Hoy celebramos a Santa Magdalena Barat, comprometida en reconstruir su país al amparo del Sagrado Corazón

Hoy celebramos a Santa Magdalena Barat, comprometida en reconstruir su país al amparo del Sagrado Corazón

Al celebrarse la memoria de Santa Magdalena Sofía Barat, recordamos el legado de la fundadora de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, quien reconstruyó el tejido social de Francia a través de la educación y el servicio a los desamparados.

 

Buenos Aires, lunes 25 mayo (PR/26) — Cada 25 de mayo, la Iglesia celebra a Santa Magdalena Sofía Barat, fundadora de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús.

Santa Magdalena Sofía nació en 1779 en Joigny (Francia). Desde pequeña se sintió atraída por la oración y la vida religiosa, pero no sería hasta pasados los peores años de la Revolución Francesa -cuando la libertad religiosa se fue restituyendo- que descubriría el llamado a consagrarse al servicio de Dios y de la Iglesia.

Magdalena nació en un hogar humilde, no obstante, gracias a su hermano mayor -quien se convertiría en su preceptor-, recibió un tipo de educación considerada un privilegio para la época. Esto se debía, en primer lugar, a que la mayoría de familias no tenían dinero, y, en segundo lugar, las mujeres casi no tenían acceso a la educación. Su hermano, un joven sacerdote, la puso en contacto con los autores clásicos y con la tradición teológica.

Una “revolución” impulsada por la caridad

 

La pequeña Magdalena tenía 10 años cuando estalló la Revolución (1789). Este proceso histórico-político estuvo preñado de aspiraciones de libertad y justicia, pero entendidas a partir del rechazo de toda tradición. Además, los ‘revolucionarios’ se dejaron contagiar por el espíritu anticlerical de muchas de las ‘nuevas ideas’ que flotaban acríticamente en el ambiente, lo que se convirtió en caldo de cultivo para la violencia y el descontrol. Fueron tantas las atrocidades que se cometieron que la Revolución produjo uno de los capítulos más dolorosos de la historia del catolicismo francés.

Mientras Magdalena va creciendo, empieza a asumir un compromiso cada vez más sólido con su fe en un contexto bastante complicado. El movimiento revolucionario había dejado una estela de rencor y ruptura entre los franceses, y muchos de ellos se habían apartado de la fe en la que habían crecido. Es así que Magdalena Sofía percibe la necesidad de contribuir, desde el seno de la Iglesia, a reconstruir el tejido social e instaurar una auténtica ‘fraternidad’ -no de esa que devino en la guillotina y en la proliferación de patíbulos, sino una que respetase de verdad los derechos de los seres humanos-.

Cristo ha mostrado su corazón

Magdalena, entonces, se dedica a la formación de niñas y jóvenes, y a conocer y desarrollar la espiritualidad del Corazón de Cristo. En su niñez había pasado horas orando con su familia frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús por la liberación de su hermano, preso durante la Revolución solo por ser sacerdote. Esa experiencia marcó profundamente su espiritualidad personal y la animó a aferrarse al Sagrado Corazón. Con el tiempo, las intuiciones y sueños se fortalecieron y la impulsaron a dar pasos más sólidos en su camino vocacional: junto a cuatro compañeras realizó sus primeros votos religiosos en 1800, en la que sería la novel Sociedad del Sagrado Corazón, asumiendo un proyecto que combinaba la contemplación y el apostolado.

A inicios del siglo XIX una epidemia diezmó a parte de la sociedad francesa. La cantidad de muertos dejó un saldo terrible: muchos niños quedaron huérfanos o completamente desamparados. Sor Magdalena Sofía y sus hermanas dieron una respuesta eficaz ante el reto que tenían enfrente.

La religiosa lo resumió así: “¿No tienen madre? La Sociedad del Sagrado Corazón está fundada para ellos. Aunque no quedaran plazas en el colegio, crearía uno nuevo inmediatamente para los niños huérfanos o abandonados por sus padres”.

Amar a los pobres como Jesús

Santa Magdalena Sofía Barat solía decir: “A los pobres les daría yo mi piel”. Esa era la hermosa forma con la que expresaba cuánto amaba a Cristo y a sus hijos sufrientes. Esas palabras portaban un claro mensaje: no se guardaría nada para sí.

