Un relato conmovedor sobre cómo la tecnología médica avanza sin pausa, mientras la humanidad del paciente sigue reclamando ser escuchada más allá de las pantallas.
Por Susana Tribiani
para Primicias Rurales
¿Qué queda de nosotros cuando una máquina puede identificarlo, medirlo e incluso preverlo todo? ¿Aún somos pacientes o nos hemos convertido en diagnósticos?
Susana salió de la consulta con su carpeta ajustada bajo el brazo.
La carpeta de siempre. Con los análisis. Las recetas. Y el mismo diagnóstico.
Sin embargo, algo había cambiado en su interior. No sabía cómo describirlo.
Aquella pregunta del médico, tan sencilla que parecía no tener peso:
—¿Y usted cómo está llevando todo esto?
Siempre hablando de los resultados, síntomas, dosis y resultados hace que una pregunta así caiga como una piedra en un lago tranquilo.
Susana tenía claro lo que padecía. Lo que no sabía era cómo se sentía. Y entre esas dos cosas había un gran vacío.
Mientras caminaba a casa, reflexionó sobre cuánto había evolucionado la medicina. Cuando era joven, el médico no tenía otra opción que mirarte, tocarte, preguntarte y escucharte. Hoy en día, existen las pantallas, estudios cada vez más precisos, máquinas capaces de detectar lo que ningún ojo humano puede ver. Programas que analizan miles de datos en segundos. Algoritmos capaces de prever el riesgo antes de que aparezca el síntoma.
Era un avance impresionante; Susana no dudaba. Si alguna de esas máquinas le ayudaba a vivir mejor.
Pero mientras tanto, una pregunta le atravesó la mente: ¿y si un día la máquina llegara a entender su enfermedad mejor que ella misma?
Y paso a la otra: ¿Y si, al centrarse tanto en sus estudios, se olvidaban de conocerla?
Y cuando se dio cuenta, se estaba riendo sola.
— Es necesario. ¿Para qué complicarse la existencia?
Pero la pregunta quedó allí. Sin respuesta.
En la próxima cita, entró al consultorio, el médico sentado en frente a su escritorio frente a la computadora, todo ordenado y limpio, Susana se sentó, alcanzó a leer su nombre en la pantalla y con toda su vida médica.
La vida de Susana no estaba nada ordenada.
Tenía días buenos. Días malos. Días en que se levantaba sintiéndose capaz de todo y otros en los que abrir un frasco se convertía en una tarea imposible.
Nada de eso estaba en la pantalla.
El médico revisó los estudios.
—Los resultados están bastante bien —dijo.
Susana lo miró.
—¿Y yo cómo estoy?
El médico, que nunca levantaba la mirada, en esa ocasión lo hizo y ella se rió.
—Bueno … quiero decir, ¿estoy bastante bien?
El médico también sonrió.
—Eso lo debemos discutir.
Y conversaron. Como en aquella primera vez. De la enfermedad, de los medicamentos, pero también de la vida. Lo que le costaba. Lo que todavía deseaba hacer. Lo que había dejado de hacer por miedo. De las cosas que le preocupaban y que no se atrevía a confesar.
Susana comprendió algo. Que la tecnología ayudaba , y mucho. Pero aún había algo que la máquina no podía hacer. Entender significaba, para ella, despertar un día y sentir que ya no era la misma; mirar una foto antigua y pensar: «¿En qué momento pasó todo esto?» Cómo se siente cuando un hijo pregunta —¿Mamá, necesitas algo?— y responderle —No, estoy bien—, aunque no sea cierto.
Una máquina puede detectar alteraciones. Sin embargo, no puede saber cuándo alguien dice «estoy bien» para no preocupar a los demás.
Esa tarde, Susana llegó a su casa y colocó la carpeta sobre la mesa. La observó y notó algo extraño en esa carpeta. Allí estaba una parte de su vida; sin embargo , no era toda.
En esas hojas no había lugar para su risa. No estaba el abrazo de sus hijos. No encontraba el miedo de aquella noche sin dormir. O la felicidad del mensaje de una amiga. Tampoco el esfuerzo diario por seguir adelante.
Una versión de ella no estaba allí. Esa versión que la medicina necesita conocer. No exactamente la que la vida necesita cuidar.
Y entonces se formó una idea que parecía evidente: un diagnóstico es información. Un paciente es una historia. Y una historia nunca se puede captar por completo en una pantalla.
Entonces, Susana empezó a fijarse en los pequeños detalles. Entendió que había médicos que prestaban más atención a la computadora que al paciente. No por tener mala intención. Sino que el sistema mismo los obliga. Deben ingresar datos, completar formularios, revisar estudios, firmar recetas, solicitar autorizaciones. Todo tiene que quedar registrado, escrito, demostrable.
Conclusión: la medicina moderna logró algo excepcional: cuantificar casi todo. Sin embargo, todavía hay aspectos difíciles de medir. ¿Cuánto pesa el miedo? ¿Cuánto dura una angustia? ¿Cuánto vale una palabra que proporciona calma? ¿Cómo se cuantifica el alivio que siente alguien cuando un médico le dice: «No se preocupe, yo me ocuparé»?
No existe un dispositivo para eso. No hay análisis. No hay algoritmos. Y quizás nunca lo haya.
Un sábado, Susana recibió otro mensaje del médico. Seguía gestionando lo de la medicación. Otra vez papeleo, trámites, una autorización que no llegaba.
Ella estuvo a punto de decirle que no se preocupara. Sin embargo esta vez escribió otra cosa:
«Muchas gracias por ocuparse.»
Solo eso.
El médico respondió: «Para eso estamos.»
Susana dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó reflexionando. Quizás esa fuera una de las pocas cosas que todavía diferencian a un médico de una máquina. La máquina puede encontrar. El médico puede encontrar y, además, decidir qué hacer. Pero un buen médico puede hacer algo más. Puede acompañar.
Esa noche se encontró con una de su hija para cenar. La hija le preguntó:
—¿Y cómo te fue en la consulta?
Susana pudo hablar del diagnóstico, de los estudios, de la medicación. Pero simplemente respondió:
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Me preguntó cómo estaba.
La hija sonrió.
—¿Y qué le dijiste?
Susana miró hacia abajo.
—Que estaba preocupada.
—¿Y?
—Y me escuchó.
La hija no dijo nada. No era necesario. Porque ambas comprendieron que, a veces, una persona no necesita que le resuelvan la vida. Necesita no sentirse sola por dentro.
Con el paso del tiempo, Susana aprendió a ver la medicina de otra manera. Se acostumbró a las máquinas, ni las computadoras, ni los estudios y llegó a valorar cada avance, porque sabía que podían salvar vidas.
Otra cuestión era la que le inquietaba: que, en medio de tanto progreso, se olvidan de algo fundamental. «La persona».
Porque cuanto más avanzada se vuelve la medicina, más relevante resulta recordar algo muy simple: el paciente no es el diagnóstico. El diagnóstico puede estar asentado; el paciente está sentado enfrente. El diagnóstico lleva un nombre; el paciente tiene una historia. El diagnóstico trae síntomas; el paciente tiene miedo. El diagnóstico requiere tratamiento; el paciente también necesita esperanza.
Y por esto la pregunta sigue teniendo importancia.
¿Diagnóstico o paciente?
Susana ya sabía lo que responder.
Paciente. Siempre paciente.
Porque detrás de cada enfermedad hay alguien que ama. Alguien que espera. Alguien que se asusta. Alguien que todavía hace planes. Alguien que, a pesar de estar enfermo, sigue siendo madre, padre, hijo, amigo, compañero, vecino.
Sigue siendo esa persona que se ríe por una tontería, se enoja por cualquier cosa, se emociona con una canción, guarda una foto antigua en un cajón. Que tiene cuentas a fin de mes. Que se preocupa por los suyos. Que algunas noches finge ser fuerte, y en otras simplemente necesita que alguien se siente enfrente y le diga:
—Bueno… cuénteme cómo está.
Porque quizás ese sea el verdadero desafío de la medicina del futuro. No es una elección entre tecnología y humanidad. Sino que el verdadero desafío es aprender a usar toda la tecnología disponible sin olvidar mirar a los ojos.
Una máquina puede reconocer una enfermedad. Puede medirla, compararla, anticipar, ayudar a tratarla. Pero hay algo que aún necesita hacer una persona.
Preguntar: —¿Y usted?
Y quedarse a escuchar la respuesta.
Las enfermedades tienen nombres y las personas también.
Quizás, al final, esa sea la verdadera cuestión: no sé si somos diagnóstico o paciente. En medio de tantos datos, estudios y pantallas, el verdadero milagro sigue siendo nuestra capacidad de ver a la persona que hay detrás de cada informe. Porque mientras exista alguien capaz de recordar esa diferencia, seguirá habiendo una medicina que no solo cure, sino que también cuide.

















