Hoy celebramos a la Virgen del Carmen, la madre que nos invita a orar y nos libra del infierno

Hoy celebramos a la Virgen del Carmen, la madre que nos invita a orar y nos libra del infierno

Buenos Aires, jueves 16 de julio (PR/26) .- Cada 16 de julio los fieles devotos celebran la memoria de la Virgen del Carmen -también, Nuestra Señora del Carmen o Santa María del Monte Carmelo-, una de las advocaciones marianas más universales y antiguas de la Iglesia Católica.

María, auxilio en la hora final y garante de la vida eterna

El 16 de julio de 1251, San Simón Stock, superior de la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (carmelitas de la antigua observancia), se encontraba en oración, rogando a Dios que fortalezca a sus hermanos carmelitas que padecían persecución. De pronto, la Virgen María se le apareció.

Nuestra Señora se presentó vestida con el hábito de la Orden (la túnica de color marrón castaño) y, dirigiéndose al santo, le extendió la mano para entregarle el escapulario carmelita. La Virgen, entonces, le prometió que libraría del castigo eterno a todo aquel que lo llevase puesto y estuviera en gracia con Dios.

Estos acontecimientos sucedieron en Aylesford (Inglaterra) y, tras ellos, se produjo un gran impulso a esta hermosa devoción, dedicada a la “Reina y Señora del Monte Carmelo”. Desde entonces ha seguido extendiéndose por todo el mundo a lo largo de los siglos sucesivos, con abundantes frutos de santidad.

El escapulario

Gracias a la fuerza simbólica del escapulario para evocar la gran promesa hecha por la Virgen a San Simón, los Carmelitas -tanto de la antigua observancia como los reformados (descalzos), y sus numerosas ramas espirituales- han dado fruto bueno y abundante: hoy los carmelitas -hombres y mujeres, religiosos y laicos, contemplativos e insertos en el mundo- tienen una importante presencia en los cinco continentes, herederos de una larguísima lista de santos y mártires, fieles devotos de la Virgen del Carmen.

El escapulario, por último, encierra un hermoso simbolismo. Evoca el “encuentro” entre la Antigua y la Nueva Alianza, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, como se explica a continuación.

El monte santo

Fue en el monte Carmelo, ubicado cerca de Jerusalén, la Ciudad Santa (Israel), donde los profetas Elías y Eliseo se establecieron para vivir consagrados a la oración de intercesión por el Pueblo escogido (ver: Isaías 35, 2). Y fue en ese mismo monte donde, a mediados del siglo XII d.C., San Bartolo construyó la ermita que congregaría a decenas de sacerdotes de la Iglesia latina para trasladarse allí y empezar una vida como eremitas, en soledad y silencio. Estos devotos llegaron constituyeron la Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo (carmelitas), Ordo Fratrum Beatissimæ Virginis Mariæ de Monte Carmelo.

El nombre “Carmelo” proviene del hebreo Karm-El que quiere decir ‘jardín de Dios’ o ‘viña de Dios’. El nombre recuerda la belleza del lugar -se le suele llamar también ‘el jardín de Palestina’- y evoca la riqueza espiritual de una larga tradición que nace con los Profetas del Antiguo Testamento.

Los carmelitas

En 1205, San Alberto (Alberto Avogadro), patriarca de Jerusalén, entregó a los eremitas del Carmelo una regla de vida, que sería aprobada posteriormente por el Papa Honorio III en 1226. Los carmelitas, de acuerdo a dicha regla, debían vivir ‘a la manera’ del Profeta Elías y de María Santísima.

También en el siglo XIII, el Papa Inocencio IV concedió a los carmelitas el privilegio de ser incluidos entre las órdenes mendicantes, junto a franciscanos y dominicos. Eso significó un cambio muy grande para la Orden, que, por lo demás, sería reformada siglos más tarde por Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz (siglo XVI).

Devoción

Es imposible enumerar los lugares dedicados a Nuestra Señora del Carmen, o hacer una lista con todos sus patronazgos. Solo en España, por ejemplo, la Virgen del Carmen es patrona de los marineros y pescadores, así como de la Armada Española. Las ciudades que la celebran en la Península son prácticamente incontables.