 

 

Y como sucede cuando alguien tiene el corazón inflamado por la caridad, la Madre Magdalena ayudó a muchos a fortalecer su amistad y trato con el Señor. Como cabeza de su institución, se preocupó también por la formación en el conocimiento y la virtud de los educadores católicos.

“Si volviera a nacer, lo haría solo para obedecer al Espíritu Santo y actuar movida por él” (Santa Magdalena Sofía Barat).

La santa partió a la Casa del Padre el 25 de mayo de 1865. Hoy, la pequeña sociedad que fundó se ha convertido en una congregación que cuenta con más de 3500 religiosas en el mundo, especialmente en Europa y América. La Madre fue canonizada en 1925 por el Papa Pio XI.

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Fuente: ACI Prensa

 

Hoy celebramos a Santa Rafaela María del Sagrado Corazón, modelo de humildad en la vida religiosa

Hoy celebramos a Santa Rafaela María del Sagrado Corazón, modelo de humildad en la vida religiosa

 

 

Buenos Aires, lunes 18 mayo (PR/26) — Cada 18 de mayo la Iglesia Católica celebra a Santa Rafaela María del Sagrado Corazón, religiosa española a quien hermosamente llamaban ‘la humildad encarnada’ o ‘la humildad hecha carne’, en virtud a su sencillez y actitud siempre agradecida con todos, sin importar cómo fuera tratada.

Expresión de su manera de ser fue esa suerte de lema con el que Santa Rafaela María solía animar a sus hijas espirituales, integrantes de la congregación que fundó: “Dentro de Dios hemos de estar y de Él recibirlo todo”. Resulta comprensible que quien viva intentando realizar un ideal así, habrá de servir al Señor con paz interior y una alegría indestructible, a prueba de dolores y amarguras.

Santa Rafaela María fue fundadora de un Instituto religioso de derecho pontificio, la Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, cuyas integrantes son conocidas como ‘esclavas del Sagrado Corazón’.

El Papa San Pablo VI, quien canonizó a Santa Rafaela María, resaltó un rasgo distintivo en ella, modélico para toda religiosa o consagrada: “La vida y la obra de la santa, si las observamos por dentro, son una apología excelente de la vida religiosa, basada en la práctica de los consejos evangélicos, calcada en el esquema ascético-místico tradicional, del que España ha sido maestra con figuras tan señeras como Santa Teresa, San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola, Santo Domingo, San Juan de Ávila y otras” (Homilía de la Misa de canonización de Rafaela Porras y Ayllón).

 

Al amparo de nuestra madre, la Iglesia

Rafaela Porras y Ayllón -nombre de pila de la santa- nació el 1 de marzo de 1850 en el pueblo español de Pedro Abad, en Córdoba (España). Sus padres la llevaron a bautizar al día siguiente. Su padre, don Ildefonso Porras, fue alcalde de Pedro Abad, mientras que su madre, doña María Ayllón Castillo, era una generosa y laboriosa dama proveniente de una de las familias acomodadas de la ciudad.

A los tres años Rafaela María quedó huérfana de padre, y al cumplir los catorce, también perdió a su madre. Junto a su hermana inició el camino del discernimiento vocacional con la ayuda de las hermanas clarisas de Córdoba; y al año siguiente ingresaría a la Congregación de las Hermanas de María Reparadora. Fue en esta congregación donde tomó el nombre de Rafaela María del Sagrado Corazón.

La Hermana Rafaela se dedicaba a la oración y al cuidado de los enfermos y necesitados. Su familiares consideraban que su vocación era excesivamente temprana o precipitada; sin embargo, ella perseveró y se las arregló para vencer aquella resistencia inicial y mostrar que su amor al Señor brotaba de su madurez y no de un capricho.

Amor agradecido

Años más tarde, ya consolidada en la vida religiosa, fundó, junto con su hermana Dolores, el Instituto de Adoradoras del Santísimo Sacramento e Hijas de María Inmaculada, que sería la base de la futura Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón. Las hermanas contaron desde el inicio con el apoyo del obispo local.

El Instituto estaba integrado por dieciséis religiosas, con las que Santa Rafaela María se trasladó a Madrid. Allí le fue concedida la aprobación diocesana en 1877. Diez años más tarde, el Papa León XIII aprobaría la nueva congregación, bajo el nombre de ‘Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús’. La Madre Rafaela María sería elegida superiora general y realizaría su profesión perpetua el 4 de noviembre de 1888.

 

Exiliada en su propia patria

 

Durante 30 años la Madre Rafaela María vivió una suerte de exilio al interior de su propia comunidad religiosa, convirtiéndose en un miembro casi anónimo de la institución que ella misma había fundado. Por tres décadas, la santa asumió los trabajos más duros y las ocupaciones más sencillas; pasó por constantes humillaciones y, al final, sufrió la aridez del aislamiento. Y así vivió hasta que Dios la llamó a su presencia.

Aun cuando las circunstancias le fueron adversas, la santa se condujo con humildad y obediencia, sin exigir trato especial alguno, a pesar de ser la fundadora. Murió el día de Epifanía, el 6 de enero de 1925, en la ciudad de Roma (Italia). Sus restos descansan en la Casa Generalicia de su congregación en esa ciudad.

 

“Muchos últimos serán primeros” (Mt 20, 16)

 

El Papa Pío XII beatificó a Rafaela María en mayo del año 1952. Años más tarde fue canonizada por el Papa San Pablo VI, el 23 de enero de 1977.

Rafaela María murió el día de Epifanía -fecha inamovible en el calendario litúrgico de muchos países-, razón por la cual su fiesta se celebra el 18 de mayo, día de su beatificación y del traslado de sus restos.

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Fuente: ACI Prensa

Beato Inocencio de Berzo Día festivo: 3 marzo

Beato Inocencio de Berzo Día festivo: 3 marzo

Buenos Aires, 3 de marzo (PR/26) .- Inocencio, nació el 19 de marzo de 1844 en Brescia, Italia. Fue bautizado con el nombre de Juan. Sólo tenía tres meses cuando quedó huérfano de padre.

Fue ordenado sacerdote el 2 de junio de 1867.

Nombrado como coadjutor parroquial en una parroquia rural, se distinguió por su desprendimiento de las cosas, por la constancia en el confesionario, su caridad para con los pobres, la asistencia a los enfermos y la predicación humilde.

Conocedor de las virtudes del Padre Juan, fue nombrado por su obispo Vicerrector del Seminario. Un año después fue nuevamente destinado al trabajo pastoral parroquial en Berzo, donde desarrolló una intensa actividad apostólica, a base de oración, buen ejemplo y una predicación sencilla y paternal. Frecuenta en este lugar un convento capuchino y por el contacto con estos frailes va descubriendo que el Señor lo llamaba a una vida más austera.

Después de una mayor preparación espiritual, superadas no pocas dificultades, pidió ser admitido entre los Hermanos Menores Capuchinos, donde ingresó en 1874, con el nombre de Fray Inocencio.

Sus superiores lo destinaron a distintos conventos de la Orden en Italia, llevando a todos los lugares donde iba la irradiación de su santidad. En el convento de la Santísima Anunciata, encontró lo que su espíritu anhelaba: ser santo a toda costa. Allí se sumergía en la oración y realizaba una vida llena de sacrificio, de penitencia y de ocultamiento.

Además de pedir limosa, predicó ejercicios espirituales a sus cohermanos, en los cuales derramó la abundancia de su espíritu franciscano. En este ministerio de la predicación de ejercicios espirituales debió hacerse violencia, pues se consideraba poco capaz para ello.

Murió a los cuarenta y seis años, el 3 de marzo de 1890, en la enfermería del convento de Bérgamo. El Señor llamó a sí al siervo bueno y fiel que había vivido en la humildad y en la pobreza. Sus paisanos de Berzo pidieron el cuerpo de este auténtico hijo de San Francisco y allí descansan sus restos.

Los documentos más preciosos de su vida son sus escritos, especialmente los “Diarios”, que son una colección de dichos de santos, de los cuales mayormente se alimentaba su espíritu. Fue beatificado por Juan XXIII el 12 de noviembre de 1961.

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Fuente: Aciprensa

Hoy se celebra a San Gabriel de la Dolorosa, patrono de la juventud

Hoy se celebra a San Gabriel de la Dolorosa, patrono de la juventud

Gabriel fue un joven ejemplar que supo renunciar a las vanidades del mundo y poner toda su confianza en la Virgen María, Madre de todos. Además, como lo atestiguan sus últimas palabras, expresadas con su último aliento, Gabriel fue fiel devoto de la Sagrada Familia. El joven santo se despidió de este mundo diciendo: “Jesús, José y María, expire en paz, con vosotros, el alma mía”.

Hijo de Asís, hijo de San Francisco

El nombre de pila de San Gabriel fue Francisco Possenti. Fueron sus padres quienes eligieron ponerle “Francesco” en honor a San Francisco de Asís, ya que su hijo había nacido en la misma ciudad que el célebre santo italiano. Al momento del alumbramiento, los Possenti se encontraban de paso por Asís debido a las actividades del padre de Francesco, solvente comerciante que fungía al mismo tiempo de embajador de los Estados Pontificios.

El pequeño ‘Francesco’ arribó a este mundo el 1 de marzo de 1838. Fue bautizado días después en la misma pila bautismal en la que fueron bautizados San Francisco y Santa Clara. El pequeño Possenti era el undécimo de trece hermanos. Penosamente, quedaría huérfano de madre a los cuatro años, por lo que su crianza quedó en manos de su padre y sus hermanos mayores.

Un chico como cualquier otro

A Francisco Possenti lo caracterizaba su buen talante y un corazón afectuoso. A medida que iba creciendo, crecía también su sensibilidad y la conciencia del sufrimiento de tanta gente a su alrededor. Si algo le apretaba el corazón era ver gente abatida por la pobreza o el abandono.

No obstante, como le sucede a muchos, Francisco se las arregló para enfriar la llama de la compasión que ardía en su interior. Durante la adolescencia se convirtió en un jovencito bastante frívolo y vanidoso, de esos que les encanta vestirse a la moda y gastar dinero en finos atuendos y cosas superfluas.

A la par, gustaba mucho del teatro -al que asistía con frecuencia-, las novelas románticas y el baile, quizás su pasión más grande. Claro, habría que tomar en cuenta que, en muchos sentidos, no había mucho de extraordinario en su forma de vivir. Francisco era, si se quiere, como cualquier otro joven acomodado.

Quién sabe si estas formas de trato con Dios y la Virgen eran las maneras como Francisco había aprendido a acallar las voces del compromiso, o de sentirse ‘un chico bueno’. Había sido, primero, alumno de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Los Hermanos de La Salle) y después pasó al colegio de los jesuitas, con quienes hizo el liceo clásico. Francisco fue un buen estudiante y destacó siempre por su liderazgo y personalidad.

La llamada

A los 17 años se le pasó por la cabeza, por primera vez, la idea de ser sacerdote, pero no lo consideró con seriedad hasta el día que enfermó gravemente. Creyendo que moriría, prometió al Señor hacerse religioso si se salvaba. Dios hizo su parte, y el chico se recuperó, pero olvidó su promesa casi de inmediato.

Al tiempo, Francisco cayó nuevamente enfermo aunque, en esta oportunidad, se encomendó al entonces beato jesuita Andrés Bobola. Al recobrar la salud, consideró nuevamente ser religioso, pero otra vez se dejó llevar por las distracciones de la vida mundana, postergando sus inquietudes espirituales.

Un día, practicando cacería, Francisco se tropieza y se dispara accidentalmente un tiro que le roza la frente. El suceso lo dejó perplejo. Entonces entra de nuevo en un periodo de reflexión y decide darle un giro definitivo a su vida. Está convencido de que lo que pasó fue un aviso del cielo y una oportunidad más -quizás la última- de vivir intensa y plenamente la vida, no a su manera, sino a la de Dios.

Al poco tiempo, el joven retomó su discernimiento formalmente y llega a pensar que Dios lo estaba llamando efectivamente al sacerdocio. Entonces le comunica a su padre cuáles eran sus intenciones: quiere ingresar a una orden religiosa y entregarse a Dios. Su padre muestra su desacuerdo y rechaza de plano tal posibilidad.

Cuando renunciar es ganar

El 22 de agosto de 1856, durante la procesión de la “Santa Icone” (imagen mariana venerada en Spoleto, donde residía la familia Possenti en ese momento), Francisco fija la mirada en los ojos de la Virgen, y escucha en su corazón que la Madre de Dios le dice: «Tú no estás llamado a seguir en el mundo. ¿Qué haces, pues, en él? Entra en la vida religiosa».

Francisco tomó muy en serio lo dicho por la Virgen. Entonces, decide alejarse de su novia, María, e ingresa al noviciado pasionista ¡Quién podría presagiar en ese momento que aquella jovencita estaría años después presente en la ceremonia de beatificación de quien había sido su novio!

