Ago 10, 2026 | Columnas, Política
Un análisis político que repasa una semana compleja para el Gobierno, marcada por conflictos gremiales, tensiones legislativas y el peso de la economía cotidiana.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Cuando la realidad empieza a independizarse del relato
Buenos Aires, martes 18 agosto (PR/26) — Los politólogos la denominan la “fatiga del tercer año”. Es la fase donde la «herencia recibida» deja de ser una explicación válida para el electorado, convirtiéndose en el único responsable de la situación del país. Dicho de otro modo, el fin de la Herencia.
El electorado deja de reclamar a los antecesores y exige resultados directos al mandatario actual. Hasta ahora, el Gobierno bifurcaba la responsabilidad hacia atrás (el pasado kirchnerista) y hacia abajo (la provincia de Buenos Aires). Ante el bajo perfil actual de Kicillof, esta estrategia pierde efectividad.
Sin embargo, a no preocuparse. No cayó ningún ministro. No hubo una corrida cambiaria. No explotó el dólar. No hubo una crisis institucional. Sin embargo, sospecho que ésta fue una de las peores semanas del Gobierno de Javier Milei y nadie sabe cómo seguirá.
Se alinearon los planetas.
No por una catástrofe, sino por algo más peligroso. Comenzaron a coincidir señales que hasta ahora podían analizarse por separado. El Congreso, las encuestas, la aparición anticipada de candidatos para 2027, la actividad económica, la morosidad de las familias, el paro docente, la paralización de los puertos y, finalmente, la voz de la Iglesia en San Cayetano.
Cuando hechos provenientes de lugares tan diferentes empiezan a contar una historia parecida, conviene dejar de mirar cada árbol y empezar a observar el bosque.
Lacunza dijo mucho más que “quiero ser presidente”
Hernán Lacunza decidió anticipar una candidatura que todavía nadie le había pedido. Quiere competir por la Presidencia en 2027 desde un PRO con identidad propia, independiente de La Libertad Avanza. Puede parecer prematuro, pero no lo es.
Nadie comienza a imaginar una candidatura contra un presidente cuya reelección considera inevitable. Pero lo más interesante de Lacunza no es Lacunza. Es la palabra que introduce en la discusión: consenso. Pero no consenso entendido como reparto de cargos, componenda o contubernio de la casta o estrategia electoral. Consenso como garantía de continuidad.
Una reforma tributaria, laboral, previsional, monetaria o productiva puede necesitar diez o veinte años para mostrar sus resultados. Si cada presidente destruye lo que hizo el anterior, no existe política económica: existe una sucesión de experimentos.
Lacunza no propone volver al déficit ni reivindica la emisión. Su crítica es bastante más incómoda para Milei: acepta buena parte del diagnóstico económico libertario, pero pregunta por la sustentabilidad política del tratamiento. La estabilización no alcanza si no genera crecimiento socialmente perceptible. Y ninguna transformación es histórica si desaparece con el presidente que la hizo.
La candidatura de Lacunza puede terminar en nada. La pregunta que instala, en cambio, ya quedó flotando: ¿Qué queda del mileísmo después de Milei?
Sin duda, nada de lo que habla Lacunza no fue previamente consensuado con Macri, a quién buena parte del Pro le pedía que fuera candidato en el 2027. Y esto seguramente obligará a que muchos dirigentes de ese espacio repiensen su futuro, antes de pensar en adherir a LLA.
Una victoria que obligó a retroceder
Después vino el Senado. El Gobierno consiguió media sanción para la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada: 37 votos contra 33. Ganó. Pero para ganar debió retirar dos de los capítulos más controvertidos del proyecto: el referido a la extranjerización de tierras y el vinculado con las restricciones de uso sobre terrenos afectados por incendios. Y todavía falta Diputados. Toda una aventura legislativa, donde los gobernadores parecieron marcar cierta independencia a pesar de la dependencia económica del gobierno de Milei.
La cuestión, entonces, no es negar la victoria. Es preguntarse cómo se consiguió. Hubo un tiempo reciente en el que Milei imponía la agenda y obligaba a los demás a posicionarse alrededor suyo. Esta semana ocurrió algo diferente: los demás obligaron a Milei a modificar su agenda para conseguir los votos. Parece una diferencia semántica. En política es enorme.
Gobernar también consiste en determinar quién modifica la posición de quién. Esta vez cedió el Gobierno casi de la misma forma como comenzó en 2024. Y cuando un oficialismo festeja haber conseguido aprobar una versión reducida de aquello que originalmente quería aprobar, la victoria parlamentaria puede estar escondiendo una pérdida de poder político.
Las encuestas y el fenómeno Kicillof
Las encuestas no son elecciones y la Argentina posee un larguísimo historial de pronósticos fallidos. Pero sirven para registrar tendencias. Y las tendencias empiezan a ser reveladoras e incómodas.
Distintos relevamientos vienen mostrando un deterioro de la imagen presidencial, mientras Patricia Bullrich conserva un capital político propio y Axel Kicillof aparece cada vez más competitivo frente a Milei.

Lo de Kicillof es particularmente curioso. Está creciendo, haciendo casi nada. Callado frente a buena parte de los embates del Kirchnerismo. Sin responder cada provocación libertaria. Sin una campaña presidencial formal. Sin presentar todavía una gran propuesta nacional. Casi esperando. Una suerte de Alberto Fernández, pero esta vez sin Cristina eligiéndolo.
No anuncia un programa nacional. No recorre frenéticamente el país. No protagoniza una campaña presidencial. No rompe definitivamente con Cristina. Tampoco se somete públicamente a ella. No responde cada agresión de Milei. No intenta competir con el Presidente en volumen, insultos ni espectacularidad. Y, sin embargo, aparece. Ese es el dato político.
Mientras todos los demás actores necesitan hacer algo para existir, Kicillof empieza a existir nacionalmente haciendo bastante poco. Y quizá allí esté precisamente la explicación o la hipótesis de lo que puede estar pasando.
Milei habla permanentemente. Cristina interviene. El Kirchnerismo discute. La Libertad Avanza agrede. El Peronismo busca desesperadamente una renovación que todavía no encuentra. Kicillof espera.
En una política dominada por la sobreexposición, el silencio puede convertirse paradójicamente en una forma de diferenciación.
Pero existe una segunda explicación bastante menos favorable para él. Quizás Kicillof no esté creciendo. Quizás esté creciendo simplemente el casillero que ocupa.
Cuando aumenta el rechazo al Gobierno, alguien tiene que recibir electoralmente una parte de ese desencanto. Y cuando todavía no existe una alternativa opositora claramente constituida, el gobernador de Buenos Aires posee tres atributos formidables: gobierna el distrito electoral más grande del país, tiene conocimiento nacional y dispone de una estructura política propia.
¿qué ocurrirá cuando Kicillof tenga que hablar y hacer campaña?
