El padre Gustavo Jamut reflexiona sobre el último mensaje de la Virgen advirtiendo que la paz está en peligro y comienza en un corazón dispuesto a sanar los rencores familiares. Frente a la superficialidad espiritual, el sacerdote llama a regresar a la oración constante y al perdón como única certeza de verdadera concordia.

 

 

 

«Queridos hijos: hoy los invito: regresen a Dios, regresen a la oración, para que se conviertan en portadores de paz. Hijitos, oren por la paz que está en peligro; que nuevamente la oración fluya de sus corazones y de sus familias, para que con alegría puedan sentir la voz de Jesús en sus corazones: “¡La paz esté con ustedes!” Hijitos, sean portadores de paz y de oración por todos aquellos que no oran. Yo estoy con ustedes y oro por ustedes ante mi Hijo Jesús. Gracias por haber respondido a mi llamado».

 

Buenos Aires, domingo 30 agosto (PR/26) — La paz comienza en un corazón sano. El llamado que la Santísima Virgen nos hace este 25 de agosto de 2026 nos confronta con una urgente realidad: la paz está en peligro. Sin embargo, antes de mirar las grandes tensiones del mundo, María dirige nuestra mirada hacia el primer altar y la primera trinchera: el hogar y la propia comunidad cristiana.

Hoy en día, muchas de nuestras familias y comunidades viven fracturadas. Arrastramos heridas no sanadas del pasado, resentimientos silenciosos y distancias que parecen insuperables. Muchas veces nos acostumbramos a una superficialidad espiritual, cumpliendo con rutinas exteriores mientras el corazón permanece rígido, falto de una verdadera conversión. Pretendemos dar una paz que nosotros mismos no poseemos porque no hemos dejado que la gracia de Dios baje a lo profundo de nuestras debilidades.

 

 

María nos recuerda la única medicina eficaz: regresar a Dios y a la oración. A partir de esto, tres puntos que me parecen esenciales:

1. Sanar desde adentro: La oración no es un simple refugio formal, sino el espacio donde permitimos que la voz de Jesús resuene con fuerza: “¡La paz esté con ustedes!”. Solo cuando nos dejamos reconciliar por Él, las heridas profundas empiezan a cicatrizar.

 

2. Orar en familia: Que la oración vuelva a fluir en los hogares permite derribar el orgullo, sanar asperezas entre hermanos y transformar la convivencia. Satanás encuentra grandes barreras espirituales defensivas cuando los integrantes de una familia oran juntos y aprenden a perdonar.

 

3. Ser portadores de paz: María nos pide ser intercesores por quienes aún no oran o viven desorientados. No podemos limitarnos a una fe superficial; se nos invita a contagiar la alegría del Encuentro. Cuando hace treinta años sentí de poner a la comunidad que fundé el nombre de “Comunidad Evangelizadora Mensajeros de la Paz”, fue precisamente por este motivo: quienes se congregan a orar necesitan sanar las heridas de las etapas de la vida y liberarse de las amarguras y de las frustraciones, a fin de poder evangelizar llevando la paz a todos. De no ser así se puede llevar el rotulo de un grupo o comunidad, pero no entrar en esta corriente de gracia sanadora y evangelizadora.

 

La paz no es un estado emocional

 

Otro elemento que debemos tener en cuenta es que la auténtica paz no es un estado emocional, sino una certeza espiritual. Es frecuente confundir la paz con la ausencia de problemas o con una tranquilidad puramente emocional. Sin embargo, la paz verdadera trasciende las fluctuaciones de los sentimientos. Es un don del Espíritu Santo que hay que pedir incesantemente. Y es también una presencia real que habita en el alma incluso en medio de las tribulaciones, tentaciones y luchas cotidianas de la vida.

 

La paz en medio del combate: Se puede atravesar la enfermedad, la estrechez económica o el dolor por la traición de alguien con el corazón en paz si se está anclado en Dios. La paz de Jesús no elimina las tormentas de la vida, sino que nos sostiene mientras las atravesamos. Si perseveramos llegarán en el momento justo nuevas bendiciones. Esto no quiere decir que no habrá dolor, pero será un dolor sereno que Dios y María se irán llevando con su ternura.

