El relato narra cómo un pequeño pueblo de Entre Ríos logra transformar una antigua estación de trenes abandonada en un vibrante centro comunitario. Cuenta el proceso colectivo que transitan los vecinos, desde las charlas iniciales y el surgimiento de una idea inspiradora hasta la concreción de un proyecto real, sin mirar al pasado sino al futuro.

 

 Por Susana Tribiani

 

 

Buenos Aires, sábado 29 agosto, Primicias Rurales 2026

En ese lugar de Entre Ríos, los trenes habían dejado de pasar hacía tanto tiempo que nadie se ponía de acuerdo sobre cuándo había circulado el último.
Don Emilio decía que pasó en el 92. Berta decía que todavía hubo uno en el 93. Pascual repetía, siempre que podía, que un tren de carga cruzó por ahí en el 94. Discutían todo el tiempo y nunca lograban probar que alguno tuviera razón.
En realidad, el año no importaba mucho. El servicio simplemente se había detenido y la estación seguía allí, como si el tiempo no pasara para ella. Sus paredes estaban descascaradas. Tenía algunos vidrios rotos y la vegetación empezaba a cubrir los rieles. El letrero con el nombre del pueblo aún estaba en el andén. Bajo el techo, un asiento de madera seguía mirando hacia las vías.
Para los habitantes mayores, ese lugar no estaba vacío. Ahí se despidieron hijos que se fueron a estudiar. También se recibieron hermanos, parejas, cartas y periódicos. Hubo un tiempo en que la llegada de los trenes marcaba el ritmo de la comunidad. Para los niños, sin embargo, era diferente. Sólo veían una construcción vieja junto a dos barras de hierro oxidado. Nada más.

 

 