En América sucede algo similar. En Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Perú, Paraguay, Uruguay o Venezuela, el día de la Virgen del Carmen es una auténtica fiesta: se realizan procesiones, se concluyen las novenas solemnemente, y los devotos perennizan su gratitud en una variedad de tradiciones populares. Como muestra de ello, en muchos lugares se realizan homenajes a todas las mujeres que se llaman “Carmen” o “Carmela”.

Estas expresiones religiosas o culturales evidencian el profundo impacto que la espiritualidad carmelita ha logrado en el Pueblo de Dios, y que hoy sigue animando a millones de personas a amar y pedir la protección de la Madre de Dios.

¡Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros!

Si quieres saber más sobre la Virgen del Carmen o sobre el escapulario, puedes leer los siguientes artículos de la Enciclopedia Católica:

https://ec.aciprensa.com/wiki/Fiesta_de_Nuestra_Señora_del_Carmenhttps://ec.aciprensa.com/wiki/Escapulario_de_Nuestra_Señora_del_Carmen.

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Fuente: Aciprensa
Hoy 15 de julio se celebra a San Buenaventura, el santo que nos invita a vivir el gozo de la gracia

Hoy 15 de julio se celebra a San Buenaventura, el santo que nos invita a vivir el gozo de la gracia

San Buenaventura ostenta el título de Doctor de la Iglesia, y los estudiosos se refieren a él como el “Doctor Seráfico” en virtud a la grandeza de sus escritos, siempre encendidos de amor y fe, y de inmenso provecho para la vida espiritual e intelectual.

El teólogo que sonreía

Giovanni di Fidanza, San Buenaventura, nació en Bagnoregio, Italia, en 1221. Después de recibir el hábito de la orden franciscana, estudió en la Universidad de París (Francia), donde llegaría, años más tarde, a enseñar Teología y Sagrada Escritura, exhibiendo un profundo conocimiento de las relaciones entre la filosofía, la teología y la fe.

Buenaventura dedicaba mucho tiempo a la oración y al estudio. Sus discípulos y hermanos decían que llevaba siempre una discreta y serena sonrisa en el rostro, reflejo de su alma en búsqueda de Dios.

«El gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma» (San Buenaventura)

Dios, entonces, le fue mostrando que su misericordia está más allá de los cálculos humanos. Cuenta la tradición que uno de esos días en los que Fray Buenaventura había decidido no acercarse a recibir la comunión, un ángel llevó un pedacito de una de las hostias consagradas desde el altar hasta su boca.

Después de eso, Buenaventura no volvería a ser el mismo y regresaría a comulgar normalmente, sabiéndose pecador pero, antes que cualquier cosa, amado, profundamente amado por Dios.

Así, el Señor se valdría de esa experiencia de purificación y misericordia para mostrarle que su camino apuntaba hacia el orden sacerdotal.

Eco del Espíritu Santo

Una de las más importantes obras de San Buenaventura fue el “Comentario sobre las sentencias de Pedro Lombardo”, una brillante suma -es decir, compendio- de teología escolástica. Alguna vez el Papa Sixto IV (1471-1484) refiriéndose a esta obra señaló: «La manera como [San Buenaventura] se expresa sobre la teología, indica que el Espíritu Santo hablaba por su boca”.

La Universidad de París

Estando el santo instalado como Maestro de la Universidad de París, vivió tanto los años de florecimiento teológico y filosófico -coincidió en el profesorado con Santo Tomás de Aquino- como los períodos llenos de conflictos o tensiones entre los miembros de la comunidad académica.

Sufrió la hostilidad generada contra los franciscanos, así como los excesos de las pugnas intelectuales en torno a la naturaleza de la teología y su relación con la filosofía o la razón.

La situación llegó a tal punto que los franciscanos fueron retirados de la enseñanza. Afortunadamente, el Papa Alejandro IV intervino, y después de una cuidadosa investigación se les devolvió todas las cátedras a los hijos de San Francisco, empezando por la del propio Buenaventura. En 1257, él y Santo Tomás de Aquino obtuvieron el doctorado.

