En esta nota, Susana Tribiani reflexiona sobre cómo la percepción ajena está teñida por nuestras propias vivencias y prejuicios, utilizando una obra de teatro como punto de partida para pensar los vínculos y la empatía: “No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”

 

 

Por Susana Tribiani

 

El teatro estaba lleno. Mucha gente, muchas risas y muchos aplausos. De esos aplausos que empiezan de a poco y terminan contagiando incluso a quien estuvo toda la obra con cara de estar esperando el colectivo.

La obra, por momentos muy divertida, por momentos algo dramática. El público se reía con ganas y yo también. Excelentes los cambios de ambientación, pero el último acto fue distinto: la escenografía, que hasta ese momento había acompañado la historia de manera sencilla, de pronto parecía transformarse en un mar. No sé si realmente era un mar o si yo lo imaginé así. Tal vez ahí empezó todo.

El protagonista caminaba lentamente hacia una luna inmensa, sobre el horizonte se podia leer la frase:

“No vemos a las personas como son; las vemos como somos”

Fin de la obra para todos; sin embargo, no para mí.

Mientras el público aplaudía, se iban levantando, buscaban la cartera, el saco o el teléfono y comenzaban a generarse la compacta fila para salir de teatro diciendo muchas veces “permiso, perdón, gracias”, la frase seguía dando vueltas en mi cabeza.

Y de mi cabeza no se iba la frase: “No vemos a las personas como son; las vemos como somos.

Comencé a analizar cómo interpretarla, encontrar una definición de persona es facilísimo.

Alguien, en algún momento de la historia, tuvo la paciencia de escribir un enorme compendio llamado diccionario, en el que uno puede buscar casi cualquier cosa.

Persona: Sustantivo. Individuo de la especie humana.

Listo… Fantástico …. Problema resuelto!Ahora busquemos:

“Cómo somos.”

Ahí el diccionario se complica.

Porque podría decir: Depende.

Podemos ser generosos, egoístas, simpáticos, insoportables, valientes, cobardes, cariñosos, desconfiados, pacientes o impacientes, y a veces, somos todo eso antes de las diez de la mañana.

Uno puede empezar el día siendo una excelente persona y volverse un pequeño monstruo sólo porque alguien dejó una cucharita sucia en la mesada.

Así de frágil parece nuestra estructura moral.

Además, tenemos una habilidad especial: clasificamos a la gente todo el tiempo.

No necesitamos formularios ni programas complicados.

Vemos a alguien durante treinta segundos y nuestro cerebro enseguida crea una idea sobre esa persona.

“Este es simpático….”, “Esta es complicada…..”, “Este me gusta…..”. “Esta no sé…”,

“Este tiene cara de…”

Cara de qué, nunca queda demasiado claro. Pero tiene cara.

A veces basta una camisa. Una manera de caminar. Una voz. Una palabra.

Una demora de tres segundos para contestar un saludo.

—Buen día.

—…

Tres segundos … Ya está… ANTIPÁTICO.

Quizás el pobre hombre estaba pensando en dónde había dejado las llaves.

No importa, sentencia dictada, antipático, sin derecho a apelación.

Lo curioso es que otra persona puede encontrarse con el mismo hombre cinco minutos después y decir:

—¡Qué tipo encantador!

Entonces uno piensa:

¿Nos estaremos refiriendo al mismo? Probablemente sí.

La diferencia es que cada uno lleva sus propios anteojos.

Y no hablo de los que sirven para leer.

Esos, al menos uno, saben que los tiene puestos, los otros son invisibles.

Los fabricamos durante años, con nuestras experiencias, nuestros miedos, nuestras alegrías, las personas que conocimos, las que quisimos y también las que habríamos preferido no conocer.

Después salimos al mundo mirando a todos a través de esos cristales.

Por ejemplo, hay personas que adoran a quienes hablan mucho.

—¡Qué divertido! ¡Tiene tema para todo!

Y otras que frente al mismo personaje piensan:

—¿En algún momento respirará?

También está el silencioso, para algunos es interesante, misterioso, profundo, sin embargo para otros simplemente:

—Este no dice nada.

Ni siquiera sabemos si está pensando en el sentido de la vida o si se olvidó de comprar detergente, pero nosotros completamos la historia.

Eso lo hacemos permanentemente, completamos personas, si nos dan tres datos y nosotros inventamos los otros setenta.

Es maravilloso!!! y peligrosísimo….

Alguien dice:

—No me gusta viajar.

Y enseguida imaginamos a una persona aburrida, encerrada, sin curiosidad.

Tal vez no viaja porque le da miedo volar o tal vez cuidó durante años a alguien y nunca pudo hacerlo o tal vez viajó tanto que ahora su mayor fantasía es quedarse quince días mirando una planta.

Pero nosotros ya habíamos armado toda una historia en nuestra cabeza sobre esa persona.

Con las relaciones pasa algo parecido, conocemos a alguien, nos cae bien y qué hacemos algo extraordinario: le adjudicamos virtudes que todavía no ha tenido tiempo de demostrar.

Es simpático, entonces seguramente es generoso.

Es generoso, entonces debe ser buena persona.

Es buena persona, entonces seguro es puntual.

No hay una relación real entre ser bueno y llegar a tiempo, pero igual nuestro cerebro sigue sumando cualidades.

Hasta que un día llega cuarenta minutos tarde, y nos decepciona.

—Yo pensé que era distinto.

¿Distinto de qué? De la persona que nosotros mismos habíamos INVENTADO.

Eso es lo gracioso.

Muchas veces las personas ni siquiera tienen que desilusionarnos, sólo alcanza con descubrir que no eran como habíamos decidido que fueran.

También puede ocurrir al revés, miramos a alguien con desconfianza desde el primer momento pero no sabemos por qué, algo nos llamó la atención, un gesto, un parecido, que mueve las manos como alguien que conocimos hace veinte años y que nos caía bien,

El nuevo individuo no tiene la menor responsabilidad, pero ya empezó con desventaja y debe remontar el partido que ni siquiera sabe que está jugando.

Pensaba en todo esto mientras salíamos del teatro.

La gente comentaba la obra.

—¡Qué buena!

—¡Divertidísima!

—El final me encantó.

—¿Dónde cenamos?

Eso también me hizo gracia, podemos pasar de pensar en la naturaleza humana a decidir entre pizza y empanadas en unos 40 segundos.

Y probablemente eso también nos describe. Por suerte. Porque si después de cada pensamiento profundo nos quedáramos tres horas analizando la existencia, la humanidad no habría avanzado demasiado. En algún momento alguien tenía que levantarse, hacer la comida, sacar la basura o simplemente seguir con su vida.

La frase siguió acompañándome.

“No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”

Pensé en la cantidad de veces que había dicho:

—No entiendo cómo puede pensar así.

Tal vez la respuesta era bastante sencilla, PORQUE NO SOY YO.

¡Qué descubrimiento!

Durante años esperamos que los demás reaccionen como nosotros, que llamen cuando nosotros llamemos, que agradezcan como nosotros agradeceríamos, que se preocupen por las mismas cosas hasta que se rían de los mismos chistes.

Y esto último es especialmente importante, porque el desconcierto de contar algo convencido de que es graciosísimo y encontrarse con una cara inmóvil al otro lado y donde uno termina explicando:

—Era un chiste.

Y ahí definitivamente muere.

También suponemos que el cariño tiene un idioma universal, pero NO LO TIENE.

Tenemos y tengo que entender que hay personas que quieren con palabras, otras con abrazos, otras cocinando, otras preguntando:

—¿Llegaste bien?

Y una forma bastante curiosa de demostrar afecto:

—Llévate un saquito que refresca.

Quizás jamás dijeron “te quiero”, pero llevan treinta años vigilando la temperatura corporal de toda la familia.

El problema surge cuando creemos que nuestra manera es la correcta y que las demás son errores de fabricación.

Ahí empiezan muchas discusiones.

—¡Pero es obvio!

Una frase peligrosísima.

Cuando alguien dice “es obvio”, generalmente lo que quiere decir es:

“Para mí es obvio y no puedo entender cómo para vos no.”

Y entonces discutimos, por una respuesta, por un silencio, por una invitación, por una llamada que no llegó o por una cara.

Las expresiones han arruinado más reuniones familiares que muchos conflictos internacionales.

—¿Qué cara pusiste?

—Ninguna.

—Sí, pusiste una cara.

—Esta es mi cara.

Un argumento difícil de vencer.

Tal vez por eso aquella imagen del protagonista caminando hacia la luna me resultó tan hermosa.

Era una escena enorme y, al mismo tiempo, sencilla: un hombre, un mar, una luna, y una frase.

Pensé que quizás conocer de verdad a alguien requiere algo que no hacemos muy seguido: dejarlo tranquilo un rato con nuestras ideas.

Mirarlo sin terminarle las frases, sin completar los espacios.

Sin ponerlo de inmediato en ninguna de nuestras categorías. Escucharlo y esperar.

Porque las personas sorprenden, por suerte.

El serio puede ser divertidísimo.

El fuerte puede estar muerto de miedo.

El distraído puede recordar exactamente aquello que para nosotros era importante.

El que parecía distante puede aparecer cuando todos los demás se vayan.

Y el que hablaba maravillas quizás desaparezca justo cuando empieza el trabajo pesado.

Las personas no vienen con instrucciones.

Eso complica bastante las cosas.

Pero también hace que todo sea más interesante.

Imaginemos por un segundo que cada persona viniera con una etiqueta:

ANTONIO

Características:

Cariñoso.

Impaciente.

Excelente cocinero.

Se ofende los martes.

No hablarle antes del desayuno.

Tiende a exagerar los dolores de garganta.

Guarda bolsas dentro de otras bolsas.

Sería útil, pero muy aburrido.

Parte de vivir también debe ser eso: ir descubriendo a los demás y, de paso, descubrirnos nosotros.

Porque hay algo bastante gracioso. Estamos convencidos de que nos conocemos.

Decimos:

—Yo jamás haría eso.

Hasta que lo hacemos.

—Yo no soy celosa.

Hasta que aparece alguien.

—A mí no me importa lo que digan.

Hasta que dicen.

—Yo tengo muchísima paciencia.

Hasta que llamamos por cuarta vez y nos siguen poniendo el disquito “si usted es cliente presone 1….” y no logramos que nos atienda ese ser humano que está después del sexto menú, si tenemos la suerte de llegar y que no se nos corte antes!!!.

Entonces uno empieza a sospechar que tampoco se ve a sí mismo con tanta claridad.

A veces nos vemos como nos gustaría ser. O como fuimos hace años. O como creemos que deberíamos ser.

Y ahí aquella frase de la obra tiene otra vuelta.

No sólo miramos a los demás desde nuestra propia historia. También nos miramos a nosotros mismos desde un lugar bastante cómodo, bastante parcial y, muchas veces, bastante conveniente.

Cuando llegué a casa, seguía pensando en la luna, el mar, el personaje caminando.

Y en esa gran dificultad que tenemos los seres humanos para entender algo tan simple: desde el mismo lugar.

Dos personas pueden estar frente al mismo paisaje y ver cosas completamente diferentes.

Una mira el cielo, la otra, las flores.

Una piensa: qué hermoso y la otra piensa que habría tenido que llevar repelente.

Y las dos tienen razón.

Quizás por eso, entendernos no implica necesariamente ver lo mismo.

Tal vez consiste en aceptar que el otro está viendo otra cosa.

Desde otro lugar, con otros recuerdos, con otros miedos, con otros intereses.

Y entonces esa frase, que al principio sonaba casi rebuscada, filosófica, terminó pareciéndome bastante común.

“No vemos a las personas como son; las vemos como somos.”

Entonces reflexione, y que tal si la próxima vez que alguien diga algo que no entendiendo, simplemente preguntar: ¿Cómo llegaste a esa idea?. A veces, una sola pregunta abre una conversación que termina sorprendiéndonos.

Preguntar.

Escuchar.

Esperar.

Y cada tanto reconocer:

—Ah… mirá vos. Yo había entendido cualquier cosa.

Que posiblemente sea una de las frases más sinceras que un ser humano pueda pronunciar.

Porque, después de todo, somos eso.

Personas que intentan entender a otras personas, mientras tampoco terminan de entenderse del todo a sí mismas.

Y, visto así, creo que nos está saliendo bastante bien.

A veces discutimos, a veces interpretamos mal, a veces nos enojamos por una expresión que quizás ni siquiera existió.

Pero también nos encontramos,  nos sorprendemos, nos reímos, nos perdonamos.

Y de vez en cuando alguien aparece en nuestra vida y consigue algo extraordinario:

A veces aparece en nuestra vida un amigo, una pareja, alguien cercano o incluso una persona inesperada, que logra algo extraordinario: hacernos mirar el mundo durante un rato a través de sus ojos.

Tal vez ahí empieza realmente a conocer a alguien.

No, cuando conseguimos definirlo, sino cuando dejamos de hacerlo.

Y mientras pensaba en todo esto, recordé nuevamente aquella enorme luna del escenario.

Entonces descubrí algo más.

Había salido del teatro convencida de haber visto un mar.

Pero, pensándolo bien, ni siquiera estoy segura de que la escenografía fuera un mar.

Quizás era simplemente el escenario.

Y fui yo la que vio el mar.

 

De Susana Tribiani para Primicias Rurales, lunes 14 septiembre 2026