Puede exponerse, desenmascararse y perder. Perfectamente posible. Pero también puede suceder lo contrario: que descubramos que estuvimos viendo crecer al principal competidor presidencial de Milei sin advertirlo. No sabemos cuál de las dos cosas ocurrirá. Lo significativo es que hace pocos meses la pregunta parecía absurda. Hoy ya no, aunque no sabemos qué ocurrirá realmente.
La tarjeta como encuesta
La noticia más preocupante para el Gobierno probablemente no esté en el Congreso ni en las encuestas. Está en los bancos. El Banco Central informó que en mayo la irregularidad de los créditos a las familias llegó al 12,8%. Para el conjunto del financiamiento al sector privado alcanzó el 7,7%, mientras que en las empresas fue del 3,5%.
Familias: 12,8%. Empresas: 3,5%. No estamos ante una crisis bancaria ni mucho menos. El propio Banco Central señala que el sistema conserva previsiones y capacidad para absorber potenciales pérdidas. Conviene decirlo para no anunciar ninguna catástrofe. Sin embargo, tal vez estemos frente a otra cosa: una crisis de capacidad de pago de una parte creciente de las familias.
Es cierto que la respuesta más cómoda la ensayó el Gobierno al decir que los bancos prestaron mal y que las personas se endeudaron irresponsablemente. Eso puede explicar casos individuales. Pero cuando el fenómeno adquiere semejante magnitud, la explicación moral empieza a quedarse corta.
Cuando millones de personas tienen simultáneamente dificultades para pagar, quizás no estemos ante millones de irresponsables que decidieron comportarse mal al mismo tiempo. Quizás estemos frente a un fenómeno económico.
¿Y si los argentinos no dejan de pagar porque son irresponsables, sino porque no les alcanza?
La diferencia es gigantesca. Si el problema es moral, debe resolverlo cada individuo. Si es económico, debe explicarlo la política económica.
De este modo, la tarjeta puede haberse convertido en una encuesta mucho más brutal que cualquier consultora. Al encuestador se le puede mentir. Al banco no.
Una economía que crece, pero no para todos
Sería falso afirmar que la economía argentina no crece. El INDEC estimó que el PBI aumentó 2,3% interanual durante el primer trimestre de 2026 y 0,7% respecto del trimestre anterior en términos desestacionalizados.
El problema aparece cuando dejamos de mirar solamente el promedio y preguntamos cómo se distribuye esa recuperación. Argentina tiene sectores extraordinariamente dinámicos vinculados a la energía, la minería, el agro y las exportaciones. Son imprescindibles. Generan dólares, inversión y una posibilidad real de transformación estructural. Sin embargo, la vida cotidiana de la mayoría transcurre también en otro universo: salarios, comercios, pymes, servicios, industria, alquileres, tarjetas y cuotas.
Es perfectamente posible que mejoren indicadores macroeconómicos mientras una parte importante de la sociedad siga sintiendo que no llega. Ese es el problema político.
En conclusión, si yo tengo dos pollos y usted ninguno, estadísticamente tenemos uno cada uno. El problema aparece a la hora de cenar. Con el PBI puede suceder algo parecido. En las elecciones no vota el promedio. Vota cada argentino, el que tenía un pollo y el que no tenía ninguno. Si, además, los que no lo tienen son muchos más, el problema además de político puede ser electoral.
El equilibrio fiscal no paga la tarjeta
Milei tiene razón cuando sostiene que ningún país puede vivir indefinidamente gastando más de lo que recauda. Tiene razón cuando señala que la emisión monetaria permanente destruye la moneda. Y tiene razón al denunciar décadas de irresponsabilidad fiscal. El problema aparece cuando de esas verdades se desprende otra conclusión: que alcanzaba con resolverlas.
El equilibrio fiscal puede ser una condición necesaria para construir una economía sana. Pero no es suficiente. Una familia no vive del equilibrio fiscal. Vive de su ingreso. Un comerciante no paga el alquiler con el riesgo país. Lo paga vendiendo. Una pyme no contrata trabajadores porque aumentaron las exportaciones petroleras. La contrata cuando necesita producir más. Y un trabajador no mide la recuperación económica mirando una planilla del INDEC. La mide cuando llega al día 30 y todavía tiene dinero en la cuenta y pareciera que eso no está ocurriendo.
Sturzenegger y los prácticos: negociar después del daño
Y para colmo de males la semana salió de las estadísticas y llegó a los puertos. El Decreto 690/2026, impulsado dentro de la política desregulatoria de Federico Sturzenegger, modificó el régimen de practicaje y pilotaje, una actividad altamente especializada y decisiva para la entrada y salida segura de buques. La reacción fue un paro que durante tres días paralizó terminales marítimas y fluviales y dejó más de un centenar de buques afectados.
Finalmente, el Gobierno suspendió la aplicación del decreto y abrió una mesa de negociación. Otra vez apareció la misma palabra que había pronunciado Lacunza: consenso.
No se trata de defender privilegios corporativos. El régimen de practicaje puede tener costos excesivos, regulaciones absurdas o intereses que deban revisarse. La pregunta es otra. ¿Era necesario paralizar los puertos para descubrir que antes de modificar una actividad técnica, estratégica y vinculada a la seguridad de la navegación convenía sentar alrededor de una mesa al Estado, las empresas y quienes conocen profesionalmente aquello que se pretendía reformar?
Negociar antes es política. Negociar después de paralizar los puertos es administrar una crisis. Y ésta fue otra semana en la que el Gobierno tuvo que retroceder.
Los docentes y el límite de explicar todo por las corporaciones
También hubo paro docente nacional. El Gobierno respondió con inspecciones y con la exigencia de garantizar la prestación mínima prevista para la educación como servicio esencial. CTERA sostuvo, por su parte, que el conflicto se origina en la falta de convocatoria a la paritaria nacional y en reclamos salariales y educativos.
Podemos discutir a los sindicatos docentes. Debemos hacerlo. Podemos discutir ausentismo, calidad educativa, resultados, privilegios gremiales y métodos de protesta.
Sin embargo, comienza a aparecer un problema conceptual que comienza a repetirse en muchísimos frentes. Si una familia no paga su tarjeta, es irresponsable. Si un docente protesta, es sindicalista. Si una universidad reclama, es una corporación. Si los prácticos paran, defienden privilegios. Si un gobernador reclama fondos, pertenece a la casta. Si un empresario cuestiona, es prebendario. Si un periodista critica, es ensobrado. ¿No será mucho?
Cada conflicto puede tener una explicación particular. El problema aparece cuando demasiados conflictos ocurren al mismo tiempo. Porque entonces empieza a resultar estadísticamente difícil sostener que todos están equivocados menos quien gobierna.
San Cayetano: cuando la planilla y el altar se encuentran
Si faltaba una imagen políticamente más incómoda, ocurrió con San Cayetano.