Trabajando para San Francisco de Asís

Ese mismo año, 1257, Buenaventura es elegido superior general de los frailes menores. Al asumir el cargo se encontró con una Orden dividida entre los que pedían una severidad inflexible y los que deseaban mitigar la regla original. En ese contexto, el santo volvió a las fuentes y empezó a escribir una vida de San Francisco de Asís.

Es en esos días que San Buenaventura recibe la visita de Santo Tomás, quien había tomado conocimiento sobre lo que andaba escribiendo el franciscano. Se dice que el Doctor Angélico, Santo Tomás, al llegar, lo encontró en su celda en plena contemplación y decidió retirarse diciendo: “Dejemos a un santo trabajar por otro santo”.

Al lado del Papa

San Buenaventura sería nombrado posteriormente Obispo de Albano y llamado inmediatamente a Roma. El Papa Gregorio X lo creó cardenal y le encomendó la preparación de los temas del Concilio ecuménico de Lyon -sobre la unidad con los ortodoxos griegos- en el que luego participó activamente.

Renunció al cargo de superior general de su Orden y poco tiempo después partió a la Casa del Padre, la noche entre el 14 y el 15 de julio de 1274 en Lyon, Francia.

Si quieres saber más sobre San Buenaventura, te recomendamos leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Buenaventura.

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    Fuente: Aciprensa
Hoy 14 de julio es fiesta de San Camilo de Lelis, patrono de los enfermos y los trabajadores de salud

Hoy 14 de julio es fiesta de San Camilo de Lelis, patrono de los enfermos y los trabajadores de salud

Buenos Aires, martes 14 de julio (PR/26) .- Cada 14 de julio, la Iglesia Católica celebra a San Camilo de Lelis, santo italiano del siglo XVII, fundador de la Congregación de Ministros de los Enfermos y Mártires de la Caridad, conocidos hoy como los Padres Camilos o Camilianos.

San Camilo es el patrono de los profesionales de la salud y de los hospitales.

A la vanguardia del cuidado de la salud

Los ‘Padres Camilos’, bajo la inspiración de su fundador, han sido quienes dieron origen a lo que hoy conocemos como “enfermería”, particularmente a través de la figura de los “enfermeros o enfermeras de guerra”.

En otras palabras, esta noble profesión apareció al menos dos siglos antes que cualquiera de las instituciones de asistencia modernas, como, por ejemplo, la “Cruz Roja” -organización también de inspiración católica surgida en la segunda mitad del siglo XIX-.

Ganar la batalla más importante

Camilo de Lelis nació en Bucchianico (Chieti, Italia) en 1550. Quedó prontamente huérfano de madre. Su padre tampoco le duraría mucho, pues siendo militar y mercenario, murió pocos años después.

Camilo, siguiendo el ejemplo paterno, se integró al ejército veneciano que luchó contra los turcos. Estando en campaña contrajo una enfermedad que afectó una de sus piernas, mal que lo aquejaría el resto de su vida. Dicha dolencia le produciría abscesos en el pie que reaparecían una y otra vez.

Tras verse imposibilitado, fue ingresado al hospital de San Giacomo de Roma, donde años más tarde colaboraría en calidad de criado. Lamentablemente, aquella experiencia no terminó muy bien, pues pasados unos meses fue despedido a causa de su espíritu indómito. Así, con el fracaso sobre los hombros, Camilo retornaría a las filas del ejército veneciano para enfrentar nuevamente a los turcos.

Su nueva labor se volvió el medio perfecto para que el Señor toque su corazón. Camilo empezó a escuchar las prédicas en el templo y a asistir a la liturgia. Poco a poco su interior fue abriéndose a la gracia, hasta que llegó el día en que admitiría que era esclavo de sus pecados. Así también pudo conocer la misericordia de Dios.

Reconoció de corazón que había vivido muy mal, y que, a pesar de ello, Jesús le daba una oportunidad que no había previsto: vivir plenamente, sirviéndolo a Él y a los demás.

