El Adviento representa la oportunidad de comenzar con el Año litúrgico y hacer un verdadero cambio a nuestra vida cristiana ejerciendo la virtud de la caridad
España, miércoles 10 diciembre (PR/25) — Muchas veces malentendemos el concepto de la caridad, sin tomar en cuenta que se trata de una virtud teologal que perdurará hasta después de nuestra vida terrena, por lo que debe ejercitarse en todo momento.
Y si no le hemos hecho con frecuencia, el Adviento es una gran oportunidad para estrenar esta virtud.
¿Qué es la caridad?
Comentamos que es posible que creamos que «hacer la caridad» significa dar limosna a los pobres y que con eso basta para que nuestra conciencia se tranquilice. Sin embargo, es mucho más que eso.
De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia católica, la caridad es una virtud teologal que se nos ha dado en el Bautismo, pero también nos capacita para amar; leamos:
La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios (CEC 1822).
El amor es la razón por la que Cristo se entregó por nosotros. Por eso lo convirtió en un mandamiento nuevo:
«… ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros» (Jn 13, 34)
El Catecismo destaca que «La caridad asegura y purifica nuestra facultad humana de amar. La eleva a la perfección sobrenatural del amor divino».
El Adviento y las obras de caridad
Esa es la razón por la cual en el Adviento, que es el mismo cristianismo, debe preponderar la caridad en todas nuestras buenas acciones acciones .
Jesús nos dejó un gran compromiso. Porque las expresiones del amor son abundantes y variadas, pero podemos encontrarlas fácilmente en las obras de misericordia corporales, y algunas, en cierta manera son fáciles de ejecutar: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo… pero ¿dar posada al peregrino?
¿quién en estos tiempos se atreve a acoger a un desconocido en su casa? o ¿visitar al preso? Por eso se pone más complicado.
Sin embargo, podemos visitar a un enfermo o acompañar a quien pierda un familiar – por aquella obra de «sepultar a los muertos» -.
Y, más aún, poner en práctica las obras espirituales, que, sinceramente, son más difíciles: «enseñar al que no sabe» – a veces ni nosotros mismos estamos capacitados para hablar de nuestra fe -; «dar buen consejo al que lo necesite» – ¿y si no es correcto lo que les digamos?.
¿O qué tal estas otras? «Corregir al que se equivoca» – aunque nosotros no seamos perfectos ni los más indicados – ; «perdonar al que nos ofende», «sufrir con paciencia los defectos del prójimo»… ¡Qué fuerte!
Y falta aún: «Consolar al triste» aunque nosotros también lo estemos. Y, por último: «Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos», sobre todo si no tenemos la costumbre de hacer oración.
Por eso, reiteramos: el Adviento es el tiempo propicio para poner en práctica la virtud de la misericordia, amando de verdad a Dios y al prójimo.
¿Anhelas un Adviento tranquilo y devoto, preparándote para el nacimiento de Nuestro Señor? Estás en el lugar correcto ¡Hagámoslo juntos!
España, lunes 8 diciembre (PR/25) — Mientras las tiendas promocionan versiones «más grandes y mejores» de todo, te invitamos a vivir un diciembre tranquilo, silencioso y reflexivo para prepararnos al nacimiento de Nuestro Señor. ¿Tú sumas? Hagámoslo juntos. Este es un plan para tener un Adviento en paz este año.
1SIMPLEMENTE DI NO
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¿Te sobrecargas de compromisos y te comprometes en exceso con demasiada facilidad?
Si hay algo que puede hacer tu Adviento más tranquilo, es decir con prudencia no te comprometas de más en actividades que puedan distraerte de vivir el Adviento. Basta con decir amablemente un «no, gracias».
Quizás este año puedes ver con tu familia un maratón de películas navideñas, en lugar de gastar en entradas de cine o de algún teatro.
Quizás puedes pedir a los invitados que traigan un plato para la gran cena festiva, en lugar de cocinar tú solo (y preparar la fiesta, limpiar…). Se trata de buscar formas de cambiar las cosas para que diciembre no nos añada más estrés del que nos gustaría.
Y al decir «no», podríamos buscar un pequeño sacrificio que hacer durante este Adviento para preparar nuestros corazones para la Navidad, al igual que nos sacrificamos durante la Cuaresma para prepararnos para la Pascua. Puedes probar dejar las redes sociales durante todo el Adviento y así ofrecer ese pequeño sacrificio. O realizar actos de solidaridad. Hay mucha gente necesita de alimento y consuelo.
