. Sin embargo, la estrategia de “austeridad oculta” debilitó los servicios públicos y erosionó la confianza ciudadana.

Aunque el Partido Socialista logró mantenerse en el poder, la ruptura de la coalición abrió espacio para el crecimiento de la extrema derecha, que hoy supera el 20% de los votos. Portugal muestra que incluso cuando la socialdemocracia logra estabilidad, el costo es la degradación de su base social.

España: la reforma laboral y la pérdida de identidad

La coalición PSOE-Podemos prometió derogar la reforma laboral del Partido Popular, pero terminó legitimando sus aspectos centrales. La flexibilización del despido y la prevalencia de convenios empresariales fueron avaladas por Unidas Podemos, lo que generó una crisis de identidad y el debilitamiento de su representación.

El Partido Popular, en alianza con Vox, capitalizó el desencanto y se consolidó como opción competitiva. España evidencia cómo el progresismo, al ceder en cuestiones estructurales, refuerza la agenda conservadora.

Brasil: el ajuste como razón de ser. Dilma Rou-sseff entregó la conducción económica a Joaquim Levy, representante del sector financiero. El ajuste ortodoxo provocó una crisis interna en el PT, el desplome de la popularidad presidencial y el golpe parlamentario encabezado por Michel Temer.

Este proceso abrió el camino al triunfo de Jair Bolsonaro en 2018. Brasil confirma que cuando el progresismo adopta el neoliberalismo como política central, pierde legitimidad y habilita el ascenso de proyectos autoritarios.

Argentina: la trampa del centro

El Frente de Todos, bajo la presidencia de Alberto Fernández, convalidó la deuda externa contraída por Mauricio Macri y profundizó el deterioro distributivo. La pérdida de millones de votos en 2021 reflejó el desencanto popular.

Como advierte George Lakoff, el “centro político” no existe; lo que existen son ciudadanos biconceptuales. Al escorarse hacia la derecha, el peronismo reforzó valores conservadores y se alejó de sus bases. La experiencia argentina también muestra que la búsqueda del centro conduce a la pérdida de identidad y a la derrota electoral a manos de la ultraderecha.

El análisis comparativo revela un patrón claro: las coaliciones progresistas que adoptan políticas neoliberales terminan debilitadas y abren el camino a la derecha y la ultraderecha.

Como insistimos desde hace casi una década en estas columnas, la “Tercera Vía” está agotada. La búsqueda del centro político constituye una trampa que erosiona la identidad y la luego representación electoral.

La única alternativa viable es afirmar un polo propio, sostener la unidad desde un programa popular-democrático y apartarse de la agenda del FMI y del sector financiero.

La lección es contundente: no se construyen mayorías renunciando a los valores propios, sino atrayendo al centro político desde una identidad firme coherente con la historia de la fuerza y normalmente estas experiencias son la cabecera de playa del desembarco de la ultraderecha al Gobierno.

 

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Fuente: Perfil