Cara a cara con el dolor

Durante aquel tiempo fuerte, el joven Camilo se apoyó mucho en los padres capuchinos y llegó a pensar que Dios lo llamaba a ser uno de ellos. Ingresó a la Orden de los Frailes Menores, pero no pudo profesar voto alguno a causa del problema con su pierna. Entonces, retornó al hospital de San Giacomo y se dedicó al cuidado de los enfermos. Hizo tan buena labor allí que fue nombrado superintendente del hospital.

Las innumerables necesidades espirituales y materiales que padecían los ingresados en aquel recinto despertaron en Camilo la idea de fundar una asociación integrada por todo aquel que deseara consagrarse al cuidado de los enfermos. Mientras tanto, con el acompañamiento espiritual de uno de sus coetáneos más célebres, San Felipe Neri, se fue preparando para recibir el Orden sagrado.

Hospitales, prisiones y campos de batalla

El Padre Camilo, junto a dos de sus compañeros, fundó la Congregación de los Siervos de los Enfermos en 1582. El grupo fundacional dejó el Hospital de San Giacomo y se trasladó al Hospital del Espíritu Santo.

Todos los días los “camilos” atendían allí a los pacientes, procurando hacerlo como si cada uno fuese el mismo Cristo. No se preocuparon sólo de su salud física, sino que empezaron a dar catequesis y administrar los sacramentos necesarios.

El servicio de la congregación se fue ampliando y aparecieron nuevos llamados: los camilos asumieron la atención de los enfermos en las prisiones y, al mismo tiempo, comenzaron a hacer rondas de visitas a los que no podían salir de sus casas.

El siguiente reto de San Camilo fue enviar religiosos al lado de las tropas del ejército para que, llegado el momento, atendieran a los heridos. Muchos religiosos murieron en este sacrificado servicio, fuera a consecuencia de los combates o contagiados por la peste. San Camilo y sus hermanos permanecieron heroicamente al lado de los soldados incluso en medio de las circunstancias más extremas.

Las noticias sobre la encomiable labor de los camilos llegó a oídos del Papa San Gregorio XIV, quien en 1591 les concede el estatus de orden religiosa con la denominación de Orden de los Ministros de los Enfermos. El nombre fue elegido por San Camilo para indicar que los miembros de la institución tenían como modelo exclusivamente a Cristo, aquel que dijo: “No he venido para ser servido, sino para servir y dar la vida” (Mt 20,28).

Compartiendo los sufrimientos de Cristo

El santo patrono de los enfermos padeció siempre a causa de su pierna, que por periodos mejoraba y por periodos volvía a hacerlo sufrir. Hubo una época en la que le aparecieron dos dolorosas llagas en las plantas de los pies, las que permanecieron abiertas por años. Finalmente, se sumaron las náuseas y la dificultad para comer en la última etapa de su vida. Aún así, San Camilo no dejaría de preocuparse por “sus hijos”, los enfermos.

En 1607 renunció a la dirección de la Orden. Partió a la Casa del Padre unos años después, el 14 de julio de 1614, a los 64 años de edad. El Papa León XIII lo proclamó patrono de los enfermos junto con San Juan de Dios, y el Papa Pío XI lo declaró patrono y modelo de los trabajadores de la salud.

Si quieres saber más sobre San Camilo, te invitamos a leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Camilo_de_Lellis.

 

 

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Fuente:  Aciprensa
Hoy 13 de julio es la fiesta de San Enrique II, el único santo que detentó el título de “Emperador”

Hoy 13 de julio es la fiesta de San Enrique II, el único santo que detentó el título de “Emperador”

Enrique estuvo a la cabeza del Sacro Imperio por más de una década, entre los años 1014 y 1024.

San Enrique II fue oblato de la Orden de San Benito y se le considera patrono de todos los oblatos pertenecientes a la Orden benedictina; también lo es de los esposos que no tienen hijos.

Siervo de Dios, servidor de todos

 

Su nombre secular fue Heinrich Sacsen (Henricus Saxon), nieto del emperador Carlomagno y el último monarca perteneciente al linaje del emperador Otón I (dinastía sajona).

La historia de la Iglesia lo recuerda como el más grande apóstol de la paz de los primeros 20 años del siglo XI y como uno de los más destacados promotores de la civilización occidental. Fue colaborador del papado y protector de los monjes del monasterio de Cluny.

Santo emperador

 

El santo nació el 6 de mayo del año 973. Sus padres fueron Enrique II, el Pendenciero, duque de Baviera; y Gisela, hija del duque Conrado de Borgoña. Su educación fue confiada desde muy temprano a San Wolfgango, Obispo de Ratisbona, quien formó su inteligencia y voluntad en una sólida piedad cristiana.

Doce años más tarde, Enrique II era coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico junto a su esposa, Santa Cunegunda, en la Basílica de San Pedro en Roma.

Para llegar a ese punto, Enrique había dejado tras de sí una estela de grandeza: emprendió recias campañas militares contra el Principado de Polonia y luchó contra los bizantinos, y no se detuvo hasta ver consolidadas las fronteras de su reino. Y por si esto fuera poco, consiguió restituir al Papa Benedicto VIII en su cargo.

Ser santo donde te toque

Por su defensa de los valores y la cultura cristiana, Enrique II se ganó el apelativo de “el Piadoso” o “el Santo”. Estaba convencido de que el cristianismo es capaz de enriquecer la vida de los pueblos y sacar lo mejor de ellos. Buscó también extender la fe cristiana fuera de sus fronteras, promoviendo y respaldando a los monarcas católicos de Europa.

Un ejemplo preclaro de esto se dio cuando el rey Esteban de Hungría le pidió la mano de su hermana Gisela. Para autorizar el matrimonio, el emperador puso como condición que Esteban apoyara a la Iglesia Católica dentro de su reino, algo que este rey cumpliría con creces, alcanzando, él también, los altares.

Gobernar es servir a los hermanos

Es cierto que San Enrique II fomentó la construcción de templos y monasterios como parte de su obra pública y que muchas de esas obras hablan por él hasta hoy, pero su legado más importante quizás sea otro: haber gobernado dejando que la luz de la fe y la gracia de Dios inspiren sus decisiones.

Enrique II murió repentinamente el 13 de julio de 1024 a los 51 años; fue canonizado en 1146 por el Papa Eugenio III. Pocos gobernantes han gozado de tan buena fama en vida como él, y menos aún son aquellos que fueron respetados y amados por sus súbditos como él lo fue.

Si quieres saber más sobre San Enrique II, puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Enrique_II.

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Fuente: Aciprensa
Hoy celebramos a San Luis Martin y Santa Celia Guérin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús

Hoy celebramos a San Luis Martin y Santa Celia Guérin, padres de Santa Teresita del Niño Jesús

 En esta jornada también honramos la memoria de San Juan Gualberto, ejemplo de perdón radical, y de Santa Verónica, cuyo gesto de compasión nos invita a reconocer el rostro de Cristo en el prójimo.

 

 

Buenos Aires, domingo 12 julio (PR/26) — Historia de un matrimonio ejemplar. Los esposos San Luis Martin y Santa Celia Guérin son recordados cada 12 de julio por marcar un hito en la Iglesia: fueron la primera pareja canonizada en una misma ceremonia. Su santidad se forjó en lo cotidiano.

Ambos fueron educados en la fe desde jóvenes. Celia, de hecho, quiso ser religiosa con las Hijas de la Caridad, mientras que Luis intentó ingresar a un monasterio pero fue rechazado por dificultades con el latín. Dios tenía otro plan para ellos.

Se casaron el 13 de julio de 1858, apenas tres meses después de conocerse. Formaron una Iglesia doméstica basada en la Misa diaria, la oración en familia, la Confesión frecuente y una activa participación en la vida de su parroquia.

Vida familiar, retos y santidad

 

Luis trabajó como relojero y joyero, mientras que Celia fue una emprendedora que dirigió un taller de bordado. Enfrentaron grandes dolores, como la muerte prematura de cuatro de sus nueve hijos.

Años después, la crisis económica en Francia los obligó a mudarse a Lisieux para asegurar el futuro de sus hijas. A pesar de los tiempos de secularismo de la época, mantuvieron un ambiente de fe donde brotaron las vocaciones de sus cinco hijas sobrevivientes.

La menor de ellas, Santa Teresa del Niño Jesús, se convertiría en la Patrona de las Misiones desde su Carmelo como religiosa carmelita de clausura.  Ella fue, a su vez, una fuente inagotable de fortaleza para el proceso de santificación de sus propios padres.

El sacrificio y la entrega

 

Luis tuvo el inmenso dolor de ser viudo desde los 53 años, tras la muerte de Celia a los 45. Aun así, vivió con generosidad absoluta, acompañando entre 1882 y 1887 a sus hijas hasta la puerta del convento carmelita.

El sacrificio más grande fue despedirse de Teresa, (Teresita)  quien ingresó al Carmelo a los 15 años. Su entrega fue premiada por Dios al ver a sus hijas consagradas, dejando un legado como místicos modernos y guías para todas las familias.

Hoy también se celebra a San Juan Gualberto y a Santa Verónica

 

San Juan Gualberto, monje benedictino y fundador de Vallombrosa, es el santo del perdón heroico. Tras perdonar al asesino de su hermano un Viernes Santo, transformó su vida hacia la piedad extrema y la caridad.

Santa Verónica es el modelo de compasión valiente.

Al enjugar el rostro ensangrentado de Jesús en el Calvario, recibió el milagro de la Santa Faz en su velo, recordándonos que debemos servir a Cristo en el hermano que sufre.

Fuente: Primicias Rurales / Otros

Hoy celebramos a San Benito Abad

Hoy celebramos a San Benito Abad

Buenos Aires, sábado 11 abril (PR/26) — Cada 11 de julio la Iglesia Católica celebra a San Benito de Nursia, fundador del monacato occidental, patriarca de los monjes de Occidente y patrono de Europa. También se le conoce como San Benito, Abad.

Su medalla aparta el mal: «Vade retro satana».

La medalla tiene dos caras, por un lado está la imagen del Santo Patriarca, y por el otro, una cruz, que a su alrededor lleva una letras que son iniciales de la oración:

Crux Sancti Patris Benedicti (Cruz del Santo Padre Benito),

Crux Sacra Sit Mihi Lux (Mi luz sea la Cruz Santa),

Non Draco Sit Mihi Dux (No sea el demonio mi guía),

Vade Retro Satana (¡Apártate, Satanás!),

Numquam Suade Mihi Vana (No sugieras cosas vanas),

Sunt Mala Quae Libas (Pues maldad es lo que brindas)

Ipse Venena Bibas (Bebe tu mismo el veneno).

Dios a tiempo completo

La máxima de vida de San Benito -con la que ha inspirado a la cristiandad a lo largo de los siglos- fue “ora et labora” (ora y trabaja), síntesis perfecta de su propuesta de vida y un llamado a la unidad entre contemplación y acción.

El legado de este gran santo ha influido de manera definitiva en la formación y desarrollo del monacato -para aquéllos hombres y mujeres llamados a buscar a Dios en la soledad y el silencio-, y hoy, tras muchos siglos, sigue inspirando a quienes asumen la tarea de hacer de la oración acción, y de la acción oración. El ideal de San Benito siempre fue la entrega completa del monje a Dios: una entrega a tiempo completo.

Dios en el silencio

San Benito nació en Nursia (Italia), en el año 480. Tuvo una hermana melliza, Escolástica, quien también alcanzaría la santidad. Después de haber estudiado retórica y filosofía en Roma, Benito se retiró a la ciudad de Enfide (actual Affile) para dedicarse con mayor profundidad al estudio y la disciplina ascética.

No conforme con lo logrado hasta entonces, con 20 años el santo marchó hacia el monte Subiaco para vivir en absoluta soledad. Allí se instaló en una cueva. Más tarde se haría de la guía espiritual de un ermitaño. Años después, como parte de su búsqueda, se unió a los monjes de Vicovaro, quienes lo eligieron prior en virtud de su espíritu disciplinado.

En Vicovaro brotaron las primeras animadversiones contra Benito, aparecidas en los corazones de los monjes que no estaban de acuerdo con la disciplina impuesta por el santo. Algunos de sus hermanos en el monasterio llegaron incluso a conspirar para asesinarlo.

Cuenta la tradición que un día, a la hora de los alimentos, uno de los monjes le sirvió a Benito un vaso con agua envenenada. El abad lo recibió y lo puso sobre la mesa frente a sí. Antes de beber, como de costumbre, hizo la señal de la cruz y sin querer golpeó la copa, que cayó al suelo, haciéndose pedazos.

Un sospechoso alboroto se produjo tras el hecho que acabó con los conspiradores, quienes quedaron en evidencia. Esto precipitó que San Benito se aleje de aquel monasterio definitivamente, no sin antes reprochar a aquellos “hombres de Dios” la gravedad de sus actos.

Edificador de Europa

 

 

Pasado aquel triste episodio, acompañado de un grupo de jóvenes animados por su enseñanza, Benito se dedicó a la fundación y organización de otros monasterios por diversos lugares de la Europa central, entre los que destacó el construido en Monte Cassino (Italia).

Convencido de que la vida monástica requiere orden y armonía, se animó a escribir su famosa Regla, que ha servido de apoyo para un sin fin de otros reglamentos de comunidades religiosas a lo largo del tiempo. Paralelamente, el abad trabajó en hacer de sus monasterios auténticos centros de formación humana y espiritual, en los que se preservaba la cultura y la tradición.

Gracias a estas notas características, su proyecto cobró forma y se convirtió en una suerte de red cultural y espiritual que enlazó a la Europa de aquel entonces. El estilo de vida monástico suscitó tal entusiasmo que miles de cristianos se descubrieron llamados a dejar el mundo atrás para dedicarse a Dios en los silenciosos claustros de un monasterio.

El monacato europeo sirvió de base para la expansión de la cultura cristiana en el Viejo Continente. La red de monasterios repartidos por todos lados fue semilla de los sistemas educativos y se convirtió en la reserva cultural de Occidente. La mayoría de ciudades importantes de la Europa de hoy surgieron alrededor de algún monasterio, o se organizaron siguiendo su ritmo e inspiración.

 

El deber de un monje

 

Siempre que se presta atención a la figura de San Benito se debe hacer con respeto y cuidado. La tentación de reducir su gesta a un intento puramente organizacional resultado de cierta obsesión con la disciplina constituye un error. Incurrir en una simplificación de esa magnitud sólo puede conducir a una seguidilla de malas interpretaciones. Nada más lejos que identificar la belleza de la vida religiosa con sacrificios exteriores carentes de sentido.

Se debe tener presente que Benito, padre del monacato, fue antes que cualquier cosa un hombre de oración, una persona consciente de que el tiempo dedicado a Dios es indispensable para transformar la vida y construir el bien común. La práctica de la caridad debe ir siempre unida a la relación íntima con Dios.

Ciertamente, Benito fue un hombre exigente, pero también reconocido por su trato amable y su generosidad. Su día a día empezaba de madrugada, cuando se levantaba para rezar los salmos y meditar la Escritura. Sólo salía a predicar después de haber cumplido con sus deberes en el monasterio.

Gustaba de practicar el ayuno y tenía la convicción de que los monjes debían ocupar su tiempo en algún tipo de esfuerzo físico. El trabajo era para él un honroso camino hacia la santidad.

 

Lejos del mundo, más cerca del cielo

 

San Benito realizó muchos milagros en vida: curó enfermos y resucitó muertos. Se enfrentó al demonio personalmente y practicó exorcismos, siempre con la cruz en la mano -de allí la devoción a la Cruz de San Benito-. Recolectó limosna para asegurar el alimento a sus hermanos y ayudar a los necesitados. Consoló a muchos que se hundieron en la tristeza y les devolvió el ánimo.

El gran abad murió el 21 de marzo del año 547, pocos días después de su hermana, Santa Escolástica. San Benito murió en la capilla de su monasterio, con las manos levantadas al cielo, en gesto orante, como haciendo eco de algo que él mismo repetía: «Hay que tener un deseo inmenso de ir al cielo».

Si deseas saber más sobre San Benito de Nursia, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Benito_de_Nursia.

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Fuente: ACI Prensa
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