2¡PARA QUE PUEDAS DECIR QUE SÍ!
Cada vez que decimos «no» a algo, abrimos un espacio en nuestras vidas y agendas para decir «sí» a otra cosa.
Así que preguntémonos: ¿a qué vale realmente la pena decir «sí»?
A lo mejor puede ser un calendario de Adviento con libros ilustrados. Puedes hacer uno para tus hijos o bien hacerlo juntos. Así verás el fruto del tiempo y el esfuerzo.
Di «sí» a hacer comidas caseras: hornear algo en casa con ellos les puede ayudar a pasar tiempo juntos.
Di «sí» a enviar tarjetas de Navidad: podrás ver las caras de tus amigos y también colocar en un lugar especial las cartas que reciban como familia.
Di «sí» al tiempo diario de oración de Adviento. Puedes seleccionar un devocionario y buscar inspiración en ellos, así como en las Sagradas Escrituras.
Cada «sí» será diferente y puede variar entre cada familia, pero pensemos en lo que nos gusta lo suficiente como para decir «sí» este año. Pensemos realmente en lo que aumentará nuestra alegría esta Navidad, en lugar de dejarnos tambalearnos en las fiestas estresados y abrumados.
3PREPÁRATE LO ANTES POSIBLE
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Piensa en preparar todos las decoraciones y obsequios antes de cierta fecha, esto evitará que tengas estrés buscando los obsequios a última hora. En general, cuanto más nos preparamos con antelación, más tranquilas serán las cosas después. (¡Esto es válido para la vida, no solo para el Adviento!)
Ya sea preparando, haciendo las compras navideñas a principios de temporada, podemos buscar formas de prepararnos con antelación para que el Adviento sea más tranquilo y apacible. Pero lo más importante es la inmersión en la espiritualidad.
¿Por qué es importante?
Lo más importante para tener un Adviento tranquilo es hacer espacio en tu agenda —para la oración, para la tranquilidad, para escuchar la voz de Dios— y para disfrutar realmente este tiempo con tus seres queridos. El tiempo que pases con Jesús es lo más importante a lo que puedes decir que sí.
Las oraciones de Adviento se centran en la esperanza, preparación y vigilancia para la venida de Jesús, pidiendo un corazón vigilante, serenos, perdonar y amar, mientras se espera la Navidad, con frases como «Ven, Señor, no tardes», «Enciende nuestras almas», y pidiendo un corazón que sepa esperar, amar y perdonar, enfocándose en la llegada del Mesías como luz y salvación, y usando la Corona de Adviento como símbolo de esa espera y esperanza creciente.
Aquí van unas oraciones Generales de Adviento
Para pedir un corazón preparado: «Señor Jesús, en este tiempo de Adviento te rogamos que nos concedas un corazón vigilante, lleno de esperanza y amor por tu venida. Inflama nuestros corazones Espíritu Santo, para que llenos de valentía, permanezcamos alertas y volcados en amor hacia nuestro prójimo, esperando tu llegada. Amén.».
Para sanar y amar: «Padre Celestial, sana mi corazón durante este tiempo de Adviento. Ayúdame a amar más plenamente, perdonar más generosamente. Esperar con más paciencia la Navidad, abrazando cada día y cada hora sabiendo la alegría que nos espera. En Tu nombre te lo ruego. Amén.».
Para bajar el ritmo: «Querido Jesús, eres la esperanza en nuestro mundo caótico. Este Adviento, ayúdanos a bajar el ritmo, escuchar tu voz y concentrarnos en lo que realmente importa. Ponemos nuestra esperanza en ti mientras preparamos nuestros corazones para celebrar tu nacimiento en Navidad. Amén.».
Ciudad del Vaticano, viernes 5 diciembre (PR/25) — En el vuelo de regreso a Roma, al término de su primer viaje internacional que le llevó a Turquía y al Líbano, el Papa León XIV compartió una confidencia inesperada.
Interrogado por los periodistas sobre libros que han sostenido su vida interior a lo largo de los años, mencionó un pequeño volumen escrito por un carmelita descalzo hace cuatro siglos.
Según explicó, The Practice of the Presence of God (La práctica de la presencia de Dios) se ha convertido desde hace años en su guía espiritual predilecta.
“Es un libro realmente sencillo —explicó el Pontífice—, escrito por alguien que ni siquiera firma con su apellido, el hermano Lorenzo. Pero describe un tipo de oración y de espiritualidad en el que uno simplemente entrega su vida al Señor y permite que el Señor lo guíe”.
