Jun 12, 2026 | Vitivinicultura
Un ingeniero agrónomo jubilado, su hija comunicadora y dos hectáreas en el Valle de Uco: así nació Pielihueso. Hoy elaboran 55.000 botellas al año, exportan a cinco países y acaban de abrir su propio restaurante en medio de los viñedos.
Buenos Aires, viernes 12 de junioi(PR/26)–Hay negocios que nacen de un plan impecable. Y hay otros que brotan de una intuición, un viaje o una jubilación bien aprovechada. Pielihueso pertenece, sin dudas, al segundo grupo. Celina Bartolomé, comunicadora de 34 años nacida en Venado Tuerto, Santa Fe, lo dice con una honestidad que desarma: «Me cuesta mucho cuando te preguntan la profesión para algún formulario. Nunca sé qué poner porque no soy nada, pero soy un poquito de todo». Esa imposibilidad de encasillarse fue, a fin de cuentas, su mayor ventaja.

Celina Bartolomé
Todo empezó con su padre, Alejandro Bartolomé, ingeniero agrónomo con décadas dedicadas a la soja, el trigo y el maíz en la pampa húmeda. Cuando llegó a los 60 y pico, decidió que la jubilación no era para quedarse quieto.
En vez de comprar un departamento —la opción más previsible—, adquirió dos hectáreas y media dentro del proyecto Casa de Uco, en el Valle de Uco, Mendoza. «Pasamos de una idea pasiva o familiar a crear una marca, un proyecto y una pyme muy rápidamente», recuerda Celina.

Celina Bartolomé es el motor detrás de Pielihueso, el proyecto vitivinícola que fundó junto a su papá,
Mientras la tierra tomaba forma en Mendoza, Celina construía en Buenos Aires un recorrido zigzagueante pero coherente. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA, pasó por productoras, agencias de publicidad y hasta por Globant.
Pero su vocación iba mutando hacia algo más tangible. Empezó organizando pop-ups de vino en la terraza de un local en Palermo, eventos independientes para acercar la bebida a una generación que la sentía lejana.
En uno de esos encuentros conoció a Micaela Najmanovich y Nicolás Arcucci, los fundadores del restaurante Anafe, y se convirtió en su primera empleada de sala y vinos. Dos años después, con ese bagaje encima, tomó la decisión definitiva: viajar a Piamonte, Italia, para hacer una Maestría en Vino y entrar de lleno a la empresa familiar.
Una pyme que aprendió a no crecer de más
Hoy la estructura es clara: Alejandro maneja la parte productiva en la finca; Celina se ocupa de lo comercial, la comunicación y el diseño, junto a Paula La Torre, la enóloga. La bodega tiene una finca propia en Los Sauces, Valle de Uco, de 13 hectáreas —10 plantadas— más 2 hectáreas adicionales en Chacayes dentro del complejo Casa de Uco. La inversión inicial fue de un millón de dólares, destinada a la compra de la tierra y la construcción de la bodega.