Todo empezó un sábado, en una reunión para planear el aniversario del pueblo. Mientras discutían sobre la comida, las sillas, la música y las mesas, Berta propuso lo siguiente:
Podríamos organizar una muestra de fotos antiguas.
  • ¿En qué lugar? preguntó alguien.
  • En la estación, contestó ella.
Algunos se rieron. Dijeron que primero tendrían que sacarla de entre la maleza. Desde ese momento, la conversación no paró. Hablaron de que el techo estaba roto, de que faltaban puertas y de lo triste que era verla así. Dijeron que alguien debía hacerse cargo, tal vez la provincia o el ferrocarril.
Finalmente, alguien propuso que era hora de hacer algo, y todos estuvieron de acuerdo. Cuando terminó la reunión, los vecinos volvieron a sus casas con la idea de que habían hablado de algo importante. Al día siguiente, la estación seguía igual. Habían encontrado un tema para conversar, pero nada más.
Días más tarde, Clara caminaba con su nieto Tomás por las vías. El niño, que vivía en Paraná, estaba allí de vacaciones. Mientras intentaba mantener el equilibrio sobre un riel, preguntó:
  • Abuela, ¿por aquí pasaban trenes de verdad?
  • Por supuesto, contestó ella.
  • ¿Con personas?
Clara rió. Con gente, equipaje, y encomiendas. Con todo.
Tomás se bajó del riel y miró hacia el horizonte. Clara trató de explicarle por qué el servicio había dejado de funcionar. Habló del cierre de líneas, decisiones tomadas en lugares lejanos, carreteras y camiones. Todos esos temas no le interesaban a un niño de nueve años.
Sin embargo, Tomás ya miraba la estación. ¿Y para qué sirve ahora?
Clara no dijo nada. No sabía qué decir.
Para nada, terminó diciendo.
El niño siguió caminando. Clara se quedó mirando el edificio. Durante semanas, la comunidad se había preguntado qué hacer con la estación abandonada. Nadie había hecho la pregunta de Tomás: ¿Para qué podría servir hoy?
Esa noche, ella llamó a Marta, la directora de la escuela.
Creo que estamos pensando de forma incorrecta, le dijo.
  • ¿Sobre qué cosa?
  • Sobre la estación.
Al día siguiente, se juntaron en el café de la plaza. Clara llevaba un cuaderno.
Queremos restaurarla porque antes pasaban trenes, dijo. Pero aunque la pintemos mucho, los trenes no volverán.
Marta escuchó en silencio. Clara escribió una frase y le mostró el cuaderno. Si ya no llegan trenes, hagamos que vuelva a llegar gente.
Marta la leyó dos veces. ¿Cómo lo hizo?
Clara sonrió. No tengo la respuesta todavía.
Había surgido una idea. Pronto entendieron que una idea es mucho más complicada que un tema. Un tema permite hablar. Pero una idea pide acciones.
Las ideas de Clara se difundieron por el pueblo. Cada persona quiso ayudar. Propusieron una biblioteca. Otros pensaron en un pequeño museo de trenes. Algunos sugirieron talleres. También hablaron de computadoras para los niños. Mencionaron una feria de productores. Otros ofrecieron clases de apoyo. Algunos propusieron un lugar para los jubilados.irió que también podrían poner un cine.
Don Emilio, que había estado callado, intervino.
  • Si seguimos sumando elementos, vamos a tener que construir otra estación.
Hubo risas. Luego todos pensaron. Tenía razón. Mientras todo era imaginación, no había límites. Pero pronto, alguien tendría que elegir qué era más importante. Ese momento llegó cuando Marta preguntó:
Bien, ¿quién investiga a quién pertenece el edificio?
Se hizo silencio. Esa pregunta cambió todo. Ya no importaba sólo lo bueno que sería recuperar la estación. Ahora había que llamar a alguien, buscar documentos, pedir permisos y saber cuánto costaría. Un vecino anotó una tarea. Otro puso una fecha. Otro se ofreció para ir a la municipalidad. Sin que nadie lo esperara, la idea empezó a cambiar.
Lo primero que descubrieron fue que no sabían quién era dueño de la estación. Después apareció un expediente, pero luego se perdió. Cuando por fin pudieron entrar, un arquitecto les dijo que antes de pensar en talleres o bibliotecas, tenían que arreglar el techo. Pidieron presupuestos. Sin embargo, los costos no fueron tan bajos como esperaban.
Por un tiempo, pareció que el proceso se iba a detener. Luego, organizaron una feria. Vendieron pastelitos, tortas fritas y empanadas. Los productores locales donaron productos. La cooperativa dio materiales. Un albañil retirado ofreció su trabajo. Los estudiantes de la escuela empezaron a entrevistar a los vecinos que todavía recordaban el ferrocarril.
Cada contribución era pequeña. Sin embargo, juntas tomaron otra dimensión. Ya había responsables, horarios, entradas y salidas de dinero, permisos, planos y decisiones. Ya no bastaba con decir que era una buena idea. Ahora debían decidir quién lo haría, cuándo, con qué recursos y cuánto costaría. En ese momento nació el proyecto real.
Pasaron casi dos años. Hubo debates y gestiones que duraron meses. Algunas personas se desanimaron y otras se sumaron después. Algunos sábados fueron veinte voluntarios con herramientas y pinceles. Otros sábados solo hubo cuatro. Pero siguieron adelante.
Una mañana, Don Emilio llegó con una caja de madera.
Encontré algo, dijo al abrirla. Dentro estaba la antigua campana de la estación, que había guardado durante décadas. Nadie preguntó por qué se la había llevado o por qué la devolvía en ese momento. La pusieron de nuevo junto al andén.
El día de la inauguración, Clara llegó temprano. Quería recorrer el sitio antes de que llegaran los invitados. Habían conservado la antigua boletería y varias fotografías antiguas. Una sala era una biblioteca. Otra tenía computadoras y mesas para talleres. Los sábados, el andén se usaría para los productores locales. No era exactamente lo que ella había soñado en aquel café. Era algo mejor. Ya no era sólo su idea, sino el resultado de los aportes, charlas y cambios de los demás.
Al salir al andén, vio a Don Emilio sentado en el banco viejo.
Quedó muy bien, le dijo Clara.
  • Sí, contestó él.
Se quedaron un momento mirando las vías.
  • ¿Extraña el tren?, le preguntó ella.
Don Emilio hizo una pausa antes de responder. No estoy seguro sobre el tren.
Clara lo miró. Entonces, ¿qué es lo que echa de menos?
El hombre sonrió. Esto pasaba cuando él llegaba. Siempre pasaba algo.
Meses después, Tomás volvió. Ya había crecido. Entró al edificio y vio a jóvenes leyendo. Vio a dos mujeres que organizaban la feria y a un hombre que daba clases de carpintería en el salón de atrás. Luego salió al andén con su abuela.
  • ¿Pasó un tren otra vez?
  • No, dijo ella.
Tomás miró las vías. Entonces, todavía es una estación sin trenes.
Clara casi lo corrigió, pero se detuvo. Miró la construcción. Todo empezó cuando los vecinos hablaron del abandono. Ese era el tema. Después, un niño hizo una pregunta y apareció otra forma de ver el problema. Esa fue la idea. Pero entre esa nota en el cuaderno y lo que tenían delante, hubo reuniones, permisos, dinero, errores y mucho trabajo. Eso fue el proyecto.
Clara miró de nuevo a su nieto.
  • Sí, respondió. Sigue siendo una estación sin trenes.
Tomás se quedó callado un momento. Pero ya no espera que el pasado vuelva.
En ese momento llegaron dos jóvenes en bicicleta. Dejaron sus mochilas en el banco y entraron rápido. La campana de Don Emilio se movió un poco por el viento. Clara recordó que una estación nunca fue sólo un lugar donde paran los trenes. Era un sitio donde algo llegaba. Después de tantos años, en ese pueblo de Entre Ríos, algo había vuelto a llegar.
Primero surgió un tema. Luego, una idea. Y cuando alguien se atrevió a asignar tareas, tiempos y personas, llegó el proyecto.