Incorporado a la Orden, Francisco recibe el hábito y toma por nombre “Gabriel de la Virgen Dolorosa”. La vida nueva que Dios le estaba regalando en ese momento fue lo que lo impulsó a escribir alguna vez: «La alegría y el gozo que disfruto dentro de estas paredes son indecibles».

A San Gabriel se le ocurrió reservar un pedacito del jardín para sembrar y cuidar flores expresamente para el altar. Aquel sencillo acto de amor constante, curaba muchas heridas e iba fortaleciendo su buen corazón.

Un tuberculoso en brazos de María

Gabriel fue enviado al convento pasionista de Isola del Gran Sasso. Allí, a sus 23 años, empezó a padecer de malestares continuos: se sentía cansado, sin fuerzas y tuvo su primera hemoptisis (expectoración de sangre proveniente de las vías respiratorias), a causa de la tuberculosis que había contraído. Sus hermanos pasionistas le dieron los cuidados debidos, sin embargo, el santo empeoró, aunque no perdió ni la serenidad ni el temple.

El 27 de febrero de 1862 solicitó su última confesión. Recibida la absolución, con los ojos dirigidos al cielo dijo: “Pronto, Mamá mía. María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndeme del enemigo y acógeme en la hora de la muerte”. Aquel día Gabriel partió de este mundo al encuentro de Dios Padre. Tenía solo 23 años.

Si deseas conocer más sobre la vida de San Gabriel de la Dolorosa, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Gabriel_Possenti.

Cada 27 de febrero la Iglesia celebra a San Gabriel de la Dolorosa, joven pasionista italiano y patrono de la juventud, cuya vida pasó de la frivolidad mundana a una entrega total a Dios y a la Virgen María.

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Fuente: ACI Prensa


Cómo es la lucha espiritual según este Padre del Desierto

Cómo es la lucha espiritual según este Padre del Desierto

La vida espiritual no está exenta de lucha, pero Dios no pide hazañas imposibles, tal es la lección este Padre del Desierto, el abad Atanasio

España, sábado 10 enero (PR/26) — Un Padre del Desierto, el monje Atanasio, del monasterio de San Sabas en Palestina, es testigo de una cierta relajación entre los religiosos que le rodean. No es que hagan cosas reprochables, pero la lucha espiritual ya no es como antes. Este es su testimonio:

«Nuestros padres practicaron hasta su muerte el dominio de sí mismos y la pobreza; nosotros, en cambio, hemos engordado el vientre y la bolsa». El anciano añade: «En tiempos de nuestros Padres, se procuraba no distraerse; hoy en día, nos dominan la cocina y el trabajo manual».

Los que luchan y los demás

Entonces se le ocurre una pregunta sobre cuál es la actitud correcta:

Abba Athanasius nos contó también lo siguiente: «Un día me surgió una pregunta en estos términos:

«¿Qué hay para los que luchan y para los que no luchan?». Entonces caí como en éxtasis y alguien vino y me dijo: «Sígueme». Y me llevó a un lugar lleno de luz; me colocó cerca de una puerta, cuya belleza es imposible de describir; oímos, como procedentes de una multitud innumerable en el interior, voces que cantaban a Dios.

Cuando llamamos, alguien oyó dentro y preguntó: «¿Qué quieren?» Mi guía respondió: «Queremos entrar». El individuo me respondió diciendo: «No se entra aquí si se vive en la negligencia; si quieres entrar, ve a luchar, sin tener en cuenta nada de este mundo vano».

El deseo constante de amar sin reservas

Abba Atanasio se pregunta si realmente es importante «molestarse por todo», como repetían los pioneros del monacato. ¿No bastaría con una vida normal, equilibrada, sin esfuerzos excesivos? La respuesta que recibe del cielo, con toda la solemnidad necesaria, no deja lugar a dudas: «No se entra aquí [en la ciudad santa] si se vive en la negligencia».

La expresión es muy acertada: el cielo no pide hazañas, proezas de ascetismo o recogimiento, sino una hermosa constancia en la oración y la penitencia. ¡Evitar la negligencia!

Eso es: no avanzar a regañadientes, midiendo nuestro esfuerzo, demasiado sensibles a nuestros estados de ánimo, que nos hacen abandonar la oración y luego renunciar a la penitencia por cualquier cosa.

Lo que necesitamos es ese deseo obstinado de amar a Jesús sin escatimar esfuerzos. Eso es lo que hay que pedirle como gracia, para empezar.

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Fuente: Aleteia