En Pielihueso hacen diferentes vinos. El Naranjo es el insignia.
Los números cuentan una historia de crecimiento sostenido: 500 botellas en la primera añada de 2017, 20.000 para 2020 y un pico de 55.000 botellas anuales en 2024. Ahí decidieron frenar. No por falta de demanda, sino por lucidez. «En 2020, 2021 y 2022 hacíamos menos vino del que la gente quería comprar. Elegimos mantenernos así.
Con el diario del lunes fue una buena decisión porque en los últimos años bajó el consumo de vino estrepitosamente. Si hubiésemos crecido, ahora nos sobraría vino», explica Celina. La flexibilidad de la estructura familiar —donde dos personas hacen muchos roles— les permite ajustarse a los picos y las caídas sin cambiar nada.
El posicionamiento es premium: el precio promedio en retail ronda los $40.000 por botella. Pero lo que más define a Pielihueso no es el precio sino la filosofía. Celina se resiste a etiquetas como «vino natural» o «boutique» y prefiere hablar de vitivinicultura artesanal: uvas orgánicas, fermentación espontánea sin levaduras comerciales, sin filtrado y con uso nulo o mínimo de sulfitos.
«Son vinos hechos por personas a las que les importa, que tienen su propia finca y manejan un volumen adecuado. Preferimos un proyecto donde todos estemos involucrados, generar vinos puros, frescos, y que sean reflejo de donde son».
Cómo terminaron registrando «Naranjo» casi sin querer
Uno de los hitos más curiosos de la historia de Pielihueso es el de su producto estrella: el vino naranjo. Cuando Celina viajó a los Estados Unidos en 2016, descubrió en barras especializadas el concepto de los orange wines y rastreó su origen ancestral en la región del Cáucaso, en Georgia.
Al volver, le propuso a su padre apostar por esa categoría para diferenciarse: «Si hacemos un Malbec de Valle de Uco, ¿por qué alguien compraría el nuestro versus cualquier otro de los buenísimos que ya existen?». De las dos barricas iniciales en 2017, hoy destinan 12.000 litros exclusivamente a este estilo.
El problema fue que el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) no reconocía la categoría. Celina encontró una salida ingeniosa: registrar la palabra «Naranjo» como nombre legal del vino, no como categoría, para poder incluirla en la etiqueta.
«Al día de hoy tenemos el registro de la palabra vino naranjo sin querer», cuenta con gracia. El resultado es que Pielihueso terminó siendo pionera en un segmento que hoy tiene nombre propio gracias, en parte, a ese movimiento.
El naranjo es hoy el producto más vendido de la bodega, tanto en el mercado local como en el internacional. Este dato rompe los estándares de la industria: mientras en Argentina el tinto domina los volúmenes, en Pielihueso el tinto representa solo el 20% de la producción.
El 80% restante son naranjos, rosados y blancos. Para abastecer esa demanda sin hacer inversiones agrícolas costosas, crearon soluciones creativas: el Tinto de los Sauces —mitad tinto, mitad rosado— para bajar la intensidad tánica, y el Claranjo, un corte de Malbec vinificado como rosado y Torrontés elaborado como naranjo.
De la venta puerta a puerta a exportar a cinco países
Durante las primeras añadas, Celina era al mismo tiempo la cara, las piernas y la voz de la marca en Buenos Aires. Iba ella misma a los restaurantes donde sentía que el vino «tenía que estar». Hace dos años sumaron distribuidoras tradicionales, pero ese período de venta directa dejó una ventaja que ningún intermediario puede comprar: el conocimiento íntimo del consumidor.
«Al vender directo sabíamos qué compraban los clientes y por qué les costaba pagar. Eso ayudó a la construcción de marca. De afuera se ve el éxito comercial de Pielihueso diciendo que es por las etiquetas o por ser vinos raros, pero hay una parte de vínculos comerciales atrás que hicimos muy bien», subraya.

Pielihueso cuenta con una finca propia en Los Sauces, Valle de Uco, que abarca 13 hectáreas -10 plantadas.
El canal principal sigue siendo restaurantes de autor y vinotecas seleccionadas. El 60% de la producción va al mercado interno y el 40% se exporta, principalmente a Estados Unidos a través de Brazos Import. El resto llega a Perú, España, Japón y Canadá. En el mercado local, la estrategia de expansión apunta al interior: ya tienen alianzas con distribuidores en Córdoba, Rosario y Mar del Plata.
Un restaurante en medio de los viñedos como siguiente capítulo
El plan de largo plazo de Pielihueso siempre incluyó el turismo enológico. Y ese objetivo tomó forma con la apertura de La Amistad, su propio restaurante en el corazón de la finca de Los Sauces.
El proyecto demandó un millón de dólares de inversión y dos años de obra en medio de los viñedos. Lo hicieron junto a Najmanovich y Arcucci —los mismos de Anafe, con quienes Celina trabajó al inicio de su carrera.
La propuesta incluye almuerzos con visitas guiadas a la bodega, catas verticales enfocadas en tres variedades de naranjos y el formato Mix Sorpresa: cinco copas seleccionadas al azar.
En un mundo donde el consumo global de alcohol cae y las generaciones más jóvenes se relacionan diferente con el vino, Celina mira el panorama con realismo pero sin resignación: «Va a sobrevivir quien se adapte, tenga una estructura que pueda manejar y no subestime al consumidor«.
Y remata con la clave que, según ella, explica por qué Pielihueso permeó: «Desde el principio lo tratamos como una marca que no era solo de vino. Pensamos en su personalidad y en nuestro target. Por eso te hablaba más allá del líquido que tenía adentro».
Primicias Rurales
Fuente: FORBES
May 6, 2026 | Actualidad, Vitivinicultura
Tras el fin del aporte obligatorio, las bodegas celebran la recuperación de su autonomía financiera mientras la Corporación Vitivinícola Argentina (Coviar) enfrenta el desafío de subsistir únicamente mediante la voluntad del sector privado. La medida del Gobierno desmantela un sistema de recaudación coactivo que, tras veinte años, no logró cumplir con las metas de exportación prometidas.
Buenos Aires, miércoles 6 mayo (PR/26) — El ecosistema vitivinícola argentino atraviesa un sismo institucional tras la decisión del Gobierno nacional de desarticular el modelo de financiamiento de la Corporación Vitivinícola Argentina (Coviar).
Lo que durante dos décadas fue una estructura sostenida por la obligatoriedad, hoy se enfrenta a un desafío de supervivencia: las bodegas y establecimientos productivos han recuperado la potestad sobre sus recursos, celebrando el fin de una carga que afectaba su rentabilidad y competitividad.
La medida, oficializada por la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca, extingue el flujo de fondos automáticos provenientes de cada litro de vino. Este cambio de paradigma coloca a la Coviar en una posición de examen constante, donde su continuidad dependerá exclusivamente de la voluntad del sector privado para sostenerla mediante aportes voluntarios.
Las bodegas recuperan autonomía frente al «impuesto» privado

