Historia, pujanza industrial y un espíritu de comunidad inquebrantable definen a Ramos Mejía en su 168° aniversario. Descubrí el apasionante viaje de este emblemático pueblo de La Matanza que supo reinventarse sin perder su alma de barrio.

 

 

 

Buenos Aires, domingo 30 agosto (PR/26)– Ramos Mejía, una de las dieciséis localidades que le dan vida al partido de La Matanza, se encuentra de fiesta al celebrar nada menos que 168 años de historia este viernes 28 de agosto.

Esta próspera comunidad comparte un lugar de honor muy especial en la región, ya que se destaca por ser uno de los cuatro pueblos originarios del distrito, junto con San Justo, Gregorio de Laferrere y Ciudad Evita.

Desplegada sobre una superficie de 9,81 kilómetros cuadrados, la ciudad alberga en la actualidad a una pujante población de 97.076 habitantes que caminan a diario por sus concurridas calles llenas de vida.

 

 

 

Sus límites geográficos dibujan un trazado muy claro: al norte, las calles Alem y Parera, la importante avenida Gaona, y las arterias Azopardo, Monteagudo y O’Connors.

Hacia el noreste, el mapa se perfila junto a las transitadas avenidas República, Díaz Vélez y General Paz; mientras que al sur marca su frontera la emblemática avenida Mosconi.

 

 

Finalmente, hacia el sudoeste, su territorio encuentra resguardo en las vías del Ferrocarril Ramal Haedo – La Plata, acompañadas por la avenida Don Bosco y la calle Fray Cayetano Rodríguez.

Aunque el vecindario celebra con orgullo el 28 de agosto como su hito inicial, esta fecha evoca puntualmente la fundación de la estación de tren, dado que el trazado formal del pueblo se autorizó recién después de 1873.

 

Los primeros pasos: de las tierras patricias al paso del ferrocarril

 

Para comprender el nacimiento de esta localidad, hay que remontarse a las tierras de la familia Ramos Mexia, influyentes terratenientes y propietarios de la emblemática Chacra de los Tapiales, declarada Monumento Nacional en 1942.

Tras el fallecimiento de don Francisco Hermógenes Ramos Mejía en 1828, la posesión de estas valiosas fincas pasó a manos de su esposa, doña María Antonia Segurola, quien gestionó la herencia familiar.

 

Al enterarse de que el moderno Ferrocarril del Oeste cruzaría por sus dominios, la viuda tomó la decisión visionaria de donar en 1858 dos cuadras de terreno para erigir una estación.

Aquel andén ferroviario incipiente se conoció en sus comienzos bajo el nombre de San Martín, rebautizado luego como Lavalle y designado finalmente con el nombre definitivo de Ramos Mejía.

Con la muerte de la matriarca en 1860, la propiedad se fragmentó entre sus cuatro herederos, quienes acordaron al año siguiente llevar a cabo el trazado formal del pueblo alrededor de la estación.

Hacia fines del siglo XIX, el paisaje comenzó a transformarse radicalmente con la construcción de las primeras quintas de descanso, levantadas bajo el cobijo de frondosos eucaliptos y variadas arboledas.

Entre la naturaleza se fueron asentando pintorescas residencias de fin de semana y recreos familiares, destacándose hacia el sudeste la histórica finca conocida popularmente como La Cabaña.

Alrededor del naciente centro urbano florecieron las distinguidas casonas del patriciado autóctono, intercaladas armoniosamente con quintas de menores dimensiones adornadas con amplios jardines y árboles frutales.

 

Inmigración, explosión industrial y la consolidación como ciudad

 

Durante el cierre del siglo XIX y a lo largo de la centuria del XX, Ramos Mejía experimentó un crecimiento vertiginoso impulsado por masivas corrientes de inmigración europea que trajeron su trabajo y cultura.

Su inmejorable cercanía a la Capital Federal y la rápida conectividad brindada por las vías del tren moldearon a la localidad como un estratégico centro de desarrollo económico en el conurbano.

A partir de los años ’20, los loteos masivos expandieron sin pausa el entramado urbano, abriendo paso a una incipiente industrialización en la década del ’30 que tomó una fuerza arrolladora hacia los años ’40.

Fue así como Ramos Mejía se erigió como un formidable polo de desarrollo industrial, destacándose especialmente de la mano de su poderosa industria textil que generó miles de empleos.

Grandes establecimientos fabriles como la Hilandería Danubio, San Marco y Bossi se radicaron allí, convirtiendo al pueblo en una plaza sumamente atractiva para familias del interior.

El reconocimiento institucional definitivo llegó el 17 de septiembre de 1964, cuando la localidad fue formalmente declarada Ciudad mediante la sanción de la provincial ley 6.802.

Esta histórica norma fue promulgada cuatro días después, sellando para siempre el prestigio y la relevancia de este dinámico rincón bonaerense que hoy celebra con orgullo su rica identidad.

 

 

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Fuente: www.el1digital.com.ar