Cada 7 de agosto miles de argentinos vuelven a pedir aquello que resume una de las aspiraciones más elementales de cualquier sociedad: pan y trabajo. Este año la Iglesia volvió a colocar en el centro de su mensaje a quienes sufren, a los jubilados, a las personas con discapacidad, al trabajo digno y a quienes sienten que quedaron al margen.
Podremos estar de acuerdo o no con la Iglesia. Ese no es el punto. El dato político es que un actor social que no puede reducirse sencillamente a “Kirchnerismo”, “casta” o “corporación” comenzó a expresar, desde otro lenguaje, una inquietud parecida a la que muestran los números de la economía doméstica.
El Banco Central habla de mora familiar. La Iglesia habla de familias que sufren. Uno habla desde una planilla. El otro desde un altar. Y San Cayetano posee además una potencia simbólica imposible de ignorar. El Gobierno puede discutir con Cristina, enfrentar al Peronismo, cuestionar sindicatos, denunciar corporaciones o insultar periodistas.Pero es bastante más difícil explicarle a una multitud que peregrina para pedir pan y trabajo que su problema consiste en que todavía no comprendió correctamente las bondades de la macroeconomía.
La peor semana
Ahora intentemos por unos instantes, mirar la fotografía completa.
- Lacunza se imagina presidente y habla de consenso.
- El PRO vuelve a pensar una identidad independiente.
- El Gobierno consigue una victoria en el Senado después de retirar dos capítulos centrales de su proyecto.
- Bullrich conserva un capital propio.
- Kicillof se acerca sin siquiera haber desplegado una campaña presidencial.
- La mora familiar llega al 12,8%.
- Los prácticos paralizan los puertos y obligan al Gobierno a suspender una desregulación.
- Los docentes paran.
- Y en San Cayetano la Iglesia vuelve a hablar de quienes sufren, del trabajo y de la dignidad.
Ninguno de estos hechos, aisladamente, determina el 2027. Milei no está terminado. Sería una tontería afirmarlo.
Conserva un núcleo político importante. La inflación bajó de manera extraordinaria respecto del desastre heredado. El equilibrio fiscal constituye un activo real. Vaca Muerta, la minería y el agro ofrecen oportunidades enormes. Y enfrente todavía no existe una alternativa consolidada.
Del otro lado, Cristina divide. Kicillof genera resistencias. El Peronismo sigue discutiendo consigo mismo. El PRO todavía no sabe si acompañar a Milei, competir con él o intentar reemplazarlo. Lacunza apenas levantó la mano. Bullrich juega su propio partido.
Falta muchísimo. Milei perfectamente puede recuperarse y ganar. Sin embargo, existe una diferencia respecto de hace un año: ya no parece inevitable. Y cuando un liderazgo deja de parecer inevitable, comienza otra etapa política.
Durante más de dos años Milei tuvo una ventaja extraordinaria: explicaba el presente recurriendo al pasado. La inflación era consecuencia de Massa. El déficit, del Kirchnerismo. La pobreza, de décadas de populismo. La deuda, de la casta. La falta de inversión, de cien años de decadencia.
Muchas de esas explicaciones tenían fundamento. Pero gobernar produce un fenómeno inevitable. El pasado envejece y el presente empieza a tener dueño.
Después de dos años y medio será cada vez más difícil explicar la vida cotidiana exclusivamente por aquello que hicieron quienes ya no gobiernan. Quizás por eso ésta haya sido la peor semana del Gobierno. No porque haya perdido una gran batalla. Sino porque descubrió que debía librar demasiadas al mismo tiempo.
Milei todavía puede ganar. Kicillof todavía puede perder. Bullrich puede diluirse. Lacunza puede no llegar a ninguna parte. La economía puede acelerarse. Los salarios pueden recuperarse. La mora puede bajar.
Todo sigue abierto. Pero algo cambió. Hasta ahora Javier Milei había conseguido explicarles a los argentinos por qué la realidad era como era. Ahora comienza una etapa mucho más peligrosa para cualquier presidente. Aquella en la que los argentinos dejan de escuchar la explicación, miran su cuenta bancaria, miran el resumen de la tarjeta, miran cuánto deben, miran cuánto ganan, miran lo que sucede alrededor…y sacan sus propias conclusiones.
Quizás ésta haya sido la peor semana del Gobierno porque, casi silenciosamente, la realidad empezó a independizarse del relato.
Primicias Rurales
Por Sergio Mammarelli
Jul 22, 2026 | Actualidad, Columnas, Desarrollo Humano
Un recorrido inspirador por la vida de una filósofa extraordinaria que unió fe, intelecto y coraje para transformar la sociedad y defender la dignidad femenina en todos los ámbitos de la vida cotidiana.
Por Gonzalo Fierro, médico, especialista en cine,
community manager de Primicias Rurales y columnista
Buenos Aires, miércoles 22 julio (PR/26) — El pilar de nuestra tierra y un legado pionero. En el corazón de nuestras comunidades rurales, la mujer representa el pilar invisible pero firme que sostiene el hogar y la vida cotidiana. Ella trabaja la tierra, educa a las nuevas generaciones y mantiene viva la esperanza en los momentos más difíciles de nuestras familias.
Mucho antes de que los movimientos modernos hablaran habitualmente de igualdad, existió una pensadora brillante que dedicó toda su inteligencia a defender el valor insustituible de la voz femenina.
Su nombre era Edith Stein.

Aunque hoy se la honra en los altares religiosos como Santa Teresa Benedicta de la Cruz, su travesía comenzó con una joven inquieta que rompió moldes en una época donde las mujeres eran sistemáticamente relegadas a un plano secundario.
Rompiendo barreras intelectuales con la cabeza en alto

Nacida en Alemania en 1891, Edith Stein demostró desde su infancia una brillantez extraordinaria. En un tiempo donde muy pocas mujeres ingresaban a la universidad, ella no sólo estudió Filosofía, sino que obtuvo su doctorado con la máxima calificación.
Sin embargo, el camino académico estuvo lleno de obstáculos. A pesar de su innegable talento, las puertas de la docencia universitaria se le cerraron repetidamente por el sólo hecho de ser mujer, una injusticia que jamás la desanimó.
Pero lejos de rendirse, transformó esa adversidad en una causa noble.
Se convirtió en una conferenciante apasionada que recorrió Europa proclamando que la mujer no debía ser espectadora, sino protagonista con acceso pleno al trabajo digno y a la educación.

Una filosofía que dignifica cada esfuerzo diario
Lo más inspirador del pensamiento de Edith Stein es que jamás despreció las labores más sencillas.
Ella afirmaba con convicción que el genio femenino radica en la capacidad de cuidar, integrar y dar vida en cualquier espacio.
Para ella, el valor de la mujer se manifiesta con la misma grandeza frente a un aula magna, en una oficina profesional o en la cocina de una casa de campo. Cada tarea realizada con dedicación construye la sociedad.
Sostenía firmemente que la dignidad humana no depende del título académico que se ostente, sino del amor, la coherencia y el compromiso con el que se realiza el trabajo diario.