Para la gran mayoría de las bodegas, la eliminación de la contribución obligatoria representa un alivio financiero inmediato. El sector privado ha manifestado de forma contundente que el esquema anterior —donde el Estado actuaba como agente de cobro para una entidad privada— era una distorsión que restaba agilidad al mercado.
Desde la perspectiva de los industriales, si la Coviar desea seguir representando los intereses del sector, debe hacerlo bajo las reglas de la libertad de asociación.
«Si una institución aporta valor real, los privados invertirán en ella de forma voluntaria», es la premisa que hoy recorre los pasillos de las principales cámaras bodegueras, quienes comparan este nuevo camino con el éxito de entidades como Wines of Argentina, financiadas genuinamente por sus socios.
Mendoza y la mirada de los directores: «Si no funciona, se cambia»
El pulso de la provincia de Mendoza, motor de la industria, también se ha inclinado a favor del cambio.
El Ministro de Producción local, Rodolfo Vargas Arizu, quien posee una silla en el directorio de la Coviar, fue uno de los más directos al analizar la situación. Reconoció que la corporación no logró cumplir con las metas de exportación y mercado interno planteadas originalmente, y que el estancamiento de los últimos años obligaba a una reforma profunda.

Vargas Arizu ha hecho un llamado a «desdramatizar» la pérdida del financiamiento estatal. Según su visión, este es el momento para que la vitivinicultura argentina demuestre su madurez.
El ministro mendocino sostiene que la industria debe enfocarse en vender más y mejor, dejando atrás las estructuras que no lograron adaptar sus resultados al aporte que exigían de los productores.
Sturzenegger y el cuestionamiento a la gestión de fondos
Desde el ámbito nacional, el ministro Federico Sturzenegger ha sido el principal crítico de la gestión de la Coviar. El funcionario detalló que, bajo el amparo del Plan Estratégico Vitivinícola (PEVI), se le extrajeron al sector cerca de U$S 300 millones en dos décadas, sin que eso se tradujera en un aumento de la cuota de mercado mundial, que sigue clavada por debajo del 2,5%.

El Gobierno sostiene que la Coviar intentó «autoprorrogarse» facultades y financiamiento sin el aval correspondiente, lo que derivó en la intervención administrativa actual.
Con la nueva resolución, se ordena un cierre administrativo de tres meses para que la entidad rinda cuentas detalladas sobre el uso de los activos percibidos y el cumplimiento real de las metas de competitividad que justificaban su existencia.
El futuro institucional: Entre la judicialización y la unión

Mientras la Coviar evalúa posibles presentaciones judiciales para defender su anterior estatus, el resto de la cadena ya mira hacia adelante. La propuesta de unificar los grandes eventos del sector —como los clásicos almuerzos y desayunos de la Vendimia— gana fuerza como un símbolo de la nueva era: una vitivinicultura unida por objetivos comerciales y no por leyes de contribución forzosa.
La Coviar mantiene su personería jurídica, pero el mensaje de las bodegas y el Gobierno es claro: el tiempo del financiamiento coactivo ha terminado. El éxito de la entidad ahora depende de su capacidad para convencer a los productores de que su gestión es, efectivamente, una inversión y no un gasto.
Primicias Rurales