 

El fluir desde la oración hacia los demás: Medjugorje es una fuente de la cual fluye la paz para millones de personas en todo el mundo. Para que la paz de Jesús y de María, también fluya desde tu corazón hacia la familia y la comunidad, es indispensable hacer espacio a la oración diaria, y al discernimiento de los pensamientos y emociones que se mueven en nuestro mundo interior. Los buenos para aceptarlos (son inspiraciones del Señor y sus ángeles), los malos o dañinos para rechazarlos (son sutiles tentataciones).

 

Cuando la oración deja de ser un mero cumplido formal y se convierte en un encuentro vivo con Cristo, el corazón se ablanda; de forma natural, las palabras, los gestos y las respuestas ante las diferencias se vuelven pacíficos, comprensivos y misericordiosos.

 

La realidad es que muchos cristianos que sonríen con sus labios no pueden ocultar que no tienen paz. Y en algunos casos esto se origina por la envidia y el rencor que no es tratado. El resentimiento actúa como una barrera que bloquea el flujo del Espíritu Santo. Un corazón resentido destruye las relaciones comunitarias y familiares a través del filtro de la amargura y la sospecha, haciendo imposible que la paz fluya. La pregunta que debemos hacernos es, cómo tratar y sanar a estas almas:

 

Con la gracia de la Confesión y el Perdón: La Reina de la paz frecuentemente nos habla de la importancia de la confesión. Sanar las heridas causadas por el rencor requiere la decisión voluntaria de perdonar a otros y también de pedir perdón a quien se hizo daño, apoyándose en la gracia del sacramento de la reconciliación. Recordemos que el perdón no es una emoción, sino un acto de la voluntad.

 

Con la oración constante de sanación e intercesión: María pide expresamente “oren por la paz” y “sean portadores de oración por todos aquellos que no oran”. A las almas atrapadas en la envidia o la amargura no se las sana con confrontación superficial o juicios, sino rodeándolas de oración paciente, afecto sincero y testimonio de caridad. Como nos recuerda la Madre, no estamos solos en este camino: ella nos acompaña y presenta cada una de nuestras intenciones ante su Hijo Jesús. Hoy es el momento de responder a su llamado, abrir la puerta a la conversión sincera y convertirnos en verdaderos instrumentos de sanación y paz en medio de nuestro entorno.

 

Oración por la paz y la sanación del corazón

 

 

Señor Jesús, Príncipe de Paz, nos acercamos hoy a ti reconociendo nuestras flaquezas y la necesidad de tu gracia. Entramos en tu presencia con las heridas de nuestras familias y comunidades: la amargura, los silencios que distancian, el rencor que aprisiona y la tentación de vivir una fe superficial. Reconocemos que la verdadera paz no es una emoción pasajera ni la ausencia de tormentas, sino la certeza inquebrantable de que tú habitas en nosotros. Lava nuestros corazones de toda envidia, resentimiento o soberbia que bloquee la acción de tu Espíritu Santo. Concede a nuestras almas la valentía para perdonar, la humildad para decir la verdad, buscar la reconciliación y la constancia para perseverar en la oración diaria. Que de nuestros hogares y comunidades eclesiales vuelva a fluir una oración sincera que transforme el dolor en esperanza y el orgullo en misericordia.

María, Madre nuestra y Reina de la Paz, gracias por no abandonarnos y por presentar nuestras intenciones ante tu Hijo Jesús. Recibe nuestro compromiso de responder a tu llamado: queremos ser portadores de luz y de oración, especialmente por aquellos que aún no oran o no conocen el amor de Dios. Acógenos bajo tu manto maternal y enséñanos a custodiar la paz que Jesús nos regala, para que la alegría de su resurrección ilumine cada rincón de nuestras vidas. Amén.

 

Padre Gustavo E. Jamut
Oblato de la Virgen María

 

Primicias Rurales 
Fuente: CentroMedjugorje.org