Del compromiso intelectual al sacrificio supremo

Su incesante búsqueda de la verdad la llevó a abrazar la fe católica y a ingresar posteriormente al convento de las Carmelitas Descalzas, donde profundizó su vida espiritual y su servicio a los demás.
Cuando la oscura sombra del nazismo se extendió por Europa, su origen judío la puso en peligro mortal. Sin embargo, Edith Stein jamás buscó privilegios ni intentó huir, afrontando su destino con la máxima entereza.
Arrestada en 1942 y llevada al campo de Auschwitz, dedicó sus últimas horas de vida a consolar a las madres angustiadas y a proteger a los niños desamparados, dejando un testimonio imborrable de valentía y amor.
Un legado vivo para transformar nuestras comunidades

La vida de Edith Stein demuestra que el conocimiento y la fe deben brindarnos herramientas reales para transformar nuestro entorno. Su historia es un homenaje directo a las mujeres que construyen el futuro.
Es un reconocimiento profundo para aquéllas que día a día, con un esfuerzo constante y silencioso, sostienen el desarrollo de nuestras familias, cuidan nuestra tierra y fortalecen la identidad de nuestros pueblos.
Su gran enseñanza sigue más vigente que nunca: cuando una mujer se fortalece y edifica a sí misma, termina enriqueciendo y elevando a toda la comunidad.
Especial para Primicias Rurales, por Gonzalo Fierro
La festividad de Edith Stein (conocida como Santa Teresa Benedicta de la Cruz) se celebra el 9 de agosto. La Iglesia Católica conmemora este día en recuerdo a la fecha de su martirio y muerte en el campo de concentración de Auschwitz en el año 1942.
Jul 20, 2026 | Columnas, Desarrollo Humano, Especial
En un mundo que confunde astucia con éxito, recuperar la honestidad no es una utopía romántica, sino una necesidad urgente para el progreso. Una mirada desde la ética civil y el compromiso de la fe.
Por Ing. Agr. Pedro Lobos, director de Primicias Rurales
Buenos Aires, miércoles 1 de julio (PR/26) — Hablar de Don Arturo Umberto Illia es, inevitablemente, tender un puente hacia una palabra que hoy cotiza a la baja en los mercados de la vida pública y privada: integridad. En tiempos donde el cinismo parece haberse convertido en la norma y la función pública se percibe muchas veces como un trampolín para el beneficio personal, el recuerdo de aquel médico de Cruz del Eje que gobernó el país sin perder la sencillez golpea la conciencia colectiva. ¿Qué es eso que extrañamos cuando lo extrañamos a él?
La esencia de ser enteros

Arturo Umberto Illia (1900-1983) (left) after taking office as President of Argentina on October 12th, 1963 in the official open car. (Photo by Eduardo Comesaña/Getty Images)
La palabra integridad proviene del latín integritas, que significa la condición de estar entero, no fragmentado. Esa es su verdadera esencia: la correspondencia absoluta entre lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace, incluso cuando nadie está mirando. El íntegro no tiene dobleces; no es una persona en el templo o en la iglesia, otra en el comité político y otra en los negocios privados.
La falta de integridad fragmenta la confianza. Cuando las instituciones, las empresas y los vínculos personales se basan en el beneficio personal a cualquier costo, las sociedades se estancan. Ningún país puede progresar de manera sostenible si sus ciudadanos deben gastar más energía en protegerse de las trampas ajenas que en producir, innovar y educar. La integridad provee previsibilidad y orden; nos valoriza porque nos convierte en personas de palabra, la moneda más fuerte que puede tener una nación.
¿Un don del Cielo o una tarea de la Tierra?
Frecuentemente nos preguntamos si estos valores son un regalo de nacimiento o el resultado de un esfuerzo. Para quien mira la vida con ojos de fe, las virtudes morales son tanto un don divino como una siembra humana. Dios deposita en la conciencia de cada hijo la noción del bien y del mal, pero esa semilla necesita tierra fértil.
La integridad es el producto de un aprendizaje constante:
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La mesa familiar: Donde se aprende que lo ajeno no se toca y que el esfuerzo tiene valor.
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La escuela: Que refuerza las reglas de convivencia y el respeto por el otro.
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La templanza diaria: Porque la honestidad no es un acto único, sino un hábito que se cultiva diciendo «no» a las pequeñas tentaciones de todos los días.
Para un cristiano, caminar en integridad es mucho más que cumplir con el código civil; es un mandato de coherencia con el Evangelio.
Ser un digno hijo de Dios implica entender que los actos públicos tienen una dimensión espiritual. Ayuda a vivir con la frente en alto y con la paz interior que el dinero no puede comprar. Quien es íntegro cuida su buen nombre y el de su familia, sabiendo que, al final del camino, el único patrimonio que resiste el paso del tiempo es el testimonio de vida.
Cómo recuperar el norte
Reconstruir un país que sufre una crisis de valores no se logra con una ley mágica, sino con un cambio de conducta colectivo. El progreso y la prosperidad real —aquella que no se mide solo en números macroeconómicos, sino en bienestar social— requiere recuperar y conservar la integridad mediante acciones concretas:
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Ejemplaridad de arriba hacia abajo: Quienes ocupan puestos de liderazgo político, judicial y empresarial deben ser los primeros en someterse al escrutinio y demostrar una conducta intachable. El ejemplo arrastra.
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Educación en virtudes: Volver a poner la ética y la educación civil en el centro de la formación de los jóvenes, no como teoría abstracta, sino como práctica cotidiana.
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Sanción social al deshonesto: Dejar de aplaudir la «viveza criolla». Un país progresa cuando el tramposo es señalado y el honesto es valorado, y no al revés.
Extrañar a Illia es un buen síntoma: significa que el termómetro moral de nuestra sociedad todavía funciona y detecta la fiebre de la corrupción. El desafío actual es transformar esa nostalgia en acción, asumiendo la responsabilidad individual de vivir con la misma rectitud que aquel presidente que demostró que el poder no ensucia a quienes entran a él con las manos limpias y el alma entera.
Por Ing. Agr. Pedro Lobos, director de Primicias Rurales
Jul 20, 2026 | Actualidad, Columnas, Política
La paradoja de un Peronismo que necesita terminar una época y un oficialismo que necesita conservarla.
Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Buenos Aires, martes 11 agosto (PR/26) — No sabía que era un terrorista gramsciano. Debo reconocer que la noticia me sorprendió.
A lo largo de mi vida profesional, docente y política me calificaron de muchas maneras. Pero terrorista gramsciano, nunca. A esta altura de la vida uno descubre, gracias al Presidente Javier Milei, facetas desconocidas de su propia personalidad.
La cuestión podría terminar allí y hasta resultar divertida.
El problema es que no lo es. Porque cuando el Presidente de la Nación comienza a utilizar categorías semejantes para describir a quienes cuestionan sus ideas, sus políticas o simplemente su manera de ejercer el poder, ya no estamos frente a una extravagancia lingüística. Estamos frente a una concepción del adversario. Y eso es bastante más importante.
Milei, que desplazó al Macrismo y se presentó como su superación, puede terminar utilizando la misma herramienta. El dirigente que creció aprovechando la fragmentación de sus adversarios necesita que sus adversarios continúen fragmentados para conservar el poder.
Ahí Cristina vuelve a ser decisiva. No necesita derrotarla todos los días. Necesita que exista.
Por eso habría que revisar una afirmación demasiado repetida: que el antiperonismo quiere terminar con Cristina. Quizá una parte del antiperonismo necesite exactamente lo contrario. Necesite conservarla como identidad del adversario.
Por eso resulta insuficiente preguntarse si Cristina puede o no volver a ser candidata. Puede ser candidata incluso sin figurar en una boleta. Puede serlo si todas las candidaturas se definen alrededor de ella.
Puede serlo si el Peronismo sigue discutiendo quién es cristinista, quién dejó de serlo, quién recibe su bendición y quién se anima a desafiarla. Puede serlo, sobre todo, si Milei consigue que la elección de 2027 vuelva a plantearse como una elección entre él y el regreso del Kirchnerismo.
Ésa podría ser la gran ironía de esta etapa. Los sectores que más detestan al Kirchnerismo podrían terminar siendo los principales interesados en impedir que el Kirchnerismo termine. Y los peronistas que quieran reconstruir su movimiento deberán animarse a cerrar una etapa que sus adversarios necesitan desesperadamente mantener abierta.
Cristina, la candidata de Milei
El Peronismo necesita que Cristina Fernández de Kirchner deje de ordenar su universo para poder reconstruirse, mientras que Javier Milei necesita exactamente lo contrario. Necesita que Cristina siga allí. Visible, vigente, discutida, capaz de conservar una porción importante del electorado y, al mismo tiempo, de impedir que ese electorado encuentre una síntesis nueva.
Dicho de otro modo: ¿a quién beneficia hoy que Cristina siga teniendo poder?
Para una parte importante del Peronismo, su permanencia se ha transformado en un problema de sucesión. Ningún movimiento político se renueva verdaderamente mientras la generación anterior conserve capacidad suficiente para decidir quién puede sucederla, quién debe esperar, quién merece la bendición y quién será considerado traidor.
Cristina permite que cualquier elección vuelva a convertirse en un referéndum sobre una Argentina que ya ocurrió. Si el adversario es Cristina, Milei puede volver a 2011, 2015 o 2019. Puede discutir inflación, corrupción, populismo, cepo, gasto público y casta. Puede reconstruir el escenario moral de 2023 aunque hayan pasado cuatro años y aunque para entonces la sociedad esté preguntando por otras cosas.
La estrategia no sería novedosa. Mauricio Macri comprendió antes que nadie el extraordinario rendimiento electoral de la polarización con Cristina. No necesitaba convertir a todos los argentinos en macristas. Le alcanzaba con conseguir que una porción decisiva del electorado temiera suficientemente el regreso del Kirchnerismo. La grieta no fue solamente una consecuencia cultural de la política argentina. También fue una formidable tecnología electoral.
Algo cambió
En los últimos días Milei endureció notablemente su discurso público. Multiplicó entrevistas con periodistas afines, elevó el tono y extendió las descalificaciones a un universo cada vez más amplio. Ya no se trata solamente de sus adversarios políticos tradicionales. Periodistas, economistas, empresarios, gobernadores y dirigentes que difícilmente podrían ser sospechados de pertenecer a la izquierda comenzaron a ingresar en alguna de las categorías del nuevo diccionario presidencial. Hasta economistas provenientes de la tradición liberal y ortodoxa quedaron alcanzados por la furia presidencial.
Ya no parece demasiado importante de dónde viene cada uno. Importa dónde está parado respecto del Presidente. Y allí aparece una primera transformación inquietante. Durante mucho tiempo la política argentina discutió entre oficialistas y opositores, peronistas y radicales, liberales y estatistas, izquierda y derecha. Ahora comienza a insinuarse otra división mucho más elemental: los que están con Milei y los que están contra Milei.
Cuando una democracia comienza a organizarse alrededor de la adhesión o el rechazo a una persona, algo empieza a funcionar mal.
El problema no son los insultos
Sería demasiado superficial reducir esta discusión a las malas maneras presidenciales. La Argentina ha tenido presidentes temperamentales, soberbios, irónicos y violentos verbalmente y sobrevivimos a todos. El problema es otro. El lenguaje presidencial está comenzando a construir una categoría política mucho más peligrosa: el enemigo.
El periodista crítico ya no estaría simplemente equivocado. El economista que cuestiona una política económica ya no tendría otra interpretación. El político opositor ya no representaría otra alternativa electoral. Todos pueden convertirse en integrantes de una conspiración contra el proyecto libertario. Y de este modo, aparecen las palabras claves: enemigos, mandriles, parásitos, periodistas corruptos, empresarios prebendarios, comunistas, socialistas y, ahora también, terroristas gramscianos.
Puede parecer grotesco. Pero las palabras pronunciadas desde el poder nunca son completamente inocentes. Una cosa es que un ciudadano insulte al Presidente. Otra muy distinta es que el Presidente señale como enemigos a ciudadanos que lo critican. Hay una desigualdad esencial entre ambos. Uno tiene una opinión. El otro tiene el Estado.
¿Por qué ahora?
Esta es quizá la pregunta más interesante. Una explicación posible es electoral. La Argentina comenzó, aunque todavía parezca prematuro, la carrera hacia 2027. Y Milei sabe perfectamente que su reelección no dependerá exclusivamente de conservar un núcleo duro de seguidores. Necesita reconstruir una mayoría.
La sociedad de 2026 ya no es la fotografía electoral de noviembre de 2023. Hay cansancio. Hay dificultades económicas. Hay sectores que acompañaron esperando determinados resultados y hoy comienzan a plantear dudas. Hay gobernadores que recuperan autonomía. Hay dirigentes que empiezan a imaginar alternativas. Pero, además, existe un fenómeno inevitable en cualquier gobierno: el tiempo.
El outsider de 2023 ya no existe. Javier Milei gobierna la Argentina desde hace casi tres años. A esta altura resulta cada vez más difícil atribuir todos los problemas al pasado y cuando comienza a agotarse la explicación de la herencia aparece una tentación política antiquísima: buscar responsables en el presente.
El enemigo necesario
Todos los populismos necesitan construir un enemigo. Los populismos de izquierda lo hicieron. Los populismos de derecha también. La mecánica es sorprendentemente parecida: cuando la realidad contradice el relato, el problema nunca puede estar en el relato. Debe estar en alguien que conspira contra él.
El Kirchnerismo necesitó corporaciones, medios hegemónicos, jueces y poderes concentrados. Milei necesita casta, periodistas, empresarios prebendarios, economistas fracasados, socialistas y terroristas gramscianos. Cambian los sustantivos, pero la estructura política permanece.
Por eso resulta cada vez menos interesante discutir si Milei pertenece exactamente a determinada categoría ideológica. La pregunta relevante es otra: ¿qué relación está construyendo con el pluralismo? Digo esto porque la democracia no consiste simplemente en ganar elecciones.Consiste también en aceptar que millones de ciudadanos pueden pensar exactamente lo contrario que quien las ganó.Y no solo eso, sino que tienen derecho a hacerlo.
La frase que comienza a escucharse
En ámbitos políticos, económicos y periodísticos comenzó además a circular otra frase incómoda, que algunos la pronuncian públicamente, aunque muchos más la dicen en privado. “El Presidente no está pensando bien”.
Ahora bien, conviene ser extremadamente prudentes con la frase. No corresponde hacer diagnósticos psicológicos ni psiquiátricos a distancia. Mucho menos utilizar la salud mental como herramienta de descalificación política. Pero existe una pregunta perfectamente legítima que una sociedad democrática puede formularse: ¿está tomando buenas decisiones políticas el Presidente?
Eso sí podemos discutirlo. Podemos analizar sus discursos. Podemos observar sus reacciones. Podemos estudiar sus decisiones. Podemos preguntarnos si la creciente intolerancia frente a la crítica responde a una estrategia electoral, a una radicalización ideológica o a una manera de ejercer el poder que se vuelve más evidente a medida que avanza el gobierno.
No necesitamos diagnosticar al hombre, pero tenemos la obligación de evaluar al Presidente.
La intolerancia como estrategia
Hay, sin embargo, una hipótesis todavía más inquietante. ¿Y si no estamos frente a un descontrol sino frente a una estrategia?
La polarización tiene una enorme utilidad electoral: simplifica. Obliga a elegir. Elimina matices. Convierte cualquier crítica al gobierno en una adhesión implícita a sus adversarios.
Si alguien cuestiona la política económica, entonces quiere que vuelva el Kirchnerismo. Si cuestiona el estilo presidencial, pertenece a la casta. Si reclama instituciones, defiende privilegios. Si discute una idea libertaria, termina siendo socialista. Y si insiste demasiado, quizás descubra —como yo— que además es un terrorista gramsciano.
La operación política es formidable porque impide la existencia del centro. Y Milei necesita precisamente eso. Necesita que la elección de 2027 vuelva a plantearse como aquella de 2023: él o el pasado.
El problema es que ya no estamos en 2023. Ahora Milei también tiene pasado. Es el pasado de su propio gobierno.
El verdadero comienzo de la campaña
Quizás estemos viendo algo más importante de lo que parece. Tal vez la campaña presidencial de 2027 ya comenzó. Y si comenzó de esta manera, deberíamos preocuparnos.
Porque una campaña electoral organizada alrededor de la identificación de enemigos puede producir una sociedad todavía más fragmentada que la que ya tenemos.
La Argentina conoce perfectamente esa historia. Peronistas contra antiperonistas. Civiles contra militares. Kirchneristas contra antikirchneristas. La grieta. Siempre encontramos alguna manera de dividirnos en dos mitades convencidas de que la otra mitad constituye una amenaza para la República.
Milei prometió terminar con muchas cosas. Sería paradójico que terminara perfeccionando precisamente esa.
La democracia que viene
El desafío, entonces, no consiste en pedirle al Presidente que sea amable. Eso sería casi infantil.
El desafío consiste en exigir algo mucho más elemental: que reconozca la legitimidad del otro.
La democracia es precisamente el sistema político diseñado para que personas que se consideran profundamente equivocadas entre sí puedan convivir sin eliminarse. No exige consenso. Exige reglas. No exige afecto. Exige tolerancia. No exige que el Presidente respete intelectualmente a sus adversarios. Exige que los reconozca como ciudadanos legítimos.
Cuando esa frontera comienza a desaparecer, el deterioro democrático no llega necesariamente mediante tanques, golpes de Estado o clausuras del Congreso.
Puede comenzar de una manera mucho más sencilla. Con palabras. Primero se ridiculiza al adversario. Después se lo descalifica. Luego se lo convierte en enemigo. Y finalmente se convence a una parte de la sociedad de que ese enemigo carece de legitimidad. La historia demuestra que conviene detenerse bastante antes.
Mi pequeña confesión
Así que finalmente descubrí que soy un terrorista gramsciano. Aparentemente lo fui durante décadas sin advertirlo.
No sé exactamente cuándo comenzó mi actividad subversiva. Quizá cuando enseñaba en la universidad. Tal vez cuando ejercía como abogado. Quizá cuando participé en política. O probablemente cuando cometí el imperdonable delito de comenzar a cuestionar algunas decisiones del actual Gobierno.
Pero hay algo que sí sé. No pienso dejar de hacerlo. Porque existe una diferencia enorme entre cuestionar un gobierno y querer destruirlo. Entre criticar a un presidente y desconocer su legitimidad. Entre ser opositor y ser enemigo. Esa diferencia tiene un nombre. Se llama democracia.
Y precisamente por eso debería preocuparnos que desde la máxima autoridad del Estado esas fronteras comiencen a borrarse. No porque Javier Milei insulte. Eso, después de casi tres años, difícilmente pueda sorprender a alguien.
Lo preocupante será si la campaña hacia 2027 termina construyéndose sobre una idea mucho más peligrosa: que quienes apoyan al Presidente son ciudadanos y quienes lo cuestionamos somos enemigos.
Porque entonces el problema ya no será Gramsci. Ni los periodistas. Ni los economistas. Ni los políticos. Ni siquiera Milei. El problema será qué clase de democracia estaremos dispuestos a aceptar los argentinos para elegir al próximo presidente.
Mientras tanto, seguiré escribiendo. Ahora con una nueva credencial. Abogado. Docente. Productor. Analista político. Y, según parece, terrorista gramsciano.
A esta altura de la vida, uno nunca termina de actualizar el currículum.
Sergio Mammarelli
Primicias Rurales
Jul 19, 2026 | Actualidad, Columnas, Desarrollo Humano
En esta columna de opinión, el abogado y escritor Sergio Mammarelli reflexiona sobre el fervor popular durante el Mundial, analizando cómo el fútbol trasciende lo deportivo para convertirse en un espejo de la historia, las identidades nacionales y las pasiones de todo un país.
Por Sergio Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.
Buenos Aires, martes 21 junio (PR/26) — Cada cuatro años, millones de argentinos que no distinguen un lateral de un líbero amanecen convertidos en directores técnicos.
No es ignorancia ni delirio: es que en el Mundial no juegan equipos, juegan países, y eso lo explica casi todo.
Voy a confesar algo que a cualquier futbolero le sonará a herejía. No soy de fútbol. Sé poco y nada: me pierdo en las formaciones, no tengo equipo que me desvele los domingos, y podría vivir un año entero sin enterarme de quién salió campeón del torneo local.
Y sin embargo, cada cuatro años, con la puntualidad de una estación, me despierto transformado en el mejor técnico del mundo. Sé exactamente a quién había que poner de titular, en qué minuto había que hacer el cambio, qué le faltó al mediocampo y qué le sobró al rival. No soy el único. Somos millones los que ese mes hablamos con una autoridad táctica que no tenemos las otras cuarenta y siete semanas del año.
La pregunta no es por qué sabemos tan poco. La pregunta es por qué, de golpe, nos importa tanto.
El seleccionador que llevamos dentro
Hay algo casi cómico en el fenómeno si uno lo mira desde afuera. Un país entero que el resto del tiempo desconfía de todo —de los dirigentes, de los pronósticos, de las promesas— entrega de pronto su humor colectivo a once tipos que la mayoría no sabría reconocer por la calle.
Un tipo que jamás pisó una cancha discute la línea de tres con la vehemencia de un cirujano defendiendo una técnica. Una señora que nunca en su vida vio un partido completo llora con un himno. Y todos, absolutamente todos, tienen razón, porque en ese mes la razón futbolística es lo de menos.
Lo que se activa no es el conocimiento del deporte. Es otra cosa, más vieja y honda, que el deporte apenas viene a poner en escena.
No juegan equipos, juegan países

Para entender nuestras reacciones —las mías incluidas, que no tienen ninguna base técnica— tal vez convenga aceptar una idea incómoda: en el Mundial no se enfrentan equipos de fútbol. Se enfrentan países. Y una vez que uno asume eso, casi todo lo demás se ordena solo.
No es Argentina contra Inglaterra: es un siglo y medio de historia entrando a la cancha disfrazado de partido. No es una camiseta contra otra: es lo que cada país cree ser midiéndose contra lo que el otro país cree ser.
Por eso el resultado duele o alegra en una escala que ningún partido de club alcanza jamás. Nadie llora ochenta minutos por un descenso ajeno. Se llora por lo otro, por lo que la pelota apenas representa y nunca termina de decir del todo: quiénes somos, de dónde venimos, a quién no le perdonamos nada.
El espejo inglés
Y acá conviene ser honestos, porque el fenómeno no es una rareza nuestra. Del otro lado piensan igual, aunque no lo digan con nuestras palabras. Al inglés le resulta sencillamente inadmisible que la Argentina le gane: no por soberbia deportiva, sino porque entre esos dos países hay demasiada historia como para que un resultado quede en resultado.
Para él, perder con nosotros no es perder un partido. Es algo que no debería poder pasar, y que sin embargo pasa, y que por eso escuece de un modo que ningún manual táctico explica.
Lo justo es admitir que el espejo también nos devuelve nuestra imagen.
Del mismo modo que el inglés no concibe caer ante Argentina, a nosotros nos cuesta entender cómo una selección africana, a la que miramos por arriba del hombro sin decirlo, puede hacernos semejante fuerza y a veces ganarnos.
Ahí está la trampa: creemos que el asombro es por el fútbol, cuando en realidad es por el mapa.
Nos sorprende que nos compliquen los que, en nuestra cabeza, «no deberían».
Esa frase —«no deberían»— no la dicta la táctica. La dicta una jerarquía de países que llevamos adentro sin habérnosla enseñado nadie.
El insulto de «es sólo fútbol»

Por eso me parece un error, y hasta una pequeña falta de respeto, interpretar todo esto como que «es solo fútbol». La frase la dice siempre el mismo tipo de persona: el que confunde el desapego con la inteligencia, el que necesita que la alegría ajena pida permiso antes de ocupar espacio. Y es, además, falsa.
No es sólo fútbol.
Es pasión, y la pasión no se disculpa.
Es lo que representa un país entero puesto a prueba en noventa minutos: sus conflictos geopolíticos, étnicos, religiosos, raciales, sus deudas viejas, sus revanchas nunca cobradas. Es todo eso encontrando, por una vez, un lugar donde manifestarse sin pedir perdón.
Reducir eso a «sólo fútbol» no es sobriedad ni madurez.
Es la vieja técnica argentina de declarar menor lo que no sabemos administrar: si no lo puedo controlar, lo llamo vulgar; si no lo puedo explicar, lo llamo exceso.
Pero lo que se juega ahí no es un torneo. Es la única versión de nosotros mismos en la que, por un rato, creemos sin condiciones.
No me pidan objetividad. No la tengo. Que España tenga el mejor equipo del mundo, si quiere. Yo, que no sé nada de fútbol, sé una sola cosa con una certeza que no admite discusión: a los gallegos, esta vez, no les perdono que nos ganen.
Por Sergio Mammarelli
Primicias Rurales
Jul 19, 2026 | Actualidad, Columnas
El Mundial se apagó, pero la crisis nunca se había ido: crónica del domingo en que la ilusión y el país real volvieron a jugar la misma final.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Buenos Aires, jueves 30 julio (PR/26) — El silencio después de la final. Hay un silencio que aparece después de una derrota importante y que no se parece a la tristeza. Es más ancho, más frío: es vacío.
Es la sensación física de haber estado a un paso de tocar algo enorme y de volver, de golpe, a la intemperie de siempre. El domingo 19 de julio, España le ganó a Argentina uno a cero en el alargue y se coronó campeona del mundo por segunda vez en dieciséis años.
El dato es seco y verificable, y debería agotar la crónica en una línea. Pero no la agota. Porque una final no se juega para que después alguien nos explique, con estadísticas, por qué perder era razonable.
Argentina llegó a esa final y no era poco.
Llegó con un equipo que sostuvo la ilusión durante cinco semanas, con un Messi de treinta y nueve años jugando quizá su última gran batalla mundialista, y con un país entero que —aun sospechando que el partido podía salir mal— se permitió creer.

España fue superior; eso también hay que decirlo, y lo diremos más de una vez en estas líneas, porque es la parte incómoda de la historia.
Fue fiel a una idea de juego que no traicionó ni siquiera en el mal trago inicial ante Cabo Verde. La derrota duele porque el fútbol argentino no se conforma con participar, y esa exigencia, lejos de ser una enfermedad, ha sido durante décadas una de las pocas formas de ambición colectiva que todavía nos quedan.
El catálogo del reproche
Pero esta vez hubo algo más. La prensa internacional aprovechó la caída para desplegar su catálogo habitual: argentinos soberbios, maleducados, incapaces de perder.
Como si una disputa al borde del campo, un gesto de bronca o una mala reacción al final habilitaran a convertir a un país entero en caricatura moral. Es curioso, a las potencias se les perdona la arrogancia como si fuera carácter; a los argentinos se nos reprocha hasta el orgullo de haber llegado.
No se trata de justificar lo injustificable.
Si hubo jugadores que se excedieron, corresponde decirlo, porque la derrota también mide el carácter.
Pero una cosa es pedir autocrítica y otra muy distinta es disfrutar del castigo.
Hubo, en buena parte de la cobertura mundial, una satisfacción apenas disimulada por ver caer al campeón de 2022, al equipo de Messi, a ese país incómodo que, aun con todas sus crisis, conserva la insolencia de creer que puede competir con cualquiera. Y esa insolencia es lo último que deberíamos entregar.
Nadie pierde solo
Ahora bien, casi antes de que el árbitro esloveno Slavko Vinčić terminara de pitar el final, empezó a jugarse el segundo partido: el que no se disputa en el césped sino en los teléfonos.
Circuló en las redes la certeza de que algo distinto había ocurrido bajo la superficie del resultado. Una orden, un apriete, una pelota con chip, un árbitro amenazado, un acuerdo firmado en algún despacho de Zúrich para que la Argentina no repitiera título.
La final futbolística duró noventa y tantos minutos. La final imaginaria, la que se juega en el terreno de la sospecha, todavía no terminó.
Los hechos, desarmados con paciencia y no con el machete de la indignación, son estos. En la semifinal ante Inglaterra, un grupo de jugadores desplegó sobre el césped una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas».
La FIFA, que había prohibido ese tipo de consignas, abrió una investigación disciplinaria; el Reino Unido reclamó una pesquisa exhaustiva. Los especialistas en derecho deportivo coincidieron en que cualquier sanción, de producirse, sería económica o administrativa y en ningún caso podía derivar en pérdida de puntos ni descalificación. El reglamento no contempla ese mecanismo.
Eso no impidió que, apenas caído el resultado, un audio atribuido a Claudio Tapia mencionando una sanción de diez años circulara como si fuera evidencia forense.
El relato conspirativo tiene una arquitectura casi elegante. Primero se instala la amenaza, después, el castigo posible y finalmente, cuando el resultado no coincide con el deseo, esos dos elementos verdaderos en su origen se sueldan para explicar lo inexplicable: que el vigente campeón perdiera una final jugando mal. Hay algo cierto y es irrefutable.
Argentina jugó mal. Ese es, probablemente, el dato que menos circula, porque no tiene la textura narrativa de la conspiración. Un equipo que erra pases es una anécdota deportiva. Un equipo al que «le robaron» el título es una épica.
Con esto, nadie piense que estoy realizando una defensa acrítica de la FIFA.
Que no haya evidencia de un arreglo no vuelve inmaculado al fútbol de elite. El punto no es negar la posibilidad en abstracto, sino que afirmarla en este caso concreto exige algo más que un audio sin origen, un video descontextualizado y la necesidad emocional de que la Selección no haya, simplemente, jugado mal.
La misma gramática
En realidad, la pregunta que importa no es si la FIFA arregló la final, sino por qué una sociedad entera prefiere en 2026 la hipótesis del complot a la hipótesis de la derrota simple.
El complot es, paradójicamente, reconfortante: convierte a la víctima en protagonista de una trama mayor, la saca del llano de lo contingente y la instala en el escenario de lo histórico.
No perdimos: nos quitaron. La derrota humilla; el complot dignifica.
Se suponía que un mes de fútbol funcionaría como anestesia colectiva, y en cambio la lógica del pensamiento conspirativo que domina nuestra conversación pública migró sin fricción del tablero de la política al campo de juego. No hubo tregua: hubo continuidad. El mismo reflejo que explica una derrota electoral por fraude, o una crisis económica por sabotaje externo, explicó ahora una final perdida por conspiración. No es que el fútbol se haya contaminado de política. Es que ambos comparten hoy la misma gramática: si algo malo ocurre, alguien poderoso lo decidió así.
Volvimos al país real
Hoy, ya se acabaron los partidos, las cábalas, las noches pendientes de una pantalla. Se apagó esa pausa colectiva que nos permitió, durante cinco semanas, poner la atención en algo que no fueran las cuentas, el trabajo que falta, los precios que suben, los jubilados que no llegan, las rutas rotas, las economías regionales asfixiadas.
El Mundial fue, también, un ilusionismo: hermoso, necesario, profundamente humano. Durante un mes y medio sentimos que había una causa común, una camiseta que nos ponía del mismo lado y un destino que se podía disputar hasta el último minuto. No es poca cosa en un país partido en mil fragmentos, donde cada argentino parece obligado a salvarse solo.
Pero sería fácil, y falso, caer en el lugar común del «se terminó la fiesta, volvemos a la crisis». Lo cierto es que la fiesta nunca suspendió la crisis. No fue una tregua: fue una superposición. Dos películas proyectándose al mismo tiempo sobre la misma pared, y la otra nunca dejó de correr.
Volvió el país real. El del comerciante que no sabe si podrá reponer mercadería. El del trabajador que hace cuentas antes de cargar nafta. El del productor que mira el clima, los costos y los impuestos antes que la tabla de posiciones.
El de los jóvenes que ya no discuten cómo transformar la Argentina, sino cómo irse de ella. El de las provincias que miran desde lejos cómo las decisiones se toman en Buenos Aires y las consecuencias se pagan en cada pueblo del interior.
Mientras todavía dura el duelo futbolero, la Argentina ya reactivó el ajedrez electoral: no va a tardar cinco semanas en volver a discutir 2027; va a tardar, como mucho, cinco días.
A un córner de la gloria
Hay un detalle que se parece demasiado a un símbolo. Esta es la tercera vez en la historia que Argentina pierde una final del mundo por el mismo marcador exacto: uno a cero.
Tres derrotas mínimas, tres finales decididas por un solo gol, tres veces a un córner de distancia de la gloria. Casi una lectura mística de lo que le sucede a este país frente a sus propios objetivos colectivos: siempre cerca, siempre compitiendo de igual a igual hasta el final y, sin embargo, sin la solidez adicional que hace falta en el último tramo.
Podría decirse lo mismo de nuestra historia económica de las últimas cinco décadas: siempre a un ajuste de distancia de la estabilidad, siempre a una reforma de distancia del desarrollo sostenido, siempre jugando el partido entero para perderlo por el margen más estrecho en el momento menos perdonable. La final se pierde en el detalle, no en el planteo general.
Quizá el sentimiento que nos deja este Mundial sea precisamente ése: no fracasamos por perder una final. Fracasamos cuando somos capaces de reunirnos, emocionarnos, sacrificarnos y creer durante cuarenta días por una pelota, pero no logramos exigir con la misma pasión un país que funcione para sus hijos.
La selección nos recordó que se puede competir, resistir y llegar lejos incluso cuando las condiciones no son perfectas. Falta lo más difícil: trasladar esa convicción a la vida de todos los días, donde no hay árbitro esloveno al que culpar ni pelota con chip que explique el resultado.
El Mundial terminó. Y la Argentina, esa final interminable que jugamos todos los días, recién vuelve a empezar. La pregunta es si esta vez, cuando se disipe el humo, vamos a animarnos a mirar la otra película o si preferiremos, una vez más, seguir sin saber: porque la incertidumbre, bien administrada, resulta más habitable que la certeza de haber jugado mal nuestra propia final.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales