Hoy se celebra a Santa Rosa de Lima, patrona de América y las Filipinas

Hoy se celebra a Santa Rosa de Lima, patrona de América y las Filipinas

La fiesta universal de Santa Rosa de Lima (1586-1617), patrona de América y Filipinas, es el 23 de agosto.

 

 

La rosa más bella del jardín

Isabel Flores de Oliva, Santa Rosa, nació en Lima (Perú) el 20 de abril de 1586 y fue bautizada el 25 de mayo de ese mismo año. Aunque su nombre era Isabel -puesto en honor a su abuela materna-, una de las indias que servía en casa de los Flores de Oliva empezó a llamarla de cariño ‘Rosa’, debido a la belleza con que se coloreaban sus mejillas. Con el paso del tiempo, esa forma cariñosa de llamar a la niña fue adquirida por sus propios padres y el entorno familiar.

A los once años ‘Rosita’ se mudó con su familia a Quives, un pueblo ubicado en las serranías de Lima, a consecuencia del fracaso de su padre en la explotación de una mina, lo que dejó a la familia Flores de Oliva en serios problemas económicos. Aquellos fueron ciertamente tiempos difíciles, pero en los que no faltarían copiosas bendiciones.

Una de estas tuvo lugar en 1597. Santo Toribio de Mogrovejo, entonces arzobispo de Lima, administró a Isabel el sacramento de la Confirmación mientras se encontraba de visita pastoral en Quives. El encuentro con el también santo fue muy significativo. Fue el arzobispo quien ‘oficialmente’ le cambiaría de nombre. De acuerdo a la costumbre, el confirmando podía pedir y recibir un nuevo nombre; Isabel no perdió tiempo y pidió el de ‘Rosa’.

Crucificada con Cristo

Al cumplir los 20 años, Rosa regresó a Lima, capital del virreinato del Perú. La joven empezó a trabajar en el huerto de la casa familiar, donde pasaba buena parte del día y durante la noche cosía ropa para las familias pudientes de la ciudad. Con eso se hacía de un dinero para ayudar al sostenimiento del hogar. No obstante, a pesar de la situación, Rosa era una joven muy feliz, y no por casualidad: para ese momento, la santa ya dedicaba horas enteras a la oración y la práctica de la penitencia. He ahí a todas luces la fuente de su alegría.

A medida que su amor por el Crucificado se iba haciendo más intenso, se sintió inspirada para una entrega mayor a Dios. En su alma empezó entonces a rondar la idea de hacer un voto de virginidad.

Rosa se descubría llamada a esforzarse por asistir a misa con frecuencia y así recibir la santa comunión. Con cierta naturalidad, su alma se estaba abriendo a nuevas dimensiones espirituales como la mística y la contemplación. Casi sin darse cuenta, la joven se había convertido en signo de contradicción para una ciudad -Lima- sedada en su identidad cristiana, cuando no simplemente presa de la frivolidad.

 

Corona de espinas

En una ocasión, la madre de Rosa hizo una corona de flores y se la puso en la cabeza para que la luzca en un evento social. Rosa no se sentía cómoda en lo absoluto y presionó tanto una de las ramas de la corona, que se clavó una de las horquillas. Un breve hilo de sangre y un dolor punzante la transfiguraron. A Rosa se le iluminó el corazón y el pesar fue transformado en penitencia.

De pronto, Rosa había aprendido que se pueden aprovechar las circunstancias de la vida para unirse a Cristo sufriente. Una vez, cuando una mujer halagó la suavidad de sus manos y la finura de sus dedos, la joven las cubrió, tan pronto como pudo, con barro.

Ese tipo de reacciones, difíciles de comprender hoy, respondían a una lógica muy distinta a la que regula el presente: Rosa era muy consciente de cuán difícil es dominar el amor propio y la vanidad, así como preservar el corazón exclusivamente para su ‘esposo’, el Señor Jesús. Por eso realizaba también intensos ayunos y pasaba las noches en vela haciendo oración por los pecadores, especialmente por aquellos que se habían cerrado a Dios.

 

Por amor a las almas en necesidad

Rosa se sometió a rigores físicos y a distintos tipos de mortificaciones, siempre con el deseo de alejar de sí las distracciones, ofreciendo lo que hacía por los más necesitados.

A pesar de que sus padres intentaron casarla, ella se negó y defendió su vocación particular. Así, el 10 de agosto de 1606, Rosa ingresó como Terciaria en la Orden de Santo Domingo, siguiendo los pasos de Santa Catalina de Siena, su “maestra espiritual”. Después, a sugerencia de un sacerdote dominico, aceptó que la llamaran ‘Rosa de Santa María’.

 

Caridad, mística y amistad

Con la ayuda de su hermano Hernando, Rosa construyó una ermita en un rincón del huerto de su casa; allí oraba y se mortificaba. En soledad, de jueves a sábado, comenzó a tener experiencias místicas: la primera de ellas fue conocer los sufrimientos del Señor durante la Pasión.

Es cierto que Rosa pasaba gran parte del tiempo recluida en su ermita, pero no menos cierto es que se daba tiempo para ir a la iglesia de la Virgen del Rosario, o para atender a los enfermos abandonados o a los esclavos maltratados. En medio de esas labores conoció a San Martín de Porres, con quien compartía el afán de asistir a quienes, por su sufrimiento, eran otros Cristos, escarnecidos y llagados. Ambos santos se harían buenos amigos, como corresponde a los que son compañeros en el ejercicio de la caridad.

Rosa tenía el alma ardiendo de amor a Dios y a los hermanos. Se cuenta cómo su tono de voz cambiaba y su rostro se encendía cuando hablaba de Él, Jesús; lo mismo que cuando se ponía en presencia del Santísimo Sacramento, o cuando recibía la Eucaristía. Por supuesto, nada de esto la eximió de las incomprensiones, las burlas de muchos, o, incluso, de alguna falsa acusación o rumor.

Como fuese, por la fuerza de su testimonio, los limeños empezaron a reconocerla, amarla y a ver en ella una luz que irradiaba santidad. Se dice que dialogaba con el Ni{ño Jesús que se le aparecía.

 

Protectora de Lima

En 1615, un grupo de piratas quiso atacar la ciudad de Lima. Se trataba de hombres atraídos por las leyendas sobre sus tesoros y riquezas. Estando sus barcos anclados frente al Callao, Santa Rosa y otras mujeres acudieron a la iglesia de la Virgen del Rosario para rezar ante el Santísimo Sacramento y pedir a Dios que librara del saqueo a la capital.

La santa se quedó delante del sagrario con ánimo de protegerlo. Rosa no estaba dispuesta a permitir que alguien se acercara a él con ánimo de profanarlo. Si la ciudad caía en manos del enemigo, ella entregaría la vida.

Un par de días después, corrió la noticia de que el capitán de la embarcación pirata había muerto, y que su barco se había retirado. Los limeños, entonces, ya no tenían dudas sobre Rosa: esto había sido un milagro y ella era su intercesora.

 

Últimos años

En sus últimos años de vida, la salud de la santa decayó mucho y tuvo que ser recibida en casa de una familia de esposos muy piadosos, Don Gonzalo de la Maza y Doña María Uzategui. La pareja la consideraba como una hija y velaron por ella por casi tres años, hasta el día de su muerte.

A pesar de su débil salud, Rosa oraba así: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”.

Recordaba Benedicto XVI en agosto de 2008 que Santa Rosa solía repetir: «Si los hombres supieran qué es vivir en gracia, no se asustarían de ningún sufrimiento y aguantarían con gusto cualquier pena, porque la gracia es fruto de la paciencia».

 

Desposorio místico

En 1617, el Domingo de Ramos, tuvo lugar su “desposorio místico”. Mientras oraba delante de la Virgen del Rosario, el Niño Jesús le dijo: “Rosa de mi Corazón, yo te quiero por esposa”. Ella le respondió: “Señor, aquí tienes a tu inútil esclava; tuya soy y tuya seré para siempre».

Hoy, en la Iglesia de Santo Domingo, en el centro de Lima, se conserva la loseta sobre la cual estaba de pie la santa cuando sucedió su desposorio.

 

¡Santa, santa!

Santa Rosa de Lima murió el 24 de agosto de 1617 a los 31 años. Los funerales movilizaron a toda la ciudad. Entre los asistentes estuvieron altas autoridades eclesiásticas, políticas y el Virrey de España. Pero no solo ellos, estaba el pueblo que pugnaba por entrar a la casa de los de la Maza al grito de “¡santa, santa!”.

Muchas personas se acercaron al féretro en el que yacía el cuerpo de Rosa para arrancar un trocito de su hábito y preservarlo como reliquia. Otras tuvieron que ser dispersadas por la guardia del Virrey porque llegaron hasta arrancarle un dedo del pie.

Santa Rosa fue sepultada inicialmente en el claustro del Convento de los Dominicos, pero su cuerpo después fue trasladado a la capilla de Santa Catalina de Siena en la iglesia del Rosario. Su cráneo se encuentra hoy en la iglesia de Santo Domingo -ubicada a unos pasos de la Plaza Mayor de Lima- junto a los cráneos de San Martín de Porres y San Juan Macías.

 

El lugar prominente de la mujer en la Iglesia

Rosa de Santa María fue canonizada por el Papa Clemente X en 1671, convirtiéndose en la primera santa de América. El mismo Pontífice la declaró patrona principal del Nuevo Mundo (América), Filipinas e Indias Occidentales.

Hace más de treinta años, el Papa San Juan Pablo II dijo de Rosa: “Primera santa de América, Rosa de Lima, con su vida sencilla y austera su carácter dulce, su ardiente palabra y su apostolado entre los pobres, los indios y los enfermos, fue también una intrépida evangelizadora, testimonio elocuente del papel decisivo que la mujer ha tenido y sigue teniendo en el anuncio del Evangelio (Ángelus, 6 de septiembre de 1992).

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Si deseas puedes conocer más sobre Santa Rosa de Lima a través de este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Rosa_de_Lima.

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Fuente: ACI Prensa
Hoy se celebra el martirio de San Juan Bautista

Hoy se celebra el martirio de San Juan Bautista

Hoy la Iglesia conmemora el Martirio de San Juan Bautista. Su vida y muerte nos recuerdan el valor de la fidelidad a la verdad y a los mandamientos de Dios sin negociaciones.

 

 

Buenos Aires, sábado 29 agosto (PR/26) — Cada 29 de agosto la Iglesia Católica conmemora el Martirio de San Juan Bautista, precursor de Jesucristo, llamado a preparar los caminos del Señor: “Yo soy la voz que clama en el desierto: ‘enderezad el camino del Señor’, como dijo el profeta Isaías” (Jn 1, 23).

Juan, primo de Jesús, fue condenado a muerte por haber anunciado la verdad del Mesías y denunciado aquellas conductas del pueblo de Israel que ofendían a Dios.

Antigua y profunda veneración

San Juan Bautista es el único santo al que se celebra tanto su nacimiento (24 de junio) como su muerte (29 de agosto), acontecida por medio del martirio.

El Papa Benedicto XVI, en la audiencia general del 29 de agosto de 2012, recordaba que la memoria [del martirio] de Juan el Bautista “se remonta a la dedicación de una cripta de Sebaste, en Samaria, donde ya a mediados del siglo IV se veneraba su cabeza. Su culto se extendió después a Jerusalén, a las Iglesias de Oriente y a Roma, con el título de ‘Decapitación de San Juan Bautista’”.

Luego, el Pontífice añadía: “En el Martirologio romano se hace referencia a un segundo hallazgo de la preciosa reliquia, transportada, para la ocasión, a la iglesia de San Silvestre en Campo Marzio, en Roma. Estas pequeñas referencias históricas nos ayudan a comprender cuán antigua y profunda es la veneración de San Juan Bautista”.

El relato del martirio

El relato del martirio de Juan el Bautista se encuentra en el Evangelio de San Marcos: «Herodes había mandado poner preso a Juan Bautista, y lo había llevado encadenado a la prisión, por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipos, con la cual Herodes se había ido a vivir en unión libre. Porque Juan le decía a Herodes: ‘No le está permitido irse a vivir con la mujer de su hermano’. Herodías le tenía un gran odio por esto a Juan Bautista y quería hacerlo matar, pero no podía porque Herodes le tenía un profundo respeto a Juan y lo consideraba un hombre santo, y lo protegía y al oírlo hablar se quedaba pensativo y temeroso, y lo escuchaba con gusto» (Mc 6, 17 – 29).

Llegó el día en que Herodes ofreció un banquete a los tribunos y principales de Galilea por su cumpleaños. Durante la fiesta, se presentó a bailar la hija de Herodías y fue tal el agrado que Herodes encontró en la danza de la joven que le prometió que cumpliría cualquier deseo que tuviese. Por eso ella, a sugerencia de su perversa madre, pidió la cabeza de Juan Bautista. Herodes sintió pena por Juan, al que escuchaba con gusto, pero no tuvo el valor de rechazar el pedido ni quiso verse comprometido frente a sus invitados. Al rato, la cabeza de Juan le fue entregada en una bandeja.

San Juan Bautista, mártir de la verdad

Benedicto XVI, en la audiencia mencionada anteriormente (2012), añadía: «La Iglesia celebra hoy la memoria del Martirio de san Juan Bautista, el precursor de Jesús, que testimonia con su sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios. Su vida nos enseña que cuando la existencia se fundamenta sobre la oración, sobre una constante y sólida relación con Dios, se adquiere la valentía de permitir que Cristo oriente nuestros pensamientos y nuestras acciones».

Además, destacó que «celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que no se puede descender a negociar con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad. La Verdad es verdad y no hay componendas».

«La vida cristiana exige, por decirlo de alguna manera, el ‘martirio’ de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, el valor de dejar que Cristo crezca en nosotros y sea Él quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede suceder en nuestra vida si la relación con Dios es sólida. La oración no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de una vida de oración fiel, constante y confiada, será el mismo Dios quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de modo feliz y sereno, para superar las dificultades y testimoniarlo con valor. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre la primacía de Dios en nuestra vida», agregó el entonces Papa.

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Si quieres profundizar en la vida de San Juan el Bautista, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Juan_el_Bautista.

 

 

Primicias Rurales
Fuente: ACI Prensa
Hoy 28 de agosto celebramos a San Agustín, Doctor de la Iglesia y patrono de los que buscan a Dios

Hoy 28 de agosto celebramos a San Agustín, Doctor de la Iglesia y patrono de los que buscan a Dios

 

Poseedor de una fineza espiritual y una profundidad intelectual extraordinarias, Agustín de Hipona no sólo ha dejado una huella indeleble en la tradición eclesiástica latina, sino que su pensamiento produjo un impacto decisivo en la ciencia y el saber occidentales.

En San Agustín toda alma que anhela alcanzar la verdad encuentra a un amigo seguro y confiable, en el que no hay ambages. Por eso, es el santo patrono de «los que buscan a Dios”, sea porque nunca lo conocieron, sea porque erraron en el camino.

A San Agustín de Hipona se le considera entre los Padres de la Iglesia, e integra la lista selecta lista de los Doctores de la Iglesia. Fue un brillante orador, filósofo y teólogo, autor de célebres textos entre los que se encuentran las Confesiones y La ciudad de Dios. Sirvió a la Iglesia como sacerdote y obispo.

“Tarde te amé” (San Agustín)

San Agustín de Hipona nació el 13 de noviembre del año 354 en la ciudad de Tagaste, ubicada al norte de África, en territorio que hoy pertenece a Argelia. Sus padres fueron Patricio Aurelio, ciudadano romano, y Mónica, mujer cristiana de probada virtud que alcanzaría la santidad por su abnegación y perseverancia, rezando y luchando por la conversión de su esposo y de su hijo.

Antes de su conversión al cristianismo, Agustín pretendió hacerse de fama y prestigio: pasó primero un tiempo en Cartago (antigua ciudad del norte de África) y luego se trasladó a Roma, capital del imperio. Sin duda, tanto su brillantez como inteligencia excepcionales lo ayudaron a convertirse en un ‘gran orador’ (algo así como los abogados defensores de hoy). Abrazó diversos tipos de doctrinas y creencias, y por largos años estuvo vinculado a la secta de los maniqueos, una de las tantas variantes del gnosticismo.

Las cosas empezaron a cambiar en su vida cuando fue destacado como orador del emperador (retor) en Milán. Allí conoció a San Ambrosio, obispo de la ciudad, cuyo testimonio de sabiduría y habilidad discursiva lo dejaron impresionado como jamás lo había estado. Providencialmente, Agustín pudo reconocer gracias a aquel hombre santo tanto la luz de la Verdad -así, con mayúscula-, algo que venía buscando por años, como, por contraste, la oscuridad en la que se encontraba su errática existencia.

Un día, cuando Agustín estaba en un jardín, sumido en una profunda melancolía, escuchó la voz de un niño que le decía: «Toma y lee; toma y lee» [Tolle, lege; tolle, lege]. El santo abrió, al azar, una biblia que tenía a mano. Sus ojos se posaron en lo primero que vio: el capítulo 13 de la carta de San Pablo a los romanos, que a la letra decía:

«Nada de comilonas ni borracheras; nada de lujurias y desenfrenos…revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias» (Rom 13,13-14).

El texto y las circunstancias le tocaron el alma y eso aceleró su proceso de conversión. Resolvió cambiar de vida según Cristo, y empezó por renunciar a los placeres de todo tipo que le obnubilaban el alma y a vivir castamente.

Cuando esto finalmente sucedió, Agustín ya no era un jovencito. De ahí su célebre lamento: “Tarde te amé, oh Belleza siempre antigua, siempre nueva. Tarde te amé” (Confesiones, libro VII).

Una madre excepcional: Santa Mónica

En el año 387, Agustín fue bautizado en Milán junto a su hijo; tenía cumplidos los 33 años. Siempre consideró que su conversión fue tardía y que desperdició buena parte de su vida buscando lo más grande en cosas que son pura apariencia. La muerte de su madre, Santa Mónica, ese mismo año, le dejó un gran sinsabor con respecto al saber adquirido y que solía ostentar.

Había tomado conciencia por fin de todo el amor y empeño que había puesto su madre en que él cambiase de vida y reciba a Cristo. Nunca antes había percibido con tanta claridad que su madre había sido una mujer de amor profundo por su familia, porque era una mujer llena de amor a Dios. Esta dura experiencia, que se combinaba con una gratitud insondable, marcaría a Agustín para el resto de su vida.

África otra vez: Hipona

De regreso a África, el santo se propuso llevar una vida de meditación y oración. Sin embargo, Dios tenía otros planes para él.

Un día, asistiendo a la Eucaristía en Hipona, fue interpelado por el obispo Valerio, quien ya había recibido noticias sobre su conversión. Entonces, Valerio le dijo que necesitaba con urgencia un sacerdote que lo asistiera en su labor pastoral. Aunque la idea no le agradó inicialmente, Agustín tomó aquel cuestionamiento como un llamado del Señor.

Así, después del tiempo y la preparación indicada, es ordenado sacerdote; y, cinco años después, obispo. Gobernó la diócesis de Hipona por 34 años, empleando sus dotes intelectuales y espirituales para atender las necesidades del rebaño que Dios le había encomendado.

Combatió las herejías de su tiempo, debatió contra las corrientes contrarias a la fe, acudió a varios concilios de obispos en África y viajó constantemente con el propósito de hablar rectamente sobre el Evangelio. Aunque se había descubierto, tiempo atrás, llamado a una vida silenciosa alejada del aplauso de las gentes, su labor como obispo se lo impidió de varias maneras. No pudo evitar que su labor episcopal contribuyera a acrecentar su prestigio dentro y fuera de la Iglesia, gracias a su lucidez, valor y sabiduría.

En agosto de 430, el obispo enfermó y el día 28 falleció. Su cuerpo fue enterrado inicialmente en Hipona, pero luego fue trasladado a Pavia (Italia).

Agustín, un santo para nuestro tiempo

En las últimas décadas, los pontífices han vuelto constantemente sobre la figura de este gran santo y lo han presentado como ejemplo e inspiración para los cristianos de nuestro tiempo. San Juan Pablo II en 1986, con ocasión del XVI Centenario de la Conversión de San Agustín, publicó la carta apostólica Augustinum Hipponensem [San Agustín de Hipona] con el propósito de difundir la vida y obra del Doctor de la Iglesia.

En enero del 2008, el Papa Benedicto XVI se refirió a él como “hombre de pasión y de fe, de altísima inteligencia y de incansable solicitud pastoral… dejó una huella profundísima en la vida cultural de Occidente y de todo el mundo”. Benedicto XVI solía decir que Agustín fue un “buen compañero de viaje” en su vida y ministerio.

En agosto de 2013, el Papa Francisco, durante la Misa de apertura del Capítulo General de la Orden de San Agustín (agustinos), se refirió también a él en estos términos: “Es el hombre que comete errores, toma también caminos equivocados, peca -es un pecador-, pero no pierde la inquietud de la búsqueda espiritual. Y de este modo descubre que Dios le esperaba; más aún, que jamás había dejado de buscarle Él primero”.

Si deseas acceder a más información, te recomendamos revisar el siguiente material que te ofrece la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Agustín_de_Hipona.

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Hoy celebramos a Santa Mónica, patrona de las esposas, modelo de mujer y de madre

Hoy celebramos a Santa Mónica, patrona de las esposas, modelo de mujer y de madre

“¡Cuántas lágrimas derramó esa santa mujer por la conversión del hijo! ¡Y cuántas mamás también hoy derraman lágrimas para que los propios hijos regresen a Cristo! ¡No perdáis la esperanza en la gracia de Dios!”, dijo el Papa Francisco durante la homilía de la misa de apertura del capítulo general de la Orden de San Agustín, el 28 de agosto de 2013. El Santo Padre aludía así a la manera particular como Santa Mónica (331-387) se ganó el Cielo.

Una esposa inteligente

Mónica nació en Tagaste, norte de África (actual Túnez), el año 331. Siendo joven, por un arreglo que hicieron sus padres, se casó con Patricio, un hombre violento y mujeriego. Alguna vez le preguntaron por qué su marido nunca la golpeaba teniendo tan mal genio. Es lugar común en la tradición decir que ella, ante la pregunta de qué hacía si su esposo estaba de mal genio, solía responder que su estrategia era no dejarse llevar por el mal  humor: que si él gritaba, ella respondía con su silencio; pues para pelear se necesitan dos y que si lo más conveniente era no responder, se quedaba callada, sin caer en el juego de la provocación.

Quizás hoy, una actitud así podría pasar por alguna forma de sumisión o pasividad, pero era algo muy distinto: Mónica hacía uso de cierta astucia y gran prudencia. Ella sabía muy bien que la violencia -verbal o física- no conduce sino a más violencia. Por eso, es más lógico pensar que ella escogió el mejor camino: el de la inteligencia, la perseverancia, el compromiso con el otro, la paciencia y la esperanza.

Santa Mónica, como queda en evidencia, jugó un rol muy activo dentro de su familia. Nunca dejó de rezar y ofrecer sacrificios por la conversión de su esposo, un hombre lleno de amargura, cosa que finalmente logró. El padre de Agustín, Patricio, se bautizó poco antes de morir y dejó este mundo como cristiano.

Lamentablemente, el dolor de la santa no acabaría allí. Agustín, su hijo mayor, era un joven de actitudes egoístas e impetuosas, que llevaba una vida disoluta y no tenía ningún interés en la fe. Mónica sufría al ver a su hijo alejado de Dios, aunque guardaba la esperanza de que se convertiría como lo hizo su esposo. Ella siguió rezando y ofreciendo sacrificios espirituales por su hijo.

La relación con este pasó por periodos muy difíciles, en los que hubo tensiones e incomprensiones que pusieron a prueba la paciencia y la fe de Mónica. Más de una vez pensó que sus esfuerzos eran inútiles, especialmente cuando veía a su hijo comportarse de manera inmoral, preso de los placeres y hambriento de fama y riquezas.

Quien ama, espera

Se dice que Mónica se apartó de él en varias oportunidades, incluso negándole que permaneciera en su casa. Desesperada, alguna vez se encontró -en palabras del mismo Agustín- con un “sacerdote, cierto obispo, educado en tu Iglesia y ejercitado en tus Escrituras” a pedirle que hable con Agustín y lo convenza de sus errores. Fue entonces que recibió aquella célebre respuesta de aquel pastor: “Esté tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas” (Confesiones III, 12, 21). Dios le daba, de esa manera, el consuelo, la fuerza que le faltaba y la sabiduría necesaria para entender mejor que “nuestros tiempos” no son siempre los tiempos de Dios.

Después de muchos años de incertidumbre sobre la salvación de su hijo, finalmente sus oraciones dieron el fruto esperado. Agustín, después de un largo itinerario espiritual e intelectual que lo había sumido en el vacío, recibió el bautismo en la Pascua del año 387.

Mónica tuvo la dicha de estar durante ese periodo al lado de su hijo, pues lo había seguido desde Tagaste (Norte de África) hasta Milán (Italia), ciudad en la que Agustín abrazó el cristianismo, con el apoyo y guía espiritual de San Ambrosio (340-397).

Modelo y consuelo para los padres

No mucho tiempo después, cuando ambos -Mónica y Agustín- se encontraban de camino de regreso a Tagaste, la santa cayó enferma y muere en el puerto de Ostia Antica (actual Italia). Tenía 56 años.

En el Ángelus del 27 de agosto del 2006, el Papa Benedicto XVI afirmó: “Santa Mónica y San Agustín nos invitan a dirigirnos con confianza a María, trono de la Sabiduría. A ella encomendamos a los padres cristianos, para que, como Mónica, acompañen con el ejemplo y la oración el camino de sus hijos”.

 

Si quieres saber más sobre Santa Mónica te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Santa_Mónica.

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Fuente: Aciprensa
Hoy celebramos a Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, patrona de los ancianos

Hoy celebramos a Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, patrona de los ancianos

Buenos Aires, miércoles 26 de agosto (PR/26) .- Cada 26 de agosto, la Iglesia celebra a Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, religiosa española que se santificó en el servicio a los ancianos en estado de abandono. En 1873 fundó -junto al P. Saturnino López Novoa- la congregación religiosa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, en la ciudad de Barbastro, Huesca (España).

Su obra se extendió rápidamente, floreciendo y dando abundantes frutos, al punto de que a la muerte de la Madre Teresa la congregación estaba a cargo de 103 asilos para ancianos, repartidos estos entre España y América.

El bien es difusivo

Teresa Jornet nació en Aitona, Lérida (España), el 9 de enero de 1843, en el seno de una familia profundamente católica. Como muestra de ello están las numerosas vocaciones que florecieron dentro de la familia. Dos de sus hermanas fueron también religiosas: una de ellas, Josefa, ingresó a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul y sirvió muchos años en un hospital de la Habana (Cuba); la otra se incorporó a la Congregación que Teresa fundó. Finalmente, tres de las hijas de su hermano también formaron parte de su comunidad.

Inicialmente Teresa estudió para ser maestra en la ciudad de Lérida. Al graduarse fue invitada por un tío suyo, el Beato P. Francisco Palau y Quer -carmelita descalzo exclaustrado- a trabajar en el Instituto de las Hermanas Terciarias Carmelitas, que él había fundado. Teresa trabajó allí con esmero, pero sin considerar aún la vida religiosa como opción para su vida.

“¿Qué quieres que haga por ti? (Mc 10, 51-52)

El llamado vocacional vino después. Teresa se descubrió llamada a la vida contemplativa y solicitó el ingreso al monasterio de las clarisas de Briviesca en Burgos (España) en 1872. Sin embargo, no llegó a realizar los votos y volvió a la casa familiar. Tras estos acontecimientos, replantea su camino y decide hacerse carmelita terciaria para dedicarse a la enseñanza.

En junio de ese mismo año, Teresa realizó un viaje junto a su madre a las aguas termales de Estadilla, Huesca. Durante el trayecto de regreso, Teresa se detuvo en Barbastro, localidad en la que conoció al Beato Saturnino López Novoa quien, con un grupo de sacerdotes amigos, se dedicaba al cuidado de ancianos abandonados.

Teresa vió en aquella noble labor una señal, algo que le indicaba la ruta que había estado buscando. Quizás, por vez primera, el futuro aparecía más despejado y luminoso. Percibía  que era Cristo mismo quien le pedía entregarse a los demás de esa manera.

La caridad asistencial y su sentido

Poco después, el 11 de octubre de 1872, Teresa regresaría a Barbastro, esta vez para quedarse. Llegó acompañada de su hermana María y de la amiga de ambas, Mercedes Calzada. Su propósito era unirse al grupo de las primeras aspirantes, dirigidas por el P. Saturnino. Teresa sería nombrada superiora de esa primera comunidad femenina.

Luego la santa recibe oficialmente, de manos del Beato Saturnino, las constituciones que habrían de regir la vida de aquellas mujeres. Unos meses más tarde, el 27 de enero de 1873, se realiza la fundación de la Congregación de Hermanitas de los Ancianos Desamparados.

Para mayo de 1873, las hermanitas llegan a Valencia, siempre acompañadas del P. Saturnino, a solicitud de la Asociación de Católicos de la ciudad. La idea era comenzar el trabajo de ayuda a los ancianos en abandono.

La espiritualidad de esta Congregación, concebida y forjada por sus santos fundadores, consiste en acoger a los ancianos más pobres e integrarlos en un ambiente de familia, atendiendo sus necesidades materiales y espirituales. En palabras de Teresa, se trata de: “Cuidar los cuerpos para salvar las almas”.

Teresa de Jesús Jornet e Ibars fue superiora general de su congregación hasta el día de su muerte, acontecida en Liria, Valencia, el 26 de agosto de 1897. Tenía 54 años.

El sendero del amor a los más frágiles

Teresa de Jesús Jornet e Ibars fue beatificada el 27 de abril de 1958 por el Papa Pío XII, solo cincuenta años después de su muerte.

El Papa San Pablo VI la canonizó el 27 de enero de 1974. En la homilía de la misa de canonización, el Papa señaló: “Teresa Jornet tuvo algo, misterioso si se quiere, que nos atrae. A su lado se siente esa presencia inefable de la Vida que la sostuvo y la alentó en sus afanes de consagración a Dios y al prójimo, orientándola hacia la senda concreta de la caridad asistencial. El fruto de la ingente labor desplegada por tan humilde religiosa cuajó de manera admirable, pero sin clamor externo. El quehacer de la gracia será siempre algo misterioso”.

En la actualidad, las Hermanitas de los Ancianos Desamparados tienen 204 hogares distribuidos en 19 países, entre los que se encuentran Alemania, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, España, Filipinas, Guatemala, México, Mozambique, Perú y Paraguay.

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Fuente: Aciprensa
Hoy 25 de agosto celebramos a San Luis de Francia, el rey que quiso salvar Tierra Santa

Hoy 25 de agosto celebramos a San Luis de Francia, el rey que quiso salvar Tierra Santa

San Luis fue un gobernante sabio, justo y prudente. Entre sus aciertos está el haber eliminado las ordalías -institución que pretendía administrar justicia, pero sobre la base de supercherías- y promovido el principio de presunción de inocencia en los juicios.

El rey niño

Luis nació en Poissy, cerca de París, el 25 de abril en el año 1214; hijo de Luis VIII y de Blanca de Castilla. Vivió en tiempos en los que Francia jugaba un papel importantísimo para la cristiandad europea, amenazada por el afán expansionista de los pueblos árabes y que pugnaba por fortalecer su identidad y cultura. Su Francia fue, también, la de uno de esos momentos privilegiados en los que el espíritu humano alcanza las cúspides de la grandeza: Luis fue contemporáneo de Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura, ambos destinados a ser profesores en París, donde se encontraba la universidad más famosa de aquel entonces.

Coronado en 1226 con apenas 12 años, no gobernó efectivamente hasta alcanzada la adultez. Mientras tanto el reino quedó bajo la regencia de la madre de Luis, doña Blanca de Castilla. Años más tarde, en 1235, Luis contrajo nupcias con Margarita de Provenza, con quien tuvo once hijos. Luis fue siempre un esposo y padre ejemplar.

Su corazón ardía de amor por la Iglesia y en sus decisiones siempre estaba el deseo de protegerla y extenderla. Fue así que durante su reinado apoyó la construcción de monasterios y el fortalecimiento de las órdenes religiosas.

La corona de espinas

Balduino II (1060-1131), último emperador latino de Constantinopla, se había visto obligado a vender la «Corona de Espinas» -la que según la tradición fue colocada en la cabeza de Jesús por la soldadesca romana antes de su crucifixión-, considerada una de las posesiones más célebres de monarca de origen francés.

La reliquia pasó por distintas manos hasta que fue recuperada por Luis IX. El santo, entonces, como expresión de su amor y devoción mandó derribar la capilla de San Nicolás y construyó en su lugar la Sainte Chapelle (Santa Capilla) en París para preservar allí esta y otras reliquias cargadas de simbolismo para los católicos, hoy patrimonio de toda la Iglesia.

La piedad y nobleza de San Luis de Francia lo llevó a integrar la Orden Terciaria Franciscana y la Orden Trinitaria. Entre los monasterios más famosos que mandó edificar en su intento por fortalecer a las órdenes religiosas estuvo el de Royaumont, así como el convento de Maubuisson (con ayuda de su madre). Para el servicio de sus súbditos construyó el hospital de ciegos Quinze-Vingts (Los Trescientos).

Las cruzadas

San Luis de Francia participó en dos cruzadas, decidido a recuperar el Santo Sepulcro y frenar las invasiones árabes en Tierra Santa, pero que terminaron en sendos fracasos. Sin embargo, por su compromiso y lealtad con la causa fue considerado como uno de los caballeros más valientes de la época.

En la primera cruzada cayó prisionero en Egipto, pero fue liberado. Como no se pudo lograr el objetivo de recuperar los lugares santos, el rey  colaboró en la organización de una segunda cruzada, durante la cual enfermó de disentería cerca de Cartago (norte de África, hoy Túnez) y murió.

San Luis IX falleció el 25 de agosto de 1270, un día después de haber recibido los últimos sacramentos. Tenía 55 años. Sus restos fueron trasladados a Francia y depositados en la iglesia de Saint-Denis, donde permanecieron a salvo hasta que fueron profanados en los días de la Revolución Francesa. Luis de Francia fue canonizado en 1297.

San Luis por todo el mundo

San Luis de Francia ha prestado su nombre a ciudades y accidentes geográficos como pocos santos. Es llamativa la toponimia asociada a él.

En América: la ciudad y provincia de San Luis, y San Luis del Palmar en la provincia de Corrientes, Argentina; San Luis del Marañón en Brasil; el lago Saint Louis en Canadá; los dos municipios de San Luis en Cuba; San Luis Talpa, en el Departamento de La Paz, El Salvador; la ciudad de San Luis en el estado de Misuri, Estados Unidos; la ciudad y el estado de San Luis Potosí en México; las ciudades mexicanas de San Luis de la Paz, San Luis Coyotzingo, San Luis Anáhuac y San Luis Acatlán.

Fuera de América: la isla de San Luis, en París, Francia; la región de Saint Louis en Senegal; y cinco provincias que llevan su nombre en Filipinas.

Además, abundan las instituciones educativas, los equipos deportivos y las Iglesias o parroquias que llevan el nombre del rey santo.

Si quieres profundizar en la figura de este gran santo, te recomendamos que leas el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Luis_IX.

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    Fuente: Aciprensa