Para entender el alcance de esta sencilla referencia, es necesario acercarse al monje del siglo XVII que lo escribió.
Nicolas Herman, que después sería fray Lorenzo de la Resurrección, nació en 1614 en Hériménil, en el entonces Ducado de Lorena (actual Francia), en el seno de una familia campesina muy humilde.
De joven sufrió los estragos de la Guerra de los Treinta Años, en la que fue reclutado soldado. Resultó herido y tuvo que renunciar a la carrera militar
Tras un periodo trabajando como criado, experimentó una fuerte conversión interior que le llevó a ingresar en 1640 en el Carmelo Descalzo de París como hermano lego. Realizó la profesión de sus votos solemnes en 1642.
En el convento condujo una existencia humilde, desempeñando tareas que no requerían preparación teológica, siempre en la cocina pendiente de los fogones, o remendando en el taller las sandalias desgastadas por el uso del resto de monjes.
Jamás imaginó que sus escritos acabarían marcando la espiritualidad cristiana.
Vivir cada segundo con la compañía certera de la presencia de Dios
A través de cartas, conversaciones recogidas y breves máximas, fray Lorenzo transmitió una propuesta radical por su sencillez: vivir cada segundo con la compañía certera de la presencia de Dios.
El libro que compila estos textos desarrolla su intuición esencial: educar el alma para volverse hacia Dios en medio de las ocupaciones más ordinarias.
Actos tan cotidianos como llevar a los niños al colegio, conducir hasta el trabajo o recoger los platos del lavavajillas pueden convertirse, según este monje, en oportunidades de oración y de amor.
Fray Lorenzo resumía este itinerario espiritual en dos principios al alcance de cualquier persona: practicar de manera continua la presencia de Dios —haciendo de cada instante una ofrenda interior— y realizar todas las acciones por amor, sin esperar recompensas a cambio.
A esto sumaba también la recomendación de mantener un diálogo sencillo y constante con Dios a lo largo del día. Y si te distraes, decía, basta con volver suavemente a Él, sin sonrojos ni culpa, porque Dios mira la intención más que la perfección.
«Si quieren saber algo de mí, de lo que ha sido mi espiritualidad durante muchos años, en medio de grandes desafíos, viviendo en Perú durante los años del terrorismo, siendo llamado a servir en lugares donde nunca pensé que sería llamado a servir, pueden consultar ese libro», dijo el pontífice a los periodistas, que le pedían detalles de su vida personal, durante el vuelo de regreso a Roma desde Líbano.
En cuestión de horas, el libro se disparó en las listas de ventas en línea: se encuentra entre los 100 más vendidos de Amazon y entre los más vendidos en las listas de espiritualidad cristiana.
El libro, publicado en Italia en 2009, no está disponible de inmediato en algunos sitios web. Pero:
Puede leer AQUÍ el libro que contiene la llave maestra para conocer más de cerca la espiritualidad de León XIV.
España, miércoles 3 diciembre (PR/25) — Maldecir es un vicio que mucha gente realiza sin pensar. Un exorcista explica cuáles son las consecuencias de esta terrible costumbre.
Cuando estamos descontentos, enfadados o alterados, voluntaria o involuntariamente «aderezamos» nuestras frustraciones con alguna mala palabra.
El franciscano Peter Vrabec, exorcista de la diócesis de Novo Mesto, ha hablado a Aleteia sobre por qué debemos evitar a toda costa el feo vicio de maldecir.
Peter Vrabec, exorcista
Urška Kolenc | Aleteia
Aleteia: ¿Qué es realmente maldecir, cómo lo definiríamos?
Yo distinguiría dos cosas: por un lado, las maldiciones con palabras malsonantes (por ejemplo, «maldito seas») y, por otro, las palabras y frases que, aunque en sí mismas no son maldiciones, actúan como tales. Causan heridas en la persona. Digamos que un padre le dice a su hijo: «Eres un inútil, no sirves para nada, nunca llegarás a nada».
Muchos niños recuerdan esto muy bien y las palabras les afectan como una maldición, sobre todo si los padres u otras personas repiten esas frases. El ser humano es más sensible precisamente en la relación con sus padres, ya que ellos son los primeros que deberían amar incondicionalmente a sus hijos, por lo que estos les creen más en la primera etapa de su vida.
Hoy en día se han extendido mucho las expresiones vulgares sobre la sexualidad y los órganos sexuales, así como los insultos. De hecho, esto humilla mucho al ser humano. La gente incluso maldice el lugar donde nació. ¡Eso es maldecirse a uno mismo! Salí de mi madre, de su cuerpo, ¿y ahora voy a maldecirlo? Son cosas tan estúpidas que la gente ni siquiera se da cuenta. Al diablo no le importa lo serio que lo hayas pensado: él se aferra a ello y lo aprovecha.
A menudo, sin pensarlo, les decimos a los niños que son «pequeños demonios»
Cuando utilizamos palabras como «demonio» o «diablo» en nuestras relaciones con otras personas, no lo hacemos de forma inocente. El demonio se aferra a cada una de estas palabras y puede convertirse en una pequeña obsesión. Muchas personas necesitan rezar para ahuyentar esta herida, esta pequeña obsesión causada por expresiones irresponsables. No introduzcamos la palabra «diablo» en la vida cotidiana, a menos que se trate de un debate sobre los espíritus malignos. Manténgase alejado de ello. Esta es mi experiencia, en mi trabajo tengo muchos casos de personas que están heridas, afectadas porque sus padres u otras personas las llamaban «diablo», «demonio», etc.
¿Entonces, el hecho de decir palabrotas también puede marcar el futuro de una persona?
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Pero también pueden ser maldiciones las palabras pronunciadas en rituales, cuando se realiza un ritual satánico o de cualquier otro tipo sobre alguien o contra alguien. Estas palabras deben romperse especialmente en la oración. Incluso si alguien maldice a su hijo, a su cónyuge o a Dios, a María, hay que romperlo.
Por supuesto. Si se trata de una herida que actúa como una maldición a distancia, puede suceder que permanezca en la persona y que luego sea necesario expulsarla mediante la oración. Se trata de una forma de exorcismo menor.
En primer lugar, quien haya pronunciado esas palabras debe arrepentirse, confesar su pecado y retractarse de ellas. A continuación, yo rompo esas palabras con una oración. El número de veces que hay que repetir esto depende de la persona y de lo herida que esté.
¿Por qué el ser humano tiene tan arraigada la necesidad de recurrir a las palabrotas cuando está enfadado o alterado?
Esto es totalmente innecesario e irracional. Se trata de la influencia de los espíritus malignos. Debemos saber algo más: la palabra, la capacidad de hablar, es algo divino. Los animales no hablan. Pueden emitir sonidos que expresan su estado de ánimo, pero no palabras. Nosotros podemos expresar con palabras prácticamente todo: desde nuestro estado de ánimo actual hasta las matemáticas y la fe. Todo está en las palabras. Y el propio Jesucristo se llama a sí mismo «el Verbo» en el Evangelio de Juan. Él es la palabra de Dios y representa esta capacidad divina de hablar.
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Las palabras expresan cosas increíbles, por lo que maldecir, hablar negativamente, insultar a alguien o decir mentiras es un abuso de la palabra, un pecado grave. A veces la gente dice: «Ah, las palabras, eso no vale nada». Quizás sea así en el caso de las personas, debido al abuso, la inflación de palabras, el parloteo irresponsable, etc.
¿Es posible que de esta manera también estemos abriendo la puerta a la acción de un espíritu maligno?
El espíritu maligno está ahí en cuanto nos metemos en cualquier tipo de negatividad, y nos hundirá aún más en esos sentimientos. Si él lo causó o solo se unió, eso es otra cosa. Todo lo negativo que pase, aunque no sea culpa del diablo, él lo usará en nuestra contra.
Digamos que una madre le dice a su hija: «Mira cómo eres, nunca encontrarás marido». Y si lo repite varias veces, esas palabras causan una herida en la persona, se le pega un espíritu maligno y quiere que mantengas ese sentimiento negativo, esa falta de confianza en ti misma, durante el mayor tiempo posible. Esto también influye en que hagamos lo menos posible por el bien.
Una persona paralizada por las heridas no es capaz de hacer el bien, ya que está demasiado ocupada con sus propios problemas. Es más, también hiere a los demás. La maldición por unas u otras palabras es algo muy grave.
Pero el que maldice a Dios hace lo que más le gusta al diablo. El que siempre maldice a Dios quiere que seamos como él. No que seamos como Dios, sino que seamos como el diablo. Que nos identifiquemos con él.
La gente no suele pensar en ello. Pero se han acostumbrado tanto a esas palabras que a menudo se les escapan de la boca. Incluso una madre o un padre que no anima a su hijo, quizá no lo piense tan en serio, pero el niño se toma esas palabras muy en serio.
¿Y qué pasa cuando los niños ya empiezan a decir palabrotas?
El nivel de educación y lenguaje puede variar mucho de una familia a otra. Los niños también aprenden muchas palabrotas en la guardería, en la escuela y de sus compañeros. La reacción debe adaptarse a la edad del niño. Si aún no habla bien y dice una palabrita fea que ha oído en algún sitio, lo mejor es no reaccionar, porque ni siquiera sabe lo que ha dicho. De lo contrario, prestará atención innecesaria a esa palabra. Si la cosa se repite, hay que reaccionar, si quieres lo mejor para el niño. Es imprescindible detener y corregir a los niños un poco mayores.
Nuestro padre era muy estricto en este sentido. Si traíamos alguna palabrota de algún sitio, o mostrábamos falta de respeto, él se mostraba muy firme. Por eso, mi consejo es: sé firme con los niños. Si le muestras que algo es incorrecto, que eres firme y que no lo permites, entonces el niño entenderá que realmente no está bien. Especialmente a los adolescentes, que cada vez son más conscientes de sí mismos, hay que decirles que eso es malo para ellos, para su personalidad, por varias razones.
Por supuesto, también están los padres y familiares que se ríen cuando oyen a un niño decir palabrotas: «Oh, qué ha aprendido ya».
En la sociedad, la palabra «cultura» ha retrocedido mucho en todos los sentidos. Lamentablemente, esto incluye también las palabrotas explícitas, el lenguaje negativo, «machacar» a alguien, humillar a los demás.
Todo esto es una maldición. Humillar a alguien, ya sea porque quieres humillarlo o por descuido, sin ser consciente de ello debido a tu propia falta de cultura, o porque así lo deseas, actúa como una maldición. Hay tantas maldiciones como formas de expresión.
Nos consolamos pensando que realmente no es nada grave que «todos» hablen así. ¿De qué tipo de pecado se trata?
Sin duda, maldecir a Dios es algo que abarca nuestra relación con todo lo que existe. Especialmente en los Balcanes y en Italia, por ejemplo, maldicen la cruz de Cristo, por la que fuimos redimidos. Esto es inconcebible, porque es maldecir tu propia redención.
A esto le sigue maldecir a otra persona, tal vez por una ira justificada, pero expresada de manera incorrecta. Ya lo saben: amen a su prójimo como a ustedes mismos. Pero primero amen a Dios. Así que maldecir al prójimo es casi lo mismo.
Una especie de maldición es también el insulto y el lenguaje vulgar, aunque menos grave que los dos anteriores. El lenguaje vulgar te ensucia mucho, porque con él muestras cierta cultura y rebajas el nivel de tu personalidad, pero no has hecho daño tan directamente, por lo que es menos grave, aunque sigue siendo un pecado.
¿Cómo afecta este tipo de lenguaje a nuestra relación con el Padre? ¿Se cansa alguna vez de nuestras promesas de mejorar, sin que vea resultados?
Sin duda, debemos ser conscientes de que repetir los pecados es algo triste y grave. Pero, ¿quién consigue no repetir el pecado? Dios lo sabía de antemano, por eso Jesús instituyó la confesión. El primer día de la resurrección se apareció a los apóstoles y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les serán perdonados. A quienes se los retengan, les serán retenidos» (Jn 20, 21-23).
Jesús sabía que, en su mayoría, no somos capaces de confesar, arrepentirnos y no volver a pecar de una vez por todas. Dios es misericordioso, nos comprende, pero la repetición de los pecados le ofende. Si voy conscientemente a confesarme y quiero ser mejor, lo conseguiré. No de inmediato, pero habrá progreso.
¿Cómo pedir perdón cuando se nos escapa una palabrota y nos damos cuenta? Lo mejor es hacerlo inmediatamente. Sobre todo si ha sido algo irreflexivo, en un momento de ira, uno se da cuenta enseguida y es correcto decirle inmediatamente a Dios que lo siente. Si se trata de maldecir conscientemente a otra persona, probablemente no se pueda llegar tan rápido al arrepentimiento. Cada persona es diferente.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 8, 5-11
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole:
«Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho».
Le contestó:
«Voy yo a curarlo».
Pero el centurión le replicó:
«Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: «Ve», y va; al otro: «Ven», y viene; a mi criado: «Haz esto», y lo hace».
Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían:
«En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos».